En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VII – La espiritualidad en la historia de la Iglesia hasta el siglo XVI (II)

Concilio de Nicea

Concilio de Nicea (Capilla Sixtina)

7.2 La tradición de los Padres de la Iglesia

7.2.1 Padres Apostólicos y Apologistas

Desde el año 70 al 140, surgen los llamados Padres Apostólicos, a quienes se considera como discípulos y sucesores directos de los Apóstoles y por tanto primeros depositarios de la Tradición Apostólica. La literatura de los Padres Apostólicos se inserta en el mundo del imperio romano, con diferentes tendencias que marcarán el estilo de espiritualidad; la corriente oriental, o de Alejandría, de lengua griega y pensamiento más sutil, y la occidental, representada principalmente por Roma, caracterizada por la lengua latina y la concisión de estilo. No pocas controversias se originaron entre estas dos tendencias en cuanto a los incipientes fundamentos doctrinales de la Iglesia, como se evidenció en los Concilios de Nicea, Constantinopla y Éfeso. Estas diferencias, plasmadas a veces en fuertes polémicas de tipo semántico, como en la cristología (con conceptos como physis, prósopon, hipóstasis (1)), deben ser tenidas en cuenta a la hora de interpretar la literatura de la época sobre espiritualidad.

Entre los primeros padres se suele incluir al anónimo autor de la Carta de Bernabé (hacia 130), San Clemente de Roma (+98), San Ignacio de Antioquia (40-114?), San Policarpo de Esmirna (?69-155? y el Pastor de Hermas (S II). Más tarde se añadieron también a estos Papías de Hierápolis (+150) y los autores de la Didajé (2) (70-160). No estaba en el ánimo de los Padres Apostólicos hacer una formulación sistemática de los principios fundamentales del cristianismo ni establecer un dogma particular, tarea que será la obra principal de los llamados “Padres Apologistas” del siglo II y III. Siendo escasos los fragmentos que nos han llegado (3), es difícil encontrar una alusión directa a la oración aunque sí de su fundamentación, basada en la disponibilidad absoluta a la voluntad divina, y a la paz producida por la conducta justa: nuestra alabanza ha de venir de Dios y no de nosotros mismos… Así os fue dada a todos una paz profunda y radiante, un deseo continuo por las buenas obras… y una efusión plena de Espíritu Santo vino sobre todos” (Clemente Romano, Carta a los Corintios II, 2; Te damos gracias, Padre Santo, por tu santo nombre, porque Tú has puesto tu tabernáculo en nuestros corazones (Didajé, 10); pero el que persista en su fe será salvo (Didajé 16). En El Pastor, obra de Hermas, fiel romano de la mitad del siglo II, se muestran visiones que la encuadran en el género literario apocalíptico. En el texto encontramos alguna frase reveladora: Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Señor, me fue revelado el sentido de la escritura (Visión Segunda 6, II); Porque si eres sufrido, el Espíritu Santo que habita en ti será puro (V Mandato, 33, I). San Ignacio de Antioquía vive en el clima de deseo de martirio que muchos cristianos mostraban, desde un sentimiento de íntima unión con Cristo: Todos sois compañeros de camino, portadores de Dios… portadores de Cristo (Ef 9,2). Una frase que con cierta frecuencia utilizan los primeros Padres es la de “respirar” a Cristo: Clemente y Atanasio de Alejandría (296-373) hablan de “respirar continuamente a Cristo” (4). El tema de la respiración orante se desarrollará sobre todo en la patrística griega en relación a la espiritualidad monástica. Uno de los Apotegmas coptos, transmitido bajo el nombre de Macario el Grande, dice: ¿Acaso no es muy fácil decir en cada respiración: Señor Jesucristo, ten piedad de mí? (5)

Los Padres Apologistas griegos se esfuerzan durante el siglo II en defender la fe de las acusaciones externas de superstición o irracionalidad, tratando de mostrar como el cristianismo realmente es compatible con los ideales del helenismo, pero viniendo a sublimar y superar las teorías y escuelas filosóficas de la época, que eran tenidas en alta estima. En cambio, las apologías dirigidas a los judíos se apoyan en la tradición del A.T. En estos textos es frecuente la alusión a la conversión “en el Espíritu” y Su acción en los fieles. Si bien no se desarrolla una sistemática de la oración o meditación, se infiere la intensidad de la misma por estas alusiones y por la coincidencia en la necesidad de sometimiento a la voluntad de Dios, actitud que llevada al momento de la oración, junto con el abandono de las actividades intelectuales, garantiza la entrada en niveles de profundidad espiritual. Se atribuye a Cuadrato la Epístola a Diogneto (123-124), en la que puede leerse: Viven en la carne, pero no viven según la carne… No tienes idea de la alegría que te llenará cuando llegues a alcanzar este conocimiento… Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar cómo Dios es el Señor de los cielos (6).

El Padre Apologista más conocido fue Justino Mártir, (¿-165) que con sus explicaciones trataba de mostrar como la fe era razonable y ya prefigurada en los filósofos clásicos: santos son aquellos que a la filosofía consagran su inteligencia (7). Y que habla del modo como puede morar en el hombre el Verbo divino: Porque lo que el Espíritu divino llama por el profeta ‘su vestido’ son los hombres que creen en Él, en los que mora la semilla que de Dios procede, que es el Verbo (8). Y reitera: ¿O es que la inteligencia humana será jamás capaz de ver a Dios, sin estar adornada del Espíritu Santo? (9) Teófilo de Antioquia dice en el primer Libro a Autólico: Dios, en efecto, es visto por quienes son capaces de mirarle, si tienen abiertos los ojos del alma.

En el siglo III brillan con luz propia dos eminentes figuras: Clemente y Orígenes. Pertenecientes a la escuela de Alejandría, destaca en su obras el empleo del método alegórico en la interpretación o exégesis de las Escrituras, además del histórico o literal. El uso de este método no era únicamente una herramienta exegética sino que implicaba una actitud de oración y humildad, buscando la contemplación del sentido espiritual (pneumático) del texto sagrado. Principalmente Orígenes empleó y divulgó este método místico. El ideal de perfección consiste, según él, en “asemejarse lo más posible a Dios”. Para esto se requiere, junto a la gracia de Dios, el esfuerzo y la lucha humana. En su Carta a Gregorio muestra algunas claves de cómo se debe orar: Si durante la “lectio” te encuentras ante una puerta cerrada, toca y te la abrirá el custodio, de quien Jesús ha dicho: “El guardián se la abrirá”… para comprender los asuntos de Dios tienes absoluta necesidad de la oración. En su Homilía sobre el Cantar de los Cantares expone su propia experiencia: Con frecuencia –Dios es testigo– he sentido que el Esposo se me acercaba al máximo; después se iba de repente, y yo no pude encontrar lo que buscaba… cuando le tengo entre las manos, se me vuelve a escapar, y una vez que se ha ido me pongo a buscarle una vez más (10). Pese a su condenación por el II Concilio de Constantinopla (553), los escritos de Orígenes siguieron circulando activamente, por lo general expurgados de sus errores más notables y bajo el nombre de autores de indiscutible ortodoxia. En el siglo V Pseudo Dionisio el Areopagita introduce el término Teología Mística que es el que emplea como título de uno de sus libros, que ha tenido posteriormente gran influencia. Allí se puede leer: El hecho es que cuanto más alto volamos, menos palabras necesitamos, porque lo inteligible se presenta cada vez más simplificado… llegamos a quedarnos no sólo cortos en palabras. Más aún, en perfecto silencio y sin pensar en nada (11).


(1) Se trata de las diferentes expresiones en griego y latín para definir “persona” y naturaleza”.
(2) Considerado como el documento cristiano más antiguo. Fue atribuido a los doce apóstoles
(3) VIVES, J. Los Padres de la Iglesia. Herder, Barcelona; 1971
(4) S. ATANASIO. Vita Antonii, 91, 3 26, 969c
(5) AMÉLINEAU, E., Monuments pour servir à l’histoire de l’Egipte chrétienne au IVe siècle. “Annales du Musee Guimet. Revue de l’histoire des religions” 25 pp 160-161. 1894
(6) Epístola a Diogneto, IV
(7) Diálogo con Trifón, 1,6
(8) S. Justino, 1 Apología 32,8; s. II
(9) Diálogo con Trifón 4,1
(10) ORÍGENES. Homilías sobre el Cantar de los Cantares 1, 7
(11) Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita, 367-380. BAC, Madrid, 1995.
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