En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VII – La espiritualidad en la historia de la Iglesia hasta el siglo XVI (III)

Concilio de Nicea

San Agustín -fragmento- (Philippe de Champaigne)

7.2.2 La madurez patrística: S. Agustín

Merece mencionar también a algunos santos que preceden, en la segunda mitad del siglo IV, a la monumental figura de San Agustín de Hipona: por su vida ascética y altura espiritual, a San Atanasio (295-373), San Ambrosio (340-397) y San Jerónimo (347-420), éste último bien conocido por lo riguroso de su vida y sus prácticas ascéticas y que ha servido de inspiración a pintores y escultores de toda época y su influencia fue notoria en el monacato occidental. S. Agustín es personaje destacado en el pensamiento espiritual de los primeros siglos, y que junto a Tomás de Aquino han sido denominados por algún pensador contemporáneo como “los dos faros que alumbran la teología mística católica” (1). Lo fundamental de su doctrina puede en cierto modo considerase derivado de su concepto de la Gracia, enseñando como el hombre es absolutamente incapaz, por su propias fuerzas, de realizar ninguna acción meritoria. La oración es el modo en que el hombre obtiene la gracia santificante, con la que le es posible todo. Se encuentra en dependencia absoluta respecto a Dios, y necesitado del socorro divino. Así lo expone en su tratado De Natura et Gratia, que se inserta en plena controversia pelagiana (el pelagianismo negaba la necesidad de la gracia para la salvación). En su concepción de la caridad, la expresa en grados de perfección, y cuando se alcanza la caridad perfecta, el alma vive la unión mística.

Al leer a Agustín debe tenerse en cuenta el sentido de sus palabras: mente, espiritual, inteligencia. Lo que san Agustín denomina “intelectual”, es lo que nosotros tenderíamos a llamar “espiritual” (2). La errónea interpretación de estos términos, asimilándolos a los empleados actualmente en filosofía, ha causado que a Agustín de Hipona se le considere un “místico teórico” y el precursor del racionalismo en la Iglesia, que tantas iniciativas espirituales abortaría, especialmente tras la Contrarreforma. Quizás convenga señalar que, para el santo de Hipona, la fe no sólo precede a la razón en lo que respecta a la interpretación de la Sagrada Escritura sino que es el punto de partida en toda búsqueda de la verdad (3). La visión extática es para Agustín una suspensión de las facultades del alma en que Dios trata directamente con ella, sin palabra o imagen (4).

La ascética agustiniana, siguiendo la línea neoplatónica, trata de restaurar la imagen de Dios en el alma. Según Agustín existen cuatro grados de ascesis: virtus (virtud), tranquilitas (serenidad, paz interior), ingressio (entrada en la luz) y mansio (contemplación) (5). Relaciona estos grados con los dones del Espíritu, siendo el temor de Dios el primer grado y la sabiduría el más elevado. Otra cualidad de la doctrina de Agustín es que la mística no es patrimonio de unos pocos, sino que advierte que todos están llamados a alcanzarla, mediante los medios “generales” (la gracia actual, las virtudes, el combate espiritual, las buenas obras, etc.) y los “especiales” (el estado religioso, el estudio de libros santos) (6). Una vez alcanzada la iluminación, se producen unos efectos o gracias místicas habituales, siendo la mejor la contemplación, aunque se pueden tener también visiones extraordinarias o revelaciones proféticas. Como signo y efecto de las gracias místicas, se produce la “delectación espiritual”, la libertad perfecta y el conocimiento profundo de los misterios divinos, principalmente el trinitario (7)(11).


(1) MOLINER, J.M. Historia de la Espiritualidad. Monte Carmelo, Burgos 1971
(2) CAMPELO, M. Agustín de Tagaste, un hombre en camino, Estudio Agustiniano, Valladolid 1985.
(3) Contra Faustum 4,2.
(4) Confessionum 9,10
(5) De Quantitate animae, 33 70-76
(6) ROYO MARIN, A. Los grandes maestros de la vida espiritual, 124. BAC Madrid 2003 p 116-122
(7) Ibíd. 126
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