En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VII – La espiritualidad en la historia de la Iglesia hasta el siglo XVI (IV)

Las tentaciones de San Antonio

Las tentaciones de San Antonio Abad (El Bosco)

7.2.3 La mística de huida del mundo: anacoretas y monacato. Los Padres del Desierto y el monacato oriental

Mención especial debe hacerse a los llamados “Padres del desierto”, representantes de una reflexión vital radical, de abandono del mundo y sometimiento del cuerpo, protagonistas de hazañas ascéticas casi inverosímiles, y que causaron la admiración y veneración de los fieles comunes, lo que en muchos casos hizo casi imposible el ideal de vida retirada que ellos pretendían. De hecho, las obras de los padres del desierto son unas de las primeras reflexiones sistemáticas sobre el recogimiento y el camino místico a través de la ascesis, en su sentido original de ejercicio atlético de preparación. Todos hacen mención a los trabajos que el monje, al modo de los atletas olímpicos, deben sufrir para alcanzar la anhelada paz interior, fruto de su relación con Dios, no empañada por la presencia de la actividad mundana, por eso se denominaron “anacoretas” (del griego anakhoretai: retirarse). Este movimiento de retirada al desierto se produce principalmente en la provincia romana de Egipto desde el siglo III, y tiene su máxima incidencia en el siglo IV, cuando el cristianismo se ha popularizado y debilitado su fervor inicial. La historia de los padres del desierto fue recopilada en los siglos IV y V en una serie de anécdotas conocidas como apotegmas. Se debe a Juan Casiano (360-435?) el haber recogido un gran número de citas y anécdotas de los padres del desierto en sus obras Collationes (1) (Conferencias) y Reglas de la vida monástica (2). Los apotegma fueron recopilados a principios del siglo XX en dos colecciones, una por orden tipo alfabético y otra por su temática (3).

Ha quedado en la memoria popular e incluso se menciona en la historia religiosa lo anecdótico del estilo de vida de algunos monjes, como los silenciarios, que hacían voto perpetuo o temporal de silencio; los giróvagos (4), que iban vagando de una comunidad a otra sucios y con harapos; los reclusos, que se hacían emparedar vivos en celdas muy estrechas, de por vida; o los estilitas, como San Simón, que vivió treinta años, cerca de Antioquía, en una columna.

Sin embargo, el ideal del anacoreta era alcanzar la hesyquia (que originariamente significa ausencia de agitación, estado de calma), en ocasiones denominada también como apatheia (5), y que podría definirse como “paz interior”. Esta paz interior significaba la libertad frente a la dependencia de las pasiones y de los acontecimientos. Un modo de lograr esta paz era la kénosis, (vaciamiento o despojamiento) espiritual, a imitación de la producida en Cristo al renunciar a su condición divina. Esta kénosis empezaba por lo más simple, que era el aislamiento del mundo exterior y sus distracciones. Pero esto sólo era el primer paso. Algunos monjes egipcios del siglo IV, se ejercitaban en la repetición de una palabra o sentencia para enfrentar los malos pensamientos y para pacificar la mente: la “oración monológica”. En la tradición monológica de los padres del desierto y la hesyquia se nutre la corriente llama hesicasta propia de la Iglesia Oriental.

“Estar consigo mismo” es una expresión reiterada en boca de los padres del desierto; recomiendan “estar” en su celda. El abad Serapion dice: Únicamente no dejes tu celda. (Apo 49). Pero no se trata de una simple reclusión, debe tener unas características específicas, la principal de las cuales es el encuentro y la lucha consigo mismo. El abad Macario dijo: lo que necesita el monje es que recoja su mente y permanezca alejado de toda preocupación. Y también: Entra en tu alma y encuentra allí a Dios, a los ángeles y el Reino. Casiano, cuando relata la vida de oración de los ermitaños y cenobitas del desierto es más explícito sobre cuál ha de ser la actitud de oración constante o pura y recomienda utilizar una frase corta. Este verso deberá repetirse constantemente, en la adversidad y en las circunstancias favorables: Digo que el empleo de este verso se hará ininterrumpidamente en tu corazón. Cuídate de no dejarlo durante ninguna actividad o servicio, y tampoco en el camino. Repítelo a la hora de dormir y de comer, así como cuando tengas que hacer tus necesidades (6). Nilo el Asceta expresa como debe disponerse la mente del orante para aprovechar en la oración: Lucha por mantener sordo y mudo tu intelecto en el tiempo de la oración, y así podrás rezar (7).

Se puede obtener una síntesis de conjunto de las tesis espirituales de los Padres del desierto de nuevo a través de la valiosa obra de Casiano. Para éste, el fin de la vida monacal es la perfección espiritual del monje, que es el de la asimilación a la perfección divina (8). Para obtenerla, el hombre debe poner en práctica las virtudes interiores siendo la principal la caridad perfecta, que nos asemeja a Dios. Los medios para obtener la perfección además de las virtudes son la oración y la mortificación, en forma de ayuno y renuncia. Casiano denominó a la apatheia “pureza de corazón”, para la que hay que ejercitarse con obras ascéticas.

En cuanto a la oración, que ocupa un lugar preferente en su obra, y para la que expone una gradación sistemática de su progreso, Casiano define a la oración perfecta como el estado del alma llegada a la perfección de la “pureza de corazón” y enteramente libre, no sólo de pecados y vicios, sino también de cualquier cosa que pueda distraer su atención de Dios. Llegada a estas cumbres de la ascensión espiritual, la mente ora prescindiendo de toda imagen, de toda palabra, de toda voz, sin saber siquiera que ora ni lo que ora. Casiano cuenta que S Antonio decía: No hay oración perfecta si el monje se da cuenta que ora. Este estado de oración recibe en Casiano el nombre de oratio iugis, oración ininterrumpida. El mismo autor nos habla también, en el mismo contexto, de una oratio ignita, una oración de fuego. Es una expresión que quiere dar a entender una experiencia que desafía todo análisis, un fenómeno simplemente inenarrable. El propio Casiano debe reconocerlo después de repetidos esfuerzos de describirlo. Del examen de estos textos deducimos que se trata de una fuerza irresistible que se apodera del alma (9); que en esta oración no intervienen para nada ni el entendimiento, ni los sentidos, esto es, ninguna facultad cognoscitiva; que, en realidad, es el Espíritu Santo quien obra y ora en el monje “con gemidos inenarrables”; que todo sucede en un inmenso fervor de caridad y con notable rapidez. Es, propiamente, un momento fugaz de alta contemplación (10). Al Abad Evagrio Póntico se le atribuye un profundo estudio psicológico del alma humana, con su descripción de los nueve logismoi, o estados anímicos. Estos logismoi, son pasiones que atenazan al hombre en su desarrollo espiritual, retrasándolo (11).

 

El monacato occidental

Un siglo más tarde de la aparición de los anacoretas y del monacato oriental, fruto de la experiencia de los padres del Desierto, se van creando monasterios o cenobios (del latin coenobium: vida en común) en la parte occidental del Imperio, gracias a la influencia de los Padres Occidentales. En su inmensa mayoría, los monjes eran hombres de escasa cultura, frecuentemente analfabetos. Algunos escritos sobre el monacato antiguo, como la colección de Apotegmas de los Padres y las cartas atribuidas a S. Antonio y S. Amonás, reflejan bien la espiritualidad de este monacato que podríamos denominar primitivo o elemental. Los primeros en poner su gran cultura al servicio del monacato fueron los capadocios S. Basilio y S. Gregorio de Nisa. Los escritos ascéticos de S. Basilio, sobre todo sus mal llamadas Reglas (en realidad máximas y consejos sobre vida espiritual), constituyen una fuente de doctrina espiritual para monjes, repleta de la más pura savia evangélica. S. Gregorio describió en el De instituto christiano, una excelente iniciación a la mística. Mucha más influencia tuvo en el monacato posterior el “filósofo del desierto”, Evagrio Póntico (345-399). Otros maestros fueron S. Juan Crisóstomo (347-407), S. Nilo de Ancira (+430), Marcos el Eremita (+ 430), el Pseudo-Macario (autor de las Homilías espirituales hacia 395), y S. Agustín, en los países latinos. Los monjes escritores no eran puros teorizantes, sino que elaboraron la propia experiencia, destacando los textos de los Padres pneumatoforoi (espirituales), como S. Antonio Abad, Macario de Egipto, Juan de Licópolis y tantos otros que penetraron muy hondo en los secretos de la vida interior. Estos autores distinguen dos grandes etapas en el proceso oracional, la ascética y la mística o contemplativa, y comúnmente dividen esta última en contemplación inferior y superior, por su objeto (Evagrio), y por su método, en activa o pasiva (Gregorio de Nisa).

 

Otros Padres

A Benito de Nursia (480-547) se le considera como el fundador del monacato en Occidente, al redactar la primera auténtica Regla sistemáticamente elaborada, promoviendo el paso de un monacato eremítico o de pocos monjes a unos sistemas muy organizados de vida en común. Las principales características de su regla (12) son la soledad y el silencio, para seguir las enseñanzas de los primeros monjes; la obediencia y humildad, para desprenderse del orgullo, enemigo del progreso espiritual; el oficio divino (Opus Dei), por el que se alaba y da gracias a Dios; la lectio divina, en la que el alma se instruye y se alimenta el espíritu y por último, el trabajo manual, contemplado como penitencia y signo de pobreza. Máximo el Confesor (580-662) fue otro gran exponente del espíritu ascético y místico del monacato del norte de África. Su doctrina espiritual se fundamenta en la imitación de Cristo como ley de la vida religiosa. Esa imitación junto a la gracia conduce a la alta contemplación, que se produce en la oración silenciosa, en la que distingue los grados de principiantes, proficientes y perfectos, en los que la caridad “deifica“ el alma. Juan Clímaco (+692) fue muy estimado en la alta edad media por su obra Escala del Paraíso, llena de sentencias muy acertadas sobre vida interior que surgen de su experiencia personal más que de citas de la Escritura, y que fueron fuente de inspiración para la meditación discursiva.

En los siglos siguientes la vida espiritual estuvo refugiada en los monasterios, focos desde donde se irradió su influencia, sobre todo en el antiguo imperio occidental, fraccionado en múltiples y cambiantes reinos. Este territorio quedó sumido en una profunda decadencia en cuanto a infraestructuras y seguridad, aunque intentos de restauración imperial como el de Carlomagno reavivaron el sueño de unificar Europa bajo el cristianismo. En el Imperio Oriental, su nueva capital, Constantinopla, se transformó también en el centro intelectual y religioso del mundo cristiano. Mientras que la cristiandad de Occidente se fue constituyendo como una pirámide cuya cima la constituía el Obispo de Roma, los principales centros cristianos del mundo oriental, Constantinopla, Jerusalén, Antioquía y Alejandría, se desarrollaron de forma autónoma. El emperador oriental tenía una posición muy destacada en la vida de la Iglesia; él era quien convocaba y presidía los Concilios Generales, órganos supremos de la legislación eclesiástica con respecto a la fe y a los códigos morales. Esta posición imperial parecía significar que la Iglesia se subordinaba a la autoridad del Estado, lo que vino a denominarse como cesaropapismo.

La liturgia y la teología de Oriente tenían unas características que los observadores occidentales, incluso durante la edad media, caracterizarían como mística, categoría que se intensificó por la fuerte influencia que ejercía el neoplatonismo sobre la filosofía bizantina. Todos los rasgos distintivos del cristianismo de Oriente contribuyeron a su alejamiento de Occidente, lo que por último desembocó en el cisma entre las iglesias occidental y oriental a partir de 1054, cuando Roma y Constantinopla se excomulgaron mutuamente, cisma que persiste a pesar de intentos de reunificación por ambas partes (13).


(1) Puede verse una reproducción en https://archive.org/details/ita-bnc-in2-00001246-001
(2) Instituciones. Traducción española por L. y P. Sansegundo, Ed. Rialp Madrid, 1957. Conferencias. L. y P. Sansegundo ed. Rialp, Madrid 1958
(3) J. P. Migne en las obras Patrologie Latine (París) y F. Nau en P. Grecque, esta última difundida en la Revue de 1’Orient chrétien 1907-13.
(4) No confundir con los monjes danzantes derviches sufíes (rama mística del Islam).
(5) A diferencia de la apatheia estoica, que significaba ausencia de deseos y evitación de necesidades, el término usado por los padres hacía mención a la pacificación producida por la contemplación.
(6) CASIANO. Conferencia X, l0
(7) NILO EL ASCETA. Discurso sobre la oración.
(8) CASIANO. Conferencia 23,3
(9) Se trataría probablemente de contemplación “infusa”.
(10) Ibíd. 9, 31
(11) El estudio de los logismoi ofrece ciertas semejanzas con el eneagrama, método de “autoconocimiento” usado por teósofos y psicólogos que se hace remontar al Oriente medio de hace 2.500 años. El Magisterio ha advertido de sus riesgos, sobre todo por la penetración de la New Age entre sus promotores.
(12) GARCIA M. COLOMBAS E I. ARANGUREN, La Regla de San Benito. BAC, Madrid, 1979
(13) La mutua excomunión fue anulada el 7 de diciembre de 1965 por el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras 1 en una declaración conjunta leída simultáneamente en Roma y Constantinopla.
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