En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VII – La espiritualidad en la historia de la Iglesia hasta el siglo XVI (V)

Claustro de la Catedral de Oviedo

Fotografía: José Luis Mieza (Creative Commons)

7.3 Edad Media y Renacimiento: Esplendor de las órdenes monásticas

Siguiendo el esquema de Tanquerey (1), se puede tener una visión general de la espiritualidad de la Edad Media por medio del estudio de las diversas escuelas donde ésta se cultivó y estudió: La escuela benedictina, la escuela de San Víctor, la dominicana, la franciscana, la escuela mística flamenca y la cartusiana, cuyos principales representantes y líneas de pensamiento se exponen a continuación. Puede decirse a modo de resumen general que, pasados los primeros siglos de inestabilidad y retroceso cultural y hasta los siglos XI-XII, se constata una gran influencia de los monasterios y las obras de sus fundadores y abades en la vida religiosa y espiritual. Esta influencia va cediendo en los siglos XIII y XIV y pasando a las ciudades y escuelas universitarias, preparando la irrupción del Renacimiento y el humanismo como pauta y canon estético y guía de pensamiento filosófico. En la llamada “edad de oro” de la Iglesia medieval (siglo XIII), surgen los brillantes intelectos de Tomás de Aquino, Buenaventura de Bagnoregio y Juan Duns Escoto. De ellos destaca la imponente figura de S. Tomás de Aquino que, al modo que Agustín cristianizó a Platón, introduce el esquema aristotélico en el pensamiento religioso y en el filosófico, que aún no estaban separados netamente. Por último, en el siglo XIV comienza a separarse razón y fe, siendo su exponente más conspicuo Guillermo de Occam. Estas escuelas elaboraron y sintetizaron los elementos de espiritualidad contenidos en las obras de los Santos Padres, enriquecidas con su propia experiencia y con la metodología y lenguaje de la Escolástica.

En la vida monacal que encabeza la espiritualidad de la Edad Media tiene gran impacto la Regla de San Benito de Nursia, de la que se inspiran las posteriores Reglas monásticas. Como ya se ha mencionado, un elemento muy importante en la Regla es la lectio divina. En los textos medievales y en la práctica reflejada por ellos, la lectio siempre está asociada a la contemplación: son inseparables y hay que darse íntegramente a una y a otra. La lectio tiene como etapas siguientes la meditatio, oratio y contemplatio; en la meditación, el monje reflexiona especulativamente sobre lo leído, pero pronto esa meditación lleva a la plática con Dios, la oración. Tras estos momentos de charla, el espíritu se aquieta y el monje queda como sumergido, atento a la palabra de Dios en su corazón: se llega a la contemplación. El fin de este proceso consiste en buscar a Cristo en la letra del texto inspirado para descubrir el amor de Dios, gustarlo y unirse a Él (2). Los términos referentes al gusto, al sabor, abundan en las fuentes. Utilizando el vocabulario de san Bernardo, el alma busca “saborear el meollo de las Escrituras”, la “miel” que la Interpretación espiritual hace gotear de la letra. Según Gregorio Magno …los espíritus de los justos permanecen atentos a la presencia de Dios todopoderoso fijando los ojos en la Escritura como si se tratara de su boca… No resuena en sus oídos (la palabra) sin dejar huella, sino que se graban en sus corazones (3).

 

ESCUELA BENEDICTINA

En la abadía de Bec, en Normandía, destaca S. Anselmo (1033-1109), a quien se considera el primer pensador cristiano, en cuanto se abrió a la especulación, aun dentro del terreno dogmático. Se le suele considerar como continuador de la escuela agustiniana, e iniciador de la escolástica. Célebre es su frase: credo ut intelligam: creo para entender. Además de atender a su comprensión, anima a la meditación interior tras la lectura atenta de la escritura. Su obra el Proslogion tiene pasajes de alta espiritualidad, en los que estima como mucho más perfecto el amor que la especulación, siendo particularmente elevada la Meditación XI cuando se dirige a Dios en estos términos: ¡Arrebatadme en vuestro amor, arrebatadme totalmente a vos!… ¡Introducidme en el santuario de vuestro amor! S. Bernardo de Claraval (1090-1153), fundador de la orden del Císter, se había retirado a la abadía de Citeaux en oración y recogimiento antes de su gran labor reformadora en la Iglesia. Su piedad afectiva y práctica ha ejercido gran influencia durante toda la Edad Media, y por ello se le llamó “Doctor Melifluo”. A pesar de no disponer actualmente de sus obras para conocer de primera mano su doctrina espiritual, puede deducirse de otros autores y de su estilo de vida que fue responsable de la elaboración de un sistema ascético y místico, en que el punto de partida es el amor, que actuando sobre el hombre afectado por el pecado le acerca al Amor divino. En el libro del Amor de Dios, con la base e inspiración del Cantar de los Cantares y varios pasajes evangélicos, Bernardo supone cuatro grados de amor, cada vez más elevados, hasta el amor puro en el que no se ama “sino por Dios”, y para describirlo llega a decir: Amar así es estar ya divinizado.

En lo que a España respecta destaca la figura de García de Cisneros (+ 1510), primo del conocido cardenal del mismo nombre. Fue prior de la abadía de Monserrat y en su Ejercitatorio de la vida espiritual traza un plan de vida de espíritu según el método de las tres vías, en vigor por aquel entonces.

 

LA ESCUELA DE SAN VÍCTOR

Sus tres principales representantes (Hugo, Ricardo y Adam, del siglo XII) parten del simbolismo del universo para llegar a Dios por la contemplación. Consideran al hombre originariamente unido a Dios en la contemplación, camino que puede recorrerse de nuevo con la ayuda sobrenatural. En cuanto a la dinámica de la oración, Hugo distingue la especulación, en la que prima un sentimiento de afecto y admiración ante las obras divinas y la contemplación, en la que el alma logra la paz. No deja de insistir sin embargo en la utilidad de la meditación (discursiva) y el empleo de la inteligencia y sobre todo abre una nueva concepción de la jerarquía de los saberes y los métodos de enseñanza, tal y como expone en su Didascalion. Ricardo de San Víctor concibe, como su maestro Hugo, el saber como algo unitario y orientado a la mística. Explica mediante varias divisiones y subdivisiones las etapas de ascenso del alma al éxtasis místico, desde las cosas sensibles hasta Dios.


(1) TANQUEREY, A. Compendio de Teología Ascética y Mística. Palabra, Madrid 1990
(2) JEAN-ALBERT VINEL. La Lectio divina. “Vida consagrada”, 54. 288-303, 1982
(3) SAN GREGORIO MAGNO, Moralia 16, 35,43.
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