El EremitorioOración contemplativa

Tercera parte – El Templo

“Acordámonos, Dios, de tus favores aquí en tu templo” (Sal 47,10)

El Desierto interioriza. No serías verdadero eremita si no vivieras en el como en un templo, si no aprendieras a hablar al Señor en lo más íntimo de ti mismo. El Ermitaño no es un vagabundo de la estepa. Es el hombre desasido, despojado, desnudo, cuya morada es Dios mismo, en quien se ha escondido con Cristo (Col 3,3).

No es más de la tierra, aunque todavía no haya penetrado en los cielos. Y sin embargo, en la fe, en el amor, Vive ya lo que vivirá eternamente. Por lo mismo, el Eremitorio es por excelencia un lugar santo.

“Dichoso tu elegido, tu familiar, habita en tus atrios. Sácianos de la dicha de tu casa, de la santidad de tu templo” (Sal 64,5).

De los que como tú han sudado en la pista árida y han trepado a la montaña abrupta, está escrito:

“Están ante el trono de Dios, y le rinden culto día y noche en su templo; y el que está sentado en el trono habita entre ellos. No tendrán hambre ni sed ya más, ni caerá sobre ellos el sol y el calor abrasador. Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará hacia las fuentes de las aguas de la vida; y Dios enjugará todas las “lágrimas de sus ojos” (Ap. 7,15-17).

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