El EremitorioOración contemplativa

V. El Desierto de San Pablo. El descubrimiento de Cristo

“Pues para mí el vivir es Cristo…” (Flp 1,21)

Se habla poco de la marcha de San Pablo al Desierto a raíz de su conversión. El mismo nos la da a conocer incidentalmente:

“Cuando plugo al que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase a los Gentiles, al momento no consulté más con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran Apóstoles antes que yo, sino que marché a Arabia” (Gál 1,15-17).

Bajo la expresión “sin consultar carne y sangre se deja adivinar lo fiero de la decisión: el soltar las amarras, el afrontar lo desconocido. Pablo no discute, obra; igual que en el camino de Damasco. En las manos de Dios, el recién convertido es el hombre del servicio hasta la esclavitud, y la perspectiva de un sacrificio, así sea el de la vida, jamás le ha retenido o retardado en la obediencia. A él, como a Jesús, es el Espíritu Santo el que le arroja fuera, y le empuja a la soledad.

¿Acaso tu rompimiento es mayor que el del Apóstol? No se te pide que reniegues de tu pasado religioso, de tu pueblo, de tus amistades, para afiliarte a una secta de la que eras el perseguidor, si bien por motivos nobles. Sin embargo, todos tenemos nuestro “Isaac” muy querido que inmolar… No remolonees. Vienes al Yermo tan rico espiritualmente como Pablo. El iba hondamente afectado. La costumbre lima las aristas de la vida cristiana. ¿Por qué Jesucristo, el amigo de tu alma desde la infancia, te es tan indiferente? Suplica a Dios te lleve a un camino de Damasco donde el encuentro con Jesús te derribe y te haga para siempre su prisionero, prisionero de corazón, y, por lo mismo, prisionero del Desierto.

No está en tu poder el recibir un choque tan llamativo. Una sola palabra ha encadenado al Apóstol irrevocablemente: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.” Pablo huye al Desierto con esa revelación. Necesita estar solo para escudriñaría, exprimir de ella toda la luz y todo el amor. Se propone hacer rendir todo su contenido vital a ese primer toque. “Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia no ha sido estéril en mí” (I Cor 15, 10). Con la fogosidad de su juventud, la violencia del temperamento y el fuego de la caridad que le abrasa, Pablo debió ser un terrible anacoreta. Talla tenía para haberlo sido toda su vida, mas su vocación era otra. Las austeridades del apostolado sobrepasarán con creces las maceraciones del desierto (2 Cor 11). Por severo que sea tu tenor de vida jamás sufrirás por Cristo la larga pasión del Apóstol (Cf. 2 Cor 6).

En su misterioso Desierto ¿en qué puede San Pablo ser modelo tuyo? En esto: que se retiró a él con Jesús. Jesús luz, Jesús caridad. Esa ha de ser toda tu contemplación, toda tu ocupación. Destinado como le tiene para vastas empresas, Dios activa la revelación con su Apóstol. Tú, en cambio, tienes toda una vida para estudiar las dimensiones inconmensurables de la persona, de la misión y enseñanzas del Verbo Encarnado. Con la Biblia, libro por excelencia del Ermitaño, en las manos, estás en posesión de cuanto Dios tiene dicho a los hombres desde el principio del mundo. Los escritores sagrados: Profetas, Apóstoles, Evangelistas, el mismo San Pablo, ponen a disposición tuya la luz que les ha inspirado, y que sigue alumbrando a la Iglesia. El Verbo de Dios se ha hecho “Escritura” antes de hacerse “Carne” y “Pan”. Ahí tienes tu Maná en sus tres formas. ¿Y morirías de hambre?

El centro, la cúspide de toda esa revelación es Jesucristo. Pablo se retira a la soledad para meditar y saborear el extraordinario designio de Dios respecto de nosotros, “el misterio escondido desde siglos y generaciones”, y que acaba de serle manifestado: “Cristo entre vosotros” (los gentiles) (Col 1 ,26-27). Durante esos dos o tres años de anacoretismo se despliega ante la mirada atónita de su alma la prodigiosa historia del amor de Dios para con su criatura, historia que para él se cifra toda en el Cristo que lo ha deslumbrado (Gál 1,17).

Ese mismo ha de ser el tema de tus habituales reflexiones: el designio eterno de Dios, que se realiza en ti en el tiempo de tu existencia. El Ermitaño no abriga otra ambición que la de cooperar en él con entera buena voluntad.

Dichoso tú si la luz brota del corazón. Jesús quiso mostrarse primero a Saulo en el esplendor de su carne glorificada, en la que no faltaría el detalle conmovedor de las cicatrices de la Pasión, para hacerle comprender más a lo vivo aquellas sencillas palabras: “¿Por qué me persigues?” (Hech 9,4). Desde ese día Pablo ama a Jesús con una pasión casi salvaje: “El. amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14). “Si alguno no ama al Señor, sea anatema” (1 Cor 16, 22).

“¿Quien nos separará del amor de Cristo?” (Rom, 8,35).

Lee y relee el Evangelio a fin de que la persona de Cristo cobre vida y relieve a tus ojos. Es preciso que su Humanidad se te haga familiar y que su encanto te conmueva y cautive como cautivó a cuantos tuvieron la dicha de conocerle. Los misterios de su vida terrestre son la versión en lengua inteligible para nosotros de las divinas perfecciones que nos incumbe imitar. Sin El nos traería de cabeza esta consigna “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48).

En el desierto comprendió Pablo que esa perfección se nos da a conocer en Jesucristo, la fiel “imagen de Dios invisible (Col. 1, 15). Después, descubre en la enigmática expresión del. camino de Damasco, la deslumbradora maravilla de nuestra unión con Cristo, prefacio, a su vez, de la revelación subsiguiente del plan de Dios sobre el hombre; no hallamos gracia ante Dios sino en su Hijo Único, y en la medida exacta en que le pertenecemos y semejamos: “Nos ha escogido en El desde antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor, predestinándonos a ser hijos suyos por medio de Jesucristo” (Ef 1, 4-5).

Más adelante precisa los lazos íntimos que nos ligan al Verbo Encarnado, Cabeza del Cuerpo Místico. cuyos miembros hemos venido a ser, Pablo, y nosotros por el Bautismo (1 Cor 12,13-27), vivificados por su Espíritu, viviendo de su vida hasta poder y deber en cierto sentido identificamos con El; “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Ahora le parece haber saltado a otro mundo, el mundo venidero; cree que, muerto al pecado, resucitado con Cristo, tiene que vivir la vida escatológica que llenará de entusiasmo a los primeros cristianos y a generaciones de ascetas:

“Para nosotros nuestra patria está en los cielos” (Flp 3, 20)
“Sois ciudadanos de los santos” (Ef 2,19).
“Si, pues, resucitasteis con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo… Porque estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3,1-3).

Única aspiración de Pablo, configurarse con Cristo. El Espíritu Santo enfoca su atención especial sobre el misterio de la Cruz que le ha merecido a él como a nosotros esa vocación.

Su programa es el mismísimo del Ermitaño: “Sí ahora vivo en carne, viva por la fe en Dios y en Cristo que me amo y se entregó por mi” (Gál 2, 20).

Nadie ha penetrado más a fondo el sentido de 1a Cruz. A la luz del misterio, el ex fariseo, tan versado en la ciencias de las Escrituras, se percata de que ignoraba la clave de las mismas, y ahora les descubre un sentido nuevo, el único auténtico. Vuelve a leer la Biblia, es una inundación de claridad. Descifra el Pentateuco a la luz del Sacerdocio de Cristo, y, al reflexionar sobre sí mismo y recordar sus pecados y su incorporación a Cristo arde en deseos de “llevar en su cuerpo las marcas de Jesús” (Gál 6,17), de “castigar su cuerpo y esclavizarlo” (í Cor 9,27), “estar crucificado con Cristo” (Gál 2,19) y “no gloriarse sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Desasido hasta en su fibras más hondas de todo cuanto no es divino y que él mira como cosa despreciable (ut stercora) (Flp 3,8); verdugo de su carne, lucha, pero “no como quien azota el aire” (1 Cor 9,26); escrutador celosísimo de las Escrituras (Flp 3,5); levantado a la cima de la contemplación (2 Cor 12,2); místico enamorado que suspira por ir a unirse con Cristo (Flp 1 ,23) ése era San Pablo, la figura gigante del anacoretismo.

Posiblemente el Desierto lo hubiera retenido si Dios no le hubiese explícitamente llamado al apostolado, dándole, por revelación, “el conocimiento del misterio de la salud en Cristo” (Ef 3,3), y encomendándole la misión de anunciado (ib 8-9). El Espíritu a su vez le infunde un aumento de caridad para con las almas que deben integrarse en el Cuerpo Místico de Cristo. Y deja la soledad espoleado por la ambición cósmica de “recapitular en Cristo todas las cosas” (Ef 1, 10) acuñada en la divisa: “Es preciso que El reine” (1 Cor 15,25).

Llamado al yermo para vida y para muerte, no tienes que recorrer el mundo, ni siquiera en imaginación, para anunciar el Evangelio. Haz lo que hizo Pablo en el desierto. Es para ti más que un modelo, es tu guía, tu padre espiritual. Lee una y otra vez sus Epístolas. Te ayudarán a hacer el inventario de la “soberana riqueza de la gracia de Dios, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús” (Ef 2,7), ya que a él, Pablo, le ha sido encomendado “poner en claro la dispensación de la insondable riqueza de Cristo” (Ef 3,8-9).

Lo que escasea en ti, sin duda, es el ardor en la caridad de Cristo. Reconoce la endeblez de tu generosidad. Y, sin embargo, la única posibilidad que tienes de perseverar en un desierto que no te brinda ningún interés humano y se arma hasta los dientes con inclemencias agotadoras, es adherirte a Jesucristo. El Apóstol te dice: “en todas esas cosas triunfamos por el que nos amó” (Rom 8,37). No se ama al Desierto por sí mismo; pronto se encarga de desmoralizar con su “cotidianidad”. Su gran valor espiritual consiste en desanudar las ligaduras que enredan nuestro corazón, e impulsar nuestros deseos más allá que él y más arriba: hacia Dios. Con lazos nuevos nos vincula a Cristo, único compañero de nuestro viaje.

El Eremitorio no es morada estable. Vivimos en él bajo la tienda de campaña del mundo para realizar en el mínimo de tiempo y el máximo de eficacia la mutación de fondo: despojarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo (Ef 4,22-24), esto es, Jesús (Rom 13,14).

Si al entrar en soledad traes otras esperanzas, te equivocas de camino y no tardarás en comprobarlo. Saulo se ofreció al Señor cual página en blanco, cual instrumento nuevos Su ‘vida no ha tomado el curso que él previera, mas en nada le pesó, ni de lejos.

A ejemplo suyo y por idéntico motivo, nada te tiene que amedrentar. “Sé a quién me confié y estoy seguro de su poder para guardar mi depósito hasta aquel día, el de la muerte” (a Tim 1,12).

Nada importa que seas débil. Gloriarse de ser fuerte en los combates del Señor, lo puede sólo quien se apoya en Jesucristo con todo su peso. “En El, sí, lo puedo todo” (Flp 4.13).

Ojalá puedas en la hora postrera pronunciar como tuyo y con total sinceridad y verdad el juicio de San Pablo sobre su vida

“He combatido el buen combate, He terminado la carrera. He guardado la fe. Y ahora, he aquí que me está reservado la corona de justicia que me dará e! Señor aquel día, el Justo Juez, y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su parusía” (2 Tim 4,7).

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