ÍndiceSanta Teresa de Lisieux

Oraciones

Sagrado Corazón

INTRODUCCIÓN A LAS ORACIONES

Aun cuando Teresa haya compuesto las veintiún oraciones que aquí recogemos, nunca sintió la tentación de rivalizar con la intensa creatividad de su época en este campo. Es más, ella misma confesó que no apreciaba demasiado esta superproducción: “Fuera del Oficio divino, que tan indigna soy de recitar, no me siento con ánimos para sujetarme a buscar en los libros bellas oraciones; me causa dolor de cabeza. ¡Hay tantas…! ¡…Y cada cual más bella…!” (Ms C 25rº).

Estas líneas, escritas en junio de 1897, dejan traslucir un cierto humor; y sin embargo, está ya muy enferma cuando redacta su último manuscrito. No, Teresa nunca quiso componer “bellas” oraciones. Se ha vuelto demasiado sencilla, demasiado niña, demasiado “pequeña” desde que ha entrado por el camino de la confianza y del amor. A sus ojos, lo único que cuenta es la verdad. Hay que tener mucho cuidado con la “moneda falsa” en materia espiritual (CA 8.7.16). La joven carmelita, siempre tan lúcida, tiene verdadero miedo a la inflación verbal: “No desprecio los pensamientos profundos, que alimentan al alma y la unen a Dios. Pero hace mucho tiempo ya que he comprendido que no hay que apoyarse en ellos, ni hacer consistir la perfección en recibir abundantes luces. Los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras” (Ms c 19vº).

Ella reza de la manera más sencilla: “Dios nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías como si él no las conociese…” (Ms C 32vº).

Todo lo que brota del corazón y de la pluma de sor Teresa del Niño Jesús tiene esa misma autenticidad interior. La única “definición” que nos dejó manifiesta esa espontaneidad: “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra, es algo grande, algo sobrenatural, que me dilata el alma y me une a Jesús” (Ms C 25rº).

Evidentemente, estas veintiún oraciones no deben hacernos olvidar todas las que se encuentran en sus otros escritos. Así por ejemplo, en los Manuscritos Autobiográficos con frecuencia el relato se desliza hacia la oración. En el simple plano literario, Teresa alcanza cotas muy altas cuando se dirige directamente a Jesús. Como ocurre en el Ms B: “Al escribir, le hablo a Jesús; así me resulta más fácil expresar mis pensamientos” (Ms B 1vº). Arrastrada por su impulso interior, tropieza con las limitaciones del lenguaje y lamenta con frecuencia no poder expresar lo que siente: “¡Cómo me gustaría saber explicar mi pensamiento!”(Ms A 38 vº). “A la palabra humana le es imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre apenas si puede vislumbrar…” (Ms B 1rº). Y cuando llega a los límites de lo inefable, Teresa entra en la oración silenciosa que ya no requiere palabras: “Muchas veces, sólo el silencio es capaz de expresar mi oración, pero el huésped divino del sagrario lo comprende todo, aun el silencio del alma de una hija que está llena de gratitud…” (Cta 138; Cta 106).

Se comprende así la importancia de las dos horas diarias de oración en la vida de carmelita de Teresa. Basta leer la parábola del “pajarillo” (Ms B 4vº/5 rº) para captar en todo su realismo la actitud de la carmelita, allí quieta “mirando fijamente a su Sol divino”, sin importarle las nubes ni las tormentas.

Por lo demás, ¿no es altamente revelador que treinta y tres de sus cincuenta y cuatro poesías sean verdaderas oraciones? Las Recreaciones están también salpicadas de ellas por todas partes. Y las cartas contienen también invocaciones a Jesús y numerosas citas bíblicas.

 

Las oraciones de Teresa

Teresa ha dejado veintiún oraciones escritas, de importancia cuantitativa muy dispar, ya que algunas no constan más que de una línea y la más larga tiene setenta y cinco.

Sin usar demasiados artificios, se las podría agrupar según unos criterios de fácil aplicación:

  • oraciones espontáneas, escritas en situaciones de angustia o de alegría (Or 1, 14, 15, 16, 17, 19, 21);
  • oraciones “pedagógicas”, compuestas para una u otra de las novicias (Or 3, 4, 5, 7, 18, 20) y para una persona seglar (Or 10);
  • oraciones mayores, en un momento decisivo de la vida de Teresa (profesión, Or 2; Acto de ofrenda, Or 6; oración por un hermano espiritual, Or 8; consagración a la Santa Faz, Or 12).

Estas oraciones van punteando a su manera el caminar de Teresa y ritmando su “carrera de gigante”.

La importancia de las mismas no se mide por su extensión. Nada tan conmovedor como esas “oraciones-grito” (Or 1, 11, 19), o jaculatorias como entonces se las llamaba, flechas lanzadas hacia el cielo según los Padres del desierto. Tienen que haber salido de lo más hondo de un corazón angustiado para que Teresa haya querido escribirlas con el fin de poderlas repetir y volver a leer una y otra vez.

La súplica a la Virgen María (Or 1) que le había sonreído “en la mañana de su vida” el 13 de marzo de 1883, es sin duda un eco de aquellos dos “sufrimientos del alma” (Ms A 30 vº) que padeció todavía durante mucho tiempo después de su curación física.

Trece años más tarde, sumergida en una angustia todavía mayor, la Oración 19 (1897) ilustra un pasaje del Ms C: “Creo haber hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida”. Estas dos líneas escritas en un pobre borrador, y que atestiguan la rudeza del combate, son más elocuentes que mil palabras.

La Oración 11, todavía más breve, escrita en la parte superior de un icono de la Santa Faz de Tours, expresa el intenso deseo de parecerse al Amado que anunciara Isaías 53. En el cara a cara Teresa-Jesús, la carmelita implora la gracia de la semejanza, según los deseos de su maestro san Juan de la Cruz: hacerse semejante al esposo del Cantar de los Cantares. Un deseo que aparece expresado de nuevo en la Oración 16: “Dígnate imprimir en mí tu divina semejanza”.

Menos vibrantes de angustia y de amor impetuoso aparecen las poesías de los años 1893-1894, que se pueden calificar de “pedagógicas” a condición de no pensar que Teresa las escribió únicamente para otros las usaran. Es muy cierto que pretende ayudar a las novicias que le han sido confiadas, pero cuando dice “nosotras” se implica también ella por entero. Al ponerse a la cabeza de aquel pequeño rebaño, lo arrastra tras de sí a un esfuerzo ascético de reparación (Or 9), sobre todo de las blasfemias (Or 4); les enseña a mantener los ojos bajos en el refectorio (Or 3), a adiestrarse en las oraciones y en los sacrificios (Or 5), a “hacer el examen de la noche” (Or 7), a alcanzar la humildad (Or 20).

No es, sin duda, una simple coincidencia el que las Oraciones 11 a 16 (año 1896 y principios del 1897) estén centradas en la contemplación de la Santa Faz. A partir del 10 de enero de 1889 (fecha de su toma de hábito), sor Teresa del Niño Jesús había completado su nombre con la advocación “(y) de la Santa Faz”. Con mucha frecuencia había meditado en misterioso Siervo del Segundo Isaías. Y esta fascinación por “la Faz adorable de Jesús” nunca se extinguió en ella. El cántico del 12 de agosto de 1895 es una clara prueba de que esta contemplación persistía:

Tu Faz es mi sola patria…
En ella, escondida siempre,
a ti me pareceré… .

La brusca entrada en la noche, en Pascua de 1896, reavivó la atracción por esta “Faz querida” y “velada”. Ahí tiene su origen, el 6 de agosto de ese año, fiesta de la Transfiguración, la consagración a la Santa Faz (Or 12), cuya importancia no ha sido quizás suficientemente subrayada por los estudiosos de Teresa. Basta ver el original para observar con qué cuidado quiso ella solemnizarlo. Nótese la fuerte inspiración apostólica (“nos hacen falta almas…”), que coincide en este período con la ampliación de su deseo misionero.

Este había sufrido un fuerte impulso algunos meses antes debido a un acontecimiento imprevisto que la afectó profundamente: la madre Inés de Jesús le encomendó un seminarista, el abate Bellière, para que lo ayudase espiritualmente (Ms C 32rº). Una vez más uno de sus deseos más queridos -tener un hermano sacerdote- acaba de cumplirse de manera inesperada. E inmediatamente redacta para él un oración apostólica, que es también, en cierto modo, un acto de ofrenda, ya que por ese futuro misionero Teresa “ofrece feliz todas las oraciones y todos los sacrificios” de que pueda disponer (Or 8).

El 24 de febrero de 1897, le pedirá que haga “todos los días” esta oración por ella: “Padre misericordioso, en el nombre de nuestro buen Jesús, de la Virgen María y de los santos, te suplico que abrases a mi hermana en tu Espíritu de amor y que le concedas la gracia de hacerte amar mucho”.

La estampa de la Santa Faz que Teresa confeccionó para su breviario (Or 15 y 16), paralela a la del Niño Jesús (Or 13 y 14), pone bien de manifiesto ese deseo acentuado de semejanza, de identificación con el Cristo niño y sufriente. El 7 de junio de 1897, posará, aunque ya muy agotada, ante la cámara fotográfica de Celina, para dejar un testamento visual en dos retratos; y su nombre resumirá su vocación y su “misión”: “Yo soy Jesús de Teresa”, dice el Niño Jesús levantando un dedo hacia el cielo. “Yo soy Jesús de Teresa”, susurra la Santa Faz con sus ojos bajos. “Yo soy Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz”, responde en un eco la que pronto va a entrar en su pasión siguiendo a Jesús en Getsemaní.

Las oraciones inspiradas en Juana de Arco (Or 17) -aún no canonizada-, en san Sebastián y en los santos Inocentes (Or 18) expresan la lucha de Teresa que a finales de 1896 y comienzos de 1897 ha entrado en una fase aguda: lucha contra la enfermedad, algunos de cuyos síntomas pueden anunciar un final cercano. Al derramar también ella “la sangre de (su) corazón”, quiere animar a su hermana Celina que está manteniendo también un duro combate por seguir su vocación al Carmelo (Or 17).

Y ya en la enfermería, y en el límite de sus fuerzas, Teresa redacta otra oración pedagógica para sor Marta, que cumplirá treinta y dos años en la festividad de Nuestra Señora del Carmen, “para obtener la humildad” (Or 20). Esta meditación sobre los “anonadamientos” de Jesús y sobre su propia debilidad, y el recurso a la Misericordia divina son otras tantas realidades que la enferma está viviendo. Pronto, en plena agonía, se atreverá a pronunciar esta frase audaz: “Sí, he comprendido la humildad de corazón… Me parece que soy humilde…” (CA 30.9).

Tres semanas antes había escrito dificultosamente su último autógrafo, una oración dirigida a María en la fiesta de la Natividad, séptimo aniversario de su profesión.

Jalonando este recorrido, emergen dos oraciones espontáneas, cual dos montañas de altura sin igual desde las que se dominan alturas y colinas: el billete de su profesión del 8 de septiembre de 1890 y el Acto de ofrenda del 9 de junio de 1895.

El primero, de grafía dolorida, expresa “a la vez el miedo de una niña y la audacia de un guerrero”. El nombre de Jesús -a quien Teresa tutea- aparece ocho veces en veintitrés líneas; le suplica que él, y sólo él, lo sea todo para ella y le pide el amor, “un amor cuyo centro no sea yo, sino tú, Jesús mío”. Ese día, quiere salvar “muchas almas”.

El segundo texto domina sobre todo el conjuntos de las Oraciones: se trata del célebre “Acto de Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al Amor misericordioso de Dios”. Las circunstancias históricas que referimos confirman la opinión de cuantos, siguiendo a Mons. Combes, ven en esta nueva orientación de la espiritualidad “una de las revoluciones más emocionantes y grandiosas que el Espíritu Santo ha desencadenado en la evolución espiritual de la humanidad”. La madre Inés de Jesús sometió el texto a la aprobación de la Iglesia antes de ofrecerlo a las carmelitas. Teresa lo había propuesto espontáneamente a Celina a algunas otras hermanas. A partir de entonces, ha sido difundido en todo el mundo en millares y millares de ejemplares en todas las lenguas.

Para comprender la Oraciones en todo su valor, es preciso situar cada una de ellas en su ámbito cronológico. Al igual que en el resto de sus escritos, Teresa se comprometió de lleno en estos textos tan variados, cuya verdad radical no puede quedar velada por un lenguaje en ocasiones convencional. Sus oraciones brotaron de la necesidad: una necesidad interior en los once texto espontáneos, y una necesidad de caridad fraterna para ayudar a sus hermanas, a un seminarista, a una mujer casada. En todas y en cada una de esas ocasiones Teresa se expresa con total veracidad.

He aquí, pues, el tesoro que nos ofrece aquella joven carmelita que escribía en su último manuscrito: “Toda mi fuerza se encuentra en la oración y en el sacrificio; estas son las armas invencibles que Jesús me ha dado, y logran mover los corazones mucho más que las palabras. Muchas veces lo he comprobado por experiencia” (Ms C 24vº).

 

Oración 1

Querida Virgen Santísima, haz que tu Teresita ya nunca más se atormente.

 

Oración 2

Billete de su Profesión

8 de septiembre de 1890

¡Oh Jesús, divino esposo mío!, que nunca pierda yo la segunda vestidura de mi bautismo. Llévame antes de que cometa la más leve falta voluntaria. Que nunca busque yo, y que nunca encuentre, cosa alguna fuera de ti; que las criaturas no sean nada para mí y que yo no sea nada para ellas, sino que tú, Jesús ¡lo seas todo…! Que las cosas de la tierra no lleguen nunca a turbar mi alma, y que nada turbe mi paz. Jesús, no te pido más que la paz, y también el amor, un amor infinito y sin más límites que tú mismo, un amor cuyo centro no sea yo sino tú, Jesús mío. Jesús, que yo muera mártir por ti, con el martirio del corazón o con el del cuerpo, o mejor con los dos… Concédeme cumplir mis votos con toda perfección, y hazme comprender cómo debe ser una esposa tuya. Haz que nunca sea yo una carga para la comunidad, sino que nadie se ocupe de mí, que me vea pisada y olvidada como un granito de arena tuyo, Jesús.

Que se cumpla en mí perfectamente tu voluntad, y que yo llegue al lugar que tú has ido por delante a prepararme…

Jesús, haz que yo salve muchas almas, que hoy no se condene ni una sola y que todas las almas del purgatorio alcancen la salvación… Jesús, perdóname si digo cosas que no debiera decir, sólo quiero alegrarte y consolarte.

 

Oración 3

Miradas de amor a Jesús

Jesús, tus humildes esposas hacen el propósito de mantener los ojos bajos en el refectorio, a fin de honrar y de imitar el ejemplo que tú les diste en el palacio de Herodes. Cuando ese príncipe impío se burlaba de ti, Hermosura infinita, ni una sola queja salió de tus divinos labios, ni siquiera te dignaste posar en él tus ojos adorables. Ciertamente, divino Jesús, Herodes no merecía que lo miraras; pero nosotras, que somos tus esposas, deseamos atraer sobre nosotras tu mirada divina; te pedimos que nos recompenses con una mirada de amor cada vez que nos privemos de levantar los ojos; y te pedimos también que no nos niegues tampoco tu dulce mirada cuando caigamos, pues no llevaremos cuenta de nuestros fallos. Formaremos un ramillete que tú, así lo esperamos, no vas a rechazar. En esas flores verás nuestro deseo de amarte, de parecernos a ti, y bendecirás a tus pobres hijas.

¡Jesús, míranos con amor y danos tu dulce beso! Amén.

 

Oración 4

Homenaje a la Santísima Trinidad

Aquí estamos, Dios mío, postradas ante ti. Venimos a implorar la gracia de trabajar por tu gloria.

Las blasfemias de los pecadores resuenan dolorosamente en nuestros oídos. Y para consolarte y reparar las injurias que te hacen sufrir las almas redimidas por ti, ¡oh adorable Trinidad!, queremos formar un concierto con todos los pequeños sacrificios que vamos a hacer por tu amor. Durante quince días, te ofreceremos el canto de los pajarillos del cielo, que no cesan de alabarte y de reprochar a los hombres su ingratitud. Te ofrecemos también, Dios mío, la melodía de los instrumentos musicales, y esperamos que nuestra alma merezca ser una lira armoniosa que tú hagas vibrar para consolarte de la indiferencia de tantas almas que no piensan en ti. Queremos también, durante ocho días, atesorar diamantes y piedras preciosas que reparen el ansia de los pobres mortales por correr tras las riquezas pasajeras sin pensar en las eternas. ¡Dios mío!, concédenos la gracia de ser nosotras más diligentes en la búsqueda de los sacrificios, que las almas que no te aman en correr tras los bienes de la tierra.

Por último, durante ocho días, tus hijas recogerán el perfume de las flores, deseando reparar así las indelicadezas que te hacen sufrir las almas sacerdotales y religiosas. ¡Oh, bienaventurada Trinidad!, concédenos la gracia de ser fieles y la de poseerte cuando termine el destierro de esta vida… Amén.

 

Oración 5

“Flores místicas”

Cubierta:

¡Magdalena! ¡Mi queridísima esposa!

Yo soy todo tuyo y tú eres mía para siempre.

Página del título:

1rº Flores Místicas destinadas a formar una Cesta de Bodas.

Se oyó una voz: “Que llega el Esposo, salid a recibirlo…” (Evangelio)

Aspiraciones:

(Para el texto completo de las páginas, cf Prières p. 73. Omitimos aquí el enunciado del día y la palabra “Aspiraciones” que se repite dieciséis veces.)

2rº Rosas blancas.

¡Jesús, purifica mi alma para se haga digna de ser tu esposa!

2vº Margaritas.

¡Jesús, concédeme la gracia de realizar todos mis actos sólo por complacerte a ti!

3rº Violetas blancas.

¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!

3vº Lirio de los valles.

Santa Teresa, Madre mía, enséñame a salvar almas, para que pueda ser una verdadera carmelita.

4rº Agavanzo.

Jesús, a ti sólo sirvo cuando sirvo a mis Madre y a mis hermanas.

4vº Flores de té.

Jesús, María y José, concededme la gracia de hacer unos buenos ejercicios espirituales y preparad mi alma para el hermoso día de mi profesión.

5rº Campanillas blancas.

Santa María Magdalena, obtenme la gracia de que mi vida no sea más que un acto de amor.

5vº Madreselva.

Jesús, enséñame a renunciar siempre a mí misma para agradar a mis hermanas.

6rº Vincapervincas blancas.

Dios mío, yo te amo con todo el corazón.

6vº Peonías blancas.

Dios mío, mira el Rostro de Jesús y convierte en elegidos a los pobres pecadores.

7rº Jazmín.

Jesús, no quiero probar ninguna alegría fuera de ti.

7vº Miosotis blancas.

Santo ángel de mi guarda, cúbreme siempre con tus alas, para que nunca tenga la desgracia de ofender a Jesús.

8rº Reina de los prados.

María, Madre mía querida, concédeme la gracia de no empañar nunca la vestidura de inocencia que me vas a dar el día de mi profesión.

8vº Verbenas blancas.

Dios mío, creo en ti, espero en ti, y te amo con todo el corazón.

9rº Lirios blancos.

Dios mío, te doy gracias por todas las gracias que me has concedido durante estos ejercicios.

9vº Ha llegado el Gran Día.

Flor de lis.

¡¡¡Mi Jesús amado, tú eres ya todo mío y yo soy ya para siempre tu humilde esposa…!!!

 

Santa Teresita con 15 años

Teresita con 15 años

Oración 6
Acto de Ofrenda al Amor Misericordioso

J.M.J.T.

Ofrenda de mí misma

como víctima de holocausto

al amor misericordioso de Dios

¡Oh Dios mío, Trinidad santa!, yo quiero amarte y hacerte amar, y trabajar por la glorificación de la santa Iglesia salvando a las almas que están en la tierra y liberando a las que sufren en el purgatorio. Deseo cumplir perfectamente tu voluntad y alcanzar el grado de gloria que Tú me has preparado en tu reino. En una palabra, quiero ser santa. Pero siento mi impotencia, y te pido, Dios mío, que Tú mismo seas mi santidad.

Ya que me has amado hasta darme a tu Hijo único para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de su méritos son míos; te los ofrezco gustosa, y te suplico que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor.

Te ofrezco también todos los méritos de los santos (de los que están en el cielo y de los que están en la tierra), sus actos de amor y los de los santos ángeles. Y por último, te ofrezco, ¡oh santa Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; a ella le confío mi ofrenda, pidiéndole que te la presente. Su divino Hijo, mi Esposo amadísimo, en los días de su vida mortal nos dijo: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”. Por eso estoy segura de que escucharás mis deseos. Lo sé, Dios mío, cuanto más quieres dar, tanto más haces desear. Siento en mi corazón deseos inmensos, y te pido confiadamente que vengas a tomar posesión de mi alma. ¡Ay!, no puedo recibir la sagrada Comunión con la frecuencia que deseo, pero, Señor, ¿no eres Tú todopoderoso…? Quédate en mí como en el sagrario, no te alejes nunca de tu pequeña hostia…

Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico que me quites la libertad de desagradarte. Y si por debilidad caigo alguna vez, que tu mirada divina purifique enseguida mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que todo lo transforma en sí…

Te doy gracias, Dios mío, por todos los beneficios que me has concedido, y en especial por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento. En el último día te contemplaré llena de gozo llevando el cetro de la Cruz. Ya que te has dignado darme como lote esta cruz tan preciosa, espero parecerme a ti en el cielo y ver brillar en mi cuerpo glorificados los sagrados estigmas de tu Pasión…

Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de ti en la Patria, pero no quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar sólo por tu amor, con el único fin de agradarte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente.

En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío…

A tus ojos, el tiempo no es nada, y un solo día es como mil años. Tú puedes, pues, prepararme en un instante para comparecer delante de ti…

A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor misericordioso, y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en ti, y que de esa manera llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío…

Que ese martirio, después de haberme preparado para comparecer delante de ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de tu Amor misericordioso…

Quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces, hasta que las sombras se desvanezcan y pueda yo decirte mi amor en un cara a cara eterno…

María Francisca Teresa del Niño Jesús

y de la Santa Faz

rel. carm. ind.
Fiesta de la Santísima Trinidad
El 9 de junio del año de gracia 1895.

 

Oración 7

Oración a Jesús en el sagrario

Jesús +

16 de julio de 1895

¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño…

¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a tus gracias… Si hubiese estado más unida a ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar contigo en la oración.

Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que “el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras…” Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia.

Después de haber venido así, cada noche, al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro… Amén.

 

Oración 8

Oración para el abate Bellière

J.M.J.T.

Jesús mío, te doy gracias por haber colmado uno de mis mayores deseos: el de tener un hermano sacerdote y apóstol…

Me siento sumamente indigna de este favor; sin embargo, ya que has querido concederle a tu pobre y humilde esposa la gracia de trabajar de manera especial por la santificación de un alma destinada al sacerdocio, te ofrezco por ella, muy contenta, todas las oraciones y los sacrificios de que puedo disponer; te pido, Dios mío, que no mires a lo que soy, sino a los que debiera y quisiera ser, es decir una religiosa totalmente abrasada en tu amor.

Tú sabes, Señor, que mi única ambición es hacerte conocer y amar, y ahora mi deseo se va convertir en realidad. Yo no puedo hacer más que orar y sufrir, pero el alma a la que te has dignado unirme con los lazos de la caridad irá a combatir a la llanura para conquistarte corazones, mientras yo, en la montaña del Carmelo, te pediré que le des la victoria.

Divino Jesús, escucha la oración que te dirijo por el que quiere ser tu misionero, guárdale en medio de los peligros del mundo, y hazle sentir cada día más la vanidad y la nada de las cosas pasajeras y la dicha de saber despreciarlas por tu amor. Que su sublime apostolado se ejerza ya desde ahora sobre los que lo rodean, y que sea un apóstol digno de tu Sagrado Corazón…

¡María, dulce Reina del Carmelo!, a ti te confío el alma de este futuro sacerdote cuya indigna hermanita soy. Enséñale ya desde ahora con cuánto amor tocabas tú al divino Niño Jesús y lo envolvías en pañales, para que él pueda un día subir al altar santo y llevar en sus manos al Rey de los cielos.

Te pido también que lo guardes siempre a la sombra de tu manto virginal, hasta el momento feliz en que, dejando este valle de lágrimas, puede contemplar tu esplendor y gozar por toda la eternidad de los frutos de su glorioso apostolado…

Teresa del Niño Jesús

rel. carm. ind.

 

Oración 9

Oración de Celina y de Teresa

“Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, mi Padre del cielo se lo concederá. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

San Mateo, c. 18, vv. 19-20.

Dios mío, te pedimos que tus dos lirios nunca estén separados en la tierra. Que juntas os consuelen del poco amor que encuentras en este valle de lágrimas, y que por toda la eternidad sus corolas brillen con un mismo resplandor y derramen el mismo perfume cuando se inclinen hacia ti.

Celina y Teresa

Recuerdo de la noche de Navidad de 1895

 

Oración 10

Ofrenda del día

Dios mío, te ofrezco todas las acciones que hoy realice por las intenciones del Sagrado Corazón y para su gloria. Quiero santificar los latidos de mi corazón, mis pensamiento y mis obras más sencillas uniéndolo todo a sus méritos infinitos, y reparar mis faltas arrojándolas al horno ardiente de su amor misericordioso.

Dios mío, te pido para mí y para todos mis seres queridos la gracia de cumplir con toda perfección tu voluntad y aceptar por tu amor las alegrías y lo sufrimientos de esta vida pasajera, para que un día podamos reunirnos en el cielo por toda la eternidad. Amén.

 

Oración 11

Que yo me parezca a ti

Haz que yo me parezca a ti

¡Jesús…!

 

Oración 12

Consagración a la Santa Faz

Escóndeme, Señor, en el secreto de tu Rostro…

Sor C. Genoveva de Sta. T. – María de la Santa Faz.
Sor L. J. María de la Trinidad y de la Santa Faz.
Sor María F. T. del N. Jesús y de la Santa Faz.

“Un poquito de este puro amor más provecho hace a la Iglesia que todas esas obras juntas”. “Pro eso es gran negocio ejercitar mucho el amor, para que, consumándose aquí el alma, no se detenga mucho acá o allá sin verle cara a cara”…

Consagración a la Santa Faz

¡Oh Faz adorable de Jesús!, ya que has querido elegir nuestras almas de manera especial para entregarte a ellas, venimos a consagrarlas a ti… Nos parece, Jesús, oír que nos dices: “Abridme, hermanas mías, esposas mías queridísimas, que tengo la Faz cubierta de rocío y los cabellos del relente de la noche”. Nuestras almas comprenden tu lenguaje de amor, nosotras queremos enjugar tu dulce Faz y consolarte del olvido de los malvados. A sus ojos, tú estás todavía escondido, te consideran como objeto de desprecio…

¡Oh Faz más bella que los lirios y las rosas de primavera, tú no estás escondida a nuestros ojos… Las lágrimas que velan tu mirada divina nos parecen diamantes preciosos que queremos recoger para con su valor infinito comprar las almas de nuestros hermanos.

De tu boca adorada hemos escuchado la amorosa queja. Y sabiendo que la sed que te consume es una sed de amor, quisiéramos, para poder apagártela, poseer un amor infinito… Esposo amadísimo de nuestras almas, si tuviésemos el amor de todos los corazones, todo ese amor sería para ti… Pues bien, danos tu ese amor y ven a apagar tu sed en tus pobres esposas…

Almas, Señor, tenemos necesidad de almas…, sobre todo de almas de apóstoles y de mártires, para que gracias a ellas podamos iluminar con tu Amor a la multitud de los pobres pecadores.

¡Oh Faz adorable, lograremos alcanzar de ti esta gracia!

Olvidándonos de que estamos desterradas junto a los canales de Babilonia, te cantaremos al oído las más dulces melodías, y como tú eres la verdadera, la única Patria de nuestros corazones, esos nuestros cantos no serán cantados en tierra extranjera.

¡Oh Faz adorada de Jesús!, mientras esperamos en día eterno en que contemplaremos tu gloria infinita, nuestro único deseo es hechizar tus divinos ojos escondiendo también nosotras nuestro rostro para nadie aquí en la tierra pueda reconocernos…

Tu mirada velada: he ahí nuestro cielo, Jesús.

Firmado:

T. del N. Jesús y de la Santa Faz

M. de la Trinidad y de la Santa Faz

G de Sta. T. María de la Santa Faz

 

Oración 13

“Padre eterno, tu Hijo único”

Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá…

Padre eterno, tu Hijo único, el dulce Niño Jesús, es mío, porque tú me lo diste. Te ofrezco los méritos infinitos de su divina infancia, y te pido en su nombre que llames a las alegrías del cielo a innumerables falanges de niñitos que sigan eternamente al divino Cordero.

 

Oración 14

Al Niño Jesús

Yo soy Jesús de Teresa

¡Niñito Jesús!, mi único tesoro, yo me abandono a tus divinos caprichos, y no quiero otra alegría que la hacerte sonreír. Imprime en mí tu gracia y tus virtudes infantiles, para que en el día de mi nacimiento para el cielo los ángeles y los santos reconozcan a mí a tu pequeña esposa,

Teresa del Niño Jesús

 

Oración 15

“Padre eterno, ya que me has dado”

“Así como en un reino con la efigie del príncipe se obtiene todo lo que se desea, así también con la moneda preciosa de mi santa humanidad, que es mi Faz adorable, obtendréis cuanto queráis”.

(N.S. a sor María de San Pedro)

Padre eterno, ya que me has dado por herencia la Faz adorable de tu divino Hijo, yo te la ofrezco, y te pido, a cambio de esta Moneda infinitamente preciosa, que olvides las ingratitudes de las almas que se han consagrado a ti y que perdones a los pobres pecadores.

 

Oración 16

[A la Santa Faz]

Yo soy Jesús de Teresa

¡Oh Faz adorable de Jesús, única Hermosura que cautiva mi corazón!, dígnate imprimir en mí tu divina semejanza, para que no puedas mirar el alma de tu humilde esposa sin contemplarte a ti mismo.

¡Oh Amado mío!, yo acepto, por tu amor, no ver aquí abajo la dulzura de tu mirada ni sentir el inefable beso de tu boca; pero te pido que me abrases en tu amor, a fin de que me consuma rápidamente y haga aparecer pronto ante tu presencia a

Teresa de la Santa Faz

 

Oración 17

“Señor Dios de los ejércitos”

Oración inspirada por una estampa

que representa a la Venerable Juana de Arco

Señor Dios de los ejércitos, que nos dijiste en el Evangelio: “No he venido a sembrar paz, sino espadas”, ármame para la lucha. Ardo en deseos de combatir por tu gloria, pero te pido que fortalezcas mi valor… Así podré exclamar con el santo rey David: “Tú solo, Señor, eres mi escudo, tú adiestras mis manos para el combate…”

¡Amado mío!, sé muy bien a qué combate me tienes destinada, y que no es en los campos de batalla donde tendré que luchar…Yo soy prisionera de tu amor, voluntariamente he remachado la cadena que me une a ti y que me separa para siempre del mundo que tú maldijiste… Mi espada no es otra que el Amor; con ella arrojaré del reino al extranjero y te haré proclamar Rey de las almas que no quieren someterse a tu divino poder.

Es cierto, Señor, que no necesitas de un instrumento tan débil como yo; pero, como dijo Juana, tu virginal y valiente esposa: “Para que Dios dé la victoria, hay que luchar”. Pues bien, Jesús mío, yo lucharé por tu amor hasta la tarde de mi vida. Puesto que tú no has querido gozar de descanso en la tierra, yo quiero seguir tu ejemplo, esperando que así se realice en mí aquella promesa que salió de tus divinos labios: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo allí estará también mi servidor, y mi Padre lo honrará”.

Estar contigo, estar en ti, ése es mi único deseo…La certeza que tú me das de que esto se realizará me hace soportar el destierro, a la espera del día radiante del cara a cara eterno…

 

Oración 18

Santos Inocentes y San Sebastián

¡Santos Inocentes, que mi palma y mi corona se parezcan a las vuestras!

¡San Sebastián, alcánzame tu amor y tu valor, para que yo pueda combatir como tú por la gloria de Dios…!

Glorioso soldado de Cristo, tú que peleaste victoriosamente por la gloria del Dios de los ejércitos y que alcanzaste la palma y la corona del martirio, escucha mi secreto: “Como el angelical Tarsicio, yo también llevo al Señor”. No soy más que una niña, y sin embargo tengo que luchar continuamente para conservar el Tesoro inestimable que se esconde en mi alma…… Con frecuencia debo enrojecer con la sangre de mi corazón la arena del combate…

¡Poderoso guerrero!, sé tú mi protector, sostenme con tu brazo victorioso y no temeré a las fuerzas enemigas. Con tu ayuda, lucharé hasta la tarde de la vida. Entonces me presentarás a Jesús, y recibiré de su mano la palma que tú me ayudaste a conquistar…

 

Oración 19

Acto de fe

Dios mío, con la ayuda de tu gracia estoy dispuesta a derramar toda mi sangre por profesar mi fe.

(Otra lectura: por todos y cada uno de los artículos del Símbolo).

 

Oración 20

Oración para alcanzar la humildad

16 de julio de 1897

¡Jesús!

Jesús, cuando eras peregrino en nuestra tierra, tú nos dijiste: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y vuestra alma encontrará descanso”. Sí, poderoso Monarca de los cielos, mi alma encuentra en ti su descanso al ver cómo, revestido de la forma y de la naturaleza de esclavo, te rebajas hasta lavar los pies a tus apóstoles. Entonces me acuerdo de aquellas palabras que pronunciaste para enseñarme a practicar la humildad: “Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. El discípulo no es más que su maestro… Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. Yo comprendo, Señor, estas palabras salidas de tu corazón manso y humilde, y quiero practicarlas con la ayuda de tu gracia.

Quiero abajarme con humildad y someter mi voluntad a la de mis hermanas, sin contradecirlas en nada y sin andar averiguando si tienen derecho o no a mandarme. Nadie, Amor mío, tenía ese derecho sobre ti, y sin embargo obedeciste, no sólo a la Virgen Santísima y a san José, sino hasta a tus mismos verdugos. Y ahora te veo colmar en la hostia la medida de tus anonadamientos. ¡Qué humildad la tuya, Rey de la gloria, al someterte a todos tus sacerdotes, sin hacer alguna distinción entre los que te amen y los que, por desgracia, son tibios o fríos en tu servicio…! A su llamada, tú bajas del cielo; pueden adelantar o retrasar la hora del santo sacrificio, que tú estás siempre pronto a su voz…

¡Qué manso y humilde de corazón me pareces, Amor mío, bajo el velo de la blanca hostia! Para enseñarme la humildad, ya no puedes abajarte más. Por eso, para responder a tu amor, yo también quiero desear que mis hermanas me pongan siempre en el último lugar y compartir tus humillaciones, para “tener parte contigo” en el reino de los cielos.

Pero tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en ti. Ya que tú lo puedes todo, haz que nazca en mi alma la virtud que deseo. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: “¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!”

 

Oración 21 

“Si yo fuese la Reina del cielo”

¡¡¡María, si yo fuese la Reina del cielo y tú fueras Teresa, quisiera ser Teresa para que tu fueses la Reina del cielo…!!!

8 de septiembre de 1897.

buscando-a-dios-2
Anterior

Buscando a Dios (reflexiones)

constantes-en-la-oracion
Siguiente

Constantes en la oración