Capítulo
I
Cómo nos habla
Dios y cómo debemos
escucharle
Dios habla hoy como
ayer
Dios nos sigue hablando hoy como hablaba en otros tiempos
a nuestros padres, cuando no había ni directores
espirituales ni métodos. El cumplimiento de las
órdenes de Dios constituía toda su
espiritualidad. Ésta no se reducía a un arte
que necesitase explicarse de un modo sublime y detallado, y
en el que hubiese tantos preceptos, instrucciones y
máximas, como parece exigen hoy nuestras actuales
necesidades. No sucedía a así en los primeros
tiempos, en que había más rectitud y
sencillez.
Entonces se sabía únicamente que cada
instante trae consigo un deber, que es preciso cumplir con
fidelidad, y esto era suficiente para los hombres
espirituales de entonces. Fija su atención en el
deber de cada instante, se asemejaban a la aguja que marca
las horas, correspondiendo en cada minuto al espacio que
debe recorrer. Sus espíritus, movidos sin cesar por
el impulso divino, se volvían fácilmente hacia
el nuevo objeto que Dios les presentaba en cada hora del
día.
María,
abandonada en Dios
Éstos eran los ocultos medios de la conducta de
María, la más simple de todas las criaturas y
la más abandonada a Dios. La respuesta que dio al
ángel, contentándose con decirle:
Hágase en mí según tu palabra
[Lc 1,38], sintetiza toda la teología
mística de sus antepasados. Entonces como ahora, todo
se reducía al más puro y sencillo abandono del
alma a la voluntad de Dios, bajo cualquier forma que se
presentase. Esta disposición, tan alta y bella, que
constituía el fondo del alma de María, brilla
admirablemente en estas sencillísimas palabras: Fiat
mihi. Es la misma exactamente que aquellas otras que nuestro
Señor quiere que tengamos siempre en nuestro
corazón y en nuestros labios: Hágase tu
voluntad [Mt 6,10].
Es verdad que lo que se exige de María en este
solemne instante es gloriosísimo para ella; pero todo
el brillo de esta gloria no la deslumbra: es solamente la
voluntad de Dios la que mueve su corazón.
Esta voluntad de Dios es la regla única que
María sigue y que en todo ve. Sus ocupaciones todas,
sean comunes o elevadas, no son a sus ojos más que
sombras, más o menos brillantes, en las que encuentra
siempre e igualmente con qué glorificar a Dios,
reconociendo en todo la mano del Omnipotente. Su
espíritu, lleno de alegría, mira todo lo que
debe hacer o padecer en cada momento como un don de la mano
de Aquél que llena de bienes un corazón que no
se alimenta sino de Él, y no de sus criaturas.
La virtud del Altísimo la cubrirá con su
sombra [Lc 1,35], y esta sombra no es sino lo
que cada momento presenta en forma de deberes, atracciones y
cruces. Las sombras, en efecto, en el orden de la
naturaleza, se esparcen sobre los objetos sensibles, como
velos que los ocultan. Y del mismo modo, en el orden moral y
sobrenatural, bajo sus oscuras apariencias, encubren la
verdad de la voluntad divina, la única realidad que
merece nuestra atención.
Así es como María se encuentra siempre
dispuesta. Y esas sombras, deslizándose sobre sus
facultades, muy lejos de producirle ilusiones vanas, llena
su fe de Aquél que es siempre el mismo.
Retírate ya, arcángel, que eres también
una sombra. Pasó tu instante y desapareces.
María sigue y va siempre adelante, y tú ya
estás muy lejos. Pero el Espíritu Santo, que
bajo el aspecto sensible de esa misión ha entrado en
ella, ya nunca la abandonará.
Casi no vemos rasgo alguno extraordinario en el exterior
de la santísima Virgen. No es, al menos, eso lo que
la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo muy
simple y común en lo exterior. Ella hace y sufre lo
que hacen y sufren las personas de su condición.
Visita a su prima Isabel, como lo hacen los demás
parientes. María va a inscribirse a Belén, con
otros más. Su pobreza la obliga a retirarse a un
establo. Vuelve a Nazaret, de donde la alejara la
persecución de Herodes; y vive con Jesús y
José, que trabajan para procurarse el pan
cotidiano.
Dejémonos
llevar por Dios en cada instante
Pero ¿de qué pan se alimenta la fe de
María y de José, cuál es el sacramento
de todos sus momentos sagrados? ¿Qué se descubre
bajo la apariencia común de los acontecimientos que
los llenan? Lo que allí sucede es visible, es lo que
ordinariamente vemos en todos los hombres; pero lo invisible
que la fe allí descubre y reconoce es nada menos que
el mismo Dios realizando obras grandes [Lc
1,49].
¡Oh Pan de los ángeles, maná celeste,
perla evangélica, sacramento del momento presente!
Tú nos das al mismo Dios bajo las apariencias tan
viles del establo y la cuna, la paja y el heno... ¿Pero
a quién se lo das? A los hambrientos los colma de
bienes [Lc. 1,53]. Dios se revela a los
pequeños en las cosas más pequeñas; y
los grandes, que solo miran la apariencia, no le reconocen,
no lo descubren ni aun en las grandes.
¿Hay algún modo secreto para encontrar este
tesoro, este grano de mostaza, esta dracma? En absoluto. Es
un tesoro que está en todas partes, y que se ofrece a
nosotros en todo tiempo y lugar. Como Dios, las criaturas
todas, amigas y enemigas, lo derraman a manos llenas, y lo
hacen fluir por todas las facultades de nuestro cuerpo y
potencias de nuestra alma, hasta el centro mismo del
corazón. Abramos, pues, nuestra boca, y nos
será llenada. Sí, la acción divina
inunda el universo, penetra y envuelve todas las criaturas,
y en cualquier parte que estén ellas, ella
está, las adelanta, las acompaña, las sigue.
Lo único que hay que hacer es dejarse llevar por su
impulso.
Es camino para
todos
Quiera Dios que los reyes y sus ministros, los
príncipes de la Iglesia y del mundo, sacerdotes,
soldados, ciudadanos, todos, en una palabra, se convenzan de
la facilidad con que pueden llegar a una santidad eminente.
Para conseguirla sólo es necesario cumplir fielmente
con los sencillos deberes del cristianismo y del propio
estado, abrazar con paciencia las cruces que éstos
traen consigo, someterse a los designios de la Providencia,
cumpliendo incesantemente todo cuanto el presente nos
ofrezca para hacer o padecer
Ésta es toda la espiritualidad que
santificó a los Patriarcas y Profetas, cuando
todavía no existían tantos métodos y
maestros. Ésta es la espiritualidad de todas las
edades y de todo estado, que ciertamente no pueden
santificarse de un modo más alto, más
extraordinario, y al mismo tiempo, más fácil:
la práctica sencilla de aquello que Dios,
único director de las almas, les da en cada momento
para hacer o sufrir, al mismo tiempo que se obedecen las
leyes de la Iglesia o las del príncipe.
Si se viviera así, los mismos sacerdotes apenas
serían necesarios, más que para los
sacramentos. Las demás cosas, sin ellos,
resultarían santificantes en todos y en cada uno de
los momentos. Y esas almas sencillas, que no se cansan de
consultar sobre los medios para ir a Dios, se verían
liberadas de fardos pesados y peligrosos, que aquellos que
disfrutan gobernándolas les imponen sin
necesidad.