Capítulo
II
Modo de actuar en el
estado de abandono y pasividad, y antes de que se haya
llegado a él
Estado activo y estado
pasivo
Hay un tiempo en que el alma vive en Dios, y otro
en que Dios vive en el alma. Y lo que es propio de
uno de estos tiempos, es contrario al otro. Cuando Dios
vive en el alma, ésta debe abandonarse totalmente
a su providencia. Cuando el alma vive en Dios, debe
proveerse con mucha solicitud y regularidad de todos los
medios de los que puede aprovecharse para llegar a esa
unión con Dios. En efecto, todos sus caminos
están trazados, sus lecturas, sus asuntos todos. Su
guía está a su lado, y todo está
regulado, hasta las horas de hablar.
Tiempo del
abandono
Pero cuando Dios vive en el alma, ella no ha de
hacer nada desde sí misma, sino aquello que le es
dado hacer en cada momento movida por el principio que la
anima. Ya no hay provisiones, ni caminos trazados. Es como
un niño a quien se lleva donde se quiere, y que se
limita a ver las cosas que se le van presentando. No hay ya
libros señalados para esta persona. No raras veces se
ve privada de director espiritual, y Dios las deja sin otro
apoyo que Él mismo. Permanece así en la
tiniebla y el olvido, el abandono, la muerte y la nada.
Esta persona experimenta sus necesidades y miserias sin
saber por dónde ni cuándo le vendrá el
auxilio. Simplemente, espera en paz y sin inquietud que le
venga la asistencia, puestos sólo en el cielo los
ojos de su esperanza. Dios, que en esta esposa suya no halla
ninguna disposición más pura que esta total
dimisión de todo lo que ella es, para solamente ser
por gracia y por acción divina, le proporciona
oportunamente libros y pensamientos, proyectos y avisos,
consejos y ejemplos de sabiduría. Todo lo que las
otras almas encuentran con su esfuerzo, ésta lo
recibe en su abandono. Todo lo que las otras guardan con
precaución, para retomarlo cuando les convenga, ella
lo recibe en el momento en que lo necesita, admitiendo
precisamente sólo aquello que Dios tiene a bien
darle, para así vivir solamente de Él.
Las otras almas emprenden para la gloria de Dios un sin
fin de cosas, pero ésta a veces está en un
rincón del mundo, como los restos de un vasija rota,
que ya no sirva para nada. El alma que se ve en tal estado,
desprendida de las criaturas, pero gozando de Dios por un
amor muy real, muy verdadero, muy activo, aunque infuso, en
el reposo, no se inclina a ninguna cosa por su propio deseo.
Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en
sus manos para servirle de la manera que Él
disponga.
Muchas veces ignora para qué sirve, pero Dios lo
sabe bien. Quizá los hombres la estimen
inútil, y las apariencias apoyan este juicio; pero la
verdad es que, por medios y secretos y canales desconocidos,
ella difunde una infinidad de gracias sobre personas que
muchas veces la ignoran y en las que ella tampoco
piensa.
Es ya Dios quien obra
en el alma
En estas almas solitarias, todo es eficacia, todo
predica, todo es apostólico. Dios da a su silencio, a
su reposo, a su olvido, a su desprendimiento, a sus
palabras, a sus gestos, una cierta virtud que opera sin
ellas saberlo en las almas. Y como estas almas son dirigidas
por las acciones ocasionales de mil criaturas, de las que se
sirve la gracia para instruirles sin que ellas de den
cuenta, así también sirven ellas de
confortación y de dirección a no pocas almas,
sin que exista para ello ninguna vinculación o
relación expresa.
Es Dios quien obra en estas almas, pero por movimientos
imprevistos y muchas veces desconocidos, de manera que son
como Jesús, del que manaba una virtud que curaba a
otros [Lc 6,19]. La diferencia está en
que ellas no sienten la irradiación de esa virtud, a
la que no contribuyen por una cooperación activa;
son, más bien, como un bálsamo oculto, cuyo
perfume se siente sin conocerlo, y que él mismo se
ignora.
El estado espiritual que describo se parece sobre todo al
estado de Jesús, de la santísima Virgen y de
San José.
Voluntad divina ya
expresada y voluntad divina providente
Se trata de una plena dependencia respecto a lo que Dios
quiera y de una pasividad continua para ser y para obrar,
según la libre voluntad de Dios. Y aquí es
preciso destacar que ésta es una voluntad
desconocida, imprevisible, fortuita o, por así
decirlo, casual. Yo le llamaría una voluntad de
pura providencia, para distinguirla de aquella
voluntad que señala obligaciones precisas, de
las que nadie puede dispensarse.
Pues bien, dejando aparte esta voluntad señalada y
precisa, digo que estas almas a las que me refiero viven
pendientes de esa otra que yo llamo de pura
providencia. Y así sucede que su vida, aunque muy
extraordinaria, no ofrece sin embargo nada que no sea muy
común y ordinario. Son personas que cumplen sus
deberes religiosos y los de su estado, lo mismo que
aparentemente vienen haciendo los demás.
Almas llevadas por
Dios providente
Observadles con atención, y no apreciaréis
nada impresionante, ni especial. Todas ellas viven el curso
de los acontecimientos ordinarios, y aquello que
podría distinguirlas no resulta asequible a los
sentidos. Lo que parece representar todo para ellas es esa
dependencia continua que mantienen respecto de la voluntad
de Dios. Esta voluntad de pura providencia las hace siempre
señoras de sí mismas, por la continua
sumisión de su corazón. Y sea que cooperen
ellas expresamente o que obedezcan sin advertirlo,
están sirviendo para el bien de las almas.
No hay honores ni salarios para un servicio que, a los
ojos del mundo, cumplen estas almas en la mayor desnudez e
inutilidad. Libres, por su situación, de casi todas
las obligaciones exteriores, estas almas son poco aptas para
el trato mundano o para los negocios, lo mismo que para las
reflexiones o conductas complicadas. No es fácil
servirse de ellas para nada, y más bien dan la imagen
de personas débiles de cuerpo y de espíritu,
de imaginación y de pasiones. No se les ocurre nada,
no piensan en nada, no prevén nada, no se toman a
pecho nada. Son, por decirlo así, muy bastas, y no se
ve en ellas el adorno que la cultura, el estudio y la
reflexión dan al hombre. Se ve en ellas lo que la
naturaleza muestra en los niños que no han recibido
aún formación alguna de sus maestros. Son en
ellas patentes ciertos pequeños defectos, de los que
no son más culpables que esos niños sin
formación, pero que chocan más vistos en ellas
que en éstos. Y es que Dios despoja a estas almas de
todo, menos de la inocencia, para que no tengan nada sino a
Él mismo.
Parecen despreciables
e inútiles
El mundo, que ignora este misterio, y que sólo
juzga por las apariencias, no encuentra en estas almas
absolutamente nada de lo que a él le agrada y estima.
Las rechaza y desprecia. Más aún, vienen a
hacerse piedras de escándalo para todos. Cuanto
más se las conoce, menos se entienden y más
oposición suscitan. En realidad, no se sabe
qué decir o pensar de ellas. Hay algo, sin embargo,
no se sabe qué, que habla a su favor. Pero en lugar
de seguir este instinto, o al menos en lugar de suspender el
juicio, se prefiere seguir la malignidad. Y así se
espía sus acciones con mala intención, y lo
mismo que los fariseos reprobaban las maneras de
Jesús, se mira a estas almas con prejuicios
negativos, que todo lo hacen parecer ridículo o
culpable.
Y a esto se junta que estas pobres almas se ven a
sí mismas como inferiores. Unidas simplemente a Dios
por la fe y el amor, todo lo sensible que ven en sí
mismas les parece un desorden. Y eso les previene aún
más contra sí mismas, cuando se comparan con
quienes pasan por santos, persona bien capaces de sujetarse
a reglas y métodos, que en toda su personas y sus
acciones dan un testimonio de vida ordenada. Entonces, la
vista de sí mismas les llena de confusión y
les resulta insoportable.
De ahí nacen así, del fondo de su
corazón, suspiros y gemidos amargos, que no expresan
sino ese exceso de dolor y de aflicción que les
abruma. Acordémonos de que Jesús era Dios y
hombre al mismo tiempo; él estaba aniquilado como
hombre, y como Dios, lleno de gloria. Estas almas, sin
participar de su gloria, sienten sólo esas
aniquilaciones que en ellas producen sus tristes y dolorosas
apariencias. A los ojos del mundo vienen a ser lo que era
Jesús a los ojos de Herodes y de su corte.
De todo esto, me parece, es fácil concluir que
estas almas de abandono no pueden, al contrario de las
otras, ocuparse en deseos, búsquedas, cuidados, ni
tampoco vincularse a ciertas personas o actividades, ni
sujetarse a ciertos métodos o planes bien concertados
para hablar, obrar o leer. Todo esto supondría que
estaban en condiciones de disponer de sí mismas; pero
todo eso viene excluido por el mismo estado de abandono en
el que se encuentran.
Desasidas y entregadas
a Dios
En este estado -es un estado de vida-, la persona
está en Dios por una cesión plena y completa
de todos sus derechos sobre sí misma, sobre sus
palabras y acciones, pensamientos y proyectos, sobre el
empleo de su tiempo y sobre todas las relaciones que pueda
tener. Solamente permanece un solo deber que cumplir: tener
siempre los ojos fijos sobre el Señor que se ha dado,
y mantenerse siempre a la escucha, para adivinar y captar su
voluntad, ejecutándola al instante. Ningún
ejemplo mejor que el de un servidor que no está junto
a su señor sino para obedecer a cada instante todas
las órdenes que le pueda dar, y que de ningún
modo está para emplear su tiempo en gestionar sus
propios asuntos, que debe abandonar, para permanecer al
servicio de su Señor en todo momento.
De este modo, estas almas de las que hablamos son, por su
estado, solitarias y libres, desasidas de todo, para
contentarse con amar en paz a Dios, que las posee, y con
cumplir fielmente el deber presente, según la
voluntad expresada por Dios, sin permitirse ninguna
reflexión, ni andar dando vueltas para examinar
consecuencias, causas o motivos. Ha de bastarles ir adelante
cumpliendo con sencillez sus deberes, como si no hubiera en
el mundo otra cosa que Dios y esta apremiante
obligación.
El momento
presente
El momento presente es, pues, como un desierto, donde el
alma sencilla sólo ve a Dios, y de Él goza,
sin ocuparse de nada más que de lo que Él
quiera de ella: todo lo demás queda a un lado,
olvidado, abandonado a la Providencia. Esta alma, como un
instrumento, no recibe ni hace sino en la medida en que la
acción íntima de Dios la ocupa pasivamente en
ella misma o la aplica a lo exterior. Y esta
dedicación a lo exterior va acompañada por su
parte con una cooperación libre y activa, aunque
infusa y mística. Dios, por tanto, contento de su
buena disposición y hallando en ella cuanto es
preciso para que actúe en cuanto Él lo ordene,
le ahorra trabajos, dándole aquello que de otra
manera hubiera sido fruto de sus esfuerzos y del ejercicio
de su buena voluntad.
Caminando bajo la
guía de un amigo
Es como si alguien, viendo que un amigo va a hacer un
viaje, para ayudarle, penetrase al punto en este amigo, y
bajo su apariencia, hiciese el camino por su propia
actividad, de tal modo que a este amigo no le quedara sino
la voluntad de andar, mientras iba caminando llevado por
este ajeno impulso. Este caminar sería libre,
puesto que sería efecto de la determinación
libre del amigo que así era ayudado; sería
activo, ya que se trataría de un caminar real;
sería infuso, pues se realizaría sin
acción propia; y sería místico,
puesto que su principio permanecería oculto.
En todo caso, para explicar la clase de
cooperación que se da en esta marcha imaginaria,
adviértase que es completamente diversa del
cumplimiento que ese amigo hace de sus obligaciones.
Aquí la acción por la que las cumple no es
mística ni infusa, sino libre y activa, como se
comprende obviamente. Y así, en la obediencia a la
voluntad de Dios que se da en el abandono y la pasividad, el
alma no pone nada de su parte, fuera de su habitual buena
voluntad general, que quiere todo y no quiere nada, es
decir, que se hace un instrumento sin acción propia
desde el momento en que se pone en manos del obrero. Por el
contrario, la obediencia que se presta a la voluntad de Dios
manifestada y determinada se produce en un estado
común de advertencia, de solicitud atenta, de
prudencia y discreción, según que la gracia
actúe sensiblemente o deje a la persona en sus
esfuerzos ordinarios.
Vía pura y
sencilla
En el abandono, pues, el alma deja que Dios actúe
en todo lo demás, guardándose sólo para
sí el amor y la obediencia al deber presente, pues en
esto el alma actuará siempre. Este amor del alma,
infuso en el silencio, es una verdadera acción, a la
que ella se obliga perpetuamente. Debe, en efecto,
conservarla sin cesar y mantenerse continuamente en estas
disposiciones en que el deber la pone, lo cual el alma no
puede hacer, evidentemente, sin actuar. Y así esta
obediencia al deber presente es al mismo tiempo una
acción por la que ella se consagra entera a la
voluntad exterior de Dios, sin esperar nada
extraordinario.
Ésta es, pues, la regla, el método, la ley,
la vía pura, sencilla y segura de esta alma: una ley
invariable, que está vigente en todo tiempo, lugar y
circunstancia de vida. Es una línea recta, por la que
el alma camina valiente y fielmente, sin desviarse a derecha
o a izquierda, y sin ocuparse de otra cosa. Y todo lo que
vaya más allá de esto es recibido por ella
pasivamente y realizado en el abandono. Es decir, es
activa en todo lo que viene prescrito por el deber
presente, y es, en cambio, pasiva y abandonada en
todo lo demás, en lo que no hace nada por sí
misma, sino acoger en paz la moción divina.
No hay camino espiritual que sea más seguro que
esta sencilla vía, ni que sea tan claro y
fácil, tan amable y tan libre de errores e ilusiones.
La persona ama a Dios, cumple sus deberes cristianos,
frecuenta los sacramentos, practica las obras exteriores de
religión que obligan a todos, obedece a sus
superiores, cumple sus deberes de estado, resiste
continuamente las tentaciones de la carne, la sangre y el
demonio. Nadie, en efecto, es más atento y vigilante
para cumplir con sus obligaciones que las almas que van por
esta vía.
No faltan
contradictores
Y si ésta es la verdad, ¿cómo es
posible que tantas veces sean objeto de
contradicción? Una de las contradicciones que
más frecuentemente han de sufrir consiste en que,
después de que han cumplido con lo que los doctores
más estrictos exigen de todos los cristianos,
todavía se pretende imponerles ciertas
prácticas enojosas, a las que la Iglesia no obliga en
modo alguno. Y si ellas se resisten, son acusadas de
espiritualidad ilusoria.
Pero analicemos el asunto. Si un cristiano se limita a
los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y en todo lo
demás, sin meditaciones y contemplaciones, sin
lecturas ni dirección espiritual, se entrega al trato
mundano o a otros asuntos de la vida civil ¿puede
decirse que va descaminado? A nadie se le ocurre ni
remotamente acusarle de ello. Pues bien, comprendamos que
mientras no se moleste para nada al cristiano que acabo de
describir, es de justicia no inquietar a esta alma que, no
solamente cumple los preceptos como aquél, e incluso
mejor, sino que añade prácticas interiores y
exteriores de piedad, que el otro ni siquiera conoce o, si
las conoce, las mira con indiferencia.
A pesar de todo, el prejuicio llega a afirmar que esta
alma se engaña, se equivoca, pues después de
someterse a todo lo que la Iglesia prescribe, se considera
libre para entregarse sin trabas a los íntimos
impulsos de Dios, y para seguir las mociones de su gracia en
todos los momentos en los que no se ve expresamente obligada
a nada concreto. En una palabra, se le condena porque se
dedica a amar a Dios en el tiempo que otros dedican al juego
o a sus asuntos mundanos. ¿No es esto una injusticia
manifiesta?
Es preciso insistir en ello. Si uno se mantiene en el
nivel y estilo comunes, aunque sólo se confiese una
vez al año, nadie tiene nada que decir, y se le deja
vivir en paz, contentándose eventualmente con
exhortarle a algo más, eso sí, sin presionarle
demasiado y sin hacérselo sentir como una
obligación. Ahora bien, si alguno se sale de la
costumbre común, enseguida se le abruma con normas,
reglas y métodos. Y si él no pasa por ello, y
no acepta lo que el arte de la piedad ha establecido, o si
no lo observa con constancia, la cosa es clara: todos temen
por él, y su camino resulta claramente sospechoso.
Ahora bien, ¿no es cosa sabida que todas las
prácticas, por buenas y santas que sean, no son,
después de todo, sino caminos que conducen a la
unión con Dios? ¿Para que, pues, ha de
ejercitarse en ellas aquél que no está ya en
el camino, sino en la meta?
Todo esto, sin embargo, se le exige a esta alma, que se
supone víctima de engañosas ilusiones. En
realidad ella hizo el camino como los demás,
siguiendo al principio fielmente todas las prácticas
normales. Pero ahora van a esforzarse en vano quienes
pretendan que siga sujeta a ellas. Una vez que Dios,
conmovido por los esfuerzos que ella hizo para avanzar con
esos medios, ha venido junto a ella, tomando a su cargo
conducirla a la feliz unión; una vez que ella ha
llegado a esa hermosa zona, en la que solamente se respira
el abandono, y en donde comienza a poseerse a Dios por el
amor; una vez, en fin, que Dios bondadoso, sustituyendo sus
empeños y esfuerzos, se ha hecho principio de su
actividad, ya los pasados métodos han perdido para
ella toda su utilidad, y no son más que un camino ya
recorrido, que quedó atrás. Exigirle, pues, al
alma que vuelva a adoptar aquellos métodos o que
continúe siguiéndolos, equivale a pretender
que abandone el término al que llegó, para
volver al camino que a él le condujo.
Perseverando en la
paz
Son pretensiones y esfuerzos vanos. Si esta alma tiene
algo de experiencia, no se afectará en nada al
oír este griterío, y permanecerá sin
turbación ni inquietud alguna en esa paz tan
íntima, en la que con tanto fruto se ejercita su
amor. En ese centro es donde hallará su descanso o,
si se quiere, ahí encontrará la línea
recta trazada por el mismo Dios, la que ella seguirá
siempre. Avanzará continuamente por ella, y en cada
momento todos sus deberes le serán marcados siguiendo
la dirección de esta línea. A medida que se
vayan éstos presentando, ella los cumplirá sin
vacilaciones y sin prisas. Y en todo lo demás
guardará una absoluta libertad, siempre pronta a
obedecer las mociones de la gracia en cuanto las sienta,
abandonándose así al cuidado de la
Providencia.
Dirección
espiritual
Por lo demás, esta alma necesita menos que otras
la dirección espiritual, pues no ha llegado donde
está sino por medio de muy expertos y excelentes
directores, y es algo providencial que ahora se quede sin
ayuda, cuando el que tenía está lejos o
murió.
Incluso en este caso está dispuesta a dejarse
guiar, y espera con paz el momento de la acción de la
Providencia, sin pensar ya después en ello. De vez en
cuando, en este tiempo de privación,
encontrará personas, sin conocerlas ni saber de
dónde provienen, por las que sentirá una
secreta confianza que Dios le inspira. Él quiere
servirse de ellas como de una señal, por la que
comunicarle alguna luz, aunque sólo sea pasajera. El
alma, entonces, consulta y sigue con toda docilidad los
consejos que recibe. Pero cuando faltan estas ayudas, guarda
fidelidad a las orientaciones que le fueron dadas por su
primer director. Y así está siempre muy
dirigida, bien por los antiguos consejos recibidos hace
tiempo, o bien por estos avisos ocasionales. A éstos
se atienen ellas hasta que Dios les dé alguien a
quien puedan confiarse por completo, o hasta que se los
lleve de este mundo, después de que ellas hayan
caminado en el abandono bajo su guía.