Capítulo
III
Disposiciones para el
abandono y sus efectos
Docilidad a la
voluntad de Dios
¡Qué desasido hay que estar de todo lo que se
siente o se hace para caminar por esta vía, en la que
sólo cuenta Dios y el deber de cada momento! Todas
las intenciones que vayan más allá de esto
deben ser eliminadas. Es preciso limitarse al momento
presente, sin pensar en el precedente, ni en el que va a
seguir.
Guardando siempre a salvo, por supuesto, la ley de Dios,
hay algo interior que te está diciendo: «Me veo
ahora inclinado a esa persona, a este libro, a recibir o a
dar tal advertencia, a presentar cierta queja, a abrirme a
esa persona o a recibir sus confidencias, a dar tal cosa o a
hacer tal otra».
Es preciso, entonces, seguir lo que se presenta como
moción de la gracia, sin apoyarse ni un sólo
momento en las propias reflexiones, razonamientos o
esfuerzos. Hay que tener presente todo esto, pero para el
momento en que Dios venga, sin realizar opciones propias.
Dios nos da su voluntad, ya que en este estado Él
vive en nosotros. En efecto, la voluntad de Dios ha de
ocupar aquí el lugar de todos nuestros apoyos
ordinarios.
Fidelidad a la gracia
del momento
Cada momento va urgiendo la acción de cada una de
las virtudes. Y el alma abandonada responde con fidelidad en
cada instante, de modo que aquello que ha leído o
escuchado lo tiene tan presente, que el novicio más
abnegado no cumple mejor que ella sus deberes. Eso lleva
consigo, por ejemplo, que estas almas son llevadas una vez a
esta lectura, otra vez a otra, o bien a hacer tal
observación o cierta reflexión sobre sucesos
mínimos. En un momento concreto, les da Dios
aliciente para instruirse en una doctrina, y en otro va a
sostenerles en la práctica de la virtud.
En todas las cosas que van haciendo estas almas, no
sienten sino la moción interior para hacerlas, sin
saber por qué. Todo lo que podrían decir
vendría a ser: «Me siento inclinado a escribir,
a leer, a preguntar, a mirar tal cosa. Sigo esta
atracción, y Dios, que me la da, pone en mis
potencias un fondo y una reserva de cosas particulares, para
ser en seguida el instrumento de otras inclinaciones, que me
darán el uso de esa riqueza y reserva, para mi
provecho y el de los demás».
Esto requiere que estas almas sean sencillas,
dúctiles, ligeras y dóciles al menor soplo de
estos impulsos íntimos, casi imperceptibles. Dios,
que es su Señor, tiene derecho a aplicarlas a todo lo
que sea para su gloria. Y si ellas pretenden resistir esas
mociones, aferrándose a las reglas de vida por las
que se rigen las almas que avanzan con esfuerzo y modos
propios, se privarían así de mil cosas
necesarias para cumplir los deberes de los días
futuros.
Contradicciones
Sucede, sin embargo, que como se ignora esto, se les
juzga, y se les censura por su simplicidad, y ellas, que no
censuran a nadie, que aprueban todos los estados, y que
saben discernir perfectamente los grados y progresos, se ven
despreciadas por estos falsos sabios, que no están en
condiciones de gozar de esa dulce y cordial sumisión
a las órdenes de la Providencia.
¿Aprobarían estos sabios mundanos aquella
continua inestabilidad de los Apóstoles, que no les
dejaba establecerse en ninguna parte? Ni siquiera los
espirituales ordinarios son capaces de sufrir a estas almas
que viven así, pendientes en cada momento de la
Providencia. Sólo algunas almas que son como ellas
las aprueban, y Dios, que instruye a los hombres por medio
de hombres, hace que aquellos que son sencillos y fieles
para abandonarse a Él, encuentren siempre algunas
almas de esta naturaleza.
De guiarse a sí
mismo a ser guiado por Dios
Hay un tiempo en el que quiere Dios ser por sí
mismo la vida del alma, y perfeccionarla directamente y de
un modo secreto y desconocido. Entonces, todas las ideas
propias, luces y maneras, búsquedas y razonamientos,
no son sino una fuente de ilusiones. Y cuando el alma,
después de muchas experiencias de desatinos debidos a
sus modos propios, reconoce finalmente su inutilidad, se da
cuenta de que el mismo Dios ha ocultado y confundido todos
los medios con el fin de hacerle encontrar la vida en
Sí mismo.
Convencida, entonces, de que por sí misma no es
más que una pura nada, y de que todo cuanto saque de
su propio fondo sólo le servirá de perjuicio,
se abandona del todo a Dios, para no tener nada más
que a Él, y vivir sólo de Él y para
Él. Desde ese momento es Dios para el alma una fuente
de vida, no por ideas, luces y reflexiones, que como he
dicho, son sólo una fuente de ilusiones, sino por la
eficacia y la realidad de las gracias que derrama en ella,
aunque ocultas bajo apariencias encubiertas.
Y aunque la obra divina es desconocida para el alma,
recibe sin embargo su virtud sustancia y real a
través de mil circunstancias, que al parecer
sólo son para su ruina.
No hay remedio para esta oscuridad, y es preciso
abismarse en ella. Allí y en todas las cosas Dios se
le comunica por la fe. El alma no es ya sino un ciego o, si
se quiere, es como un enfermo que ignora la virtud de las
medicinas, de las que sólo capta su amargura. Incluso
con frecuencia tiene la sensación de que ellas
más bien le van a producir la muerte; y las crisis y
desfallecimientos que sufre parecen confirmar sus temores.
Y, sin embargo, es precisamente en esta apariencia de muerte
donde encuentra su salud, y sigue tomando las medicinas,
fiado en el médico que se las prescribe.
Antes el alma, por medio de ideas e iluminaciones,
veía cuanto correspondía al plan concreto de
su perfeccionamiento. Pero ya no es así ahora, cuando
la perfección se le comunica contra toda idea, luz o
sentimiento. Ahora se le da más bien a través
de todas las cruces de la Providencia, por las actividades
impuestas por los deberes actuales, por ciertas atracciones
en las que no parece haber de bueno sino que en modo alguno
llevan al pecado, pero que están todas ellas
aparentemente muy lejos de los brillos sublimes y
extraordinarios de la virtud. En estas cruces, que se
suceden una tras otra, el mismo Dios, velado y oculto, se le
comunica por su gracia de una manera muy desconocida, pues
el alma no siente otra cosa que debilidad para llevar la
cruz, disgusto por sus obligaciones, y sus inclinaciones no
le llevan sino hacia las prácticas más
comunes.
Un reproche
continuo
En este estado, todo el ideal de la santidad no es para
ella más que un reproche continuo de sus bajas y
despreciables disposiciones. Todos los libros de vidas de
santos la condenan, sin que tenga medio para defenderse. El
alma ve una santidad luminosa, que la desola, pues ya no
siente en sí fuerzas para elevarse a ella, y no capta
su propia debilidad como ordenación divina, sino como
simple cobardía. Y todas aquellas personas que
tenía como amigas y que apreciaba como distinguidas
por sus virtudes o por la lucidez de sus ideas la ven ahora
con menosprecio. «¡Vaya santa!», comentan, y
el alma, creyéndolo así, viéndose
confusa por tantos esfuerzos inútiles que hace para
elevarse de su bajeza, llena de oprobios, nada tiene que
responder a las acusaciones de los otros o de sí
misma.
Pero Dios obra en el
centro del alma
Sin embargo, siente el alma en sí una fuerza
fundamental que la centra en Dios, y escucha en su interior
una voz que le asegura que todo irá bien, siempre que
ella le deje hacer a Dios y no viva sino de la fe. Como dice
Jacob, «verdaderamente Dios está aquí,
y yo no lo sabía» [Gén
28,16].
Alma querida, tú andas buscando a Dios, y
Él está en todas partes. Todo te lo revela,
todo te lo da, está junto a ti, a tu alrededor, en ti
misma ¡y andas buscándole! Posees la sustancia
de Dios, y buscas su idea. Buscas la perfección, y
está en todo cuanto de sí mismo se te
presenta. Tus sufrimientos, tus acciones, tus inclinaciones,
son enigmas bajo los cuales se da Dios a ti por sí
mismo, mientras que vanamente sueñas ideas sublimes,
de las que no quiere servirse para morar en ti.
Dios oculto y
disfrazado
Marta quiere agradar a Jesús con platos delicados,
y Magdalena se contenta con Jesús y le recibe del
modo como Él quiere presentarse [Lc
10,38-42]. Jesús se oculta también a
Magdalena bajo la figura de jardinero, y Magdalena le busca
bajo la forma que en su mente ha concebido [Jn
20,14-16]. Los apóstoles ven realmente a
Jesús, y le toman por un fantasma [Lc
24,33-42].
Así gusta Dios de disfrazarse para elevar al alma
a una pura fe, con la que siempre le encuentra, por
más que se encubra bajo enigmas obscuros, pues ella
conoce el secreto de Dios, y le dice como a la esposa:
«Allí está; miradlo detrás de
la cerca; mira por la ventana, acecha por entre las
celosías» [Cant 2,9].
¡Oh, amor divino!, ocúltate, salta,
estremécete en los dolores, aplica el atractivo o la
obligación, mezcla, confunde, rompe como hilo
frágil todas las ideas y todas las medidas que el
alma se forme. Que ésta pierda suelo, que nada
sienta, que no vea ya camino ni sendero ni luces, que no te
encuentre como en otro tiempo en tus ordinarias habitaciones
y vestiduras acostumbradas, que no te halle en la quietud de
la soledad ni en la oración, ni en la observancia de
tales o cuáles prácticas, ni tampoco en los
sufrimientos, ni en las ayudas prestadas al prójimo,
ni en la huida de vanas conversaciones o de negocios. En una
palabra, que después de haber probado todos los
medios y modos conocidos de agradarte, nada consiga, ni
alcance a verte en nada como en otro tiempo.
Pero haz que la inutilidad de todos estos esfuerzos le
lleve finalmente en adelante a dejarlo todo, y a encontrarte
en ti mismo, y muy pronto en todo, en todo, sin necesidad de
reflexionar. Porque, oh, amor divino, ¿no es un error
no divisarte en todo lo que es bueno y en todas las
criaturas? ¿Por qué, pues, buscarte en otras
cosas que en las que tú quieres comunicarte? Amor
divino, ¿por qué querer hallarte bajo otras
especies que aquellas que tú has elegido como
sacramentos tuyos, ignorando que su escasa apariencia y leve
realidad dan todo el mérito a la obediencia y a la
fe?