Capítulo
IV
El estado de abandono,
su necesidad y sus maravillas
Voluntad divina,
fiesta continua
¡Qué verdades tan inmensas permanecen ocultas
en este estado! ¡Qué verdad es que toda cruz,
toda acción, toda inclinación de la
ordenación divina, comunica a Dios, lo da, de una
manera que no puede explicarse sino por comparación
con el más augusto misterio [de la
Eucaristía]! Y por eso, ¡qué
misteriosa es en su simplicidad y bajeza aparente la vida
más santa! ¡Oh, banquete, oh fiesta perpetua! Un
Dios que se da continuamente y que es siempre recibido no en
el esplendor, en lo sublime y luminoso, sino en lo que es
debilidad, desconcierto, nada. Dios elige aquello que la
estimación natural desprecia y todo lo que la
prudencia humana deja a un lado. Dios está en el
misterio y se da a las almas en la medida en que
éstas creen y le encuentran en él.
La anchura, la solidez y la firmeza de la piedra,
sólo se encuentran en la vasta extensión de la
voluntad divina, que se presenta sin cesar bajo el velo de
las cruces y acciones más ordinarias. Es en la sombra
de éstas donde Dios esconde su mano para sostenernos
y conducirnos. Esta convicción debe bastar a un alma
para llevarla al más sublime abandono. Y en el
momento en que así lo hace, queda ya a cubierto de la
contradicción de las lenguas, pues el alma no tiene
nada que decir ni hacer en su defensa, puesto que su obra es
la obra de Dios, y no en otra parte puede hallarse su
justificación. Además, sus efectos y
consecuencias le justificarán suficientemente, y
bastará con dejar que todo vaya adelante. «El
día al día le pasa el mensaje» [Sal
18,3].
Impulso continuo de
gracia
Cuando uno no se gobierna por sus propias ideas, no
necesita defenderse con palabras. Nuestras palabras no
pueden expresar más que las ideas que concebimos; y
si no existen estas ideas, tampoco hay palabras, porque
¿para qué servirían? ¿Para dar
razón de lo que se hace? Pero si es que el ama no
conoce esa razón, que permanece oculta en el
principio que le hace actuar, y del que sólo siente
el impulso de una manera inefable. Es preciso, pues, dejar
que cada momento sostenga la causa del momento siguiente; y
todo se sostiene en este encadenamiento divino, todo resulta
firme y sólido, y la razón de lo que precede
se ve por el efecto de lo que le sigue.
Quedó atrás una vida de pensamientos,
imaginaciones, una vida de palabras múltiples. Ya no
es todo eso lo que ocupa al alma, lo que la alimenta y
entretiene. Ya ella no se mueve ni se sostiene con esas
cosas. El alma no ve ni prevé ya por dónde
habrá de avanzar. No se ayuda ya con reflexiones para
animarse al trabajo y aguantar las incomodidades del camino,
y va pasando por todo en el sentimiento más
íntimo de su debilidad. El camino se va abriendo a su
paso, entra en él, y por él marcha sin ninguna
vacilación. Esta alma es pura y santa, simple y
verdadera: camina por la línea recta de los
mandamientos de Dios, en una continua adhesión al
mismo Dios, que incesantemente encuentra en todos los puntos
de esta línea.
No se entretiene ya en buscar a Dios en los libros, en
las infinitas cuestiones y en la vicisitudes interiores.
Abandona el papel y las discusiones, y Él se da al
alma y viene a encontrarla. No sigue buscando ya caminos y
vías que le conduzcan, pues el mismo Dios le traza el
camino, y a medida que ella avanza, lo encuentra claro y
abierto. Así es que todo lo que le queda por hacer es
mantenerse bien asida de la mano de Dios, que se le ofrece
directamente a cada paso y en cada momento, en los diversos
objetos que encuentra día a día, y que se van
presentando sucesivamente.
El alma sólo tiene, pues, que recibir la eternidad
divina en el deslizamiento de las sombras del tiempo. Estas
sombras varían, pero el Eterno que ocultan es siempre
el mismo. Por eso el alma, sin apego a nada, debe
abandonarse en el seno de la Providencia, seguir
constantemente el amor por el camino de la cruz, de los
deberes ciertos y de las mociones indudables.
Camino llano y recto
del abandono
¡Qué claro y luminoso es este camino! Lo
defiendo y lo enseño sin ningún temor, y estoy
seguro de que todos me comprenden cuando digo que toda
nuestra santificación consiste en recibir en cada
instante las penas y deberes de nuestro estado como velos
que nos ocultan y nos dan al mismo Dios.
En el abandono la única regla es el momento
presente. En este estado el alma es ligera como una pluma,
fluida como el agua, simple como un niño,
móvil como una pelota, para recibir y seguir todos
los impulsos de la gracia. Estas almas no tienen la
consistencia y rigidez de un metal fundido. Cómo
éste acepta todos los trazos del molde donde le
fundieron, así estas almas se amoldan y ajustan con
la misma facilidad a todas las formas que Dios les va dando.
Su disposición, en una palabra, es semejante a la del
aire, siempre dócil a todo soplo y siempre
configurado a todo.
Vivir
muriendo
Una observación importante a todo esto es que en
esta actitud de abandono, en esta vía de fe, todo lo
que va pasando en el alma y en el cuerpo, en los asuntos y
diversos acontecimientos, presenta una apariencia de muerte,
que no debe extrañar. ¿Y qué esperabais?
Es la condición propia de este estado. Dios tiene sus
designios sobre las almas y, bajo oscuros velos, los ejecuta
todos muy felizmente. Y entiendo por esos velos las
contrariedades, las enfermedades corporales, las debilidades
espirituales. En las manos de Dios todo eso prospera, todo
se resuelve para bien. Precisamente por esas cosas que son
desolación para la naturaleza, Él prepara el
cumplimiento de sus más altos designios:
«Todas las cosas cooperan para el bien de
aquéllos que son escogidos por su libre
elección» [Rm 8,28].
El justo vive de la
fe
Él vivifica así bajo las sombras, cuando
los sentidos se ven aterrorizados, y es entonces la fe la
que, llena de valor y seguridad, obtiene de cuanto sucede lo
bueno y lo mejor. La fe sabe que la acción divina
todo lo dispone y conduce, menos el pecado, y por eso
entiende que es su deber adorarla en todo cuanto sucede,
amarla y recibirla siempre con los brazos abiertos. La
persona cobra así en todo un aire alegre, de
confianza, elevándose en todas las cosas por encima
de unas apariencias que sólo sirven para las
victorias de la fe. Éste es el medio que yo os doy
para honrar a Dios y tratarlo como a Dios.
Vivir de la fe es, pues, vivir la alegría, la
seguridad, la certeza, la confianza de que todo lo que es
preciso hacer o sufrir en cada momento es por
disposición de Dios. Y si a veces este designio
resulta incomprensible, es para animar y fortalecer esta
vida de fe; para eso Dios hace entrar al alma en medio de
estas olas tumultuosas de tantas penas y turbaciones,
contradicciones, desfallecimientos y fracasos. En efecto, es
precisa la fe para encontrar a Dios en todo eso, y hallar
esta vida divina que ni se ve ni se siente, pero que se da
en todo momento de forma desconocida, pero bien cierta. La
apariencia de muerte en el cuerpo, de condenación en
el alma, de trastorno en las empresas, eso es lo que
alimenta y sostiene la fe. Ella atraviesa todo eso y llega a
apoyarse en la mano de Dios, que le da la vida en todo
aquello en lo que no haya pecado cierto. Por eso es
necesario que el alma de fe camine siempre segura, tomando
todo como un velo y disfraz de Dios, cuya presencia
más íntima estremece y atemoriza las
potencias.
Fuerza y fidelidad de
la fe
No hay corazón más valiente que un
corazón lleno de fe, que no ve más que vida
divina en los trabajos y peligros más mortales. Si
fuera preciso beber un veneno, atravesar la brecha de un
muro, servir como esclavo entre los apestados, en todo eso
encontrará una plenitud de vida divina, que se le da
no solamente gota a gota, sino que, en un instante, inunda y
sumerge el alma. Un ejército de soldados semejantes
resultaría invencible. Y es que el impulso de la fe
eleva el corazón y lo dilata más allá y
por encima de todo lo que se presente.
La vida de la fe o el instinto de la fe son una misma
cosa. Este instinto hace gozarse en la bondad de Dios, es
una confianza fundada en la esperanza de su
protección, que vuelve agradable todo y que hace
recibir todo con buen ánimo; es, pues, una
indiferencia que nos dispone a todos los lugares, a todos
los estados y a todas las personas. La fe nunca es
desgraciada, nunca enferma, ni nunca está en pecado
mortal. La fe viva está siempre en Dios, siempre en
su acción, más allá de las apariencias
contrarias que oscurecen los sentidos. Y cuando
éstos, espantados, le gritan de pronto al alma:
«¡desgraciada, estás perdida, ya no hay
solución!», la fe al instante afirma con una voz
más fuerte: «aguanta firme, avanza, y no temas
nada».
Fe y abandono entre
tormentas
Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su
naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las
medicinas convenientes, todos esos otros temores y
desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no
son más que ilusiones y apariencias que se deben
superar con la confianza. Dios las permite o las
envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son
la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor
atención, deben proseguir generosamente su camino en
medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les
envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo
con toda libertad, como se hace con los caballos de
alquiler, que no valen más que para trabajar, y que
se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado
que las delicadezas, que no sirven más que para
debilitar al espíritu. Esta fortaleza de
espíritu tiene una virtud oculta para sostener un
cuerpo débil. Y vale mucho más un año
de vida noble y generosa, que un siglo de temores y
cuidados.
Más aún, quien vive abandonado en Dios debe
procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de
un niño dócil y amable, porque ¿hay algo
que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios?
Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben
presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de
ánimo. ¿Qué importancia tienen los
objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios
los guía por allí, sólo es para
embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los
mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana
no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su
flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es
cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor
lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella,
y los libra de modos mucho más maravillosos que
cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos,
cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y
sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y
peligros de sus héroes imaginarios, para concluir
felizmente sus vanas historias.
Sí, la divina Providencia conduce las almas con
habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio
de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus
trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son
materia después de aquellas historias
místicas, incomparablemente más bellas y
curiosas que todas cuantas puedan inventar las más
cavilosas imaginaciones humanas.
Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y
horrores, que no pueden dañarnos mientras nos
hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e
invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina
Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra
meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria
de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y
vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo.
«Salió como vencedor, y para seguir
venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos
triunfos como pasos demos bajo su guía.
Dios es quien escribe
nuestra vida
El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la
mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la
historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y
cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo.
Esta historia no es sino la crónica del gobierno de
Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros
figuramos en la continuación de esa historia, si
unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía.
No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para
sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios
para que se continúe esta Escritura santa, que se
acrecienta todos los días.
Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la
ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que
precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo
alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un
abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino
esta única disposición; el resto, Él lo
determina y elige según sus designios, como un
arquitecto señala y escoge las piedras.
Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo
su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el
modo con que se presente al alma, sin desearle de otra
forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no
es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el
alma. El gran compendio, la máxima más sublime
de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la
voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo,
para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando
temores y reflexiones, como también las inquietudes
producidas por el cuidado de la salvación y de la
propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para
arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos
ocupemos más que de Él mismo y de sus
cosas.
Confiados,
dejémosle hacer a Dios
Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por
encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros,
siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en
nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de
enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones
inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se
ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y
para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos.
Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por
encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas
y revueltas.
Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los
desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de
carácter, debilidades del espíritu, lazos del
diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias,
siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un
águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista
en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones.
Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no
sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una
vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde
Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena,
siempre igual e inmutable.
Abandono y paz en
todas las cosas
Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo
increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma
infinitamente alejada de todas las determinaciones de las
sombras y demás cosas creadas. Los sentidos,
sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y
sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en
el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su
voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón
en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria,
constituirá la verdadera felicidad.
Y este estado glorioso del corazón influirá
en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa
de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces.
Bajo estas apariencias horribles, la acción divina,
dándole una facilidad completamente celestial, le
hará brillar como el sol, porque las facultades del
alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan
aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las
piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y
pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes,
destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las
almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios,
que es este amor, divino obrero, no sirve sino para
disponerles a esa gloria eterna.
El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece
absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de
alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está
íntimamente persuadida de que es Dios quien la
conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive
olvidada de sí misma, dejándole trabajar a
Dios en ella, sin pensar más que en la obra que
Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y
cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.
El alma recibe distintas impresiones sensibles,
aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la
voluntad divina la aplica incesantemente, buscando
sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a
Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en
todas las diferentes situaciones y disposiciones.