Capítulo
V
El estado de pura
fe
En pura
fe
El estado de pura fe es cierta unión de fe,
esperanza y caridad en un solo acto que une el
corazón a Dios y a su acción. Estas tres
virtudes unidas forman una sola virtud, un solo acto, una
elevación única del corazón a Dios y un
simple abandono a su acción.
Pues bien, ¿cómo expresar esta divina
unión, esta esencia espiritual? ¿Cómo
encontrarle un nombre que exprese bien su naturaleza y su
idea, y que haga concebir la unidad de su trinidad? Ya no
son tres virtudes, sino una sola fruición y gozo de
Dios y de su voluntad. Este objeto adorable se ve, se ama y
se espera de él todas las cosas. A esto se le puede
llamar amor puro, pura esperanza, pura fe, y a esta unidad
mística puede dársele el nombre de pura fe,
aunque bajo este nombre haya que entender las tres virtudes
teologales. Nada hay más cierto que este estado en lo
que respecta a Dios, y nada más desinteresado en lo
que respecta al corazón. Por la unión de Dios
y del corazón el estado de pura fe tiene, del lado de
Dios, la certeza de la fe, y del lado de la libertad del
corazón, la certeza sazonada por el temor y la
esperanza.
¡Qué unidad tan preciosa la de la trinidad de
tan excelentes virtudes! Creed, pues, esperad, amad, pero
por el solo toque del Espíritu divino, que Dios os
comunica y que produce en vuestro corazón.
Ésta es la unión del Nombre de Dios, que el
Espíritu difunde en el centro del corazón. He
aquí esta palabra y revelación mística,
esta prenda de la predestinación y de todas sus
felices consecuencias: «¡Qué bueno es
Dios para el justo, el Señor para los limpios de
corazón!» [Sal 72,1].
En puro
amor
Este toque en las almas abrasadas se llama puro
amor, pues derrama un torrente de gozo desbordante sobre
todas las facultades, con plenitud de confianza y de luz.
Pero en las almas embriagadas de ajenjo ese mismo toque se
llama pura fe, porque la oscuridad y las sombras de
la noche son todas ellas puras.
El puro amor ve, siente y cree. La pura fe cree sin ver
ni sentir. Ésta es la diferencia entre uno y otra,
que no se funda sino en apariencias que no son las mismas,
pues, en realidad, así como el estado de pura fe no
carece de amor, del mismo modo el estado del puro amor no
carece ni de fe ni de abandono. Pero se emplean estos
términos a causa de lo que predomina en cada
estado.
La mezcla diferente de estas virtudes bajo este toque del
Espíritu marca la variedad de todos los estados de la
vida sobrenatural, y como Dios los puede mezclar en
infinitos modos, no hay alma que no reciba este precioso
toque con alguna peculiaridad propia de ella. Pero
¿qué más da? Se trata siempre de fe,
esperanza y caridad.
Abandono confiado,
camino universal
Pues bien, el abandono es el medio universal para recibir
de algún modo las virtudes generales de esos toques.
No todas las almas pueden aspirar al mismo modo y al mismo
estado bajo las divinas mociones; pero todas ellas pueden
unirse a Dios, todas pueden abandonarse a su acción,
todas ser esposas abandonadas en Él, todas recibir
las gracias del estado que les es propio, todas, en fin,
encontrar el reino de Dios y tomar parte en su grandeza y en
la excelencia de sus valores. Es un imperio en el que toda
alma puede aspirar a una corona, sea de amor o sea de fe,
que siempre es el reino de Dios.
Es cierto que existe una diferencia, pues mientras unas
están en las tinieblas, otras están en la luz.
Pero, digámoslo ya, ¿qué importa esto,
con tal de que unas y otras estén unidas a Dios y a
su acción? ¿Es el nombre del estado lo que
cuenta? ¿En eso está su distinción y su
excelencia? De ningún modo. Lo decisivo es la
unión con el mismo Dios y con su acción. La
manera debe ser indiferente al alma.
Prediquemos, pues, a todas las almas no tanto el estado
de pura fe o de puro amor, de cruz o de caricias, pues eso
no puede darse por igual a todas y de la misma manera.
Prediquemos en cambio a todos los corazones sencillos y
entregados a Dios el abandono a la acción divina en
general, y hagamos comprender a todos que por estos medios
recibirán el estado particular que esta acción
divina les ha elegido y destinado desde toda la
eternidad.
Todos llamados a la
santidad
No desanimemos, no rechacemos, no alejemos a nadie de la
más eminente perfección. Jesús llama a
todo el mundo a la perfección, pues a todos exige que
sean fieles a la voluntad de su Padre, de modo que todos
vengan a formar su Cuerpo místico, cuyos miembros no
pueden llamarle Señor con verdad sino en la medida en
que sus voluntades se hallen perfectamente de acuerdo con la
suya. Repitamos incesantemente a todas las almas que la
invitación de este dulce y amable Salvador no exige
de ellas nada que sea difícil, ni extraordinario.
Él no les exige ninguna habilidad especial; solamente
quiere que su buena voluntad esté unida a la suya,
para así conducirlas, dirigirlas y favorecerlas en la
medida de esa unión.
¡Sí, almas queridas! Dios no quiere
más que vuestro corazón. Si buscáis
este tesoro, este reino en que sólo Dios reina, lo
encontraréis. Si vuestro corazón se entrega
totalmente a Dios hallaréis, desde ese momento, aquel
tesoro, aquel mismo reino que deseáis y
buscáis. Cuando se ama a Dios y su voluntad, se goza
de Dios y de su querer, y este gozo corresponde
perfectamente al deseo que se tiene de amarlo. Amar a Dios
es desear sinceramente amarle. Y porque se le ama, por eso
se quiere ser instrumento de su acción, para que su
amor obre en nosotros y a través de nosotros.
Lo de menos es tener o
no talentos
La acción divina corresponde a la voluntad del
alma sencilla y santa, y no a sus habilidades. Corresponde a
su pureza de intención, y no a los medios que elige,
a los proyectos que forma, a las maneras que imagina o a los
medios que adopta. En todo esto puede engañarse el
alma. Y no es raro que suceda. Pero su rectitud y su buena
intención no le engañan jamás. Y Dios
conoce y ve esta buena disposición de la persona, no
se fija en el resto, y toma como hecho todo lo bueno que
ésta infaliblemente haría, si conocimientos
más exactos secundasen su buena voluntad.
Nada, pues, tiene que temer el alma de buena voluntad. Si
cae, no puede caer sino en esta omnipotente mano, que la
conduce y levanta, en sus mismos extravíos, que la
aproxima al fin cuando se aleja de él, que la vuelve
a su camino cuando se extravió. El alma encuentra
siempre un apoyo en esta mano divina, que la guía
entre los precipicios, en cuyo borde la coloca el esfuerzo y
la astucia de las facultades ciegas que la desvían;
le hace ver cómo debe despreciarlas, contando
sólo con ella y abandonándose enteramente a su
infalible gobierno. En todo caso, los errores en que caen
las almas buenas van a dar en seguida en el abandono, por lo
que jamás se encuentran sin recurso, pues, como dice
la Escritura, «todo coopera para su bien»
[Rm 8,28].
Todos los estados son
santos y santificantes
Éste es, Amor querido, el abandono que yo predico,
y no un estado particular. Considero con gran amor todos los
estados en que tu gracia pone a las almas y, sin tener
más estima por uno que por otro, enseño a
todas un medio general para llegar a aquél que
tú les has designado. Solamente pido a todas esa
voluntad de abandonarse completamente a tu guía.
Tú les harás llegar infaliblemente a aquel
estado que es el más excelente para ellas.
Ésta es la fe que les predico, el abandono, hecho
de confianza y fe. No pido sino la voluntad de entregarse a
la acción divina, para ser su instrumento, creyendo
que obra en todo instante y en todas las cosas, con
más o menos feliz resultado, según la mayor o
menor buena voluntad del alma. Ésta es la fe que
predico. No un estado especial de fe y de amor puro, sino un
estado general de buena voluntad, que abraza todas las
diferencias de estado y circunstancias particulares en que
Dios pone a cada alma, y donde, bajo distintas formas, les
comunica las gracias que desde la eternidad les tiene
preparadas. Hablo a las almas que sufren, pero aquí
también hablo a toda clase de almas, porque la
verdadera intuición de mi corazón es anunciar
a todos el secreto evangélico y «ser todo
para todos» [1Cor 9,22].
Con gracias
extraordinarias o sin ellas
En esta disposición feliz, creo que es para
mí un deber, que cumplo gustoso, «llorar con
los que lloran, alegrarme con los alegres» [Rm
12,15], hablar a los ignorantes en su lenguaje, y
emplear con los sabios términos doctos y elegantes.
Quiero hacer ver a todos que todos pueden pretender no las
mismas cosas, pero sí un mismo amor, un mismo
abandono, un mismo Dios, una misma docilidad a su
acción, y que todos puedan llegar así a una
gran santidad.
Aquello que decimos gracias y favores extraordinarios se
denomina así por el escaso número de almas que
por una fidelidad constante se hacen dignas de recibirlos.
El día del juicio se entenderá bien. Entonces
se verá muy claramente que esto no viene de que Dios
no quiera comunicarlas, sino sólo por culpa de
quienes se vieron privados de estos divinos dones. ¡A
qué sobreabundancia de bienes se abre el seno de
quien mantiene siempre constante la sumisión total de
una buena voluntad!
Cuando nuestro divino Salvador vivía entre los
hombres, los que no le veneraban, los que no ponían
en Él su confianza, eran los únicos que no
disfrutaban de los favores que a todos dispensaba. Y esto
sólo ha de atribuirse a sus malas disposiciones. Es
cierto también que no todos pueden aspirar a los
mismos estados sublimes, a los mismos dones y grados de
excelencia; pero si todos, fieles a la gracia,
correspondiesen en su medida, todos estarían
contentos, porque llegarían todos al nivel de
excelencia y de gracia que satisfaría plenamente sus
deseos. Y estarían contentos según naturaleza
y según gracia, porque la naturaleza y la gracia se
confunden en el mismo deseo anhelante que del fondo del
corazón se alza hacia tan preciosos dones.
Contentos con el don
de Dios
Si uno no recibe los talentos propios de un estado,
recibirá los peculiares de otro. Unos estarán
en pura fe, otros en otra situación de
espíritu. En la misma naturaleza creada, cada
criatura tiene lo que conviene a su especie: cada flor tiene
su encanto, cada animal su instinto, cada criatura su
perfección. Así, en cada estado diverso de la
vida espiritual, cada persona tiene su gracia
específica, y cada uno está contento si su
buena voluntad sabe acomodarse al estado elegido para
él por la Providencia.
Desde que esta buena voluntad nace en el corazón
de un alma, ésta se sumerge en la acción
divina y ésta obrará más o menos en
ella, según esté más o menos
abandonada. Por lo demás, el arte de abandonarse no
es otro que el arte de amar. El amor encuentra a Dios en
todo, y nada le rehúsa. ¿Cómo rehusarlo?
El amor no puede pretender otra cosa que lo que quiere el
amor.
Cuando Dios actúa en el hombre sólo tiene
en cuenta la buena voluntad. Y la capacidad de las otras
potencias no le atraen, ni su incapacidad le alejan. Cuando
Él encuentra un corazón bueno y puro, recto y
simple, dócil, filial y respetuoso, ya no necesita
más, sino que se apodera de ese corazón, posee
todas y cada una de sus potencias, y va concertando todo tan
a favor del alma, que en todas las circunstancias halla
ésta cómo santificarse. Y aquello mismo que es
veneno mortal para otros, resulta inocuo por completo cuando
actúa el contraveneno de la buena voluntad.
Si el alma llega al borde de un precipicio, la
acción divina le sujeta; y si en él cayera,
suspendería su caída. Y aún si cayera
del todo, ella le levantará. Después de todo,
las faltas de estas almas no suelen ser sino faltas de
debilidad, cometidas con poca advertencia; y el amor sabe
siempre transformarlas para su provecho espiritual.
Paz bajo la
guía de Dios
El Señor, por secretas insinuaciones, les va
haciendo entender siempre a estas almas lo que han de decir
o hacer según las circunstancias: «los que
temen a Dios poseen una mente recta» [Sal
110,10]. En efecto, iluminados por la divina
inteligencia, se ven acompañados por ella en todos
sus pasos, y ella misma les saca de los malos senderos en
que entraron por ignorancia.
Y cuando se metieron sin saberlo en una situación
perjudicial, la Providencia gobierna las cosas de tal suerte
que todo se remedia y se vuelve en bien para ellas. Por
más que estas almas se vean envueltas en las mallas
de múltiples intrigas, la Providencia rompe esos
lazos, confunde a sus autores, y les infundo «un
espíritu de vértigo», que les hace
caer en sus mismas trampas [Is 19,14]. Bajo su
guía, las almas a quienes se quería sorprender
hacen sin saberlo cosas que, inútiles en la
apariencia, sirven después para sacarlas de todos los
apuros en que su rectitud y la malicia de sus enemigos las
habían puesto.
Tobías
¡Qué finísima sabiduría lleva
consigo la buena voluntad! ¡Cuánta ingenio en su
candor inocente! ¡Cuántos misterios secretos se
esconden en su invariable rectitud!... Recordad, si no, al
joven Tobías [Tob 6,2-6]. No es más
que un muchacho, pero a su lado está Rafael. Con este
guía angélico camina seguro, nada le espanta y
nada le falta. Los mismos adversarios que encuentra son los
que le proporcionan alimentos y medicinas, y el monstruo
marino se vuelve para él un dulce y suave alimento.
Se va viendo ocupado en bodas y banquetes, pues así
lo ordena la Providencia [6,10-18]. Tiene, sin duda,
otros negocios importantes, pero están abandonados a
esa inteligencia celeste encargada de dirigirle en todo. Y
todos estos asuntos se van arreglando y concluyendo con tal
éxito que él solo no lo hubiera logrado tan
felizmente de no tratarse en realidad de una
bendición. Sin embargo, la madre de Tobías
llora, llena de amargas preocupaciones, mientras que el
padre está lleno de fe. Vuelve al fin este hijo, y
toda la casa se llena de alegría
[7,14-16].
Un corazón
puro
Que los demás, Señor, te pidan toda clase
de bienes; yo no te pediré más un solo don.
Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios mío,
no te haré más que una sola súplica:
«dame un corazón puro» [Sal
50,12]. ¡Oh, corazón puro, qué feliz
es el que te posee! Él ve dentro de sí a Dios,
por la viveza de su fe. Le ve en todas las cosas y en todos
los instantes, obrando dentro y fuera de él. Se ve
siempre como su instrumento, guiado y conducido por
Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello,
pero Dios piensa por él. Aquello que sucede y ha de
suceder por una ordenación providencial, basta con
desearlo, pues Él comprende nuestra
disposición.
En su pura sencillez, si el corazón intenta
precisar este deseo, no alcanza a verlo; pero Dios lo ve y
lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón
bien dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita,
y viendo todas sus inclinaciones, Él sabe bien que
está siempre sometido a su beneplácito.
Él conoce también que ese corazón
apenas sabe lo que le es propio, y por eso Dios se encarga
de dárselo. A este corazón no le importan las
contrariedades. Quiere ir al Oriente, y Dios le conduce al
Occidente. Iba a dar contra un escollo, el timón se
vuelve y lo lleva al puerto. Sin conocer mapa ni camino,
vientos o mareas, sin nada de esto, siempre sus viajes
terminan felizmente. Si se le cruzan los piratas en el mar,
un golpe de viento inesperado le pone fuera de su
alcance.
¡Oh buena voluntad, corazón puro! Qué
sabiamente reconoció Jesús tu lugar al
colocarte entre las bienaventuranzas [Mt 5,8].
¡Qué mayor felicidad que la de poseer a Dios y
ser al mismo tiempo poseído por Él! Estado
maravilloso y lleno de encanto, en el que se duerme
tranquilamente en el seno de la Providencia, se juega
inocentemente con la divina Sabiduría [Prov
8,30], sin inquietud alguna sobre lo acertado de su
curso, que no sufre ninguna interrupción y que se
cumple siempre felizmente, a través de escollos,
piratas y continuas tempestades.
¡Oh corazón puro, buena voluntad! Tú
eres el verdadero fundamento de todos los estados
espirituales. Es a ti a quien son comunicados los dones
maravillosos de la pura fe, la esperanza, la pura confianza
y el puro amor. En tu tronco brotan las flores del desierto,
esas gracias tan preciosas que no suelen florecer sino en
aquellas almas perfectamente desasidas, en las que Dios,
como en una casa deshabitada, establece su morada,
excluyendo a todo otro morador.
Tú eres esa fuente abundante de donde manan todos
los arroyos que riegan el vergel del Esposo y amenizan el
jardín cerrado de la Esposa. ¡Ah! con qué
verdad puedes decir a las almas todas: Consideradme bien, y
veréis que soy padre del amor hermoso, amor que
distingue lo más perfecto y lo abraza. Yo soy el que
hago nacer el temor dulce y fuerte, que da horror al mal y
lo evita sin turbación. Yo soy el que enciende las
luces que nos descubren las grandezas de Dios y la hermosura
de la virtud que le honra. Yo soy, en fin, quien suscita los
ardientes deseos que, acompañados de la santa
esperanza, animan a practicar constantemente el bien, a la
espera de aquel Dios cuya posesión un día debe
hacer, como ahora pero mucho más gozosamente, la
felicidad de estas almas fieles.
Y tú, corazón bueno, tú puedes
convidar a todos para enriquecerlos con tus inagotables
tesoros. A ti van a dar todos los estados y caminos
espirituales, y es en ti donde ofrecen esa belleza,
atracción y encanto que de ti proceden. Los frutos
maravillosos de gracias y virtudes de toda clase, que
resplandecen y alimentan, proceden de tus ricos
plantíos. Tú eres «la tierra que mana
leche y miel» [Sir 46,8], tus pechos
destilan néctar delicioso, en tu seno descansa
«la bolsita de mirra» [Cant 1,13],
y de tus dedos fluye con abundancia y pureza el vino
delicioso con que el Esposo convida a sus amigos
[5,5].
Llave de los tesoros
celestiales
Vamos pues, almas queridas, corramos, volemos al lado de
esta Madre amorosa que nos llama. Vayamos al instante, y
perdámonos en Dios, en su mismo corazón,
embriagándonos con el licor de esta buena voluntad.
Tengamos en el corazón la llave de los tesoros
celestiales, y emprendamos ahora mismo nuestro camino hacia
el cielo, sin temor alguno de encontrarlo cerrado: esa llave
nos abrirá todas las puertas. No habrá lugar,
por secreto que sea, donde no nos sea dado penetrar. Nada
estará cerrado para nosotros, ni el jardín
[de la Esposa: Cant 4,12], ni la bodega, ni la
viña. Respiraremos si nos agrada el aire del campo,
paseando a nuestro gusto. En fin, iremos y vendremos,
entraremos y saldremos libremente con esta llave de David
[Apoc 3,7], que es la llave de la ciencia [Lc
11,52], la llave del Abismo [Apoc 9,1], que
guarda en su seno los tesoros profundos y secretos de la
Sabiduría divina [Sab 7,14].
Esta llave divina abre las puertas de la muerte
mística, penetrando sus tinieblas sagradas; da acceso
al profundo lago y al foso de los leones. Ella es la que
adentra las almas en estos oscuros calabozos, para sacarlas
de ellos sanas y salvas. En fin, esta llave nos introduce en
la feliz morada de la inteligencia y de la luz, donde el
Esposo toma el aire en el descanso del mediodía
[Cant 1,6], donde se sabe bien pronto, en cuanto se
le ve, cómo obtener un beso de su boca [1,1],
y cómo compartir confiadamente su lecho nupcial,
donde se aprenden los secretos del amor. ¡Secretos
divinos, que no está permitido revelar y que ninguna
lengua humana es capaz de expresar!
Dios reina en un
corazón puro
¡Amemos, pues, almas queridas! Todos los bienes,
para enriquecernos, no esperan sino el amor. Él da la
santidad y todos los dones que le acompañan, dones
inefables que fluyen por todas partes, a derecha e
izquierda, de los corazones abiertos a ella. Ésta es
la semilla divina de la eternidad, que jamás
podrá alabarse dignamente. Vale más poseerla
en secreto, que ensalzarla con débiles palabras. Pero
no es preciso cantar tu alabanza solamente cuando se
está poseído por ti. Pues cuando tú
posees un corazón puro, leer, escribir, hablar, hacer
esto o lo contrario, todo es lo mismo para el
corazón. Ya nada busca, nada evita; solitario o
apóstol, sano o enfermo, sencillo o elocuente, todo
viene a ser lo que tú dictas al corazón.
Y el corazón, como un eco fiel tuyo, lo repite
todo a las demás potencias. En este compuesto
material y espiritual del hombre, en el que tú,
Señor, quieres establecer tu reino, es el
corazón el que gobierna bajo tu guía. Y como
ya no hay en él otros movimientos que los que
tú le inspiras, todo objeto que tú le ofreces
le agrada, al mismo tiempo que aborrece cuanto el demonio y
la naturaleza le presentan en contrario. Y si alguna vez
permites que se deje engañar, sólo es para que
vuelta a ti más sabio y más humilde.