Capítulo
VI
Pura fe y abandono a
la acción divina
El Amigo oculto que
nos guía en todo
Vayamos adelante en la contemplación de la
acción divina. Lo que ella quita en apariencia a la
buena voluntad, se lo vuelve a dar secretamente, de modo que
nunca le falte lo necesario. Pongo un ejemplo. Imaginad que
alguien ayudara a un amigo por medio de unas donaciones,
dejándole entrever que proceden de él; y que,
en un momento dado, por el bien de ese amigo, y aparentando
no querer obligarle más, no dejara tampoco de
ayudarle, pero ahora sin darse a conocer. El amigo, sin
sospechar el truco y este secreto de su amistad, se
quedaría molesto. ¡Qué de cavilaciones!
¡Qué de pensamientos sobre la conducta del
bienhechor!
Pero imaginad que el misterio un día se desvelara.
Sólo Dios sabe qué sentimientos se
alzarían a un tiempo de su alma: gozo, ternura,
enternecimiento, agradecimiento, amor, confusión,
admiración. ¿No crecería con esto el
ardor de su afecto amistoso? ¿Y esta prueba no le
afirmaría en su adhesión a él,
haciéndole más fuerte frente a futuras
posibles sorpresas?
La aplicación es fácil. Cuanto más
parece perderse con Dios, más se gana. Cuanto
más reduce Él en lo natural, más da en
lo sobrenatural. Se le amaba antes un tanto por sus dones;
parecen faltar sus dones, y finalmente se viene a amarle por
Él mismo. Es así, por la aparente
sustracción de sus mismos dones, por lo que Él
prepara el alma para este don, que es el mayor y el
más amplio de sus dones, pues los comprende
todos.
Todo es para
bien
Según esto, una vez que las almas se han sometido
totalmente a su acción deben, pues, interpretarlo
todo favorablemente, sea, por ejemplo, la pérdida del
más excelente de los directores, sea la vaga
desconfianza que sienten por otros que se ofrecen a serlo, y
más de lo deseable -pues, en general, esos directores
demasiado prontos a ofrecer a las almas su guía
merecen que se desconfíe un poquito de ellos.
Aquéllos que están verdaderamente animados por
el espíritu de Dios no muestran de ordinario tan
oficiosidad y suficiencia. Más que buscar ellos, son
buscados; e incluso entonces van siempre adelante con una
cierta desconfianza en sí mismos-.
Guiados por mociones,
más que por ideas
Pero volviendo a estas almas, puede decirse que su
corazón es el intérprete de la voluntad de
Dios. Hay que sondear aquello que dice el corazón,
pues él la interpreta según las
circunstancias. La acción divina revela sus deseos al
corazón no por ideas, sino por mociones. Ella se los
descubre o por hallazgos, haciéndole obrar a la
aventura, o por necesidad, no permitiéndole otra
opción que aquélla que se le presenta, o por
la aplicación eventual de medios necesarios, como,
por ejemplo, cuando es preciso decir o hacer algo en un
primer movimiento, o en un impulso sobrenatural o
extraordinario; o bien, en fin, por una aplicación
activa de inclinación o alejamiento, según la
cual se acerque o aleje de cierto objeto.
Pues bien, si juzgamos por la apariencias, en ese dejarse
ir hacia lo incierto no hay sino una gran falta de virtud.
Si se juzga la cuestión por las reglas ordinarias,
esa conducta carece por completo de regularidad, uniformidad
y concierto. Y sin embargo, la verdad es que se necesita el
máximo grado de virtud para llegar a ese estado
espiritual, y normalmente no se alcanza dicho estado sino
después de haberse ejercitado largo tiempo en los
modos ordinarios. La virtud de este estado es la más
pura virtud, es, simplemente, la misma
perfección.
Es como un músico que uniera a un prolongado
ejercicio un conocimiento perfecto de la música. Su
arte sería tan pleno que, sin pensarlo, todo lo que
hiciera en el campo de su arte llevaría el sello de
la perfección. Y si se examinaran sus composiciones,
se hallaría en ellas una conformidad perfecta con
todo lo que prescriben las reglas de la música. Nunca
este músico habrá cumplido mejor con esas
reglas que cuando, libre su genio de su constricción
escrupulosa, ha actuado sin temor alguno, de tal modo que
sus impromptus, como verdaderas obras de arte,
llenarán de admiración a los entendidos.
La fidelidad a la
obligación lleva a la libertad del
amor
Así es como en el alma largamente ejercitada en la
ciencia y en la práctica de la vida espiritual,
siguiendo las normas del razonamiento y los métodos
de los que ella se servía para secundar la gracia, va
formándose poco a poco un hábito por el que
resulta connatural obrar según fe y razón.
Resulta entonces que esta alma no podrá hacer nada
mejor que aquello que se le ocurre en principio, sin que
recurra a esa serie de reflexiones que en otro tiempo
necesitaba. Lo que le conviene ahora es obrar como a la
aventura, confiándose a la gracia, que no va a
engañarle. Lo que ella va obrando en este estado de
simplicidad, al menos para los ojos iluminados y los
espíritus sabios, es algo maravilloso. Sin reglas,
nada más reglado; sin que ande midiendo, nada
más mesurado; sin reflexión, nada más
eficaz; y sin previsiones, nada más ajustado a los
acontecimientos que sobrevienen.
Crisis
dolorosa
Y sin embargo, el alma se encuentra como perdida en este
estado. Ya no encuentra apoyo y conocimiento ni en las
reflexiones que antes guiaban y disponían sus obras,
ni tampoco en la gracia, pues ésta obra en ella ahora
sin que lo sienta. Pero es precisamente en este
despojamiento donde ella reencuentra todo, pues esa misma
gracia, bajo una nueva forma y un espíritu nuevo,
devuelve al alma el céntuplo de lo que le ha quitado
por la pureza de sus mociones ocultas.
Es, sin duda, para el alma un gran golpe de muerte ese
perder de vista la voluntad divina, que se retira de delante
de sus ojos, por así decirlo, para mantenerse
detrás de ella, impulsándola ante sí, y
no siendo ya su objeto, sino su principio activo. Es sabido
por experiencia que nada inflama tanto los deseos de esta
voluntad como cuando el corazón sufre esa
pérdida. Ahí surgen gemidos desde los
más profundo, y no hay consolación sensible
alguna.
Que Dios arrebate un corazón, que no quiere otra
cosa que Dios, es gran secreto de amor. Y lo es bien grande,
pues es por esta vía, y sólo por ella, por
donde la pura fe y la pura esperanza llegan a establecerse
en un alma. Entonces se cree lo que no se ve, y se espera
aquello que no se posee sensiblemente. Cuánto nos
perfecciona esta conducta secreta, la de una acción
divina de la se es sujeto e instrumento, sin que de ello
haya apariencia alguna, pues en todo aparece lo que se hace
como si fuera pura casualidad o inclinación
natural.
Humillación
Todo esto humilla al alma. Cuando habla por
inspiración, siente como si sólo hablara por
naturaleza. Nunca ve el espíritu que le está
impulsando. El más divino de los soplos espanta al
alma, y todo lo que hace o siente viene a resultarle siempre
despreciable, como si todo lo que en ella se produce fuera
fallido e imperfecto. Se admira siempre de los demás,
de los que se ve cien veces inferior. No hay cosa que haga
que no le produzca confusión. Desconfía de
todas sus luces, no puede apoyarse en ninguno de sus
pensamientos, muestra una sumisión excesiva hacia los
inferiores, que estima veraces, y la acción divina no
parece distanciar el alma de los virtuosos sino para
hundirla en una profunda humildad, que por lo demás
al alma no le parece virtud, sino, a su juicio, mera
justicia.
Y en todo esto resulta admirable ver esta alma, a los
ojos de aquellos de los que Dios la distancia interiormente,
y a los ojos de ella misma, aparece como situada en
sentimientos muy contrarios, pues no aparenta sino
obstinación, desobediencia y turbación,
desprecio e indignación sin remedio. Y cuanto
más quiere el alma reformar sus desórdenes,
más crecen éstos, ya que son verdaderas
inspiraciones de la gracia las que desvían al alma de
los escollos en donde ella naufragaría; y
además el amor que habla a su corazón la aleja
de esto prácticamente, a pesar de todos sus estados
de espíritu que, en conciencia, ella se cree obligada
a seguirlos.
¡Qué procedimientos sigue la acción
divina! Santifica Él realmente al ama bajo unas
apariencias tales que no muestran otra cosa que
humillación. Y esto es en verdad admirable y divino,
y se da ahí una santidad completamente
extraordinaria, que no puede sino acrecentar la humildad.
Ahí se dan favores, caricias, dones de la gracia
ciertísimos, y los frutos de esa pura fe no se
corrompen, en absoluto: tienen la corteza demasiado
árida y dura.
Crece el
corazón como gusano de seda
Viva, pues, mi corazón en medio de la oscuridad y
el secreto de Dios, y que de su raíz interior, por la
secreta virtud divina, crezcan ramas, flores y frutos, y
aunque yo no pueda verlos, sean alimento y gozo para los
demás. Da, corazón mío, a todas las
almas que vengan a descansar bajo tu sombra, buscando
refresco, frutos oportunos no para tu gusto, sino para el de
ellos. Que los tiernos vástagos que la gracia injerte
en ti reciban una savia indeterminada, que lleve en
sí todas las propiedades que convengan a cada uno de
estos injertos. Hazte todo a todos [1Cor 9,22], y
por ti mismo no seas sino abandono e indiferencia.
Vive, corazón, quieto y encerrado, como un
gusanito en el estrecho y oscuro calabozo de tu miserable
capullo, hasta que el calor de la gracia te forme y suscite
tu eclosión [Sta. Teresa, V Moradas 2].
Aliméntate con todas las hojas que esta misma gracia
te presenta, y tranquilo en medio de la actividad a que te
lleva tu abandono, no te aflijas por la pérdida de tu
quietud interior. Detente cuando la acción divina te
detenga. Pierde, en estas variaciones de cesación o
actividad, en incomprensibles metamorfosis, todas tus
antiguas formas, métodos y maneras. Acepta, muriendo
y resucitando, las formas nuevas que esa misma acción
divina te irá designando.
Así es como has de formar callandito tu seda,
haciendo algo que no te es dado ver ni sentir.
Sufrirás en todo tu ser una agitación oculta,
que condenarás tu mismo. Y envidiarás
secretamente a los que están muertos o quietos, sin
pensar que quizá no han llegado aún al
término en que tú te encuentras, y
sentirás admiración por ellos, sin saber que
los has dejado atrás. La agitación de tu
abandono te hará hilar una seda con que se
gloriarán de vestirse los príncipes de la
Iglesia, los grandes de la tierra y las almas de todas
clases.
Y después de todo esto ¿qué
será de ti, gusanito? ¡Oh, maravilla de la
gracia! Tú hallas todos los medios para dar mil
formas a las almas; pero ¿quién sabe a
dónde quiere llevar a un alma la gracia?
¿Quién podrá adivinar, si no lo hubiese
visto, lo que hace la naturaleza de un gusano de seda?
[V Moradas 2,2]. Basta con ir dándole hojas,
y la naturaleza hace el resto.
De día y de
noche, sin saber cómo
Del mismo modo, almas queridas, tampoco conocéis
vosotras de dónde venís ni a dónde
vais. No sabéis qué idea de Dios os saca la
divina Sabiduría y a qué término os
conduce. No os queda, pues, otro recurso que el entero y
pasivo abandono a la acción divina, dejándole
hacer a Dios lo que quiera, sin reflexión, sin
modelo, sin ejemplo, sin método, actuando cuando es
el momento de obrar, cesando cuando la hora de parar,
perdiendo cuando es momento de perder. Y así es como,
insensiblemente, obrando o cesando por mociones o por
abandono, se leen o se dejan los libros, se habla con las
personas o se calla, se escribe o se deja la pluma, sin
saber nunca lo que seguirá después.
Y finalmente, después de no pocas
transformaciones, el alma perfeccionada recibe alas para
volar a los cielos, después de haber dejado en la
tierra una semilla fecunda para perpetuar su estado en las
almas.