Capítulo
VII
El orden de la
Providencia es el que nos santifica. Pequeñez de esta
ordenación en aquellos
que Dios santifica sin brillo
y sin esfuerzos
Ordenación
divina providente
Orden de Dios, beneplácito de Dios, voluntad de
Dios, acción de Dios, la gracia, todo esto no es
más que una sola cosa. Y en esta vida el fin de esta
obra divina es la perfección. Ese fin se produce en
nuestras almas y se desarrolla y acrecienta en secreto, sin
que ellas lo sepan. La teología abunda en
concepciones y palabras que explican las maravillas de esa
obra en todas las dimensiones de cada alma. Toda esa
especulación puede conocerse, y de ella se puede
hablar admirablemente, escribir, instruir y dirigir las
almas. Pero si solamente se tiene esta especulación
en el pensamiento, ante las almas que reciben el
término de la ordenación de Dios y de su
divina voluntad -que no conocen todas esas teorías,
de las que no sabrían hablar-, se viene a ser como un
médico enfermo ante personas sencillas que
están en perfecta salud.
Interior instinto, no
reflexiones o libros
La ordenación de Dios, su voluntad divina, cuando
es recibida por un alma fiel, obra en ella este fin divino
sin que ella lo sepa, como una medicina tomada por
obediencia obra la salud en un enfermo, sin que él
sepa ni pretenda saber nada de medicina. Así como el
que calienta es el fuego, y no la filosofía y la
teoría científica sobre este elemento y sus
efectos, así es en la ordenación de Dios: es
su voluntad la que obra la santidad en nuestras almas, y no
las curiosas especulaciones que podamos hacer sobre ese
principio y ese fin.
Cuando se tiene sed, para saciarla, es preciso dejar los
libros que explican ese fenómeno, y beber. La
curiosidad de saber sólo es capaz de aumentar la sed
de conocer. Del mismo modo, cuando se está sediento
de santidad, la mera curiosidad de saber sólo
consigue alejarla. Hay que dejarse de especulaciones
interminables, y beber sencillamente todo cuanto el orden de
Dios nos presenta para hacer o sufrir. Eso que nos va
sucediendo en cada momento por la providencia de Dios es
para nosotros lo más santo, lo mejor y más
divino.
La ciencia del momento
presente
Toda nuestra ciencia consiste en conocer esta
disposición divina del momento presente. Por ejemplo,
cualquier lectura que no se haga por voluntad de Dios,
ciertamente será dañosa. El orden y la
voluntad de Dios es la gracia, que obra en el fondo de
nuestros corazones al leer, lo mismo que durante todas las
otras cosas que vamos haciendo, y no por sí mismas
las ideas, especies o lecturas, pues si éstas no son
portadoras de la virtud vivificante de la disposición
ordenada por Dios, solamente son letra muerta, que
vacía el corazón, al mismo tiempo que hincha
el espíritu [1Cor 8,1].
Por el contrario, cuando esta voluntad divina fluye en el
alma de una sencilla muchacha ignorante, a través de
sufrimientos y acciones muy concretos, en la turbulencia de
la vida diaria, obra en el fondo de su corazón ese
fin misterioso del ser sobrenatural, sin que su
espíritu reciba ninguna idea natural. En cambio, el
hombre soberbio, que estudia los libros espirituales por
vana curiosidad, y no por impulso de la voluntad de Dios, no
recibe más que letra muerta en su espíritu, y
éste se deseca y endurece cada vez más.
Voluntad divina
siempre benéfica
La ordenación de Dios y su voluntad divina es la
vida del alma, cualquiera que sea la apariencia en que se le
aplique o sea recibida. Cualquier modo de unión de
esa voluntad divina con el espíritu alimenta al alma
y la hace crecer siempre hacia lo mejor. No es esto ni
aquello lo que produce tan felices efectos, es siempre la
ordenación de Dios en el momento presente. Aquello
que era mejor en el pasado, ya no lo es, porque ya
está destituido de la voluntad divina, que se
manifiesta ahora bajo otras apariencias para mostrar el
deber del momento presente. Y es este deber, cualquiera que
sea su apariencia, lo que en el presente viene a ser
más santificante para el alma.
Cuando la divina voluntad ofrece la lectura como un deber
presente, la lectura produce en el corazón frutos
misteriosos. Si manda dejarla para entregarse actualmente a
contemplar, esta contemplación forma en el fondo del
corazón el hombre nuevo, y la lectura entonces
sería no sólo inútil, sino perjudicial.
Si esta misma divina voluntad manda dejar la
contemplación para atender en confesión a unos
penitentes, y esto va a llevar un tiempo considerable, este
deber da forma a Jesucristo en el fondo del corazón,
y toda la dulzura de la contemplación no
serviría más que para destruirla.
La ordenación de Dios es la plenitud de todos
nuestros momentos, y fluye bajo mil apariencias diferentes,
que forman sucesivamente nuestro deber presente,
configurando, acrecentando y consumando en nosotros el
hombre nuevo, hasta llegar a la plenitud que la
Sabiduría divina nos destina.
Hace crecer en Cristo
día a día
Y este misterioso crecimiento «en la edad de
Jesucristo» [Ef 4,15] es el fin producido
por la ordenación de Dios, es el fruto de su gracia y
de su voluntad. Este fruto se produce, crece y se alimenta
por el cumplimiento de aquellos deberes sucesivos, que la
voluntad del mismo Dios nos presenta, de tal modo que
cumpliéndolos en esta santa voluntad es siempre lo
mejor. Así pues, no hay más que dejar obrar a
la voluntad divina, abandonándose ciegamente en una
confianza perfecta. Ella es infinitamente sabia,
infinitamente potente, infinitamente benéfica para
aquellas almas que esperan totalmente en ella sin reservas,
que no aman ni buscan sino a ella sola, y que creen con una
fe y una confianza inquebrantables que lo que ella hace en
cada momento es lo mejor, sin buscar en otra parte
más o menos, sin andar evaluando los diversos
aspectos materiales de la ordenación divina, en lo
que solamente habría una pura búsqueda del
amor propio.
Lo verdaderamente esencial y real, la virtud de todas las
cosas, lo que las arregla y hace favorables para el alma, es
la voluntad de Dios, sin la cual todo es vacío, nada
y mentira, vanidad, letra, corteza y muerte. La voluntad de
Dios es, en cambio, salvación, salud, vida del cuerpo
y del alma, cualquiera que sea la experiencia bajo la cual
se les aplique. Que el espíritu tenga las ideas que
prefiera, que el cuerpo sienta lo que pueda, sufra el
espíritu distracciones y turbaciones, padezca el
cuerpo una enfermedad mortal, sin embargo, esta divina
voluntad es siempre, en el momento presente, la vida del
cuerpo y del alma, porque, después de todo, uno y
otra, en cualquier estado en que se encuentren, están
siempre sostenidos por ella.
Todo es nada sin la
voluntad de Dios
Sin la voluntad de Dios, el pan es veneno, y con ella,
remedio saludable. Sin ella, los libros ciegan, y con ella
el atolladero más oscuro viene a hacerse una luz.
Ella es todo lo bueno y lo verdadero de todas las cosas. En
todas ella se da como Dios, y Dios es el ser universal. Por
eso no se debe andar mirando las relaciones que tienen las
cosas respecto al espíritu o al cuerpo, para juzgar
de su virtud, pues en este sentido todo es indiferente. Es
la voluntad de Dios la que da a las cosas, las que sean,
eficacia para formar a Jesucristo en nuestros corazones. Y
en modo alguno hay que poner límites a esa
voluntad.
La acción divina no quiere encontrar
obstáculo alguno en la criatura. Todo le es
igualmente útil o inútil. Todo es nada sin
ella, y la nada es todo con ella. La contemplación,
la meditación, las oraciones vocales, el silencio
interior, los actos de las potencias sensibles, distintos u
obscuros, el retiro o la acción, serán lo que
fueren en sí mismos, pero lo mejor de todo eso para
el alma es todo lo que Dios quiere en el momento presente.
Por eso el alma debe mirar todas esas alternativas con una
perfecta indiferencia, viendo que en sí mismas no son
nada.
Indiferencia
espiritual
El alma que no ve las cosas sino en Dios, las toma o las
deja según su beneplácito, y así vive,
se alimenta y espera solamente de su voluntad, y no de las
cosas, que no tienen fuerza ni virtud sino por Él. Y
así, ante cualquier situación y en todo
momento, debe decir como San Pablo: «Señor
¿qué quieres que haga?» [Hch
22,10]. No esto o lo otro, sino lo que tú
quieras. El espíritu quiere esto, el cuerpo desea
aquello, pero yo, Señor, sólo quiero tu santa
voluntad. La contemplación o la acción, la
oración vocal o mental, activa o silenciosa, de fe o
de luz, con formas claras o en gracia general, todo,
Señor, por sí mismo es nada, porque tu
voluntad es lo único real y la única fuerza de
todo eso. Ella sola es el centro de mi devoción, y no
las cosas, por sublimes y elevadas que sean, pues el fin de
la gracia no es la perfección de la mente, sino la
del corazón.
Templos de la
Trinidad
La presencia de Dios, que santifica nuestras almas, es
esta morada de la Santísima Trinidad, que toma
posesión de nuestros corazones, cuando éstos
se someten a la voluntad divina. Porque la presencia de Dios
que se realiza por el acto de la contemplación no
obra en nosotros esta íntima unión sino como
todas las otras cosas que se viven según la
ordenación de Dios. Entre todas ellas, la
contemplación tendrá siempre el primer lugar,
porque es el medio más excelente para unirse a Dios;
pero siempre y cuando su voluntad ordene que se
ejercite.
Gozamos de Dios y lo poseemos por la unión con su
voluntad, y buscar ese divino gozo por otros medios
sería una ilusión. La voluntad de Dios es el
medio universal. El medio no es ni esta manera ni esta otra,
pues Él tiene la virtud de santificar todas las
maneras y todos los modos particulares. Esta divina voluntad
se une a nuestras almas de mil modos diferentes, y
aquél que nos apropia es siempre el mejor para
nosotros. Todos los modos deben ser estimados y amado,
porque todos pueden ser ordenación de Dios, que se
acomoda a cada alma para obrar en ella la unión
divina, eligiendo para aquella el modo propio. Y el alma
debe contentarse con esta elección, sin elegir nada
distinto por sí misma, prefiriendo seguir esta
voluntad adorable, hasta el punto de amarla y estimarla
igual que aquellos otros modos destinados a otras.
Por ejemplo, si la voluntad divina me manda oraciones
vocales, sentimientos afectivos, luces sobre los misterios,
yo debo amar también el silencio y la desnudez que la
vida de fe opera en otros; pero, en cuanto a mí, me
entregaré a practicar este deber presente, y por
él me uniré a Dios.
Quietistas
De ningún modo se me ocurrirá reducir toda
la religión, como hacen los quietistas, a la
aniquilación de actos distintos, menospreciando todos
los demás medios, porque lo que perfecciona es la
ordenación de Dios, y Él es quien hace bueno
para el alma todo medio al cual la aplica. No, yo no
pondré límites, ni maneras, ni condiciones a
la voluntad de Dios, sino que me empeñaré en
recibirla bajo todas las formas por las que se me quiera
comunicar, y estimaré también todas las otras
por las que Él quiera unirse a los demás.
Dios da un camino a
cada alma
Según esto, todas las almas sencillas no tienen
sino un solo camino general, que se diferencia y
particulariza en todo para formar la variedad de los
vestidos místicos. Y todas las almas sencillas se
aprueban y estiman mutuamente, diciéndose entre
ellas: «Vamos adelante, cada una por su camino, con la
misma meta, unidas en un mismo empeño y en una misma
ordenación de Dios, diversificada en cada una de
nosotras».
Así es como hay que leer la vida de los santos y
los libros espirituales, sin hacer nunca cambios que nos
lleven a dejar nuestro camino. Por eso mismo, es
absolutamente necesario hacer lecturas y mantener
conversaciones sólo según la voluntad de Dios,
pues cuando esta voluntad hace de todo eso un deber
presente, el alma, muy lejos de hacer cambios falsos, se ve
confirmada en su propio camino por esas mismas cosas tan
diferentes que ve en su lectura. Pero si la voluntad de Dios
no nos propone la lectura ni la consulta espiritual como un
deber presente, de todo ello saldrá siempre
perturbación, y vendrá a darse en una
confusión de ideas y en una variación
continua, pues sin la ordenación de Dios, en nada
puede haber orden.
El pan vivo del
momento presente
¿Hasta cuándo andaremos llenando la capacidad
de nuestra alma de las penas e inquietudes particulares
acerca de nuestros momentos presentes? ¿Cuándo
conseguiremos que en nosotros «Dios sea todo en
todas las cosas» [1Cor 15,28]? Dejemos que
esto y aquello nos muestren lo que de verdad son, y
nosotros, más allá de todo eso, vivamos muy
puramente de Dios mismo.
Por esto es por lo que Dios permite tantas destrucciones
y aniquilamientos, tantas muertes, obscuridades, confusiones
y miserias en todo lo que sucede a ciertas almas. Todo lo
que sufren y hacen se muestra muy pequeño y
despreciable a sus propios ojos y a los de los demás.
En todos los instantes de su vida no hay nada que brille,
todo es común. Dentro, turbación; fuera,
contradicción y planes fracasados. Un cuerpo
débil y sujeto a mil necesidades, cuyas sensaciones
son todo lo contrario de la admirable pobreza y austeridad
de los santos. No se ven limosnas excesivas, ni un celo
ardiente y expansivo, y el alma, en cuanto a los sentidos y
al espíritu, está siendo alimentada por un pan
completamente repugnante, que no corresponde en absoluto a
su gusto; ella aspira a otras cosas muy distintas, pero
todos los caminos que conducen a esa santidad tan deseada se
le muestran cerrados.
Es necesario vivir de esta pan de angustia, de este pan
de ceniza, con una congoja interior y exterior continua. Es
necesario aceptar una modalidad de santidad que sin cesar
contraría de una manera cruel e irremediable. La
voluntad sufre hambre, pero no halla medio de saciarlo.
¿Para qué todo esto? Todo esto es para que el
alma sea mortificada en todo aquello que en ella hay de
más espiritual e íntimo, de modo que, no
encontrando gusto ni satisfacción en nada de lo que
le sucede, ponga todo su gusto en Dios, que la lleva
expresamente por esta vía, para que sólo
Él mismo pueda agradarle.
Dejemos, pues, la corteza de nuestra penosa vida, ya que
no sirve más que para humillarnos ante nuestros ojos
y ante los demás. O mejor, ocultémonos bajo
esa corteza y gocemos de Dios, el único que es todo
nuestro bien. Sirvámonos de esta enfermedad, de estas
limitaciones y preocupaciones, de estas necesidades de
alimentos, vestidos o muebles, de estas desgracias, de ese
desprecio de algunos, de esos temores e incertidumbres, de
todas esas turbaciones, para encontrar todo nuestro bien en
el gozo de Dios que, a través de todas esas cosas, se
nos da totalmente como nuestro único bien.
Pobre apariencia de la
presencia divina
Dios muchas veces quiere estar entre nosotros pobremente,
sin el acompañamiento de esos signos de la santidad
que hacen admirables a los santos. Lo que sucede es que Dios
solo quiere ser el único objeto de nuestro
corazón, y desea ser Él solo quien nos agrade.
Sabe muy bien que somos muy débiles, y que si nos
concediera el esplendor de la austeridad y del celo
apostólico, de la limosna y de la pobreza,
pondríamos en ello parte de nuestro gozo. Pero es el
caso que en nuestro camino no hay nada que no nos sea
desagradable, y precisamente por este medio es Dios toda
nuestra santificación y nuestro apoyo. Y lo
único que puede hacer el mundo es despreciarnos y
dejarnos gozar en paz de nuestro tesoro.
Dios quiere ser el principio de todo lo que hay en
nosotros de santo, y por eso todo lo que depende de nosotros
y de nuestra fidelidad activa es tan pequeño y,
aparentemente, opuesto a la santidad. Sólo por
vía pasiva puede haber algo verdaderamente grande en
nosotros. Así que, no nos preocupemos más.
Dejemos a Dios el cuidado de nuestra santidad; Él
conoce bien los medios. Todos ellos dependen de una
solicitud y de una operación singular de su
Providencia. Todos ellos operan en nosotros ordinariamente
sin que lo sepamos, a través de aquello que
más tememos, y por donde menos esperamos.
Contentos con el pan
que Dios nos da
Caminemos en paz en los pequeños deberes de
nuestra fidelidad activa, sin aspirar a grandes cosas, pues
Dios no quiere dársenos por medio de nuestras
preocupaciones. Nosotros vamos a ser los santos de Dios, de
su gracia y de su providencia especial. Como Él sabe
bien el rango que quiere concedernos, dejémosle
hacer. Y sin formarnos falsas ideas y vanos procedimientos
de santificación, contentémonos con amarle sin
cesar, caminando con simplicidad por el sendero que El nos
ha trazado, y en el que todo es tan pequeño a
nuestros ojos y a los del mundo.