Capítulo
VIII
Hay que sacrificarse a Dios por amor
al deber. Fidelidad para cumplirlo y parte del alma en la obra de la
santificaci�n. Dios hace todo el resto �l solo.
Ofrenda sacrificial
continua
«Ofreced sacrificios legítimos, y confiad
en el Señor» [Sal 4,6]. En efecto,
el grande y sólido fundamento de la vida espiritual
es darse a Dios, y estar siempre sujeto en todo a su
voluntad, en lo interior y exterior, olvidándose de
sí mismo, como de una cosa vendida y entregada, sobre
la cual no se tiene ya derecho alguno. Todo, pues, ha de ser
para agradar a Dios, de modo que Él sea toda nuestra
alegría, y que su felicidad y su gloria, su ser,
venga a ser nuestro único bien.
Apoyada sobre este fundamento, el alma ha de centrar toda
su vida en alegrarse de que Dios sea Dios, dejando su propio
ser de tal modo entregado a su voluntad que esté
igualmente contenta con hacer esto, aquello o lo contrario,
según disponga el beneplácito divino, sin
andar cavilando sobre lo que su voluntad santísima
ordena.
Voluntad divina
obligante y voluntad divina operante
La voluntad de Dios dispone de nuestro ser de dos
maneras: o le obliga a hacer ciertas cosas, o simplemente
obra en él. El primer modo exige de nosotros el fiel
cumplimiento de esa voluntad manifestada o inspirada; el
segundo, una simple y pasiva sumisión a las mociones
de esa voluntad de Dios. Pues bien, el abandono comprende
todo eso, pues no es sino la perfecta sumisión a las
disposiciones de Dios según la condición del
momento presente. Y poco le importa al alma saber de
cuál de los modos está obligada a abandonarse
o cuáles son las cualidades del momento presente; lo
único que le importa es estar abandonada sin
reservas.
El abandono es
fidelidad a toda clase de voluntad divina
El abandono comprende en el corazón todas las
maneras posibles de fidelidad, porque estando el propio ser
entregado a la voluntad de Dios, y hecha esta cesión
de sí mismo por puro amor, afecta a todas las
operaciones posibles de ese beneplácito divino.
Así el alma en cada instante se ejercita en un
infinito abandono, pues todas las condiciones y maneras
posibles están comprendidas en su virtud.
Según esto, no es en absoluto asunto del alma
determinar concretamente el objeto de la sumisión que
debe a Dios, sino que su única ocupación ha de
ser simplemente estar sumisa en todo y presta a todo. Eso es
lo esencial del abandono, eso es lo que Dios exige del alma,
ésa es la donación libre del corazón
que Él solicita: la abnegación, la obediencia,
el amor. El resto es asunto de Dios.
Y sea que el alma actúe atentamente para cumplir
el deber al que su estado y compromisos le obligan, sea que
ella siga dulcemente una moción inspirada, o sea que
ella se someta pacíficamente al impulso de la gracia
en cuerpo y alma, en todo esto afirma en el fondo de su
corazón un mismo acto universal y general de
abandono, que en modo alguno está limitado por el
término y efecto especial que se ve al momento, sino
que, en realidad, tiene todo el mérito y la eficacia
que la buena voluntad sincera siempre tiene cuando el efecto
no depende de ella en absoluto; lo que ella ha querido hacer
Dios lo tiene por hecho.
Si el deseo de Dios pone límites al ejercicio de
las facultades particulares, no se los pone a la voluntad.
El deseo de Dios, el ser y la esencia de Dios, son el objeto
de la voluntad y, a través del amor, Dios se une a
ella sin límite alguno, sin forma ni medida. Y si
este amor no se realiza en las facultades particulares
más que en un objeto u otro bien concreto, es
precisamente porque la voluntad de Dios tiene en ellas su
propia perfección, y se reduce, por así decir,
se hace más pequeña en la cualidad del momento
presente, y de esta forma pasa a las facultades y de
éstas al corazón, porque éste es puro,
sin límites y sin reserva, y se comunica a él
a causa de su infinita capacidad, obrada por la pureza del
amor que, habiendo hecho el vacío de todas las cosas,
le hace capaz de Dios.
Santo
desasimiento
Oh santo desasimiento, tú abres lugar a Dios. Oh
pureza, disposición a todo, sumisión sin
reserva, tú atraes a Dios al fondo del
corazón. Sea lo que fuere de todo lo demás,
tú, Señor, eres todo mi bien. Haz todo lo que
quieras de este pequeño ser. Que actúe, que
tenga inspiraciones, que reciba más o menos tus
mociones, todo es lo mismo, y todo es tuyo, de ti y para ti.
Yo no quiero por mí mismo ver o hacer nada, pues
todos los instantes de mi vida son tuyos, y ninguno
está bajo mi disposición. Todo es tuyo, y yo
no debo añadir nada, ni disminuirlo, ni buscar, ni
reflexionar. La ordenación de todo es tuya. A ti
corresponde ordenarlo todo: la santidad, la
perfección, la salud, la dirección, la
mortificación. Todo es asunto tuyo, y el mío
no es otro, Señor, que estar contento de ti, sin
apropiarme acción ni pasión alguna,
dejándolo todo a tu libre voluntad.
Amor puro es puro don
de Dios
La doctrina del amor puro no se adquiere más que
por la gracia Dios, y no por el propio esfuerzo. Dios
instruye el corazón no por medio de ideas, sino por
penas y reveses. Esta ciencia es un conocimiento
práctico por el que se gusta de Dios como
único bien. Para adquirir esta ciencia es preciso
estar desasido de todos los bienes particulares; y para
llegar a ello, hace falta verse privado de ellos. Y
así, no es sino por medio de contrariedades continuas
y de una larga serie de mortificaciones de todas clases,
respecto a inclinaciones y afecciones concretas, por lo que
llega a vivirse en el puro amor.
Amor puro es total
indiferencia
Hay que llegar, pues, a un punto en que, para uno, todo
lo creado no sea ya nada, y Dios lo sea todo. Y por eso es
necesario que Dios se oponga a todas las afecciones
particulares del alma, de manera que, desde el momento en
que ella se adhiere a alguna forma especial, a una cierta
idea de espiritualidad, a algún medio de
perfección o devoción, a unos planes, a tales
vías o caminos que den acceso a ciertas metas, a
algunas personas que presten su ayuda, o en fin, a cualquier
criatura que sea, Dios confunde nuestros planes y permite
que en vez de conseguir nuestros proyectos, no encontremos
en todo eso sino confusión y turbación,
vacío y desatino.
Apenas el alma se ha dicho: «Por ahí es por
donde hay que ir, con esta persona es con quien tengo que
hablar, así es como hay que actuar», en seguida
Dios dice todo lo contrario y retira su virtud de esos
medios decididos por el alma. Y así, no encontrando
en todo sino pura criatura y, consiguientemente, pura nada,
el alma se ve obligada a recurrir al mismo Dios y a
contentarse con Él.
Vacío de
sí, abnegación perfecta
Un alma para quien el bien y la felicidad de Dios son los
suyos, no se inclina ya por amor, ni por confianza en las
cosas creadas, y las admite solamente por deber, es decir,
por voluntad de Dios, y por la concreta determinación
de su voluntad. Ella, por encima de la abundancia y por
debajo de la privación, vive en la plenitud de Dios,
que es su bien permanente.
Dios encuentra, pues, esta alma completamente
vacía de inclinaciones propias, de movimientos
propios, de elecciones propias. Es como un sujeto muerto,
abandonado a una indiferencia universal. La plenitud del ser
divino, manifestándose así en el fondo del
corazón, tiende sobre la superficie de todos los
seres creados un velo de nada, que elimina todas sus
distinciones y variedades. Así la criatura, en el
fondo de su corazón, queda sin virtud ni eficacia, y
el corazón se ve sin tendencias e inclinaciones hacia
las criaturas, pues la majestad de Dios llena toda su
capacidad.
El corazón que vive de Dios de esta manera queda
muerto a todo el resto, y todo lo demás queda muerto
para él. Corresponde a Dios, que da la vida a todas
las cosas, vivificar el alma en relación a las
criaturas, y a éstas en referencia al alma. La
voluntad de Dios es esta vida. El corazón, movido por
esta voluntad divina, es llevado hacia las criaturas y, por
esta misma voluntad, las criaturas son llevadas hacia el
alma, para que puedan ser acogidas por ella.
Sin esta virtud divina de la libre disposición de
Dios, lo creado no es recibido por el alma, y el alma no se
dirige a ello. Esta reducción de todo lo creado,
primero a la nada y seguidamente al punto de la
ordenación de Dios, hace que en cada instante Dios
sea para el alma Dios mismo y todas las cosas. Pues cada
momento es, en el fondo del alma, un contentamiento de Dios
solo y un abandono sin límites a todo lo creado
posible, o mejor, a todo lo creado o creable por la voluntad
de Dios. Y así cada momento lo contiene todo.
Vía simple y
universal
La práctica de una teología tan admirable
consiste en una cosa tan simple, tan fácil, tan
presente, que no hay más que quererla para tenerla.
Este desasimiento, este amor tan puro y universal, es
actividad y es pasividad; consiste, pues, en aquello que el
alma debe hacer con la gracia y en aquello que la gracia
debe obrar en ella, sin exigir otra cosa que abandono y
consentimiento pasivo, es decir, todo aquello que Dios
quiere hacer por sí mismo -eso que la teología
mística explica mediante una infinidad de
concepciones sutiles, que con frecuencia más vale
ignorar, pues para vivirlo sólo se necesita el puro
olvido y el abandono.
Al alma le basta con saber lo que debe hacer, que es lo
más sencillo del mundo: amar a Dios como a su gran y
único todo, estar contenta de cómo es
Él, y aplicarse a sus obligados deberes con solicitud
y prudencia. Un alma sencilla, por este único
ejercicio, por este camino tan recto, tan luminoso y cierto,
adelanta con pasos seguros y con toda confianza. Y todas las
maravillas explicadas por la teología mística,
cruces y favores interiores, son obradas en ella por la
voluntad de Dios sin que ella lo sepa, pues no se ocupa de
otra cosa que de amar y obedecer.
Pasividad fielmente
activa
Dios mismo, «Él solo hizo grandes
maravillas» [Sal 135,4], Él solo es
el que hizo todo esto y lo hizo por tales medios que, cuanto
más se abandona el alma, se distancia y separa de
todo lo que pasa en ella, más y mejor perfecciona
Él su obra. Por el contrario, las reflexiones,
búsquedas e industrias del alma, no valdrían
ya sino para oponerse a la manera de obrar de Dios, en la
que está todo su bien, porque Él la santifica,
la purifica, la dirige, la ilumina, la eleva, la dilata, la
hace útil a los demás, y la vuelve
apostólica, por medios y maneras en los que la
reflexión no alcanza sino a ver lo contrario.
Todo, cada momento presente, parece contribuir a sacar el
alma de su camino de amor y de sencilla obediencia. Es
necesario, pues, tener un abandono y un coraje heroico para
mantenerse estable en la simple fidelidad activa, haciendo
el alma su parte con seguridad, mientras que la gracia hace
la suya con un aire y estilo que hace creer al alma que
estuviera engañada y perdida.
La Pasión del
Señor
Esto es, al menos, lo que llega a los oídos del
alma, y si tiene el valor de no inmutarse por el ronco
gruñido de truenos y relámpagos, tempestades y
rayos, y marcha con paso firme por el sendero del amor y de
la obediencia al deber y a la gracia presente, puede decirse
que el alma se hace semejante a Jesús, y que
está participando del estado de su Pasión,
durante la cual este divino Salvador camina serenamente en
el amor de su Padre y en la sumisión a su voluntad,
dejándose hacer aquello que en apariencia parece lo
más contrario a la dignidad de un alma tan santa como
la suya.
Los Corazones de Jesús y de María afrontan
el rugido de esta noche tan obscura, y dejan que el
huracán les envuelva en su torbellino. Un diluvio de
calamidades, todas ellas aparentemente opuestas a los
designios de Dios y a su voluntad, hunden en el abismo las
almas de Jesús y de María, y, sin embargo,
sacando ánimos de la flaqueza, siguen caminando sin
venirse abajo por el camino del amor y de la obediencia.
Fijan sus ojos solamente en aquello que deben cumplir y,
dejándole hacer a Dios, que les está mirando,
sienten sobre sí todo el peso de esta acción
divina. Gimen bajo este peso, pero ni vacilan con dudas, ni
se detienen un solo instante. Tienen fe en que todo
irá bien, con tal de que el corazón deje obrar
a Dios y permanezca en su camino.
Cara fea y cara bella
del tapiz
Cuando el alma va bien, todo va bien, porque aquella
parte que corresponde a Dios, es decir, su acción,
es, por así decirlo, el centro y la consecuencia de
la fidelidad del alma: ella impulsa al alma, y el alma se
apoya en ella. Ésta viene a ser como la cara de un
tapiz magnífico, que va siendo tejido punto por punto
por el revés. El obrero no alcanza a ver más
que cada punto y su aguja, y todos estos puntos, dados
sucesivamente, van trazando figuras bellísimas, que
no van manifestándose hasta que, una vez acabada la
obra, se expone a la luz de cara. Pero mientras dura el
tiempo del trabajo toda esa maravilla permanecía
oculta.
Lo mismo sucede en un alma que se abandona a Dios.
Solamente alcanza a ver la voluntad divina y su propio
deber. Y el cumplimiento de este deber viene a ser en cada
momento un punto imperceptible que se añade a la
obra. Y sin embargo, mediante estos puntos, Dios va obrando
sus maravillas, de las que alguna vez hay indicios visibles
ya en el tiempo, pero que no podrán ser conocidas del
todo hasta el día grande de la eternidad.
Fieles a los
mandamientos, dóciles a la ordenación
providente
¡Qué llena de bondad y de sabiduría
está la acción de Dios! De tal modo ha
reservado Él a su sola gracia y acción todo lo
más sublime y elevado, lo más grande y
admirable, en el camino de la perfección y santidad,
y de tal modo ha dejado a las almas, ayudadas por el auxilio
de su gracia, lo que es pequeño, claro y
fácil, que no hay nadie en el mundo a quien no sea
dada la posibilidad de llegar a la perfección
más eminente. Todo lo que pertenece al estado de la
vida, a los deberes, a las condiciones corporales, todo
está al alcance del cristiano. Y en todo eso, dejando
a un lado el pecado, es en lo que Dios quiere que el hombre
empeñe su fidelidad activa. Él no espera de
nosotros más que vernos cumplir su voluntad
significada por el deber, según nuestras fuerzas
corporales y espirituales, y permanecer celosos en nuestras
otras obligaciones, en la medida en que nos sea posible.
¿Puede haber algo más fácil y
razonable? Ése es todo el trabajo que Dios exige al
alma en la obra de su santificación. Y eso sí,
lo exige a grandes y pequeños, sanos y enfermos, es
decir, a todos, en todo tiempo y en todo lugar. Es cierto
que Él sólo pide de nuestra parte algo
asequible y fácil, ya que basta con mantener esa
actitud sencilla para llegar a una gran santidad.
Deberes generales y
deberes particulares
¿Y cuál es, pues, ese deber que constituye
por nuestra parte toda la esencia de la santidad? Se da de
dos modos. Hay, en primer lugar, un deber general, que Dios
impone a todos los hombres. Y en segundo lugar, unos deberes
particulares, que prescribe a cada uno, y por los que
vincula a cada hombre a estados concretos. Así es,
por consiguiente, como Dios nos manda cumplir los
mandamientos que nos obligan a su amor, y así es como
nos invita a seguir sus consejos, en la medida en que su
realización se hace posible por las mociones de la
gracia. Por tanto, lo que Él pide de cada uno nunca
va más allá de las fuerzas que ha recibido, y
esto manifiesta su equidad.
Escuchadme vosotros, que aspiráis a la
perfección, y que desfallecéis a la vista de
lo que hicieron los santos y de lo que os prescriben los
libros de espiritualidad; vosotros, que estáis
abrumados por las tremendas ideas que os habéis
forjado sobre la perfección. Conoced esto que
parecéis ignorar. Dios quiere que yo escriba todo
esto para vuestra confortación.
Camino fácil
hacia la santidad
Nuestro Dios bondadoso ha puesto a nuestro alcance todas
las cosas necesarias y comunes del orden natural, como el
aire, el agua, la tierra. No hay nada más necesario
que respirar, dormir, comer, y al mismo tiempo, nada
más fácil que eso. Pues bien, en el orden
sobrenatural el amor y la fidelidad son igualmente
necesarios, y no es posible que nos sean tan
difíciles como a veces nos lo presentan. Y Dios
quiere contentarse en todas estas cosas, incluidas las
más pequeñas, con la parte que el alma debe
poner en la obra de su perfeccionamiento. Él mismo lo
explica claramente, eliminando toda duda: «Venera a
Dios y cumple sus mandatos, y eso es todo el
hombre» [Qoh 12,13].
Es decir, eso es todo lo que el hombre debe hacer de su
parte, y en eso consiste su fidelidad activa. Que él
cumpla su parte y Dios hará el resto. La gracia
reserva para sí sola las maravillas que sabe obrar, y
que van más allá de toda inteligencia humana,
pues «ni oído oyó, ni el ojo vio, ni
el corazón del hombre llegó»
[1Cor 2,9] a captar lo que Dios ha concebido en
su mente, ha decidido en su voluntad y ha ejecutado por su
potencia en las almas que se le abandonan con sencillez.
Lienzo o piedra que se
abandonan al artista
Ese lienzo tan armonioso, esa capa tan bien aplicada,
esos rasgos tan bellos, tan bien acabados, estas figuras
admirables, sólo las manos de la Sabiduría
divina saben hacerlo, partiendo de la sencilla tela de amor
y obediencia que el alma tiende sin reflexionar, sin buscar,
sin andar cavilando por saber lo que Dios hace, pues se
fía de Él, se le abandona, y concentrada en su
deber, no piensa ni en sí misma, ni en lo que
necesita, ni en los medios para procurárselo.
Cuanto más se aplica el alma a sus pequeños
trabajos, tan sencillos y ocultos, tan inadvertidos y
menospreciables al exterior, más la llena Dios de
cualidades diversas, la embellece, la enriquece con los
bordados y colores que va mezclando: «El
Señor hizo milagros en mi favor» [Sal
4,4].
Un lienzo abandonado simplemente a ciegas a la
acción de un pincel no siente en cada momento sino la
simple aplicación del pincel. Y una piedra inerte en
cada golpe de cincel que recibe no puede sentir otra cosa
que una punta cruel que la destruye. Esta piedra, al recibir
tantos golpes, en modo alguno capta la figura que el obrero
va realizando en ella. No siente más que un cincel
que la disminuye, la raspa, la corta, la desfigura. Y esta
pobre piedra, por ejemplo, en la que se va configurando un
crucifijo o una estatua, y que lo ignora, si se le
preguntara: «¿pero qué te está
pasando?», respondería: «no me lo preguntes
a mí, pues lo único que yo sé y hago es
aguantar firme bajo la mano de mi artista, amarle y sufrir
su acción para la obra a que me ha destinado.
Él es el que sabe cómo ejecutarla. Yo no tengo
ni idea de lo que hace y de cómo me voy transformando
bajo su operación. Lo único que sé es
que lo que él hace es lo mejor y lo más
perfecto, y por eso recibo cada golpe de cincel como lo
más excelente para mí, aunque, si te he de
decir la verdad, no puedo menos de sentir cada golpe como
una ruina, una destrucción, una desfiguración.
Pero dejo a un lado este sentimiento y, contenta del momento
presente, no pienso sino en lo que es mi deber, y recibo la
operación de este hábil artista sin entenderla
y sin cavilar sobre ella».
Dejémosle hacer
a Dios
Sí, queridas almas, almas sencillas, dejad a Dios
lo que le corresponde y, con paz y dulzura, id hilando
vuestro copo. Estad convencidas de que lo que os pasa tanto
interior como exteriormente, es lo mejor. Dejadle hacer a
Dios y estadle abandonadas. Permitid que la punta del cincel
y de la aguja actúen. No sintáis en todas
estas vicisitudes tan grandes una simple aplicación
de colores, que parecen emborronar vuestra tela. Y a todas
esas operaciones no reaccionéis sino con la manera
totalmente uniforme y simple de un completo abandono, con el
olvido propio y con el cumplimiento de vuestro deber.
Seguid, pues, vuestra marcha y, sin saber el mapa del
país, los alrededores, los nombres, las
circunstancias, los lugares, seguid a ciegas vuestro camino
y todo lo preciso se os dará pasivamente. Buscad
únicamente el reino de Dios y su justicia por el amor
y la obediencia, y todo se os dará por
añadidura [Mt 6,33].
Cuántas veces se ven personas que se preguntan con
inquietud: «¿quién nos dará la
santidad y la perfección, la mortificación, la
dirección?». Dejadles decir, dejad que busquen
en los libros los términos y condiciones de esta
maravillosa obra, su naturaleza y sus fases. Pero vosotros
permaneced en paz unidos a Dios por vuestro amor, y caminad
a ciegas por el camino cierto y derecho de vuestras
obligaciones.
Los ángeles, en esta noche, están a vuestro
lado, y sus manos os rodean como una barrera. Si Dios quiere
de vosotros algo más, su inspiración ya os lo
hará conocer. La voluntad de Dios da a todas las
cosas un orden sobrenatural y divino. Todo lo que toca y
abarca, y todos los objetos sobre los que se extiende,
llegan a santidad y perfección, porque su virtud no
tiene límites.
Siempre fieles a los
deberes propios
Para divinizar así todas las cosas y no desviarse
ni torcerse, es necesario siempre discernir si la
inspiración recibida de Dios, la que como tal
entiende el alma, no le separa en absoluto de sus deberes de
estado; en cuyo caso, la ordenación de Dios debe ser
preferida, sin que haya nada que temer, excluir o
distinguir. Es para el alma el momento precioso, el
más santificante para ella, y puede estar segura de
que así cumple la voluntad de Dios.
Cada santo es santo por el cumplimiento de estos mismos
deberes a que Dios la aplica. En modo alguno hay que medir
la santidad por las cosas mismas, por su naturaleza y
cualidades propias, sino por el cumplimiento de esa voluntad
divina que santifica el alma y obra en ella
iluminándola, purificándola y
mortificándola. Toda la virtud de lo que llamamos
santo está, pues, en esta voluntad de Dios. Y
así nada se debe buscar, nada rechazar, sino tomarlo
todo de su parte y nada sin ella. Libros, sabios consejos,
oraciones vocales, afecciones interiores, vienen ordenados
por la voluntad de Dios, son todo cosas que iluminan,
dirigen, unifican.
Quietismo
insensato
Por eso el quietismo es insensato, al no querer
usar de todos esos medios y al desechar todo lo sensible,
pues hay sin duda almas a las que Dios quiere llevar por
esta vía, y tanto su estado como sus inclinaciones
interiores lo están indicando muy claramente. Es
insensato, igualmente, el quietismo cuando propone
modalidades de abandono en las que se rechaza toda actividad
propia y se pretende una completa quietud, pues si la
voluntad de Dios es que se procure uno por sí mismo
ciertas cosas, el verdadero abandono consiste en
hacerlas.
En vano, pues, dicen: «lo más perfecto es la
sumisión a la ordenación de Dios».
Sí, es cierto, pero esta ordenación para unos
se limita al cumplimiento de los deberes de su estado y a lo
que viene de la Providencia sin ninguna actividad. Esto es
lo más perfecto para éstos. Pero para otros,
además de lo que procede de la Providencia sin
actividad, esa ordenación divina señala
también no pocos deberes concretos, diversas acciones
que van más allá del propio estado. La gracia
y la inspiración indican entonces lo que dispone la
voluntad de Dios. Y lo más perfecto para estas almas
es añadir todas esas cosas inspiradas, pero con las
precauciones que la inspiración exige para no faltar
a los deberes de estado y a las obligaciones de pura
providencia.
No más santos
por hacer esto o lo otro
Figurarse que estas almas son más o menos
perfectas precisamente a causa de las diferentes cosas a las
que son movidas, es poner la perfección no en la
sumisión a la voluntad de Dios, sino en las cosas
mismas. Dios se configura en los santos a su gusto, y es su
voluntad la que los hace a todos, y todos se someten a su
ordenación. Esta sumisión es el verdadero
abandono, y en eso consiste lo más perfecto.
Cumplir los deberes de su estado y conformarse con las
disposiciones de la Providencia, es común a todos los
santos. Y es la vocación que Dios da a todos en
general. Algunos santos viven ocultos en la oscuridad,
porque el mundo es muy peligroso y ellos quieren evitar sus
escollos; pero no es en eso en donde radica su santidad.
Sencillamente, cuanto más se someten a la voluntad de
Dios, más se santifican.
Del mismo modo, no hay que creer que aquellos santos en
los que Dios hace resplandecer las virtudes por acciones
notables y extraordinarias, mediante gracias e inspiraciones
que se concilian con los deberes dispuestos por Dios,
caminen por eso menos por la vía del abandono. En
absoluto. No estarían abandonados a Dios y a su
voluntad, y todos sus momentos no serían voluntad de
Dios, si se contentaran con los deberes de su estado y de
las obligaciones de pura providencia. Ellos han de
extenderse y medirse según la amplitud de los
designios de Dios en esa vía que les es requerida por
la gracia, siendo para ellos la inspiración un deber
al que han de ser fieles. Y lo mismo que hay almas en las
que todo su deber está marcado por una ley exterior y
que deben mantenerse encerradas en ella, pues en ella les
guarda la voluntad de Dios, también hay otras que,
además de su deber exterior, han de ser fieles a esa
ley interior que el Espíritu Santo grava en su
corazón.
¿Y quiénes serán los más
santos? Pura y vana curiosidad sería tratar de
indagarlo. Cada uno debe seguir el camino que le ha sido
señalado [1Cor 7,17.20 y 24]. La santidad
consiste en someterse a la voluntad de Dios y a lo que de
más perfecto hay en esa voluntad, sin mirar a las
cosas en sí mismas, porque no es la cantidad o la
calidad de ellas lo que obra la santidad, sino el perfecto
cumplimiento de lo mandado. En efecto, por más que
nos afanemos para multiplicar nuestras buenas obras,
consiguiendo reunirlas en abundancia, siempre seremos muy
pobres, si su principio no es la voluntad de Dios, sino el
amor propio, o si por lo menos no rectificamos éste
en cuanto captamos sus pretensiones.
Jesús,
María y José
Para decirlo más claramente: hay santidad en la
medida en que amamos la voluntad de Dios, y cuanto
más amamos la ordenación y voluntad divina,
cualquiera que sea la naturaleza contenida en su
ordenación, tanto más santos seremos. Y esto
lo vemos claramente en Jesús, María y
José, pues en su vida particular hubo mucha
más grandeza y forma que materia, y nunca se ha dicho
que estas personas tan santas buscaran la santidad de las
cosas, sino únicamente la santidad en las cosas. Es,
pues, necesario concluir que no existen caminos particulares
o singulares que sean más perfectos, sino que lo
más perfecto en general es la sumisión a la
voluntad de Dios, cada uno según su estado y
condición.
Hay tres
deberes
Hay un primer deber, referente a lo necesario, que es
obligado cumplir. Un segundo deber es el del abandono y la
pura pasividad. Y hay un tercero que requiere un
corazón sencillo, dulce y suave, es decir, movilidad
del alma al soplo de la gracia, que le mueve a hacer todo, y
por la que ha de dejarse llevar, obedeciendo sencilla y
libremente sus mociones. Y para evitar engaños, nunca
deja Dios de dar a las almas sabios guías, con
discernimiento para señalar la libertad o la reserva
que convienen al seguir esas inspiraciones.
Pues bien, es el tercer deber el que propiamente excede
toda ley, toda forma y toda manera determinada. Es el que
hace que este designio sea tan extraordinario y singular, es
él quien regula sus oraciones vocales, sus palabras
interiores, el sentimiento de sus facultades y la
luminosidad de su vida, ciertas austeridades, este celo,
aquella prodigalidad total de sí mismo hacia el
prójimo. Y como todo esto pertenece a la ley interior
del Espíritu Santo, nadie se lo ha de imponer y
prescribir a sí mismo, ni desearlo, ni quejarse de no
tener estas gracias que nos permiten procurar esas virtudes
no comunes, ya que ellas, en una u otra circunstancia, deben
surgir sólo por la voluntad de Dios. Sin esto, como
hemos dicho, será preciso temer las ilusiones en que
nuestro espíritu podría caer.
Conviene dejar claro que Dios quiere mantener ciertas
almas ocultas, obscuras y pequeñas a sus ojos y a los
de los demás, y que muy lejos de mandarles cosas
espectaculares, las va llevando justamente a lo contrario. Y
si estas almas son muy cultas, se engañarían
si tomasen este camino: el suyo consiste en caminar
fielmente, y han de encontrar la paz en su
pequeñez.
Entre las dos vías no hay, pues, más
diferencia que la que pueda haber en el amor y la
sumisión que se tenga hacia la voluntad de Dios. Pues
si en esto un alma va más allá de lo que van
aquellas otras que parecen cumplir mayores trabajos
exteriores, ¿quién pondría en duda que la
santidad de aquélla fuera la más alta? Ya se
ve, por tanto, que cada alma debe contentarse con los
deberes de su estado y las obligaciones de pura providencia.
Está claro que eso es lo que exige Dios de todas las
almas.
No querer sino lo que
Dios quiera
Y por lo que se refiere a la gracia y moción viva
recibida en el alma, es preciso no quererla por uno mismo,
ni estimular el sentimiento interior. El esfuerzo natural es
algo directamente opuesto y aún contrario a esa
infusión gratuita y ésta debe darse en la paz.
Es la voz del Esposo la que ha de despertar a la esposa
[Cant 8,4], que no debe moverse sino en la medida en
que le impulsa el soplo del Espíritu Santo. Si ella
se mueve por sí misma, no conseguirá
absolutamente nada. Cuando ella no siente ninguna gracia que
le incline hacia esas maravillas que hacen admirables a los
santos, es preciso que ella misma se diga honradamente:
«Dios ha querido esas cosas en ciertos santos, pero no
lo quiere en mí».
Si se conociera este
camino...
Pienso yo que si las almas que aspiran a la
perfección conocieran bien y practicaran esta
doctrina, se evitarían muchos trabajos. Y lo mismo
digo de las personas del mundo. Si conociesen las primeras
el mérito escondido en sus deberes diarios y en las
actividades propias de su estado; y si las segundas
entendieran que la santidad consiste muy principalmente en
cosas pequeñas, de las que no hacen caso,
creyéndolas insignificantes al efecto -pues se han
hecho de la santidad unas ideas asombrosas que, por muy
buenas que sean, no hacen sino perjudicarles, pues la
limitan a lo brillante y maravilloso-; si todas, unas y
otras, comprendiesen que la santidad consiste en todas las
cruces providenciales de cada momento, las inherentes al
estado propio; y que todo eso que no tiene nada de
extraordinario puede conducir a la más alta
perfección, y que la piedra filosofal es la
obediencia a la voluntad de Dios, que transforma en oro
divino todas y cada una de sus ocupaciones...
¡qué felices serían! Cómo
entenderían que para ser santo no es necesario sino
hacer lo que hacen y sufrir lo que sufren. Cómo
verían que eso que ellas dejan perder y estiman en
nada bastaría para adquirir una santidad
eminente.
Misionero de la
voluntad divina
Dios mío, yo quiero con toda mi alma ser misionero
de tu santa voluntad y enseñarle a todo el mundo que
no hay cosa tan fácil, tan común y tan al
alcance de todos como la santidad. Cuánto
desearía yo poder convencer a todos de que así
como el buen ladrón y el malo [crucificados junto
a Jesús] no tenían que hacer o sufrir
cosas distintas para ser santos, del mismo modo dos almas,
una mundana y otra muy interior y espiritual no tienen que
hacer o sufrir una más que otra; que la que se
condena, se condena haciendo por capricho aquello mismo que
el otro que se salva hace por sumisión a la voluntad
divina; y que la que se pierde, se pierde sufriendo con
rebeldía y protesta aquello mismo que la otra sufre
con resignación. Es en el corazón donde
está la diferencia.
Almas queridas, que leéis esto, creed que la
santidad no va a costaros más. Haced lo que
hacéis y sufrid lo que sufrís: es vuestro
corazón solamente lo que hay que cambiar. Ese
corazón que es la voluntad, y ese cambio que consiste
en querer todo lo que os va sucediendo por voluntad de Dios.
Sí, la santidad del corazón es un simple fiat,
una simple disposición de la voluntad, que se
conforma a la de Dios. ¿Hay cosa más
fácil? Porque ¿quién no amará una
voluntad tan amable y tan buena? Sólo por ese amor
todo se hace divino.