Capítulo
X
El secreto de la
espiritualidad está en amar a Dios y servirle,
uniéndose a su santa voluntad en todo lo que hay que
hacer o sufrir
Ver al Señor en
todo lo que sucede
Todas las criaturas viven en la mano de Dios. Los
sentidos no ven otra cosa que la acción de la
criatura, pero la fe cree en la acción divina y la ve
en todo. La fe ve que Jesucristo vive y obra en todo el
curso de los siglos, y que el menor instante y el más
pequeño átomo contienen una porción de
esta vida oculta y de esta acción misteriosa. La
acción de las criaturas es un velo que cubre los
profundos misterios de la acción divina.
Jesucristo, después de su resurrección,
sorprendió a los discípulos en sus
apariciones, presentándose a ellos bajo figuras que
le disfrazaban. Y en cuanto le reconocían,
desaparecía. Ese mismo Jesús, que vive por
siempre, siempre operante, también hoy sorprende a
las almas que no tienen una fe suficientemente pura y
penetrante. No hay momento alguno en que Dios no se presente
bajo la apariencia de alguna pena, obligación o
deber.
Todo lo que sucede en nosotros, alrededor de nosotros o a
través de nosotros, envuelve y encubre su
acción divina invisible. Muchas veces nos sorprende,
y cuando reconocemos su presencia, desaparece. Pero si
viésemos a través del velo, si
estuviéramos más vigilantes y atentos, Dios se
nos revelaría sin cesar y nosotros gozaríamos
de su acción en todo lo que nos sucede. Entonces, en
dada instante y circunstancia diríamos:
«¡Es el Señor!» [Jn
21,7]. Y en todas las situaciones que vamos recibiendo
descubriríamos un don de Dios, que las criaturas son
muy débiles instrumentos, que nada nos falta, y que
la solicitud continua de Dios le hace darnos todo lo que nos
conviene.
Esta fe nos guarda en
la paz y el gozo
Si tuviéramos fe, nos serían gratas todas
las criaturas, las acariciaríamos,
agradeciéndoles interiormente que sirvan y sean tan
favorables a nuestra perfección, aplicadas por la
mano de Dios.
La fe es la madre de la dulzura, de la confianza y del
gozo. Es incapaz de sentir otra cosa que ternura y
compasión por los enemigos, que tanto se enriquecen a
sus expensas. Cuanto más dura es la acción de
la criatura, más beneficiosa para el alma la vuelve
la acción de Dios. No hay instrumento que la
estropee, pues las manos del Obrero sobrenatural solamente
son implacables para alejar del alma todo lo que pueda
perjudicarla.
La voluntad de Dios solamente tiene dulzura, favores y
gracias para las almas fieles. Es imposible confiar en ella
demasiado o abandonársele en exceso. Ella puede y
quiere siempre lo que más contribuirá a
nuestra perfección, con tal, claro está, que
le dejemos hacer a Dios. La fe no duda de esto. Cuanto
más se revuelven los sentidos, incrédulos,
desesperados, inseguros, con más fuerza asegura la
fe: «¡aquí está Dios! ¡Todo va
bien!». No hay cosa que la fe no sea capaz de asimilar
y superar. Atraviesa todas las tinieblas, y por mucho que se
esfuercen las sombras, penetra en ellas hasta llegar a la
verdad, la abraza con fuerza y nunca se separa de ella.
Más temo yo mi propia acción y la de mis
amigos que la de mis enemigos. No hay prudencia mayor que
ésa de «no resistir al malvado» [Mt
5,39], y la de no hacerle más oposición
que el simple abandono. Esto es ir adelante viento en popa,
guardando el corazón siempre en paz. Con esas
persecuciones nuestros enemigos hacen de galeotes, que nos
llevan a puerto con el trabajo de su remar.
En la simplicidad del
abandono
No hay defensa más segura contra la prudencia de
la carne que la simplicidad. Sabe eludir ésta
admirablemente todas las trampas sin conocerlas, sin
sospecharlas incluso. La acción divina le mueve a
tomar medidas tan justas, que llega a sorprender a los que
querían sorprenderle. Se aprovecha de todos sus
esfuerzos, y los intentos para abatirla le sirven de
escalones para elevarse. Todas las contradicciones se
vuelven en su favor, y dejando hacer a sus enemigos, que son
instrumentos, obtiene de ellos un servicio tan continuo y
suficiente, que lo único que ha de temer es
participar y trabajar en una obra de la que Dios quiere ser
el único principio.
La simplicidad no ha de hacer otra cosa que contemplar en
paz lo que Dios hace, y seguir con sencillez las mociones de
la gracia, que siempre son felizmente guiadas por la
prudencia sobrenatural del Espíritu divino, que
abarca infaliblemente las circunstancias más
íntimas de cada cosa, y que conduce al alma tan
hábilmente, sin que ella lo sepa, que todo lo que se
le opone es siempre destruido.
El movimiento único e infalible de la
acción divina mueve siempre oportunamente el alma
sencilla, y ésta corresponde a todo muy sabiamente,
llevada por su íntima dirección. Por eso
quiere todo aquello que le sucede, todo lo que ocurre, todo
lo que experimenta, excepto el pecado.
Esto unas veces lo hace conscientemente, otras sin darse
cuenta, movida sólo de un instinto secreto que la
impulsa a decir, hacer o dejar las cosas, sin una
razón clara. Muchas veces la ocasión o la
razón que determinan al alma fiel son simplemente de
orden natural, sin que a sus ojos o a los de los
demás se muestre ningún misterio especial en
ese puro azar o necesidad o conveniencia. Y sin embargo, la
acción de Dios, que es la inteligencia,
sabiduría y consejo de sus amigos, se sirve en su
favor de todas esas cosas tan simples, se las apropia y las
endereza de tal modo que vienen a frustrarse los planes de
quienes pretendían dañar al alma.
Atentar contra un alma sencilla es lo mismo que atentar
contra Dios. ¿Qué podrá hacerse contra el
Omnipotente, «cuyos caminos son
inescrutables» [Rm 11,33]? Dios mismo toma
como suya la causa del alma sencilla. No hace falta, pues,
que ella investigue las intrigas de sus enemigos, que
enfrente su inquietud a la inquietud de ellos, espiando
atentamente todos sus movimientos. Su Esposo la descarga de
todos estos cuidados, y ella, confiándose a
Él, descansa llena de paz y seguridad.
El abandono todo lo
simplifica
La acción divina libera al alma y le evita tener
que usar de todos esos medios rastreros e inquietos, tan
empleados por la prudencia humana. Todo eso va bien para
Herodes y los fariseos, pero los Reyes magos no tienen
más que seguir en paz su estrella. Y al niño
le basta dejarse llevar en los brazos de su madre. Cuando
sus enemigos lleven adelante sus manejos, cuanto más
hagan por perjudicarle, hostilizarle y sorprenderle,
más libre y tranquilo irá, sin pretender
rehuirles, sin tratar de halagarles para evitar sus golpes,
envidias y malas intenciones: sus persecuciones le son
favorables.
Así vivía Jesucristo en Judea, y así
es como vive todavía en las almas sencillas. Sigue
siendo generoso, dulce, libre, pacífico, sin temer
nada ni necesitar de nadie, viendo todas las criaturas como
instrumentos en las manos de su Padre para servirle, unas
por sus pasiones criminales, otras por sus santas acciones,
aquéllas por sus contradicciones, éstas por su
obediencia y fidelidad. Todo viene a ser ordenado
maravillosamente por la acción divina, y nada falta
ni sobra, ni hay más males o bienes de lo
preciso.
La voluntad de Dios dispone en cada momento el
instrumento que conviene, y el alma sencilla, sostenida por
la fe, encuentra todo bien y no desea ni más ni menos
de lo que tiene. Bendice, pues, en todo momento la mano
divina, que derrama suavemente sus aguas tan santificantes
en el fondo del alma; y así recibe con igual dulzura
a los amigos y a los enemigos, pues ésa es la forma
que tiene Jesús de tratar como instrumento divino a
todas las cosas.
En esa actitud espiritual no se necesita de nadie, y sin
embargo de todos se necesita. Hay que recibir la
acción divina, cuya ordenación es en todo
necesaria, según su calidad y naturaleza, y
corresponder con dulzura y humildad. Así lo
enseñó San Pablo [1Cor 9,19-23], y
así lo había vivido Jesucristo, tratando con
sencillez a los sencillos y con bondad a los groseros.
Pertenece exclusivamente a la gracia marcar con ese sello
sobrenatural a las almas, distinguiendo y
apropiándose maravillosamente de la naturaleza de
cada persona. Es esto algo que no puede aprenderse en los
libros, pues es verdaderamente un espíritu
profético, el efecto de una íntima
revelación. Es, en fin, una enseñanza del
Espíritu Santo. Y para vivirlo es necesario haber
llegado al último grado del abandono, al desasimiento
más completo de todo objeto, deseo o interés
propio, por santo que sea.
Es preciso tener como único asunto en este mundo
el dejarse pasivamente en la acción divina, para
entregarse a todo lo que exigen las obligaciones del propio
estado, dejando hacer al Espíritu Santo en el
interior, sin ir mirando lo que hace, incluso estando bien a
gusto de no saberlo. Todo cuando sucede en el mundo es
solamente para el bien de las almas fieles a la voluntad de
Dios.
La estatua imponente
del mundo, hecha de oro y bronce, hierro y
barro
La figura del mundo es presentada bajo el aspecto de una
estatua de oro, bronce, hierro y barro [Dan
2,31-35]. Este misterio de iniquidad [mostrado en
sueños al rey Nabucodonosor] no es sino el oscuro
conjunto de todas las acciones interiores y exteriores de
los hijos de las tinieblas, que son la Bestia salida del
abismo para hacer la guerra a los hombres espirituales
[Apoc 13]. Y todo lo que sucede en la historia hasta
el presente es la continuación de esa guerra. Las
Bestias se suceden unas a otras, el abismo las devora y las
vomita de nuevo en medio de nuevos vapores.
El combate entre Lucifer y San Miguel comenzó en
el cielo y perdura en la tierra [Dan 122,13.21; Apoc
12,7]. El corazón de este ángel soberbio y
envidioso es un abismo insondable de toda clase de males.
Por él entró en el cielo la revuelta de
ángeles contra ángeles, y desde la
creación del mundo todo su empeño es suscitar
entre los hombres nuevos malvados que ocupen el lugar de los
que él se ha tragado. Lucifer es, pues, el jefe de
aquellos que se le someten libremente.
Este misterio de iniquidad está hecho de odio a la
voluntad de Dios y produce un desorden diabólico, un
caos misterioso, pues oculta bajo hermosas apariencias males
irremediables e infinitos. Todos los malos, desde
Caín hasta los que hoy arrasan la faz de la tierra,
han tenido siempre apariencia de grandes, de
príncipes poderosos, que centraban la atención
del mundo y que suscitaban la adoración de los
hombres [Apoc 13,3-4]. Y esta apariencia fascinante
y engañosa es un misterio: no hay en ella sino
Bestias surgidas del abismo, unas detrás de otras,
con el fin de trastornar y falsificar el orden dispuesto por
Dios.
Pero la ordenación divina, que es otro misterio,
ha suscitado siempre hombres verdaderamente grandes y
poderosos, que han dado el golpe mortal a esas Bestias. Y a
medida que el abismo ha vomitado otras nuevas, el cielo ha
hecho nacer también héroes capaces de
vencerlas. La historia antigua, sagrada y profana, es la
historia de esta guerra, en la que la voluntad de Dios
permanece siempre victoriosa. Los que se han alineado con
ella, igualmente, han vencido y son felices por toda la
eternidad. Por el contrario, la maldad nunca ha sido capaz
de proteger a los desertores, sino que les ha pagado con la
muerte y una muerte eterna.
¡El malo siempre se cree invencible en su maldad!
Pero, Dios mío, ¿quien podrá resistirte?
[Rm 9,19-24]. Aunque un alma sola tuviera en contra
suya a todas las fuerzas del infierno y del mundo, nada
tendría que temer si se abandona a la voluntad de
Dios. Y esa apariencia monstruosa de la maldad, que parece
tan poderosa, esa cabeza de oro, ese cuerpo de plata, bronce
y hierro, no es más que un fantasma de polvo
brillante. Una piedrecilla, cayendo sobre ella, la derrumba,
dejándola a merced del viento [Dan
2,34-35].
El Espíritu
divino vence siempre a la Bestia mundana
¡Qué admirablemente va trazando todos los
siglos el Espíritu Santo! Todas esas revoluciones,
que conmueven tanto a los hombres, que irrumpen con tal
luminosidad, como si fueran astros que brillan sobre las
cabezas de los pueblos, tantos acontecimientos
extraordinarios, todo eso no es más que un
sueño efímero, que huye de la memoria de
Nabucodonosor cuando se despierta, por fuertes que fueran
las huellas que grabaran en su espíritu.
Todas esas Bestias sólo surgen en el mundo para
ejercitar la valentía de los hijos de Dios. Y cuando
éstos ya están suficientemente adiestrados,
Dios les concede la fuerza para matar las Bestias. Y el
cielo al punto eleva a los vencedores, y el infierno traga a
los vencidos.
Al punto surge una nueva Bestia y Dios suscita nuevos
guerreros para darle batalla. Y así, esta vida no es
sino un espectáculo continuo que alegra el cielo,
ejercita a los santos y confunde al infierno. Todos los
enemigos del bien vienen a ser esclavos de la justicia, y la
acción divina construye la Jerusalén celeste
con trozos de Babilonia, compuesta por piezas usadas y
rotas.
¿Sirven para algo las más altas luces, las
revelaciones divinas, si no se ama la voluntad de Dios?
Lucifer no fue capaz de aprobar esta voluntad. La
decisión de la acción divina que Dios le
revelaba al mostrarle el misterio de la Encarnación,
le encendió de envidia. En cambio, un alma sencilla,
iluminada por la luz de la fe, no se cansa de admirar,
alabar y amar la voluntad de Dios, descubriéndola no
solamente en las criaturas santas, sino incluso en el
desorden y confusión más caóticos. Un
grano de fe pura ilumina más el alma sencilla que a
Lucifer todas sus luces tan elevadas.
La victoria cierta de
la fidelidad
La sabiduría del alma fiel a sus obligaciones,
tranquilamente sometida a las mociones íntimas de la
gracia, dulce y humilde con todos, vale mucho más que
la más profunda penetración de los mayores
misterios. Si sólo viéramos la oculta
acción divina en todo el orgullo y dureza de las
criaturas, la recibiríamos con dulzura y respeto. Sus
desórdenes, por aparatosos que sean, son incapaces de
romper el orden divino.
Por eso, dulce y humildemente, nunca hay que dejar esa
unión con la acción divina que esas cosas
implican consigo y comunican. Como tampoco hay que detenerse
a mirar la vía que siguen, sino asegurarse en el
propio camino. De este modo es como, ajustándose
suavemente a las cosas, caen los cedros y se derriban las
rocas que no nos dejaban pasar.
Si queremos vencer infaliblemente a todos nuestros
adversarios, basta que les opongamos estas armas. Jesucristo
nos las ha puesto en las manos para que nos defendamos, y
nada debemos temer si nos servimos de ellas sin
cobardía, con generosidad, pues en eso consiste la
acción de los divinos instrumentos. Es Dios quien
hace lo sublime y maravilloso, y jamás una
acción particular que haga la guerra a Dios puede
resistir a quien está unido a la acción divina
por la dulzura y la humildad.
Lucifer es la
rebeldía contra la voluntad de Dios
providente
¿Quién es Lucifer? Un espíritu
bellísimo, el más inteligente de todos; pero
un espíritu descontento de Dios y de sus designios.
Pues bien, el misterio de iniquidad no es sino la
extensión de esa inconformidad, que se manifiesta de
todas las maneras posibles. Lucifer, en cuanto está
en su mano, no querría dejar nada en el orden que
Dios ha dispuesto. Y allí donde él penetra,
veréis siempre una desfiguración de la obra de
Dios.
Cuanta más luz, sabiduría y capacidad tiene
una persona, mayores son para ella los peligros, si no
está fundamentada en la piedad, que consiste en estar
conformes con Dios y con su voluntad. Estamos unidos a la
acción divina por un corazón puro, bien
ordenado, y sin él todo lo que se haga viene a ser
algo puramente natural y, de ordinario, es una verdadera
resistencia a la acción divina. En realidad, Dios no
tiene otros instrumentos que los humildes, pues siempre es
contradicho por los soberbios que, sin embargo, no pueden
menos de servirle como esclavos en el cumplimiento de sus
designios.
El alma sencilla
reconoce y acepta en todo la voluntad de Dios
Cuando veo un alma que hace de Dios y de la fidelidad a
su voluntad su todo, por más pobre que esté de
otras cosas, me digo: «he aquí un alma con
grandes talentos para servir a Dios». Así
venían a ser las apariencias de la santísima
Virgen y de San José. Sin esta actitud, en cambio,
todas las demás cualidades me dan miedo, temo la
acción de Lucifer en ellos, y me mantengo en guardia,
pues todo ese encanto no es más que un brillo
sensible, como una frágil y quebradiza copa de
cristal.
La voluntad de Dios es toda la estrategia de un alma
sencilla, que es capaz de reconocerla hasta en aquellas
acciones irregulares que el soberbio realiza para
humillarla. El soberbio desprecia al alma sencilla, pero
ante ésta él no es nada, pues ella solamente
ve a Dios en él y en todas sus acciones.
A veces el soberbio, viendo al alma sencilla tan humilde,
se imagina que se ve afectada por su desprecio; y no
comprende que su humildad es solamente signo de su
reverencia amorosa hacia Dios y su voluntad, a quien capta
en la misma acción del soberbio. No, pobre insensato,
no. Tú al alma sencilla no le das ningún
miedo; lo que le das es compasión. Ella está
respondiendo a Dios, cuanto tú piensas que te habla a
ti. Es con Él con quien lleva su negocio y no
contigo, que solamente eres para ella como un esclavo, o
mejor, como una mera apariencia bajo la cual Él se
disfraza. Por eso cuando tú te elevas, ella se
anonada; y cuando tú crees apresarla, es ella la que
te captura a ti. Tus malicias y violencias son para ella
simplemente favores de la divina Providencia. El soberbio,
pues, es un verdadero enigma, pero el alma sencilla,
iluminada por la fe, lo descifra con toda claridad.
La ciencia suprema:
conocer y aceptar la voluntad de Dios
Este conocimiento de la acción divina en todo lo
que pasa en cada momento es la sabiduría más
sutil que en esta vida puede tenerse de las cosas de Dios.
Es una revelación continua, es un diálogo con
Dios que se renueva incesantemente, es gozar del Esposo no
en lo oculto, a escondidas, en la bodega o en la
viña, sino al descubierto y en público, sin
miedo a nadie. Es un océano de paz, gozo, amor y de
conformidad con un Dios visto, conocido o, mejor aún,
creído, viviendo y operando siempre lo más
perfecto, en cuanto se presenta en todos los instantes. Es
el paraíso eterno que, verdaderamente, se hace
presente en las cosas pequeñas, cubiertas de
tinieblas. Pero el Espíritu de Dios, que en esta vida
compone secretamente todos estos fragmentos con su
acción continua y fecunda, dirá en el
día de la muerte: «hágase la luz»
[Gén 1,3], y se verán entonces los
tesoros que encerraba la fe en ese abismo de paz y de
conformidad con Dios, que se encuentra a cada momento en
todo lo que hay que sufrir o hacer.
Cuando Dios quiere darse al alma de este modo, todo lo
común se hace extraordinario y, por serlo
verdaderamente, no lo parece. Y es que este camino es por
sí mismo extraordinario y por eso mismo no es
necesario adornarlo con maravillas prestadas. Es un milagro,
una revelación y un gozo permanente, con algunas
pequeñas imperfecciones. Su condición propia,
sin embargo, no es poseer apariencias sensibles y
maravillosas, sino hacer maravillosas todas las cosas
comunes y sensibles. Así es como vivía la
Virgen.