Capítulo
XI
En el puro abandono en
Dios todo lo que parece oscuridad es actividad de la
fe
Caminando a ciegas, en
total seguridad
Hay un género de santidad en el que todas las
comunicaciones divinas son luminosas y claras. En cambio, en
la vía pasiva de la fe, todo lo que Dios comunica
participa de su naturaleza y de la tiniebla inaccesible que
rodea su trono. Y el alma se ve confusa, perdida en la
oscuridad. Teme a veces, como el profeta, ir a caer en la
fosa, caminando a través de las tinieblas.
No, alma fiel, no temas nada. En tu camino, bajo la
guía solícita de Dios, no hay nada más
seguro e infalible que las tinieblas de la fe. ¿Pero
hacia qué lado ir, cuando la fe se hace tan obscura?
Camina por donde buenamente puedas. Cuando uno no tiene
camino y avanza en una oscuridad total, no se puede
extraviar. No es posible dirigirse a ninguna meta y no hay
objeto alguno ante los ojos.
«Pero yo siento como si cayera en cada momento en un
precipicio. Todo me apena. Ya me doy cuenta de que obro por
abandono en Dios, pero parece como si no pudiera hacer nada
obrando por las virtudes. Oigo a todas las virtudes, que se
lamentan porque me alejo de ellas. Y cuanto más me
conmueven y afectan esas quejas, más siento
obscuramente que me alejo de ellas. Estimo sinceramente la
virtud, pero me muevo por la inclinación interior. No
estoy seguro de que me lleve bien, pero nada puede impedirme
que lo crea».
El espíritu ansía la luz, pero el
corazón no quiere sino las tinieblas. Todas las
personas y espíritus lúcidos agradan a mi
espíritu, pero mi corazón sólo gusta de
conversaciones y palabras que no comprende en absoluto. Y
todo su estado y camino son efectos del don de la fe, que
lleva a amar y gustar de principios, verdades y caminos de
los que el espíritu no tiene ni objeto, ni ideas, y
en los que tiembla, se estremece y se tambalea.
La seguridad está, no sé cómo, en el
fondo de mi corazón, y éste camina
según es impulsado, convencido de la bondad de su
impulso, no por evidencia, sino por testimonio de su fe. Es
imposible que Dios guíe un alma sin comunicarle una
certeza de la bondad de su camino, tanto más grande
cuanto menos se siente. Y esta certeza afirma su victoria
sobre todas las criaturas, sobre todos los miedos y los
esfuerzos, sobre todas las ideas espirituales.
Es inútil entonces gritar, luchar, buscar mejor.
La esposa siente al Esposo sin sentirlo, pues cuando ella le
va a tocar, Él desaparece. Siente que el Esposo la
rodea con su brazo derecho [Cant 2,6], y prefiere
perderse, abandonándose a su guía, que le va
llevando sin razón y sin orden, a tratar de
asegurarse, esforzándose en seguir los caminos
señalados por la virtud.
A oscuras, en la paz
del abandono
Vamos, pues, alma mía, vamos a Dios por el
abandono, y ya que la virtud exige industria y esfuerzos,
confesémosle nuestra impotencia y confiemos en que
Dios no permitirá que no podamos andar a pie, si
Él no ha decidido en su bondad llevarnos en
brazos.
Y siendo así ¿qué necesidad tenemos de
luz, Señor, de ver y sentir, de seguridad, ideas y
reflexiones, ya que no vamos a pie, sino llevados en brazos
de la Providencia? Cuantas más tinieblas, abismos,
obstáculos, muertes, desiertos, temores,
persecuciones, sequedades, pobrezas, aburrimientos,
angustias, desesperaciones, purgatorios e infiernos haya en
nuestro camino, más grandes serán nuestra fe y
nuestra confianza. Bastará con levantar los ojos a ti
para vernos protegidos de tan grandes peligros.
Entonces nos olvidaremos de los caminos y de sus
condiciones, nos olvidaremos de nosotros mismos y,
absolutamente abandonados a la sabiduría, bondad y
potencia de nuestro Guía, solamente nos acordaremos
de amarte, de evitar todo pecado, incluso el más
pequeño, y de cumplir las obligaciones de nuestro
deber.
Éste será el único cuidado, Amor
querido, que tú encargas a tus queridos hijos
pequeños, ocupándote tú de todo el
resto. Y ellos, cuanto más terrible sea este resto,
más esperan y reconocen tu presencia. No se preocupan
más que de amar, como si ellos ya no existieran. Y
cumplen sus pequeños deberes como un niño que
en el regazo de su madre se ocupa en sus entretenimientos,
como si en el mundo no existieran más que su madre y
sus juegos.
El alma ha de ir más allá de todo lo que le
hace sombra. La noche no es tiempo de obrar, sino de
descansar. La luz de la razón solamente puede
acrecentar las tinieblas de la fe, y el rayo de luz que las
atraviesa ha de venir de más alto que ellas.
Cuando Dios se comunica a un alma como vida, no se
presenta ya a sus ojos como camino y como verdad [Jn
14,6]. La esposa busca al Esposo en la noche [Cant
3,1], y él está detrás de ella, la
tiene entre sus manos y la impulsa. Ella le busca delante,
sin encontrarle. Pero él ya no es objeto de ideas,
sino principio e impulso.
En la acción divina hay recursos secretos e
inesperados, maravillosos y desconocidos, para todas las
necesidades, problemas y perturbaciones, caídas y
contradicciones, incertidumbres e inquietudes, así
como para las dudas de unas almas que ya no confían
en su propia acción. Cuanto más se complica la
situación, más feliz se espera el
desenlace.
Un cántico
nuevo: todo va bien
El corazón asegura: «todo irá
bien», pues es Dios quien realiza la obra. No hay
miedo. El mismo miedo, la privación, la
desolación no son más que versos de
cánticos de tinieblas, que son cantados con
entusiasmo sin omitir ni una sílaba, en la certeza de
que todo culmina en el Gloria Patri. Así es
como de su extravío hace el alma su propio camino.
Las mismas tinieblas sirven para guiar, y las dudas para dar
seguridad. Y cuanto menos ve Isaac dónde encontrar
algo para hacer el sacrificio, más lo espera todo
Abraham de la Providencia [Gén 22,7-8].
Las almas que caminan en la luz cantan cánticos de
luz, y las que caminan en tinieblas cantan un cántico
de tinieblas. Hay que dejar que cada uno cante de principio
a fin la partitura que Dios le ha dado. No hay que
añadir nada a lo que Él completa, sino dejar
que caigan una a una las gotas de hiel de esas divinas
amarguras embriagantes. Jeremías, Ezequiel, pasando
por estas tinieblas, no tenían más palabras
que suspiros y sollozos, y no encontraban consolación
sino en la continuación de sus lamentos. Por eso,
quien hubiera detenido el curso de sus lágrimas, nos
habría privado de algunas de las páginas
más hermosas de la Escritura. El mismo
Espíritu que llena de desolación es el
único que puede consolar. Son aguas diferentes que
manan de una misma fuente.
En tinieblas
absolutas
Cuando Dios sorprende a un alma, ésta debe
temblar; y cuando la amenaza, ha de anonadarse. No hay
más que dejar que actúe y se desarrolle la
acción divina, pues ella lleva a lo largo de su curso
el mal y la medicina.
Llorad, queridas almas, temblad, pasad por la inquietud y
la agonía. No hagáis ningún esfuerzo
por evitar estos temblores divinos, estos gemidos
celestiales. Recibid en el fondo de vuestras almas las
mismas olas que aquel mar de amargura arrojó sobre el
alma santa de Jesús. Id siempre adelante y el mismo
aliento de gracia que hizo correr vuestras lágrimas
ha de secarlas. Se disiparán las nubes, el sol
irradiará su luz, la primavera os cubrirá de
flores [Cant 2,11-12], y lo que sigue a vuestro
abandono os hará encontrar la variedad admirable que
lleva en sí el curso de la acción divina.
Soñando o
despertados por Dios
En realidad, es cosa muy vana que el hombre se preocupe.
Todo lo que en él sucede es algo semejante a un
sueño, en el que una sombra sigue y destruye la
sombra precedente, sucediéndose en los que duermen
las imaginaciones, unas tristes, otras alegres. El alma no
es sino el juguete de estas apariencias que se devoran entre
sí. El despertar le hace ver al alma que nada de eso
tenía importancia alguna, y ya no se tiene en cuenta
de todas esas impresiones ni los peligros ni las felicidades
del sueño.
Puede decirse, Señor, que tú tienes
dormidos en tu seno a todos tus hijos mientras dura la noche
de la fe. Y que te complaces en hacer pasar por sus almas
una infinita variedad de sentimientos, que en el fondo no
son más que santas y misteriosas ensoñaciones.
Éstas, a quienes están sumergidos en esa noche
y sueño, causan verdaderos temores, angustias y
sufrimientos, que en el día de la gloria tú
disiparás y convertirás en verdaderas y firmes
alegrías.
Será entonces, al despertar del sueño,
cuando las almas santas, completamente lúcidas y
libres para discernir, se llenarán de
admiración al conocer las sutilezas y las
invenciones, las delicadezas y trucos amorosos del Esposo, y
entenderán hasta qué punto «sus
caminos son inescrutables» [Rm 11,33],
verán cómo era imposible descifrar sus
enigmas, descubrir sus artimañas, y cómo no
había modo alguno de recibir consolación
cuando Él quería infundir temor y alarma. Al
despertarse, Jeremías, David y otros como ellos,
pudieron ver que aquello que les había desolado
inconsolablemente era motivo de gozo para Dios y sus
ángeles.
Trucos del Amor divino
providente
«No despertéis a la esposa»
[Cant 3,5], espíritus hábiles,
artificios, acciones humanas. Dejadla sufrir, temblar,
correr, buscar. Es cierto, el Esposo juega a
engañarla y se disfraza, mientras ella sueña y
sus penas no son más que sueños nocturnos.
Pero dejad que siga durmiendo, dejad que el Esposo trabaje
en esta alma querida suya, y represente en ella lo que
solamente Él sabe trazar y expresar. Dejadle
continuar con sus representaciones. Él la
despertará en su momento.
José hace llorar a Benjamín [Gén
44,1-17; 45,1-6, haciendo esconder dinero en los sacos de su
hermanos y su propia copa en el costal del niño].
Servidores de José, ¡no descubráis su
secreto al pequeño! José le engaña, y
su engaño pone a prueba toda su astucia.
Benjamín y sus hermanos se ven sumidos en un dolor
inmenso, pero no es sino un juego de José. Los pobres
hermanos no ven otra cosa que un mal sin salida. No les
digáis nada, que él solucionará todo.
Él mismo les despertará de su engaño, y
admirarán su sabiduría, que les ha hecho ver
un mal tan grande y desesperado en lo que para ellos va a
ser causa de la mayor alegría.
Quietistas
Quietistas ignorantes y sin experiencia, que
pretendéis en la esposa una paz y una insensibilidad
que no hubo en Jesús y en María, ni en David o
los profetas, ni en los apóstoles: ¡qué
poco conocéis el poder de la acción divina, su
extensión y su fuerza, la variedad y eficacia de las
sombras de la pura fe! No tenéis ni idea del
sueño de la esposa en esta noche profunda. Vuestra
doctrina se manifiesta falsa en las admirables operaciones y
juegos que el Espíritu Santo nos describe en el
Cantar de los Cantares. Todas sus palabras
están desmintiendo vuestras doctrinas.
En pura fe, en un
purgatorio
¡El estado de pura fe es un estado de pura cruz!
Todo allí es sombrío, todo es penoso. Es una
noche que entenebrece todo lo que se presenta. El alma, es
cierto, está resignada, incluso está contenta
de la felicidad de Dios, pero no siente nada que no sea un
purgatorio, en el que todo lo que siente y percibe es
sufrimiento, y el mayor de todos es no hallar en sí
misma más que resignación, y tener una
tendencia tan fuerte hacia su propia felicidad, como si la
de Dios viniera a serle indiferente y lejana.
¡Qué diferencia tan grande hay entre obrar
según principios objetivos, por un principio ideal,
de imitación o de doctrina, y obrar por el principio
de la moción divina! El alma es empujada hacia
adelante sin ver el camino abierto ante sus ojos. No va ni
por donde ella ha visto, ni según lo que ha
leído. Así es como va la acción propia,
y no puede ir de otro modo, ni asumir otros riesgos. Pero la
acción divina es siempre nueva, no vuelve nunca sobre
sus antiguos pasos, y va abriendo siempre caminos nuevos.
Las almas que ella conduce no saben dónde van, y sus
senderos no están ni en los libros ni en sus
reflexiones. La acción divina les va abriendo camino
continuamente y entran en él empujadas por su
impulso.
Un guía amigo
nos guía en la noche
Cuando uno es conducido por un guía a
través de un país desconocido, de noche, por
los campos, sin camino, según su instinto, sin tomar
consejo de nadie, y sin querer descubrir sus planes,
¿puede tomarse otra actitud que la del abandono?
¿Sirve de algo mirar dónde está uno,
interrogar a los que pasan, consultar el mapa o a otros
viajeros? El plan y, por decirlo así, el capricho del
guía, que quiere que se confíe en él,
se verían contrariados por todo eso. Le agrada poner
a prueba la inquietud y la desconfianza del que es
conducido, pues lo que pretende es que se confíe
totalmente a él; y si se asegura de que es bien
guiado, ya no habría ahí ni fe ni
abandono.
La acción divina es esencialmente buena, y no
quiere en absoluto ser cambiada o controlada. Comenzó
a obrar desde la creación del mundo y, desde
entonces, fecunda e inagotable, obra sin limitación
alguna, dando cada día y momento nuevas pruebas de su
poder. Hacía esto ayer, y hoy hace esto otro. Es la
misma acción que se va aplicando a todos los momentos
por medio de efectos siempre nuevos, y así se
irá desplegando eternamente.
Dios conduce en la
noche a sus santos
Esa acción divina es la que ha hecho a Abel,
Noé, Abraham, bajo modelos diferentes. Isaac es un
original suyo, y Jacob no es una copia ni de José ni
de él. Moisés no ha tenido a nadie semejante
entre sus antepasados. David y los profetas son todos
distintos de los patriarcas. San Juan Bautista es más
grande que todos ellos.
Jesucristo es el primogénito: los apóstoles
obran más por la moción de su espíritu
que por la imitación de sus obras. Y Jesucristo no se
ha imitado a sí mismo, ni ha seguido a la letra sus
propias doctrinas. El Espíritu divino inspira siempre
su santa alma, y él, abandonado siempre a su
inspiración, no tiene necesidad de consultar al
momento precedente para dar forma al siguiente. La
moción de la gracia da forma a todos sus instantes
siguiendo el modelo de las verdades eternas que la
Santísima Trinidad guarda en su invisible e
impenetrable sabiduría. El alma de Jesucristo recibe
en cada momento las órdenes y las realiza,
haciéndolas visibles. El Evangelio nos va mostrando
la continuidad de estas verdades en la vida de Jesucristo, y
Él mismo, siempre vivo y operante, vive y obra
continuamente, también hoy, nuevas cosas en las almas
santas.
Abandono perfecto de
Jesucristo
Así pues, si queréis vivir
evangélicamente, vivid en pleno y puro abandono a la
acción de Dios. Jesucristo es la fuente de este
abandono, y «es el mismo ayer y hoy y
siempre» [Heb 13,8], para continuar siempre
su vida y no para recomenzarla. Lo que Él hizo, hecho
está, y lo que resta, lo va haciendo en todo momento.
Cada santo recibe una parte de esta vida divina. Jesucristo
es siempre el mismo, aunque sea diferente en cada uno de sus
santos. La vida de cada santo es la misma vida de
Jesucristo, es un Evangelio nuevo.
Las mejillas del Esposo son comparadas a los jardines y
arreates, llenos de flores perfumadas [Cant 5,13].
La acción divina es el jardinero que diversifica su
jardín de modo admirable. Es éste un
jardín que no se parece a ningún otro, y entre
todas sus flores no hay dos que sean iguales, gracias al
abandono por el que se entregan ellas el cultivo del
jardinero, dejándole hacer en ellas cuanto le place,
contentándose ellas con hacer lo que es propio de su
naturaleza y condición. El Evangelio, toda la
Escritura y la ley común se resumen en dejarle hacer
a Dios y hacer aquello que Él exige de nosotros.
Camino fácil,
sencillo, recto
Ésta es, sin más, la acción
fácil, sencilla y propia de todos los instrumentos
divinos. Es el único secreto del abandono, un secreto
sin secreto, un arte sin artificio. Es el camino recto.
Dios, que lo exige a todos, lo ha manifestado claramente,
haciéndolo inteligible y muy sencillo. Lo que hay de
oscuro en el camino de la pura fe no es aquello que el alma
debe practicar, sino aquella acción que Dios se ha
reservado. Nada más fácil y claro que lo
primero. El misterio está en lo que Dios hace por
sí mismo.
Considerad, por ejemplo, lo que sucede en la
Eucaristía. Lo que es necesario para consagrar el
cuerpo de Jesucristo es tan sencillo y fácil que
cualquiera, por basto que sea, puede realizarlo, si tiene el
carácter sacerdotal. Y sin embargo, es el misterio
de los misterios, donde todo permanece escondido y
oculto, tan incomprensible, que cuando se es más
iluminado y espiritual, más fe se necesita para
creerlo.
El camino de la pura fe es en esto algo semejante. Su
objetivo es encontrar a Dios en cada momento, y esto es lo
más alto, lo más místico, lo más
beatífico que pueda haber. Es un fondo inagotable de
pensamientos, discursos y escrituras, es un conjunto y una
fuente de maravillas. Sin embargo, para lograr un objetivo
tan prodigioso ¿qué es lo que hace falta? Una
cosa solo: dejar hacer a Dios y hacer todo lo que Él
quiere, según el propio estado.
Camino oculto y
oscuro
No puede haber en la vida espiritual nada más
sencillo y más al alcance de todos. Éste es,
pues, el camino maravilloso y oscuro. Para caminar por
él el alma necesita una gran fe, pues todo se
presenta tan dudoso que la razón siempre halla
motivos para protestar. Aquí es preciso creer en lo
que no se ve. A juicio de los judíos, los profetas
fueron santos, pero este Jesús es un
«embaucador» [Mt 27,63; Lc
23,2.5.14]. ¡Qué poca fe tiene el alma que,
como ellos, se escandaliza de Él!
Desde el principio del mundo Jesucristo vive en nosotros,
y en nosotros obra durante toda su vida. Aquél que se
nos entrega hasta el fin del mundo permanece siempre.
Jesús vivió y vive hoy una vida que
comenzó en sí mismo, que continúa en
sus santos y que no terminará jamás. ¡Oh,
vida de Jesús, que comprende y excede todos los
siglos! Si todo el mundo es incapaz de contener todo lo que
podría escribirse acerca de Jesús, todo lo que
Él hizo o dijo, toda su vida; si el Evangelio no nos
da sino unos pocos trazos; si sus primeros tiempos son tan
desconocidos y tan fecundos, ¿cuántos Evangelios
sería preciso escribir para contar la historia de
todos los instantes de esta vida mística de
Jesucristo, que multiplica sus maravillas hasta el infinito
y las multiplicará eternamente, pues en realidad
todos los tiempos no son sino la historia de la
acción divina?
Evangelio vivo y
diario que sigue escribiendo el Espíritu
Santo
El Espíritu Santo ha hecho consignar en caracteres
infalibles e indudables algunos instantes de esa larga
historia. Ha recogido en las Escrituras algunas gotas de ese
mar, manifestando los secretos e ignorados caminos por los
que Jesucristo ha aparecido en el mundo. En medio de la
confusión de los hijos de los hombres, se ven
así los canales y venas por donde se reconoce el
origen, la raza, la genealogía de este
Primogénito. Todo el Antiguo Testamento es solamente
un caminito entre los innumerables e inescrutables caminos
de esta obra divina, que así señala no
más que lo necesario para llegar hasta Jesús.
Y el resto ha quedado escondido en los tesoros de la
sabiduría del Espíritu divino.
En efecto, de todo este océano de la acción
divina solamente ha manifestado un hilillo de agua que,
llegando hasta Jesús, se pierde en los
apóstoles y queda abismado en el Apocalipsis. De
manera que el único objeto de nuestra fe es el resto
de la historia de la acción divina, es decir, toda la
vida mística que Jesús lleva en las almas
santas hasta el fin de los siglos.
Todo cuanto se ha escrito es sólo lo más
evidente. Pero ahora nosotros estamos en los siglos de la
fe, y el Espíritu Santo escribe los Evangelios
solamente en los corazones. Todas las acciones y momentos de
los santos son Evangelio del Espíritu Santo, en el
que las almas son el papel, y sus sufrimientos y acciones
son la tinta. El Espíritu Santo, por la pluma de su
acción, escribe un Evangelio vivo, que solamente
podrá ser leído en el día de la gloria,
cuando, después de salir de la prensa de esta vida,
sea publicado.
¡Qué bellísima historia!
¡Qué libro tan hermoso escribe el
Espíritu Santo en el presente! Almas santas, es un
libro que está en prensa todavía, pero no hay
día en que no se vayan componiendo las letras,
aplicando la tinta, imprimiendo las hojas. Nosotros, sin
embargo, permanecemos en la noche de la fe, y el papel
resulta más negro que la tinta. No se aprecia en los
caracteres sino pura confusión, es como una lengua de
otro mundo, no se entiende nada. Es un Evangelio que
solamente podréis leer en el cielo.
La fe sabe leer este
Libro de Vida
Si pudiéramos ver la vida y mirar todas las
criaturas no en sí mismas, sino en su principio.
Más aún, si pudiéramos ver la vida de
Dios en todos los objetos, cómo los mueve la
acción divina, cómo los mezcla, los junta, los
opone, los impulsa entre términos contrarios,
reconoceríamos entonces que todo tiene su
razón de ser, su medida, proporción y
relación en esta obra divina.
Pero ¿cómo leer este libro en el que los
caracteres son desconocidos, innumerables, todos revueltos y
cubiertos de tinta? Si la combinación de veinticuatro
letras puede ser tan inmensa que basta para componer
infinidad de volúmenes diferentes, cada uno admirable
en su género, ¿quién podrá
expresar lo que Dios hace en el universo? ¿Quién
será capaz de leer y entender el sentido de un libro
tan inmenso, en el que no hay letra que no tenga su forma
particular, y que en su pequeñez no encierre
profundos misterios?
Los misterios no se ve ni se sienten: son objetos de la
fe. Y la fe los cree, juzgándolos buenos y
verdaderos, sólo por su principio divino, pues en
sí mismos son tan obscuros, que todas sus apariencias
no sirven más que para ocultarlos y esconderlos, y
para cegar a quienes pretenden juzgarlos por la sola
razón.
Espíritu Santo,
enséñame a leer el momento
presente
¡Oh, Espíritu divino, enséñame
a leer en este libro de la vida! Quiero hacerme
discípulo tuyo y, como un niño pequeño,
creer lo que no alcanzo a entender. Me basta que mi Maestro
lo diga. Él ha dicho esto, lo ha pronunciado, ha
juntado las letras de este modo, y eso me basta. Pienso que
todo es como Él lo ha dicho, aunque no entiendo nada,
porque Él es la verdad infalible. Todo lo que dice,
todo lo que ve, es la verdad. Él quiere que se junten
ciertas letras para formar un nombre, y de éste se
deriven otros. No hay más que tres, que seis, no hay
más que aquello, pues basta: con menos no
tendría sentido. Él es el único que,
conociendo los pensamientos, es capaz de juntar las letras
para hacer un escrito. Todo tiene significado, todo posee un
sentido perfecto. Esta línea termina aquí,
porque así conviene. No falta una coma, ni hay un
punto inútil.
Esto lo creo ahora, en el presente, y cuando en el
día de la gloria me sean revelados tantos misterios,
alcanzaré a ver con claridad todo lo que ahora no
comprendo sino confusamente, todo lo que se me muestra tan
revuelto y embrollado, tan desordenado e imaginario. Y
entonces todo me alegrará, me llenaré de un
gozo eterno por la bondad y el orden, la razón, la
sabiduría y las incomprensibles maravillas que
descubriré.
Todo lo que vemos ahora es vanidad y mentira. La verdad
de las cosas está en Dios. ¡Y qué
diferentes son las ideas de Dios de nuestras ilusiones!
¿Cómo entender, si no, que estando continuamente
advertidos de que todo esto que pasa en el mundo no es
más que una sombra, una figura, un misterio de fe,
nos conduzcamos, sin embargo, en todo humanamente, guiados
por el sentido natural de las cosas, que no alcanza nunca a
descifrar el enigma?. Caemos una y otra vez en la trampa,
como insensatos, porque no levantamos los ojos al principio
divino, a la fuente, al origen de las cosas, donde todo
tiene otro nombre y otras cualidades, donde todo es
sobrenatural, divino, santificante, donde todo es parte de
la plenitud de Jesucristo, donde todo es piedra de la
Jerusalén celeste [Apoc. 3,12], donde todo se
integra y hace entrar en este edificio maravilloso.
Vivimos según lo que vemos y sentimos, y hacemos
inútil esta luz de la fe que podría
conducirnos con tanta seguridad por este laberinto, donde
hay tantas tinieblas e imágenes, entre las que nos
extraviamos como necios. No avanzamos guiados por la fe, que
solamente ve a Dios y las cosas en Dios, y que vive siempre
de Él, dejando a un lado lo visible, y yendo
más allá de las figuras.
La fe es la antorcha del tiempo, y ella sola alcanza la
verdad invisible, toca lo impalpable, ve todo este mundo
como si no existiese, pues ve algo muy distinto de lo que es
aparente. La fe es la llave de los tesoros, la llave del
abismo [Apoc 9,1] y de la ciencia de Dios [Lc
11,52]. La fe denuncia la mentira de todas las
criaturas, y por ella Dios se revela y manifiesta en todas
las cosas, divinizándolas. Ella es la que quita el
velo y descubre la verdad eterna.
Cuando un alma recibe esta inteligencia de la fe, Dios le
habla por medio de todas las criaturas. El universo es para
ella una Escritura viviente, que el dedo de Dios traza
incesantemente ante sus ojos. La historia de todos los
momentos que pasan es una historia sagrada. Los Libros
santos, que el Espíritu de Dios ha inspirado, no son
para ella más que el comienzo de las
enseñanzas divinas.
Todo lo que sucede y que no está consignado en las
Escrituras es para ella una continuación de
éstas. Y lo que está escrito no es más
que el comentario de lo que no está. La fe juzga del
uno por lo otro. La síntesis escrita no es más
que la introducción a la historia de la plenitud de
la acción divina, que se encuentra resumida en las
Escrituras. El alma descubre en ella los secretos para
penetrar en los misterios que encierran toda su
plenitud.