2. Las adversidades
son útiles a los justos, necesarias a los
pecadores
Ved a esta madre amante que con mil caricias mira
de apaciguar los gritos de su hijo, que le humedece con sus
lágrimas mientras le aplican el hierro y el fuego;
desde el momento en que esta dolorosa operación se
hace ante sus ojos y por su mandato, ¿quién va a
dudar de que este remedio violento debe ser muy útil
a este hijo que después encontrará una
perfecta curación o al menos el alivio de un dolor
más vivo y duradero?
Hago el mismo razonamiento cuando os veo en la
adversidad. Os quej�is de que se os maltrate, os ultrajen, os
denigren con calumnias, que os despojen injustamente de vuestros
bienes: Vuestro Redentor; este nombre es aún más tierno que el
de padre o madre, vuestro Redentor es testigo de
todo lo que sufrís, Él os lleva en su seno, y
ha declarado que cualquiera que os toque, le toca a
Él mismo en la niña del ojo; sin embargo.
Él mismo permite que seáis atravesado, aunque
pudiera fácilmente impedirlo, ¡y dudáis
que esta prueba pasajera no os procure las más
sólidas ventajas! Aunque el Espíritu Santo no
hubiera llamado bienaventurados a los que sufren aquí
abajo, aunque todas las páginas de la Escritura no
hablaran en favor de las adversidades, y no viéramos
que son el pago más corriente de los amigos de Dios,
no dejaría de creer que nos son infinitamente
ventajosas. Para persuadirme, basta saber que Dios ha
preferido sufrir todo lo que la rabia de los hombres ha
podido inventar en las torturas más horribles, antes
de yerme condenado a los menores suplicios de la otra vida;
basta, dije, que sepa que es Dios mismo quien me prepara,
quien me presenta el cáliz de amargura que debo beber
en este mundo. Un Dios que ha sufrido tanto para impedirme
sufrir, no se dará el cruel e inútil placer de
hacerme sufrir ahora.
HAY QUE CONFIAR
EN LA PROVIDENCIA
Para mí, cuando veo a un cristiano
abandonarse al dolor en las penas que Dios le envía,
digo en primer lugar: «He aquí un hombre que se
aflige de su dicha; ruega a Dios que le libre de la
indigencia en que se encuentra y debería darle
gracias de haberle reducido a ella. Estoy seguro que nada
mejor podría acaecerle que lo que hace el motivo de
su desolación; para creerlo tengo mil razones sin
réplica. Pero si viera todo lo que Dios ve, si
pudiera leer en el porvenir las consecuencias felices con
las que coronará estas tristes aventuras,
¿cuánto más no me aseguraría en mi
pensamiento?
En efecto, si pudiéramos descubrir cuales son los
designios de la Providencia, es seguro que
desearíamos con ardor los males que sufrimos con
tanta repugnancia.
¡Dios mío!, si tuviéramos un poco
más de fe, si supiéramos cuánto nos
amáis, cómo tenéis en cuenta nuestros
intereses, ¿cómo miraríamos las
adversidades? Iríamos en busca de ellas ansiosamente,
bendeciríamos mil veces la mano que nos hiere.
«¿Qué bien puede proporcionarme esta
enfermedad que me obliga a interrumpir todos mis ejercicios
de piedad?», dirá tal vez alguien.
«¿Qué ventaja puedo obtener de la
pérdida de todos mis bienes que me sitúa en el
desespero, de esta confusión que abate mi valor y que
lleva la turbación a mi espíritu?» Es
cierto que estos golpes imprevistos, en el momento en que
hieren acaban algunas veces con aquellos sobre quienes caen
y les sitúan fuera del estado de aprovecharse
inmediatamente de su desgracia: Pero esperad un momento y
veréis que es por allí por donde Dios os
prepara para recibir sus favores más insignes. Sin
este accidente, es posible que no hubierais llegado a ser
peor, pero no hubierais sido tan santo. ¿No es cierto
que desde que os habéis dado a Dios, no os
habíais resuelto a despreciar cierta gloria fundada
en alguna gracia del cuerpo o en algún talento del
espíritu, que os atraía la estima de los
hombres? ¿No es cierto que teníais aún
cierto amor al juego, a la vanidad, al lujo? ¿No es
cierto que no os había abandonado el deseo de
adquirir riquezas, de educar a vuestros hijos con los
honores del mundo? Quizá incluso cierto afecto,
alguna amistad poco espiritual disputaba aún vuestro
corazón a Dios. Sólo os faltaba este paso para
entrar en una libertad perfecta; era poco, pero, en fin, no
hubierais podido hacer aún este último
sacrificio; sin embargo, ¿ de cuántas gracias no
os privaba este obstáculo? Era poco, pero no hay nada
que cueste tanto al alma cristiana como el romper este
último lazo que le liga al mundo o a ella misma;
sólo en esta situación siente una parte de su
enfermedad; pero le espanta el pensamiento de su remedio,
porque el mal está tan cerca del corazón que
sin el socorro de una operación violenta y dolorosa,
no se le puede curar; por esto ha sido necesario
sorprenderos, que cuando menos pensabais en ello, una mano
hábil haya llevado el hierro adelante en la carne
viva, para horadar esta úlcera oculta en el fondo de
vuestras entrañas; sin este golpe, duraría
aún vuestra languidez. Esta enfermedad que se
detiene, esta bancarrota que os arruina, esta afrenta que os
cubre de vergüenza, la muerte de esta persona que
lloráis, todas estas desgracias harán en un
instante lo que no hubieran hecho todas vuestras
meditaciones, lo que todos vuestros directores hubieran
intentado inútilmente.
VENTAJAS
INESPERADAS DE LAS PRUEBAS
Y si la aflicción en que estáis por
voluntad de Dios, os hastía de todas las criaturas,
si os compromete a daros enteramente a vuestro Creador,
estoy seguro que le estaréis más agradecidos
por lo que os ha afligido, que por lo que le hubierais
ofrecido en vuestros votos si os evitaba la
aflicción; los demás favores que habéis
recibido de Él, comparados con esta desgracia, no
serán a vuestros ojos más que pequeños
favores. Siempre habéis mirado las bendiciones
temporales que ha derramado hasta ahora sobre vuestra
familia como los efectos de su bondad hacia vosotros; pero
entonces veréis claramente que nunca os amó
tanto como cuando trastornó todo lo que había
hecho para vuestra prosperidad, y que si había sido
liberal al daros las riquezas, el honor, los hijos y la
salud, ha sido pródigo al quitaros todos estos
bienes.
No hablo de los méritos que se adquieren por la
paciencia; por lo general, es cierto que se gana más
para el cielo en un día de adversidad que durante
varios años pasados en la alegría, por santo
que sea el uso que se haga de ella.
Todo el mundo conoce que la prosperidad nos debilita; y
es mucho cuando un hombre dichoso, según el mundo, se
toma la pena de pensar en el Señor una o dos veces
por día; las ideas de los bienes sensibles que le
rodean ocupan tan agradablemente su espíritu que
olvida con mucho lodo lo demás. Por el contrario la
adversidad nos lleva de un modo natural a elevar los ojos al
cielo, para, mediante esta visión, suavizar la amarga
impresión de nuestros males. Sé que se puede
glorificar a Dios en toda clase de estados y que no deja de
honrarle la vida de un cristiano que le sirve en una alegre
fortuna; pero ¡quién asegura que este cristiano
le honra tanto como el hombre que le bendice en los
sufrimientos! Se puede decir que el primero es semejante a
un cortesano asiduo y regular, que no abandona nunca a su
príncipe, que le sigue al consejo, que todo lo hace a
gusto, que hace honor a sus fiestas; pero que el segundo es
como un valiente capitán, que toma las ciudades para
su rey, que le gana las batallas, a través de mil
peligros y a precio de su sangre, que lleva lejos la gloria
de las armas de su señor y los límites de su
imperio.
Del mismo modo, un hombre que disfruta de una salud
robusta, que posee grandes riquezas, que vive en honor, que
tiene la estima del mundo, si este hombre usa como debe de
todas estas ventajas, si las recibe con agradecimiento, si
las refiere a Dios como a su divino Maestro por una conducta
tan cristiana; pero si la Providencia le despoja de todos
estos bienes, si le consume de dolores y de miserias y si en
medio de tantos males, persevera en los mismos sentimientos,
en las mismas acciones de gracias, si sigue al Señor
con la misma prontitud y la misma docilidad, por un camino
tan difícil, tan opuesto a sus inclinaciones,
entonces es cuando publica las grandezas de Dios y la
eficacia de su gracia, del modo más generoso y
brillante.
OCASIONES
DE MÉRITOS Y DE SALVACIÓN
Juzgad de ahí la gloria que deben esperar de
Jesucristo las personas que le habrán glorificado en
un camino tan espinoso. Entonces será cuando nosotros
reconoceremos cuánto nos habrá amado Dios,
dándonos las ocasiones de merecer una recompensa tan
abundante; entonces nos reprocharemos a nosotros mismos el
habernos quejado de lo que debería aumentar nuestra
felicidad; de haber gemido, de haber suspirado, cuando
deberíamos habernos alegrado; de haber dudado de la
bondad de Dios, cuando nos daba las señales
más seguras. Si un día han de ser así
nuestros sentimientos, ¿por qué no entrar desde
hoy en una disposición tan feliz? ¿Por
qué no bendecir a Dios en medio de los males de esta
vida, si estoy seguro que en el cielo le daré gracias
eternas?
Todo esto nos hace ver que sea cuál sea el modo
como vivamos deberíamos recibir siempre toda
adversidad con alegría. Si somos buenos, la
adversidad nos purifica y nos vuelve mejores, nos llena de
virtudes y de méritos; si somos viciosos, nos corrige
y nos obliga a ser virtuosos.
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