Robert de
Langeac - La vida oculta en
Dios (inicio)
II. LA ACCI�N DE
DIOS
EL
DESEO DE LA PERFECCIÓN
El deseo de la perfección debe ser constante, pues
sin ello no se suman nuestros esfuerzos. En nuestra vida
habrá paréntesis, vacíos y, acaso, algo
peor. Cuando un hombre que edifica una casa se detiene en su
trabajo por falta de materiales o de valor para continuarla,
tal vez piensa que cuando tenga valor o materiales no
tendrá que hacer sino reanudar en el mismo punto su
interrumpida construcción. Nada de eso. Pues durante
este tiempo habrán intervenido los agentes
físicos: la lluvia, el viento, la nieve, el hielo, el
calor, el frío habrán ejercido su influencia.
La casa se desmoronará piedra a piedra,
acabará por caer y hasta sus mismas ruinas
perecerán.
Pues así sucede en la vida espiritual, cuando un
alma deja apagarse en su corazón ese deseo de
perfección: piensa que ha de poder recuperar sus
ímpetus; pero no, nada de eso, aquella alma desciende
hacia el abismo.
Y es que acumula los obstáculos entre ella y Dios.
Porque en el proceso de la perfección, «quien no
avanza retrocede». Bien sé que un alma, a pesar
de ésas interrupciones, puede recuperar su fervor y
reparar sus períodos de imprudencia, pues Dios es
misericordioso. Pero eso es misión de la
misericordia; y en la vida espiritual hacen falta la
sabiduría y la prudencia. Mirad, si no, las
vírgenes prudentes y las vírgenes locas;
también estas últimas amaban, pero su amor no
fue lo bastante constante.
El alma que de verdad quiere encontrar a Jesús,
iluminada por el Espíritu Santo, comprende que le
importa mucho no perder el tiempo en vanas búsquedas.
Los menores retrasos constituyen para ella una desgracia o
un martirio. Nunca es demasiado pronto para hallar a
Dios.
EL
DESEO DE LA UNIÓN PLENA CON DIOS
Podemos pedir la unión profunda con Dios,
pero con una condición: la de que sea oculta.
Conviene que aspiremos a ella. En la unión con Dios
hay varios grados, varias etapas por recorrer. Pero hay que
subir siempre. Podemos crecer constantemente en esta
intimidad. Los teólogos, aun los más severos,
dicen que un alma que ha recibido ya algunos valores
místicos puede desear su continuación.
¡Qué puede haber más perfecto que esta
unión, puesto que la perfección consiste en
que cada cual vuelva a su principio para encontrar en
él su acabamiento! ¡Qué puede haber
más profundo, puesto que todo sucede en lo más
intimo del alma en ese santuario interior en donde habita
Dios! ¡Qué puede haber más puro, puesto
que esa unión supone la armonía, el
alejamiento de todo cuanto difiere de quien es la santidad
misma y puesto que se realiza entre dos espíritus!
¡Qué puede haber más precioso, puesto que
por ella Dios se da al alma con todos sus tesoros!
¿Dónde hallar, pues, más luz, más
calor, más energía, más paz, más
alegría? «Pero mi bien es estar apegado a
Dios».
Indudablemente, no conviene imponerse a Dios; es
inútil y es perjudicial. Invita «de hecho»
a quien le place. Pero espera que le deseemos, que le
pidamos, que le llamemos, que le preparemos nuestra alma por
un amor delicado y generoso, constante y abandonado, y tiene
derecho a ello. Ése es, pues, nuestro deber.
«Ven, Señor Jesús». Velad
dulcemente y deseadlo siempre en paz.
SU
INVITACIÓN VIENE AL ALMA DESDE DENTRO DE SÍ
MISMA
¿Pero cómo esperarte realmente?
¿Dónde estás? ¿Cuál es el
camino que lleva hasta Ti? Y te oigo responderme:
«¡Pero si estoy dentro de ti! Si quieres
encontrarme, ven adonde habito y me daré a ti.»
«¡Que Tú estás en el interior, en lo
más íntimo de mi alma! ¡Si yo pudiera
acabar de comprender esas pocas palabras! ¡Si supiera
separarme de todo, abandonarme a mí mismo, para
adelantarme luego hacia Ti, acercarme a Ti y llegar al menos
hasta la puerta de tu santuario, oh dulce
Trinidad!»
DIOS
ES QUIEN LA ESCOGE Y QUIEN LA ATRAE
Eres Tú quien escoges libremente las almas a
quienes quieres convertir en tu morada permanente, a las que
quieres separar de todo, purificar, enriquecer, elevar,
recibir en Ti, dentro de Ti, para que te contemplen, en
cierto modo como Tú te contemplas, para que te amen
del modo como Tú te amas, y para que vivan
-imperfecta sin duda, pero realmente- de tu vida trinitaria.
«No me habéis elegido vosotros a mí,
sino que yo os elegí a vosotros...».
Sí, sólo Tú, Dios mío, eres
el que empiezas, continúas y acabas esta hermosa
labor. Sin duda que pides el consentimiento y, cuando ha
lugar el concurso del alma. Pero eres Tú quien
primero le enseñas que posee en el fondo de sí
misma esa perla preciosa, ese tesoro oculto del
Evangelio. Pues ella ignoraba su verdadera riqueza.
Ella no buscaba la verdadera dicha allí donde
está. Vivía sobre todo en el exterior y del
exterior. No vivía en el interior y del interior
porque verdaderamente no sabía. «¡Si
conocieras el don de Dios!» Pero poco a poco le has
instruido e iluminado. Y ha empezado a comprender. Sus ojos,
atónitos y embelesados, se han abierto. Unos
horizontes totalmente nuevos, infinitos, le han aparecido
con dulce y agradable luz. Y no es que esta luz, al menos lo
más a menudo, se proyecte sobre otras realidades que
no sean las de la fe, sino que casi hace ver y coger estas
realidades. Tú, Dios mío, ya no eres para el
alma un ser lejano, confusamente entrevisto, abstractamente
pensado, sino el Dios vivo y presente, la Verdad, la
Belleza, la Bondad perfecta y concreta, ka nunca Realidad
que merece verdaderamente este Nombre. El alma comprende
entonces de un modo práctico que Tú eres su
Todo, que no hay nada para ella fuera de Ti y que la
verdadera riqueza es la de poseerte. Y entonces te desea con
un deseo ardiente, imperioso, que le asombra, le aterra y le
encanta a un tiempo.
PRESENCIAS
Y AUSENCIAS DE DIOS
La vida espiritual, salvo en su última fase, se
desarrolla así: Lo perdemos, lo buscamos y volvemos a
encontrarlo: «Estás ahí, Dios mío;
soy feliz al saberte presente.»
Sí, Dios obra de ese modo. Viene y luego se va
para que lo busquemos de nuevo. ¡Oh, cuándo
acabaréis de comprender que hemos de buscarlo por
Él sólo y no por el gozo que da su
presencia!
Tenemos que recibir las gracias de Dios sin demasiado
entusiasmo natural para no sentirnos demasiado abatidos
cuando la gracia sensible disminuya. Conservad siempre una
gran calma. Dios no actúa sino en la calma.
Cuando Jesús se esconde, nos tenemos que poner a
buscarlo con todo nuestr0 corazón. No podemos vivir
sin Él. Sin embargo, no podemos poseerlo siempre.
Tenemos, pues, que buscarlo, pero que buscarlo sin
tregua.
Lo encontraremos en esa alma entenebrecida a la que
iluminamos, en esa alma entristecida a la que consolamos, en
esa alma abatida a la que alentamos, o en esa alma dichosa
de Dios a la que admiramos y a la que envidiamos.
Lo encontraremos también en el Tabernáculo,
en donde se esconde y en donde se da. Lo encontraremos en
nosotros mismos, en el fondo nuestro propio corazón.
Está allí de un modo misterioso, que no es el
de la presencia eucarística, pero que, sin embargo,
es muy real. En el fondo, la manera de encontrar a
Jesús, por todas partes, es la de llevarlo con
nosotros mismos por todas partes, lo sintamos o no.
No os canséis de buscar a Dios. Decidle a menudo
que se esconda en lo más íntimo de vosotros
mismos y que os haga saber sin ruido de palabras que
Él está allí de verdad y que
está allí para vosotros. Permitidle que
ilumine, que fortifique, que abrase vuestra alma. Pedidle
que se digne gobernarla desde ese fondo íntimo en el
que se oculta y se revela a un tiempo.
Vuestro sufrimiento viene de que no veis. Haced con
frecuencia esta oración del ciego:
«Señor. Haz que vea»». Entonces, por
no sabemos qué medio. una advertencia sobre vuestros
defectos, una lectura o una palabra de Dios os
iluminará y os dará la luz que
buscáis.
Lo que me parece, que constituye un obstáculo es
el temor. Por humildad, por timidez, tenemos miedo de Dios.
No vemos en Él más que la Grandeza infinita,
la Omnipotencia, la Majestad, y solemos olvidar la Bondad,
la Misericordia, la infinita condescendencia de ese Dios que
se hizo hombre por amor hacia nosotros. Él dijo:
«Venid a mí todos» y tememos ir a
Él. Él ha dicho: He aquí este
Corazón que tanto amó a los hombres, y
temblamos de ser amados por Él. Modicae
fidei!.
NECESIDAD
DE LAS PURIFICACIONES PASIVAS
Para amar a Dios, para amar a las almas como conviene,
nos hace falta un corazón puro, desinteresado. Pureza
de los sentidos, pureza del espíritu y de la
intención: ésas son las dos condiciones y
también los dos frutos de la verdadera
dilección.
El amor que Dios derrama en nuestra almas es todo
espiritual; es una participación de su
Espíritu. Indudablemente puesto que Dios nos hizo
compuestos de cuerpo y de alma, de materia y de
espíritu, todo afecto sobrenatural debe repercutir
normalmente en nuestra sensibilidad. No es el alma sola la
que ama, es todo el hombre. Y si el pecado original no
hubiera venido a turbar el orden establecido entre nuestras
facultades, no tendríamos que inquietarnos de regular
nuestra sensibilidad conforme a la ley de la razón y
de la fe. Pues esta regulación se haría por
sí misma y muy bien.
Pero puesto que el orden ha sido turbado, la primera
tarea que se impone es la de restablecerlo. Puesto que
nuestros sentidos buscan su satisfacción
independientemente de la razón y a menudo contra
ella, hay que disciplinarlos por un esfuerzo paciente y
perseverante. Son servidores. no dueños. Tienen que
informar, que ejecutar, y no les toca mandar y menos
todavía turbar. Todas las veces que se
descarrían fuera del camino recto, hemos de volverlos
a él, de grado o por fuerza. Y el mejor medio de
domeñarlos consiste en privarlos. Al principio
murmuran, gruñen, incluso procuran amotinarse. Pero
si la voluntad se mantiene firme, concluye con su
insubordinación. Poco a poco se callan y acaban por
obedecer. A cambio, y de vez en cuando, la voluntad deja que
llegue hasta ellos, en la. medida de lo posible, un poco de
esa felicidad con que el amor divino la embriaga; y eso es
para los sentidos un paladeo anticipado de los
purísimos goces que el Cielo les reserva
después de la Resurrección.
Pero la Gracia prosigue su obra; va ésta del
exterior al interior, de los sentidos a la memoria, y sobre
todo a la imaginación. La lucha se hace más
dura; también más larga. El enemigo que hemos
de vencer es de una. agilidad y de una movilidad
increíbles. En el momento en que creemos tenerlo por
fin dominado, se nos escapa de las manos. Y, sin embargo, es
de máxima importancia someterlo al régimen del
amor. Corresponde, en particular, a la imaginación el
cometido de aportar como a pie de obra a nuestro
espíritu los materiales de donde ha de sacar
éste todas sus construcciones. A su vez, el
espíritu la utilizará para dar relieve, color
y vida a sus pensamientos, a sus deseos, a sus voliciones.
Sus órdenes pasan a través de ella, y es ella
la que pone en movimiento todas las facultades de
ejecución.
Nunca se dirá lo bastante cuánto importa al
alma que quiere servir a Dios, tanto interior como
exteriormente, el disciplinar a esta preciosa, pero terrible
potencia mortificándola.
Es preciso, pues, que la imaginación aprenda
también -ella sobre todo- no a preceder, sirio a
seguir, no a ordenar, sino a obedecer, no a buscar lo que le
place, sino a contentarse con lo que se la quiera dar. Si
aun tu gracia, Dios mío, para purificarla más
a fondo, la sumerge largos días en la amargura, el
sufrimiento y la noche, ella tiene que aceptar esta prueba
como justo castigo de sus descarríos, como necesario
enderezamiento de sus vías oblicuas y tortuosas, y
como indispensable preparación al papel que desde
ahora tendrá que desempeñar bajo las
órdenes de tu amor. Esta divina educación
durará todo el tiempo que sea necesario para que los
fines que Dios persigue estén asegurados. Pero
también, ¡qué encanto para el alma
interior cuando, una vez terminada esta tarea, se vea
liberada por fin de esa importuna -cabría decir que
de esa loca- y cuando se sienta reina de su propia casa y
reina obedecida, respetada, amada!
Cuando la sensibilidad ha quedado así bien
sometida a las órdenes del amor de Dios,
todavía no se ha dicho, sin embargo, la última
palabra de su obra purificadora. La. labor más
necesaria no se ha hecho aún, o al menos no
está acabada. Pues el desorden entró en el
hombre y se instaló en él por las facultades
superiores. Será preciso, pues, que la Gracia vuelva
a subir hasta esas alturas, penetre hasta esas
profundidades, para reparar lo que el pecado destruyera, y
para restablecer en una armonía suficiente lo que
dividiera y enfrentase. En lugar de convertirse en la medida
de las cosas, la inteligencia tendrá que adaptarse a
la suya. Deberá ingresar en la escuela de las
realidades salidas de las manos divinas y en la de las
mentes más dóciles y más penetrantes
que en el transcurso de los siglos estudiaron
aquéllas y se esforzaron por verlas tales y como las
ve Dios que las creó, es decir, como desde dentro.
Deberá sobre todo, someterse a tu propia escuela,
Dios mío, que eres la eterna Verdad.
Lo que le importará conocer por encima de todo es
a Ti mismo. Pero nadie te conoce como te conoces Tú.
Nadie sino Tú mismo puede, pues, decir lo que
Tú eres. Claro que las criaturas le hablan ya mucho
de Ti, ¿pero cómo van a revelarle lo que en el
fondo ignoran, es decir, tu vida íntima? Cierto
también que en tu bondad te dignaste enviarnos a tus
profetas, y a tu mismo amado Hijo para que te explicase.
Pero a Él y a todos ellos les fue absolutamente
necesario emplear palabras humanas para cumplir tan santa
misión, puesto que entonces hablaban como hombres que
se dirigían a otros hombres. ¡Cómo lograr
que el Ser Infinito que Tú eres pudiera contenerse en
unas cuantas sílabas de nuestra pobre lengua! Los
desbordas por todas partes. Y lo que de Ti nos dicen, lejos
de calmar nuestra hambre, la excita y la aviva.
El ideal seria, pues, que pudiéramos entrar en tu
escuela, que nos convirtiésemos en tus
discípulos directos, ya que Tú estás
dispuesto a. convertirte en nuestro Maestro. Pero entonces
es cuando se nos impone la rigurosa. purificación de
nuestras facultades superiores, desde el mismo fondo de
nuestra alma. Porque Tú, Dios mío, eres puro
espíritu, y espíritu de santidad. Y para ser
admitido en tu escuela, para escucharte, para comprenderte,
para gustarte, es preciso ser puramente espíritu.
Sólo que nuestra alma, hundida desde hace tanto
tiempo en la materia, se halla ya como revestida de todas
sus formas. Ya no sabe comprender y gustar sino lo que
está en el orden de las cosas que caen bajo los
sentidos. Y de tanto vivir en lo sensible ha olvidado su
vida propia, que es la. vida de un espíritu. Es
necesario, pues, que tu amor penetre en ella para
purificarla y aun osaríamos decir que para.
refundirla. Tarea dura, y transformación dolorosa,
pero muy necesaria.
DIOS
VACÍA POCO A POCO EL ALMA PARA ENTREGARSE A
ELLA
Tú, Dios mío, apartas al alma
progresivamente de todo lo que no eres Tú. A su
alrededor y en ella misma se hace el vacío. Nada que
no seas Tú le dice ya nada. Sus mismos ejercicios de
piedad carecen para ella de todo encanto. Ya no le
alimentan. Al advertirlo se llena de inquietud. Sin embargo,
y a pesar de realizarlos con escasa satisfacción y
poco éxito, no los abandona, pues son para ella un
motivo de pensar en Ti y de aproximarse a Ti. Ahora bien,
pensar en Ti, acercarse a Ti constituye para el alma una
dolorosa y deliciosa necesidad. Desde dentro, Tú
ejerces sobre ella una misteriosa atracción de la que
se da cuenta vagamente y que ya. no le permite dedicarse a
sus rezos y a su oración como solía. Ello es
debido a que tu amor la. envuelve dulcemente y la
sitúa en ese descanso que es totalmente nuevo para
ella. ¡Qué feliz es, entonces, a pesar de su
turbación! Querría poderse quedar siempre bajo
ese misterioso encanto, ni cuyo origen ni cuya naturaleza
acaba. de entender. Diría muy gustosa:
«¡Señor, qué bien estamos
aquí»; y por eso cuando cesa el encanto, su
mayor deseo es volver a disfrutarlo. Pero Tú no
sueles satisfacer inmediatamente ese deseo. Con todo, si el
alma sabe mantenerse en la soledad interior, no
tardarás en visitarla. Menudearás tus venidas,
y cada vez te quedarás más tiempo. ¡Si
pudieras quedarte siempre! ¿Y por qué no?
¿Acaso no es ése tu deseo, Dios mío, y el
fin que persigues constantemente, a pesar de las
incomprensiones y de las resistencias más o menos
conscientes del alma? Tú eres todo felicidad. Y
querrías que toda criatura que fuera capaz de ello
comulgase lo más y lo antes posible en esta beatitud
tuya que eres Tú mismo. Esperar al fin de la vida es
demasiado esperar para tu amor. Y por eso invade tu amor
poco a poco al alma fiel. Empieza por apoderarse de la
voluntad, potencia para amar, y luego de las demás
facultades, para unirlas a ellas, o al menos para no
permitirles turbarla. Y si es necesario a tus designios,
llega a inmovilizar a. los mismos sentidos para que el alma,
por lo. que hay en ella de más espiritual, pueda ser
toda de tu amor. Restablecerás la armonía
más tarde, cuando hayas hecho la conquista total y
cuando Tú y ella. seáis dos, pero en un solo
espíritu y en un solo amor.
Ésta será la hora de la unión
perfecta y permanente. Tú vivirás tu vida. en
el a1ma y el alma vivirá en Ti con tu propia vida. Y
después de esto ya no habrá más que el
cielo.
DIOS
ABRASA EL ALMA
El amor de Dio es una llama ardiente. Antes de
transformar el alma, destruye, abrasa, consume. Todo lo que
le es contrario debe desaparecer. Esté periodo de la
vida interior es particularmente doloroso. Es una
época de purificación; el alma es arrojada al
crisol; todas sus escorias suben del fondo a la superficie;
ve entonces toda su fealdad y saborea cruelmente su
amargura. A veces llega a experimentar la impresión
de que esas lacras forman parte de sí misma y de que
jamás podrá deshacerse de ellas. Pero, en el
fondo, el alma es bella porque es pura, y a su voluntad le
horroriza todo este mal.
A quien no viera más que el efecto de estas duras
tribulaciones, le parecería como calcinada por ese
fuego misterioso, ennegrecida, sin forma y sin belleza.
Está como desfigurada, deformada. Todos los
pensamientos que poco a poco se habían apoderado de
su mente y la habían hablan moldeado a su imagen,
todos los afectos que se habían infiltrado en su
corazón yu lo habían hecho semejante a su
objeto, todos los recuerdos que impregnaban su memoria hasta
el punto de absorberla, todo eso ha desaparecido. Durante la
prueba todo ha sido cortado, arrancado, quemado. El alma ya
no es la misma, y en este sentido es irreconocible. Se ha
afeado con esa fealdad que resulta de la privación de
una falsa belleza. Pero se ha embellecido con la verdadera
belleza, con la que es una participación en la
Belleza de Dios. No se destruye sino lo que se sustituye. Y
el alma interior, despojada de cuanto formaba su aparente
riqueza, ha empezado a revestirse de la Belleza de Dios.
Para unir, el amor de Dios debe, ante todo, separar. Y
aquí ya no se trata de aflojar los vínculos
que unían al alma. con su cuerpo, sino de penetrar en
el mismo seno del alma para liberar allí lo que hay
de más perfecto en ella: «el
espíritu», a fin de que la unión con
Dios, que es Espíritu, pueda realizarse plenamente.
Sobrevienen entonces unas angustias dolorosas, deliciosas,
inexpresables. Es una. vida nueva que se insinúa
hasta las profundidades del alma y que lo cambia todo en
ella. El alma. ya no se reconoce. Es otra, aunque siga
siendo ella misma. La impresión de muerte es tan
viva, que grita pidiendo socorro. Pero comprende que nadie
puede venir en su auxilio. Le sería preciso el Cielo,
y todavía no ha llegado la hora.
Y LA
DEJA RECAER EN SU MISERIA NATIVA
A veces, Dios mío, después de haber elevado
el alma interior hasta Ti y de haberle hecho gustar los
goces de tu intimidad, luminosa. y sosegadamente, te place
volver a dejarla. caer, de pronto, hasta el fondo de su
miseria nativa. La envuelven entonces las tinieblas, el
frío se adueña de ella y la paraliza, y suben
hasta sus labios oleadas de amargura. Le parece que su dicha
no fue más que un sueño. Se siente más
«pecadora» que nunca. Todo en ella le parece
fealdad y mancha. Nada es puro a sus ojos, ni lo que es, ni
lo que hace. Se convierte en un océano de
tristeza.
¿Quién sabe si volverá a conocer nunca
la alegría de los días felices?
¡Están tan lejos, y, en cambio, el mal
está allí, tan real, tan universal, tan tenaz
y tan profundo...! Cierto que en lo más íntimo
de sí misma le queda una sorda esperanza, pero es tan
débil que apenas se atreve a creer en ella.
ACEPTAD
EN PAZ LA PRUEBA
El sufrimiento que provenga de vuestras tentaciones os
será útil desde el momento en que
rechacéis con un acto de voluntad todo lo que en
vosotros se subleva contra Dios. La caridad y el
egoísmo luchan una contra el otro. Y vuestra alma es
su campo de batalla consciente. De ahí viene el
dolor, que es- un efecto, no una causa. Es el necesario
rescate de la purificación. Pero pensad que la
unión, al menos la de las dos voluntades, está
al término y que se realiza en ese estruendo. Y que
esa unión lo es todo para vosotros.
Aceptad ese estado que Dios ha querido para vosotros,
entre cielo y tierra. Renunciad cada vez más a las
alegrías de este mundo y esperad en paz, confiados e
incluso con alegría las tan consoladoras visitas de
Jesús Porque ése es el Calvario. Esa, la ley
rigurosa del progreso, Y ese el camino de la unión
verdadera.
Permaneced, pues, en él, cueste lo que cueste; no
salgáis de él jamás, por ningún
pretexto. Esperad, esperad, amad, «¿No era
preciso que el Mesías padeciese éstos y
entrase en su gloria?» El discípulo no
está por encima del Maestro. Puede suceder que os
sintáis muy lejos de Dios y que, sin embargo, os
aproximéis realmente a Él.
No, no estáis fuera de vuestro camino. Al
revés. Marcháis por él, pero no lo
veis. No tenéis conciencia más que de la
oscuridad y de la amargura. Pero Dios hace su tarea. Su luz
os ciega. Su dulzura os hace experimentar esa
impresión de cenizas y de hiel. Dios está
dentro de vosotros y os fortifica. Creed eso sencilla y
humildemente. ¿Adónde os lleva? A Él. Sed
pacientes. Ocultad vuestra prueba. Si podéis,
sonreíd al exterior, pero estad persuadidos de que
nadie puede intervenir. Dios está trabajando, hay que
dejarle hacer su labor. Por lo demás, nada le
detendrá,. Tan sólo vosotros podéis
apresurarlo amando y diciendo: «Venga a nosotros tu
reino. Hágase tu voluntad.» Creed nuevamente
que éste es un proceso de amor. Os humilla, os
purifica en el sentido espiritual y universal de la.
palabra, os fortifica y os templa. Sufriréis tanto
más cuanto fuera más considerable la tarea:,
por realizar y hubiera que hacerla más a fondo, pero
todo eso será para vuestra verdadera dicha.
Seréis dichosos cuando ya no seáis vosotros
mismos y cuando todo se os haya cambiado. Es preciso orar,
santificarse y esperar.
No está bien que se analicen y detallen las
propias pruebas. Vale mil veces más concluir de una
vez, orar y acudir directa e inmediatamente a Dios. Tenemos
que volvernos francamente hacia Dios y darnos a Él
totalmente a pesar de la repugnancia de la naturaleza.
Orad, escudriñad el fondo de vuestro
corazón; consultad, leed si es necesario. Pero lo que
sobre todo os iluminará será la oración
confiada.
CONTEMPLACIÓN
FELIZ Y CONTEMPLACIÓN DOLOROSA
Puede haber contemplación feliz y
contemplación dolorosa, y, a veces, esta
última ocultará en parte los fenómenos
místicos. Pero parece que incluso en la
contemplación dolorosa hay conciencia de la
unión, al menos en la más alta cima del alma,
pues sin eso los Santos no podrían soportar la carga
de sufrimiento que Dios les impone.
Parece que no hay Santo canonizado en quien no se haya
reconocido esta acción mística de Dios.
Podemos desear la acción directa de los dones del
Espíritu Santo, en el sentido de que obligan al alma
al máximo ejercicio de la caridad. Muchos autores
previenen, con razón, contra lo sensible en los
consuelos espirituales, pero no han de incluirse en esta
desconfianza los consuelos superiores con tal de que no nos
adhiramos a ellos.
Cabe vivir habitualmente en presencia de Dios sin que los
dones del Espíritu Santo se muevan conscientemente
como tales y sin que sea necesario que tengamos unas luces
especiales de las cuales nos demos cuenta.
Pero también la inversa puede ser verdadera. Yo
diría entonces que cabe ser contemplativo sin ser muy
virtuoso y que cabe ser virtuoso sin ser todavía
contemplativo. ¡Depende de tantas cosas! ... De las
facultades alcanzadas por la acción de Dios, de la
réplica del temperamento, del carácter, de la
voluntad
PALABRAS
DE DIOS AL ALMA
Me parece, Dios mío, que más de una vez le
plugo ya a tu amor hablar a mi alma. Sucedía por lo
común en la hora en que menos pensaba yo en Ti. De
repente, en lo más profundo de mi corazón,
oía yo espiritualmente que una voz dulce y fuerte,
precisa y penetrante, me decía una palabra,
sí, a veces una sola. Y mi alma, sorprendida,
inquieta y dichosa a un tiempo, se sentía
transformar, al ser o cumplir lo que aquella palabra le
indicaba: «Ama, escucha; cállate,
sígueme; busca en el fondo de ti, ten confianza; Yo
soy Padre, también lo serás tú; date a
Mi y Yo me daré a ti, escóndete dentro de Mi,
y dame a manos llenas a las almas.»
¡Oh palabra de mi Dios, qué dulce eres para
el corazón amante! ¡Qué fuerte eres
también! Tú realizas lo que significas.
¡Tú beatificas!
ÉXTASIS
Y ORACIÓN
Mientras no otorgas esta gracia al alma, por muy cerca
que esté de Ti, se da cuenta de que no está
totalmente cogida por Ti. Siente como un malestar
espiritual, como una especie de inseguridad. No
querría ser perturbada en su dulce ocupación.
Pero podría suceder que lo fuera. Lo teme. Y su temor
es fundado. No están todavía rotos todos los
vínculos con lo que no eres Tú. Aún
mantiene cierta comunicación con este mundo sensible
que nada puede darle y que, por el contrario, podría
volver a llamarla a él, ¡ay!,
arrebatándola todo. Sin duda ese temor es
débil, sordo, casi inaprehensible, pero existe. Hace
sufrir, es una traba. Verdaderamente el alma no puede
elevarse para hablarte a sus anchas, cuando siente dentro de
si un deseo tan vivo de hacer1o.
Mientras que cuando te dignas desligaría por
completo, aunque no sea más que por un instante,
¡qué alegría al encontrarse a solas
contigo, casi cara a cara, y al pode decirte sin palabras
todo lo que guarda para Ti en el corazón desde hace
tanto tiempo! Hace entonces como si Tú no supieras
nada de ello. Te lo dice todo. Se abre hasta el fondo.
¡Mira, Padre, todo es tuyo, todo es para Ti! Ya no hay
criaturas que puedan estorbar tu mirada y herir tu
Corazón. Ya no hay ningún obstáculo
entre nosotros. Yo te hablo y Tú me escuchas. Yo te
miro y Tú me contemplas complacido. Nadie nos oye,
nadie nos ve. Nadie sabe que yo estoy aquí contigo,
en Ti. Lo ven los ángeles
, lo ven los
Santos
Pero ellos no sabrán de nuestra
intimidad más que lo que Tú quieras revelares.
Además, que su mirada no es indiscreta; por el
contrario, se sienten dichosos de lo que ven. Y si es
necesario, excitarán mi alma para alabarte, para
bendecirte, para amarte todavía más.
¡Oh Dios mío!, puesto que la oración
no es más que la explicación de un deseo, no
se te puede explicar bien nuestro deseo de amarte, no se
puede orar bien más que en éxtasis.
Si, Dios mío, que nuestro corazón se funda
de amor por Ti. Que para ser más libre de amarte sin
trabas, deje nuestra alma su cuerpo y que se arroje en Ti
como en el foco del amor. ¡Que muera allí
totalmente para no vivir ya más que en Ti y por
Ti¡ Oh amor, las palabras son demasiado pequeñas
para contenerte, y por eso las destrozas; son demasiado
débiles para expresarte, y por eso las aplastas! Pero
es a mayor gloria suya, puesto que proclaman así por
su misma impotencia tu grandeza y tu fuerza.
¡Oh Amor de Dios, ven, haz tu obra, abrásame,
consúmeme, devórame, arrebátame. Yo me
entrego a Ti, hasta el fondo, para siempre jamás, con
un amén infinito!.
GRACIAS
MÍSTICAS Y ACTIVIDAD EXTERNA
Al principio de las más altas gracias de
oración, Dios empieza por absorber toda la actividad
externa. Hay un trastrueque. Dios nos distrae de las
criaturas y de nuestras ocupaciones, como, por desgracia,
nuestras ocupaciones y las criaturas nos distraían
habitualmente de Dios. Cuando el género de vida no
permite este estado de absorción Dios tiene
compensaciones. Pero actúa así, al menos,
durante la oración. Por ejemplo, Santa Catalina de
Ricci. Ni la Santa ni sus superiores se daban cuenta de lo
que sucedía en ella. Era aquello una completa
ligadura.
Luego sucede un estado de malestar. La acción de
Dios estorba la acción del alma sin suprimirla por
entero.
Por fin, Dios, Dueño absoluto del alma, le
devuelve la posesión completa y perfecta de sus
facultades, sin que ella abandone la unión divina. Se
producen entonces unas obras excelentes, sin
proporción con las fuerzas humanas, como las
fundaciones de Santa Teresa y de la. Venerable María
de la Encarnación.
El alma entregada totalmente a Dios y al servicio del
prójimo vive a la vez y sin esfuerzo en dos mundos
diferentes.
Cuando en los casos de unión total hay
éxtasis, ya no hay uso de los sentidos. Pero no se
confunda la levitación, la rigidez de los miembros,
con el éxtasis. Pues estos fenómenos no son
necesarios. Puede haber un desasimiento casi completo de los
sentidos sin que los demás se percaten. Podría
creerse en un adormecimiento, pues la vida física
está aminorada, los sentidos sólo tienen un
papel debilitado, amortiguado e incluso el vecino puede no
darse cuenta de nada.
Este estado dura poco, pero, con alternativas de
recuperación de facultades, puede prolongarse mucho
tiempo.
Pero el acto de la unión no puede durar
in-definidamente sobre la. tierra. La unión,
ciertamente, es actual; es un estado que supone un acto
infuso de amor de Dios. Podemos compararlo a una corriente
subterránea, o a un brasero de brasas muy rojas bajo
la ceniza. De vez en cuando brotan de él haces de
llamas; pero si continuamente hubiese llamas, la vida no las
resistiría. San Juan de la Cruz lo dice expresamente.
Pero el brasero es ardiente y su irradiación puede
ser muy grande.
LOS
«PIANISSIMOS» DE LA UNIÓN: NUEVAS
BÚSQUEDAS DE DIOS
La intimidad consciente del alma con Dios no se mantiene
constantemente en su grado máximo. Pues aunque en
ciertas horas es muy viva, por lo común es más
bien latente, sorda, semiinconsciente. En una palabra,
todavía no es perfecta. En esos momentos demasiado
largos que podrían llamarse los
«pianissimos» de la vida interior, la unión
sigue existiendo. Dios sigue siendo el bien del alma, y el
alma sigue siendo el bien de Dios. Dios no duda del alma,
como tampoco el alma duda de Dios. De una y de otra parte
sigue existiendo la más delicada fidelidad. Y con
todo, sin embargo, a veces el Esposo divino parece alejarse.
Si alguien preguntase entonces al alma interior:
«¿Dónde está tu Dios? ¿No te ha
abandonado?», ella respondería con toda la
sinceridad de su corazón: «Cierto que ya no
disfruto tan vivamente de su presencia. Pero no me ha
abandonado. Pues sé dónde está y lo que
hace: Pastorea entre azucenas».
Pues Jesús tiene otras ovejas a las que ama y de
las que se ocupa. Y ellas constituyen su rebaño.
Pero Dios continúa ocultándose y pasan las
horas. La esperanza persiste en nuestro corazón.
Puesto que Dios se oculta, ¿no tendremos que buscarlo?
Y si sigue ocultándose siempre, como es su derecho,
¿no será menester que lo sigamos buscando
siempre, como es nuestro deber?
El alma interior debe entonces, sobre todo, proclamar muy
alto y sinceramente, a pesar de que le cueste, el derecho de
su Dios a entregarse cuando le plazca. Todavía no ha
mucho le bastaba con recogerse, con volverse hacia el fondo
de sí misma para encontrar allí a su Dios y
para disfrutar en paz del gozo de su presencia y de su
posesión. Pero he aquí que ahora, por
más que hace para volver a ese fondo íntimo
que es como el lugar de su descanso para encontrar en
él a «Aquel a quien su corazón ama»,
queda sola allí pues Dios así lo quiere.
¡Dolorosos momentos de la vida interior, en los cuales
parece como si las gracias de antaño no hubieran sido
más que un relámpago que se extinguió
en la noche y que nunca más volverá a brillar
ya! Si la fuerza divina no la sostuviera sin ella saberlo;
si la paz, una paz de fondo, no. le diera una cierta
seguridad de que todo está bien así, el alma
interior abandonaría su búsqueda y se
desalentaría. Pero no hemos de hacer tal cosa,
tenemos que perseverar siempre.
El alma interior no puede resignarse a la ausencia de
Dios. Lo ha buscado donde solía encontrarlo, donde
Él se dignaba entregarse a ella, es decir, en el
fondo de si misma, pero ha sido en vano. ¿Qué
hará entonces? Permanecer en una estéril
inacción es imposible. El amor que no actúa no
es verdadero. Puesto que el Amado no viene hacia el alma, el
alma irá hacia Él. Me levanté y
recorrí la ciudad... buscando al Amado de mi
alma. ¿Pero dónde está?
¿Qué dirección tomar para encontrarlo? No
puede estar más que en esa ciudad que es la suya, en
la ciudad de Dios: «Si diéramos la vuelta a la
ciudad, si visitásemos luego todas las plazas, si
recorriésemos, una por una, todas sus calles,
¿no tendríamos la suerte de
encontrarlo?»
Y así comienza esa ardiente búsqueda. El
alma interior espera encontrar a Aquel a quien ama, antes
que en ningún otro sitio, en el Cíelo, puesto
que Él vive allí. Y lo escudriña todo.
Lo recorre en todos los sentidos. Suplica a los
ángeles y a los Santos, sobre todo a la
Santísima Virgen María, que le hagan descubrir
a su Dios. La escuchan con bondad. Se compadecen de ella. Le
animan mucho a que persevere. Pero parece como si hubieran
dado una consigna a todos sus amigos de la Ciudad celeste:
«Callarse.» Su silencio es como un velo que
envuelve y recubre al Santo de los Santos. El alma comprende
que, a pesar de su vivo deseo y de su insistencia, ese velo
no se levantará. Tú, Dios mío, eres
un Dios oculto. Sólo Tú puedes hacer la
luz en las tinieblas y mostrarte al alma que te ama.
¿Cuándo lo harás?
E1 alma se vuelve entonces hacia las ánimas del
Purgatorio. Tal vez le dirán ellas dónde se
halla su Dios y cómo tiene que ingeniárselas
para descubrirlo. Pero ¡ay!, que tampoco es más
afortunada. «El mal de que padeces -le responden estas
almas- es el mismo que nosotras sufrimos. No nos
preocuparía el fuego que nos atormenta si
poseyéramos a Aquel a quien nosotras amamos
también tanto. Lo que aumenta nuestra pena, como
aumenta la tuya, es que no sabemos cuándo ese Dios,
tan justo y tan bueno hasta en sus rigores, se
dignará entregársenos por fin. Nos parece que
nuestro «mal de amor» no curará nunca
¡Pobre alma!, te diriges a quien es más
desdichada que tú. Si tu Esposo se digna devolverte
la alegría de su dulce presencia, acuérdate de
nosotras y dile que venga a buscarnos cuanto
antes.»
Es menester, pues que volvamos a esta tierra y que
llamemos a la puerta de esas almas que sabemos están
cerca de Dios. Por lo común, también ellas se
esconden. Ocultan sobre todo cuidadosamente el secreto de su
vida. Sin embargo, las barruntamos. Las medio adivinamos. Y
discretamente, por miedo a que se nos cierren, las
interrogamos: ¿Cómo haremos para descubrir el
retiro de Dios? ¿Cómo atraeremos hacia nosotros
a ese Dios tan bueno? ¿Cómo lo retendremos?
¿Cómo volveremos a llamarlo si está
alejado? Habrá ciertamente un arte de agradarle y de
conquistarle. ¿Conocéis a alguien que pudiera y
quisiera enseñármelo? ¡Deseo tanto
aprenderlo, pagaría tan caro por saberlo!
¿Quién se apiadará de mi?
¿Quién iluminará mi camino, quién
me tenderá la mano, quién me conducirá
hasta su término? ¿Quién me
permitirá encontrar. por fin, un Director?» Y
todas esas preguntas quedan sin respuesta. Pues las mejores
almas son impotentes para proporcionarla mientras Dios no
quiera hacerlo. Y el alma desolada sigue repitiendo
así el grito doloroso de su corazón:
Busquéle y no le hallé.
Dios quiere que el alma interior esté humildemente
sometida, como un niño, a quienes lo representan
legítimamente sobre la tierra. Estaba esperando esta
última actuación para recompensarlas todas de
un solo golpe. Por lo demás, le gusta intervenir
cuando toda esperanza parece perdida. Afirma así su
independencia absoluta. Quiere que sepamos bien que
Él es libre de dar cuando le place y como le place.
El alma no lo ignora. Y deja así a su Dios el cuidado
de concretar la hora de la, recompensa. Entre tanto
continúa su camino y prosigue su búsqueda. Y
he aquí que su ardiente deseo es atendido. De repente
se encuentra cara a cara, por así decirlo, con su
Dios. Y como antaño María Magdalena, se oye
llamar por su nombre. Y no puede decir más que esta
sola frase: «¡Dios mío!»
¡Qué alegría, Dios mío, para un
alma que te ha buscado durante tanto tiempo y tan
dolorosamente, la de encontrarte por fin! Si reflexionase,
apenas se atrevería a creer en su dicha. Pero no
reflexiona. Tu presencia paraliza, en cierto modo, su
pensamiento. Tú estás ahí. Sus ojos
interiores se clavan en Ti. Ya no ven más que a Ti.
Están totalmente cautivados. No pueden desligarse de
Ti. ¡Es tan bueno, es tan beneficioso, es tan dulce el
contemplarte, oh Dios mío, oh «Belleza siempre
antigua y siempre nueva!». Además que verte, aun
de esa manera imperfecta y velada que permite nuestro
destierro, ¿no es ya poseerte? Eso es lo que
experimenta, el alma bienaventurada ante la cual te dignas
aparecer. Le parece verdaderamente que lo que ve así
lo tiene ya y que realmente toma posesión de ello. Y
eso no es una ilusión de su corazón.
EL
DESEO TORTURANTE DE DIOS
Al empezar la vida interior, el deseo de Dios es
débil. Es algo sordo, apenas perceptible. El alma
siente como un malestar misterioso y dulce que no llega a
precisar. Se siente minada en lo más íntimo de
si misma. ¿Por qué? No lo sabe claramente. El
amor de Dios está actuando en su corazón, pero
como un fuego que se incuba bajo la ceniza. De vez en cuando
brota una chispa: un impulso eleva el alma hasta Dios.
Luego, todo se serena. La oscuridad envuelve otra vez el
fondo del alma. La zapa de ésta, sin embargo, no se
interrumpe. Prosigue lenta, oscuramente, pero con segundad.
El deseo de Dios aumenta: invade poco a poco toda el alma. Y
no ha de tardar en manifestarse de nuevo.
En espera de ello, ese deseo de Dios no permanece
inactivo. Si pudiéramos penetrar en esta alma,
veríamos que él es quien inspira, dirige y
vivifica todo en ella. El alma se vuelve hacia Dios sin
descanso. Lo busca siempre. Es como un hambre dolorosa. Como
una sed agostadora. Como una misteriosa enfermedad que nada
cura y todo lo aumenta. Es de todos los instantes. No deja
descansar ni de día ni de noche. Incluso cuando el
alma parece estar distraída de su dolor por las
ocupaciones exteriores, lo siente siempre sordamente en el
fondo de sí misma. Su herida es profunda, su llaga
siempre está viva. ¡Cómo sufrimos cuando
te amamos, Dios mío! Pero también,
¡qué dichoso es una padeciendo!
Llega, por fin, un momento en el que este sufrimiento es
intolerable. Acaba por explotar. El alma gime, llora. Clama
en alta voz su pena. Le parece que abriendo así su
corazón vendrá de fuera un poco de aire fresco
para templar el fuego de su amor. Pero todos esos esfuerzos
no hacen más que agravar su afortunado mal. Comprende
más claramente que nunca que sólo Aquel que
causó su herida puede también curarla., Pues
el alma tiene hambre y Él es su alimento. Tiene sed,
y Él es su bebida refrescante. Es pobre, y Él
es su riqueza. Está triste, y Él es su
consuelo y su alegría. Agoniza, y Él es su
amor y su vida:
«¿Cuándo vendré y veré la
faz de Dios?» «Muero porque no muero».
SUFRIMIENTOS
PURIFICADORES, SUFRIMIENTOS REDENTORES Y
APOSTÓLICOS
A mi juicio, lo que hace tan largos y tan aterradores los
sufrimientos del Purgatorio son las ataduras conscientes,
las infidelidades directa o indirectamente voluntarias, las
resistencias, todo lo que hay de falta de conformidad entre
nuestra voluntad depravada y la de Dios.
En las almas que han logrado elevarse hasta un grado de
unión mística suficientemente alto, el
desasimiento de todo lo creado puede hacerse sobre la tierra
con una impresión crucificante muy dolorosa por dos
razones:
En primer lugar, por muy purificada que nos parezca un
alma, puede tener todavía a los ojos de Dios y a los
suyos propios algunos vínculos que la retengan y a
los cuales haya de renunciar a toda costa. Los sabios
modernos nos hablan de que en cada centímetro
cúbico de agua existen de siete a ocho mil millones
de microbios que, sin embargo, no vemos en ella. Pues en lo
espiritual sucede lo mismo, que tampoco vemos esos
átomos que, a los ojos de la santidad de Dios,
parecen montañas, y lo son en realidad. «Porque
tanto me da que un ave esté asida a un hilo delgado
que a uno grueso; porque aunque sea delgado, tan asida se
estará a él como al grueso, en tanto que no le
quebrare para volar» Pruebas que son como la
traducción a lengua humana, al sufrimiento humano,
del horror que tiene Dios por el menor pecado.
Otras veces, el alma está realmente purificada. Y
aunque sufra, no tiene la. impresión de estar
separada de Dios. La profunda alegría que tiene de
ser suya no puede perderse. Esa alegría coexiste con
el dolor más intenso. Es como cuando Jesús
conservaba la visión beatífica en
Getsemaní y en la Cruz. Las pruebas, sufrimientos,
tentaciones de todo género que sobrevienen ya no son
purificadoras, sino redentoras. Vistas desde fuera y como
superficialmente, tienen el aspecto de pruebas y de
tentaciones de principiantes, pero son apostólicas,
pues se trata de almas que se ofrecen por otras almas y que
sufren exactamente lo que el alma pecadora o principiante
sufriría en aquel estado. Es el caso de San Vicente
de Paúl cuando padeció dos años,
según creo, aquella terrible tentación contra
la fe. O el de la última prueba de Santa Teresa del
Niño Jesús, que mereció un nuevo
florecimiento de la fe en el mundo. Pues por lo que a ella
se refiere, estaba certísimamente purificada. O el de
la Venerable María de la Encarnación cuando se
ofreció por su hijo y por otra alma. Esa
irradiación apostólica es cierta, pero no es
infaliblemente atendida para determinada persona en
particular.
Según San Juan de la Cruz, el alma elevada al
matrimonio espiritual ha llegado al estado perfecto, por
más que pueda aumentar todavía su caridad como
un hombre que ha alcanzado su total desarrollo. Puede
todavía merecer y producir frutos cada vez más
sabrosos y abundantes. Pero su purificación ha
terminado, la estructura interna de la gracia, de las
virtudes y de los dones ha concluido.
ALEGRÍA
EN EL SUFRIMIENTO QUE CONDUCE A DIOS
Yo, Dios mío, no debo proclamarte grande, liberal
y magnífico solamente en el momento en que te dignas
visitarme y hacerme gustar la alegría de tu dulce
presencia, sino también, y tal vez sobre todo, cuando
te place abandonarme, y dejarme solo en las tinieblas, en la
noche fría y sin fin. Pues hagas lo que hagas,
Tú eres siempre grande. liberal y magnífico.
En el fondo de todo sufrimiento que viene de Ti escondes una
gracia y un gozo. Si soy animoso, si sé comprender,
si sé aceptar, y amar, entonces el dolor me arranca a
mí mismo, me hace cruzar la zona vacía, me
eleva por encima de todo y me lleva hasta Ti, para
depositarme en tus brazos y sobre tu Corazón.
Sí, Dios mío, del mismo modo que hay un
éxtasis de gozo, hay un éxtasis de dolor.
«Mi alma magnifica al Señor».
¿Qué importa el camino que conduce hasta Ti,
Dios mío, con tal de que llegue a Ti? ¿No es
acaso el más corto y más seguro el del
sufrimiento? ¿Hay un punto del mundo que esté
más cerca del cielo que el Calvario? Y si para entrar
en tu gloria te fue preciso sufrir, ¡oh Jesús!,
¿cómo podemos nosotros esperar llegar a ella por
otro camino? ¡Pero qué importa!, una vez
más, en el fondo. Acercarse a Ti, Dios mío,
unirse a Ti, ser admitido en tu intimidad; todo está
ahí y sólo ahí está todo. Pues
un solo momento de vida divina hace olvidarlo todo,
ése es el céntuplo que prometiste Dios
mío, y que nos das ya desde este mundo. Déjame
decirte mi alegría, mi dicha, mi embriaguez, por
sentirme en Ti, por sentirte en mí. Tú no me
debes nada. Digo, sí, castigos,. Y Tú me lo
das todo,. Lo sé, lo siento, lo capto, lo
saboreo.
LEVÁNTATE,
AMADA MÍA
- Levántate ya, amada mía,
hermosa mía, y ven:
- que ya se ha pasado el invierno y han
cesado las lluvias.
- Ya han brotado en la tierra las
flores,
- ya es llegado el tiempo de la
poda
- y se deja oír en nuestra tierra el
arrullo de la tórtola.
El invierno es la estación de las tinieblas y del
frío. Las noches son largas, los días son
pálidos. Ya no hay hojas, ni flores, ni frutos. Los
pajarillos se callan. Todo está aletargado, todo
parece muerto. También el alma interior ha tenido su
invierno. Ha conocido los oscurecimientos del
espíritu, los letargos del corazón, esas horas
en las que todo estaba frío, en las que todo
parecía muerto en ella. Ya no había luz, ni
calor. ni. vida. Dios se ocultaba. El alma estaba sola en un
desierto sin camino, azotada por todos los vientos, sacudida
por todas las tempestades. Era la hora de los misteriosos
abandonos; era la agonía; era el calvario. Pero
había que vivir esta hora para entrar en la
gloria.
¡Pues el invierno acabó para siempre! ¡Y
eres Tú, Dios mío, quien se digna
anunciárselo al alma! Y tu palabra no puede
engañar. Tú eres la Verdad misma. Por lo
demás, el alma tiene capacidad bastante para
comprobar lo que aquello significa. Podrán
sobrevenir- todavía algunos retornos de tinieblas y
de frío, pues la tierra no es el cielo; pero esos
momentos de prueba serán poco numerosos y no
durarán. El invierno acabó. ¡Gracias,
Dios mío! Que las almas pasen por esta ruda
estación es una necesidad que se impone a tu
Sabiduría, pero que duele a tu buen Corazón.
Estás como impaciente por ver alejarse a. ese duro
invierno. Y en cuanto puedes, se lo ordenas. Te es entonces
gratísimo anunciar Tú mismo a tu hija que su
prueba ha concluido y que los días hermosos no
tardarán ya en venir.
Entre el invierno y la primavera media el periodo de las
lluvias. Hace menos frío; está menos oscuro.
Los días alargan; de vez en cuando brillan algunos
rayos de sol. Pero, por lo común, cae una lluvia
gris, monótona, persistente. Apenas se puede salir.
El horizonte está cerrado, muy cerca, como al alcance
de la mano. En lo espiritual, el alma interior conoce una
estación muy semejante. En su espíritu hay
menos tinieblas; en su corazón, menos frío. De
vez en cuando, le parece que las cosas van a cambiar, y a
mejor. Pero lo más a menudo, le envuelve un velo
gris. No ve muy lejos delante de ella. ¿Qué
habrá detrás de esa cortina sin dibujos y sin
colores? Lo sospecha, pero no lo sabe. La espera es larga,
monótona, un poco fatigosa para la
imaginación. El corazón permanece fiel e
incluso lo es cada vez más. Pero al alma le tarda
salir de esta especie de prisión. ¡Cuándo
vendrás, Jesús!
Y Jesús viene. Anuncia al alma que la
estación de las lluvias «ha cesado», que ha
desaparecido definitivamente. Y aduce en seguida la prueba:
«Ya han brotado en la tierra las flores». El alma,
en efecto, no es ya esa tierra endurecida por los
fríos o empapada por las lluvias. Se parece al campo
en primavera. Está cubierta de flores. La campanilla,
valerosa y llena de esperanza, ve brotar a su lado la
humilde, tímida y fragante violeta. Surgen luego el
meditabundo pensamiento, y el gracioso clavel que vuelve su
cabeza, un poco pesada, hacia el sol, como una imagen del
alma, rebosante de vida interior y dispuesta a abrirse.
Aparecen después el purísimo lirio y, por fin,
la rosa primaveral de la caridad. Las flores de las virtudes
se muestran en el alma por todos los lados. Forman para ella
un aderezo incomparable. Es éste uno de los
más bellos espectáculos que existen en el
mundo. La primavera de un alma interior es algo
arrobador.
En este momento de la vida espiritual, los ojos del alma
se abren sobre el mundo. Ve la tierra tachonada de almas en
flor. Lo que ella es ahora, lo son también otras. Lo
que del trabajo divino capta en si misma lo contempla gozosa
en otras almas. Está asombrada, arrobada por tan
hermoso espectáculo. Todo lo demás desaparece
a sus ojos; ya no ve más que eso. Luego, a medida que
las virtudes van desarrollándose en ella, sus ojos se
abren más, su mirada se hace más penetrante.
Observa mucho mejor la variedad de las formas, la riqueza de
los matices y la armonía de los colores. Se ha
desarrollado en ella un tacto misterioso. Una
pequeñez le basta para adivinar en dónde
está la obra de Dios en tal o cual alma. Le parece
también que está armada de un sentido nuevo
para captar los aromas espirituales, que son tan variados
como las virtudes y como las almas. Pues para ella,
verdaderamente, hay flores del cielo sobre la tierra.
Cuando el alma tenía frío, - cuando la
envolvía la lluvia brumosa y triste de la prueba, no
sabía más que gemir dolorosamente o callarse;
pero ahora todo ha cambiado. Dios, su verdadero sol, la
ilumina, la calienta, la regocija. ¿No es ésta
la hora de decir muy alto su felicidad, de cantar? Si, en
verdad, «ha llegado el tiempo de la
canción». Y ahora el alma interior canta.
Empieza ya desde la tierra el canto de amor de la eternidad.
Es ésta una melodía misteriosa. El grado de
armonía de su voluntad con la voluntad de Dios es su
tónica. Cuanto más perfecta es la
unión, más se eleva esa tónica.
¡Dichosa el alma cuya acción tiende cada vez
más a la completa realización de la voluntad
divina! Su voz se eleva hasta la altura del cielo, y esta
última nota es la que agrada al oído de Dios.
Con ella acaba aquí abajo la melodía, pero
para empezar allá arriba, para siempre.
Para animar al alma interior a seguirle, el Esposo le
hace observar todavía que el arrullo de la
tórtola se deja oír. No hubiera ésta
abandonado sus cuarteles de invierno si no hubiera venido la
primavera. Uno y otra obedecen a una misma ley. El canto de
la tórtola tiene algo dulce, apacible, constante,
gratamente monótono. Diríamos que es la voz de
un afecto seguro de sí mismo, que para gustarse no
tiene necesidad sino de repetirse sin brillo, casi sin
ruido, pero también sin pausa. En el fondo del alma
interior hay una voz muy semejante. Canta dulcemente y como
muy bajo una melodía muy sencilla, que se contenta
con unas pocas notas a intervalos muy cercanos:
«¡Oh Amor, te amo! ¿Dios mío, Tesoro
mío, mi Todo, mi Amor!».
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