Robert de
Langeac - La vida oculta en
Dios (inicio)
III. LA UNIÓN
CON DIOS
DIOS,
ÚLTIMO CENTRO DEL ALMA
Del mismo modo que, según dicen, la piedra tiende
por su peso hacia el centro de la tierra y en él se
precipitaría por si misma, como en el lugar de su
definitivo descanso, así también nuestra alma
tiende hacia Ti, Dios mío, con todo el peso de su
amor. En ese movimiento que hacia Ti la lleva podemos
considerar algunos centros sucesivos, que son como jalones
de etapa, o puntos provisionales de descanso, desde los
cuales el alma se lanza de nuevo hacia TI, Dios mío,
con una visión más clara de su fin, con un
amor más impaciente y unos deseos más avivados
que dan a su marcha hacia adelante una aceleración
misteriosa. Pero de etapa en etapa, de morada en morada, de
centro en centro, el alma llega por fin hasta TI. Y entonces
su movimiento se detiene. No tiene ya razón de ser,
puesto que el alma ha llegado al término de sus
deseos y de su camino. Ha llegado a su fin. Y entonces
descansa en él, en la definitiva y apacible
posesión de su Tesoro y de su Todo.
DIOS,
MORADA DEL ALMA
Dios, en efecto, se ha reservado en el fondo del alma una
morada en la cual ni siquiera la misma alma puede entrar sin
un permiso especial suyo. Y allí precisamente es
donde se introduce entonces al alma, no ya para algunos
instantes, sino para siempre, según ella cree, Dios
le reveló primero la existencia de esta morada.
Despertó luego en ella un ardiente deseo de entrar
allí. Este deseo creció. Y después de
duras pruebas acaba de realizarse. El alma ha entrado por
fin en la casa de su Padre. Tiene entonces la
impresión de que va a habitar en ella para siempre.
Pero hay más. Porque la casa de Dios es el mismo
Dios. Es, pues, en Él mismo en donde hace entrar a su
hija. La frase de San Pablo se convierte entonces para el
alma en una realidad tangible, cabría decir que
vivida. En Él vivimos y nos movemos y existimos.
Vivir en Dios es, desde ahora, su porción.
Así, pues, el descanso, el refresco, el alimento del
alma es el mismo Dios. El alma siente que le acaban de dar
nuevas fuerzas; que la vida, una vida divina, circula a
oleadas en ella. Le parece, no sin razón, que su Dios
le ha llevado hasta lo más íntimo de sí
misma y que ella se ha apoderado de Él en ese
misterioso paraje en donde se confunden lo finito y lo
infinito, cuando Dios estaba totalmente ocupado, como la
más tierna de las madres, en dar a su hija la vida,
la fuerza, la paz y la alegría. Y entonces,
felicísima, el alma exclama: El mismo Dios
restaura mi alma.
INTIMIDAD
Cesa entonces la busca y empieza la posesión. Pues
no ya en el orden del ser, sino en el orden del conocimiento
y del amor, el alma y Dios no constituyen ya más que
una sola unidad. Son dos naturalezas en un mismo
espíritu y un mismo amor. Sobreviene así una
profunda intimidad, la comunión perfecta, la
fusión sin mezcla y sin promiscuidad. Estamos en
Él y Él está en nosotros. Somos todo lo
que Él es. Tenemos todo lo que Él tiene. Lo
conocemos, casi lo vemos. Lo sentimos, lo saboreamos, lo
gozamos, lo vivimos, morimos en Él Pues,
efectivamente, ésta sería la hora de la
muerte, si Él no quisiera que siguiéramos
viviendo aquí abajo. Pero esa vida que vivimos
tenemos que darla, y para eso permanecemos. Pero cuando la
obra divina haya concluido, caerá el último
velo y sobrevendrá la perfecta posesión de
vida no terminada que se halla toda junta.
Cuanto más ade1antamos, más saboreamos la
perfección de Dios. Es como una progresiva
invasión con momentos como de aparente
detención. Viene luego una nueva ola, que llega
más lejos que la primera y que parece partir de
más hondo. Nada es tan dulcemente impresionante como
esa extensión de la acción divina que parte de
lo más íntimo del alma y se adueña
hasta de la zona que linda con el mundo sensible. Acude
después a nuestro corazón una ardiente
plegaria. Si es verdad que te poseo, Dios mío, haz
que yo te difunda. Parece entonces como si la mano extrajese
de un tesoro interior y diera, diera, no cesara de dar.
¡Qué beatitud!.
REALIDAD
DE LA POSESIÓN DE DIOS
Lo que tenemos que repetir mucho, de tanto como asombra
e, incluso, a primera vista, desconcierta, es que esta
posesión de Dios por el alma es lo más
real que hay en el mundo. Hay algunas almas que pueden
decir con toda verdad: "Dios está en mí". Y no
hay en ello exageración ni ilusión alguna. Esa
frase es la expresión fiel de la realidad. Cierto que
esta posesión de Dios tiene grados, y muy diversos.
Pero hay un fondo común a todos ellos, bien traducido
por el Cantar de los Cantares: "Mi Amado es
mío". Antes, el alma interior deseaba a Dios. Lo
buscaba, lo escuchaba, lo entreveía; llegaba incluso
a darse cuenta de que estaba muy cerca de ella y de que ella
estaba muy cerca de Él, allí, en el fondo de
sí misma. Pero entre buscar a Dios y luego
encontrarlo y, sobre todo, poseerlo, hay un abismo. Son
cosas muy distintas, Y esa diferencia que entre ambas
existe, lo es todo.
Si Dios está en el alma, también el ama
está en Dios. El alma se da, Dios la acepta, se
posesiona de ella y el alma interior se da cuenta de esa
toma de posesión. El alma no pierde su naturaleza ni
su personalidad. Y, sin embargo, ya no se pertenece. Ha
cedido gustosa su derecho de propiedad, y otro lo ejerce en
su puesto. Y ese otro es el mismo Dios., Sólo que,
lejos de empobrecerla, esa donación la enriquece. El
alma da unos frutos de los cuales no creía ser capaz.
Los saborea a sus anchas y juzga que tienen un delicioso
gusto a eternidad. Pero, por encima de todo, experimenta una
sensación de liberación, de verdadera
libertad, que la extasía de gozo. Ésta es la
libertad de los hijos de Dios. ¡Sufrimos tanto al ser
de nosotros mismos!
¡Somos tan dichosos al no ser
ya sino de nuestro Dueño, de Dios!: Yo soy para mi
Amado, y mi Amado es para mi.
Cuanto más se adueña Dios de mí,
mayor posesión tomo yo de Él. Todas sus
riquezas son para mí. Participo de su Ciencia, de su
Sabiduría, de su Poder, de su Bondad. Nadie puede
comprender esta misteriosa comunidad de bienes. Es una
especie de igualdad o, mejor aún, de unidad. El alma
tiene la impresión, clarísima, de ser
divinizada. Está dentro de Dios, es Dios en el
sentido en que esto es posible para una pobre criatura. Y no
contento con hacerla comulgar así en su naturaleza y
en su vida íntima, Dios le hace participar en ciertos
momentos en el gobierno del mundo . El consejo de la
adorable Trinidad se celebra dentro de ella, y el alma
asiste a él, absorta de conmovida
admiración.
"MATRIMONIO"
ESPIRITUAL
¿Por qué la palabra matrimonio? Por el
carácter indisoluble de esta unión. Produce
confirmación en gracia; por lo menos San Juan de la
Cruz así lo dice. Se trata de un contrato
irrevocable, de una fe jurada para la Eternidad. Tú,
Dios mío, amarás siempre a tu Esposa y ella te
amará siempre. El alma interior así lo
entiende. Tiene de ello una persuasión íntima
que vale para ella, pero que no podría atestiguar
fuera, puesto que no puede, probarla. Por lo demás, a
pesar de esa firmísima seguridad de la que tiene
conciencia, sobre toda en ciertos momentos, el alma no cree
estar dispensada en lo más mínimo de las
reglas de la prudencia cristiana en el ritmo ordinaria de su
vida. Ve, por el contrario, con la claridad de la evidencia,
cuán indispensable le es someterse a estas reglas y
no apartarse para nada de las vías de la obediencia.
Dios la conduce e ilumina a quienes la dirigen en su nombre.
Y ella está en paz.
EL
ALMA PARTICIPA EN LA VIDA TRINITARIA
Tú, Dios mío, creaste las almas a tu
imagen, las hiciste semejantes a Ti. Luego les comunicaste
tu propia vida. Bajo las sombras de la fe creen ellas lo que
Tú ves; esperan lo que Tú posees; aman lo que
Tú amas, es decir, a Ti mismo. Las almas, gracias al
principio sobrenatural de vida que Tú insertaste en
lo más profundo de ellas, pueden, pues, alcanzarte a
Ti mismo en tu vida íntima, comulgar verdaderamente
en esa vida bienaventurada, decir a su manera tu adorable
Verbo, producir a su vez tu Espíritu de Amor. Y
luego, bajo el impulso dulcemente irresistible de ese
Espíritu divino, las almas pueden refluir hacia Ti,
¡oh Padre, oh Hijo!, y reanudar constantemente, con un
goce constantemente renovado, ese delicioso y sosegado
proceso. ¿Hay en el mundo nada más bello que un
alma que vive de tu vida, Dios mío?
Llega un momento en el que quieres que el alma que
así la vive bajo las sombras de la fe vea disiparse
de repente esas sombras casi por entero. Una misteriosa
claridad la penetra por todas partes. Está totalmente
iluminada dentro de sí por ella sin que sepa bien
cómo, sin que vea el foco de donde brota tan dulce
luz. Bajo la influencia de ese rayo de fuego el alma se ve a
sí misma viviendo de tu vida, comulgando en el
conocimiento y en el amor que tienes de Ti mismo,
pronunciando el Verbo del Padre, exhalando el
Espíritu de Amor del Padre y del Hijo; ardiendo en la
caridad del divino Espíritu, adorable Trinidad.
Está más bella que nunca. Pues todo es en
ella, como en Ti, orden, poder, esplendor, armonía y
paz.
CRISTO
ENTRA
EN EL ALMA
Por fin se realiza el deseo de la Esposa y es escuchada
su oración; Jesús viene a ella, entra en su
jardín. ¿Cómo, Dios mío, penetras
Tú en el alma que te ama? Nadie lo sabe. Ni ella
misma lo sabe. Es un secreto de tu Omnipotencia y de tu
Amor. Por lo demás, lo que al alma le importa no es
el "cómo" de tu presencia, sino el hecho mismo de
ella. Ahora bien, ese hecho es cierto. Algo misterioso y
profundo, apacible y dulcísimo, ha sucedido en ella.
Le ha parecido que Aquel a quien tanto ama y que hasta
entonces estaba escondido en el fondo de su corazón
se abría paso dulcemente como a través de la
propia sustancia de ella misma y afloraba graciosamente a la
cima de su ser. Es como si se hubiera producido una
deliciosa eclosión del Amado hasta la región
ordinariamente habitada por el alma.
Pero para que el alma interior no pueda dudar de la
realidad de su dicha, Jesús se digna
asegurársela por Sí mismo. Le habla. A veces
se sirve de la lengua común de su Esposa. Y entonces
ésta oye claramente una voz que le dice dentro de
ella misma: «Voy, voy a mi jardín, Hermana
mía, Esposa». Pero lo más a menudo,
Jesús le habla sin la ayuda de los sonidos. Con un
lenguaje totalmente espiritual. El alma comprende que algo
se le descubre y qué es lo que se le descubre. Todo
sucede en la inteligencia pura. El alma es instruida sin
ruido, sin cansancio, sin esfuerzo. No tiene que hacer
más que escuchar. Por lo demás, no puede dejar
de hacerlo. Pero la dulce obligación en que se
encuentra de escuchar tan deliciosa palabra es para ella un
encanto más. El alma también es
espíritu. ¿Por qué no iba Dios a poder
comunicar directamente su pensamiento a su Esposa, sin
emplear la mediación de los sentidos, incluso
interiores?
DIGNIDAD
Y ARMONÍA DEL ALMA INTERIOR
Cuando encontramos un alma interior, quedamos
impresionados por su dignidad, por su soltura y por su
gracia. La creeríamos de sangre real, lo cual es
verdad, pues es hija de Rey, es reina. ¿No eres
Tú acaso, Jesús, el Rey de Reyes? ¿No es
ella tu Esposa? ¿Por qué, pues,
extrañarnos? En el alma interior participa todo de
esa nobleza divina; la revelan sus palabras, sus gestos, sus
movimientos, sus menores pasos. Son graciosos, discretos y
firmes. Al andar, no hace ruido, no atrae la atención
y, sin embargo, agrada, logra su fin como sin esfuerzo.
Apenas si hemos notado lo que hacía, de tan ordenada
como ha sido su acción; tiene el sentido de la
medida. Ha obrado como había que obrar. Ha hablado
como había que hablar. Era en ese momento cuando
había que callarse. Pero el exterior no es más
que un reflejo. Lo interior, lo que Tú, Dios
mío, ves, es lo que cuenta sobre todo, y lo que es
verdaderamente hermoso. Pues todo ese interior está
ordenado. En esta alma son graciosos hasta los menores
movimientos interiores. A Ti te agradan y Tú eres
buen juez. Y es que todos están inspirados por tu
amor. Que sólo él es su principio y su
término. También su regla. Sí, todos
los pensamientos de esta alma son pensamientos de amor. Y lo
mismo sucede con todos sus deseos y con todos sus actos.
En esta alma reina una profunda armonía. El
Espíritu Santo, artista de hábiles manos, la
está modelando desde siempre. De la voluntad, suave
como la arcilla y firme como el oro, ha hecho Él un
collar irreprochable que conserva perfectamente unidas entre
sí a todas las demás facultades. Las
facultades sensibles sirven a las facultades interiores y
las obedecen. Éstas, por su parte, están a las
órdenes de esa voluntad a la que el amor divino ha
penetrado hasta lo más intimo. Y todo ese mundo
interior así ordenado tiene algo firme, gracioso y
fuerte que agrada a tus miradas, Dios mío; es como
una participación de esa armoniosa simplicidad tuya
que fundamenta, me atrevería a decirlo, tus
innumerables e infinitas perfecciones. Nos basta entonces
una palabra para decirlo todo cuando te consideramos desde
ese punto de vista: «Caridad.» Nos basta
también con esa misma palabra para decirlo todo
cuando hablamos de tu Esposa.
SU
MODESTIA
Tu Esposa ama la paz. Sus preferencias la llevan hacia
una vida muy sencilla. Tiene gustos modestos. Las más
humildes ocupaciones de la vida cotidiana no le desagradan;
antes al contrario. Se dedica a ellas gustosamente. Trabajar
en silencio su huerto; cuidar de que esté muy limpio
y bien cultivado; fomentar las pequeñas virtudes;
interesarse por la brizna de hierba y por la flor que se
abre y se desarrolla, son cosas que le encantan. Pues, a su
juicio, no hay que descuidar nada cuando se trata de hacer
más agradable el propio corazón al
Corazón de Dios, y de aumentar desde todos los puntos
su semejanza con el de Jesús.
SU
SOLTURA
Las sucesivas purificaciones han devuelto las facultades
del alma interior al estado de puras facultades de conocer,
amar, querer e imaginar. Han quedado descargadas de todas
las formas creadas. Todo ha desaparecido de ellas. El fuego
del amor lo ha abrasado todo. Incluso los hábitos de
pensar, de querer, etc., han sido desarraigados, no sin
grandes sufrimientos. Pero las facultades no han sido
destruidas por ese proceso realizado en sus profundidades;
antes al contrario. Están más ágiles,
más fuertes, más aptas para el bien que nunca.
Se parecen a las facultades del primer hombre que
salió de las manos del Creador. Ya se trate del mundo
natural o del mundo sobrenatural, de la acción o de
la contemplación, las facultades, perfectamente
libres, perfectamente ágiles entre las manos de Dios,
operan con idéntica facilidad. Se mueven en esos dos
mundos como sin esfuerzo. Van del uno al otro con perfecta
soltura, gracias al conocimiento que recibe el alma de las
relaciones que los unen. ¿Acaso no es Dios el Autor de
esos dos órdenes? Y como consecuencia de su
íntima unión con Dios, ¿no ve el alma las
cosas un poco como Dios las ve, y no las quiere como Dios
las quiere? Cuanto más puras están las
facultades del alma, más divinas son también,
y más y mejor se armonizan con las obras de Dios. De
ahí esa perfecta soltura con que el alma interior
pasa de la contemplación a la acción y de la
acción a la contemplación.
EL
SUEÑO DEL ALMA EN DIOS
La vida de intimidad entre Dios y el alma empieza.
Están siempre juntos, no se abandonan. Quien ve al
uno ve a la otra. Diríamos que no son más que
uno solo, aun cuando sigan siendo perfectamente distintos.
Pero hay horas en que esa intimidad se hace mayor. Son las
horas en que al cesar la actividad exterior, el alma
interior vuelve a encontrarse a solas con su Dios y descansa
dulcemente a su lado. Sobreviene entonces el gran silencio,
el recogimiento profundo, la conversación a media
voz, entrecortada por largas pausas, en las que no se oyen
más que los latidos del corazón, Momentos de
quietud, de verdadero y tranquilo reposo de la voluntad en
Dios.
Cuando el alma interior está unida a su Dios, en
lo más intimo de sí misma, duerme totalmente.
Su grado de unión es la medida de su misterioso
sueño.
Se ha hecho en ella un gran vacío, luego una gran
calma y, por fin, un gran silencio. Duerme totalmente. Ya no
oye nada, ni ve nada, ni piensa en nada concreto. Sin
embargo, vive, ama. Diríamos que ha retirado de si
todo el vigor que daba a sus facultades. Ha hecho que todo
descanse. Pero es para mejor amar. Concentra todas sus
fuerzas en su corazón. Amar, solamente amar, amar
cada vez más es su único deseo y su
única ocupación. Parece muerta y vive
más intensamente que nunca...
Antes estaba más o menos distraída de Dios
merced a las cosas. Actualmente, por el contrario,
está distraída de las cosas por causa de Dios.
Dios la ocupa enteramente. Se ha adueñado de ella, en
alma y, a veces, en cuerpo también. Puede así
decir el alma, y quienes se percatan de su estado pueden
decirlo también, que «ya no está
aquí». Y es muy cierto. Pues «el alma
más vive donde ama que en el cuerpo donde anima»
Y ahora, ama. Y ama a Dios. Luego está en
Él.
En fin, el alma así dormida es verdaderamente
dichosa. Participa de la misma dicha de Dios. Esa dicha la
invade por completo. La penetra sin que ella sepa
cómo. No se pide entonces al alma ningún
esfuerzo; no tiene más que recibir y que gozar en
paz. Y eso es lo que hace, sencillamente. Nada puede dar una
idea de este goce totalmente divino. No se parece a ninguno
de los goces de este mundo. Es de orden muy diferente. Tiene
una esencia distinta, por lo mismo que viene de otra fuente.
No podemos encontrarle ningún término de
comparación. Hay que hablar de él, pero
siempre se hace mal, pues las palabras del lenguaje humano
no pueden traducirlo. Lo que cabe decir es que está
por encima de todos los bienes y a una distancia de ellos
inconmensurable. El alma que lo experimenta tiene, pues, el
derecho de gustar en paz su dicha y de permanecer dormida
para el mundo todo el tiempo que le plazca.
EL
ALMA SE CONVIERTE EN LA PRESA DEL AMOR DIVINO
El alma interior ha sido verdaderamente conquistada por
el Amor divino. Tal vez la haya asediado durante mucho
tiempo. Pero, por fin, se ha apoderado de ella. Ha clavado
en ella, con gritos de triunfo y de alegría, la,
Cruz, que es su estandarte. Y desde ese momento reina sobre
ella como vencedor. Todo es allí suyo:
espíritu, corazón, sentidos y bienes. El alma
interior, arrobada por haber sido conquistada así por
la divina caridad, canta la belleza, la fuerza y la gloria
de Dios. Había temido perder su libertad si le
abría las puertas de su corazón. Pero ahora
comprende que la verdadera libertad consiste en hacerse
esclava del Amor divino. Creía que se le iba a quitar
todo, y se da cuenta de que se le ha dado todo.
Pero el alma no ha sido solamente conquistada por el
Amor, sino que es también su presa. Vive en
Él, pero también puede decirse que es
consumida por Él y que muere en Él. Un fuego
interior la devora sin descanso, noche y día.
Débil en su origen, este fuego crece y se convierte
en un inmenso incendio. Nada se le escapa. Alcanza a todo,
purifica todo, se alimenta de todo, lo transforma todo. Un
observador atento se daría cuenta de que en esta alma
hay algo misterioso y divino. ¡Cómo lograr, en
efecto, esconder tan bien esta ardiente hoguera que no la
traicione ningún resplandor! Es casi imposible. Por
lo demás, llega un momento en que el mismo Dios acaba
por permitir que ese incendio de amor estalle de
algún modo. Conquistada primero, y víctima
luego de la caridad, el alma interior se convierte
así en el heraldo de Amor eterno. Lo predica, lo
difunde. Poco importa el medio ambiente en que transcurra su
vida. pues hasta en la más profunda soledad su
programa seguirá siendo el mismo; y cuando no pueda
hablar ni escribir, siempre y en todas partes podrá
orar, sufrir, amar
PUREZA,
FUERZA Y RIQUEZA DE ESTE AMOR
¡Qué puro es tu amor, Dios mío! Es el
amor de un espíritu por otro espíritu. Ignora
lo que San Pablo llamaba la carne, y ella lo ignora
también. No pertenece a su mundo; está
infinitamente por encima de ella. Más aún: le
hace la guerra, y una guerra despiadada. Para que pueda
vivir, para que pueda desarrollarse a su gusto en nosotros,
es menester que la carne se doblegue, se vaya desecando poco
a poco y acaba por morir. De esa misteriosa pugna es nuestra
alma a la vez teatro y premio. ¡Feliz mil veces Aquella
que, para unirse a Ti, no tuvo que padecer esas
crucificantes, pero necesarias purificaciones del amor!
Qué fuerte es también tu amor, Dios
mío! Podemos apoyarnos sobre él con toda
seguridad, pues jamás se nos zafa. El alma que a
Él se une llega a ser tan firme e inmutable como
Él. Puede sentir en sus facultades sensibles el
inevitable flujo y reflujo de las emociones, pero su fondo
íntimo no es turbado por ellas. Descansa sobre la
tierra firme de tu amor. Si la tentación trata de
inquietar su paz, el alma interior no tiene que hacer sino
adherirse más firmemente a tu amor, para reducirla a
la impotencia y para verla desaparecer. Tu amor es su
refugio, su fortaleza. Allí está en seguridad.
Nadie podría alcanzarla. La protege por todos los
lados. La envuelve por todas partes. Es esa nube, luminosa y
tenebrosa a un tiempo, que la guía y la oculta. El
alma se siente verdaderamente rodeada de una influencia
misteriosa que la robustece, la da confianza, la reconforta
y la vivifica deliciosamente.
¡Qué abundante es tu amor, Dios mío!
Es un tesoro. Contiene todos los bienes. Es inagotable. Todo
me viene de él. Es el primer don totalmente gratuito
y totalmente gracioso. ¿Por qué me has querido,
Dios mío? Únicamente porque has querido y
porque eres bueno. Al darme tu Corazón, me lo has
dado todo. ¿No eres Tú el poder infinito?
¿Y no está ese poder como al servicio de tu
Amor?
LLAGA
DE AMOR
El mal que padece y del que se queja tu Esposa es
misteriosísimo. Pero Tú que lo has causado,
Dios mío, lo conoces bien
Empezaste por hacerle
en el corazón una heridita tan pequeña que
apenas si el alma podía sentirla. Luego, poco a poco,
se ensanchó. Se hizo más profunda. El alma ya
no fue sino una llaga que nadie sabía curar, y a la
que todo avivaba y hacía sufrir. El dolor que
destilaba esta llaga, por otra parte delicioso, llegó
a ser intolerable. El alma gemía, se quejaba,
gritaba. Bien sabía ella que no había
más que un remedio para su mal: un amor más
grande que la liberase de su cuerpo, la hiciera morir y la
arrojase por fin y para siempre en tus brazos. Por lo menos
ella quena sentir junto a si a su único
Médico, que eras Tú, Dios mío. Pero
Tú no heriste tan profundamente a esta alma
amadísima sino para llenarla de Ti mismo. Tú
eres el alimento de la llama que encendiste;
aliméntala, pues; no puede vivir más que de
Ti.
Todas las almas, Dios mío, deberían ser
heridas por este misterioso mal. ¿No eres Tú la
Bondad perfecta y la Belleza infinita? Nuestro
corazón, hecho por Ti, ¿no está hecho
para Ti? ¿Por qué, pues, hay tan pocas almas que
te amen de veras? Pero no hemos de volvernos contra Ti, Dios
mío, sino contra nosotros mismos. Pues Tú te
mantienes a la puerta de nuestro corazón, y llamas a
él de mil maneras. Pero nosotros no oímos tu
voz, pues hay en nosotros demasiado ruido. O si la
oímos, no nos decidimos a abrir y a darle para
siempre y por completo nuestra voluntad. En el fondo,
nuestra alma está enferma, y de un mal que la mata;
el amor de si misma; cuando debería estar enferma de
un mal que la haría vivir en plenitud y para siempre:
el mal de tu amor, Dios mío. ¡Señor.
cúranos del mal humano! ¡Señor,
enférmanos del bien divino y que esta enfermedad nos
haga morir!
EL
ALMA, ELEVADA POR ENCIMA DE SUS FACULTADES, RECIBE LAS
CONFIDENCIAS DIVINAS
El alma interior es elevada, pues, por encima de
sí misma. Se encuentra situada no sólo por
encima de sus facultades sensibles, sino también por
encima de sus facultades intelectuales; inteligencia y
voluntad. Ha sido llevada por Dios hasta esa alta cumbre,
hasta esa aguda cima del espíritu que parece tocar el
cielo. Allí, sosegada, tranquila, silenciosa, pero
viva y amante, oye la voz de su Dios, que le dice esta sola
palabra: «Mira.» Es la hora de las iluminaciones,
de las revelaciones íntimas, de las confidencias y de
los secretos. Los ojos se abren. El alma ve la tierra como
la ve desde el cielo. El alma ve el cielo como
deberíamos verlo desde la tierra si supiéramos
mirar. Contemplación que abarca todo, cielo y tierra,
en una única mirada de profundidad infinita.
Si el Amado tiene que hacer alguna confidencia, escoge
ese momento. Y sin ruido de palabras, casi sin que el alma
se dé cuenta, le dice lo que quiere decirla. Al
volver a su vida ordinaria, el alma conserva un recuerdo
general, impreciso, pero muy real, de haber sido instruida
por Él. Luego, en el momento oportuno, esta
enseñanza escondida en el fondo de sí misma se
le aparece simplemente, sin esfuerzo, con un carácter
neto, preciso, firme, seguro y práctico que la
asombra y entusiasma. Bajo la influencia del Espíritu
de Verdad y de Amor ha germinado la misteriosa semilla y se
abre dulcemente en el instante deseado. Y aunque el Verbo
divino se haya contentado con acercar a Él esta alma
amada, como Él es luz, el alma ha ganado luminosidad
por participación. Al volver en medio de las cosas,
aquella, alma no las ve ya con los mismos ojos, no las
aprecia ya del mismo modo. Ha cambiado respecto a ellas y
las cosas ya no le hablan la lengua de antaño.
CONOCIMIENTO
DIVINO
Dios se complace en hacer ver las cosas al alma interior
como las ve Él mismo. Revela sus secretos a sus
amigos, y, por lo común, con tanta mayor claridad
cuanto más los ama. Lo primero que les enseña
con precisión y claridad absolutamente nuevas es el
mundo de la naturaleza, sus bellezas, sus perfecciones, la
variedad de los elementos que lo componen y su perfecta
armonía en la unidad. Los cielos se convierten en un
libro que les expone la Sabiduría, el Poder y la
Bondad de su Dios: Los cielos describen la gloria de
Dios (Ps 19, 1)
Luego, el mundo de la gracia se ilumina y se convierte
para el alma interior en un espectáculo siempre nuevo
y siempre encantador. ¡Qué bella es, en efecto,
la obra de Dios en las almas! ¡Qué paciencia
para esperarlas, qué misericordia para acogerlas,
qué delicadeza para levantarlas, qué
generosidad para amarlas! Parece como si por una sola alma
se pusiera en movimiento todo: la Santísima Trinidad,
y Jesús el Verbo Encarnado, y la Iglesia, su obra y
su Esposa, y los Sacramentos, y la gracia, y los hombres, y
el mismo mundo material: "Dios hace concurrir todas las
cosas para el bien de los que le aman" (Rom. 8, 28). Eso
es lo que contempla el alma interior después de
descubrirlo en su vida personal y en la de los
demás.
Pero lo que Dios quiere revelarle ante todo es a
Él mismo. Sin duda que no caen todos los velos de la
fe; pero los que quedan no perturban las relaciones del alma
con su Dios. Trata el alma con Él como si lo viera, y
con tanta mayor sencillez cuanto que lo siente vivo en su
corazón, lo saborea y lo posee. Esta posesión
consciente es en sí misma una especie de conocimiento
cuasi-experimental de Dios, como el que puede tenerse de un
fruto que se viera de un modo borroso a causa de debilidad
de la mirada, pero que se saborease ampliamente. Las dos
fuentes de conocimiento de un solo y mismo objeto, al
combinarse, dan al alma un gozo pleno, verdadero, anticipo
de la felicidad eterna.
EL
ALMA SE ENRIQUECE CON EL CONOCIMIENTO DE LOS ATRIBUTOS DE
DIOS
Cuando un alma entra por primera vez en Dios, experimenta
la impresión que tendría una persona que
penetrase de repente en una vasta habitación llena de
los tesoros más ricos y más variados. No
captaría cada uno de ellos con detalle, sino que
tendría solamente una visión de conjunto. Pero
esta visión le causaría un gozo único,
hecho en cierto modo de todos los goces que gustaría
si le fuera dado admirar cada uno de esos tesoros en
particular. Tus atributos, Dios mío, son esos
tesoros. Al unirse a Ti, el alma interior los ve de una sola
ojeada y los saborea todos a la vez, porque Tú eres
la riqueza y la simplicidad a un tiempo. Y la
impresión que produces en nuestro espíritu y
en nuestro corazón participa de ambas. Al encanto de
este gozo, tan nuevo para el alma, se añade algo
inagotable, infinito, que se mezcla discreta y
deliciosamente en él, como sello propio de los goces
verdaderamente divinos.
Poco a poco el alma se habitúa a vivir en esa
celda interior. Habita en ella. La convierte en su morada.
Cuando tiene que dejarla, sufre; se siente incómoda,
como alguien que se encuentra fuera de su sitio. En cuanto
puede vuelve a ella. Pide humildemente a su Dios que al
reciba de nuevo. Dios no siempre la atiende inmediatamente.
Entonces ella suplica, y espera confiada y en paz. Pero
permanece allí, como verdadera virgen fiel, atenta al
menor sobresalto precursor de la venida del Esposo. Llega un
momento en que su Dios le hace entrar de nuevo en Él.
Nuevas luces, nuevos asombros; nuevos goces también,
y mucho más profundos; he ahí la recompensa de
su fidelidad: "¡Muy bien, siervo bueno y fiel
;
entra en el gozo de tu señor!". (Mt. 25, 21)
El gusto general que experimenta el alma en su primer
encuentro con Dios se precisa y concreta poco a poco.
Sucesivamente, cada uno de los divinos atributos se deja
conocer mejor y saborear más. El alma los participa
más a fondo y de modo más consciente. Acabamos
por ser lo que amamos. Y en este caso, la cosa es tanto
más fácil cuanto que Dios habita realmente en
el alma. Está como al alcance de la mano. En cuanto
se muestra, la voluntad se lanza hacia Él y se
adhiere a Él con todas sus fuerzas. Se produce
entonces como una deificación consciente del alma, ya
general y confusa, ya más precisa y más clara
en forma de comunión en el Poder, en la
Sabiduría, en la Bondad, en la Misericordia o en
algún atributo de Dios. Se hace también bajo
forma de unión, ya con la Trinidad íntegra, ya
con alguna de las Tres adorables Personas.
Cada persona de la Santísima Trinidad (aunque esto
suceda por una acción común) se asimila el
alma y se la asemeja para que pueda actuar del mismo modo
que aquella Persona y logre su dicha en esa
acción.
DIOS
REVELA ESPECIALMENTE SU PODER, SU SABIDURÍA Y SU
BELLEZA
Dios va revelándose progresivamente al alma
interior. Le hace entrever algo del Poder y de la
Sabiduría con que gobierna al mundo.
Sus manos son fuertes como las de un obrero vigoroso, y
flexibles como las de un artista genial. Nada escapa a estas
manos divinas. Nada se le resiste. Lo dirigen todo, hombres
y cosas, hacia donde les place. De esas manos salen
maravillas, que son como otras tantas piedras preciosas que
las adornan. La Esposa se percata de lo que ese Obrero
divino realiza en ciertas almas, de las obras maestras que
sabe sacar del barro humano. El alma queda absorta de
admiración ante todo ello. ¿Pues qué
puede haber más bello, Dios mío, que el
espectáculo de tu Amor en lucha con un alma?
¡Qué argucias, qué delicadezas y, a
veces, es cierto, qué golpes tan tremendos para
desligarla de todo! ¡Qué paciencia para
purificarla a fondo, qué generosidad y qué
arte para embellecerla, qué ardor para abrasarla,
qué aliento tan poderoso para levantarla por encima
de todo, aún de ella misma, para que pueda amarte sin
medida y predicarte sin miedo! ¿Qué puede haber
más hermoso que un alma de Santo? ¿No es Dios
quien la ha hecho lo que es por el poder de su gracia?
¡Dichoso el que ve las manos de Dios trabajando en el
mundo!
En su fondo, la materia prima de este trabajo divino es
la misma. Sin embargo, el estado inicial de esta materia
difiere mucho, según los casos. Hay almas que nunca
han conocido el pecado, al menos el pecado grave. Hay otras
que estuvieron sometidas a su tiranía, pero por poco
tiempo. Las hay, en fin, que descendieron todos los grados
del abismo y vivieron en él largos y tristes
años. Pero al Poder divino le importa poco, pues lo
domina todo. Lo mismo puede hacer un Santo de un pecador
endurecido que de un alma inocente Y, a veces, lo hace. Nada
hay tan bello como ver la mano divina trabajando. Arranca
del barro, lava, purifica, talla, corta, pule, transforma. Y
no opera sólo desde fuera, sino, sobre todo, desde
dentro. Sólo ella puede hacerlo. Incluso cuando se
sirve de un instrumento es ella, en realidad, quien trabaja
con él y por él.
Es hermoso ver cómo se transforman poco a poco las
almas bajo la acción divina. Son como otras tantas
maravillas que salen de los dedos hábiles del Obrero
divino, como piedras preciosas destinadas a adornar la
Jerusalén celestial, tan numerosas, tan variadas en
su forma como en su tonalidad y, por decirlo todo en una
palabra, tan arrebatadoras y tan bellas. Aquí abajo
sólo conocemos algunas de ellas, y, además,
las conocemos mal. Para que se revele su belleza hace falta
la luz del cielo. Sólo allí podremos admirar
toda su riqueza y la gracia de las manos poderosas y
ágiles de donde salieron.
Dios es soberanamente Hermoso, la Belleza misma
subsistente, el Ser único al que nada falta de lo que
conviene, que es, desde siempre, infinitamente perfecto y en
el cual todo es orden, unidad, simplicidad, puesto que todas
las perfecciones posibles e imaginables forman en Él
una sola y misma realidad con Su esencia.
Dios halla en el conocimiento que tiene de Si mismo un
goce infinito. Es el eterno admirador de su eterna Belleza.
Es, pues, la verdadera fuente y el modelo de toda
belleza.
Cuando me dejo distraer de Ti, Dios mío, me parece
que abandono la región de la luz para entrar en la de
las tinieblas. ¡Hiere tanto los ojos todo lo que no
eres Tú! Para quien te ha entrevisto sólo una
vez en tu inaccesible luz, ¡es ya todo tan deforme y
tan feo! Incluso las criaturas que más te reflejan
resultan entonces casi dolorosas de ver. ¡Ellas no son
Tú, Dios mío! Y eres Tú lo que el alma
quiere contemplar cada vez mejor, cada vez más fija y
más profundamente. La frase de San Agustín 12
vuelve constantemente a nuestros labios!: «Belleza
siempre antigua y siempre nueva, te he conocido demasiado
tarde, te he amado demasiado tarde!»
Sí, Dios mío, Tú eres todo Bondad,
todo Belleza, todo Gracia. Tú has hecho muchas
criaturas bellísimas y, sin embargo, su belleza no
puede contar junto a la tuya. Todo lo que hay de bello y de
bueno viene únicamente de Ti. Y lo que das, no lo
pierdes, pues lo posees infinitamente.
¡Oh!, hazme comprender, a mi que quiero ser dichoso,
que toda felicidad, que toda alegría está en
Ti. Si yo supiera ir a Ti, embriagarme con tu Belleza,
alimentarme con tu Bondad, regocijarme con tu
Alegría, saborear sin fin y como sin medida tu
Felicidad! Porque todo eso es posible, todo eso es cierto,
todo eso es necesario: «Amarás...», y, por
consiguiente, serás bueno con mi Bondad,
embellecerás con mi Belleza, te embriagarás
con mi dicha. ¡Oh Dios mío, que sea ahora,
ahora, y siempre!
LOS
DIVINOS PERFUMES
El alma que se acerca a Dios experimenta, a veces, dentro
de sí misma la dulce impresión de que la
envuelven y penetran totalmente unos misteriosos perfumes.
No se trata de perfumes naturales que afectan a los
sentidos; no. Sino de que las realidades espirituales tienen
unos medios de manifestarse al alma que parecen
análogos a las emanaciones odoríferas de los
cuerpos. En este sentido hay perfumes espirituales. Tienen
el privilegio de ser no sólo mil veces más
agradables que el bálsamo más exquisito, sino,
además, y sobre todo, el de ser sobrenaturalmente
bienhechores. Fortifican, ensanchan. Bajo su influencia, el
alma se despliega; respira a sus anchas. Crece. La vida, una
vida totalmente divina, le es infundida desde dentro. Lo
advierte, y se percata de que la causa inmediata de ello es
ese misterioso perfume.
Cuando Dios hace entrar al alma en relación como
inmediata con las realidades espirituales, y sobre todo con
Él mismo, sucede algo análogo a cuando se
perciben las propiedades sensibles de los cuerpos, los
perfumes, por ejemplo. La bondad de Dios tiene su aroma,
como también tiene el suyo su dulzura, y lo mismo
sucede con los demás atributos divinos. Parece que
todo sucede como si, de hecho el alma poseyera un olfato
espiritual armonizado por el Creador con los seres del orden
sobrenatural, y que le permitiera reconocerlo por su olor.
Cuando el alma quiere traducir al lenguaje humano lo que
experimenta en su vida íntima con Dios, no encuentra
mejor comparación: «Las cosas divinas me hacen
gustar goces que son, para mi, en el orden espiritual, lo
que en el orden sensible son los goces del olfato penetrado
por el perfume de las flores.»
En esa intimidad, Dios quiere hablar a su Esposa. Sus
labios se entreabren dulcemente. El alma interior observa
entonces toda su Gracia. Aun antes de articular un sonido,
la encantan ya por su forma delicada y por el dulce perfume
que exhalan. Tampoco queremos decir, ciertamente, con esto
que Dios tenga labios, o que Jesús deje, por un
momento, contemplar los suyos, como podría hacerlo.
Sino que el alma interior y Dios están entonces tan
cercanos que pueden hablarse como de boca a boca "Todo el
afecto verdadero, profundo, puro, que unos labios humanos
bien modelados podrían expresar por su forma, lo lee
el alma interior sobre lo que, para ella, es como la boca de
su Dios. En el pliegue y en el movimiento de estos labios
misteriosos, comprende que agrada a su Dios y que es amada
por Él.
Un perfume delicioso brota de los labios divinos. Se
diría que viene de lo más íntimo del
Corazón de Dios. Resume en él y hace gustar al
alma interior todos los encantos de los demás
perfumes. ¿Por qué la esencia divina no
había de tener su aroma? Así lo comprende la
Esposa en la hora bendita de su unión. Ese perfume
que ella puede llamar «esencial», esa «mirra
purísima», le anticipa ya algo de los goces del
cielo; una especie de atmósfera embalsamada la
envuelve por todas partes. Se siente a la vez separada y
protegida por ese medio ambiente invisible y, sin embargo,
tan real. Puede entonces amar a Dios a sus anchas. Y eso es
lo que hace sin razonamiento, sin esfuerzo, movida por un
instinto divino que la asombra y la tranquiliza a un tiempo.
Está conmovida por esa nueva manera de vivir que no
conocía, al menos en este grado, pero siente que
ésa es la verdadera vida, y exulta de
alegría.
EL
ALMA EXULTA
El amor de Dios tiene un calor que ensancha al alma en su
fondo y la llena de gozo. Bajo su influencia, el alma se
siente crecer, su capacidad de dicha aumenta y al mismo
tiempo se colma. Luego, siempre bajo la acción del
fuego del amor, vuelve a ensancharse para llenarse otra vez.
Y así sucede casi sin descanso. El alma invadida por
tu Amor, Dios mío, experimenta la impresión de
que se desarrolla y expande en ella una vida totalmente
interior. En ciertos momentos, la oleada de calor es tan
fuerte que el alma no puede ya soportarla. Es entonces
cuando hasta el corazón físico se dilata, tal
como se ve, por ejemplo, en la vida de San Felipe Neri, o se
siente traspasado de parte a parte por una flecha, como
sucedió a Santa Teresa de Ávila. Suena la hora
de la plena expansión.
La emoción que experimenta el alma cuando por
primera vez se siente inmediatamente unida a Dios, cuando lo
toca espiritualmente en el fondo de sí misma, cuando
recibe ese maravilloso beso divino; en fin, cuando se da
cuenta de que penetra en Dios y de que Dios la penetra por
entero, es deliciosa. La idea que posteriormente se forma de
su propia felicidad es la de compararse a una esponja en el
océano, pero en un océano de pura dicha,
conocida y gustada por todo su ser. De momento es tan
dichosa, que llora de alegría. ¡Es tan bueno
sentirse unida a Dios y tan amada por Él! Es tan
nuevo, tan distinto a lo que imaginaba, que se siente
sobrecogida por un santo temblor. Si nos
atreviéramos, diríamos, para dar a entender
algo de lo que sucede entonces, que la dicha le conmueve
hasta la médula. A veces ocurre que el cuerpo
participa algo de eso a su manera. Pero lo que experimenta
no es, con mucho, lo esencial, ni lo mejor. Pues el alma
tiene sus goces propios, y éstos son los
únicos verdaderos.
A cada visita de Dios aumenta este goce. Es el mismo, y,
sin embargo, se lo saborea como si fuera nuevo. Es el goce
de Dios que se infiltra deliciosamente en el alma. Y se lo
saborea en Dios.
Todavía aumenta el goce del alma por el
descubrimiento de otras almas admitidas como ella a
participar del mismo modo en la felicidad de Dios. La dicha
de estas almas aumenta la suya. El mundo espiritual le
ofrece un espectáculo grandioso y encantador: el de
las almas arrebatadas de amor por Jesús. Todos los
corazones puros que le conocen son ganados por Él.
Ejerce sobre ellos una irremediable atracción. Hay
flores que siguen al sol en su carrera de Oriente a
Occidente. Jesús es el sol de las almas. Éstas
se iluminan con su luz y se calientan con los rayos de su
amor. Las atrae, las eleva, en cierto modo, hacia Él.
Lo siguen con mirada afectuosa y constante. Lo aman mucho,
sin límites. Cuanto más puras son, más
se adhieren a Él. Cuanto la tierra tiene de
más noble, de más delicado, de más
generoso, le pertenece. Sí, Jesús, es
literalmente cierto que los corazones puros te aman con
incomparable amor. Resulta dulce comprobarlo; es arrobador
contemplarlo.
EL
ALMA CANTA
Hablar, y sobre todo cantar, es expresar en alta voz, sin
temor, con felicidad, con entusiasmo, aun los sentimientos
más íntimos del corazón con respecto a
Ti. Tú tienes derecho, y pleno derecho, a esa
manifestación sensible de la estima que el alma te
tiene y del afecto que por Ti siente. Por lo demás,
esa ley se impone imperiosamente al alma interior, al menos
en ciertas horas... Pues si entonces le fuera preciso callar
su amor, se ahogaría. Es preciso que hable, es
preciso que cante, aunque esté sola. Verdad es que
Tú estás siempre allí para escucharla,
y eso le basta. Su voz agrada a Dios, y una voz que agrada
de ese modo puede decirlo todo. Canta así con todo su
ser. Diga lo que diga o haga lo que haga, todo está
en calma, todo está tranquilo, todo está en
orden en esta alma; impone, sobre todo, un sello de dulzura,
de armonía y de paz que alegra a su Dios. Pues, para
Él, su voz es dulcísima y muy agradable.
¡Qué bien recompensada queda de sus esfuerzos
el alma interior, Dios mío, cuando te oye afirmarle
que todo lo que dice, todo lo que hace, todo lo que sufre,
se convierte en una voz melodiosa que sube hasta Ti y que te
encanta! Nada hay ruidoso, duro e hiriente; pero nada
tampoco amanerado, en esta voz que tanto te agrada. Por el
contrario, hay algo ágil y gracioso, firme y dulce,
armonioso.
Y si pensamos ahora que otras almas -cuya actividad,
interna y externa, perfectamente acorde con tu voluntad, se
transforma en una melodía semejante- unen su voz a la
de ella, creeremos oír muy por encima del fragor del
mundo una incomparable sinfonía, verdadero eco y
verdadero preludio del eterno Cántico.
Cerraos a la tierra y abrid esa ventana de vuestra alma
que da hacia el infinito. Permaneced el mayor tiempo posible
en esa misteriosa soledad frente a ese horizonte ilimitado,
aunque nada veáis todavía, y respirad a pleno
pulmón el aire divino.
Escuchad el canto de esas desconocidas almas silenciosas
que aman a Dios cuanto pueden y que saben decírselo
sin ruido de palabras, con sólo los latidos de su
corazón, todo él llama y fuego. Resuena
constante en esa inmensidad.
Que vuestro canto de amor se una al suyo, al de
María y al de José, al de los ángeles y
al de los Santos.
DIOS
Y EL ALMA SE ENCANTAN MUTUAMENTE
Tú amaste al alma, Dios mío, le comunicaste
tu Vida, la embelleciste. Y el alma se te parece ahora hasta
la confusión. La has encantado. Pero ella, a su vez,
te encanta. Y ahora estáis como
misteriosísimamente unidos por unos vínculos
que no se ven con los ojos del cuerpo ni con los de la
imaginación, que tampoco se cogen con las manos y
que, sin embargo, son muy reales, muy dulces y muy fuertes.
Atracción libre e irresistible que os mantiene
vueltos uno hacia la otra, mutuamente unidos, arrobados,
prendados una del otro. Y el alma se da cuenta de que te
envuelve con su dulce influencia, del mismo modo que ella
misma se siente totalmente penetrada por la tuya, ¡oh
Dios mío!
¿Quién podrá decir, Dios mío,
la profundidad y el poder de tal encanto? Nada se le escapa.
Invade todo el ser, osaríamos decir que hasta los
tuétanos. Es una divinización ab intra. Se
diría que tu ser, que, sin embargo, no puede
mezclarse a nada, se convierte en el mismo ser del alma.
Ésta comulga -o mejor, tal vez, es comulgada- en tu
plenitud. Es la dicha insondable, la paz, la alegría,
la fuerza, la seguridad, la luz, el calor, la vida. Es todo.
Es más que todo. Está por encima de todo. Te
vemos desde dentro. Te poseemos. Te saboreamos. Somos
Tú mismo. Todo ello basta para morir. Y, sin embargo,
no es más que una aurora, más que un comienzo.
El horizonte se dilata. Son perspectivas infinitas y
seguras. El presente da a manos llenas. Parece agotar el
poder de dicha del alma. ¡Y, sin embargo, el porvenir
dará todavía más!
NADA
GUSTA TANTO A DIOS COMO UN ALMA QUE SE IGNORA A SÍ
MISMA
Nada te está oculto, Dios mío. No se te
escapa ninguno de los movimientos de un alma que te ama. Se
diría que estás totalmente ocupado en acechar
la más ligera manifestación de su amor hacia
Ti. Ya puede envolverse en la discreción y en la
modestia como en un velo para casi ocultarte, para ocultar a
todos y a si misma lo poco que hace por Ti, según le
parece a ella; es tiempo perdido. No hay velo para Ti, Dios
mío. El esfuerzo que realiza para guardar su secreto
aumenta el encanto de su afecto. Nada te gusta tanto como un
alma que busca el silencio, que se ignora a sí misma
y no quiere agradar sino a Ti. Se convierte en el objeto de
tus complacencias. Atrae tus miradas. Atrae, sobre todo, a
tu Corazón. Le amas. Se lo dices. Y le das en mil
ocasiones pruebas evidentes de tu amor. ¡Alma bendita
entre todas, quién dirá tu felicidad!
DIOS
ELOGIA AL ALMA SU BELLEZA
Nada es tan dulce al corazón de tu Esposa, Dios
mío, como oírte hacer el elogio de su propia
belleza. Y no por vanidad de su parte; no, en absoluto.
Demasiado bien sabe que todo lo que tiene lo tiene de Ti. Lo
que le agrada es agradarte. Lo que le encanta es encantarte
a Ti. Toda alma que comprende lo que Tú eres no
debería tener otra ambición que ésa:
atraer tus miradas y retenerlas por su auténtica
belleza.
Después de tantos trabajos y de tantas penas, tu
obra está, pues, acabada; la contemplas. Y te agrada
tanto a Ti, el Divino Artista, que la declaras perfecta y
bellísima. Este elogio, tan precioso, se lo dirigen a
toda alma cuando entra en tu cielo. Pero tu amor no siempre
puede esperar este momento. Quiere expresarse cuanto antes.
Le cuesta mucho callarse. Y habla. Dice una sola frase,
¡pero qué frase! «¡Qué
hermosa eres, Amada mía! Tota pulchra es, amica
mea eres lo más bello que hay en el mundo.
Necesito decírtelo. No temo hacerlo. Es verdad. Tu
corazón está dispuesto para oírlo.
Sí, Yo, tu Dios, Yo te lo digo; no lo dudes un
instante: eres bella con la verdadera belleza. Y lo
serás siempre. Alégrate.»
Por lo demás, hay en tu voz un acento que no
engaña. La emoción que sobrecoge al alma hasta
el fondo no puede tener otra causa que Tú.
Sólo Tú puedes obrar en ese centro interior.
Sólo Tú puedes derramar allí una tal
paz, una tal seguridad, una tal beatitud. Por los frutos se
conoce al árbol. Por la obra se conoce al obrero.
De tu Gracia, Dios mío, podemos decir que «es
más bella que la belleza». Hay en ella un
encanto infinito. Cuando invade, pues, un alma, le comunica
ese encanto delicado, penetrante, delicioso, indefinible.
Esa Gracia está hecha de dulzura, de armonía,
de agudeza, de claridad también, pero tamizada y como
puntualizada. En ella nada choca, nada sorprende, nada se
impone a viva fuerza. Ejerce su imperio sin permitir casi
que se percate uno de ello. Envuelve en una atmósfera
de paz, de silencio y de santidad. Se la admira sin esfuerzo
y sin cansancio. Hace olvidarlo todo. Se hace olvidar a
sí misma, para hacerse paladear mejor. Tiene algo
humilde, modesto, en su manera. Sí, la Gracia, tu
Gracia, es «más bella que la belleza».
Pero la belleza y la Gracia de un alma Interior se
armonizan muy bien con la fuerza. El alma interior es un
alma enérgica. Ha combatido y continúa
combatiendo el buen combate. Es un alma conquistadora, que
espanta a los demonios y a sus desdichados prisioneros. Un
alma interior hace más daño a tus enemigos,
Dios mío, que más de cien que no lo son. Por
si sola vale como un ejército. Por lo demás,
no lucha sola. Tú le das siempre soldados, y buenos
soldados. Ella los instruye. Los forma. Les imbuye su ardor.
Les comunica su energía. Los lanza al asalto. Les
asegura, por fin, la victoria. En todas las épocas
has enviado a tu Iglesia algunas de esas almas valientes,
terribles como escuadrones ordenados, y que lo han
salvado todo cuando todo parecía perdido.
«¡Danos, Señor, almas verdaderamente
interiores!»
LA
VIRGEN MARÍA, PREFERIDA DE DIOS
Bien miradas las cosas, Dios mío, parece que esa
alma privilegiada, verdaderamente única, a la que
llamas en el Cantar «mi paloma, mi inmaculada»,
que no excita los celos de ninguna alma, sino que, por el
contrario, despierta la admiración y la alabanza de
todas, es la dulce y pura Virgen Maria, nuestra Madre.
Sólo a Ella se aplican tus magníficas
palabras, sin restricción y sin límites. Es tu
Hija única, Padre adorado; es tu arrobadora Madre,
Jesús, Hijo único del Padre, convertido por
Ella en nuestro Hermano para salvarnos; es tu
Santísima Esposa, Espíritu de Amor, a quien
Ella debe el ser Madre sin dejar de ser la Virgen de las
Vírgenes. No hay pura criatura, ¡oh
Santísima Trinidad!, que te sea tan querida como
ésa. Es tu única, tu divinamente
preferida.
Después del Corazón de Jesús, no hay
objeto más precioso de conocer ni más dulce de
contemplar que el Inmaculado Corazón de la
Santísima Virgen. Es un abismo de perfección,
de esplendor, de belleza, de gracia, imposible de describir.
El Corazón de María es la obra maestra del
Espíritu Santo. Lo enriqueció con todas las
perfecciones, con todas las virtudes.
Sabemos que desde el primer instante de su
concepción nuestra dulce Madre gozaba de todo el Amor
divino. En el momento de su creación volvióse
hacia Dios para unirse a Él en perfección; y
su amor aumentó a cada instante, pues repitió
ese gesto durante toda su vida y cada vez con más
hondura e intimidad. Su corazón es purísimo,
es decir, sin mezcla de nada inferior a sí. La
Santísima Virgen recibió desde el primer
instante de su vida el poder de amar en un estado perfecto.
Y lo ejerció inmediatamente. No conoció pecado
ni imperfección... Su amor de las criaturas fue la
expansión de su amor a Dios, y en nada turbó
su inalterable, su santísima pureza. En Jesús
ama a Dios, puesto que Él es, a la vez, su Dios y su
Hijo. Amó a San José, a San Juan, a las Santas
Mujeres, a todo los hombres que se han sucedido en el curso
de los siglos. Ama a todos sus hijos con profundo y real
amor, pero los ama en Dios.
EL
ALMA ES ABSORBIDA POR DIOS
Durante las duras pruebas que ha tenido que soportar para
conquistar tu amor, duran te tus largas ausencias, ¡oh
Jesús!, el alma interior no ha permanecido inactiva.
Con sus trabajos, y sobre todo con sus pensamientos, ha
sabido componer una miel dulcísima, de delicioso
perfume. Ahora te la ofrece. Dígnate aceptarla. Le
parece a esta alma como si fuera comida, absorbida por Ti.
Sin embargo, no pierde lo que tiene ni la conciencia de lo
que es. Y, a pesar de todo, se convierte en tu misterioso
alimento, toda ella íntegra, sustancia y actos. Se
convierte en Ti, sin que tengas Tú que adquirir nada,
propiamente hablando. El cambio se opera íntegro en
ella. Es ella la que se ha convertido en Ti. "
al
contrario, tú te mudarás en mí."
(San Agustín). Verdad es que sigue siendo
sustancialmente lo que es, y, sin embargo, ya no es la
misma, Ve, piensa, ama, obra como Tú, contigo, en Ti.
Si no está transustanciada, está transformada.
¡Dichosa e inefable transformación!
Durante largos días, Dios se ha convertido en
aliento del alma interior. Poco a poco la ha transformado en
si mismo. Pero llega un momento en que hallándola
transformada totalmente y, por decirlo así, a su
gusto, se alimenta, a su vez, de esta alma así
divinizada. Antes, ella se sentía interiormente
fortificada por un alimento a la vez misterioso y delicioso.
Gustaba, en el fondo de sí misma, una gran felicidad,
una felicidad suya propia, su felicidad. Le parecía
incluso que había alcanzado los límites de la
beatitud posible en este mundo. Pero aquello no era nada, lo
comprende ahora. Una alegría totalmente nueva acaba
de brotar en su corazón. Se da cuenta de que ella es
como tu propio alimento, Dios mío. Tu felicidad se
convierte en felicidad. Y está prendada, embriagada,
fuera de sí misma.
Ciertamente, el alma interior no ignora que ella nada
puede añadir a tu dicha infinita. Sin embargo todo
sucede en esos benditos momentos como si ella te hiciera
verdaderamente dichoso. No sólo gusta el alma de su
propio goce, sino también de tu alegría, de la
cual le parece ser ella la causa. Ninguna comparación
puede hacer comprender lo que puede ser una tal felicidad.
Sería preciso corregir, sublimar hasta el infinito
la, de la madre más abnegada cuando alimenta con lo
mejor de sí misma a su hijo amadísimo y pone
toda su felicidad en hacer dichosa a esa querida criaturita
que tan metida lleva en su corazón, y pensar en
María, Virgen y Madre. Y el gozo del alma interior no
pasa. No se agota. Cuanto más da ella a su Dios,
más le da su Dios a ella. Él es la fuente
inagotable del amor. A medida que se va saciando, llena su
corazón, y eso es lo que colma de gozo a su
Esposa.
EL
ALMA INTERIOR ES MÁS O MENOS
INCOMPRENDIDA
Muchas almas aun piadosas, no comprenden los impulsos del
alma interior, su verdadero estado, lo que legítima
sus actos. ¿Hemos de asombrarnos de ello? ¡Nada de
eso! Para juzgarla con verdad sería menester poseer
una ciencia muy profundizada de los efectos misteriosos del
Amor divino o sufrir uno mismo del mal que ella padece. Eso
es muy raro. Y el ideal, la unión de la ciencia
especulativa y del conocimiento experimental, personal,
todavía lo es más. Un San Juan de la Cruz, por
ejemplo, no es dado al mundo, según parece, a cada
generación de hombres. Pero aunque lo fuera no se le
podrían someter todas las almas heridas por el mal
del Amor divino. Tienen éstas que aceptar el ser
más o menos incomprendidas.
Es como si se planteara al alma interior esta pregunta:
¿Qué tiene tu Amado para ti más que
para los demás? Y el alma podría
responder: «Yo no sé como veis vosotros a mi
Amado, pero yo ¡lo encuentro tan hermoso! Posee todas
las riquezas, es sabio, poderoso, bueno, afectuoso. Es
delicado, es firme y fuerte. Y, sin embargo, es dulce,
más dulce que una madre. No, nada le falta. Cuanto
más le conozco, más arrobada estoy por la
infinita profundidad de sus perfecciones. Y todo eso lo
posee en paz, en armonía, en orden. Es muy sencillo,
no sólo en su palabra y sus maneras, sino en
Sí mismo. No me canso de contemplarlo y de amarlo. Es
la alegría de mis ojos y de mi
corazón.»
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