Dejamos ya establecido que la voluntad de Dios, tomada en
general, es la sola regla suprema, y que se avanzará
en perfección a medida que el alma se conforme con
ella. Bajo cualquier forma en que llegue hasta nosotros, sea
como voluntad significada o de beneplácito, es
siempre la voluntad de Dios, igualmente santa y adorable. La
obra, pues, de nuestra santificación implica la
fidelidad a una y a otra. Sin embargo, dejando por el
momento a un lado el beneplácito divino,
querríamos hacer resaltar la importancia y necesidad
de adherirnos de todo corazón y durante toda nuestra
existencia a la voluntad significada, haciendo de ella el
fondo mismo de nuestro trabajo. Al fin de este
capítulo daremos la razón de nuestra
insistencia sobre una verdad que parece evidente.
La voluntad de Dios significada entraña, en primer
lugar, los
mandamientos
de Dios y de la Iglesia, y nuestros deberes de estado. Estos
deben ser, ante todo, el objeto de nuestra continua y
vigilante fidelidad, pues son la base de la vida espiritual;
quitadla y veréis desplomarse todo el edificio.
«Teme a Dios -dice el Sabio-, y guarda sus
mandamientos, porque esto es el todo del hombre».
Podrá alguien figurarse que las obras que sobrepasan
el deber santifican más que las de obligación,
pero nada más falso. Santo Tomás enseña
que la perfección consiste, ante todo, en el fiel
cumplimiento de la ley. Por otra parte, Dios no
podría aceptar favorablemente nuestras obras
supererogatorias, ejecutadas con detrimento del deber, es
decir, sustituyendo su voluntad por la nuestra.
La voluntad significada abraza, en segundo lugar, los
consejos.
Cuando más los sigamos en conformidad con nuestra
vocación y nuestra condición, más
semejantes nos harán a nuestro divino Maestro, que es
ahora nuestro amigo y el Esposo de nuestras almas y que ha
de ser un día nuestro Soberano Juez. Ellos nos
harán practicar las virtudes más agradables a
su divino corazón, tales como la dulzura, y la
humildad, la obediencia de espíritu y de voluntad, la
castidad virginal, la pobreza voluntaria, el perfecto
desasimiento, la abnegación llevada hasta el
sacrificio y olvido de nosotros mismos; en ellos
también encontraremos el consiguiente tesoro de
méritos y santidad. Observándolos con
fidelidad apartaremos los principales obstáculos al
fervor de la caridad, los peligros que amenazan su
existencia; en una palabra, los consejos son el antemural de
los preceptos. Según la expresión original de
José de Maistre: «Lo que basta no basta. El que
quiere hacer todo lo permitido, hará bien pronto lo
que no lo está; el que no hace sino lo estrictamente
obligatorio, bien pronto no lo hará
completamente.»
La voluntad significada abraza por último las
inspiraciones
de la gracia. «Estas inspiraciones son rayos divinos
que proyectan en las almas luz y calor para mostrarles el
bien y animarlas a practicarlo; son prendas de la divina
predilección con infinita variedad de formas; son
sucesivamente y según las circunstancias, atractivos,
impulsos, reprensiones, remordimientos, temores saludables,
suavidades celestiales, arranques del corazón, dulces
y fuertes invitaciones al ejercicio de alguna virtud. Las
almas puras e interiores reciben con frecuencia estas
divinas inspiraciones, y conviene mucho que las sigan con
reconocimiento y fidelidad.» ¡ Es tan valioso el
apoyo que nos prestan! ¡Con cuánta razón
decía el Apóstol: «No extingáis el
espíritu» , es decir, no rechacéis los
piadosos movimientos que la gracia imprime a vuestro
corazón!
¿Necesitaremos añadir que la voluntad
significada nos mandará, nos aconsejará, nos
inspirará durante todo el curso de nuestra vida?
Siempre tendremos que respetar la autoridad de Dios, pues
nunca seremos tan ricos que podamos creernos con derecho a
desechar los tesoros que su voluntad nos haya de
proporcionar. Guardar con fidelidad la voluntad significada
es nuestro medio ordinario de reprimir la naturaleza y
cultivar las virtudes; por que la naturaleza nunca muere, y
nuestras virtudes pueden acrecentarse sin cesar. Aunque mil
años viviéramos y todos ellos los
pasáramos en una labor asidua, nunca
llegaríamos a parecernos en todo a Nuestro
Señor y ser perfectos como nuestro Padre
celestial.
No debemos omitir que para un religioso sus
votos, sus Reglas y
la acción de los Superiores constituyen la
principal expresión de la voluntad significada, el
deber de toda la vida y el camino de la santidad.
Nuestras Reglas son guía absolutamente segura. La
vida religiosa «es una escuela del servicio
divino», escuela incomparable en la que Dios mismo,
haciéndose nuestro Maestro, nos instruye, nos modela,
nos manifiesta su voluntad para cada instante, nos explica
hasta los menores detalles de su servicio. El es quien nos
asigna nuestras obras de penitencia, nuestros ejercicios de
contemplación, las mil observancias con que quiere
practiquemos la religión, la humildad, la caridad
fraterna y demás virtudes; nos indica hasta las
disposiciones íntimas que harán nuestra
obediencia dulce a Dios, fructuosa para nosotros. Esto
supuesto, ¿qué necesidad tenemos -dice San
Francisco de Sales- que Dios nos revele su voluntad por
secretas inspiraciones, por visiones y éxtasis?
Tenemos una luz mucho más segura, «el amable y
común camino de una santa sumisión a la
dirección así de las Reglas como de los
Superiores. »«En verdad que sois dichosas, hijas
mías -dice en otra parte-, en comparación con
los que estamos en el mundo. Cuando nosotros preguntamos por
el camino, quién nos dice: a la derecha;
quién, a la izquierda; y, en definitiva, muchas veces
nos engañan. En cambio vosotras no tenéis sino
dejaros conducir, permaneciendo tranquilamente en la barca.
Vais por buen derrotero; no hayáis miedo. La divina
brújula es Nuestro Señor; la barca son
vuestras Reglas; los que la conducen son los Superiores que,
casi siempre, os dicen: Caminad por la perpetua observancia
de vuestras Reglas y llegaréis felizmente a Dios.
Bueno es, me diréis, caminar por las Reglas; pero es
camino general y Dios nos llama mediante atractivos
particulares; que no todas somos conducidas por el mismo
camino. -Tenéis razón al explicaros
así; pero también es cierto que, si este
atractivo viene de Dios, os ha de conducir a la
obediencia» .
Nuestras Reglas son el medio principal y ordinario de
nuestra purificación. La obediencia, en efecto, nos
despega y purifica por las mil renuncias que impone y
más aún por la abnegación del juicio y
de la voluntad propia que, según San Alfonso, son la
ruina de las virtudes, la fuente de todos los males, la
única puerta del pecado y de la imperfección,
un demonio de la peor ralea, el arma favorita del tentador
contra los religiosos, el verdugo de sus esclavos, un
infierno anticipado. Toda la perfección del religioso
consiste, según San Buenaventura, en la renuncia de
la propia voluntad; que es de tal valor y mérito, que
se equipara al martirio; pues si el hacha del verdugo hace
rodar por tierra la cabeza de la víctima, la espada
de la obediencia inmola a Dios la voluntad que es la cabeza
del alma.»
Nuestras Reglas son mina inagotable para el cielo, y
verdadera riqueza de la vida religiosa. Contra la
obediencia, en efecto, no hay sino pecado e
imperfección; sin ella, los actos más
excelentes desmerecen; con ella lo que no está
prohibido llega a ser virtud, lo bueno se hace mejor.
«Introduce en el alma todas las virtudes, y una vez
introducidas las conserva», multiplica los actos del
espíritu, santificando todos los momentos de nuestra
vida; nada deja a la naturaleza, sino todo lo da a Dios. El
divino Maestro, según la bella expresión de
San Bernardo, «ha hecho tan gran estima de esta virtud,
que se hizo obediente hasta la muerte, queriendo antes
perder la vida que la obediencia». Por eso todos los
santos la han ensalzado a porfía y han cultivado con
ardiente celo esta preciosa virtud tan amada de Nuestro
Señor. El Abad Juan podía decir, momentos
antes de presentarse a Dios, que él jamás
había hecho la voluntad propia. San Dositeo, que no
podía practicar las duras abstinencias del desierto,
fue con todo elevado a un muy alto grado de gloria
después de solos cinco años de perfecta
obediencia. San José de Calasanz llamaba a la
religiosa obediente, piedra preciosa del Monasterio. La
obediencia regular era para Santa María Magdalena de
Pazzis el camino más recto de la salvación
eterna y de la santidad. San Alfonso añade: «Es
el único camino que existe en la religión para
llegar a la salvación y a la santidad, y tan
único, que no hay otro que pueda conducir a ese
término... Lo que diferencia a las religiosas
perfectas de las imperfectas, es sobre todo la
obediencia.» Y según San Doroteo, «cuando
viereis un solitario que se aparta de su estado y cae en
faltas considerables, persuadíos de que semejante
desgracia le acontece por haberse constituido guía de
sí mismo. Nada, en efecto, hay tan perjudicial y
peligroso como seguir el propio parecer y conducirse por
propias luces» .
«La suma perfección -dice Santa Teresa- claro
es que no está en regalos interiores, ni en grandes
arrobamientos, ni en visiones, ni en espíritu de
profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme
con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que
no la queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente
tomemos lo amargo como lo sabroso, entendiendo que lo quiere
su Majestad.» De ello ofrece la santa diversas razones;
después añade: «Yo creo que, como el
demonio ve que no hay camino que más presto llegue a
la suma perfección que el de la obediencia, pone
tantos disgustos y dificultades debajo de color de
bien.» La santa conoció personas sobrecargadas
por la obediencia de multitud de ocupaciones y asuntos, y,
volviéndolas a ver después de muchos
años, las hallaba tan adelantadas en los caminos de
Dios que quedaba maravillada. « ¡ Oh dichosa
obediencia y distracción por ella, que tanto pudo
alcanzar!» .
San Francisco de Sales abunda en el mismo sentir:
«En cuanto a las almas que, ardientemente ganosas de su
adelantamiento, quisieran aventajar a todas las demás
en la virtud, harían mucho mejor con sólo
seguir a la comunidad y observar bien sus Reglas; pues no
hay otro camino para llegar a Dios.» Era Santa
Gertrudis de complexión débil y enfermiza, por
lo que su superiora la trataba con mayor suavidad que a las
demás, no permitiéndole las austeridades
regulares. «¿Qué diréis que
hacía la pobrecita para llegar a ser santa? Someterse
humildemente a su Madre, nada más; y por más
que su fervor la impulsase a desear todo cuanto las otras
hacían, ninguna muestra daba, sin embargo, de tener
tales deseos. Cuando le mandaban retirarse a descansar,
hacíalo sencillamente y sin replicar; bien segura de
que tan bien gozaría de la presencia de su Esposo en
la celda como si se encontrara en el coro con sus
compañeras. Jesucristo reveló a Santa Matilde
que si le querían hallar en esta vida le buscasen
primero en el Augusto Sacramento del Altar, después
en el corazón de Gertrudis.» Cita el piadoso
doctor otros ejemplos y luego añade: «Necesario
es imitar a estos santos religiosos, aplicándonos
humilde y fervorosamente a lo que Dios pide de nosotros y
conforme a nuestra vocación, y no juzgando poder
encontrar otro medio de perfección mejor que
éste» .
«Y a la verdad, siendo Dios mismo quien nos ha
escogido nuestro estado de vida y los medios de
santificarnos, nada puede ser mejor ni aun bueno para
nosotros, fuera de esta elección suya. Santa fue por
cierto la ocupación de Marta, dice un ilustre
Fundador; santa también la contemplación de
Magdalena, no menos que la penitencia y las lágrimas
con que lavó los pies del Salvador; empero todas
estas acciones, para ser meritorias, hubieron de ejecutarse
en Betania, es decir, en la casa de la obediencia,
según la etimología de esta palabra; como si
Nuestro Señor, según observa San Bernardo,
hubiera querido enseñarnos con esto que, ni el celo
de las buenas obras, ni la dulzura en la
contemplación de las cosas divinas, ni las
lágrimas de la penitencia le hubiesen podido ser
agradables fuera de Betania» .
La obediencia a la voluntad de Dios significada es, por
consiguiente, el medio normal para llegar a la
perfección. Y no es que queramos desestimar, ni mucho
menos, la sumisión a la voluntad de
beneplácito, antes proclamamos su alta importancia y
su influencia decisiva. Pues Dios con esa su voluntad nos
depara y escoge los acontecimientos en vista de nuestras
particulares necesidades, prestando de esta manera a la
acción benéfica de nuestras reglas un apoyo
siempre utilísimo y a veces un complemento necesario;
apoyo y complemento tanto más precioso cuanto nos es
más personal, al contrario de las prescripciones de
nuestras reglas, que por fuerza han de ser generales. Sin
embargo, no es menos cierto que la obediencia a la voluntad
significada sigue siendo, en medio de los sucesos
accidentales y variables, el medio fijo y regular, la tarea
de todos los días y de cada instante. Por ella es
preciso comenzar, por ella continuar y por ella
concluir.
Hemos juzgado conveniente recordar esta verdad capital al
principio de nuestro estudio, a fin de que los justos
elogios que han de tributarse al Santo Abandono no exciten a
nadie a seguirle con celo exclusivo, como si él fuera
la vía única y completa. Forma, a no dudarlo,
una parte importante del camino, pero jamás
podrá constituir la totalidad. De otra suerte,
¿para qué guardamos la obediencia? Al
descuidaría nos perjudicaríamos enormemente,
sobre todo si se atiende a que durante todo el día,
desde que el religioso se levanta hasta que se acuesta, casi
no hay momento en que le deje de la mano y en que no lo
dirija con alguna prescripción de regla;
además, que la voluntad de Dios sea significada de
antemano o declarada en el curso de los acontecimientos,
siempre tiene la obediencia los mismos derechos e impone los
mismos deberes y no nos es dado escoger entre ella y el
abandono; ambos deben ir de acuerdo y en unión
estrechísima.
Ofrécese la oportunidad de señalar
aquí ciertas expresiones peligrosas. Decir, por
ejemplo, que Dios «nos lleva en brazos» o que nos
hace adelantar «a largos pasos» en el abandono, y
al revés que nosotros damos «nuestros cortos
pasos» en la obediencia, ¿no es acaso rebajar el
precio de ésta y encarecer con exceso el valor del
primero?
Si sólo se considera su objeto, la obediencia, es
cierto, nos invita por lo regular a dar pasos cortitos; mas,
pudiéndose contar éstos por cientos y por
miles al día, su misma multiplicidad y continuidad
nos hacen ya adelantar muchísimo. La constante
fidelidad en las cosas pequeñas está muy lejos
de ser una virtud mediocre; antes bien, es un poderoso medio
de morir a sí mismo y de entregarse todo a Dios; es,
llamémosle con su verdadero nombre, el
heroísmo oculto. Por lo demás,
¿qué impide que nuestros pasos sean siempre
largos y aun más largos? Para ello no es necesario
que el objeto de la obediencia sea difícil o elevado,
basta que las intenciones sean puras y las disposiciones
santas. La Santísima Virgen ejecutaba acciones en
apariencia vulgarísimas, mas ponía en ellas
toda su alma, comunicándoles así un valor
incomparable. ¿No podríamos, en la debida
proporción, hacer nosotros otro tanto?
El abandono a su vez se ejercitará más
frecuentemente en cosas menudas que en pruebas fuertes.
Además, no es cierto que Dios por su voluntad de
beneplácito nos «lleve en brazos» y nos
haga avanzar sin trabajo alguno de nuestra parte.
Ordinariamente al menos, pide activa cooperación y
personal esfuerzo del alma, cuyo espiritual aprovechamiento
guarda relación con esa su buena voluntad. Y al
revés, ocasiones habrá en que por desgracia
contrariemos la acción de Dios,
enorgulleciéndonos en 1a prosperidad,
rebelándonos en la adversidad; en cuyo caso
también caminaremos a largos pasos, pero hacia
atrás.
Dos cosas dejamos, pues, asentadas: primera, que debemos
respetar ambas voluntades divinas, esto es, obedecer
generosamente a la voluntad significada y abandonarnos con
confianza a la de beneplácito; y segunda, que
así en la obediencia como en el abandono Dios no
quiere en general santificarnos sin nosotros; siendo, por
tanto, necesario que nuestra acción concurra con la
divina, y ello en tal forma que la buena voluntad venga a
ser la indicadora de nuestro mayor o menor progreso.
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