3.
Ejercicio del Santo Abandono
2. EL ABANDONO EN LAS
COSAS TEMPORALES, EN GENERAL
Hay bienes y males temporales: bienes, como la ciencia,
la salud, las riquezas, la prosperidad, los honores; males
como la enfermedad, la pobreza, los infortunios. He
aquí las cosas que el mundo juzga importantes en
primer término y de las que ante todo se preocupa, y
por cierto equivocadamente. Las cosas de aquí abajo
se deben apreciar a la luz de la eternidad.
El soberano Bien, el único necesario, es Dios, y
por consiguiente, según enseña Santo
Tomás, los bienes principales supremos para nosotros
son la bienaventuranza y lo que nos la ha hecho merecer. No
cabe abuso en estos bienes, ni pueden tener mal fin. Por
esto los santos los piden de una manera absoluta, conforme a
estas palabras del Salmo:
«Muéstranos tu faz, y seremos salvos»,
he aquí la bienaventuranza; «conducidnos por las
sendas de vuestros mandamientos», he aquí el
camino que a ella nos conduce. En cuanto a los bienes
temporales, añade el Santo Doctor, sucede con
demasiada frecuencia que se emplean mal y pueden tener mal
resultado: siendo así que la riqueza y los honores
han causado la pérdida de gran número de
personas. No son, pues, los bienes temporales principales y
definitivos, sino secundarios y pasajeros, socorros que nos
ayudan a caminar hacia la bienaventuranza, en cuanto que
conservan la vida temporal y nos sirven de instrumentos para
practicar la virtud. Con tal que los estimemos como objeto
secundario y no como objeto principal de nuestra solicitud,
es perfectamente legítimo desearlos, pedirlos en la
oración, buscarlos con una moderada
aplicación, pensar aun en el porvenir, en la medida
de la necesidad y en el tiempo conveniente. Mas nuestra
solicitud es excesiva y culpable, si en lugar de usar estos
bienes según la necesidad, llegamos hasta
considerarlos como nuestro fin; si cuidamos de lo temporal
hasta el punto de descuidar lo espiritual, si tememos
carecer de lo necesario, aun haciendo lo que debemos, pues,
en este caso, es preciso contar con la Providencia. La
comida, la bebida, el vestido, son cosas de primera
necesidad, y respecto a ellas Nuestro Señor no
condena en manera alguna el cuidado moderado que induce al
trabajo, pero destierra la solicitud excesiva que va hasta
la inquietud; termina diciéndonos que busquemos ante
todo los bienes espirituales, con la firme seguridad de que
los bienes temporales nos serán dados por
añadidura y conforme a la necesidad, si es que
hacemos lo que está de nuestra parte.
«Aun prohibiendo que nos inquietemos por los bienes
temporales como los gentiles, porque Nuestro Padre Celestial
sabe de qué cosas tenemos necesidad, Nuestro
Señor añade expresamente: "Buscad primero el
reino de Dios". Con esto quiere el divino Maestro excitar en
nosotros los buenos deseos para los que sentimos pesadez, y
amortiguar los deseos de los sentidos para los que somos
sensibles por demás. Quiere también
enseñarnos a hacer distinción entre los bienes
que es necesario pedir de un modo absoluto, como lo son "el
reino de Dios y su Justicia", y los que se han de pedir tan
sólo bajo condición y si Dios los quiere.
»Más todavía, Jesucristo mismo nos ha
enseñado a decir: El pan nuestro, palabras que entre
otros sentidos han significado siempre la petición de
los bienes temporales. (La Iglesia ha hecho lo mismo en sus
Letanías y su Liturgia.) El perfecto espiritual no
excluye esta petición del número de las siete
del Padrenuestro, y si se dice que no pida nada temporal, se
entiende que no lo pida como un bien absoluto, ni
absolutamente, sino en orden a la salvación y bajo
reserva de la voluntad de Dios.»
En efecto, dice San Alfonso, «la promesa divina (de
escuchar nuestras oraciones) no se refiere a los favores
temporales, tales como la salud, las riquezas, las
dignidades y otras prosperidades de este género.
Muchas veces Dios las niega con razón, porque ve que
comprometerían a la salvación de nuestra alma.
En cuanto a los bienes espirituales, es preciso pedirlos sin
condición, de un modo absoluto y con certeza de
obtenerlos».
También los males temporales es preciso
considerarlos con los ojos de la fe y a la luz de la
eternidad. El pecado, y sobre todo la muerte en el pecado,
con su eterna sanción que es el naufragio de nuestro
destino y el desastre irremediable, es el mal de los males.
Debemos pedir a Dios con insistencia y de una manera
absoluta que nos preserve de él a todo trance. Mas la
pobreza, los achaques, las enfermedades, las demás
aflicciones de este género, la muerte misma no son
sino males relativos. En los designios de la Providencia
así hemos de considerarlos, o por mejor decir, como
gracias precisas y a veces harto necesarias, como el pago de
nuestras faltas, remedio de nuestras enfermedades
espirituales, origen de grandes virtudes y de méritos
sin cuento, siempre que nosotros cooperemos a la
acción de Dios con humilde sumisión. Por el
contrario, la impaciencia y la falta de fe en la prueba
convertirían el remedio en ponzoña, nos
harían contraer la enfermedad, la muerte quizá
allí donde la Providencia nos había preparado
la vida. Siendo esto cierto, tenemos perfecto derecho a
rogar a Dios que «nos libre del mal, que aleje de
nosotros la guerra, la peste, el hambre», y
demás calamidades públicas o privadas.
Nuestro Señor nos lo hace repetir en la
oración dominical y la Iglesia en su Liturgia. Mas
Dios no ha prometido escuchar siempre este género de
peticiones, y nosotros sólo podemos formularlas bajo
condición de que tal sea la voluntad divina. Aun
cuando temiéramos perder la paciencia, nos
bastaría manifestar a Dios esta alternativa, o que
disminuya la carga o que aumente las fuerzas. Lo que
sí convendrá pedir siempre y de una manera
absoluta, es el espíritu de fe, la paciencia y las
demás disposiciones que convienen al tiempo de la
prueba, y en tanto que ésta dure, indudablemente Dios
quiere que practiquemos estas virtudes, ya que es
éste precisamente el fin que se propone al
enviárnosla.
Los bienes y los males temporales no son, pues, sino
bienes o males relativos. De unos y de otros puede hacerse
el uso más acertado o el más desgraciado
abuso. ¿Seremos tan juiciosos que nos sirvamos de ellos
para despegarnos de la tierra y aficionamos solamente a los
bienes del cielo? «¿Pasaremos por los bienes
temporales de suerte que no perdamos los eternos?»
¿No llegaremos a ser del número de los
insensatos que se olvidan de Dios en la fortuna
próspera y murmuran de El en la adversidad? Nada
podemos asegurar, pues sólo Dios lo sabe. A
propósito de los bienes y males temporales, tendremos
diversos deberes que cumplir, y el primero será
siempre la conformidad con la voluntad divina. Quiera Dios
que la nuestra sea, no la simple resignación, sino el
Santo Abandono, es decir, una total indiferencia por virtud,
la espera general y pacífica antes de los
acontecimientos, y en cuanto el beneplácito divino se
haya declarado, una sumisión amorosa, confiada y
filial. Dirigiremos una rápida ojeada sobre las
situaciones comunes a todos los hombres, ya sean del
claustro, ya del mundo. Sin embargo, los consejos que
daremos para determinados casos, podrá cada cual
extenderlos a otros análogos, según los
deberes de su estado. Y con objeto de poner un poco de orden
en materia tan compleja, examinaremos uno por uno los bienes
y los males del orden temporal que están fuera de
nosotros, los que tienen su asiento en nosotros, en el
cuerpo o en el espíritu, y los que dependen de la
opinión de los demás. Antes, empero, hemos de
decir una palabra sobre los bienes y los males naturales que
no pertenecen ni a nosotros ni a nadie, y que es preciso
sufrir de buen grado o por fuerza. Cedamos la palabra al P.
Saint-Jure: «Debemos conformar nuestra voluntad con la
de Dios en las cosas naturales que están fuera de
nosotros: el calor, el frío, la lluvia, el granizo,
las tempestades, el trueno, el relámpago, la peste,
el hambre y finalmente todas las influencias del aire y el
desorden de los elementos. Debemos aceptar todos los tiempos
que Dios nos envía, y no soportarlos impacientes y
airados, como es costumbre cuando nos son contrarios. No
conviene decir: ¡Qué mal tan desesperante y
desgraciado, y servirnos de expresiones que manifiesten la
contradicción y el descontento de nuestros
espíritus. Debemos querer el tiempo como es, puesto
que Dios lo ha hecho, y decir en esta incomodidad, con los
tres muchachos del horno de Babilonia: "Frío, calor,
hielo y nieve, rayos y nubes, bendecid al Señor,
alabadle y ensalzadle para siempre". Estas criaturas lo
hacen sin cesar obedeciendo a Dios y cumpliendo su
santísima voluntad, pues con ellas hemos de
bendecirle y glorificarle nosotros por el mismo medio.
Debiéramos pensar, a fin de ahogar estos movimientos
injustos y estas expresiones desordenadas, que si este
tiempo nos es incómodo, a otros les es cómodo;
que si no es bueno para la parte, es útil al todo;
que si estorba nuestros planes, favorecerá los del
vecino, y cuando así no fuera, ¿no nos basta que
sea siempre bueno para la gloria de Dios, ya que es
según su voluntad y en ello tiene El sus
complacencias?
Anterior
Índice
Siguiente
-