3.
Ejercicio del Santo Abandono
9. LAS PRUEBAS
INTERIORES EN GENERAL
Hemos considerado ya los bienes y los males temporales,
la esencia de la vida espiritual y sus modalidades
extrínsecas. Réstanos estudiar las penas de la
vida interior; primero en general, y después algunas
en particular, como las tentaciones, las arideces, las
oscuridades, etc. Allí en donde el abandono
será moneda corriente, pues, estas pruebas son
inevitables y muy frecuentes; según San Alfonso,
constituyen «la más amarga de todas las penas
posibles».
«No hay día -dice San Francisco de Sales- que
se parezca enteramente a otro; y así los hay
nebulosos, de lluvia, secos y de viento. Otro tanto sucede
en el hombre: su vida se desliza como el agua, flotando y
ondulando en una continua diversidad de movimientos que, ya
le levantan a la esperanza, ya le abaten por el temor, ya le
tuercen a la derecha por los consuelos, ya a la izquierda
por la aflicción; de suerte que nunca se halla en un
mismo estado... Quisiéramos no hallar ninguna
dificultad, ninguna contradicción, ninguna pena, sino
más bien consolaciones sin arideces, reposo sin
trabajo, paz sin turbación, pero, ¿no es esto
una locura? Pretendemos un imposible, pues solución
tan completa sólo se halla en el paraíso o en
el infierno; en el paraíso: el bien, el reposo, la
consolación sin mezcla alguna de mal, de
turbación ni de aflicción; en el infierno
reina el mal, la desesperación, la turbación y
la inquietud sin mezcla alguna de bien, de esperanza, de
tranquilidad ni de paz. Mas en esta vida perecedera nunca se
halla el bien sin su correspondiente mal, ni reposo sin
trabajo, consolación sin aflicción.»
La vida interior no puede sustraerse a esta ley general,
debiendo, por tanto, hallarse en ella, y en grande, las
vicisitudes y las pruebas, de las que nuestra miseria puede
ser la causa inmediata, o bien la malicia del demonio; pero
Dios es siempre su primera causa. Cuando se originan de
nuestro propio fondo, se explican por la ignorancia del
espíritu, la sensibilidad del corazón, el
desarreglo de la imaginación, la perversidad de
nuestras inclinaciones, etc. Mas, ¿no obedece a un
designio de Dios que hayamos nacido hijos de Adán, y
a su voluntad que hayamos de soportar estas enfermedades
para nuestra santificación? ¿Puede el demonio
mismo cosa alguna contra nosotros sin la permisión de
Dios? Cuando Saúl era asediado de tentaciones de
envidia y de aversión contra David, los libros santos
nos dicen que «el espíritu maligno, venido del
Señor, le agitaba». Pero, si este
espíritu viene de Dios, ¿cómo puede ser
malo? Y si es malo, ¿cómo puede venir de Dios?
Es malo, por la depravada voluntad que tiene de afligir a
los hombres para perderlos; es del Señor, porque Dios
le ha permitido que nos aflija, atendiendo a los designios
que tiene de salvarnos.
Con mucha frecuencia es el mismo Señor quien obra
y diversifica su acción en relación con la
fuerza y necesidades de las almas y los designios que sobre
ellas tiene. He aquí cómo el venerable Luis de
Blosio resume en maravillosos rasgos «la conducta
admirable del Celestial Esposo para con un alma que le
está unida». Al principio, cuando los nudos del
contrato apenas están formados, El la visita, la
fortifica, la ilumina, cautiva su corazón
haciéndola encontrar tan sólo la
alegría en su servicio, la atrae por la dulzura de
sus atractivos, y de continuo muéstrasele lleno de
encantos por retenerla en su presencia; en una palabra, no
le hace gustar sino las delicias y dulzuras en
consideración a su debilidad. Mas, con el tiempo, la
retira la leche de la consolación, dándola el
alimento sólido de las aflicciones; ábrela los
ojos, y la hace conocer cuánto habrá de sufrir
en adelante. Y ved ahí el cielo y la tierra y el
infierno conjurados todos contra ella. Enemigos por fuera, y
tentaciones por dentro; fuera, tribulaciones y tinieblas, y
en el interior del alma sequedades y desolaciones: todo lo
cual contribuye a su martirio. Aquí el Esposo se
sustrae a sus miradas, y si algún tiempo
después reaparece, es para volverla a dejar. Ya la
abandona en las sombras y horrores de la muerte, ya la llama
a la luz y a la vida para hacerla gustar la verdad de este
oráculo: «El es quien conduce al sepulcro y saca
de él.»
¿Por qué esta conducta de la Providencia? Es
porque en nosotros hay dos pueblos. «El amor divino y
el amor propio están en nuestro corazón como
Jacob y Esaú en el seno de Rebeca; y como entre ellos
hay marcada antipatía chocan de continuo entre
sí. "Dos naciones hay en tu seno -dijo el
Señor a Rebeca-: los dos pueblos que de ti
saldrán estarán divididos, y el uno
dominará al otro; el mayor servirá al menor".
Del mismo modo, el alma que tiene dos amores dentro de su
corazón, tiene, por consiguiente, dos grandes pueblos
o muchedumbres de movimientos, afectos y pasiones; y
así como los dos hijos de Rebeca le ocasionaban
grandes convulsiones por el encuentro y lucha de sus
movimientos, así los dos amores de nuestra alma
causan grandes trabajos a nuestro corazón; pero
aquí es preciso también que el mayor sirva al
menor, es decir, que el amor sensual sirva al amor de
Dios.»
El amor propio se manifiesta por el horror al
sufrimiento, por el interés de los goces, y sobre
todo por el orgullo, de donde nace esta guerra intestina de
que se lamentaba el Apóstol; guerra siempre ruda y
tenaz, pero más violenta en determinadas personas,
sobre ciertas materias y en determinadas edades, en
determinados tiempos y en determinadas ocasiones. Aun en los
espirituales aprovechados queda un fondo de amor propio
oculto, un orgullo refinado y casi imperceptible, de donde
se origina una infinidad de imperfecciones de que apenas
tiene conciencia, vanas complacencias en sí mismo,
vanos temores, vanos deseos, manifestaciones de confianza en
el valor personal, sospechas y burlas contra el
prójimo, todo un caos de miserias, debilidades y
pequeñas faltas. ¿Cuál será el
remedio? Indudablemente que la mortificación
cristiana, a la que hemos de entregarnos de lleno, y
proseguir y perseverar en ella sin tregua ni descanso. Pero
unas veces nos faltará la luz, otras decaerá
el ánimo; mas nunca podremos cantar victoria
definitiva sobre ese enemigo casi imperceptible y que forma
parte de nosotros mismos, si Dios por la acción de su
Providencia no nos alarga la mano poderosa de su gracia.
De dos maneras nos la puede alargar: mediante las
dulzuras, o los santos rigores. Cuando un alma comienza a
entregarse a El, cólmala de consuelos sensibles para
atraerla, para alejarla de los placeres terrenales; y
así engolosinada, despégase ella poco a poco
de las criaturas y se une a Dios, si bien de manera
defectuosa, pues es vicio general de las almas
todavía imperfectas buscar su satisfacción
casi en todo cuanto hacen. Y precisamente las dulzuras
constituyen el plato más delicado tanto para el
orgullo como para la gula espiritual. Por medio de miras
imperceptibles de complacencia, se apropia los dones de
Dios, y uno se siente satisfecho en tal o cual estado; y en
lugar de bendecir a la infinita misericordia, se atribuye a
sí el mérito de lo que hace, por lo menos en
el interior de su corazón. Conveniente será,
pues, dar el golpe de gracia al amor propio, que Dios nos
someta a los recios golpes de las pruebas interiores, que
aunque dolorosas serán decisivas.
Por este medio, Dios nos humilla y nos instruye. Celoso
de conservar su gloria y de asegurarla contra estos secretos
latrocinios del corazón, nos oculta la mayor parte de
sus gracias y favores. Sólo dos excepciones hemos de
poner en esta regla: primero, los principiantes que tienen
necesidad de ser atraídos y ganados por medio de
estos dones sensibles y conocidos; y segundo, los grandes
santos, que a fuerza de haber sido purificados del amor
propio con mil pruebas interiores, pueden reconocer en
sí las gracias de Dios sin la menor mirada de propia
complacencia. En general, también oculta a las almas
los favores de que las coima, de modo que no vean ni su
humildad, ni su paciencia, ni sus progresos, ni su amor a
Dios. De ahí que algunas veces no puedan menos de
llorar por la presunta ausencia de estas virtudes y su falta
de generosidad en el sufrimiento. Al propio tiempo les
descubre este profundo abismo de nativa corrupción
que llevamos en nosotros mismos, y que hasta entonces no
habían podido ni querido sondear; y
muéstraselo despacio, no mediante luces gloriosas,
sino a fuerza de dolorosas experiencias. Nada más a
propósito para destruir nuestro amor propio que este
cuadro tan aflictivo y humillante. Sentir a cada instante su
debilidad, y verse al borde del precipicio, ¿no es la
prueba más fuerte para llevarnos a la desconfianza de
nosotros mismos y a la confianza en sólo Dios? Si nos
es provechoso ser abatidos en presencia de los demás,
no menos lo es vernos anonadados a nuestros propios ojos, y
esto será lo que poco a poco hará morir
nuestro orgullo: esta es la razón por la que Dios
permite tantas humillaciones interiores. Es una
lección de evidencia deslumbradora, por lo que la
prolonga hasta que quede bien aprendida y no pueda, por
decirlo así, ser jamás olvidada. Sólo
resta saber aprovecharse de ella, para establecerse en la
verdadera humildad dulce y tranquila, que arroja fuera de
sí la falsa humildad malhumorada y despechada. El
enojo y el despecho en la humillación son otros
tantos actos de orgullo, como en los dolores son otros
tantos actos de impaciencia.
Por medio de estas pruebas, Dios nos acaba de despegar.
El amor propio es una hidra con muchas cabezas y que es
preciso cortar una a una. Al principio se trabajó en
cercenar el apego al mundo, a los bienes de la tierra, a los
placeres de los sentidos, a la salud, etc. Y para ofrecernos
su mano poderosa, Dios ha derramado la amargura en las
alegrías de acá abajo, nos ha herido en las
personas y en las cosas que nos eran más queridas, ha
entregado a nuestro cuerpo a toda clase de enfermedades.
Dóciles a su acción, hemos reportado ya
notables ventajas; mas el amor propio, vencido en este
terreno, nos espera en otro más delicado:
aficiónase a la parte sensible de la piedad, y este
apego es tanto más de temer, cuanto es menos grosero
y más legítimo en apariencia. Y, sin embargo,
el amor perfecto no puede soportar que nuestro
corazón ande dividido por el afecto a los consuelos
con el amor de Dios. ¿Qué sucederá? Si se
trata de almas menos privilegiadas para las que Dios no
tiene una ternura tan celosa, las dejará disfrutar de
estas santas dulzuras, y se dará por contento con el
sacrificio de los placeres de los sentidos que ellas le han
hecho. Tal es la vida ordinaria de las personas devotas,
cuya piedad está mezclada con ciertas tendencias a
buscarse a sí mismas. A la verdad, Dios no aprueba
esos defectos, pero como no les concede tantas gracias, no
espera de ellas tan elevada perfección. Muy distintas
son las exigencias, como distintos son también los
designios, tratándose de almas escogidas. El celo de
su amor iguala al de la ternura que les manifiesta. Deseoso
de entregarse todo a ellas, quiere también poseer su
corazón sin participación ajena; y así,
no se contenta con las cruces y penas exteriores que las
desprendan de las criaturas, sino que se propone
desasirías de sí mismas, y matar en ellas las
últimas raíces de este amor propio que se
adhiere al sentimiento de devoción, que en él
se apoya, de él se nutre, y en él se complace.
Para llevar a término esta segunda muerte, retira
Dios todo consuelo, todo gusto, todo apoyo interior, y
prueba al alma por las arideces, las repugnancias, las
insensibilidades y otras penas, de suerte que ella se
encuentra en un estado de anonadamiento.
No siempre la acción de Dios alcanza ese grado de
intensidad, sino que lo aumenta o disminuye según los
designios de amor, y conforme a la fuerza y a la generosidad
de las almas. Si no juzga conveniente tratarlas con este
santo rigor, las hace al menos pasar por alternativas de
consuelos y desolación, de paz y de combate, de luz y
de oscuridad. Y merced a estas continuas vicisitudes, las
vuelve flexibles y dóciles a todas sus mociones;
pues, a fuerza de cambiar de situación interior, se
acaba por no tener ninguna y se halla dispuesto a tomar
todas las formas, obedeciendo a este Espíritu divino
que sopla donde quiere y como quiere.
Finalmente, por medio de estas pruebas, dice el venerable
Luis de Blosio, «Dios purifica a las almas, las
humilla, las instruye, las hace dóciles a su
voluntad, cercena todo cuanto tenían de rudo, deforme
y repugnante, y las embellece con todos los atavíos
que puedan hacerlas agradables a sus ojos. Y cuando las
halla fieles, llenas de paciencia y buena voluntad; cuando
el dilatado ejercicio de las tribulaciones las ha conducido,
con la ayuda de su gracia, hasta aquel elevado grado de
perfección, que consiste en sufrir con tranquilidad y
con alegría todo género de tentaciones y de
penas, entonces las une consigo del modo más
perfecto, les confía sus secretos y sus misterios, y
se comunica plenamente a ellas».
Estos son los días del puro amor, puesto que en
ellos servimos a Dios por El mismo, y a nuestras propias
expensas. ¡Cuán difícil es amarle de
verdad en la alegría, sin que se mezcle algo de amor
propio y de yana complacencia! Mas en el tiempo de las
cruces y de las privaciones interiores santamente aceptadas,
no hemos de temer ya que el amor propio se mezcle en
nuestras relaciones con Dios, puesto que nada hay en ellas
que no tienda a crucificar el amor propio. ¡Qué
a propósito es esta seguridad para consuelo del que
comprende el precio del amor puro! He aquí la
razón por qué tantos santos preferían
las privaciones y las penas a los consuelos y
alegrías, por qué amaban tan apasionadamente
las unas y tenían verdadera pena en gozar de las
otras.
Es el tiempo de la rica cosecha para el cielo, porque
ahora es cuando el alma se eleva a las obras santas, puras y
desinteresadas. «En el estado de consuelos -dice San
Alfonso-, no es menester gran virtud para renunciar a los
placeres sensuales, ni para soportar las afrentas y las
adversidades; un alma así favorecida lo sufre todo,
pero muchas veces su paciencia proviene más de las
dulzuras que experimenta, que de la fuerza de su amor a
Dios.» Por el contrario, es efecto de no mediana virtud
saber soportar sus miserias, sus debilidades, su
temperamento, sus defectos y todas las penas de que Dios se
sirve para corregirnos. Después de estas
purificaciones y estos desasimientos interiores, se facilita
la elevación al perfecto abandono, a la confianza
filial sólo en Dios; es decir, que las virtudes
más perfectas llegan a sernos como naturales. Por
este motivo, ¡cuántas riquezas no han procurado
a los santos estas miserias y estas pruebas, sirviendo de
materia a sus combates interiores, a sus victorias y al
triunfo de la gracia! Por lo demás, sólo
después de haber sido despojado de esta manera y por
completo de sí mismo, es cuando uno puede llegar a no
pensar sino en Dios, a no gustar sino de Dios, a no apoyarse
y complacerse sino en Dios; y ésta es la vida nueva
en Jesucristo, la formación del hombre nuevo y
destrucción del viejo. Apresurémonos, pues, a
morir como el gusano de seda, para llegar a ser la mariposa
que se remonte al cielo, en vez de arrastrarse sobre la
tierra.
Mas el amor propio tiene una vida muy resistente, y no
muere sino después de larga agonía. El alma
aún imperfecta, es la madera verde que suda y gime,
que se retuerce y se agita antes de abrasarse. Es la estatua
bajo el cincel del escultor, la piedra que se talla a golpe
de martillo; así las tentaciones, las arideces, las
otras penas nos hacen sentir dolorosamente sus penetrantes
golpes, pero es que sin esto permaneceríamos bloque
informe, y no tomaríamos la semejanza de
Jesús, paciente, humillado y crucificado. Al perfecto
amor no se llega sino por múltiples desprendimientos,
y cuanto más nos propongamos adelantar en los caminos
de la oración, en la unión de amor y la
verdadera santidad, más necesario nos será
estar desasidos y libres. Buscaríamos tanto los
consuelos de Dios como al Dios de los consuelos, si no
aprendiéramos a servirle en los más terribles
abandonos. En una palabra, siendo las penas interiores el
camino de la perfección, Dios nos privará de
sus dulzuras sólo porque nos ama, sin que por eso
hayamos desmerecido. Quizá sintamos en el claustro
menos dulzuras que en el mundo, pues Dios nos purifica
más enérgicamente, a fin de unirnos a El con
mayor perfección.
El cáliz, a no dudarlo, es amargo, pero mucho
más lo sería el infierno, y Dios obra con
nosotros misericordiosísimamente sustituyendo los
rigores del otro mundo con este purgatorio mitigado.
Además, puesto que de gana o por fuerza es necesario
beber el cáliz de la salud, hagamos de la necesidad
virtud, que es el modo de dulcificar su amargura. Se nos
hará todo más dulce, conforme la prueba nos
vaya purificando y desprendiendo, de suerte que apenas
sentiremos el dolor, sino por permisión de Dios, y en
los momentos de pruebas excepcionalmente graves. Porque la
viveza del dolor proviene en gran parte de la fuerte
oposición del amor propio que no quiere ni morir ni
abdicar. El amor divino se limitaría casi a no
producir sino impresiones dulces y encantadoras, si no
hallara en el corazón obstáculo alguno que le
resistiera. De cualquier modo, ¿querríamos gozar
del cielo en la tierra y caminar siempre sobre rosas, en
tanto que nuestro adorado Maestro lleva su cruz y desmaya en
la agonía? Bien merece el Paraíso todos los
sacrificios. El hombre espiritual no tiene el monopolio de
las pruebas, pues van las suyas embalsamadas en amor y
esperanza, y todo bien considerado, menos le cuesta a
él correr hacia la santidad, que al tibio languidecer
bajo el peso de sus pasiones inmortificadas.
Siendo esto así, evitemos con cuidado estorbar los
favores divinos; mas si Dios tuviera a bien quitarnos estos
días claros en que experimentamos gustos sensibles en
la oración, en la comunión, en que nuestra
unión con el Amado sólo nos proporciona
encantos y delicias, no echemos de menos las dulzuras,
porque Dios nos las quita sin culpa nuestra; han
desempeñado su misión y no ofrecen ya la misma
utilidad. ¡Qué preciosos son bajo otro aspecto
el martirio y la agonía de los días presentes!
Si se supiera aceptar, estimar y amar esta feliz
abyección interior, se la querría sentir
siempre y permanecer siempre en ella, porque en ella el alma
se hallaría más cerca de Dios.
Muchos santos, impulsados por particular
inspiración, decían a Dios en sus
sufrimientos: Más, Señor, más.
Según el P. Caussade, es por lo regular
presunción e ilusión pretender seguir estos
ejemplos, y juzga que somos demasiado pequeños y
demasiado débiles para llegar hasta ahí, a
menos de una certeza moral de que Dios quiere esto de
nosotros. Nunca deseó ni pidió penas y
contradicciones para sí mismo, y a una de sus
Filoteas prohíbe solicitar más ni menos de las
que ya tiene: porque Dios sabe mejor que nosotros la justa
medida de todo lo que necesitamos, y las pruebas que nos
envía son suficientes, sin necesidad de
desearías o procurarías uno mismo. Esperarlas
y prepararse a ellas es el mejor medio de disponer de
más valor y ánimo para recibirlas con fruto
cuando las envíe.
Por lo demás, preciso nos será armarnos de
paciencia y de humildad. Si no tenemos una naturaleza
afortunada, y si Dios nos envía más pruebas a
fin de reducirla, la violencia y la resistencia del combate
no acarrean mal alguno al alma que lucha con la
resolución de no desanimarse jamás. Lo rudo de
los ataques hará crecer la fatiga y el peligro, pero,
con la ayuda de Dios, dará lugar a más
victorias, santidad, méritos y recompensas.
Mientras que el Médico celestial nos prodiga las
lancetadas y las píldoras amargas, mirémonos,
no en el engañoso espejo del amor propio, sino en el
espejo fiel de la verdad, pero sin perder de vista nuestras
miserias. Entonces nos humillaremos sin esfuerzo bajo la
poderosa mano de Dios, y lejos de recriminar su justicia y
su amor, reconoceremos que aún nos perdona, y que es
muy misericordioso hasta en sus rigores.
Establezcámonos sobre todo en la santa
indiferencia. «Que el navío se incline al
levante o poniente, al mediodía o septentrión,
sea cual fuere el viento que le empuje, nunca su aguja
dejará de mirar a su hermosa estrella norte y del
polo. De igual modo, aunque todo se revuelva de arriba abajo
en derredor de nosotros, y aun en nuestro interior, esto es,
que nuestra alma esté triste o alegre, entre dulzuras
o amarguras, o en tranquilidad o en guerra, en claridad o en
tinieblas, en tentaciones, gusto o disgustos, en sequedad o
en ternura, que el sol la abrase o el rocío la
refresque, siempre la cumbre del corazón y del
espíritu, esto es, nuestra voluntad superior que es
nuestra brújula, ha de mirar sin cesar y se ha de
dirigir perpetuamente al amor de Dios.» La parte
inferior de nuestra alma quizá se halle en la
inquietud y agitación, mas la voluntad ha de
permanecer tranquila en medio de la borrasca, vuelta hacia
Dios y no buscando otra cosa que a El, sin que nada pueda
jamás separarnos de su amor: ni la
tribulación, ni la angustia, ni el dolor presente, ni
el temor a los males futuros. Amar a Dios y hacer su
santísima voluntad, ¿no es lo esencial y nuestro
mismo fin? Todo lo demás no es sino el medio de
conseguirlo, lo mismo los consuelos que las aflicciones, la
paz como el combate, la luz como las tinieblas.
¿Qué camino será el mejor para nosotros?
Lo ignoramos; Dios lo sabe y nos ama; dejémosle,
pues, disponer de nosotros como vea que nos conviene, que
nuestra suerte mejor está en sus manos que no en las
nuestras. Por otra parte, no nos dejará la
elección, sino que dispone como dueño y
soberano; por tanto, prestémonos de buena gana a su
acción: El es quien nos pone en la prueba, El nos
sostendrá. Los santos preferían el dolor, pues
más se aprovecha padeciendo que obrando; el santo
abandono es el camino más seguro y más
directo.
El P. Baltasar Álvarez hacía a Dios esta
admirable oración: «Dignaos disponer de
mí según vuestra voluntad, que esto es todo lo
que deseo y no os pediré ni otra fe, ni otros medios,
ni más favores, ni menos padecimientos. Deseo
permanecer tal como me habéis hecho, y ser tratado
como lo he merecido. Me contentaré con los consuelos
que me diereis, y no me quejaré de las desolaciones
que me enviareis. Ejecutad, Señor, vuestros designios
sobre mi con toda libertad, que tan sólo así
puede hallar mi alma el reposo que tanto desea.
Cuando las penas vengan a caer sobre nosotros duras y
persistentes, abandonémonos sin reservas a Aquel de
quien nos creemos quizá abandonados, y
digámosle con ánimo resuelto: «Vos lo
queréis, Dios mío, también lo quiero yo
y por todo el tiempo que quisiereis.» Nada mejor
podemos hacer entonces, en el coro, en la oración, en
la Misa, en la Sagrada Comunión, que repetir
dulcemente y sin esfuerzo nuestro fiat -hágase-;
repetir con frecuencia durante el día, según
lo encomienda San Francisco de Sales: «Sí, Padre
celestial, si y siempre si», y conservarnos en esta
disposición habitual de completo abandono. Ved
ahí una corta y sencilla práctica, y no
sería necesario más para adquirir esa
perfección que frecuentemente vamos a buscar muy
lejos. El simple fiat en todas nuestras penas interiores y
exteriores, bastará para conducirnos a una elevada
santidad.
Sin duda podemos pedir a Dios que aligere nuestras
pruebas, o nos las quite, pero no estamos a ello obligados;
lo más conveniente para su gloria y para nuestro bien
sería que El se dignare aumentar nuestra paciencia.
San Alfonso nos enseña a decir: «¡Heme
aquí, Señor! Si queréis que permanezca
en la desolación y en la aflicción toda mi
vida, dadme gracia, haced que os ame, y disponed de
mí como os plazca.» Evitemos por lo menos la
inquietud y el apresuramiento, que denotaría un deseo
desarreglado. Suframos en paz sin ir a mendigar las
consolaciones en las criaturas. Para no condolernos de
nosotros mismos, hablemos de nuestras penas lo menos
posible, evitando aun ocupar demasiado en ellas nuestro
espíritu, pero pidamos consejo y esfuerzo a un hombre
de Dios; sobre todo, refugiémonos en la
oración, a fin de implorar la fortaleza y aceptar la
cruz, fijos amorosamente los ojos en nuestro Amado
Jesús, que nos amó y se entregó por
nosotros. Nunca como en estas circunstancias necesitamos
perseverar en la oración, llamar al Señor en
nuestra ayuda y apoyarnos sólo en El.
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