3.
Ejercicio del Santo Abandono
13. PAZ, TEMORES Y
ESCRÚPULOS
Artículo
1º.- La paz
La paz del alma es un bien soberanamente deseable, no tan
sólo por la dulzura que consigo lleva, sino
más aún por la fuerza que nos comunica y por
las condiciones ventajosas en que nos coloca. Es casi
indispensable al que desea vivir vida interior; y el
Señor por otra parte se hace llamar en nuestros
Libros Santos, «El Dios de la Paz». Nuestro dulce
Salvador apenas nacido, hace cantar por boca de sus
ángeles: «Gloria a Dios en las alturas, y paz en
la tierra a los hombres de buena voluntad». Cuantas
veces se presenta a sus discípulos después de
resucitado, les dirige este afectuoso saludo: «La paz
sea con vosotros». Otro tanto hacen sus
Apóstoles al principio de sus Epístolas, y el
Espíritu Santo a su vez nos invita a «buscar la
paz y seguirla».
Hay, empero, paz verdadera y paz falsa. La verdadera paz
es la tranquilidad del orden. Para conseguirla es, pues,
preciso poner orden en nuestros pensamientos, en nuestros
afectos, deseos, en nuestras acciones y en nuestros
sufrimientos; es decir, conviene que nuestra voluntad
esté siempre sometida a la de Dios por la obediencia
y la resignación, de otra suerte, habrá el
desorden, y, «resistiendo a Dios, no se tendrá
la paz», por lo menos la paz verdadera.
La falsa paz es la tranquilidad en la tibieza o el
pecado. El Señor lo ha dicho: «No tienen paz
-verdadera- los impíos» Es gracia inestimable la
que Dios hace a los pecadores atormentándoles por los
remordimientos hasta que despierten de su letargo; pues si
permanecen tranquilos en el pecado, sería para ellos
el peor de los infortunios. Con la debida proporción,
otro tanto se ha de decir del alma tibia, que no puede
gustar de la paz verdadera y profunda; su voluntad no es
enteramente buena, un tropel de pasiones la zarandean en
opuestos sentidos. Si acaso llega a tranquilizarse en su
triste estado, es una señal que debe alarmamos, pues
proviene de que el espíritu se ciega, el
corazón se endurece y se adormece la conciencia.
La verdadera paz es, pues, «para los hombres de
buena voluntad», y ha de tener diferentes grados como
la misma buena voluntad. La mayor parte de los cristianos
que observan la ley divina y se someten a la Providencia,
hácenlo sólo imperfectamente, y más
bien por el temor de perderse o por el deseo de salvarse;
los tales, esclavos son o mercenarios, no hijos ni amigos de
Dios. No hay que esperar, pues, que encuentren la paz
completa prometida a los que aman la ley de Dios. Más
aún dice el P. Grou: «La paz de las almas
devotas, pero no abandonadas por completo a Dios, es muy
endeble y vacilante, y vese a menudo turbada por los
escrúpulos de conciencia, ya por el terror de los
juicios de Dios, o también por los diversos
accidentes de la vida. ¿Cuándo, pues,
arraigará en un alma la paz íntima y
sólida, y, por así decirlo, inalterable? Tan
pronto como se entregue totalmente a Dios.»
No bien ha tomado tal resolución, cuando la
pacificación comienza, se desenvuelve y se afianza a
medida que el alma se desprende de todas las cosas, y se
adhiere a la voluntad sola de Dios. Sufría, porque el
amor divino la atraía hacia el deber, y el amor
propio hacia los placeres de los sentidos o las
satisfacciones del espíritu; era la lucha entre la
gracia y la naturaleza. Ahora que desprecia su propia
voluntad y no busca sino la de Dios, el desorden ha cesado,
el orden queda establecido. Desde este momento, la
inquietud, la turbación, la agitación se
calman y dan lugar a la tranquilidad, y aun al verdadero
bienestar. Y cuando el alma hubiere llegado a aquella
completa libertad de espíritu que San Francisco de
Sales recomendaba a Santa Juana de Chantal, y no se aficione
ni al bien, ni a las consolaciones, ni a los ejercicios
espirituales, sino sólo a la voluntad de Dios para
que El reine en nosotros, la paz del alma será, por
decirlo así, inalterable.
Es la primera recompensa de nuestros trabajos, es fuerza
que nos sostiene en la prueba, es señal de
adelantamiento. Cuando ella llega a ser más
íntima, firme, inaccesible a todo lo que suele
turbarnos, más claro aparece que hemos hecho
sólidos progresos en la virtud,
desprendiéndonos de todas las cosas,
uniéndonos más estrechamente a la voluntad de
Dios; de suerte, que la plenitud de la paz y la de la
perfección caminan a la par y son inseparables, salvo
una especial permisión de la Providencia. Este efecto
prodúcese por la fuerza misma de las cosas, y
subsistirá por consiguiente aun en medio de las
pruebas.
Pero además, cuando a Dios le agrada y como El lo
quiere, derrama en el alma paz sobreabundante y más
saboreada, paz que hasta entonces no se había
gustado, paz que la llena de un bienestar inefable y que
inspira un profundo desprecio por las cosas de acá
abajo. - Por el contrario, aun cuando el alma se mantenga
completamente fiel puede Dios, si tal es su
beneplácito, quitarle esta sobreabundancia del
bienestar interior, retirarle la impresión de la paz
que de ordinario acompaña a la virtud,
dejándole tan sólo una paz árida, sin
sentimiento alguno. Libre es también, si así
lo quiere, para dar poder a nuestro enemigo que
tratará de lanzarnos en la inquietud, la
turbación y la agitación. ¿Qué
haremos entonces? Adherirnos más y más a la
voluntad de Dios, y abandonarnos confiadamente en los brazos
de nuestro Padre que está en los cielos; pues nada
hace, nada permite, sino para el mayor bien de nuestra alma,
y mientras nosotros permanezcamos unidos por la fe, la
confianza y el amor a esa voluntad divina, nada hay en el
mundo capaz de dañarnos.
Habrá, pues, dos especies de paz: la una sensible,
dulce y agradable, que no depende de nosotros, ni es por
otra parte necesaria, y hasta ofrece secreto pábulo
al amor propio. Hay otra casi insensible que reside en lo
más intimo del alma, en la parte delicada del
espíritu. Por lo regular es árida y sin gusto,
pudiéndose tener aun en medio de las más
dolorosas tribulaciones. Esta paz puramente espiritual
está menos sujeta a las pretensiones del amor propio,
y deja el campo más libre a la acción de la
gracia. En ella es donde Dios habita como en su propio
ambiente, a fin de obrar en lo íntimo del
corazón cosas maravillosas, pero muy secretas y casi
insensibles, que apenas se conocen sino por los efectos; es
decir, cuando, bajo la bienhechora influencia de esta paz,
siéntese el alma con fuerzas para permanecer firme en
medio de las persistentes arideces, en las tentaciones,
violentas sacudidas y las aflicciones más
imprevistas. Si halláis en vos mismo esta paz
árida, esta tranquilidad a pesar de las pruebas,
motivo tenéis para bendecir a Dios; es suficiente
para conservaros en el deber, y basta ella sola para nuestro
adelantamiento espiritual; conservadla, pues, como un don
precioso. A medida que vaya creciendo poco a poco,
terminará por constituir un día vuestro
más dulce encanto; mas es preciso que le hayan
precedido los combates y las victorias.
Si Dios permite que el demonio y la naturaleza nos
molesten con sus tentaciones, que la prueba y las
dificultades surjan de todas partes, obremos lo mejor que
podamos y sin perder la paz. Los pensamientos y sentimientos
que turban, que debilitan y descorazonan a un alma generosa,
no vienen de Dios, sino que es el demonio que se propone
robarnos la calma y la fuerza de que necesitamos para
vencer. No caigamos en el defecto de considerar la
adversidad, ni aun la rebelión de las pasiones, como
signo del alejamiento de Dios. Mientras nuestra voluntad le
permanezca fiel, El está cerca de nosotros y
amorosamente ocupado en curarnos y hacernos mejores; a la
vez que nos despega y nos humilla, nos sostiene con su
fuerza invisible, y nos ayudará hasta el fin si
nosotros queremos orar y luchar. Quien hubiere comprendido
bien las ventajas de estos sufrimientos y de estos combates,
lejos de afligirse por ellos, no cesaría de dar
gracias. «No es posible gustar las consolaciones de los
hijos de Dios, sino después de haber sufrido sus
rudas pruebas. La paz sólo se alcanza por medio de la
guerra, y no se disfruta sino después de la
victoria.»
Necesitamos, pues, vencemos. En medio de las tentaciones,
según la comparación de Santa Teresa, las
pasiones sobreexcitadas son como animales inmundos, reptiles
venenosos que se agitan en las entradas del castillo. No nos
detengamos a mirarlos, huyamos sin demora, y subamos a la
parte superior, al santuario interno donde Dios reside;
allí derramemos nuestro corazón en protestas
de amor y de fidelidad, en oraciones suplicantes y
reiteradas. Esta prudente huida dará casi siempre por
resultado el hacernos olvidar los reptiles, y siempre nos
atraerá la gracia y nos asegurará la
victoria.
Además, en todas las pruebas, como tentaciones,
enfermedades, sequedades, contrariedades, humillaciones,
desprecios, persecuciones, etc., el gran medio de conservar
la paz es una humilde y amorosa sumisión al
beneplácito divino... «¡Cuánto
desearía -dice el P. de Caussade- que tuvierais
más confianza en Dios, más abandono en su
sabia y divina Providencia! Es ella la que dirige hasta los
más insignificantes acontecimientos de esta vida,
ornándolos en bien de los que se confían por
completo a ella, y que se abandonan sin reserva a sus
paternales cuidados. ¡Dios mío, cuánta
paz interior producen esta confianza y completo abandono!
¡Y cómo libran de un sin fin de cuidados,
siempre inquietos y desagradables! Sin embargo, como no se
llega a esto de un golpe, sino poco a poco y mediante
progresos casi insensibles, es preciso aspirar a este filial
abandono, pedirlo a Dios, y ponerlo en práctica. No
nos faltan las ocasiones, sepamos aprovecharlas y digamos
siempre: ¡ Sí, Dios mío, Vos lo
queréis, Vos lo permitís así; pues
está bien, yo también lo quiero por amor
vuestro; pero ayudadme y sostenedme en mi debilidad. Todo
esto sea suavemente y sin esfuerzo, y de lo intimo del
espíritu a pesar de las rebeldías y
repugnancias interiores, de las que no ha de hacerse caso
alguno, si no es para soportarlas con paciencia y
entregarnos al sacrificio.» Esforcémonos por
llegar hasta «amar nuestras cruces, puesto que es Dios
quien nos las ha fabricado, y las fabrica aún cada
día. Dejémosle hacer: El sólo conoce lo
que a cada uno conviene. Si permanecemos de esta suerte
firmes, sumisos y humillados bajo el peso de las cruces de
Dios, en ellas hallaremos por fin, si lo juzga oportuno, el
reposo de nuestras almas. Cuando por nuestra docilidad nos
hubiéramos hecho acreedores a que Dios nos haga
sentir la unción enteramente divina que tiene la cruz
desde que Jesucristo ha muerto en ella por nosotros,
entonces disfrutaremos de esta paz inalterable».
En resumidas cuentas, si es del agrado de Dios que, aun
llenando con exactitud nuestro deber y a pesar de la
más humilde sumisión, no encontremos sino una
árida y entretejida multitud de pruebas, nos
será conveniente abandonarnos a su beneplácito
en esto como en todo lo demás, porque El nos ama y
sabe mejor que nosotros lo que necesitamos. Sólo una
cosa hemos de temer: preferir nuestra voluntad a la de Dios.
«Para evitar este peligro, es necesario querer
exclusivamente, en todas las cosas, en todos los instantes y
en todo lugar lo que Dios quiere porque este es el camino
más seguro, y, hasta me atrevo a decirlo, el
único para la perfección. Cualquier otro se
presta a la ilusión, al orgullo y al amor
propio.»
Artículo
2º.- Temores diversos
Recordemos, ante todo, que el derecho a la paz se mide
por la buena voluntad, y que, para gozar una paz profunda,
ha de estar la voluntad plenamente sometida a la de Dios.
Aun en este caso no estamos por completo al abrigo de
posibles peligros; por eso es preciso preservarse por medio
de la oración y la vigilancia.
Hablamos aquí con las almas generosas y prudentes
que se verán asaltadas de no pocos temores,
amenazándolas turbar su paz, por otra parte tan
legítima. A fin de tranquilizarlas, comenzaremos por
decirles con el P. Grou: « 1º Dios no turba
jamás a un alma que desea sinceramente ir a El. La
amonesta, y tal vez la reprenda con severidad, pero nunca la
turba; por su parte el alma reconoce la falta, se arrepiente
de ella, la repara, y todo lo hace con paz y tranquilidad de
espíritu. Si se agita y desazona, esa
turbación ha de provenir siempre o del demonio, o del
amor propio, y así debe, pues, hacer cuanto
esté de su parte para desecharla.»
«2º Todo pensamiento, todo temor vago, general,
sin objeto fijo y determinado, no procede de Dios ni de la
conciencia, sino de la imaginación. Se teme no
haberlo dicho todo en la confesión, se teme haberse
explicado mal, se teme no haber llevado a la comunión
las disposiciones requeridas, y otros temores vagos por el
estilo con que el alma se fatiga y atormenta: todo esto no
procede de Dios. Cuando El hace al alma alguna
reprensión, tiene ésta siempre algún
objeto preciso, claro y determinado. Hase, pues, de
despreciar esta especie de temores y pasar resueltamente
sobre ellos.» Muy distinto sería el caso, si
nuestra conciencia nos reprende de manera clara y
formal.
En el P. de Caussade, se halla una dirección muy
útil acerca de multitud de temores, pero, no pudiendo
exponerlos todos, entresacamos los principales.
Existe, por ejemplo, el temor de los hombres.
«Aunque ellos pueden decir y hacer, no hacen sino lo
que Dios quiere y permite, y nada hay que no le sirva para
cumplimiento de sus misteriosos designios. Impongamos, pues,
silencio a nuestros temores, y entreguémonos por
completo a su divina Providencia, pues dispone de resortes
secretos, pero infalibles, y no es menos poderoso para
conducir a sus fines por los medios en apariencia los
más contrarios, que para refrigerar a sus siervos en
medio de hornos encendidos, o hacerlos caminar sobre las
aguas. Esta protección tan paternal de la Providencia
la experimentamos tanto más sensiblemente, cuanto nos
entregamos a Ella con más filial abandono.»
Existe también el temor del demonio y de los lazos
que de continuo nos tiende dentro y fuera de nosotros. Mas
Dios está con el alma que vela y ora; y ¿no es
El infinitamente más fuerte que todo el infierno? Por
otra parte, este temor bien dirigido es precisamente una de
las gracias que nos preserva de las asechanzas. «Cuando
a este humilde temor se une una gran confianza en Dios, se
sale siempre victorioso, salvo quizá en ciertos
lances de poca importancia, en que Dios permite
pequeñas caídas para nuestro mayor bien.
Sirven, en efecto, estas caídas para conservarnos
siempre pequeños y humillados en presencia de Dios,
siempre desconfiados de nosotros mismos, siempre anonadados
a nuestros propios ojos. Pecados de consideración no
cometeremos mientras estuviéramos preocupados con
este temor de desagradar a Dios; este solo temor nos ha de
tranquilizar, porque es un don de la misma mano que nos
sostiene invisiblemente. Por el contrario, cuando cesamos de
temer es cuando tenemos motivo de temer: el estado del alma
se hace sospechoso cuando no abriga temor alguno, ni
siquiera aquel que se llama casto y amoroso, es decir,
dulce, apacible, sin inquietud ni turbación, a causa
del amor y de la confianza que siempre le
acompañan.»
«Para un alma que ama a Dios, nada hay más
doloroso que el temor de ofenderle, nada más terrible
que tener el espíritu lleno de malos pensamientos y
sentir su corazón arrastrado, en cierto modo a su
pesar, por la violencia de las tentaciones. Mas, ¿no
habéis meditado jamás sobre los textos de las
Sagradas Escrituras, en que el divino Espíritu nos da
a entender la necesidad de las tentaciones, y los preciosos
frutos que ellas producen en las almas que no se dejan
abatir? ¿No sabéis que son comparadas al horno
donde la arcilla adquiere su consistencia y el oro su
brillo; que nos son presentadas como motivo de
alegría, señal de amistad con Dios, y
enseñanza indispensable para adquirir la ciencia de
Dios? Si recordarais estas verdades consoladoras,
¿cómo pudierais dejaros abatir de la tristeza?
Cierto que las tentaciones nunca vienen de Dios, mas,
¿no es El quien siempre las permite para nuestro bien?
¿Y no es preciso adorar sus santas permisiones en todo,
a excepción del pecado que detesta, y que nosotros
hemos de detestar con El? Guardaos, pues, bien de dejaros
turbar e inquietar por las tentaciones: esta
turbación se ha de temer más que las mismas
tentaciones . »
Es cierto que hemos de desconfiar de nuestra debilidad, y
tomar todas las precauciones prescritas para evitar las
tentaciones, pero sería una ilusión temerla
con exceso. «Avergonzaos de vuestra cobardía, y
al encontraros frente a una contradicción o
humillación, decías que ha llegado el momento
de probar a Dios la sinceridad de vuestro amor.
Confiad en su bondad y en el poder de su gracia: esta
confianza os asegurará la victoria. Y aun cuando os
aconteciere caer en algunas faltas, será fácil
reparar el daño que os causaren; este daño es
por otra parte casi insignificante, si se le compara con los
grandes bienes que adquiriréis, sea por los esfuerzos
que hacéis en el combate, sea por el mérito
que resulta de la victoria, sea aun por la
humillación que os causan estas ligeras derrotas. Por
lo demás, la desconfianza que os hace huir de las
tentaciones deseadas por Dios, os proporciona otras
más peligrosas de las que no desconfiáis,
porque, por ejemplo, ¿qué tentación
más evidente y más baja que el desanimaros, y
decir que jamás tendréis éxito en la
vida interior?»
Es cierto también que hemos de tener un inmenso
horror al pecado y la más exquisita vigilancia para
huir de él; empero, no se ha de confundir la
tentación con el pecado. Aun los asaltos más
persistentes, la rebelión de las pasiones, las
repugnancias y las inclinaciones violentas, las
imaginaciones, las impresiones, todo esto puede muy bien no
tener lugar sino en la parte inferior del alma sin
consentimiento alguno libre de la parte superior, y por ende
sin culpa alguna, y hasta puede ser muy meritorio. Cuando la
tentación no es fuerte se conoce muy bien que, lejos
de consentir, se la rechaza. No sucede lo mismo «cuando
Dios permite que la tentación llegue a ser violenta,
pues, a causa de las violentas agitaciones involuntarias en
la parte inferior, la superior, experimenta no
pequeña dificultad en discernir sus propios
movimientos, y se queda con grandes temores y perplejidades
de haber consentido. No es necesario más para
envolver a las almas buenas en las penas y espantosos
remordimientos, que Dios permite para probar su fidelidad.
En esto, más aún que en todo lo demás,
deben seguir ciegamente el parecer de los que las dirigen.
Un confesor, que juzga con serenidad y sin turbación,
discierne mejor la verdad. Conoce la disposición
habitual de esas almas, la delicadeza de su conciencia, su
generosidad manifiesta; por este motivo, la aguda pena que
experimentan después de la tentación, su
excesivo temor de haber consentido, son para el confesor una
prueba evidente de que no han prestado el menor
consentimiento pleno y deliberado, pues no se pasa tan
pronto de un supremo horror al mal a su entera
aceptación, y más sin advertirlo; y, por otra
parte, sabemos por experiencia que las personas que sucumben
no tienen ni estos temores. Cuanto mayores sean unas y
otras, más cierta es la garantía que resulta
en favor de la persona tentada». El temor de estar
enemistado con Dios es una pena extremadamente dura para las
almas amantes. Sucede, empero, que Dios quiere conservarlas
en ella a fin de purificarías, crucificándolas
y consolándolas momentáneamente por la
seguridad que las da su director; a la tentación
siguiente volverán a caer en las mismas perplejidades
por todo el tiempo que Dios tenga a bien probarlas en el
crisol de la aflicción. En esta dolorosa
incertidumbre deben repetir el mismo fiat que en las otras
pruebas, de las cuales quizá ésta es la
más útil.
Artículo
3º.-Temor de Dios justo y sano
Cometemos faltas demasiado manifiestas, y en
consecuencia, Dios mismo imprime en nuestras almas un
vivísimo sentimiento de nuestros pecados, de nuestras
miserias, de su infinita santidad, de sus justos juicios. El
alma entonces, como dejamos dicho, temblando a los pies de
un Dios tres veces santo, se pregunta con dolorosa ansiedad
lo que ha de ser de ella, si será posible su
salvación. Cuando se prolonga y repite con
frecuencia, esta visita penetrante es a la vez una gracia
preciosa y un duro purgatorio. El medio de dulcificar la
prueba y aprovecharse de esa luz, es conformarnos con toda
confianza y generosidad con las miras de Dios, pues El se
propone producir así tres efectos de la gracia, todos
ellos igualmente deseables: una pureza perfecta, una
profundísima humildad, y un heroico abandono.
En primer lugar, se propone completar nuestra
purificación por las angustias y ansiedad del amor.
Desde hace algún tiempo el alma va recordando con
amargura sus pecados, los borra, los expía, se cura
de sus heridas. Ya no hay faltas habituales, las menores
negligencias son combatidas, y el alma ha conseguido por fin
un grado notable de pureza. Y con todo, el Dios santo y
celoso la sumerge y la vuelve a sumergir en el baño
del amor de arrepentimiento, para que allí se lave y
se cure más y más; ¡tal es la pureza que
exige para entrar en la intimidad del divino Maestro! Por lo
demás, aun después de haberse desprendido por
completo del pecado, quedan tendencias defectuosas que no se
veían, como el buscarse a sí misma hasta en
las cosas más santas, la aversión al
sacrificio, el hambre de los goces delicados, el miedo a las
humillaciones, la complacencia en sus méritos, la
confianza en sí solo, etc. Tristes residuos del amor
propio, mal tanto más funesto, cuanto que es
más hábil en ocultarse y hasta en hacerse
amar. ¿Quién nos lo dará a conocer y nos
librará de su influencia? Nuestras prácticas
diarias de oración y penitencia han dado principio a
la obra; y a fin de llevarla a feliz término, Dios,
que nos ama con amor más fuerte y
sapientísimo, nos va a privar de sus dulzuras, va a
someternos a un régimen de sufrimientos y de
humillaciones interiores, escogidas y dosificadas con
impecable sabiduría. Empleará con
profusión las tinieblas del espíritu, la
insensibilidad del corazón, las impotencias de la
voluntad, y hasta, si fuere necesario, las más
humillantes tentaciones. En fin, si es de su agrado,
proyectará los rayos de una luz penetrante sobre
nuestras faltas y su justicia, sobre nuestras miserias y su
santidad. El alma comienza por fin a conocerse y a conocer a
Dios; y lo que esta visión le revela con claridad es:
en nosotros, un abismo de corrupción, y en Dios, un
abismo de pureza. ¿Quién podrá explicar
la sorpresa de esta pobre alma, la vergüenza y horror
que siente al verse tan despreciable, la necesidad que
experimenta de arrojarse temblando y transida de dolor a los
pies de Dios tres veces santo, con qué franqueza
reconoce sus faltas, con qué sumisión acepta
el castigo y cuán reconocida se muestra hacia el buen
Maestro que se digna, a pesar de todo, soportarla, honrarla
con celosa ternura? Siente como por instinto que Dios no ha
dejado de amarla: por enojado que parezca, tan sólo
persigue sus miserias y trata de desembarazarla de ellas, a
fin de que sea perfectamente bella y toda para El; no hace
sufrir sino para curar, sus mismos rigores sólo
provienen de su ardiente amor, y nos revelan sus santos
celos. Es, pues, este trabajo de la Providencia un
purgatorio anticipado, doloroso, pero muy saludable, en
donde nuestros pecados, nuestras imperfecciones y nuestros
defectos son consumidos poco a poco como la paja en la
hoguera.
Quiere también Dios elevarnos a la más alta
humildad. ¡Sublime y rara virtud e infinitamente
deseable! Asegúranos nuestro Padre San Benito que
ella nos elevará pronto a aquel amor que arroja fuera
el temor, a aquel feliz estado en que todas las virtudes se
nos hacen familiares y las practica como naturalmente en el
gozo del Espíritu Santo. Mas hay doce grados que
subir, y algunos de ellos muy difíciles.
¿Será posible llegar a ellos sin un especial
socorro de Dios? Nos los ofrece en estas penas de
espíritu, especialmente en estas luces penetrantes.
Cuando nos hace sentir la sequedad y falta de éxito,
cuando nos entrega a las tinieblas, a la insensibilidad, a
la impotencia; cuando nos hace blanco de las más
rudas tentaciones, cuando imprime en nosotros el más
vivo sentimiento de su justicia y de nuestras faltas, de su
santidad y de nuestra corrupción, llega a ser muy
fácil recibir en silencio las contrariedades y las
humillaciones, conservar la alegría en cualquier
abatimiento, considerarse como pobre obrero, no preferirse a
nadie, ponerse de una vez en el último lugar y sin
compararse con nadie. Las más bellas meditaciones
sobre la humildad y todos los favores divinos no hubieran
podido quizá dar el golpe de gracia a nuestro
orgullo, nos hubieran dejado quizá demasiado
satisfechos de nosotros mismos; mas las pruebas y las luces
de que hablamos, nos inspiran como naturalmente el temor, el
desprecio, el horror de nuestra miseria. He aquí por
qué los santos en la cumbre de la misma
perfección reputábanse el oprobio de los
hombres, basura de la tierra, instrumentos a
propósito para echar a perder la obra de Dios,
pecadores capaces de atraer los castigos del cielo. Con
frecuencia el buen Maestro los elevaba y colmaba de favores;
mas, si veía serles necesario, los rebajaba y
anonadaba a sus propios ojos y aun a la faz del mundo.
Cuando se ha pasado repetidas veces por estas duras
humillaciones, y se ha contemplado hasta la saciedad este
abismo de miserias que somos nosotros, no se
complacerá uno en sí mismo, ni pondrá
su confianza en las luces o en sus obras. El alma se hace
más pequeña como por instinto, bajo la mirada
de Dios; siente la necesidad de no apoyarse sino en su
infinita bondad, de arrojarse a ciegas en ese abismo que
sobrepuja al abismo de nuestras miserias. Es este el triunfo
de la humildad, y por consecuencia inesperada, es
también el triunfo de la verdadera confianza, de
aquella que no se funda en nosotros, y que se apoya
plenamente en Dios sólo.
Dios, en efecto, se propone conducirnos a esta confianza
del todo pura, y por decirlo así, heroica. Nada
más fácil que ponerse en manos de Dios, cuando
nos colina de favores y prodiga las pruebas de su ternura,
pero se precisa un verdadero esfuerzo para realizarlo en el
estado de que hablamos, tan miserable en apariencia y poco a
propósito para inspirar confianza. Se necesita
entonces una superabundancia de fe, de confianza y de amor,
para decir a Dios a pesar de nuestros gritos de alarma:
Vuestra justicia y vuestra santidad me espantan; pero
conozco la infinita bondad de vuestro corazón,
vuestra paciencia incansable, vuestra misericordia por
mí tantas veces experimentada, y como mi alma y sus
destinos eternos es lo que más amo en este mundo, a
vos sólo los confío, porque en vuestras manos
estarán mil veces más seguros que en las
mías, pues nada temo tanto como mi debilidad. ¡
Cuánto ha de mover a Dios esta confianza filial!
Jamás abandono alguno le proporcionó mayor
honor ni mayor gozo; jamás, por otra parte, estuvo
más justificado. ¿No han de permanecer
inconmovibles los verdaderos fundamentos de nuestra
esperanza en medio de estas tempestades? Todos estriban en
sólo Dios; son su bondad, su poder, sus promesas, los
méritos de nuestro Señor. La santidad de
nuestras obras no constituye el motivo de nuestra confianza,
sino solamente la condición requerida; y esta
condición jamás tuvo más exacto
cumplimiento. Porque estas terribles pruebas, estas miradas
penetrantes han purificado nuestra alma y la han hecho
crecer en humildad en la medida en que se ha prestado a la
acción divina. En realidad de verdad, la falta de
confianza y el desaliento que inspira, son el gran
obstáculo a los designios de Dios, y hasta constituye
el único peligro, mas un peligro formidable, pues
pudiera precipitarnos en el abismo de la
desesperación, o al menos conducirnos a la
pusilanimidad. La confianza y el abandono, por el contrario,
ciegan esta fuente emponzoñada del temor, de la
turbación, de la inquietud y del abatimiento; y por
lo mismo que unen santamente al beneplácito divino,
nos conservan la paz del alma, la calma del espíritu;
dulcifican la prueba y la hacen producir una exuberante
cosecha de las más bellas virtudes.
Sean cualesquiera la amargura y la duración de
estas penas, de tal suerte hemos de obrar, que nos
purifiquen más y más y nos sumerjan en la
humildad; para conseguirlo, velaremos con particular cuidado
a fin de conservarnos constantes en la confianza y en el
abandono, cuando el Señor derrame en nosotros estos
piadosos sentimientos, o cuando nos deje, ayudados de su
gracia, el cuidado de producirlos y conservarlos. Ya que su
adorable voluntad ha de ser la regla y medida de nuestros
deseos aun los más santos, trataremos de estar
siempre contentos con lo que El quiere o permite. Basta que
El esté satisfecho; y lo estará desde el
momento en que estemos plenamente sometidos a El. No es
necesario que estemos contentos de nosotros mismos, o mejor,
«la señal más cierta de nuestro
adelantamiento es la convicción de nuestra miseria, y
seremos tanto más ricos cuanto nos creamos más
pobres y estemos interiormente más humillados,
más desconfiados de nosotros mismos, más
dispuestos a no confiar sino en Dios». Lejos de
desconcertarnos por estas pruebas, una vez que permanezcamos
sumisos, confiados, generosos, bendeciremos a Dios, porque
«constituyen una especial gracia, más preciosa y
segura que la consolación a la que han seguido. No
resistáis, dejaos abatir, humillar, anonadar. Nada
hay más a propósito para purificar vuestra
alma, y no sabríais llevar a la sagrada
Comunión una disposición más en
armonía con el estado de anonadamiento a que
Jesucristo se ha reducido en este misterio. El, por su
parte, no podrá rechazaros cuando os acerquéis
humillados y anonadados en el abismo profundo de vuestra
miseria: así hablaba el P. de Caussade, y
añade en otra parte: «No he visto jamás
un alma favorecida con estas visitas penetrantes y
humillantes, para quien no se hayan trocado en gracias
singulares de Dios, y que no haya encontrado en ellas el
verdadero conocimiento de sí misma, esta solidez de
la humildad de corazón que es la base de toda
perfección... Tembláis vos por vuestro estado,
y yo bendigo por ello a Dios en vuestro nombre, y
sólo os deseo un cambio, y es: que a vuestro
anonadamiento se junten la paz, la sumisión, la
confianza y el abandono. Después de esto, nada
temeré por vos.»
Artículo
4º.-El escrúpulo
El escrúpulo no es la delicadeza de conciencia, es
tan sólo su falsificación. Una conciencia
delicada y bien formada no confunde la imperfección
con el pecado, ni el pecado venial con el mortal; juzga con
sano juicio de todas las cosas, y es tanto lo que ama a
Dios, que en nada quiere desagradarle; tiene tanto celo por
la perfección, que quiere evitar hasta la menor
falta: está, pues, formada de luz, de amor y de
generosidad. El escrúpulo, por el contrario, se funda
en la ignorancia, el error, o una desviación de
juicio, es el fruto de un espíritu turbado, y exagera
las obligaciones y las faltas, viéndolas donde no las
hay. Por el contrario, le sucede con harta frecuencia
desconocer las que realmente existen, pudiendo darse el caso
de ser escrupuloso en determinada materia hasta lo
ridículo, y ancho de conciencia en otra hasta la
desedificación.
El escrúpulo es el azote de la paz interior. El
alma atacada de este mal es esclava de un dueño
intratable, y no habrá paz para ella. «Sus
más ligeras faltas -dice el P. Ambrosio de Lombez-
serán crímenes, sus mejores acciones
estarán mal hechas, sus deberes no serán
cumplidos; y, después que el alma hubiere revuelto
mil y mil veces todo esto, este tirano del reposo no
estará más satisfecho que la primera.» La
perseguirá sin descanso en sus oraciones, por el
miedo a los malos pensamientos; en sus comuniones, por las
arideces inseparables de estos violentos combates; en la
confesión, por el temor de haberse acusado mal o de
no haber tenido contrición; en todos sus ejercicios
espirituales, por el recelo de haberlos practicado mal; en
las conversaciones, por el temor de hablar del
prójimo, y en la soledad, por hallarse allí
sola sin consejo y sin apoyo, sola con sus ideas, sola con
su tirano. «Los escrupulosos temen a Dios, mas este
temor constituye su suplicio; le aman, y este amor no les da
algún consuelo; le sirven, pero es a la manera de
esclavos; están como aplastados bajo el peso de su
yugo, cuando éste es alivio y reposo para los
demás hijos.» En una palabra, son justos con
frecuencia, envidiables por su virtud, siempre dignos de
lástima por sus sufrimientos.
El escrúpulo es uno de los peores azotes de la
virtud espiritual, pero en diversos grados. Por de pronto
impide la oración. Hay quien tiene la manía de
volver sobre sí mismo; examina, vuelve a examinar,
examina otra vez, y durante este tiempo ni adora ni da
gracias, y ¿ha pensado siquiera en hacer un acto de
contrición, en pedir la gracia de corregirse?
Está sobradamente ocupado de sí para tener
tiempo de hablar con Dios; y así no ora, o si lo hace
es de una manera defectuosa, porque el escrúpulo
causa una agitación que impide el silencio interior y
la atención en la oración; sumergiendo al alma
en la tristeza y el temor, ahoga la confianza y el amor, y
conduciría hasta huir de Dios, e impide al menos las
expansiones cordiales y efusivas y las alegrías de la
intimidad. Llegará a hacer penosas y quizá
insoportables la confesión, la sagrada
Comunión y la oración, que constituyen la
fuerza y las delicias de las almas piadosas. Además
de la oración, la vida interior exige la vigilancia
sobre sí mismo y la continua aplicación a
reprimir los movimientos de la naturaleza, a secundar los de
la gracia. Para este doble trabajo tan duro y tan delicado,
el escrúpulo nos coloca en mala situación,
porque agita y deprime. El espíritu turbado no
acierta a ver con claridad, porque, demasiado preocupado de
ciertos deberes, es capaz de dejarse absorber de tal suerte
por ellos que olvida los demás. La voluntad fatigada
con tantas luchas podrá aflojar, perder el
ánimo y aun desistir de su empeño, para ir a
buscar con harta sinrazón el reposo y la tranquilidad
en las cosas criadas. Si el escrúpulo no paraliza al
menos la obra, de ordinario la retardará y siempre la
dañará. ¿Puede ser perfecta la fe que
cierra los ojos a las misericordias de Dios y no quiere ver
sino su justicia, al mismo tiempo que la desnaturaliza?
¿Será perfecta la esperanza que, a pesar de la
buena y más sincera voluntad, osa apenas esperar el
cielo y la gracia, tiembla siempre de espanto y jamás
confía? ¿Puede ser perfecta la caridad que, a
pesar de amar a Dios, teme comparecer en su presencia, no
tiene una palabra amorosa, y no acierta sino a temer al
Señor infinitamente bueno? ¿Está bien
ordenada la contrición que turba la inteligencia,
abate el ánimo y trastorna al alma de buena voluntad?
¿Es una verdadera virtud esa humildad que destruye la
confianza y degenera en pusilanimidad?
No, de ninguna manera; el escrúpulo no es la
prueba de un amor ardiente, de una conciencia delicada.
¿Será entonces sutil amor propio, un
egoísmo espiritual demasiado ocupado de sí
mismo y no lo bastante de Dios? ¿Diremos que es una
voluntad buena y sincera, pero extraviada? Lo que de cierto
podemos afirmar es que constituye una verdadera enfermedad
que amenaza' a la vida espiritual en su existencia, y que
perjudica terriblemente su ejercicio. Así, en tanto
que los demás marchan, corren, vuelan por los
senderos de la perfección con el corazón
dilatado por la confianza y el alma rebosando paz, el pobre
escrupuloso con no menos generosidad, pero mal regulada, se
fatiga en vano, apenas avanza, quizá retrocede y
sufre, porque «consume un tiempo precioso
atormentándose por todos sus deberes, pesando
átomos, haciendo monstruos de las más
pequeñas bagatelas»; hace gemir a sus
confesores, contrista al Espíritu Santo, arruina su
salud, fatiga la cabeza. No osa emprender cosa alguna, y
apenas sabría ser útil a los otros;
podría hasta dañarlos comunicándoles su
mal, o haciendo la piedad enfadosa y ridícula. El
escrúpulo, si se le da pábulo, es en mayor o
menor escala un verdadero azote de la vida espiritual.
Sin duda alguna es la voluntad de Dios significada que
nosotros le persigamos a causa de sus desastrosos efectos.
Todos los teólogos y los maestros de la vida
espiritual están unánimes en este punto, y
señalan detalladamente el procedimiento que ha de
seguirse. Bástenos decir aquí que, para vencer
este terrible enemigo, es necesario orar mucho, apartar las
causas voluntarias, y sobre todo practicar la obediencia
ciega. El escrupuloso puede ser instruido, experimentado,
juicioso para todo lo demás, pero en lo concerniente
a sus escrúpulos es un enfermo cuyo espíritu
divaga, y obraría como un demente siguiendo su propio
juicio. Obedecer con la docilidad de un niño a su
confesor que diagnostica el mal y prescribe los remedios, es
para él la más alta sabiduría y la
única esperanza de curación, que es obra harto
difícil. Por lo mismo, es imprescindible orar con
instancia para implorar la gracia de no adherirse a sus
ideas, sino de obedecer aun contra sus propios sentimientos;
tiene la conciencia falseada, y la enderezará
conformándola con la de su confesor.
Es también el beneplácito de Dios que
soportemos con paciencia la pena del escrúpulo por el
tiempo que a El le agradare. Podemos siempre combatir este
mal, y a veces conseguiremos hacerlo desaparecer, otras
atenuarlo solamente, y se dará el caso de que, por
permisión divina, persista a pesar de nuestros
esfuerzos. Hay, en efecto, muy diversas causas de las que
unas dependen de nuestra voluntad, otras no están
sujetas a su dominio.
¿Es acaso origen de este mal el exceso de trabajo y
austeridades, la lectura de libros demasiado rígidos,
el trato frecuente con personas escrupulosas, la costumbre
de no ver a Dios sino como juez terrible, y no como Padre
infinitamente bueno? ¿ Proviene por ventura de la
ignorancia que exagera las obligaciones, que confunde la
tentación con el pecado, la impresión con el
consentimiento? En estos y otros semejantes casos
está en nuestra mano el suprimir las causas y,
removido el principio, llegaremos más
fácilmente a hacer desaparecer el mal.
Mas la causa es con frecuencia un temperamento
melancólico, un natural tímido y suspicaz, la
debilidad de la cabeza, o cierto estado particular de salud;
cosas todas que más dependen del divino
beneplácito que de nuestra voluntad. En este caso
suelen durar largo tiempo los escrúpulos, y hasta se
manifiestan en las ocupaciones de índole no
religiosa.
No pocas veces será el demonio la causa del mal.
Se aprovecha de nuestras imprudencias, explota nuestras
predisposiciones, agita los sentidos y la imaginación
para excitar los escrúpulos o aumentarlos. Si
encuentra un alma algún tanto ancha de conciencia la
excita a que lo sea más aún; pero si la ve
algún tanto tímida, busca cómo hacerla
temerosa hasta el exceso, llenarla de turbación y
angustia, con la esperanza de que ha de abandonar a Dios, la
oración y los Sacramentos. El fin que persigue es
hacer insoportable la virtud, conducir a la tibieza, al
desaliento, a la desesperación.
Dios jamás será directamente el autor de
los escrúpulos. Estos sólo pueden originarse
de la naturaleza caída o del demonio, puesto que se
apoyan en el error, y constituyen una enfermedad del alma.
Mas Dios los permite, y a veces quiere hasta servirse de
ellos como de un medio transitorio de santificación;
y en este caso, los regula y los dirige en su infinita
sabiduría, de suerte que consigamos el buen efecto de
vida espiritual que de ahí esperaba; llena el alma
del temor al pecado a fin de que arroje por completo de
sí las faltas pasadas, y en lo sucesivo las evite con
doblado celo. La humilla de tal suerte que no se atreva ya a
fiarse de su propio juicio y se someta enteramente a su
padre espiritual. Si se trata de un alma adelantada, con
este procedimiento la acaba de purificar, despegar,
aniquilar para disponerla a mayores gracias. Así es
como los santos han pasado por esta prueba, unos al tiempo
de su conversión, como San Ignacio de Loyola; otros,
como San Alfonso, en la época de su más
encumbrada santidad.
Puede, pues, haber muchas causas inmediatas de los
escrúpulos, y no hay más que una causa
suprema, sin que la naturaleza y el demonio nada
podrían. Aun cuando nosotros mismos fuésemos
los autores de nuestra desdicha, requiérese por lo
menos la voluntad permisiva de Dios, y por lo mismo, es
preciso ver en esto, como en todo, la mano de la
Providencia; y no es porque Ella quiera el desorden de los
escrúpulos, mas puede, sin embargo, querer que
llevemos esa cruz. Su voluntad significada nos invita en
este caso a luchar contra el mal, y su beneplácito a
soportar la prueba. Nos convendrá, pues, por todo el
tiempo que dure, combatir con frecuencia, y
¡ojalá que sepamos hacerlo con un abandono lleno
de confianza!
«Para terminar -dice San Alfonso- repito: obedeced;
y, por favor, no continuéis mirando a Dios como un
cruel tirano. Es indudable que aborrece el pecado, mas no
puede aborrecer a un alma que detesta y llora sinceramente
sus faltas.» «Tú me buscas -decía el
Señor a Santa Margarita de Cortona- pero Yo, tenlo
bien entendido, te busco a ti, más que tú a
mi; y tus temores son los que te impiden avanzar en el amor
divino.» Atormentada por los escrúpulos, aunque
siempre sumisa, Santa Catalina de Bolonia temía
acercarse a la sagrada mesa, pero bastaba una señal
de su confesor para que sobreponiéndose a sus
temores, fuese a comulgar. Para animarla a obedecer siempre,
apareciósela un día Nuestro Señor y la
dijo: «regocíjate, hija mía, que muy
agradable me es tu obediencia». Aparecióse
también a la Beata Estefanía de Soncino,
dominica, y la dijo: «en vista de que has puesto tu
voluntad en manos de tu confesor como en las mías
propias, pídeme lo que quieras que te lo
concederé». -«Señor,
respondió ella, sólo os quiero a Vos.» Al
principio de su conversión San Ignacio de Loyola fue
asaltado de dudas e inquietudes sin poder hallar un momento
de reposo. Mas, como hombre de fe, lleno de confianza en la
palabra del divino Maestro: el que a vosotros os escucha a
mí me escucha, exclamó un día:
«Señor, mostradme el camino que debo seguir, que
aunque no hubiera de tener sino a un perro por guía,
os prometo obedecer con toda fidelidad.» Y de hecho,
supo obedecer con tanta perfección, que se vio libre
de sus escrúpulos y hasta llegó a ser un
excelente maestro de la vida espiritual... Una vez
más os diré que obedezcáis en todo a
vuestro confesor, y que tengáis confianza en la
obediencia.
«He aquí -decía San Felipe de Neri- el
medio más seguro para escapar de los lazos del
enemigo, así como no hay nada tampoco más
dañoso que pretender conducirse según su
propio parecer.» En todas vuestras oraciones pedid,
pues, la gracia, la inestimable gracia de obedecer, y estad
seguros que obedeciendo os salvaréis ciertamente, y
ciertamente os santificaréis.
Anterior
Índice
Siguiente
-