3.
Ejercicio del Santo Abandono
15. DOS EJEMPLOS
MEMORABLES
Antes de cerrar este estudio sobre el abandono en las
penas interiores, citaremos dos ejemplos memorables, propios
especialmente para instruirnos y animarnos. Por ellos
veremos cómo trata Dios a las almas grandes y el modo
como ellas santifican sus pruebas.
«Hacia el fin de 1604 viose Santa Juana de Chantal
asediada de horribles tentaciones contra la fe, de dudas
acerca de los misterios más adorables, y en
particular sobre la divinidad de la Iglesia. Si por un
momento disminuían esas tentaciones, era para dar
lugar a oscuridades, a impotencias, a grandes sequedades, a
una ausencia absoluta de gusto y de sentimiento en la
práctica de la virtud. En vano se entregaba a la
oración; su espíritu tan vivo en todas las
cosas, quedaba en las tinieblas. Se aplicaba a amar a Dios,
y le parecía que su corazón era de
mármol. El solo nombre de Dios la volvía tibia
e indiferente; de todo lo cual resultaban desolaciones
imposibles de describir. » Duró tan penoso
estado más de cuarenta años, pero en los nueve
últimos se redobló su intensidad y se
transformó en una «terrible agonía que no
cesó sino un mes antes de su muerte. Entonces fue su
alma abandonada a tantas y tan crueles penas interiores, que
ella misma no se conocía. No osaba ni bajar los ojos
a su interior, ni elevarlos a Dios. Su alma se le
representaba manchada de pecados, colmada de negra
ingratitud, desfigurada y horrible a la vista. Cuando
mayores cosas hacía por Dios, cuanto su
perfección brillaba más a los ojos del mundo,
más desnuda se veía también de todas
las virtudes y despojada de todo mérito. A
excepción de los pensamientos de impureza, de que
nunca fue asaltada, no hubo idea perversa de que su
espíritu no estuviera invadido, ni acciones
detestables que no se presentasen a su mente. Las dudas
acerca de los más adorables misterios, las blasfemias
contra los atributos más misericordiosos de Dios, los
juicios más abominables sobre el prójimo se
disputaban su imaginación; por lo que al hablar de
sus penas gruesas lágrimas corrían por sus
mejillas. Durante la noche oíasela suspirar como a un
enfermo en agonía, y durante el día se
olvidaba de tomar el sustento necesario. Y lo más
horrible era que, en medio de estas tentaciones, le
parecía que Dios la había abandonado, que no
la miraba, que no se cuidaba de ella. Tendíale ella
los brazos, mas como se hace en la oscuridad a un amigo
desaparecido para siempre. O más bien, Dios estaba
para ella más que ausente, era su enemigo, la
rechazaba. En vano para calmar su espanto trataba de
representársele bajo las imágenes de pastor,
de esposo o de amigo; en seguida vedle aparecer como juez
irritado, como señor despreciado y que pide venganza.
Poco a poco se le convirtieron en una carga todos los
ejercicios referentes a Dios. Poníase del todo
temblorosa cuando era preciso acudir a la oración,
sobre todo a la Comunión, en donde la idea de sus
crímenes y la de la santidad de Dios atravesaban su
alma cual dos agudas espadas». Era una altísima
contemplación, terriblemente purificadora.
«Hasta entonces había conservado todas sus
luces, siquiera para la dirección de los
demás. Mas no fue así en lo sucesivo, pues
este ministerio se convirtió para ella en una fuente
de espantosas tentaciones. No podía oír hablar
de una pena sin que fuese para ella un sufrimiento, ni
oír nombrar un pecado sin imaginarse que lo
cometía.
«¡Espectáculo digno de eterna
meditación! continúa su historiador.
-¡Ved a esta mujer fuerte, a esta robusta y poderosa
inteligencia, vedla anonadada, abatida, incapaz de
dirigirse, obligada a andar a tientas en este camino de la
vida espiritual que tan conocido le era para los otros, en
el que no veía claro para sí misma! Así
es como la reduce Dios a la gran humildad, así es
como conserva en ella a esos grandes santos que admiramos en
la historia, que resucitan los muertos, que anuncian el
porvenir, y acerca de los cuales nos preguntamos a veces
temblando, qué hacen para ser humildes. En tanto que
se los lleva en triunfo y se les besa los pies, Dios los
humilla en el secreto de su alma; les inflige afrentosas
bofetadas, y les hace sufrir en el fondo del corazón
una agonía que los vuelve insensibles a todos los
honores del mundo.»
Estaba, pues, Santa Juana de Cantal reducida a tal
extremo que nada en el mundo era capaz de darle un
pequeño alivio, sino el pensamiento de la muerte.
«Hace ya cuarenta y un años que las tentaciones
me aplastan, decía un día. ¿He de perder
por eso el ánimo? No, yo quiero esperar en Dios,
aunque El me matara y aniquilara para siempre.» Y
añadía estas humildes y magníficas
palabras: «Mi alma era un hierro tan enmohecido por los
pecados, que ha sido necesario este fuego de la divina
justicia para sacarle un poco de brillo.»
«En este estado de desamparo -dice San Alfonso- su
regla única de conducta era mirar a su Dios y dejarle
obrar. Conservaba siempre sereno el semblante,
aparecía dulce en su conversación, y
tenía de continuo fija su mirada en Dios, reposando
en el seno de su adorable voluntad. San Francisco de Sales,
su director, que conocía cuán agradable era
esta alma a los ojos de Dios, comparábala a un
músico sordo que, cantando primorosamente, no pudiera
recibir de ello placer alguno, y a ella misma la
escribía de la siguiente manera: "Es necesario
manifestar una invencible fidelidad hacia el Señor,
sirviéndole puramente por amor a su voluntad, no
solamente sin gusto, sino en medio de tristezas y de
temores." Más tarde la Madre Chantal dábale
este consejo tan prudente y varonil: "No habléis
jamás de vuestras penas ni con Dios ni con vos mismo.
No hagáis examen alguno de ellas; mirad a Dios, y si
podéis hablarle, sea de El mismo." Otras almas
necesitarán hablar de esas penas a Dios en la
oración, a su ministro en la dirección; pero
qué hermoso es "desapropiar las almas de sí
mismas, enseñarlas a no mirarse tanto a si mismas y a
ver más a Dios; a ocuparse mucho de El, y muy poco de
sí mismas; a ahogar así las penas interiores,
como se ahoga un incendio cercenando su alimento"».
Y San Alfonso añade: «De esta manera se llega
a la santidad. En el edificio espiritual, los santos son las
piedras escogidas, que labradas a cincel, es decir, por
medio de las tentaciones, temores, tinieblas y otras penas
interiores y exteriores, llegan a ser aptos para coronar los
muros de la celestial Jerusalén, o para ocupar los
más elevados tronos en el reino del
paraíso.»
San Alfonso se expresaba así por experiencia.
« Por Dios lo había dejado todo, había
crucificado su carne, había afrontado las fatigas de
un duro apostolado, había sufrido con paciencia
crueles persecuciones, hasta la afrenta de ser arrojado de
su Congregación. Mil veces había desgarrado
todo esto su corazón; restábale, sin embargo,
el tesoro que nadie le podía robar; restábale
su Dios, el amigo que había consolado sus dolores, y
que con frecuencia habíale atraído a sí
con dulces arrobamientos. Con Jesús ya no se
encontraba aislado, y la celda se le convertía en
paraíso.
»Pero de pronto, este paraíso
desapareció, y Dios, el sol de su alma, cesó
de derramar en ella su luz. Una noche más espantosa
que la de la tumba envolvió al pobre solitario.
Velase abandonado de todos, abandonado de Dios y al borde
del infierno; y si volvía los ojos a su vida pasada,
no encontraba sino pecados. Todos sus trabajos, todas sus
buenas obras no eran sino frutos maleados que inspiraban
horror a Dios. Su conciencia atormentada desde la
mañana a la noche por los escrúpulos, era
juguete de todas las ilusiones, como que convertía en
pecados graves sus acciones más sencillas y aun las
más santas. El, el gran moralista que había
dado su dictamen y con tan perfecto discernimiento sobre
todos los casos de conciencia, que había dirigido
miles de cristianos en los caminos de la perfección,
que había confortado a los pecadores
hablándoles de las infinitas misericordias de Dios, y
que había consolado tantas veces a las almas presas
de la inquietud, caminaba ahora a tientas, y como ciego
temblaba bordeando abismos, incapaz de dar un paso sin la
ayuda de brazo ajeno.
»En este estado de inquietud y desolación, no
se atrevía a comulgar. Su amor a Jesucristo
arrastrábale hacia el altar, y el temor le
impedía abrir su boca para recibir la sagrada
hostia», hasta que la palabra de su director o de su
superior le hubo tranquilizado. «En lo más recio
de estas angustias recurría al consuelo que procura
la oración, mas le parecía que entre él
y Dios se levantaba un muro infranqueable. Creciendo
entonces de continuo la oscuridad, apoderábase de
él el sentimiento de que el Corazón de Dios,
le estaba cerrado, y el Paraíso perdido para
él. En estos momentos de indecible angustia miraba al
Crucifijo arrasados en lágrimas los ojos,
dirigíase a la Santísima Virgen y pedía
misericordia: "¡No, Jesús mío, no
permitáis que yo sea condenado! Señor, no me
arrojéis al infierno, porque en el infierno no se os
puede amar. Castigadme como lo merezco mas no me
arrojéis de vuestra presencia.»
«A los escrúpulos que le hacían la
vida insoportable vinieron pronto a unirse, para abrumarle,
las más espantosas tentaciones contra todas las
verdades. En su espíritu surgían dudas contra
todas las verdades del Credo, y como su conciencia
oscurecida no distinguía entre el sentimiento y el
consentimiento, parecíale que la fe se
extinguía en su alma.» Entonces asíase,
por decirlo así, a la verdad, y multiplicaba los
actos de fe, exclamando con ardor: «Creo, Señor,
si, yo creo; quiero vivir y morir hijo de la
Iglesia.»
Había el demonio recibido el poder de molestarle,
y de él usaba para suscitar tempestades de
tentaciones y desolaciones, para darle asaltos furiosos,
para inventar pérfidos artificios. Púsolo todo
en juego a fin de inspirar al santo un sentimiento de
orgullo a causa de sus escritos. «Impotente para
excitar el orgullo, emprendió la tarea de despertar
en su víctima la concupiscencia de la carne, y perder
por la impureza a este ángel de inocencia, que desde
la infancia hasta la extrema vejez había conservado
sin mancha la vestidura bautismal.» Alfonso
experimentó por espacio de más de un
año los terribles efectos del poder de Satanás
sobre la imaginación y los sentidos. «Tengo
ochenta y ocho años, decía un día, y
siento en mí el ardor de la juventud.» Tan
violentos llegaban a veces a ser los asaltos, que
prorrumpía en gemidos, y golpeaba con el pie la
tierra exclamando: « ¡Jesús mío,
haced que muera antes que ofenderos! ¡Oh Maria, si no
venís en mi ayuda, me volveré más
criminal que Judas!» Llamaba entonces en su socorro a
sus directores y a su superior, pues en este terrible
huracán que duró dieciocho meses, «su
único aliento era la obediencia». Incapaz de
juzgar por sí mismo, aceptaba ciegamente las
decisiones de su director o de cualquier otro sacerdote, a
pesar de los sentimientos que experimentaba, y las
contrarias razones que le sugería el demonio.
«Mi cabeza -decía- no quiere obedecer.»
Muchas veces se le oía exclamar: «Señor,
haced que sepa vencerme y someterme; no, no quiero
contradecir, no quiero seguir mi parecer.» De este modo
la obediencia triunfaba de todas las tentaciones.
«Si se pregunta por qué permite el
Señor que sus mejores amigos sean sometidos a pruebas
tan dolorosas, la cruz nos explica este misterio. Es preciso
que los santos, miembros vivos de Jesucristo, terminen en
ellos su dolorosa Pasión. Cuando las humillaciones y
los sufrimientos los han depurado y transfigurado, Dios los
saca del purgatorio en que los tenía encerrados, las
tinieblas ceden su puesto a la luz, sobreabunda la
alegría allí donde abundaba la
aflicción, y pronto vemos con admiración un
extático o un taumaturgo en el hombre que
parecía abandonado de Dios. Tal sucedió por lo
menos a San Alfonso después de esta cruel
persecución y prueba, y aun en medio de sus
más amargas tribulaciones. Sus éxtasis y sus
raptos fueron más frecuentes que nunca.» Dios no
conduce a todas las almas por estos mismos caminos; al menos
estas penas interiores, generosamente soportadas,
traerán siempre un inmenso acrecentamiento cíe
vida espiritual.
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