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Vital Lehodey
-
El Santo Abandono
(�ndice)
4.
Excelencias y frutos del Santo
Abandono
2. FRUTOS DEL SANTO
ABANDONO
Artículo
1º.- Intimidad con Dios
El primer fruto del Santo Abandono, fruto tan nutritivo
como sabroso, es una deliciosa intimidad con Dios, fundada
en una confianza llena de humildad.
¿Qué hay de extraño en esto? ¿No
es Dios nuestro Padre celestial y la misma Bondad? Nadie
puede comparársele en la tierra ni por la
generosidad, ni por la ternura; El es la fuente en que
reside infinitamente el amor y donde se deriva en nosotros
por participación. Preciso es que Dios Padre ame
amorosamente a los hombres, puesto que para salvarnos no ha
titubeado en entregar a su Hijo Amado, eterno objeto de sus
infinitas complacencias. El Verbo encarnado se ha dignado
amarnos más que a su vida; ¿no es El el
Salvador, el Amigo, el Esposo de las almas? ¿Hubo
jamás un corazón comparable al suyo, un
corazón tan abnegado, dulce, misericordioso,
paciente, tardo en castigar y pronto en perdonar? Es
maravillosamente humilde nuestro gran Hermano mayor, y no
quiere estar distanciado de sus pobres hermanos menores de
la tierra. En fin, el Espíritu Santificador, ¿no
se ocupa de las almas día y noche, viniendo en su
ayuda mil veces por día, con más ardor y
solicitud que una madre inclinada sobre la cuna de su hijo?
Sí, verdaderamente, «Dios es amor». Cuando
está con sus hijos, olvida de intento su grandeza y
nuestra pequeñez; no es sino un padre,
haciéndose del todo pequeño con los
pequeñitos porque los ama.
Nuestro Padre San Bernardo es inagotable cuando describe
la dulce intimidad de algunas almas con Dios. «El amado
-dice- está presente, apártase el maestro,
desaparece el rey, ocúltase la majestad, cede el
temor a la fuerza del amor. Así como en otro tiempo
Moisés hablaba a Dios como un amigo con su amigo y
Dios le respondía, así ahora, fórmase
entre el Verbo y el alma una comunicación familiar
como la de dos personas que viven bajo el mismo techo.
¿Qué tiene de extraño? Como su amor no
tiene sino un mismo origen, es reciproco y mutuas las
caricias. Palabras más dulces que la miel
escápanse de ambos corazones, uno y otro
dirígense miradas de una infinita dulzura,
señales de mutua ternura.» Esta condescendencia
divina es harto maravillosa; mas, «Dios también
ama, y su amor no le viene de otra parte, porque El mismo es
la fuente; ama con tanta más fuerza cuanto que no
sólo tiene amor, sino que es el amor mismo, y a los
que ama, trátalos como amigos, no como a servidores.
Ved cómo la majestad misma cede su puesto al amor.
Porque es propio del amor no considerar a nadie bajo de si,
a nadie sobre sí; grandes y pequeños,
pónelos todos al mismo nivel y no hace de ellos sino
una misma cosa». «¿Y de dónde le viene
al alma este atrevimiento? Siente que ama a Dios y que ella
le ama con ardor; desde este momento no puede dudar que sea
también intensamente amada. ¿No consiste su
única aplicación en buscar de continuo y con
todo su corazón los medios de agradar a Dios?
Conforme a su celo y a sus esfuerzos juzga, sin duda, que
Dios ha de pagarla en la misma moneda, no olvidando la
promesa del Señor: Con la medida que midiereis,
seréis medidos. Lo diré mejor: sabe que su
Amado la aventaja; por lo que en si propia experimenta
reconoce lo que pasa en Dios; no duda que sea amada, puesto
que ella ama; y la verdad que así es. El amor de Dios
al alma es el que produce el amor del alma a Dios.»
«Ved, concluye el santo doctor, ved cómo El os
da pruebas inequívocas de su amor si vos le
amáis, y de su solicitud si os ve ocupados por
completo en El. Seríais temerarios si os atribuyerais
cosa alguna en esta materia, anteponiéndoos a El; El
os ama más y es el primero en amaros. Conociendo esto
el alma, ¿qué extraño es que se
gloríe de ver al Dios de la Majestad atento a ella
sola como si olvidara el resto de las criaturas, cuando ella
misma, olvidando todo otro interés, se conserva
única e inviolablemente para El?»
Mas, ¿para quién es esta deliciosa intimidad?
Para el alma amante y sumisa. «Yo amo a los que me
aman», nos dice la divina Sabiduría. Amemos a
Dios y estaremos seguros de ser amados; amemos mucho y
tendremos seguridad de ser amados sin medida. ¿No es
por ventura verdadero amor el que se da, aquel sobre todo
que se manifiesta por una perfecta obediencia y un filial
abandono? Nuestro Señor es quien nos lo asegura:
«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi
Padre le amará y vendremos a él y haremos
nuestra morada en él.» «Cualquiera que haga
la voluntad de mi Padre que está en los cielos,
ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». La
obediencia y el abandono nos asemejan, en efecto, a Aquel
que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Su
Santísima Madre se le parece y le es querida ante
todo, no solamente por haberle llevado en sus
entrañas, sino más aún porque
escuchó mejor que nadie la divina palabra y la puso
en práctica. Todos podemos adquirir este parentesco
espiritual, este parecido con nuestro divino Hermano; y la
semejanza irá acentuándose a medida que se
avanza en el amor, la obediencia y el abandono.
Llegará por fin el día en que el alma, a costa
de múltiples sacrificios - y qué sacrificios!
-, no tendrá más que un mismo querer y no
querer con Dios. Bajo el peso de la cruz como en las
alegrías del Tabor, el alma no ve más que a
Dios y su adorable voluntad; reverencia siempre este divino
querer, lo aprueba, lo acepta amorosamente; siempre
está contenta de Dios, le besa la mano aun cuando la
crucifique; y en la misma agonía, le sonríe a
través de sus lágrimas. Y entonces, sin duda,
Jesús nuestro modelo y nuestro amor, le vuelve sus
ojos y su corazón reposa en ella, algo así
como los reposaba en su tierna Madre, porque echaba de ver
en Ella las disposiciones perfectamente conformes con las
suyas. Dios Padre experimenta un verdadero gozo mirando la
imagen viviente de su Hijo; el Espíritu Santo, que es
su primer autor, contempla su obra con una dulce
satisfacción. Toda la Santísima Trinidad se
inclina hacia ella repitiendo, salva la debida
proporción: Este es mi hijo amado, el objeto de mis
complacencias.
De aquí proceden esas privanzas divinas de que
están llenas las vidas de los santos y las
biografías piadosas. Si hemos de prestar
crédito a los escritos de cierta religiosa, se
verán a cada página las más
conmovedoras pruebas de bondad divina. Dios Padre no la
llama sino «su hijita de la tierra», y le habla
con la misma ternura que una madre a su hijo. Nuestro
Señor le da el nombre de su «hermanita, su hija,
su esposa». «Dios mío, os amo con todo mi
corazón», decía la humilde religiosa, y
el divino Maestro respondía bondadosamente y hasta
con cariño: «También yo te amo».
¿Quién no se sentiría conmovido al leer
esas deliciosas visitas que el Niño Jesús le
había hecho con todos los encantos del abandono?
A este paternal afecto de parte de Dios corresponde por
parte del alma una confianza llena de humildad. «Dios
mío, decía esta religiosa, creo en vuestro
amor, creo en vuestra ternura, creo en vuestro
corazón.» Estas almas conocen, en efecto, a Dios
por una fe viva y penetrante; le conocen también por
una dulce experiencia. Acostumbradas a verse amadas tan
íntimamente y conducidas con tanta solicitud, llega a
tanto su atrevimiento, que se entregan de lleno a las
efusiones de su ternura, y tienen la osadía de decir
a Dios tres veces Santo con entera franqueza cosas tan
afectuosas y llenas de confianza que nadie diría
tantas a su propia madre. Ciertamente, Dios no se da por
ofendido con ello, al contrario, se goza en eso mismo,
puesto que su gracia nos excita y nos ayuda a continuar en
estos pensamientos; no obstante, para preservar al alma del
orgullo y mantenerla en un completo desasimiento la priva de
sus caricias, parece olvidarla y no tener para con ella sino
la indiferencia. Entonces ella, sin disminuir en nada su
confianza, dice con esta religiosa: «El Padre quiere
que sea su hijita. En el sufrimiento, en las penas
interiores debo portarme como un niño a quien su
madre hiere para curarle. Grita cuando ésta le causa
mucho dolor, pero esto no impide que se recline sobre el
seno materno, y recibe con sumo placer las caricias de la
que momentos antes le hacía llorar. Luego, con un
tierno y afectuoso beso de una parte y otra, se secan estas
lágrimas. Tal debo hacer yo con el Padre que
está en los cielos.»
Pero, ¿qué es de la humildad en este trato
tan íntimo y confiado? Tan pronto da el alma libre
curso a su ternura como, confusa de su atrevimiento, adora
profundamente al Dios de su amor, hácele mil
protestas de humildad y amorosa sumisión y se abisma
en el sentimiento de su miseria y ruindad. El bondadoso
Maestro, por su parte, la invita a ello por su gracia, y si
es necesario le coloca en este estado mediante las
humillaciones; siempre, aun cuando la levanta, vela por la
humildad. «Señor, ¿que es lo que tanto os
atrae hacia mí?, decía esta misma alma.»
«Es tu inmensa miseria», le respondió
Jesús; «y mi amor para ti es tal que tus
infidelidades no pueden impedirme el que te colme de mis
caricias». Dios sabe elevar y abatir alternativamente,
de manera que la confianza y la humildad crezcan juntas y se
presten mutuo apoyo. Así es como para Santa Teresa
del Niño Jesús fue la humildad una de las
fuentes, y no la menor, de la confianza en Dios. Lo hemos
hecho ya notar; buscaba su camino para llegar a la santidad
y lo encontró en estas palabras de la divina
Sabiduría: «Si alguno es pequeñito, venga
a Mí». Esto fue un rayo de luz; se hace
pequeñita en el sentimiento de su debilidad y de su
nada; permanece pequeñita, y su ambición
consistirá en ser olvidada y pasar inadvertida. Y
pequeñita como un niño, amará como
niño, obedecerá como niño,
esparcirá flores como un niño, es decir,
hará todos los sacrificios pequeños que puede
hacer un niño. Mas, en retorno, será amada
como un niño, y los brazos de Jesús
serán el ascensor que la elevará hacia la
perfección. Desgraciadamente tendrá sus
faltas, pues los niños caen algunas veces, pero
llorando vienen a echarse en brazos de su madre, y son
perdonados y consolados. Así lo hará ella. Ha
sido pura entre los santos más puros; pero aun cuando
hubiera cometido todos los pecados del mundo,
imitaría a Magdalena arrepentida y nada
perdería de su confianza. «Sabia a qué
atenerse acerca del amor y de la misericordia» de su
buen Maestro; y, por otra parte, con una humildad de
niño nadie se condena; siempre hallará buena
acogida cerca de Aquel que fue «dulce y humilde de
corazón», y que decía: «Dejad que
los niños se acerquen a Mí, que de ellos y de
los que se les asemejan es el reino de los cielos».
Artículo
2º.- Sencillez y libertad
Jesús al entrar en el mundo habla así a su
Padre: «Heme aquí que vengo para hacer vuestra
voluntad.» «¿Pues qué, observa
Monseñor Gay, no viene a predicar, a trabajar, a
sufrir y a morir y a vencer al infierno, a fundar la Iglesia
y salvar al mundo por la cruz? Es verdad que tal es su
misión. Mas, si quiere todo esto, es porque tal es la
eterna voluntad de su Padre. Sólo esta voluntad le
conmueve y le decide. Sin dejar de ver todo lo demás,
sin embargo, es a ella sólo a la que mira; de ella
habla, de ella sólo quiere depender. Y cuando
después hace tantas cosas, cosas tan elevadas, tan
inauditas, tan sobrehumanas, no hace jamás, sino esta
cosa sencillísima, es decir, la voluntad de su Padre
Celestial.» Tal sucede al alma que practica el Santo
Abandono. Tiene múltiples deberes que cumplir; mas
sea que esté en el coro, en el trabajo, en las
lecturas piadosas, que se ocupe de sí misma o de los
demás, que disponga a sus anchas del tiempo, o se
halle excesivamente ocupada, jamás tiene sino una
sola cosa que hacer: su deber, la santa voluntad de Dios.
Pasará por la salud y la enfermedad, la sequedad y
las consolaciones, la calma y la tentación; en la
diversidad de acontecimientos sólo ve una cosa: al
Dios de su corazón que los dirige y por ellos le
manifiesta su voluntad. Los hombres van, vienen y se agitan;
que la aprueben, la critiquen o la olviden, que la alegren o
que la hagan sufrir, levanta más alto sus miradas y
ve a Dios que los dirige, a Dios que se sirve de ellos para
manifestarle lo que de ella espera. No ve, pues, en todo
sino a Dios y su adorable voluntad. He aquí lo que da
a su vida una maravillosa sencillez, una simplicísima
unidad. ¿Hay necesidad de añadir que esta vista
constante de Dios produce, como naturalmente, otro fruto de
un precio inestimable; una altísima pureza de
intención? Ella procura también la libertad de
los hijos de Dios. «Si alguna cosa -dice Bossuet- es
capaz de hacer a un corazón libre y dilatado, es el
perfecto abandono en Dios y en su santa voluntad.»
Y sólo él es capaz de esto. Pues
qué, ¿son libres los pecadores que viven a
medida de sus deseos? Son unos desdichados esclavos, y el
mundo y sus pasiones son sus tiranos. ¿Son libres los
cristianos débiles aún en la práctica
de su deber? Las ocasiones los arrastran, el respeto humano
los subyuga; desean el bien y mil obstáculos les
apartan de él, y detestan el mal y no tienen valor
para alejarse. ¿Son libres, al menos, los hombres
más adelantados, pero que se forman una
devoción a su manera, y buscan las consolaciones
sensibles? En el fondo los domina el amor propio; no
están menos esclavizados por él que los
mundanos lo están por sus pasiones, de donde resulta
que son inconstantes y caprichosos, y que la prueba los
desconcierta. Un alma es libre y desprendida en la
proporción en que las pasiones están
amortiguadas, domado el amor propio, pisoteado el orgullo.
La mortificación interior comienza y prosigue esta
liberación; mas, ya lo hemos visto, sólo el
abandono la termina, porque sólo él nos
establece plenamente en la indiferencia, sólo
él nos enseña a no ver los bienes y los males
sino en la voluntad de Dios, sólo él nos une a
esta santa voluntad con todo el amor, con toda la confianza
de que somos capaces.
Nos hace libres respecto a los bienes y a los males
temporales, a la adversidad o a la prosperidad; ya no nos
esclaviza ni la avaricia, ni la ambición, ni la
voluptuosidad; las humillaciones, los sufrimientos y las
privaciones, las cruces de todo género han cesado de
espantarnos; sólo a Dios hemos entregado nuestro
corazón, y estamos dispuestos a todo por cumplir su
adorable voluntad.
Nos hace libres con respecto a los hombres. Deseando tan
sólo complacer a Dios por una amorosa y filial
sumisión, «ningún respeto humano -dice el
P. Grou- nos detiene; los juicios de los hombres, sus
críticas, sus burlas, sus desprecios, nada significan
para nosotros, o por lo menos no tienen la fuerza de
desviarnos del camino recto. En una palabra, nos vemos
elevados por encima del mundo, de sus errores, de sus
atractivos y de sus temores. ¿En qué
consistirá, pues, la libertad, si esto no es ser
libre?»
Hácenos también libres con respecto a Dios
mismo. «Quiero decir -añade el mismo autor- que
sea cual fuere la conducta que Dios observe para con estas
almas, sea que las pruebe o que las consuele, que se acerque
a ellas o que parezca alejarse», puede El permitirse
todo, nada las turba, nada las desanima. «Su libertad
para con Dios consiste en que, queriendo todo lo que Dios
quiere, sin inclinarse -voluntariamente- ni de uno ni de
otro lado, sin detenerse a considerar sus propios intereses,
han consentido de antemano en todo cuanto les acontezca, han
confundido su elección con la de Dios, han aceptado
libremente todo lo que les viene de su parte.»
Hácenos, en fin, libres con respecto a nosotros
mismos, hasta en las cosas de piedad. El Santo Abandono, en
efecto, nos establece en una total indiferencia para todo lo
que no es el divino beneplácito. Desde este momento,
dice San Francisco de Sales, «con tal que se haga la
voluntad de Dios, de nada más se cuida el
espíritu», y el corazón llega a ser
libre. «No se aficiona a las consolaciones, mas recibe
las aflicciones con toda la dulzura que la carne puede
permitirle. No digo que no ame y desee las consolaciones,
sino que no aficiona su corazón a ellas. En manera
alguna pone su afecto en los ejercicios espirituales, de
suerte que, si por enfermedad u otro accidente se le
impiden, no se disgusta por ello. Tampoco digo que no los
ame, sino que no se apega a ellos.» Jamás los
omite, a menos de no convencerse de que es tal la voluntad
de Dios; mas los deja con entera libertad tan pronto como el
querer divino se manifiesta por la necesidad, la caridad o
la obediencia. De idéntica manera no se irrita contra
el importuno que le incomoda, interrumpiéndole, por
ejemplo, su meditación, pues no desea sino servir a
Dios, y «lo mismo le da hacerlo meditando que
soportando al prójimo, y soportar a éste es lo
que Dios exige de él en el momento presente». No
le impacientan las cosas que van contra sus inclinaciones,
pues en manera alguna se deja arrastrar de ellas,
sólo desea cumplir la voluntad divina. La
práctica del Santo Abandono le ha procurado, pues, la
dichosa «libertad de los hijos amados, es decir, un
total desasimiento de su corazón para seguir la
voluntad de Dios conocida».
Artículo
3º.- Constancia y sinceridad de
ánimo
La veleidad de espíritu y la inconstancia de la
voluntad llenan el mundo para su vergüenza y
desolación. San Francisco de Sales hace remontar el
mal a esta única fuente: es que la mayor parte se
dejan conducir por sus pasiones. No querrían hallar
alguna dificultad, ninguna contradicción, ninguna
pena; siendo así que, por el contrario, la
inconstancia e inestabilidad caracterizan los sucesos de
esta vida mortal. De ahí procede que tan pronto estoy
alegre porque todo me sucede según mi voluntad, y tan
pronto estoy triste porque me ha sobrevenido una
contradicción no esperada. Hoy que disfrutáis
de consolaciones en la oración os halláis
animados y del todo resueltos a servir a Dios, pero
mañana tendréis sequedad, os hallaréis
lánguidos y abatidos. Al presente queréis una
cosa, más tarde desearéis otra distinta. Tal
persona os agrada hoy, mañana os costará el
soportarla. Soy todo fuego para una obra de celo, ya por el
encanto de su novedad, o ya por el buen resultado que
obtengo; mas sobrevienen las contradicciones, los fracasos,
la monotonía, y al instante pierdo los ánimos.
¿No es esto natural, cuando se deja uno guiar por sus
inclinaciones, pasiones y afectos? Si la razón y la
fe no las regulan y dominan, ¿qué ha de suceder,
«sino una continua vicisitud, inconstancia, variedad,
cambio, capricho, que tan pronto nos hará fervientes,
como cobardes y perezosos? Estaremos tranquilos una hora, y
después inquietos dos días». Mas,
añade el amable doctor, «no hagamos como los que
lloran cuando les falta la consolación y no cesan de
cantar cuando les es devuelta; en lo cual se parecen a los
monos que están siempre tristes en tiempo
sombrío y no cesan de hacer piruetas cuando hace
bueno». Compáralos San Alfonso a la veleta,
porque «cambian sin cesar con el viento de las cosas de
este mundo; están contentos y alegres en la
prosperidad, impacientes y tristes en la adversidad;
jamás llegan a la perfección y llevan una vida
desdichada».
Mas, a medida que se avanza en la santa indiferencia y el
abandono, despréndese uno de todas las cosas, y
sólo a Dios busca en adelante. Pónese toda la
confianza en este Padre que está en los Cielos, y se
habitúa a rendirle una sumisión pronta y fiel.
No se quiere ver las personas y los acontecimientos sino en
Dios y en su voluntad tan sabia y santificante, y por el
hecho mismo, cesa uno de estar a merced de sus pasiones tan
mudables y de ser llevado a merced del viento como una paja
al menor soplo de la tempestad. Se llega a ser firme en las
ideas, estable en las resoluciones, perseverante en las
empresas, siempre el mismo en la calma y en la serenidad. Un
hombre de tal índole, dice San Alfonso, «no se
engríe por sus éxitos, no se abate por sus
desgracias, bien persuadido de que todo viene de Dios.
Teniendo a la voluntad de Dios por regla única de sus
deseos, no hace sino lo que Dios quiere, y no quiere sino lo
que Dios hace... Acepta con perfecta conformidad de voluntad
todas las disposiciones de la Providencia, sin considerar si
satisfacen o contrarían sus tendencias. Los amigos de
San Vicente de Paúl decían de él
durante su vida: el Señor Vicente es siempre Vicente,
entendiendo por esto que en todas las circunstancias,
favorables o adversas, el santo parecía siempre en la
misma calma, siempre igual a si mismo; porque,
habiéndose abandonado por completo en manos de Dios,
vivía sin ningún temor, y no deseaba otra cosa
sino el beneplácito del Señor».
«Esta santísima igualdad de ánimo es
la que os deseo -decía San Francisco de Sales a sus
hijas. No quiero decir igualdad de gustos ni de
inclinaciones, sino igualdad de ánimo, pues no hago
caso alguno ni deseo que vosotras le hagáis de los
alborotos que promueve la parte inferior de nuestra alma.
Pero es necesario mantenerse siempre firmes y resueltos en
la parte superior de nuestro espíritu, en una
continua igualdad, así en las cosas adversas como en
las prósperas, en la desolación como en las
consolaciones, en las sequedades como en las ternuras. Gimen
las palomas de la misma manera que se regocijan: nunca
cantan sino la misma tonada. Vedlas posarse sobre la rama
llorando la pérdida de sus pequeñuelos, y
vedlas también cuando están enteramente
consoladas: no cambian de tono, sino que sus arrullos son lo
mismo tanto para manifestar su alegría como su dolor.
Job nos ofrece un ejemplo en esta materia, pues cantó
en un mismo tono todos los cánticos que compuso.
Cuando Dios le multiplicaba sus bienes y le enviaba a pedir
de boca cuanto hubiera podido desear en esta vida,
¿qué decía él, sino bendito sea el
nombre de Dios? Este era su cántico de amor en toda
ocasión. Reducido a una extrema aflicción se
expresa en el mismo tono que en su cántico de
regocijo. El Señor, dice, me había dado hijos
y bienes, y el Señor me los ha quitado, ¡bendito
sea su santo nombre! ¡ Sea siempre bendito el nombre
del Señor! Ojalá podamos también
nosotros tomar en todas las ocasiones, los bienes y los
males, las consolaciones y las aflicciones de mano del
Señor cantando siempre el dulcísimo
cántico: bendito sea el nombre de Dios, con la tonada
de una continua igualdad.»
Esta igualdad tan suave y deseable la poseía San
Francisco de Sales en toda su plenitud; y Santa Juana de
Chantal nos va a enseñar en dónde la
había él encontrado: «Su método
-dice- consistía en mantenerse muy humilde, muy
pequeño, muy abatido delante de Dios, con una
singular reverencia y confianza como niño amante.
Creo yo que en sus postreros años no quería,
no amaba y no veía sino a Dios en todas las cosas;
por lo mismo podía observársele absorto en
Dios, y declaraba que nada había ya en el mundo que
pudiera darle contento sino Dios. De esta tan perfecta
unión procedía su general y universal
indiferencia que de ordinario se notaba en él. Y en
verdad, yo no leo esos capítulos que tratan esa
materia en el libro IX del Amor divino, sin que vea con toda
claridad que practicaba lo que enseñaba, según
las ocasiones. Este documento tan poco conocido, y sin
embargo, tan excelente: nada pedir, nada desear y nada
rehusar, que practicó con tanta fidelidad hasta el
fin de su vida, no podía proceder sino de un alma del
todo indiferente y muerta a sí misma. Su igualdad de
ánimo era incomparable, porque, ¿quién le
ha visto jamás cambiar de actitud en los diversos
acontecimientos? No es que dejara él de experimentar
vivos sentimientos, sobre todo cuando era Dios ofendido y
oprimido el prójimo. Veíasele en estas
ocasiones callarse y reconcentrarse en si mismo con Dios; y
allí moraba en silencio, no dejando por esto de
trabajar, para remediar con presteza el mal sucedido; pues
El era el refugio, la ayuda y el apoyo de todos.»
¡Dichosas las almas que poseen esta constante igualdad!
¡Qué bien se vive con ellas!
Artículo
4º.- Paz y alegría
El Santo Abandono no procura tan sólo la preciosa
libertad de los hijos de Dios y una suave igualdad de alma,
en la instabilidad de las cosas humanas y los diversos
sucesos de la vida, sino que proporciona además una
paz profunda y la alegría interior, que constituyen
aquí abajo la verdadera felicidad.
«Por la perfecta conformidad con la de Dios -dice el
P. Saint-Jure- es como se adquiere el más cumplido
reposo que es posible disfrutar en el tiempo; es el medio de
hacer sobre la tierra un paraíso. Preguntóse a
Alfonso el Grande, rey de Aragón y Nápoles,
príncipe muy sabio y prudente, cuál era la
persona a quien juzgaba más feliz en este mundo;
aquélla, respondió este príncipe, que
se abandona enteramente a la voluntad de Dios y que recibe
todos los acontecimientos prósperos o adversos, como
venidos de su mano.» Monseñor Gay añade:
«Sométete a Dios, dice Elías a Job, y
tendrás paz, pero una paz que la Escritura llama en
otra parte inagotable, una paz que es semejante a un
río caudaloso. Los pacíficos, es decir, los
que poseen tal tesoro de paz que la esparcen en derredor
suyo son los hijos de Dios; y los hijos de Dios por
excelencia son las almas que se abandonan a El. Este pueblo
de mis fieles hijos, este pueblo de mis pequeñuelos,
de niños, de abandonados en mis brazos, "se
sentará en la hermosura de la paz bajo las tiendas de
la confianza, y en un magnífico reposo que
tendrá cuanto pudiera desear". David moraba bajo esas
tiendas cuando cantaba ese dulce cántico que pudiera
bien llamarse el himno del abandono: "El Señor me
conduce, nada me faltará; me ha establecido en un
lugar de los más abundantes pastos, al borde de un
arroyo por el que corre el agua que vivifica. El atrajo mi
alma toda hacia si. A causa de su nombre", que es su
Unigénito Hijo Jesús, "ha dirigido mis pasos
por el sendero de la justicia". Y ahora, Maestro mío,
mi guía, mi madre Providencia, "aun cuando debiera
atravesar las sombras de la muerte, no temería mal
alguno, porque tú estás conmigo. Tu vara -que
me indica el camino-, y aun tu báculo -que me hiere
para volverme hacia él cuando me consuela .
Sí, el abandono produce la paz, una paz profunda,
perfecta, y -por decirlo así-,
imperturbable.»
«A la verdad -dice el P. Saint-Jure- las almas que
siguen este camino -del Santo Abandono-, disfrutan de una
paz inalterable y pasan su vida en una paz que sólo
ellas pueden comprender y que no seria posible hallar en
otro lugar de la tierra. Refiere Santa Catalina de Sena que
Nuestro Señor la enseñaba a construir un
retiro en su corazón con la piedra durísima de
la Providencia divina y a permanecer allí
constantemente encerrada, porque de esta manera tenía
la seguridad de ser feliz, de encontrar el verdadero reposo
del alma y de estar al abrigo de todas las tribulaciones y
de todas las tempestades. Y, en efecto, ¿puede
concebirse un estado más feliz que aquel en que el
alma es llevada, reposa y se duerme como un niño en
brazos de la amorosa y todopoderosa Providencia
divina?» ¿Queréis otra imagen bien clara de
la felicidad de esta alma? Considerad a Noé durante
el diluvio: «Permanecía en paz en el arca con
los leones, los tigres y los osos, porque Dios le
conducía, mientras que todos los demás, en la
más espantosa confusión de cuerpo y de
espíritu, eran sumergidos sin piedad en las olas.
Así, el alma que se abandona a la Providencia, que le
deja el timón de su barca, goza de una paz perfecta
en medio de todas las perturbaciones, boga con tranquilidad
por el océano de esta vida, en tanto que las "almas
indisciplinadas", esclavas, fugitivas y rebeldes a la
Providencia, están en agitación continua, y no
contando con más piloto que su voluntad ciega e
inconstante, después de haber sido por largo tiempo
juguete de los vientos y de la tempestad, terminan con un
lamentable naufragio.»
En efecto, dice Monseñor Gay,
«¿qué cosa os turba?» No hablo de la
turbación que agita la superficie; pues por poco
sensible que uno sea no podrá verse libre de ella;
hablo de la turbación que llega al fondo del alma y
en ella conmueve las virtudes. ¿A quién atribuir
la causa de ello? ¿Son por ventura las órdenes
que se os dan o los accidentes que os sobrevienen? No,
porque esta cruz que a vosotros os quita la paz, se la deja
completa a vuestra hermana. ¿De dónde procede
esto? Es que la voluntad de vuestra hermana se ha
abandonado, la vuestra se guarda y hace resistencia. La
turbación viene, pues, únicamente de la
voluntad propia y de la oposición que ella hace a
Dios. Ella es causa de tales agitaciones e inquietudes, pues
el abandono las hace imposibles.
Así es, en efecto, pues las almas abandonadas han
conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por
consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada
hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas
no lo quieran así. «A mi juicio -dice Salviano
nadie en el mundo es más feliz que estas almas. Son
humilladas, despreciadas, pero es a su gusto, y ellas lo
quieren; son pobres, mas se complacen en su pobreza: por
esto siempre están contentas.» «Sea lo que
fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio nada
podrá contristarle», ni alterar la paz y
serenidad de su espíritu, porque ha puesto su
confianza en Dios y de antemano acepta todo cuanto plazca al
buen Maestro. Sin duda, no es esta la paz del cielo, sino la
de aquí abajo, pues Dios no quiere sobre la tierra ni
paz perfecta, ni felicidad durable; no podemos evitar la
tribulación, y la cruz nos seguirá por todas
partes. Mas el Santo Abandono nos enseña la
importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en
este mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber
sufrir!, es decir, sufrir como conviene sufrir todo lo que
Dios quiere, mientras El lo quiere y como El lo quiere, con
espíritu de fe, con amor y confianza. El nos
enseña a reposar en los brazos de la cruz, por
consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el
corazón de Jesús. Allí se encuentra
más que la paz, allí se saborea la
alegría.
«No es del todo extraño -dice Monseñor
Gay- que esta alegría sea sensible, aunque otras
veces, y lo más frecuentemente es que sea tan
sólo espiritual.» En todo caso, el santo
abandono produce la alegría del alma.
«Bastaría para esto que él asegurara la
libertad y que proporcionara la paz; porque, ¿de
qué proviene el regocijo sino de ser uno libre y
estar tranquilo en la libertad? Por el contrario, sin la
libertad y la paz, ¿qué alegría se puede
gustar ni aun concebir?» ¿Queréis saber un
secreto para estar constantemente alegres? Digo un secreto,
porque todos desean la alegría, ¡cuán
pocos la encuentran! Ahora bien: el mejor secreto para
conseguirla y conservarla, un secreto verdaderamente
infalible es el Santo Abandono. ¿Cómo
así? Las almas que no son devotas del Santo Abandono
tienen todavía muy poca fe, confianza y amor, para
gustar la alegría en la tribulación;
aquéllas empero que han llegado a la perfecta
conformidad tienen una fe viva, una esperanza firme, una
caridad generosa. Han aprendido a ver en los menores
acontecimientos a su Padre Celestial, al Salvador, al Amigo,
al Esposo, al Amado, enteramente ocupado en
santificarías. Le han dado sin reserva su confianza y
su amor. ¿No es El dueño soberano de los
acontecimientos? Al combinarlos, ¿podrá olvidar
su carácter de Padre y Salvador? Todo será,
pues, para bien de su alma, con tal que ellas le permanezcan
filialmente sumisas. ¿Cómo no han de estar
alegres? En los seis días de la creación, Dios
contempla las obras de sus manos; las encuentra perfectas y
hasta excelentes, y por eso las mira con una alegre
satisfacción. «De igual manera resulta en el
alma que a Dios se abandona, no sé qué
efusión de esta alegría divina, porque el
fondo de su abandono es precisamente la aprobación
amorosa que ella da de todo lo que hace y quiere, y la
complacencia que ella experimenta en todo cuanto Dios
dispone.»
«Esta es la causa de aquella paz y alegría
perpetua -dice el P. Rodríguez- con que leemos
andaban siempre aquellos antiguos santos: un San Antonio, un
Santo Domingo, un San Francisco y otros semejantes. Y lo
mismo leemos de nuestro bienaventurado Padre Ignacio, y lo
vemos ordinariamente en los siervos de Dios. ¿Por
ventura carecían de trabajos aquellos santos?
¿No tenían tentaciones y enfermedades como
nosotros? ¿No pasaban por ellos varios y diversos
sucesos? Si, por cierto, y más dificultosos que por
nosotros; porque a los más santos les suele Dios
probar y ejercitar mas. Pues, ¿cómo estaban
siempre en un mismo ser, con un mismo semblante, con una
serenidad y alegría interior y exterior que siempre
parece que era pascua para ellos? La causa de esto era lo
que vamos diciendo, porque habían llegado a tener una
conformidad entera con la voluntad de Dios y puesto todo su
gozo en el cumplimiento de ella: y así todo se les
convertía en contento. El trabajo, la
tentación y la mortificación, todo se les
convertía en gozo, porque entendían que
aquella era la voluntad de Dios, la cual era todo su
contento.» Eran ingeniosos en hallar mil santas razones
para justificar a Dios hasta en sus rigores, y para animarse
a una confiada y alegre sumisión.
Escuchemos al santo Cura de Ars: «La cruz es quien
ha dado la paz al mundo, es ella quien ha de traerla a
nuestros corazones. Todas nuestras miserias vienen de que no
la amamos. El temor de las cruces es quien las aumenta. Una
cruz llevada sencillamente no es ya un sufrimiento. Nada nos
hace tan parecidos a Nuestro Señor como llevar su
cruz, y todas las penas son dulces cuando se sufren en
unión con El. ¡Yo no comprendo cómo un
cristiano puede odiar la cruz, y sacudirla de sus hombros!
¿No es esto lo mismo que huir de Aquel que ha querido
ser clavado en ella y en ella morir por nosotros? Las
contradicciones nos ponen al pie de la cruz, y la cruz, a la
puerta del cielo. Para llegar, es preciso que seamos
pisoteados, vilipendiados, despreciados, triturados.
¡Sufrir! ¿Qué importa? Es cuestión
de un momento. Si nos fuere dado poder pasar ocho
días en el cielo, comprenderíamos, sin duda,
el precio de este minuto de sufrimiento, no
hallaríamos cruz bastante pesada, ni prueba
suficientemente amarga. La cruz es el don que Dios hace a
sus amigos. Es necesario pedir el amor de las cruces y
entonces éstas se nos tomarán dulces. He hecho
la experiencia durante cuatro o cinco años. He sido
calumniado, contradecido, atropellado. ¡Vaya si
tenía cruces! ¡Casi eran más de las que
podía llevar! Púseme a pedir el amor de las
cruces, me sentí feliz y me dije:
¡Verdaderamente aquí está la dicha!
Jamás se ha de mirar de dónde vienen las
cruces, pues vienen de Dios y es siempre Dios quien nos da
este medio de probarle nuestro amor. ¡Cuán
felices nos consideraremos en el día del juicio por
nuestras desdichas, cuán santamente orgullosos
estaremos de nuestras humillaciones y qué ricos
seremos por nuestros sacrificios! »
Para Gemma Galgani, un día sin sufrimiento era un
día perdido. «Días ha habido,
decía lamentándose, en que nada he tenido que
ofrecer por la tarde a Jesús. ¡Cuán
desgraciada era! » En el curso de una prolongada
tribulación que aún duraba, como le preguntase
Nuestro Señor si había sufrido con
resignación: « ¡Es tan dulce, le
respondió ella, sufrir con Vos!»
«Acabo de recitar el Rosario, escribía una
religiosa a su director, para dar gracias a Dios por haberme
arrojado en el crisol de los sufrimientos. Esta
mañana, después de la Comunión, he
entonado el Magnificat. Yo no tengo otro consuelo que sufrir
con Jesús y por Jesús, si El se digna aceptar
mis sufrimientos. Sufrir, sufrir siempre, sufrir más,
ésta es mi continua oración.»
Minada por la enfermedad, atormentada por la fiebre, Sor
Isabel de la Trinidad escribía en sus últimos
días: «Se ha abierto para mí el camino
del Calvario, y me considero sumamente feliz al andar por
él, como esposa al lado del divino Crucificado.
¡ Si supieras qué días tan divinos estoy
disfrutando! Yo me debilito y presiento que el divino
Maestro no tardará mucho en venir a buscarme. Gusto y
experimento desconocidas alegrías. ¡Cuán
suaves y dulces son las alegrías del dolor! Sola, en
esta pequeña celdita, con Dios sólo y llevando
mi cruz con mi amado Maestro, me creo en cierto modo en el
cielo; mi dicha crece en proporción de mi
sufrimiento. ¡Si supieras el sabor que se encuentra en
el fondo del cáliz preparado por el Padre
celestial!»
«Desde que no me busco a mí misma
-decía Santa Teresa del Niño Jesús-
llevo la vida más feliz que se puede
imaginar.»
Y de hecho, el sufrimiento había llegado a ser su
cielo sobre la tierra; ella le sonreía como nosotros
sonreímos a la dicha. «Cuando sufro mucho
-decía- cuando me acontecen cosas penosas, en vez de
entristecerme, respondo con una sonrisa. Al principio no
siempre lo conseguía, mas ahora he llegado a no poder
sufrir, porque todo sufrimiento me es dulce.»
«¿Cómo es que estáis tan contenta
esta mañana? - Porque he tenido dos pequeñas
penas, y nada es capaz de proporcionarme pequeñas
alegrías como las pequeñas pruebas.» -
«¿Habéis tenido hoy muchas pruebas? -
Sí, pero ¡cómo las amo! Yo amo todo lo
que Dios me da. Mi corazón está lleno de la
voluntad de Jesús.»
Oigamos ahora a Taulero en su famoso Diálogo del
Teólogo y del mendigo. «Un teólogo
-éste era el mismo Taulero- suplicó a Dios
durante ocho años le hiciera conocer un hombre que le
mostrase el camino de la verdad. Cierto día en que
ardía en este deseo con mayores ansias que nunca,
oyó una voz del cielo que le dijo: Sal fuera y
dirígete hacia la iglesia, y encontrarás al
hombre que te enseñará el camino de la verdad.
Sale, pues, y halla a un mendigo con los pies lastimados,
desnudos y cubiertos de lodo, llevando sobre sí tan
pobres vestidos que no valían tres óbolos.
Saludóle diciendo: Dios os conceda un buen
día. Respondióle el mendigo: no recuerdo haber
tenido un día malo. - Dios os haga dichoso,
continuó el Maestro. - Nunca he sido desgraciado,
continuó el pobre-Dios os bendiga, repuso el
teólogo: mas explicaos, porque no entiendo lo que
decís .-Con mucho gusto lo haré, dijo el
pobre. Me habéis deseado un buen día, y os he
respondido que no recuerdo haber tenido jamás uno
malo. En efecto, cuando el hambre me atormenta, alabo a
Dios; si sufro frío, si graniza, si nieva o llueve,
lo mismo en buen que en mal tiempo alabo a Dios; cuando
padezco necesidad, en los reveses y los desprecios, alabo
también a Dios; de donde resulta que no hay
día malo para mi. Me habéis deseado
además una vida feliz y dichosa, yo os he respondido
que nunca he sido desgraciado, y esto es verdad, porque he
aprendido a vivir con Dios y estoy persuadido de que todo
cuando El hace no puede ser sino muy bueno. De ahí
que todo cuanto de Dios recibo, y permite me venga de otra
parte, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, lo miro
como una verdadera fortuna, y lo acepto de su mano con
alegría. Por lo demás, estoy del todo decidido
a no aficionarme sino a la voluntad de Dios y tan fundida
tengo mi voluntad en la suya, que todo cuanto El quiere, lo
quiero yo también. En consecuencia, jamás he
sido desgraciado. - Mas, decidme, ¿qué
haríais si Dios os quisiere arrojar al fondo del
abismo? - ¿Arrojarme al fondo del abismo? Si Dios
llegare a ese extremo, tengo dos brazos para abrazarme a El
fuertemente: con el izquierdo, que es la verdadera humildad,
tomaría su santísima Humanidad y a ella me
abrazaría; con el derecho que es el amor, me
asiría a su Divinidad y la tendría
estrechamente apretada, de suerte que si El me quisiera
precipitar en el infierno, sería preciso que El
viniese conmigo, y por mx parte, más querría
estar en el infierno con El que en el cielo sin El. Con esto
entendió el teólogo que la verdadera
resignación unida a una profunda humildad es el
camino más corto para ir a Dios. -¿De
dónde procedéis? dijo aún el
teólogo. - Vengo de Dios. - ¿En dónde lo
hallasteis? - Le hallé donde dejé a todas las
criaturas. - ¿En dónde tiene El su morada? - En
los corazones puros y en los hombres de buena voluntad. -
¿Y quién sois vos? - Yo soy rey. - ¿En
dónde está vuestro reino? - Está en mi
alma, porque he aprendido a gobernar mis sentidos interiores
y exteriores, de suerte que todos los afectos y todas las
potencias de mi alma estén sujetos; y este reino
vale, sin que nadie pueda dudarlo, más que todos los
de la tierra. - ¿De qué modo habéis
llegado a esta sublime perfección? - Con el silencio,
profundas meditaciones, y la unión con Dios. Yo no he
podido hallar reposo en nada que no sea El; y al presente he
hallado a mi Dios, y en El disfruto de un perfecto reposo y
de una paz inalterable.» «Tal fue la
conversación de Taulero con el mendigo, quien por la
entera conformidad de su voluntad con la de Dios, era
más rico en su pobreza que los monarcas, y más
dichoso en sus sufrimientos que aquellos para cuya felicidad
aportan su concurso los elementos y la naturaleza
entera.»
Artículo
5º.- Muerte santa y valimiento cerca de
Dios
A medida que el alma avanza en el Santo Abandono,
progresa también en el desasimiento de todas las
cosas para no adherirse sino a Dios sólo; la fe, la
confianza y el amor con todas las demás virtudes han
tomado en ella vastas proporciones, y la unión de su
voluntad con la de Dios se ha ido estrechando de día
en día. El alma camina a pasos agigantados por el
camino de la perfección. Una santa vida prepara una
muerte santa, y en cierto modo la asegura. La perseverancia
final es siempre la gracia de las gracias, el don gratuito
por excelencia; mas nada hay comparable al Santo Abandono
para mover a nuestro Padre celestial a concedernos esta
gracia decisiva. El, que va en busca del pecador,
¿podrá acaso rechazar un alma que sólo
vive de amor y filial sumisión? Que ella prosiga por
este camino hasta el fin, y vedla salva, pero al modo de los
santos. Aun hablando de los cristianos ordinarios, el
piadoso Obispo de Ginebra acostumbraba decir: «A Dios
con todo su poder le es imposible condenar a un alma que, al
salir de su cuerpo, tiene su voluntad sumisa a la voluntad
divina. Tal como se halla nuestra voluntad a la hora de
nuestra muerte, del mismo modo permanecerá toda la
eternidad. Como queda el árbol al ser derribado,
así permanece. Por este motivo, cuando asistía
a un moribundo hacia los mayores esfuerzos para conseguir
que sometiera por completo su voluntad a la de Dios, y
apenas le hablaba de otra cosa.»
La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra
situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo.
Cuando uno está bien afianzado en el Santo Abandono,
ni siquiera llega a sentir esas crueles separaciones que
desgarran el alma apegada a las cosas de este mundo. Este
abandono nos ha hecho indiferentes por virtud a todo lo que
la muerte nos ha de arrebatar por fuerza; venga cuando
quiera, que el sacrificio está ya hecho en el
corazón y ninguna mella hacen en éste las
cosas que ella nos quita, pues no se quiere sino a Dios
solo, y precisamente la muerte es la que va a colmar este
deseo.
Sin duda, traerá un terrible cortejo de
sufrimientos y tentaciones; es el combate decisivo y la
prueba dolorosa entre todas. Nada, empero, dispone a este
trance supremo como el Santo Abandono, pues él nos ha
formado para recibirlo todo de la mano de Dios con amor y
confianza, y a cumplir con valentía nuestro deber
hasta bajo el peso de la cruz, apoyándonos en el
poder y en la bondad de Dios. He aquí la razón
por qué Santa Teresa del Niño Jesús
haya podido decir con legítima seguridad: «No
temo en manera alguna los últimos combates, ni los
sufrimientos de la enfermedad por intensos que sean. Dios me
ha socorrido siempre: El me ha ayudado y conducido desde mi
tierna infancia... Cuento con El. Podrá el
sufrimiento alcanzar su máxima intensidad, mas estoy
segura de que El no me abandonará jamás.»
Aun para las almas más santas, es una cosa en sumo
grado impresionante el paso del tiempo a la eternidad.
« ¡ Qué solemne hora ésta en que me
hallo! -decía en sus últimos momentos Sor
Isabel de la Trinidad-. El más allá es
imponente; parecíame haber vivido en él
después de largo tiempo y, sin embargo, lo desconozco
por completo... Yo experimento un sentimiento indefinible,
algo de la justicia, de la santidad de Dios. ¡Me hallo
tan pequeña, tan desprovista de méritos!
¡Cuán necesario es exhortar a los agonizantes a
la confianza! » « ¡Qué necesario es
-decía Santa Teresa del Niño Jesús-,
qué necesario es orar por los agonizantes! ¡Si
lo entendiéramos bien! » Razón
tenía ella para expresarse de esta suerte, pues a
pesar de haber llevado una vida tan pura, percibía el
sonido de una voz maldita que murmuraba a sus oídos:
«¿Tienes seguridad de ser amada de Dios? ¿Ha
venido El a decírtelo?» Con esto
permaneció durante muchos días en un estado de
angustia que no se puede explicar. «¡Padre
mío -decía a su confesor Santa Juana de
Chantal en su agonía-, os aseguro que los juicios de
Dios son espantosos! » Preguntóle aquél
si tenía miedo. - «No, respondió ella;
mas os aseguro que los juicios de Dios son terribles.»
Es el grito de la naturaleza en el último trance, es
el pasmo de este momento decisivo, infinitamente solemne; es
la angustia de una conciencia delicada, alarmada por su
misma humildad. Un alma que vive en el Santo Abandono
triunfará de este temor. No descuida medio alguno de
completar su preparación, mas ante todo piensa en que
va por fin a ver a su Padre, a su Amigo, a su Amado, a Aquel
en quien ella ha puesto todas sus complacencias; el Dios de
su corazón, al cual no ha cesado de dar su vida gota
a gota; gusta recordar con una dulce emoción las
innumerables pruebas de su amor, de sus misericordias, de
sus inefables ternuras, y siente que ella le ama del fondo
de su alma y que a su vez es aún mucho más
amada. ¡Cuán feliz se considera pudiendo decir
con el Salmista en esta hora tan seria y decisiva: «Vos
sois mi Dios, y mi suerte está en vuestras
manos!». En una palabra, ella ha vivido de amor y de
confianza, muere en el amor y en la confianza.
Después de una vida tan llena de penas interiores,
Santa Juana de Chantal y San Alfonso de Ligorio tuvieron la
más dulce muerte. Tal vez quiera Dios conservarnos
sobre la cruz hasta el fin, mas no es raro ver a las almas
que han practicado el abandono morir sin temor alguno, irse
a la eternidad tranquilas y alegres, como un niño que
entra en el hogar paterno, cual religioso que se dirige a
cantar el Oficio. Tal fue el fin de la bienaventurada
María Magdalena Postel: «En su muerte no
encontramos debilidad alguna, ningún temor.
Después de haber estado tan perfectamente sometida a
la divina voluntad durante su larga carrera, no podía
dejar de estarlo en el día decisivo. Sus horas
postreras rebosan en calma, en confianza y en abandono. A la
invitación del capellán para que ofrezca el
sacrificio de su vida, responde: "Nada me cuesta,
¡hágase en todo la voluntad de Dios!"
Maravilladas de su serenidad y sosiego, pregúntanle
sus hijas si es feliz. "¡Que si soy feliz!" y su rostro
se tomó radiante, parecía transparente como un
alma que vuela al cielo, no cesando de unirse a su Amado por
actos de fe y amorosas aspiraciones.» En esta hora
decisiva nadie se encontrará sobradamente puro ni
bastante rico en méritos. Es verdad, mas nada hay de
tanta eficacia como el Santo Abandono para hacer del todo
fructuosa la suprema prueba. ¡Cuánto se gana
soportando con una amorosa paciencia el duro trabajo de la
destrucción, recibiendo de la mano de Dios con filial
confianza el golpe de la muerte! Esto formará un
magnifico haz de méritos añadidos a otros
muchos, y éste será el más cargado de
buen grano. Es además una ofrenda muy agradable a la
justicia divina, y quizá una satisfacción
suficiente por nuestros pecados. Según San Alfonso,
«aceptar la muerte que Dios nos presenta para
conformarnos con su voluntad, es merecer una recompensa
parecida a la de los mártires: éstos no son
reputados por tales, sino en cuanto han aceptado los
tormentos y la muerte para agradar a Dios. El que muere
conformándose con la Divina Voluntad tiene una muerte
santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene una
muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio que
en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva
no tan sólo del infierno, sino que también del
purgatorio».
¿No será, al menos, un motivo de angustia
dejar en el destierro, en los peligros, en la necesidad tal
vez, todo lo que se ha amado después de Dios: su
familia, su Comunidad, seres queridos que habrán
puesto su confianza en nosotros? La bienaventurada Maria
Magdalena deja en el mayor desamparo una Congregación
apenas fundada, «pero ella, que no había sido
durante su vida sino el instrumento de la Providencia, muere
sin preocupación por su Comunidad; no habiendo
contado nunca con ningún brazo humano, en sus
últimos momentos tampoco cuenta sino con el
Señor». A todos los que se ha amado según
Dios, no se deja de amarlos en el cielo; lejos de esto, el
afecto se hace más intenso y más puro, y se
está mejor situado para velar sobre ellos y para
manejar sus verdaderos intereses. ¿No es Dios el
Soberano Dueño de su suerte? ¿Y quién
será tan poderoso cerca de El como un alma que no ha
vivido sino de su amor, en una constante fidelidad para
cumplir su voluntad significada, en un perfecto abandono a
su beneplácito? El mismo nos ha declarado «que
hará la voluntad de los que le temen, y que
escuchará sus ruegos». No hay palabra que
más anime que ésta: hagamos la voluntad de
Dios, y El hará la nuestra; hagamos todo lo que El
quiere, que El hará todo lo que nosotros queramos. De
ahí es de donde procede el poder de
intercesión de las almas que viven en una amorosa y
perfecta conformidad: ellas nada niegan a Dios y Dios no les
negará nada a ellas. El poder de su oración en
la tierra y en el cielo, estará siempre en
relación con su grado de amor, de obediencia y de
abandono; y si Dios se complace en glorificar algunas almas
entre las mejores, no busquemos en otra parte la causa de su
elección.
He aquí por qué Santa Teresa del
Niño Jesús es el gran taumaturgo de nuestros
días. Al fin de su vida parece tener conciencia de su
misión, cuyos secretos revela más de una vez:
«Yo quiero pasar mi cielo haciendo bien sobre la
tierra. Después de mi muerte haré caer una
lluvia de rosas. Siento que mi misión va a comenzar,
mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo y de
manifestar mi pequeño camino a las almas.
«¿Cuál es el pequeño camino que
queréis enseñar?» «Es el camino de
la infancia espiritual, es el camino de la confianza y del
completo abandono.» Escuchemos ahora la razón
que ella pone en primer término. «Yo no he dado
a Dios sino amor. El me devolverá amor. El
cumplirá todos mis deseos en el cielo, porque yo no
he hecho jamás mi voluntad en la tierra.»
Terminemos por un rasgo que se encuentra en todas partes,
pero que de un modo especial nos pertenece: pues el
héroe es un hermano converso de nuestra Orden, el
bienaventurado Aniano de Eberbach, y el narrador es
también de los nuestros, el bienaventurado
Cesáreo, Prior de Heisterbach. Vivía en el
Monasterio de Eberbach un santo hermano que se
distinguía sobre todo por la obediencia y
simplicidad. Habíale Dios otorgado con tanta largueza
el don de milagros, que con sólo tocar su
cinturón o sus hábitos los enfermos sanaban de
cualquier enfermedad. Maravillado de un favor tan singular,
y no advirtiendo en este hermano señal alguna de
santidad, preguntóle su Abad un día
cómo explicaba que Dios hiciera tantos prodigios por
su mediación.-No lo sé, respondió
éste, porque ni oro, ni velo, ni trabajo, ni ayuno
más que mis hermanos; lo único que puedo decir
es que en cualquier acontecimiento, próspero o
adverso, adoro la voluntad de Dios. Tengo siempre un gran
cuidado de querer en todas las cosas lo que Dios quiere, y
El me concede la gracia de conservar mi voluntad enteramente
abandonada a la suya. Ni me eleva la prosperidad, ni me
abate la adversidad, porque todo lo recibo indiferentemente
como de la mano de Dios, y el único fin de mis
oraciones es que se cumpla perfectamente su santa voluntad
en mí y en todas las criaturas. - Decidme,
replicó el Abad, ¿no os turbasteis algo cuando
el otro día una mano malvada incendió la
granja, y destruyó nuestros medios de subsistencia? -
No, padre, muy por el contrario, he dado gracias a Dios,
según mi costumbre en semejantes ocasiones,
persuadido de que el Señor nada hace o permite que no
redunde en su gloria y en mayor bien nuestro. Habida esta
respuesta, que muestra tan perfecta conformidad con la
voluntad de Dios, ya no se maravilló el Abad de que
aquel religioso obrase tantos prodigios.
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