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Santa Teresa de
Lisieux - Historia de un
alma
(�ndice)
Manuscrito
A
DEDICADO A LA
REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
CAPÍTULO I
ALENÇON (1873 -
1877)
El
cántico de las Misericordias del
Señor
[2rº]
J.M.J.T.1
Jesús
Enero de 1895
Historia primaveral de una Florecita blanca, escrita
por ella misma y dedicada a la Reverenda Madre Inés
de Jesús.
A ti, Madre querida, a ti que eres doblemente mi madre,
quiero confiar la historia de mi alma... El día que
me pediste que lo hiciera, pensé que eso
disiparía mi corazón al ocuparlo de sí
mismo; pero después Jesús me hizo comprender
que, obedeciendo con total sencillez, le agradaría.
Además, sólo pretendo una cosa: comenzar a
cantar lo que un día repetiré por toda la
eternidad: "¡¡¡Las misericordias del
Señor !!!"...
Antes de coger la pluma, me he arrodillado ante la imagen
de María 2
(la que tantas pruebas nos ha dado de las predilecciones
maternales de la Reina del cielo por nuestra familia), y le
he pedido que guíe ella mi mano para que no escriba
ni una línea que no sea de su agrado. Luego, abriendo
el Evangelio, mis ojos se encontraron con estas palabras:
"Subió Jesús a una montaña y fue
llamando a los que él quiso, y se fueron con
él" (San Marcos, cap. II, v. 13). He ahí el
misterio de mi vocación, de mi vida entera, y, sobre
todo, el misterio de los privilegios que Jesús ha
querido dispensar a mi alma... El no llama a los que son
dignos, sino a los que él quiere, o, como dice
san Pablo: "Tendré misericordia de quien quiera y me
apiadaré de quien me plazca. No es, pues, cosa del
que quiere o del que se afana, sino de Dios que es
misericordioso" (Cta. a los Romanos, cap. IX, v. 15 y
16).
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué
tenía Dios preferencias, por qué no
recibían todas las almas las gracias en igual medida.
Me extrañaba verle prodigar favores extraordinarios a
los santos que le habían [2
vº] ofendido, como san Pablo o san
Agustín, a los que forzaba, por así decirlo, a
recibir sus gracias; y cuando leía la vida de
aquellos santos a los que el Señor quiso acariciar
desde la cuna hasta el sepulcro, retirando de su camino
todos los obstáculos que pudieran impedirles elevarse
hacia él y previniendo a esas almas con tales favores
que no pudiesen empañar el brillo inmaculado de su
vestidura bautismal, me preguntaba por qué los pobres
salvajes, por ejemplo, morían en tan gran
número sin haber oído ni tan siquiera
pronunciar el nombre de Dios...
Jesús ha querido darme luz acerca de este
misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y
comprendí que todas las flores que él ha
creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la
blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su
perfume ni a la margarita su encantadora sencillez...
Comprendí que si todas las flores quisieran ser
rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y
los campos ya no se verían esmaltados de
florecillas...
Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el
jardín de Jesús. El ha querido crear grandes
santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas;
pero ha creado también otros más
pequeños, y éstos han de conformarse con ser
margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios
cuando mira a sus pies. La perfección consiste en
hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que
seamos...
Comprendí también que el amor de Nuestro
Señor se revela lo mismo en el alma más
sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en
el alma más sublime. Y es que, siendo propio del amor
el abajarse, si todas las almas se parecieran a las de los
santos doctores que han iluminado a la Iglesia
[3 rº] con la luz
de su doctrina, parecería que Dios no tendría
que abajarse demasiado al venir a sus corazones. Pero
él ha creado al niño, que no sabe nada y que
sólo deja oír débiles gemidos; y ha
creado al pobre salvaje, que sólo tiene para guiarse
la ley natural. ¡Y también a sus corazones
quiere él descender! Estas son sus flores de los
campos, cuya sencillez le fascina...
Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita
grandeza. Así como el sol ilumina a la vez a los
cedros y a cada florecilla, como si sólo ella
existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa
también Nuestro Señor de cada alma
personalmente, como si no hubiera más que ella. Y
así como en la naturaleza todas las estaciones
están ordenadas de tal modo que en el momento preciso
se abra hasta la más humilde margarita, de la misma
manera todo está ordenado al bien de cada alma.
Seguramente, Madre querida, te estés preguntando
extrañada adónde quiero ir a parar, pues hasta
ahora nada he dicho todavía que se parezca a la
historia de mi vida. Pero me has pedido que escribiera lo
que me viniera al pensamiento, sin trabas de ninguna clase.
Así que lo que voy a escribir no es mi vida
propiamente dicha, sino mis pensamientos acerca de las
gracias que Dios se ha dignado concederme.
Me encuentro en un momento de mi existencia en el que
puedo echar una mirada hacia el pasado; mi alma ha madurado
en el crisol de las pruebas exteriores e interiores. Ahora,
como la flor fortalecida por la tormenta, levanto la cabeza
y veo que en mí se hacen realidad las palabras del
salmo XXII: "El Señor es mi pastor, nada me falta: en
verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes
tranquilas y repara mis fuerzas... Aunque camine por
cañadas [3
vº] oscuras, ningún mal
temeré, ¡porque tú, Señor, vas
conmigo!" Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo
y misericordioso..., lento a la ira y rico en clemencia...
(Salmo CII, v. 8). Por eso, Madre, vengo feliz a cantar a tu
lado las misericordias del Señor... Para ti
sola voy a escribir la historia de la florecita
cortada por Jesús. Por eso, te hablaré con
confianza total, sin preocuparme ni del estilo ni de las
numerosas digresiones que pueda hacer. Un corazón de
madre comprende siempre a su hijo, aun cuando no sepa
más que balbucir. Por eso, estoy segura de que voy a
ser comprendida y hasta adivinada por ti, que modelaste mi
corazón y que se lo ofreciste a Jesús...
Me parece que si una florecilla pudiera hablar,
diría simplemente lo que Dios ha hecho por ella, sin
tratar de ocultar los regalos que él le ha hecho. No
diría, so pretexto de falsa humildad, que es fea y
sin perfume, que el sol le ha robado su esplendor y que las
tormentas han tronchado su tallo, cuando está
íntimamente convencida de todo lo contrario.
La flor que va a contar su historia se alegra de poder
pregonar las delicadezas totalmente gratuitas de
Jesús. Reconoce que en ella no había nada
capaz de atraer sus miradas divinas, y que sólo su
misericordia ha obrado todo lo bueno que hay en ella...
El la hizo nacer en una tierra santa e impregnada toda
ella como de un perfume virginal. El hizo que la
precedieran ocho lirios deslumbrantes de blancura. El, en su
amor, quiso preservar a su florecita del aliento envenenado
del mundo; y apenas empezaba a entreabrirse su corola, este
divino Salvador la trasplantó a la montaña del
Carmelo, donde los dos lirios que la habían rodeado
de cariño y acunado dulcemente en la primavera de su
vida expandían ya
[4rº] su suave
perfume...
Siete años han pasado desde que la florecilla
echó raíces en el jardín del Esposo de
las vírgenes, y ahora tres lirios -contándola
a ella- cimbrean allí sus corolas perfumadas; un poco
más lejos, otro lirio se está abriendo bajo la
mirada de Jesús. Y los dos tallos benditos de los que
brotaron estas flores están ya reunidos para siempre
en la patria celestial... Allí se han encontrado con
los otros cuatro lirios que no llegaron a abrir sus corolas
en la tierra... ¡Ojalá Jesús tenga a bien
no dejar por mucho tiempo en tierra extraña a las
flores que aún quedan el destierro!
¡Ojalá que pronto el ramo de lirios se vea
completo en el cielo 3!
Rodeada
de amor
Acabo, Madre, de resumir en pocas palabras lo que Dios ha
hecho por mí. Ahora voy a entrar en los detalles de
mi vida de niña. Sé muy bien que donde
cualquier otro no vería más que un relato
aburrido, tu corazón de madre encontrará
verdaderas delicias... Además, los recuerdos que voy
a evocar son también tuyos, pues a tu lado fue
transcurriendo mi niñez y tengo la dicha de haber
tenido unos padres incomparables que nos rodearon de los
mismos cuidados y del mismo cariño. ¡Que ellos
bendigan a la más pequeña de sus hijas y le
ayuden a cantar las misericordias del Señor...!
En la historia de mi alma, hasta mi entrada en el
Carmelo, distingo tres períodos bien definidos
4. El primero, a
pesar de su corta duración, no es el menos fecundo en
recuerdos. Se extiende desde el despertar de mi razón
hasta la partida de nuestra madre querida para la patria del
cielo.
[4vº] Dios me
concedió la gracia de despertar mi inteligencia en
muy temprana edad y de que los recuerdos de mi infancia se
grabasen tan profundamente en mi memoria, que me parece que
las cosas que voy a contar ocurrieron ayer. Seguramente que
Jesús, en su amor, quería hacerme conocer a la
madre incomparable que me había dado y que su mano
divina tenía prisa por coronar en el cielo...
Durante toda mi vida, Dios ha querido rodearme de amor.
Mis primeros recuerdos están impregnados de las
más tiernas sonrisas y caricias... Pero si él
puso mucho amor a mi lado, también lo puso en mi
corazón, creándolo cariñoso y sensible.
Y así, quería mucho a papá y a
mamá, y les demostraba de mil maneras mi
cariño, pues era muy efusiva.. Sólo que los
medios que empleaba, a veces eran raros, como lo demuestra
este pasaje de una carta de mamá:
"La niña es un verdadero diablillo, que
viene a acariciarme deseándome la muerte:
"¡Cómo me gustaría que te murieras,
mamaíta...!" La riñen, y me dice:
"¡Pero si es para que vayas al cielo! ¿No dices
que tenemos que morirnos para ir allá?" Y cuando
está con estos arrebatos de amor, desea
también la muerte a su padre".
[5rº]
Y mira lo que el 25 de junio de 1874, cuando yo
tenía apenas 18 meses, decía mamá de
mí:
"Tu padre acaba de instalar un columpio. Celina
está loca de contenta, ¡pero hay que ver
columpiarse a la pequeña! Es de risa; se sostiene
como una jovencita, no hay peligro de que suelte la
cuerda, y cuando va demasiado despacio se pone a gritar.
La sujetamos por delante con otra cuerda, pero a pesar de
todo yo no me siento tranquila cuando la veo colgada
allá arriba.
"Últimamente me ocurrió una curiosa
aventura con la pequeña. Tengo costumbre de ir a
la Misa de cinco y media. Los primeros días, no me
atrevía a dejarla sola; pero al ver que nunca se
despertaba, me decidí a hacerlo. La acuesto en mi
cama y arrimo la cuna de manera que sea imposible que se
caiga. Pero un día me olvidé de acercar la
cuna. Llego, y la pequeña ya no estaba en la cama.
En ese mismo momento escuché un grito; miro y la
veo sentada en una silla que había frente a la
cabecera de mi cama, con la cabecita apoyada en el
respaldo y durmiendo un mal sueño, pues estaba
enfadada. No puedo explicarme cómo pudo caer
sentada en aquella silla, pues estaba acostada. Di
gracias a Dios de que no le hubiera pasado nada; fue
realmente providencial, pues debería haber
caído rodando al suelo. El ángel de la
guarda ha velado por ella, y las almas del purgatorio, a
las que todos los días rezo una oración por
la pequeña, la protegieron. Así me explico
yo lo sucedido..., tú explícatelo como
quieras...".
Al final de la carta mamá
añadía:
"Ahora la niña ha venido a pasarme la
manita por la cara y a darme un beso. Esta criatura no
quiere dejarme ni un instante y no se aparta de mi lado.
Le gusta mucho salir al jardín,
[5vº], pero si
yo no estoy allí no quiere quedarse y se echa a
llorar y no para de hacerlo hasta que me la traen..."
5(Y
éste es un pasaje de otra carta):
"Teresita me preguntaba el otro día si
iría al cielo. Yo le dije que sí, si se
portaba bien, y me contestó: "Ya, y si no soy
buena, iré al infierno... Pero sé muy bien
lo que haré en ese caso: me echaré a volar
contigo, que estarás en el cielo, ¿y
cómo se las arreglará Dios para cogerme...?
Tú me apretarás muy fuertemente entre tus
brazos." Y leí en sus ojos que estaba firmemente
convencida de que Dios no podría hacerle nada
mientras estuviese en brazos de su madre...
"María quiere mucho a su hermanita, y dice que
es muy buena. No es extraño, pues esta criatura
tiene miedo a darle el menor disgusto. Ayer quise darle
una rosa, pues sé que le gustan mucho, pero se
puso a suplicarme que no la cortase, porque María
se lo había prohibido. Estaba excitadísima.
No obstante, le di dos y no se atrevía a aparecer
por casa. En vano le decía que las rosas eran
mías: "Que no, decía ella, que son de
María..."
"Es un niña que se emociona con gran facilidad.
Cuando hace algún pequeño desaguisado, todo
el mundo tiene que saberlo. Ayer rasgó sin querer
una esquinita del empapelado y se puso que daba
lástima, había que decírselo
enseguida a su padre. Cuando éste llegó,
cuatro horas más tarde, ya nadie pensaba en lo
sucedido, pero ella fue corriendo a decirle a
María: "Dile enseguida a papá que he
rasgado el papel". Y estaba allí como un criminal
que espera su condena; pero tiene su teoría de
que, si se acusa, la perdonarán más
fácilmente".
[4vº sigue]
Quería mucho a mi madrina
6.
Parecía que no, pero me fijaba mucho en todo lo
que se hacía y se decía a mi alrededor, y me
parece que juzgaba ya las cosas como ahora. Escuchaba muy
atentamente lo que María enseñaba a Celina,
para actuar yo como ella.
[6rº]
Después que salió de la Visitación,
para obtener el favor de ser admitida en su cuarto durante
las clases que le daba a Celina, me portaba muy bien y
hacía todo lo que me mandaba. Por eso, me colmaban de
regalos, que, pese a su escaso valor, me hacían mucha
ilusión.
Estaba muy orgullosa de mis dos hermanas mayores, pero mi
ideal de niña era Paulina... Cuando estaba empezando
a hablar y mamá me preguntaba "¿En qué
piensas?", la respuesta era invariable: "¡En
Paulina...!" Otras veces pasaba mi dedito por el cristal de
la ventana y decía: "Estoy escribiendo:
¡Paulina...!"
Oía decir con frecuencia que seguramente Paulina
sería religiosa, y yo entonces, sin saber lo
que era eso, pensaba: Yo también seré
religiosa. Es éste uno de mis primeros recuerdos,
y desde entonces ya nunca cambié de
intención... Fuiste tú, Madre querida, la
persona que Jesús escogió para desposarme con
él; tú no estabas entonces a mi lado, pero ya
se había creado un lazo entre nuestras almas...
Tú eras mi ideal, yo quería parecerme a
ti, y tu ejemplo fue lo que me arrastró, desde los
dos años de edad, hacia el Esposo de la
vírgenes. ¡Cuántos hermosos pensamientos
quisiera confiarte! Pero tengo que continuar con la historia
de la florecilla, con su historia completa y general, pues
si quisiera hablar detalladamente de sus relaciones con
"Paulina", ¡tendría que dejar de lado todo lo
demás...!
Mi querida Leonia ocupaba también un lugar
importante en mi corazón. Me quería mucho. Por
las tardes, cuando toda la familia salía a dar un
paseo, era ella quien me cuidaba... Aún me parece
estar escuchando las lindas tonadas que me cantaba para
dormirme... Buscaba la forma de contentarme en todo; por
eso, me habría dolido mucho darle algún
disgusto. [6vº] Me
acuerdo muy bien de su primera comunión, sobre todo
del momento en que me cogió en brazos para hacerme
entrar con ella en la casa rectoral. ¡Me parecía
tan bonito ser llevada en brazos por una hermana mayor toda
vestida de blanco como yo...! Por la noche, me acostaron
temprano, pues yo era muy pequeña para quedarme al
solemne banquete; pero aún estoy viendo a papá
trayéndole, a los postres, a su reinecita unos trozos
de tarta...
Al día siguiente, o pocos días
después, fuimos con mamá a casa de la
compañerita de Leonia 7.
Creo que fue ese día cuando nuestra mamaíta
nos llevó detrás de una pared para hacernos
beber un poco de vino después de la comida (que nos
había servido la pobre señora de Dagorau),
pues no quería dejar en mal lugar a la buena mujer
pero tampoco quería que nos faltase nada...
¡Qué tierno es el corazón de una madre!
¡Y cómo expresa su ternura en mil detalles
previsores en los que nadie pensaría...!
Ahora me falta hablar de mi querida Celina, la
compañerita de mi infancia, pero son tantos los
recuerdos, que no sé cuáles elegir. Voy a
extraer algunos pasajes de las cartas que mamá te
escribía a la Visitación, pero no voy a
copiarlo todo, pues sería demasiado largo...
El 10 de julio de 1873 (año de mi nacimiento), te
decía:
"La nodriza 8
trajo el jueves a Teresita. Se pasó todo el tiempo
riendo. La que más le gustó fue la
pequeña Celina. Se reía con ella a
carcajadas. Se diría que ya tiene ganas de jugar,
no tardará en hacerlo. Se sostiene sobre las
piernecitas, más tiesa que una estaca. Creo que
pronto empezará a andar y que tendrá buen
carácter. Parece muy inteligente y tiene pinta de
predestinada..."
[7rº] Pero
cuando mostré mi cariño a mi querida Celinita,
fue sobre todo después de dejar a mi nodriza. Nos
entendíamos muy bien; sólo que yo era mucho
más vivaracha y mucho menos ingenua que ella. Aunque
tenía tres años y medio menos, me
parecía que fuésemos de la misma edad. Este
pasaje de una carta de mamá te hará ver lo
buena que era Celina y lo mala que era yo:
"Mi Celinita está decididamente inclinada
a la virtud. Es ésta una inclinación
profunda de su ser. Tiene un alma candorosa y siente
horror al pecado. En cuanto al huroncillo, no sabemos lo
que saldrá de él. ¡Es tan
pequeño y tan atolondrado! Tiene una inteligencia
superior a la de Celina, pero es mucho menos dulce, y,
sobre todo, de una terquedad casi indomable. Cuando dice
"no", no hay nada que la haga ceder; aunque la
metiésemos un día entero en el cuarto de
los trastos, dormiría allí antes que decir
"sí"...
"Sin embargo, tiene un corazón de oro, es muy
cariñosa y sincera. Es curioso verla correr tras
de mí para acusarse: -Mamá, he empujado a
Celina, pero sólo una vez, la he pegado una vez,
pero no lo volveré a hacer. (Y así, en todo
lo que hace). El jueves por la tarde, fuimos a dar un
paseo hacia la estación, y se empeñó
en entrar en la sala de espera para ir a buscar a
Paulina. Corría delante con una alegría que
daba gloria verla. Pero cuando vio que teníamos
que volvernos sin subir al tren para ir a buscar a
Paulina, se pasó todo el camino llorando".
Esta última parte de la carta me recuerda la dicha
que sentía al verte volver de la Visitación.
Tú, Madre querida, me cogías en brazos y
María cogía en los suyos a Celina. Entonces yo
te hacía mil caricias y me echaba
[7vº] hacia
atrás para admirar tu larga trenza... Luego me dabas
una tableta de chocolate que habías guardado durante
tres meses. ¡Imagínate qué reliquia era
eso para mí...!
Viaje
a Le Mans
Me acuerdo también del viaje que hice a Le Mans
9 . Era la
primera vez que iba en tren. ¡Qué alegría
verme viajar sola con mamá...! Sin embargo, ya no
recuerdo por qué, me eché a llorar, y nuestra
pobre mamaíta sólo pudo presentar a nuestra
tía de Le Mans a un feo bichito todo
enrojecido por las lágrimas que había
derramado en el camino... No guardo ningún recuerdo
de la visita al locutorio, a no ser del momento en que mi
tía me pasó un ratoncito blanco y una cestita
de cartulina llena de bombones, sobre los que
campeaban dos preciosos anillos de azúcar,
justamente del tamaño de mi dedo. Inmediatamente
exclamé: "¡Qué bien! ¡Ya tengo un
anillo para Celina!" Pero, ¡ay dolor!, cojo la cesta
por el asa, doy la otra mano a mamá y nos vamos. A
los pocos pasos, miro la cesta y veo casi todos los bombones
desparramados por la calle, como si fueran los guijarros de
Pulgarcito... Miro más atentamente y veo que uno de
los preciosos anillos había corrido la suerte fatal
de los bombones... ¡Ya no tenía nada que llevar
a Celina...! Entonces estalla mi dolor, pido volver sobre
mis pasos, pero mamá no parece hacerme caso.
¡Aquello era demasiado! A mis lágrimas
siguieron mis gritos... No podía comprender que
mamá no compartiese mi dolor, y eso acrecentaba
todavía más mi sufrimiento...
Mi
carácter
Vuelvo ahora a las cartas en las que mamá te habla
de Celina y de mí. Es el mejor medio que puedo
emplear para darte a conocer mi carácter. He
aquí un pasaje en el que mis defectos brillan en todo
su esplendor:
[8rº]
"Celina está entretenida con la pequeña
jugando a los dados, y riñen de vez en cuando.
Celina cede para añadir una perla a su corona. Yo
me veo obligada a reprender a esta pobre niña, que
coge unas rabietas terribles cuando las cosas no salen a
su gusto y se revuelca por el suelo como una desesperada
pensando que todo está perdido. Hay momentos en
que es más fuerte que ella, y se le corta la
respiración. Es una niña muy nerviosa. De
todas maneras, es un encanto, y muy inteligente, y se
acuerda de todo".
¡Ya ves, Madre mía, qué lejos estaba
yo de ser una niña sin defectos! Ni siquiera se
podía decir de mí "que fuese buena cuando
estaba dormida", pues de noche era todavía más
revoltosa que de día. Mandaba a paseo todas las
mantas, y (dormida y todo) me daba golpes contra los
largueros de mi camita; el dolor me despertaba, y entonces
decía: "¡Mamá, me he golpeado...!
Nuestra pobre mamaíta se veía obligada a
levantarse y comprobaba que, en efecto, tenía
chichones en la frente y me había golpeado. Me tapaba
bien y volvía a acostarse; pero al cabo de un momento
yo volvía a golpearme. De suerte que se vieron
obligados a atarme en la cama. Todas las noches, la
pequeña Celina venía a anudar las incontables
cuerdas destinadas a evitar que el diablillo se
golpease y despertara a su mamá. Esta medida
dio buen resultado, y desde entonces ya fui buena mientras
dormía...
Tenía también otro defecto (estando
despierta), del que mamá no habla en sus cartas, que
era un gran amor propio. No voy a darte más que dos
ejemplos para no alargar demasiado mi narración. Un
día, me dijo mamá: "Teresita, si besas el
suelo, te doy cinco céntimos". Cinco céntimos
eran para mí toda una fortuna, y para ganarlos no
tenía que bajar demasiado de mi altura, pues mi
exigua estatura no me separaba muchos palmos de suelo. Sin
embargo, mi orgullo se rebeló a
[8vº] la sola idea
de besar el suelo, y poniéndome muy tiesa le
dije a mamá: -¡No, mamaíta, prefiero
quedarme sin los cinco céntimos...!
En otra ocasión teníamos que ir a Grogny, a
visitar a la señora de Monnier. Mamá le dijo a
María que me pusiese mi precioso vestido azul
celeste, adornado de encajes, pero que no me dejara los
brazos al aire, para que el sol no me los tostase. Yo me
dejé, con la indiferencia propia de las niñas
de mi edad; pero interiormente pensaba que habría
estado mucho más bonita con los bracitos al aire.
Con una forma de ser como la mía, si hubiera sido
educada por unos padres sin virtud, o incluso si hubiese
sido mimada por Luisa 10
como Celina, habría salido muy mala, y tal vez hasta
me habría perdido... Pero Jesús velaba por su
pequeña prometida y quiso que todo redundase en su
bien; incluso sus defectos, que, corregidos a tiempo, le
sirvieron para crecer en la perfección...
Como tenía amor propio y también
amor al bien, en cuanto empecé a pensar
seriamente (y lo hice desde muy pequeña), bastaba que
me dijeran que algo no estaba bien para que se me quitasen
las ganas de hacérmelo repetir dos veces... Veo con
agrado que en las cartas de mamá, a medida que iba
creciendo, le daba mayores alegrías. Como no
tenía más que buenos ejemplos a mi alrededor,
quería seguirlos como la cosa más natural del
mundo. Esto es lo que escribía en 1876:
"Hasta Teresa quiere ponerse a veces a hacer
prácticas 11...
Es una niña encantadora, más lista que el
hambre, muy vivaracha, pero de corazón sensible.
Celina y ella se quieren mucho. Se bastan solas para
entretenerse. Todos los días, en cuanto acaban de
comer, Celina va a buscar su gallo y atrapa al primer
golpe la gallina de Teresa. Yo no consigo hacerlo, pero
ella es tan hábil que la coge a la primera.
Después se van las dos con sus animalitos a
sentarse al amor de la
[9rº] lumbre, y
así se entretienen un buen rato. (La gallina y el
gallo me los había regalado Rosita, y yo le di el
gallo a Celina).
"El otro día Celina durmió conmigo y
Teresa se acostó en el segundo piso en la cama de
Celina. Había pedido a Luisa que la bajase abajo
para vestirla, y cuando Luisa subió a buscarla
encontró la cama vacía. Teresa había
oído a Celina y había bajado con ella.
Luisa le dijo: -¿O sea, que no quieres bajar a
vestirte? -No, Luisa, no, nosotras somos como las dos
gallinitas, que no pueden separarse. Y al decir esto, se
abrazaban y se estrechaban la una contra la otra...
"Luego, por la tarde, Luisa, Celina y Leonia se fueron
al Círculo Católico y dejaron en casa a la
pobre Teresa, que entendía perfectamente que ella
era demasiado pequeña para ir, y decía:
-¡Si por lo menos quisieran acostarme en la cama de
Celina...! Pero no, no quisieron... Ella no dijo nada y
se quedó sola con su lamparita. Al cuarto de hora
estaba ya profundamente dormida..."
Otro día, mamá escribía
también:
"Celina y Teresa son inseparables, no es
fácil ver a dos niñas que se quieran tanto.
Cuando María viene a buscar a Celina para la
clase, la pobre Teresa se queda hecha un mar de
lágrimas. ¡Ay, qué va a ser de ella si
se va su amiguita...! María se compadece y se la
lleva también, y la pobre criatura se pasa dos o
tres horas sentada en una silla. Le dan unas cuentas para
que las ensarte o algún trapo para que cosa; no se
atreve a rebullir y lanza con frecuencia profundos
suspiros. Cuando se le desenhebra la aguja, intenta
volver a enhebrarla, y es curioso verla cuando no lo
consigue y sin atreverse a molestar a María.
Pronto se ven dos gruesas lágrimas correr por sus
mejillas... María
[9vº] la
consuela inmediatamente y le vuelve a enhebrar la aguja,
y el pobre angelito sonríe a través de sus
lágrimas..."
Recuerdo, en efecto, que no podía vivir sin
Celina, y que prefería levantarme de la mesa sin
terminar el postre a no irme tras ella. En cuanto se
levantaba, me volvía en mi silla alta, pidiendo que
me bajasen, y nos íbamos las dos juntas a jugar.
A veces nos íbamos con la hija de gobernador
12, lo cual me
gustaba mucho a causa del parque y de los preciosos juguetes
que nos enseñaba; pero más que nada iba
allí por complacer a Celina, ya que prefería
quedarme en nuestro jardincito raspando las tapias,
pues quitábamos todas las brillantes lentejuelas que
había en ellas y luego íbamos a
vendérsela a papá que nos las compraba muy
serio.
Los domingos, como yo era muy pequeña para ir a
las funciones religiosas, mamá se quedaba a cuidarme.
Yo me portaba muy bien y andaba de puntillas mientras duraba
la misa. Pero en cuanto veía abrirse la puerta, se
producía una explosión de alegría sin
igual: me precipitaba al encuentro de mi preciosa hermanita,
que llegaba adornada como una capilla
13..., y
le decía: "¡Celina, dame enseguida pan bendito!"
A veces no lo traía, porque había llegado
demasiado tarde... ¡Qué hacer entonces? Yo no
podía pasarme sin él, era "mi misa"...
Pronto encontré la solución: "¿No tienes
pan bendito? ¡Pues hazlo!" Dicho y hecho: Celina
cogía una silla, abría la alacena,
cogía el pan, cortaba una rebanada, y rezaba muy
seria un Ave María sobre él. Luego me lo
ofrecía, y yo, después de hacer con él
la señal de la cruz, lo comía con gran
devoción, encontrándole exactamente el mismo
gusto [10rº] que
el del pan bendito...
Con frecuencia hacíamos juntas conferencias
espirituales. He aquí un ejemplo que entresaco de
las cartas de mamá:
"Nuestras dos queridas pequeñas, Celina y
Teresa, son ángeles de bendición, tienen
una naturaleza verdaderamente angelical. Teresa
constituye la alegría y la felicidad de
María, y su gloria. Es increíble lo
orgullosa que está de ella. La verdad es que tiene
salidas de lo más sorprendentes para su edad y le
da cien vueltas a Celina, que tiene el doble de
años. El otro día decía Celina:
"¿Cómo puede estar Dios en una hostia tan
pequeña?" Y la pequeña contesto: "Pues no
es tan extraño, porque Dios es todopoderoso".
"¿Y qué quiere decir todopoderoso?"
"¡Pues que hace todo lo que quiere"..."
Yo
lo escojo todo
Un día, Leonia, creyéndose ya demasiado
mayor para jugar a las muñecas, vino a nuestro
encuentro con una cesta llena de vestiditos y de preciosos
retazos para hacer más. Encima de todo venía
acostada su muñeca. "Tomad, hermanitas -nos dijo-,
escoged, os lo doy todo para vosotras". Celina alargó
la mano y cogió un mazo de orlas de colores que le
gustaba. Tras un momento de reflexión, yo
alargué a mi vez la mano, diciendo: "¡Yo lo
escojo todo!", y cogí la cesta sin más
ceremonias. A los testigos de la escena la cosa les
pereció muy justa, y ni a la misma Celina se le
ocurrió quejarse (aunque la verdad es que juguetes no
le faltaban, pues su padrino la colmaba de regalos, y Luisa
encontraba la forma de agenciarle todo lo que deseaba).
Este insignificante episodio de mi infancia es el resumen
de toda mi vida. Más tarde, cuando se ofreció
ante mis ojos el horizonte de la perfección,
comprendí que para ser santa había que sufrir
mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de
sí misma. Comprendí que en la
perfección había muchos grados, y que cada
alma [10vº] era
libre de responder a las invitaciones del Señor y de
hacer poco o mucho por él, en una palabra, de escoger
entre los sacrificios que él nos pide. Entonces, como
en los días de mi niñez, exclamé: "Dios
mío, yo lo escojo todo. No quiero ser santa
a medias, no me asusta sufrir por ti, sólo me
asusta una cosa: conservar mi voluntad.
Tómala, ¡pues "yo escojo todo" lo que tú
quieres...!
Pero tengo que cortar. No debo adelantarme todavía
a hablarte de mi juventud, sino de aquel diablillo de cuatro
años.
Recuerdo un sueño que debí tener por esta
edad, y que se me grabó profundamente en la
imaginación. Una noche soñé que
salía a dar un paseo, yo sola, por el jardín.
Al llegar al pie de la escalera que tenía que subir
para llegar él, me paré, sobrecogida de
espanto. Delante de mí, cerca del emparrado,
había un bidón de cal y sobre el bidón
estaban bailando dos horribles diablillos con una
agilidad asombrosa a pesar de las planchas que llevaban en
los pies. De repente, fijaron en mí sus ojos
encendidos y luego, en ese mismo momento, como si estuvieran
todavía más asustados que yo, saltaron del
bidón al suelo y fueron a esconderse en la
ropería, que estaba allí enfrente. Al ver que
eran tan poco valientes, quise saber lo que iban a hacer y
me acerqué a la ventana. Allí estaban los
pobres diablillos, corriendo por encima de las mesas y sin
saber qué hacer para huir de mi mirada; a veces se
acercaban a la ventana mirando nerviosos si yo seguía
allí, y, al verme, volvían a echar a correr
como desesperados.
Seguramente este sueño no tiene nada de
extraordinario. Sin embargo, creo que Dios ha querido que lo
recuerde siempre para hacerme ver que un alma en estado de
gracia no tiene nada que temer de los demonios, que son unos
cobardes, capaces de huir ante la mirada de un
niño...
[11rº] Voy a
copiar aquí otro pasaje que encuentro en las cartas
de mamá. Nuestra pobre mamaíta
presentía ya el final de su destierro
14:
"Las dos pequeñas no me preocupan.
Están muy bien las dos, son naturalezas
privilegiadas; sin duda alguna, serán buenas.
María y tú podréis educarlas
perfectamente. Celina no comete nunca la menor falta
voluntaria. También la pequeña será
buena; no diría una mentira ni por todo el oro del
mundo. Tiene una agudeza como no la he visto en ninguna
de vosotras".
"El otro día estaba en la tienda con Celina y
con Luisa. Hablaba de sus prácticas y
discutía animadamente con Celina. La señora
le preguntó a Luisa: ¿Qué es lo que
quiere decir? Cuando juega en el jardín, no se oye
hablar más que de prácticas? La
señora de Gaucherin se asoma a la ventana para
tratar de entender qué significa esa
discusión sobre las prácticas...
"Esta criatura constituye nuestra felicidad.
Será buena, se le ve ya el germen: no sabe hablar
más que de Dios, y por nada del mundo
dejaría de rezar sus oraciones. Me gustaría
que la vieras contar cuentos, no he visto nunca cosa
más graciosa. Encuentra ella solita la
expresión y el tono apropiados, sobre todo cuando
dice: "Niño de rubios cabellos, ¿dónde
crees que está Dios?" Y cuando llega a aquello de
"Allá arriba, en lo alto del cielo azul", dirige
la mirada hacia lo alto con una expresión
angelical. No nos cansamos de hacérselo repetir,
¡resulta tan hermoso! Hay algo tan celestial en su
mirada, que uno se queda extasiado..."
Madre mía querida, ¡qué feliz era yo a
esa edad! Empezaba ya a gozar de la vida, se me hacía
atractiva la virtud y creo que me hallaba en las mismas
disposiciones que hoy, con un gran
[11vº] dominio ya
sobre mis actos.
¡Ay, qué rápidos pasaron los
años soleados de mi niñez! Pero también
¡qué huella tan dulce dejaron en mi alma!
Recuerdo ilusionada los días en que papá nos
llevaba al Pabellón 15.
Hasta los más pequeños detalles se me grabaron
en el corazón...
Recuerdo, sobre todo, los paseos del domingo, en los que
siempre nos acompañaba mamá... Aún
siento en mi interior las profundas y poéticas
impresiones que nacían en mi alma a la vista de los
campos de trigo esmaltados de acianos y de flores
silvestres. Me gustaban ya los amplios horizontes...
El espacio y los gigantescos abetos, cuyas ramas tocaban el
suelo, dejaban en mi alma una impresión parecida a la
que siento hoy todavía a la vista de la
naturaleza...
Con frecuencia, durante esos largos paseos, nos
encontrábamos con algún pobre, y Teresita era
siempre la encargada de llevarles la limosna, cosa que le
encantaba. Pero a menudo también, pareciéndole
a papá que el camino era demasiado largo para su
reinecita, la llevaba a casa antes que a las demás
(muy a su pesar); y entonces, para consolarla, Celina
llenaba de margaritas su linda cestita y, a la vuelta, se
las daba. Pero, ¡ay!, la pobre abuelita
16 pensaba que
su nieta tenía demasiadas y cogía una buena
parte de ellas para su Virgen... Esto no le gustaba a
Teresita, pero se guardaba muy bien de decir nada, pues
había adquirido la buena costumbre de no quejarse
nunca. Incluso cuando le quitaban lo que era suyo o cuando
la acusaban injustamente, prefería callarse y no
excusarse, lo cual no era mérito suyo sino virtud
natural... ¡Qué lastima que esta buena
disposición se haya desvanecido...!
[12rº]
Sí, verdaderamente todo me sonreía en la
tierra. Encontraba flores a cada paso que daba, y mi
carácter alegre contribuía también a
hacerme agradable la vida.
Pero un nuevo período se iba a abrir para mi alma.
Tenía que pasar por el crisol de la prueba y sufrir
desde mi infancia, para poder ofrecerme mucho antes a
Jesús. Igual que las flores de la primavera comienzan
a germinar bajo la nieve y se abren a los primeros rayos del
sol, así también la florecita cuyos recuerdos
estoy escribiendo tuvo que pasar también por el
invierno de la tribulación...
NOTAS AL
CAPÍTULO I
1
Iniciales de Jesús, María, José, Teresa
de Ávila. Encabezamiento que se usa en el Carmelo, y
que encontraremos en Teresa en casi todas partes. volver
2
La "Virgen de la Sonrisa", que en la actualidad remata la
urna de la Santa. Juega un papel fundamental en la vida de
Teresa, curándola, en su infancia, de su enfermedad
nerviosa (29vº/31rº) y acompañándola
en su agonía en la enfermería. volver
3
Familia de Teresa: en ese momento, tres lirios en el
Carmelo; otro lirio (Leonia) en la Visitación; los
dos tallos benditos (sus padres), que se han encontrado ya
con los cuatro lirios, los hermanos y hermanas muertos en
temprana edad. volver
4
Primera infancia en Alençon (hasta la muerte de su
madre); infancia en Los Buissonnets (hasta la gracia de
Navidad de 1886); y luego, desde 1886 hasta la fecha de
redacción del Ms A (1895). volver
5
En este lugar, Teresa incluye una hoja (5rº/vº),
para transcribir varios pasajes de cartas de la
señora de Martin que le había facilitado la
madre Inés. volver
6
Su hermana María. Había salido del internado
(la Visitación de Le Mans) el 2/8/1875. volver
7
Armandina Dagorau, su compañera de primera
comunión, a la que la señora de Martin
había "vestido, según la emotiva costumbre de
las familias acomodadas de Alençon. Esta niña
no se separó de Leonia un solo instante de este
hermoso día; y por la noche, en el banquete solemne,
la pusieron en el puesto de honor" (HA). volver
8
Rosa Taillé, que vivía en Semallé, a
dos horas de camino de Alençon. Teresa estuvo a sus
cuidados desde el 15 ó el 16 de marzo de 1873 hasta
el 2 de abril de 1874. volver
9
El 29/3/1875, visita a la hermana de la señora de
Martin, sor María Dositea, en la Visitación.
volver
10
Luisa Marais, criada de la familia Martin en Alençon.
volver
11
"Sacrificios". volver
12
El gobierno civil se encontraba en la calle San Blas,
enfrente de la casa de la familia Martin. volver
13
Expresión del señor Martin. volver
14
La enfermedad, de índole cancerosa, cuyos primeros
síntomas aparecieron ya en 1865, se declaró
abiertamente en octubre de 1876. volver
15
Pequeña propiedad que el señor Martin
había comprado antes de casarse (actualmente, calle
del Pabellón de santa Teresa). volver
16
La madre del señor Martin. volver
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