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Santa Teresa de
Lisieux - Historia de un
alma
(�ndice)
Manuscrito
A
DEDICADO A LA
REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
CAPÍTULO II
EN LOS BUISSONNETS
(1877-1881)
Muerte
de mamá
Todos los detalles de la enfermedad de nuestra querida
madre siguen todavía vivos en mi corazón. Me
acuerdo, sobre todo, de las últimas semanas que
pasó en la tierra.
Celina y yo vivíamos como dos pobres desterradas.
Todas las mañanas, venía a buscarnos la
señora de Leriche 17
y pasábamos el día en su casa. Un día,
no habíamos tenido tiempo de rezar nuestras oraciones
antes de salir, y por el camino Celina me dijo muy bajito:
-"¿Tenemos que decirle que no hemos rezado..."
-"Sí", le contesté, y entonces ella se lo dijo
muy tímidamente a la señora de Leriche, que
nos respondió: -"Bien, hijitas, ahora las
haréis". Y dejándonos solas en una
habitación muy grande, se fue... Entonces Celina me
miró y dijimos: "¡Ay, no es como con
mamá...! Ella nos hacía rezar todos los
días..."
Cuando jugábamos con las niñas, nos
perseguía de continuo el recuerdo de nuestra madre
querida. Una vez que a Celina le dieron un albaricoque, se
inclinó hacia mí y me dijo muy bajito: "No lo
comeremos, se lo daré a mamá". Pero,
¡ay!, nuestra pobre mamaíta estaba ya demasiado
enferma para comer las frutas de la tierra. Ya sólo
en el cielo podría saciarse con la gloria de
Dios y beber con Jesús el vino misterioso del
que él habló en la última cena cuando
dijo que lo compartiría con nosotros en el reino de
su Padre.
También la impresionante ceremonia de la
unción de los enfermos se quedó grabada en mi
alma. Aún veo el lugar donde yo estaba, al lado de
Celina. Estábamos las cinco colocadas por
[12vº] orden de
edad, y nuestro pobre papaíto estaba también
allí sollozando...
El día de la muerte de mamá
18, o al
día siguiente, me cogió en brazos,
diciéndome: "Ve a besar por última vez a tu
pobre mamaíta". Y yo, sin decir nada, acerqué
mis labios a la frente de mi madre querida...
No recuerdo haber llorado mucho. No le hablaba a nadie de
los profundos sentimientos que me embargaban... Miraba y
escuchaba en silencio... Nadie tenía tiempo para
ocuparse de mí, así que vi muchas cosas que
hubieran querido ocultarme. En un determinado momento, me
encontré frente a la tapa del ataúd... Estuve
un largo rato contemplándolo. Nunca había
visto ninguno. Sin embargo, comprendía... Era yo tan
pequeña, que, a pesar de la baja estatura de
mamá, tuve que levantar la cabeza para verlo entero,
y me pareció muy grande... y muy
triste...
Quince años más tarde, me encontré
delante de otro ataúd, el de la madre Genoveva . Era
del mismo tamaño que el de mamá, ¡y me
pareció estar volviendo a los días de mi
infancia...! Todos los recuerdos se agolparon en mi mente.
Era la misma Teresita la que miraba; pero ahora había
crecido y el ataúd le parecía
pequeño: ya no necesitaba levantar la cabeza
para verlo, tan sólo la levantaba para contemplar el
cielo, que le parecía muy alegre, porque todas sus
pruebas se habían terminado y el invierno de su alma
había pasado para siempre...
El día en que la Iglesia bendijo los restos
mortales de nuestra mamaíta del cielo, Dios quiso
darme otra madre en la tierra, y quiso que yo misma la
eligiese libremente. Estábamos juntas las cinco,
mirándonos entristecidas. También Luisa estaba
allí, y al vernos a Celina y a mí, dijo:
"¡Pobrecitas, ya no tenéis madre!" Entonces
Celina se echó en brazos de María, diciendo:
"¡Bueno, tú serás mi mamá!" Yo
estaba acostumbrada a
[13rº] imitarla en
todo; sin embargo, me volví hacia ti, Madre
mía, y como si el futuro hubiera rasgado ya su velo,
me eché en tus brazos, exclamando: "¡Pues mi
mamá será Paulina! "
Como ya dije antes, a partir de esta época de mi
vida entré en el segundo período de mi
existencia, el más doloroso de los tres, sobre todo
tras la entrada en el Carmelo de la que yo había
escogido para que fuese mi segunda "mamá". Este
período se extiende desde la edad de cuatro
años y medio hasta la de catorce
19,
época en la que recuperé mi carácter de
la niñez, a la vez que entraba en lo serio de la
vida.
Tengo que decirte, Madre, que a partir de la muerte de
mamá, mi temperamento feliz cambió por
completo. Yo, tan vivaracha y efusiva, me hice tímida
y callada y extremadamente sensible. Bastaba un mirada para
que prorrumpiese en lágrimas, sólo estaba
contenta cuando nadie se ocupaba de mí, no
podía soportar la compañía de personas
extrañas y sólo en la intimidad del hogar
volvía a encontrar mi alegría. Sin embargo,
seguía rodeada de la mas delicada ternura. El
corazón tan tierno de papá había
añadido al amor que ya tenía un amor
verdaderamente maternal... Y tú, Madre, y
María ¿no erais para mí las más
tiernas y desinteresadas de las madres...? No, si Dios no
hubiese prodigado a su florecilla esos sus rayos
bienhechores, nunca ella hubiera podido aclimatarse a la
tierra, pues era todavía demasiado débil para
soportar las lluvias y las tormentas, y necesitaba calor, el
suave rocío y las brisas de primavera. Nunca le
faltaron [13vº]
todas esas ayudas, Jesús hizo que las encontrase
incluso bajo la nieve del sufrimiento.
Lisieux
No sentí la menor pena al dejar Alençon; a
los niños les gustan los cambios, y vine contenta a
Lisieux 20. Me
acuerdo del viaje y de la llegada al anochecer a la casa de
mi tía. Aún me parece estar viendo a Juana y a
María esperándonos a la puerta... Me
sentía muy feliz de tener unas primitas tan buenas.
Las quería mucho, lo mismo que a mi tía y,
sobre todo, a mi tío; sólo que él me
daba miedo y no me hallaba tan a gusto en su casa como en
los Buissonnets 21,
donde mi vida sí que fue verdaderamente feliz...
Por la mañana, tú te acercabas a mí,
preguntándome si había ofrecido ya mi
corazón a Dios; luego me vestías,
hablándome de él, y a continuación
rezaba mis oraciones a tu lado.
Después venía la clase de lectura. La
primera palabra que logré leer sola fue
ésta:"cielos". Mi querida madrina se encargaba de las
clases de escritura, y tú, Madre, de todas las
demás. No tenía gran facilidad para aprender,
pero sí buena memoria. El catecismo, y sobre todo la
Historia Sagrada, eran mis asignaturas preferidas, las
estudiaba con verdadero placer; en cambio la
gramática me hizo derramar muchas lágrimas...
¿Te acuerdas del masculino y el femenino?
En cuanto terminaba la clase, subía al mirador
22 para
llevarle a papá mi condecoración y mis notas.
¡Qué feliz me sentía cuando podía
decirle: "Tengo un 5 sin excepción, Paulina lo dijo
la primera...!" Pues cuando te preguntaba yo si tenía
5 sin excepción y tú me contestabas que
sí, era para mí como obtener un punto menos.
También me dabas vales, y cuando había reunido
un cierto número de ellos conseguía un
recompensa y un día de asueto. Recuerdo que esos
días [14rº]
se me hacían mucho más largos que los otros,
cosa que a ti te agradaba pues era señal de que no me
gustaba estar sin hacer nada.
Delicadezas
de papá
Todas la tardes me iba a dar un paseíto con
papá. Hacíamos juntos una visita al
Santísimo Sacramento, visitando cada día una
nueva iglesia. Fue así como entré por vez
primera en la capilla del Carmelo. Papá me
enseñó la reja del coro, diciéndome que
al otro lado había religiosas. ¡Qué lejos
estaba yo de imaginarme que nueve años más
tarde iba a encontrarme yo entre ellas...!
Terminado el paseo (durante el cual papá me
compraba siempre un regalito de cinco o diez
céntimos), volvía a casa. Hacía
entonces los deberes, y después me pasaba todo el
resto del tiempo brincando en el jardín en torno a
papá, pues no sabía jugar a las
muñecas. Una cosa que me encantaba era preparar
tisanas con semillas y cortezas de árbol que
encontraba por el suelo; luego se las llevaba a papá
en una linda tacita; nuestro pobre papaíto
suspendía su trabajo y, sonriendo, hacía como
que bebía, y antes de devolverme la taza me
preguntaba (como a hurtadillas) si había que tirar el
contenido; algunas veces yo le decía que sí,
pero la mayoría de ellas volvía a llevarme mi
preciosa tisana para que me sirviese para más
veces...
Me gustaba cultivar mis florecitas en el jardín
que papá me había regalado. Me
entretenía levantando altarcitos en un hueco que
había en medio de la tapia; cuando terminaba,
corría a buscar a papá y arrastrándole
detrás de mí le decía que cerrase bien
los ojos y que no los abriera hasta que yo se lo mandase. El
hacía todo lo que yo quería y se dejaba
conducir ante mi jardincito. Entonces yo gritaba:
"¡Papá, abre los ojos!" El los abría
[14vº] y, por
complacerme, se quedaba extasiado, admirando lo que a
mí me parecía toda una obra de arte...
Si quisiera contar otras mil anécdotas de esta
índole que se agolpan en mi memoria, nunca
terminaría... ¿Cómo relatar todas las
caricias que "papá" prodigaba a su reinecita?
Hay cosas que siente el corazón y que ni la palabra
ni siquiera el pensamiento pueden expresar...
¡Qué hermosos eran para mí los
días en que mi rey querido me llevaba con él a
pescar! ¡Me gustaban tanto el campo, las flores y los
pájaros! A veces intentaba pescar con mi
cañita. Pero prefería ir a sentarme sola en la
hierba florida. Entonces mis pensamientos se hacían
muy profundos, y sin saber lo que era meditar, mi alma se
abismaba en una verdadera oración... Escuchaba los
ruidos lejanos... El murmullo del viento y hasta la
música difusa de los soldados, cuyo sonido llegaba
hasta mí, me llenaban de dulce melancolía el
corazón... La tierra me parecía un lugar de
destierro y soñaba con el cielo...
La tarde pasaba rápidamente, y pronto había
que volver a los Buissonnets. Pero antes de partir, tomaba
la merienda que había llevado en mi cestita. La
hermosa rebanada de pan con mermelada que tú
me habías preparado había cambiado de aspecto:
en lugar de su vivo color, ya no veía más que
un pálido color rosado, todo rancio y revenido...
Entonces la tierra me parecía aún más
triste, y comprendía que sólo en el cielo la
alegría sería sin nubes...
Hablando de nubes, me acuerdo que un día el
hermoso cielo azul de la campaña se encapotó y
que pronto se puso a rugir la tormenta. Los
relámpagos hacían surcos en las nubes oscuras
y vi caer un rayo a corta distancia. Lejos de asustarme,
estaba encantada: ¡me parecía que Dios
[15rº] estaba muy
cerca de mí...! Papá no estaba en absoluto tan
contento como su reinecita; no porque tuviese miedo a la
tormenta, sino porque la hierba y las grandes margaritas
(que levantaban más que yo) centelleaban de piedras
preciosas y teníamos que atravesar varios prados
antes de encontrar un camino; así que mi querido
papaíto, para que los diamantes
23 no mojasen
a su hijita, se la echó a hombros a pesar de su
equipo de pesca.
Durante los paseos que daba con papá, le gustaba
mandarme a llevar la limosna a los pobres con que nos
encontrábamos. Un día, vimos a uno que se
arrastraba penosamente sobre sus muletas. Me acerqué
a él para darle una moneda; pero no
sintiéndose tan pobre como para recibir una limosna,
me miró sonriendo tristemente y rehusó tomar
lo que le ofrecía. No puedo decir lo que sentí
en mi corazón. Yo quería consolarle,
aliviarle, y en vez de eso, pensé, le había
hecho sufrir. El pobre enfermo, sin duda, adivinó mi
pensamiento, pues lo vi volverse y sonreírme.
Papá acababa de comprarme un pastel y me entraron
muchas ganas de dárselo, pero no me atreví.
Sin embargo, quería darle algo que no me pudiera
rechazar, pues sentía por él un afecto muy
grande. Entonces recordé haber oído decir que
el día de la primera comunión se alcanzaba
todo lo que se pedía. Aquel pensamiento me
consoló, y aunque todavía no tenía
más que seis años, me dije para mí: "El
día de mi primera comunión rezaré por
mi pobre". Cinco años más tarde cumplí
mi promesa, y espero que Dios habrá escuchado la
oración que él mismo me había inspirado
que le dirigiera por uno de sus miembros dolientes...
[15vº] Amaba
mucho a Dios y le ofrecía con frecuencia mi
corazón, sirviéndome de la breve
fórmula que mamá me había
enseñado 24.
Sin embargo, un día, o mejor una tarde del mes de
mayo, cometí una falta que vale la pena contar
aquí. Esta falta me ofreció una buena
ocasión para humillarme y creo que he tenido de ella
perfecta contrición.
Como era demasiado pequeña para ir al mes de
María, me quedaba en casa con Victoria
25 y
hacía con ella mis devociones ante mi altarcito de
María, que yo arreglaba a mi manera. Era todo tan
pequeño, candeleros y floreros, que dos cerillas, que
hacían de velas, bastaban para alumbrarlo. En alguna
que otra ocasión, Victoria me daba la sorpresa de
regalarme dos cabitos de vela, pero raras veces. Una tarde,
estaba todo preparado para ponernos a rezar, y le dije:
"Victoria, ¿quieres comenzar el Acordaos? Voy a
encender". Ella hizo ademán de empezar, pero no dijo
nada y me miró riéndose. Yo, que veía
que mis preciosas cerillas se consumían
rápidamente, le supliqué que dijese la
oración. Ella continuó callada. Entonces,
levantándome, le dije a gritos que era mala y,
saliendo de mi dulzura habitual, empecé a patalear
con todas mis fuerzas.... A la pobre Victoria se le quitaron
las ganas de reír, me miró asombrada y me
enseñó los cabos de vela que había
traído...Y yo, después de haber derramado
lágrimas de rabia, lloré lágrimas de
sincero arrepentimiento, con el firme propósito de no
volver a hacerlo nunca...
En otra ocasión me ocurrió una nueva
aventura con Victoria, pero de ésta no tuve que
arrepentirme, pues conservé perfectamente la calma.
Yo quería un tintero, que estaba sobre la chimenea de
la cocina. Como era muy pequeña para cogerlo, le
pedí muy amablemente a Victoria que
[16rº] me lo
diese, pero ella se negó, diciéndome que me
subiese a una silla. Cogí una silla sin replicar,
pero pensando que ella no había sido nada amable que
digamos. Y queriendo hacérselo saber, busqué
en mi cabecita el insulto que más me ofendía.
Ella, cuando estaba enfadada conmigo, solía llamarme
"mocosa", lo cual me humillaba mucho. Así que,
antes de bajarme de la silla, me volví hacia
ella con gran dignidad y le dije: "¡Victoria,
eres una mocosa!" Y me escapé corriendo,
dejándola que meditase las profundas palabras que
acababa de dirigirle... El resultado no se hizo esperar,
pues pronto la oí gritar: "¡Señorita
María..., Teresa acaba de llamarme mocosa!" Vino
María y me hizo pedirle perdón, pero lo hice
sin contrición, pues me parecía que si
Victoria no había querido estirar su largo
brazo para hacerme un pequeño favor,
merecía bien el título de mocosa...
Sin embargo, Victoria me quería mucho, y yo
también a ella. Un día me sacó de un
gran aprieto, en el que yo había caído
por mi culpa. Victoria estaba planchando y tenía a su
lado un cubo de agua. Yo estaba mirándola,
balanceándome (como de costumbre) en una silla. De
repente, me falló la silla y caí, pero no al
suelo, sino ¡¡¡dentro del cubo...!!!
Estaba tocando la cabeza con los pies, y llenaba el cubo
como un pollito llena el huevo... La pobre Victoria me
miraba enormemente sorprendida, pues nunca había
visto cosa igual. Yo no veía la hora de salir del
cubo, pero imposible, la prisión era tan justa que no
podía hacer el menor movimiento. Con cierta
dificultad, Victoria me salvó del gran
aprieto; lo que no pudo salvar fue mi vestido y todo lo
demás, y se vio obligada a cambiarme, pues estaba
hecha una sopa.
Otra vez me caí en la chimenea. Por suerte el
fuego no estaba [16vº]
encendido, y Victoria no tuvo más trabajo que
el de levantarme y sacudirme la ceniza que me cubría
de pies a cabeza. Todas estas aventuras me sucedían
los miércoles, mientras tú y María
estabais en el canto.
Primera
confesión
Fue también un miércoles cuando vino a
visitarnos el Sr. Ducellier 26.
Cuando Victoria le dijo que no había nadie en casa,
más que Teresita, entró a la cocina para
verme, y estuvo mirando mis deberes. Me sentí muy
orgullosa de recibir a mi confesor, pues había hecho
poco antes mi primera confesión.
¡Qué dulce recuerdo aquel...! ¡Con
cuánto esmero me preparaste, Madre querida,
diciéndome que no era a un hombre a quien iba a decir
mis pecados, sino a Dios! Estaba profundamente convencida de
ello, por lo que me confesé con gran espíritu
de fe, y hasta te pregunté si no tendría que
decirle al Sr. Ducellier que lo amaba con todo el
corazón, ya que era a Dios a quien le iba a hablar en
su persona...
Bien instruida acerca de todo lo que tenía que
decir y hacer, entré al confesionario y me puse de
rodillas; pero al abrir la ventanilla, el Sr. Ducellier no
vio a nadie: yo era tan pequeña, que mi cabeza
quedaba por debajo de la tabla de apoyar las manos. Entonces
me mandó ponerme de pie. Obedecí en seguida,
me levanté y, poniéndome exactamente frente a
él para verle bien, me confesé como una
persona mayor, y recibí su bendición
con gran fervor, pues tú me habías dicho que
en esos momentos las lágrimas del Niño
Jesús purificarían mi alma. Recuerdo que
en la primera exhortación que me hizo me
invitó, sobre todo, a que tener devoción a la
Santísima Virgen, y yo prometí redoblar mi
ternura hacia ella. Al salir del confesionario, me
sentía tan contenta y ligera, que nunca había
sentido tanta alegría en mi
[17rº] alma.
Después volví a confesarme en todas las
fiestas importantes, y cada vez que lo hacía era para
mí una verdadera fiesta.
Fiestas
y domingos en familia
¡Las fiestas...! ¡Cuántos recuerdos me
trae esta palabra...! ¡Cómo me gustaban las
fiestas...! Tú, Madre querida, sabías
explicarme tan bien todos los misterios que en cada una de
ellas se encerraban, que eran para mí
auténticos días de cielo. Me gustaban, sobre
todo, las procesiones del Santísimo. ¡Qué
alegría arrojar flores al paso del Señor...!
Pero en vez de dejarlas caer, yo las lanzaba lo más
alto que podía, y cuando veía que mis hojas
deshojadas tocaban la sagrada custodia, mi felicidad llegaba
al colmo...
¡Las fiestas! Si bien las grandes eran raras, cada
semana traía una muy entrañable para
mí.: "el domingo". ¡Qué día el
domingo...! Era la fiesta de Dios, la fiesta del descanso.
Empezaba por quedarme en la cama más tiempo que los
otros días; además, mamá Paulina mimaba
a su hijita llevándole el chocolate a la cama, y
después la vestía como a una reinecita...
La madrina venía a peinar los rizos de su
ahijada, que no siempre era buena cuando le alisaban
el pelo, pero luego se iba muy contenta a coger la mano de
su rey, que ese día la besaba con mayor
ternura aún que de ordinario.
Después toda la familia iba a misa. Durante todo
el camino, y también en la iglesia, la reinecita de
papá le daba la mano. Su sitio estaba junto al de
él, y cuando teníamos que sentarnos para el
sermón, había que encontrar también dos
sillas, una junto a otra. Esto no resultaba muy
difícil, pues todo el mundo parecía encontrar
tan entrañable el ver a un anciano tan venerable
27 con una
hija tan pequeña, que la gente se apresuraba a
cedernos el asiento. Mi tío, que ocupaba los bancos
de los mayordomos, gozaba al vernos llegar y decía
que yo era su
[17vº] rayito de
sol...
No me preocupaba lo más mínimo que me
mirasen. Escuchaba con mucha atención los sermones,
aunque no entendía casi nada. El primero que
entendí, y que me impresionó
profundamente, fue uno sobre la pasión, predicado
por el Sr. Ducellier, y después entendí ya
todos los demás. Cuando el predicador hablaba de
santa Teresa, papá se inclinaba y me decía muy
bajito: "Escucha bien, reinecita, que está hablando
de tu santa patrona". Y yo escuchaba bien, pero miraba
más a papa que al predicador. ¡Me decía
tantas cosas su hermoso rostro...! A veces sus ojos se
llenaban de lágrimas que trataba en vano de
contener. Tanto le gustaba a su alma abismarse en las
verdades eternas, que parecía no pertenecer ya a esta
tierra... Sin embargo, su carrera estaba aún muy
lejos de terminar: tenían que pasar todavía
largos años antes de que el hermoso cielo se abriera
ante sus ojos extasiados y de que el Señor enjugara
las lágrimas de su servidor fiel y
cumplidor...
Pero vuelvo a mi jornada del domingo. Aquella alegre
jornada, que pasaba con tanta rapidez, tenía
también su fuerte tinte de melancolía.
Recuerdo que mi felicidad era total hasta Completas
28. Durante
esta Hora del Oficio, me ponía a pensar que el
día de descanso se iba a terminar, que al día
siguiente había que volver a empezar la vida normal,
a trabajar, a estudiar las lecciones, y mi corazón
sentía el peso del destierro de la tierra... y
suspiraba por el descanso eterno del cielo, por el
domingo sin ocaso de la patria...
Hasta los paseos que dábamos antes de volver a los
Buissonnets dejaban en mi alma un sentimiento de tristeza.
En ellos la familia ya no estaba completa, pues papá,
por dar gusto a mi tío, le dejaba a María o a
Paulina la tarde de los domingos.
[18rº] Sólo
me sentía realmente contenta cuando me quedaba yo
también. Prefería eso a que me invitasen a
mí sola, pues así se fijaban menos en
mí.
Mi mayor placer era oír hablar a mi tío,
pero no me gustaba que me hiciese preguntas, y sentía
mucho miedo cuando me ponía sobre una de sus rodillas
y cantaba con voz de trueno la canción de Barba
Azul...
Cuando papá venía a buscarnos, me
ponía muy contenta. Al volver a casa, iba mirando las
estrellas, que titilaban dulcemente, y esa
visión me fascinaba... Había, sobre todo, un
grupo de perlas de oro en las que me fijaba muy gozosa, pues
me parecía que tenían forma de T (poco
más o menos esta forma ). Se lo enseñaba a
papá, diciéndole que mi nombre estaba escrito
en el cielo, y luego, no queriendo ver ya cosa alguna de
esta tierra miserable, le pedía que me guiase
él. Y entonces, sin mirar dónde ponía
los pies, levantaba bien alta la cabeza y caminaba sin dejar
de contemplar el cielo estrellado...
¿Y qué decir de las veladas de invierno,
sobre todo de las de los domingos? ¡Cómo me
gustaba sentarme con Celina, después de la partida
de damas, en el regazo de papá...! Con su hermosa
voz, cantaba tonadas que llenaban el alma de pensamientos
profundos..., o bien, meciéndonos dulcemente,
recitaba poesías impregnadas de verdades eternas.
Luego subíamos para rezar las oraciones en
común, y la reinecita se ponía solita junto a
su rey, y no tenía más que mirarlo para saber
cómo rezan los santos...
Finalmente, íbamos todas, por orden de edad, a dar
las buenas noches a papá y a recibir un beso. La
reina iba, naturalmente, la última, y el rey, para
besarla, la [18vº]
cogía por los codos, y ella exclamaba bien alto:
"Buenas noches, papá, hasta mañana, que
duermas bien". Y todas las noches se repetía la
escena...
Después mi mamaíta me cogía en
brazos y me llevaba hasta la cama de Celina, y yo entonces
le decía: "Paulina, ¿he sido hoy bien
buenecita...? ¿Vendrán los angelitos a volar
a mi alrededor ?" La respuesta era siempre sí,
pues de otro modo me hubiera pasado toda la noche
llorando... Después de besarme, al igual que mi
querida madrina, Paulina volvía a bajar y la
pobre Teresita se quedaba completamente sola en la
oscuridad. Y por más que intentaba imaginarse a los
angelitos volando a su alrededor, no tardaba en
apoderarse de ella el terror; las tinieblas le daban miedo,
pues desde su cama no alcanzaba a ver las estrellas que
titilaban dulcemente...
Considero una auténtica gracia el que tú,
Madre querida, me hayas acostumbrado a superar mis miedos. A
veces me mandabas sola, por la noche, a buscar un objeto
cualquiera en alguna habitación alejada. De no haber
sido tan bien dirigida, me habría vuelto muy miedosa,
mientras que ahora es difícil que me asuste por
nada...
A veces me pregunto cómo pudiste educarme con
tanto amor y delicadeza, y sin mimarme, pues la verdad es
que no me dejabas pasar ni una sola imperfección.
Nunca me reprendías sin motivo, pero tampoco te
volvías nunca atrás de una decisión que
hubieras tomado. Tan convencida estaba yo de esto, que no
hubiera podido ni querido dar un paso si tú me lo
habías prohibido. Hasta papá se veía
obligado a someterse a tu voluntad. Sin el consentimiento de
Paulina, yo no salía de paseo; y si cuando
papá me pedía que fuese, yo respondía:
"Paulina no quiere",
[19rº] entonces
él iba a implorar gracia para mí. A veces
Paulina, por complacerlo, decía que sí, pero
Teresita leía en su cara que no lo decía de
corazón y entonces se echaba a llorar y no
había forma de consolarla hasta que Paulina
decía que sí y la besaba de
corazón.
Cuando Teresita caía enferma, como le
sucedía todos los inviernos, es imposible decir con
qué ternura maternal era cuidada. Paulina la acostaba
en su propia cama (merced incomparable) y le daba todo lo
que le apetecía. Un día, Paulina sacó
de debajo de la almohada una preciosa navajita suya y
se la regaló a su hijita, dejándola sumida en
un arrobamiento imposible de describir. -"¡Paulina!,
exclamó, ¿así que me quieres tanto, que
te privas por mí de tu preciosa navajita que tiene
una estrella de nácar...? Y si me quieres tanto,
¿sacrificarías también tu reloj para que
no me muriera..." -"No sólo sacrificaría mi
reloj para que no te murieras, sino que lo
sacrificaría ahora mismo por verte pronto curada". Al
oír esas palabras de Paulina, mi asombro y mi
gratitud llegaron al colmo...
En verano, a veces tenía mareos, y Paulina me
cuidaba con la misma ternura. Para distraerme -y éste
era el mejor de los remedios-, me paseaba en
carretilla alrededor del jardín; y luego,
bajándome a mí, ponía en mi lugar una
matita de margaritas y la paseaba con mucho cuidado hasta mi
jardín, donde la colocaba con gran solemnidad...
Paulina era quien recibía todas mis confidencias
íntimas y aclaraba todas mis dudas... En cierta
ocasión, le manifesté mi extrañeza de
que Dios no [19vº]
diera la misma gloria en el cielo a todos los elegidos y mi
temor de que no todos fueran felices. Entonces Paulina me
dijo que fuera a buscar el vaso grande de papá y que
lo pusiera al lado de mi dedalito, y luego que los llenara
los dos de agua. Entonces me preguntó cuál de
los dos estaba más lleno. Yo le dije que estaba tan
lleno el uno como el otro y que era imposible echar en ellos
más agua de la que podían contener. Entonces
mi Madre querida me hizo comprender que en el cielo Dios
daría a sus elegidos tanta gloria como pudieran
contener, y que de esa manera el último no
tendría nada qué envidiar al primero.
Así, Madre querida, poniendo a mi alcance los
más sublimes secretos, sabías tú dar a
mi alma el alimento que necesitaba...
¡Con qué alegría veía yo llegar
cada año la entrega de premios...! Entonces como
siempre, se hacía justicia, y yo no recibía
más recompensas que las que había merecido.
Sola y de pie en medio de la noble asamblea, escuchaba la
sentencia, que era leída por el rey de Francia y
Navarra. El corazón me latía muy fuerte al
recibir los premios y la corona..., ¡era para mí
como una imagen del juicio...! Inmediatamente después
de la entrega, la reinecita se quitaba su vestido blanco, y
se apresuraban a disfrazarla para que tomara parte en la
gran representación...!
Visión
profética
¡Qué alegres eran aquellas fiestas
familiares...! ¡Y qué lejos estaba yo entonces,
viendo a mi rey querido tan radiante, de presagiar las
tribulaciones que iban a visitarlo...!
Un día, sin embargo, Dios me mostró, en una
visión verdaderamente extraordinaria, la imagen viva
de la prueba que él quería prepararnos de
antemano, pues su cáliz se estaba ya llenando.
Papá se encontraba de viaje desde hacía
varios días, y aún faltaban dos
[20rº] para su
regreso. Serían las dos o las tres de la tarde, el
sol brillaba con vivo resplandor y toda la naturaleza
parecía estar de fiesta.
Yo estaba sola, asomada a la ventana de una buhardilla
que daba a la huerta grande. Miraba al frente, con el alma
ocupada en pensamientos risueños, cuando vi delante
del lavadero, que se encontraba justamente allí
enfrente, a un hombre vestido exactamente igual que
papá, de la misma estatura y con la misma forma de
andar; sólo que estaba mucho más
encorvado... Tenía la cabeza cubierta
29 con una
especie de delantal de color indefinido, de suerte que no le
puede ver la cara. Llevaba un sombrero parecido a los de
papá. Lo vi avanzar con paso regular, bordeando mi
jardincito... De pronto un sentimiento de pavor sobrenatural
invadió mi alma; pero inmediatamente pensé que
seguramente papá había regresado y que se
ocultaba para darme una sorpresa. Entonces le llamé a
gritos, con voz trémula de emoción:
"¡Papá, papá...!" Pero el misterioso
personaje no pareció oírme y prosiguió
su marcha regular sin siquiera volverse. Siguiéndole
con la mirada, le vi dirigirse hacia el bosquecillo que
cortaba en dos la avenida principal. Esperaba verlo
reaparecer al otro lado de los grandes árboles,
¡pero la visión profética se había
desvanecido...!
Todo esto no duró más que un instante, pero
se grabó tan profundamente en mi corazón, que
aún hoy, quince años después...,
conservo tan vivo su recuerdo como si la visión
estuviese todavía delante de mis ojos...
María estaba contigo, Madre mía, en una
habitación que tenía comunicación con
aquella en la que yo me encontraba. Y al oírme llamar
a papá, tuvo una sensación de pavor y
pensó, según me dijo después, que
debía estar ocurriendo algo extraordinario.
Disimulando su emoción corrió junto a
mí, preguntándome qué me pasaba para
estar llamando a papá que estaba en Alençon.
[20vº] Entonces le
conté lo que acababa de ver. Para tranquilizarme,
María me dijo que seguramente habría sido
Victoria, que, para meterme miedo, se había cubierto
la cabeza con el delantal. Pero al preguntarle, Victoria
aseguró que ella no había salido de la cocina.
Además, yo estaba bien segura de haber visto a un
hombre y de que ese hombre tenía todas las trazas de
papá. Entonces fuimos las tres al otro lado del
macizo de árboles, y al no encontrar la menor huella
de que alguien hubiese pasado por allí, tú me
dijiste que no pensara más en ello...
Pero no pensar más en ello era algo que no estaba
en mi poder. Mi imaginación me representaba una y
otra vez la escena misteriosa que había visto...
Muchas veces también intenté levantar el velo
que me ocultaba su significado, pues en el fondo del
corazón abrigaba la íntima convicción
de que esta visión tenía un sentido que
algún día se me iba a revelar...
Ese día se hizo esperar largo tiempo, pero catorce
años más tarde Dios mismo rasgó ese
velo misterioso. Estábamos en licencia sor
María del Sagrado Corazón y yo, y
hablábamos como siempre de cosas de la otra vida y de
nuestros recuerdos de la infancia. Yo le recordé la
visión que había tenido a la edad de seis a
siete años, y de pronto, al contar los detalles de
aquella extraña escena, comprendimos las dos a la vez
lo que significaba... Era a papá a quien yo
había visto, caminando encorvado por la edad... Era
él, llevando en su rostro venerable y en su cabeza
encanecida el signo de su prueba gloriosa
30...
Así como la Faz adorable de Jesús estuvo
velada durante su Pasión, así tenía que
estar también velada la faz de su fiel servidor en
los días de sus sufrimientos, para que en la patria
celestial pudiera resplandecer junto a su Señor, el
Verbo eterno... Y desde el seno de esa gloria inefable,
nuestro querido padre, que reina ya en el cielo, nos ha
alcanzado la gracia de comprender la visión
[21rº] que su
reinecita había tenido a una edad en la que no era de
temer que sufriera una ilusión. Desde el seno de la
gloria, nos ha alcanzado el dulce consuelo de comprender
que, diez años antes de nuestra gran
tribulación, Dios quiso mostrárnosla ya, como
un padre hace vislumbrar a sus hijos el porvenir glorioso
que les tiene preparado y se complace en considerar por
adelantado las riquezas incalculables que
constituirán su herencia...
¿Pero por qué Dios me concedió
precisamente a mí esta revelación? ¿Por
qué mostró a una niña tan
pequeña algo que ella no podía comprender,
algo que, de haberlo comprendido, la hubiera hecho morir de
dolor? ¿Por qué...? Es éste, sin duda,
uno de esos misterios que comprenderemos en el cielo ¡y
que será para nosotras causa de eterna
admiración...!
¡Qué bueno es el Señor...! El acompasa
siempre sus pruebas a las fuerzas que nos da. Como acabo de
decir, yo nunca hubiera podido soportar ni tan siquiera la
idea de los amargos sufrimientos que me reservaba el
porvenir... Era incapaz hasta de pensar, sin estremecerme,
que papá pudiese morir...
Una vez, estaba subido a lo alto de una escalera, y como
yo quedaba justamente debajo de él, me gritó:
"Apártate, chiquitita, que si caigo te voy a
aplastar". Al oír eso, me sublevé
interiormente, y, en vez de apartarme, me pegué
más a la escalera, pensando: "Por lo menos, si
papá se cae, no tendré el dolor de verle
morir, pues yo moriré con él".
Me es imposible decir lo mucho que quería a papa.
Todo en él me causaba admiración. Cuando me
explicaba sus ideas (como si yo fuese ya una jovencita), yo
le decía ingenuamente que seguro que si decía
[21vº] todas esas
cosas a los hombres importantes del gobierno,
vendrían a buscarlo para hacerlo rey, y entonces
Francia sería feliz como no lo había sido
nunca... Pero en el fondo me alegraba (y me lo reprochaba a
mí misma como si fuese un pensamiento egoísta)
de que no hubiese nadie más que yo que conociese
bien a papá, pues sabía que si llegara a
ser rey de Francia, sería desdichado, porque
ésta es la suerte de todos los monarcas; y, sobre
todo, ya no sería mi rey, ¡un rey sólo
para mí...!
Trouville
Tenía yo seis o siete años cuando
papá nos llevó a Trouville. Nunca
olvidaré la impresión que me causó el
mar. No me cansaba de mirarlo. Su majestuosidad, el rugido
de las olas, todo le hablaba a mi alma de la grandeza y del
poder de Dios.
Recuerdo que, durante el paseo que dimos por la playa, un
señor y una señora me miraban correr feliz
junto a papá y, acercándose, le preguntaron si
era suya, y dijeron que era una niña muy guapa.
Papá les respondió que sí, pero me di
cuenta de que les hizo señas de que no me dirigiesen
elogios...
Era la primera vez que yo oía decir que era guapa,
y me gustó, pues no creía serlo. Tú
ponías gran cuidado, Madre querida, en alejar de
mí todo lo que pudiese empañar mi inocencia, y
sobre todo en no dejarme escuchar ninguna palabra por la
pudiese deslizarse la vanidad en mi corazón. Y como
yo sólo hacía caso a tus palabras y a las de
María, y vosotras nunca me habíais dirigido un
solo piropo, no di mayor importancia a las palabras y a las
miradas de admiración de aquella señora.
Al atardecer, a esa hora en la que el sol parece querer
bañarse en la inmensidad de las olas, dejando tras de
sí un surco luminoso, iba a sentarme, a solas
con Paulina, en una roca... Y allí recordé el
cuento conmovedor de "El surco de oro"
31...
Estuve contemplando durante mucho tiempo aquel surco
luminoso, imagen de la gracia que ilumina el camino que debe
recorrer la barquilla de airosa vela blanca... Allí,
al lado de Paulina, hice el propósito de no alejar
nunca mi alma de la mirada de Jesús, para que pueda
navegar en paz hacia la patria del cielo...
Mi vida discurría serena y feliz. El cariño
de que vivía rodeada en los Buissonnets me
hacía, por decirlo así, crecer. Pero ya era,
sin duda, lo suficientemente grande para empezar a luchar,
para empezar a conocer el mundo y las miserias de que
está lleno...
NOTAS AL
CAPÍTULO II
17
Esposa de un sobrino del señor Martin, que le
había cedido la joyería en 1870. volver
18
El 28 de agosto de 1877; tenía cuarenta y cinco
años. volver
19
La gracia de Navidad de 1886; pronto va a cumplir 14
años (cf Ms A 45rº/vº). volver
20
El 15/11/1877. El señor Martin había decidido
vivir en Lisieux para acercar a sus hijas a su familia
materna: el señor Guérin y su esposa, y sus
dos hijas, Juana y María. Isidoro Guérin
tenía una farmacia en la plaza de San Pedro. El en
persona vino a buscar a sus sobrinas. volver
21
La HA precisa: "Al día siguiente nos llevaron a
nuestra nueva casa, quiero decir a los Buissonnets, un
barrio solitario situado muy cerca del precioso paseo
llamado "Jardín de la Estrella". La casa me
pareció encantadora: un mirador, desde donde se
extendía la vista hasta muy lejos, un jardín
inglés delante de la fachada, otra huerta grande
detrás de la casa. Todo aquello era una hermosa
novedad para mi joven imaginación. Y en efecto, esta
risueña morada se convirtió en escenario de
muchas y gratas alegrías y de inolvidables escenas
familiares". El barrio se llamaba de los "Buissonnets", y
las hermanas Martin cambiaron ese nombre, para su nueva
vivienda, por el de los "Buissonnets", que muy probablemente
era la denominación primitiva del barrio. volver
22
Segundo piso, tipo buhardilla, en la fachada de los
Buissonnets. volver
23
Las gotas de lluvia o las lágrimas de Teresa (cf
54rº/vº, 63vº, 78vº). volver
24
Teresa repetía con frecuencia esta ofrenda a lo largo
del día: Dios mío, te ofrezco mi
corazón; tómale si quieres, para que ninguna
criatura pueda adueñarse de él, sino
sólo tú, mi buen Jesús (citado por S.
PIAT, Historia de una familia, Burgos, Monte Carmelo, 1950,
p. 208. volver
25
Victoria Pasquer, sirvienta de la familia Martin. volver
26
Párroco de la catedral de San Pedro. volver
27
En 1880 el señor Martin tenía cincuenta y
siete años. volver
28
En aquella época se rezaban inmediatamente
después de Vísperas, al principio de la tarde.
volver
29
Sor María del Sagrado Corazón confirma el
aspecto profético de este detalle, cuando indica que
al principio de su terrible enfermedad "se veía con
mucha frecuencia (al señor Martin) cubrirse la
cabeza" (PA pp. 244-245). volver
30
La parálisis cerebral, que obscurecerá las
facultades del señor Martin al final de su vida y que
lo obligará a ingresar en un sanatorio
psiquiátrico. Cf 71vº al 75vº. volver
31
De un libro de lecturas. La Tirelire aux histoires [La
hucha de los cuentos], de Luisa S. W. Belloc (bajo el
título de "El sendero de oro"). Se trata del
sueño simbólico de una niña que va
navegando sobre el surco de oro del sol poniente, imagen de
la gracia. Pero este episodio hay que situarlo, sin duda
alguna, en otro año, en 1879 ó 1881. volver
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