|
Inicio
Santa Teresa de
Lisieux - Historia de un
alma
(�ndice)
Manuscrito
A
DEDICADO A LA
REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
CAPÍTULO III
AÑOS DOLOROSOS
(1881 - 1883)
Alumna
en la Abadía
Tenía yo ocho años y medio cuando Leonia
salió del internado y yo ocupé su lugar en la
Abadía 32.
He oído decir muchas veces que el tiempo pasado en
el internado es el mejor y el más feliz de la vida.
Para mí no lo fue. Los cinco años que
pasé en él fueron los más tristes de
toda mi vida. Si no hubiera tenido a mi lado a mi querida
Celina, no habría aguantado allí ni un mes sin
caer enferma... La pobre florecita había sido
acostumbrada a hundir sus frágiles raíces en
una tierra selecta, hecha expresamente para ella. Por
eso se le hizo muy duro verse en medio de flores de toda
especie, que tenían a menudo raíces muy poco
delicadas, y obligada a encontrar en una tierra
ordinaria la savia que necesitaba para vivir...
Tú me habías educado tan bien, Madre
querida, que cuando llegué al internado era la
más adelantada de las niñas de mi edad. Me
pusieron en [22vº]
una clase en la que todas las alumnas eran mayores que
yo.
Una de ellas, de 13 a 14 años de edad, era poco
inteligente, pero sabía imponerse a las alumnas, e
incluso a las profesoras. Al verme tan joven, casi siempre
la primera de la clase y querida por todas las religiosas,
se ve que sintió envidia -muy comprensible en una
pensionista- y me hizo pagar de mil maneras mis
pequeños éxitos...
Dado mi natural tímido y delicado, no sabía
defenderme, y me contentaba con sufrir en silencio, sin
quejarme ni siquiera a ti de lo que sufría.
Pero no tenía la suficiente virtud para sobreponerme
a esas miserias de la vida y mi pobre corazoncito
sufría mucho...
Gracias a Dios, todas las tardes volvía al hogar
paterno, y allí se expansionaba mi corazón.
Saltaba al regazo de mi rey, diciéndole las notas que
me habían dado, y sus besos me hacían olvidar
todas las penas...
¡Con qué alegría anuncié el
resultado de mi primera composición (una
composición sobre la Historia Sagrada)!
Sólo me faltó un punto para llegar al
máximo, por no haber sabido el nombre del padre de
Moisés. Era, por lo tanto, la primera de la clase y
traía un hermosa condecoración de plata. Como
premio, papá me regaló una preciosa monedita
de veinte céntimos que eché en un bote
destinado a recibir casi todos los jueves una nueva moneda,
siempre del mismo valor... (De este bote sacaba yo dinero en
determinadas fiestas solemnes, cuando quería dar de
mi bolsillo una limosna para la colecta de la
Propagación de la Fe u otras obras parecidas.)
Paulina, encantada con el triunfo de su
pequeña alumna, le regaló un
[23rº] aro muy
bonito, para animarla a seguir siendo tan estudiosa.
Buena necesidad tenía la pobre niña de
estas alegrías de la familia. Sin ellas, la vida del
internado habría sido demasiado dura para ella.
Días
de vacación
Los jueves por la tarde nos daban asueto. Pero no era
como los asuetos de Paulina, y no los pasaba con papa
en el mirador... Tenía que jugar, no con mi
Celina, cosa que me gustaba mucho cuando
estábamos las dos solas, sino con mis primitas
y con las pequeñas Maudelonde
33. Era para
mí un verdadero martirio, y como no sabía
jugar como las demás niñas, no era una
compañera agradable. Sin embargo, hacía todo
lo posible por imitar a las otras, sin conseguirlo, y me
aburría enormemente, sobre todo cuando había
que pasarse toda la tarde bailando cuadrillas. Lo
único que me gustaba era ir al jardín de la
estrella 34.
Allí era la primera en todo: como cogía flores
en cantidad y sabía encontrar las más bonitas,
despertaba la envidia de mis compañeras...
Otra cosa que también me gustaba era quedarme sola
con María, lo cual sólo ocurría por
casualidad: como entonces no tenía a Celina
Maudelonde que la arrastrase a juegos corrientes, me
dejaba elegir a mí, y yo elegía alguno
totalmente nuevo. María y Teresa se convertían
en ermitañas, que no tenían más
que una pobre cabaña, un pequeño campo de
trigo y unas pocas legumbres que cultivar. Su vida
transcurría en continua contemplación; o sea,
una de las ermitañas reemplazaba a la otra en la
oración cuando había que ocuparse de la vida
activa. Todo se hacía con tal armonía, con tal
silencio y con un estilo tan religioso, que resultaba
perfecto. Cuando nuestra tía venía a buscarnos
para ir a dar un paseo, continuábamos el juego
también en la calle. Las dos ermitañas
rezaban [23vº]
juntas el rosario, sirviéndose de los dedos para no
exhibir su devoción ante un público
indiscreto. Pero un día, la más joven de las
ermitañas se olvidó: le habían dado un
pastel para la merienda, y ella, antes de comerlo, hizo una
gran señal de la cruz, lo que hizo reír a
todos los profanos del siglo...
María y yo nos entendíamos a la
perfección. Hasta tal punto teníamos los
mismos gustos, que una vez nuestra unión de
voluntades se pasó de la raya. Volviendo una
tarde de la Abadía, yo le dije a María:
"Guíame, voy a cerrar los ojos". "Yo también
quiero cerrarlos", me respondió. Dicho y hecho. Cada
una hizo su propia voluntad sin discutir...
Íbamos por la acera, por lo que no teníamos
por qué temer a los coches. Tras un delicioso paseo
de varios minutos, y de saborear el placer de caminar a
ciegas, las dos pequeñas atolondradas cayeron sobre
unas cajas colocadas a la puerta de una tienda, o, mejor
dicho, las tiraron al suelo. El tendero salió, todo
furioso, a recoger su mercancía. Las dos ciegas
voluntarias se levantaron ellas solas y escaparon a todo
correr, con los ojos bien abiertos y perseguidas
por los justos reproches de Juana, que estaba tan enfadada
como el tendero...
En consecuencia, como castigo, decidió separarnos,
y desde aquel día María y Celina fueron
juntas, mientras que yo iba con Juana. Eso puso fin a
nuestra excesiva unión de voluntades y no les
vino mal a las mayores, que nunca estaban de acuerdo y se
pasaban todo el camino discutiendo. De esa manera, la paz
fue completa.
Primera
comunión de Celina
Aún no he dicho nada de mi íntima
relación con Celina.
[24rº] Si fuera a
contarlo todo, nunca acabaría...
En Lisieux se cambiaron los papeles: Celina se
convirtió en un travieso diablillo y Teresa ya no era
más que una niñita muy buena, pero
excesivamente llorona... Eso no era obstáculo
para que Celina y Teresa se quisiesen cada día
más. A veces había entre ellas pequeñas
discusiones, pero no era nada serio, y en el fondo estaban
siempre de acuerdo.
Puedo decir que nunca mi querida hermanita me dio
el menor disgusto, sino que fue para mí como
un rayo de sol, una fuente continua de alegría y de
consuelo... ¿Quién podrá decir con
qué intrepidez me defendía en la Abadía
cuando alguien me acusaba...? Se preocupaba tanto por mi
salud, que a veces me cansaba. De lo que no me cansaba era
de verla jugar. Ponía en fila a toda la tropa
de nuestras muñecas y les daba clase como una maestra
consumada; sólo que tenía mucho cuidado de que
las suyas se portasen siempre bien, mientras que a las
mías las echaba a menudo de clase por su mala
conducta...
Me contaba todas las cosas nuevas que aprendía en
clase, lo cual me divertía mucho, y la tenía
por un pozo de ciencia.
Me había dado el título de "hijita de
Celina", y así, cuando se enfadaba conmigo, su mejor
muestra de que estaba enojada era decirme: "¡Ya no eres
mi hijita, se acabó, me acordaré por toda
la vida...!" Entonces yo no tenía más
remedio que echarme a llorar como una Magdalena,
suplicándole que me volviese a admitir como su
hijita. Inmediatamente me besaba y me prometía que ya
no se volvería a acordar de nada... Y para
consolarme, cogía una de sus muñecas y le
[24vº]
decía: "Cariño, besa a tu tía". Una
vez, la muñeca tenía tanta prisa por besarme
tiernamente, que me metió sus dos bracitos por la
nariz... Celina, que no lo había hecho adrede,
me miraba estupefacta, viendo a la muñeca
colgándome de la nariz. La tía no
tardó mucho en rechazar las efusiones demasiado
tiernas de su sobrina, y se echó a reír
con todas las ganas ante tan singular aventura.
Lo más divertido era vernos comprar las dos a la
vez, en la tienda, los aguinaldos. Nos escondíamos
cuidadosamente la una de la otra. Con sólo 50
céntimos teníamos que comprar, por lo menos,
cinco o seis objetos diferentes, y la cuestión era
quién compraría las cosas más
bonitas. Encantadas con nuestras compras,
esperábamos con impaciencia el primer día del
año para poder ofrecernos una a otra nuestros
magníficos regalos. La primera que se
despertaba se apresuraba a felicitarle a la otra el
año nuevo. Luego nos entregábamos los
aguinaldos y las dos nos quedábamos extasiadas
ante los tesoros que la otra había conseguido con 50
céntimos...
Esos regalitos nos causaban casi tanto placer como los
ricos aguinaldos de mi tío.
Por lo demás, eso no era más que el
principio de nuestras alegrías. Aquel día nos
vestíamos a toda prisa y estábamos al acecho
para saltar al cuello de papá. En cuanto salía
de su habitación, toda la casa se llenaba de gritos
de alegría y nuestro papaíto se mostraba feliz
de vernos tan contentas...
Los aguinaldos que María y Paulina daban a sus
hijitas no eran de gran valor, pero les causaban
también una gran alegría... Y es que en
esa edad aún no estábamos embotadas;
nuestra alma, en toda su lozanía, se abría
como una flor, feliz de recibir el rocío de la
mañana... Un mismo soplo mecía nuestras
corolas, y lo que hacía gozar o sufrir a
[25rº] una
hacía gozar o sufrir a la vez a la otra.
Sí, nuestras alegrías eran comunes. Lo
comprobé muy bien el día de la primera
comunión de mi querida Celina. Yo no iba aún a
la Abadía, pues sólo tenía siete
años; pero conservo en mi corazón el
dulcísimo recuerdo de la preparación que
tú, Madre querida, le hiciste hacer a Celina. Todas
las tardes la sentabas en tu regazo y le hablabas del acto
tan importante que iba a realizar. Yo escuchaba,
ávida de prepararme también, pero muy
frecuentemente me decías que me fuera porque era
todavía demasiado pequeña. Entonces me
ponía muy triste y pensaba que cuatro años no
eran demasiados para prepararse a recibir a Dios...
Una tarde, te oí decir que a partir de la primera
comunión había que empezar una nueva vida. En
ese mismo momento decidí no esperar a ese día,
sino comenzarla al mismo tiempo que Celina...
Nunca supe cuánto la quería como durante su
retiro de tres días. Era la primera vez en mi vida
que estaba lejos de ella y que no me acostaba en su cama...
El primer día me olvidé de que no iba a
volver, y guardé un manojito de cerezas, que
papá me había comprado, para comerlo con ella;
cuando vi que no llegaba, sentí mucha pena.
Papá me consoló diciéndome que al
día siguiente me llevaría a la Abadía
para ver a mi Celina y que podría darle otro manojo
de cerezas...
El día de la primera comunión de Celina me
dejó una impresión parecida a la de la
mía. Al despertarme por la mañana, yo sola en
aquella cama tan grande, me sentí inundada de
alegría. "¡Es hoy...! Ha llegado el gran
día..." No me cansaba de
[25vº] repetir
estas palabras. Me parecía que era yo la que iba a
hacer la primera comunión. Creo que ese día
recibí grandes gracias, y lo considero como uno de
los más hermosos de mi vida...
Paulina
en el Carmelo
He vuelto un poco atrás para evocar este delicioso
y dulce recuerdo. Ahora quiero hablarte de la dolorosa
prueba que vino a destrozar el corazón de Teresita
cuando Jesús le arrebató a su querida
mamá, a su Paulina ¡a la que tan
tiernamente quería...!
Un día, yo había dicho a Paulina que me
gustaría ser solitaria, irme con ella a un desierto
lejano. Ella me contestó que ése era
también su deseo y que esperaría a que
yo fuese mayor para marcharnos. La verdad es que aquello no
lo dijo en serio, pero Teresita sí lo había
tomado en serio. Por eso, ¿cuál no sería
su dolor al oír un día hablar a su querida
Paulina con María de su próxima entrada en el
Carmelo...?
Yo no sabía lo que era el Carmelo, pero
comprendí que Paulina iba a dejarme para entrar en un
convento, comprendí que no me esperaría
y que iba a perder a mi segunda madre...
¿Cómo podré expresar la angustia de mi
corazón...? En un instante comprendí lo que
era la vida. Hasta entonces no me había parecido tan
triste, pero entonces se me apareció en todo su
realismo, y vi que no era más que un puro sufrimiento
y una continua separación 35.
Lloré lágrimas muy amargas, pues aún no
comprendía la alegría del sacrificio. Era
débil, tan débil, que considero
una gracia muy grande el haber podido soportar una prueba
como aquella, que parecía muy superior a mis
fuerzas... Si me hubiese ido enterando poco a poco de la
partida de mi Paulina querida, tal vez no hubiera sufrido
tanto; pero [26rº]
al saberlo de repente, fue como si me hubieran clavado una
espada en el corazón.
Siempre recordaré, Madre querida, con qué
ternura me consolaste... Luego me explicaste la vida del
Carmelo, que me pareció muy hermosa. Evocando en mi
interior todo lo que me habías dicho,
comprendí que el Carmelo era el desierto adonde Dios
quería que yo fuese también a esconderme... Lo
comprendí con tanta evidencia, que no quedó la
menor duda en mi corazón. No era un sueño de
niña que se deja entusiasmar fácilmente, sino
la certeza de una llamada de Dios: quería ir al
Carmelo, no por Paulina, sino sólo por
Jesús... Pensé muchas cosas que
las palabras no pueden traducir, pero que dejaron una gran
paz en mi alma.
Al día siguiente, confié mi secreto a
Paulina, quien, viendo en mis deseos la voluntad del cielo,
me dijo que pronto iría con ella a ver a la madre
priora del Carmelo y que tendríamos que decirle lo
que Dios me hacía sentir...
Se escogió un domingo para esta solemne visita, y
mi apuro fue grande cuando supe que María G.
36
debería acompañarme, por ser yo aún
demasiado pequeña para ver a las carmelitas
37. Sin
embargo, yo tenía que encontrar la forma de quedarme
a solas con la priora, y he aquí lo que se me
ocurrió. Le dije a María que, ya que
teníamos el privilegio de ver a la madre priora,
debíamos ser muy amables y educadas con ella, y que
por eso debíamos confiarle nuestros secretos;
así que cada una tendría que salir un momento,
y dejar a la otra a solas con la Madre. María
creyó lo que le decía, y, a pesar de su
repugnancia a confiar secretos que no tenía,
nos quedamos a solas, una después de otra, con la
madre María de Gonzaga.
[26vº]
Después de escuchar mis importantes
confidencias, la Madre creyó en mi
vocación, pero me dijo que no recibían
postulantes de nueve años, y que
tendría que esperar hasta los dieciséis... Yo
me resigné, a pesar de mis vivos deseos de entrar
cuanto antes y de hacer la primera comunión el
día de la toma de hábito de Paulina...
Ese día me echaron piropos por segunda vez. Sor
Teresa de San Agustín, que había bajado a
verme, no se cansaba de llamarme guapa. Yo no pensaba venir
al Carmelo para recibir alabanzas; así que,
después de la visita, no cesaba de repetirle a Dios
que yo quería ser carmelita sólo por
él.
Durante las pocas semanas que mi querida Paulina
permaneció todavía en el mundo, procuré
aprovecharme bien de ella. Todo los días, Celina y yo
le comprábamos un pastel y bombones, pensando que ya
pronto no volvería a comerlos. Estábamos
continuamente a su lado, sin dejarle ni un minuto de
descanso.
Por fin, llegó el 2 de octubre, día
de lágrimas y de bendiciones, en que Jesús
cortó la primera de su flores, destinada a ser la
madre de las que pocos años después
irían a reunirse con ella.
Aún me parece estar viendo el lugar donde
recibí el último beso de Paulina.
Luego, mi tía nos llevó a todas a Misa,
mientras papá subía a la montaña del
Carmelo para ofrecer su primer sacrificio...
Toda la familia lloraba, de modo que, al vernos entrar en
la iglesia, la gente nos miraba extrañada. A
mí me daba igual, y no por eso dejé de llorar.
Creo que, si el mundo entero se hubiera derrumbado a mi
alrededor, no me habría dado cuenta. Miraba al
hermoso cielo azul, y me maravillaba de que el sol pudiese
seguir brillando con
[27rº] tanto
resplandor mientras mi alma estaba inundada de
tristeza...
Tal vez, Madre querida, te parezca que exagero la pena
que sentí... Comprendo muy bien que no debiera haber
sido tan grande, pues tenía la esperanza de volver a
encontrarte en el Carmelo, pero mi alma estaba LEJOS de
estar madura y tenía que pasar por muchos
crisoles antes de alcanzar la meta que tanto deseaba...
El 2 de octubre era el día fijado para volver a la
Abadía, y no tuve más remedio que ir, a pesar
de mi tristeza...
Por la tarde, nuestra tía vino a buscarnos para ir
al Carmelo, y vi a mi Paulina querida detrás
de las rejas... ¡Ay, cuánto he sufrido en
ese locutorio del Carmelo...!
Como estoy escribiendo la historia de mi alma, debo
decírselo todo a mi Madre querida, y confieso que los
sufrimientos que precedieron a su entrada no fueron nada en
comparación con los que vinieron
después...
Todos los jueves, íbamos en familia al
Carmelo. Y yo, que estaba acostumbrada a hablar con
Paulina de corazón a corazón, apenas si
conseguía dos o tres minutos al final de la visita,
que, por supuesto, me pasaba llorando, y luego me iba con el
corazón desgarrado... No comprendía que si
tú dirigías preferentemente la palabra a Juana
y María, en vez de hablar con tus hijitas, era por
delicadeza hacia nuestra tía... No lo
comprendía, y pensaba en lo más hondo del
corazón: "¡¡¡He perdido a
Paulina!!!"
Extraña
enfermedad
Es asombroso ver cómo se desarrolló mi
espíritu en medio del sufrimiento. Se
desarrolló de tal manera, que no tardé en caer
enferma.
La enfermedad que me aquejó provenía,
ciertamente, del demonio. Furioso por tu entrada en el
Carmelo, quiso vengarse en mí del daño que
nuestra familia iba a causarle en el futuro. Pero lo que
él no sabía era que la
[27vº] amorosa
Reina del cielo velaba por su frágil florecilla, que
ella le sonreía desde lo alto de su trono y
que se aprestaba a calmar la tempestad en el mismo momento
en que su flor iba a quebrarse sin remedio...
Hacia finales de año, me sobrevino un continuo
dolor de cabeza, pero que se podía aguantar bien.
Podía seguir estudiando, y nadie se preocupó
por mí. Esto duró hasta el día de
Pascua de 1883 38.
Papá había ido a París con
María y Leonia, y nuestra tía nos llevó
a su casa a Celina y a mí. Una tarde, nuestro
tío me llevó con él y empezó a
hablarme de mamá y de recuerdos pasados con tal
bondad, que me emocionó profundamente y me hizo
llorar. Entonces me dijo que era demasiado sensible y que
necesitaba mucho distraerme, y que mi tía y él
habían decidido tratar de hacérnoslo pasar
bien durante las vacaciones de Pascua. Esa tarde
teníamos que ir al Círculo Católico;
pero viendo que estaba demasiado cansada, mi tía me
hizo acostar. Al desnudarme, me entró un
extraño temblor. Creyendo que tenía
frío, mi tía me envolvió entre mantas y
me puso botellas calientes, pero nada pudo reducir mi
agitación, que duró casi toda la noche. Al
volver mi tío del Círculo Católico con
mis primas y Celina, se quedo muy sorprendido al encontrarme
en aquel estado, que juzgó muy grave, pero no quiso
decirlo por no asustar a mi tía. Al día
siguiente, fue a buscar al doctor Notta
39, el cual
coincidió con mi tío en que tenía una
enfermedad muy grave, que nunca había padecido una
niña tan joven como yo.
Todos estaban consternados. Mi tía tuvo que
dejarme en su casa y me cuidó con una solicitud
verdaderamente maternal.
Cuando papá volvió de París con mis
hermanas mayores, Amada 40
los recibió con una cara tan triste, que María
[28rº]
creyó que me había muerto... Pero esta
enfermedad no era de muerte, sino, como la de Lázaro,
para que Dios fuera glorificado...
Y así lo fue, en efecto, por la admirable
resignación de mi pobre papaíto, que
creyó que "su hijita se iba a volver loca o que se
iba a morir".
¡Lo fue también por la de
María...! ¡Cuánto sufrió
por causa mía...! ¡Y qué agradecida le
estoy por los cuidados que tan desinteresadamente me
prodigó...! Su corazón le dictaba lo que yo
necesitaba, y, verdaderamente, un corazón de
madre es mucho más sabio que el de un
médico y sabe adivinar lo que conviene para la
enfermedad de su hijo...
La pobre María tuvo que venir a instalarse en casa
de mi tío, pues era imposible trasladarme por
entonces a los Buissonnets.
Entretanto, se acercaba la toma de hábito de
Paulina. Delante de mí evitaban hablar de ello, pues
sabían la pena que sentía por no poder ir;
pero yo hablaba de ello con frecuencia, diciendo que para
entonces ya estaría lo bastante bien para ir a ver a
mi Paulina querida.
Y en efecto, Dios no quiso negarme ese consuelo, o,
mejor, quiso consolar a su querida prometida, que
tanto había sufrido con la enfermedad de su hijita...
He observado que Jesús no quiere probar a su hijas en
el día de sus esponsales, esta fiesta debe ser una
fiesta sin nubes, un anticipo de las alegrías del
paraíso. ¿No lo ha demostrado ya cinco veces
41...?
Pude, pues, abrazar a mi Madre querida,
sentarme en su regazo y colmarla de caricias... Pude
contemplarla radiante con su blanco vestido de desposada...
¡Sí, fue un hermoso día, en medio
de mi oscura prueba! Pero aquel día pasó
veloz... Pronto hube de subir al coche que me llevó
muy lejos de Paulina..., muy lejos de mi Carmelo
querido.
Al llegar a los Buissonnets, me hicieron acostar a mi
pesar, pues aseguraba
[28vº] que estaba
totalmente curada y que ya no necesitaba más
cuidados. ¡Pero, ay, sólo estaba todavía
en los comienzos de mi prueba...! Al día siguiente,
volví a estar igual que antes, y la enfermedad se
agravó tanto, que, según los cálculos
humanos, no tenía remedio...
No sé cómo describir una enfermedad tan
extraña. Hoy estoy convencida de que fue obra del
demonio 42,
pero durante mucho tiempo después de mi
curación creí que había fingido estar
enferma, y eso fue para mi alma un verdadero
martirio.
Se lo dije así a María, que me
tranquilizó lo mejor que pudo con su bondad
habitual. Lo dije en la confesión, y también
mi confesor intentó tranquilizarme, diciéndome
que no era posible que hubiese simulado estar enferma hasta
el punto que yo lo había estado. Dios, que, sin duda,
quería purificarme, y sobre todo humillarme,
me dejó en este martirio íntimo hasta
mi entrada en el Carmelo, donde el Padre de nuestras almas
43
barrió como con la mano todas mis dudas, y desde
entonces quedé totalmente tranquila.
No es extraño que temiese haber fingido estar
enferma sin estarlo de verdad, pues decía y
hacía cosas que no pensaba. Parecía estar en
un continuo delirio, diciendo palabras que no tenían
sentido, y sin embargo estoy segura de que no perdí
ni un solo instante el uso de la razón... Con
frecuencia me quedaba como desmayada, sin hacer el menor
movimiento; en esos momentos, me habría dejado hacer
todo lo que hubieran querido, incluso matarme; sin embargo,
oía todo lo que se decía a mi alrededor, y
todavía me acuerdo de todo. En una ocasión me
aconteció estar mucho tiempo sin poder abrir los
ojos, y abrirlos un instante al encontrarme sola...
Pienso que el demonio había recibido un poder
exterior sobre mí, pero
[29rº] que no
podía acercarse a mi alma ni a mi espíritu, a
no ser para inspirarme grandísimos terrores a
ciertas cosas, por ejemplo a las medicinas
sencillísimas que intentaban en vano hacerme
tomar..
Pero si Dios permitía al demonio acercarse a
mí, me enviaba también ángeles
visibles...
María no se separaba de mi cama, cuidándome
y consolándome con la ternura de una madre. Nunca me
demostró el más ligero enfado, y eso que yo le
daba mucho trabajo, pues no soportaba que se alejase de mi
lado. Sin embargo, tenía necesariamente que ir a
comer con papá, pero yo no cesaba de llamarla durante
todo el tiempo que no estaba. Victoria, que se quedaba a mi
cuidado, a veces no tenía más remedio que ir a
buscar a mi querida "mamá", como yo la llamaba... Si
María quería salir, tenía que ser para
ir a Misa o para ver a Paulina; sólo entonces yo no
decía nada...
Nuestros tíos eran también muy buenos
conmigo. Mi querida tiíta venía todos los
días a verme y me traía mil golosinas.
También fueron a visitarme otras personas amigas
de la familia; pero yo pedí a María que les
dijese que no quería recibir visitas. No me gustaba
"ver a la gente sentada alrededor de mi cama como ristras
de cebollas y mirándome como a un bicho raro". La
única visita que me gustaba era la de nuestros
tíos.
Me sería imposible decir cuánto
creció mi cariño hacia ellos a partir de esta
enfermedad. Comprendí como nunca que ellos no eran
para nosotros unos parientes cualquiera. ¡Qué
razón tenía nuestro papaíto cuando nos
repetía tantas veces estas palabras que acabo de
escribir! Más tarde él mismo supo por
experiencia que no se había equivocado, y seguro que
ahora protege y bendice a quienes le prodigaron tan
generosos cuidados... Yo todavía estoy en el
destierro, y no sabiendo cómo demostrarles mi
gratitud, sólo tengo una manera de aligerar mi
corazón: ¡rezar por estos familiares tan
queridos que fueron y que siguen siendo tan buenos
conmigo!
También Leonia era muy buena conmigo, y
hacía todo lo posible por distraerme. Yo, a veces, la
hacía sufrir, pues se daba perfectamente cuenta de
que María era insustituible a mi lado...
¿Y mi Celina querida? ¿Qué no hizo por
su Teresa...? Los domingos, en vez de salir de paseo,
venía a encerrarse horas enteras con una pobre
niña que parecía idiota. Verdaderamente,
[29vº] se
necesitaba mucho amor para no huir de mí...
¡Hermanitas queridas, cuánto os hice sufrir...!
Nadie os hizo sufrir tanto como yo, y nadie
recibió nunca tanto amor como el que vosotras me
prodigasteis... Gracias a Dios, tendré el cielo para
resarcirme. Mi Esposo es enormemente rico, y yo
meteré la mano en sus tesoros de amor para poder
devolveros centuplicado todo lo que sufristeis por causa
mía...
Mi mayor consuelo mientras estuve enferma era recibir
carta de Paulina. La leía y la releía
hasta sabérmela de memoria... Un día, Madre
querida, me mandaste un reloj de arena y una de mis
muñecas vestida de carmelita. Es imposible decir la
alegría que sentí... A mi tío no le
gustó. Decía que, en vez de hacerme pensar en
el Carmelo, habría que alejarlo de mi mente. Yo, por
el contrario, pensaba que la esperanza de ser un día
carmelita era lo único que me hacía
vivir...
Me encantaba trabajar para Paulina. Le hacía
pequeños trabajos en cartulina, y mi ocupación
preferida era hacer coronas de margaritas y de miosotis para
la Santísima Virgen. Estábamos en el mes de
mayo. Toda la naturaleza se vestía de flores y
respiraba alegría. Sólo la "florecita"
languidecía y parecía marchita para
siempre...
La
sonrisa de la Virgen
Sin embargo, tenía un sol cerca de ella. Ese sol
era la estatua milagrosa de la Santísima Virgen, que
le había hablado por dos veces a mamá
44, y la
florecita volvía muchas, muchas veces su corola hacia
aquel astro bendito...
Un día vi que papá entraba en la
habitación de María, donde yo estaba acostada,
y, dándole varias monedas de oro con expresión
muy triste, le dijo que escribiera a París y
encargase unas misas a Nuestra Señora de las
Victorias para que le curase a su pobre hijita.
¡Cómo me emocionó ver la fe y el amor de
mi querido rey! [30rº]
Hubiera deseado poder decirle que estaba curada,
¡pero le había dado ya tantas alegrías
falsas! No eran mis deseos los que podían hacer ese
milagro, pues la verdad es que para curarme se
necesitaba un milagro...
Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra
Señora de las Victorias quien lo hizo.
Un domingo 45
(durante el novenario de misas), María salió
al jardín, dejándome con Leonia, que estaba
leyendo al lado de la ventana.
Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito:
"Mamá... mamá". Leonia, acostumbrada a
oírme llamar siempre así, no hizo caso.
Aquello duró un largo rato. Entonces llamé
más fuerte, y, por fin, volvió María.
La vi perfectamente entrar, pero no podía decir que
la reconociera, y seguí llamando, cada vez más
fuerte: "Mamá..." Sufría mucho con
aquella lucha violenta e inexplicable, y María
sufría quizás todavía más que
yo. Tras intentar inútilmente hacerme ver que estaba
allí a mi lado, se puso de rodillas junto a mi cama
con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la
Santísima Virgen e invocándola con el fervor
de una madre que pide la vida de su hija,
María alcanzó lo que deseaba...
También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna
ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre
del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese
por fin piedad de ella...
De repente, la Santísima Virgen me pareció
hermosa, tan hermosa, que yo nunca
había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una
bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló
hasta el fondo del alma fue la "encantadora sonrisa de la
Santísima Virgen".
En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos
gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se
deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran
lágrimas de pura alegría... ¡La
Santísima Virgen, pensé, me ha
sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí,
[30vº] pero no se
lo diré nunca a nadie, porque entonces
desaparecería mi felicidad.
Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que
me miraba con amor. Se la veía emocionada, y
parecía sospechar la merced que la Santísima
Virgen me había concedido... Precisamente a ella y a
sus súplicas fervientes debía yo la gracia de
las sonrisa de la Reina de los cielos. Al ver mi mirada fija
en la Santísima Virgen, pensó: "¡Teresa
está curada!" Sí, la florecita iba a renacer a
la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no
iba ya a interrumpir sus favores. No actuó de golpe,
sino que lentamente, suavemente fue levantando a su flor y
la fortaleció de tal suerte, que cinco años
más tarde abría sus pétalos en la
montaña del Carmelo.
Como he dicho, María había adivinado que la
Santísima Virgen me había concedido alguna
gracia secreta. Así que, cuando me quedé a
solas con ella, me preguntó qué había
visto. No pude resistirme a sus tiernas e insistentes
preguntas; y sorprendida de ver que mi secreto había
sido descubierto sin que yo lo revelara, se lo confié
enteramente a mi querida María...
Pero, ¡ay!, como lo había imaginado, mi dicha
iba a desaparecer y a convertirse en amargura... El recuerdo
de aquella gracia inefable que había recibido fue
para mí, durante cuatro años, un verdadero
sufrimiento del alma. Sólo volvería en
encontrar mi dicha a los pies de Nuestra Señora de
las Victorias, y entonces la recibí en toda su
plenitud... Más adelante volveré a
hablar de esta segunda gracia de la Santísima Virgen.
Ahora quiero contarte, Madre mía, cómo mi
dicha se convirtió en tristeza.
María, después de escuchar el ingenuo y
sincero relato de "mi gracia", me pidió permiso para
contarlo en el Carmelo, y no podía decirle que
no....
En mi primera visita a ese Carmelo querido me
sentí inundada de gozo al ver a mi Paulina
vestida con el hábito de la Virgen.
[31rº] Fue un
momento muy dulce para las dos... Teníamos tantas
cosas que decirnos, que a mí no me salía nada,
me ahogaba de emoción...
La madre María de Gonzaga también estaba
allí y me daba mil muestras de cariño. Vi
también a otras hermanas, y delante de ellas me
preguntaron por la gracia que había recibido, y
[María] me preguntó si la
Santísima Virgen llevaba al Niño Jesús,
y si había mucha luz, etc.
Todas estas preguntas me turbaron y me hicieron sufrir.
Yo no podía decir más que una cosa: "La
Santísima Virgen me había parecido muy
hermosa..., y la había visto
sonreírme". Lo único que me había
impresionado era su rostro.
Por eso, al ver que las carmelitas se imaginaban otra
cosa muy distinta (mis sufrimientos del alma respecto a mi
enfermedad ya había comenzado), me imaginé que
había mentido...
Seguramente, si hubiera guardado mi secreto,
habría conservado también mi felicidad. Pero
la Santísima Virgen permitió este tormento
para bien de mi alma. Sin él, tal vez hubiera tenido
algún pensamiento de vanidad, mientras que,
tocándome en suerte la humillación, no
podía mirarme a mí misma sin un sentimiento de
profundo horror... ¡Sólo en el cielo
podré decir cuánto sufrí...!
NOTAS AL
CAPÍTULO III
32
Internado de las benedictinas, que funcionaba en la
Abadía de Notre-Dame-du-Pré [Nuestra
Señora del Prado], en Lisieux. Allí se
encontrará Teresa con sus primas Guérin y con
su hermana Celina, medio pensionista como ella. volver
33
Primas carnales de las hijas de los Guérin. volver
34
Parque en forma de estrella, en el camino de
Pont-l'Evêque [Puente del Obispo], no lejos de
los Buissonnets, que más tarde fue parcelado.
volver
35
La separación es una de las obsesiones de Teresa, de
la que nunca llegará a liberarse por completo (cf Ms
A 9rº, 41rº, 43vº, 62rº, 68vº; Cta
21, 134, 167, entre otras). Sin embargo, en Ms C
9rº/vº puede verse el heroísmo con que
habría aceptado el exilio de sus hermanas a
Indochina. volver
36
María Guérin, futura sor María de la
Eucaristía. volver
37
En aquella época sólo los familiares cercanos
y las jóvenes podían ver a las carmelitas.
volver
38
El 25 de marzo; Teresa tenía diez años.
volver
39
Este médico, al que consultó la señora
de Martin durante su enfermedad, atendió al
señor Martin desde 1887 hasta 1889; al parecer, no
entendió nada de la enfermedad de Teresa. volver
40
Amada Roger, cocinera de la familia Guérin. volver
41
Las tomas de hábito de las cinco hermanas Martin
(incluida Leonia). volver
42
Esta era la opinión de los Guérin, como lo
declaró Juana de La Néele en el PO (pp.
240-241). Según el Dr. Gayral, se trataba de una
neurosis tras seis meses de angustia: "Al vivir en la
impresión de que su segunda mamá la
había abandonado, cayó en una conducta de
regresión a la infancia para hacerse mimar como un
bebé" (revista Carmel, 1959,2, pp. 81-96). volver
43
El P. Almiro Pichon, jesuita. volver
44
Una sola vez, después de la muerte de la
pequeña Elena, según una nota de la madre
Inés. volver
45
El día de Pentecostés, 13/5/1883; Teresa
llevaba cuarenta y nueve días enferma. volver
Anterior
�ndice
Siguiente
|