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Santa Teresa de
Lisieux - Historia de un
alma
(�ndice)
Manuscrito
A
DEDICADO A LA
REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
CAPÍTULO IV
PRIMERA
COMUNIÓN - EN EL COLEGIO
(1883-1886)
Al hablar de las visitas a las carmelitas, me viene a la
memoria la primera, que tuvo lugar poco después de la
entrada de Paulina. Me olvidé de hablar de
ella más arriba, pero hay un detalle que no quiero
omitir.
La mañana del día en que debía ir al
locutorio, reflexionando sola en la cama (pues era
allí donde hacía yo mis meditaciones
más profundas y donde, a diferencia de la esposa del
Cantar de los Cantares, encontraba yo siempre a mi Amado),
me preguntaba cómo me llamaría en el Carmelo.
Sabía que había ya en él una sor Teresa
de Jesús; sin embargo, no podían quitarme mi
bonito nombre de Teresa. De pronto, pensé
[31vº] en el
Niño Jesús, a quien tanto
quería, y me dije: «¡Cómo me
gustaría llamarme Teresa del Niño
Jesús!» En el locutorio no dije nada del
sueño que había tenido completamente
despierta. Pero al preguntar la madre María de
Gonzaga a las hermanas qué nombre me
pondrían, se le ocurrió darme el nombre que yo
había soñado... Me alegré enormemente,
y aquella feliz coincidencia de pensamientos me
pareció una delicadeza de mi Amado, el Niño
Jesús.
Estampas
y lecturas
Me he olvidado también de algunos pequeños
detalles de ni niñez de antes de tu entrada en el
Carmelo. No te he hablado de mi amor a las estampas y a la
lectura... Y, sin embargo, a las preciosas estampas que
tú me dabas como premio debo una de las más
dulces alegrías y de las más fuertes
impresiones que me han incitado a la práctica de la
virtud... Me pasaba las horas muertas mirándolas. Por
ejemplo, la "florecita del divino Prisionero" era tan
sugestiva, que me quedaba ensimismada mirándola. Al
ver que el nombre de Paulina estaba escrito al pie de
la florecita, me hubiera gustado que el de Teresa estuviera
también allí, y me ofrecía a
Jesús para ser su florecita...
No sabía jugar, pero me gustaba mucho la lectura
46,
y me hubiera pasado la vida leyendo. Afortunadamente
tenía unos ángeles de la tierra que me
elegían unos libros que, a la vez que me
distraían, alimentaban mi espíritu y mi
corazón. Además, no podía dedicar a la
lectura más que un determinado tiempo, lo cual era
para mí motivo de grandes sacrificios, pues muchas
veces tenía que interrumpirla en lo más
interesante de un pasaje...
Esta afición a la lectura duró hasta mi
entrada en el Carmelo. Me sería imposible decir el
número de libros que pasaron por mis manos; pero
nunca permitió Dios que leyera ni uno sólo que
pudiera hacerme daño. Es cierto que, al leer ciertos
relatos caballerescos, no siempre percibía en un
primer momento la realidad de la vida; pero pronto
Dios me daba a
[32rº] entender
que la verdadera gloria es la que ha de durar para siempre y
que para alcanzarla no es necesario hacer obras
deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de
manera que la mano izquierda no sepa lo que hace la
derecha...
Así, al leer los relatos de las hazañas
patrióticas de las heroínas francesas, y en
especial las de la venerable JUANA DE ARCO, me
venían grandes deseos de imitarlas. Me parecía
sentir en mi interior el mismo ardor que las había
animado a ellas y la misma inspiración celestial.
Por entonces recibí una gracia que siempre he
considerado como una de las más grandes de mi vida,
ya que en esa edad no recibía las luces de que ahora
me veo inundada. Pensé que había nacido para
la gloria, y, buscando la forma de alcanzarla, Dios me
inspiró los sentimientos que acabo de escribir. Me
hizo también comprender que mi gloria no
brillaría ante los ojos de los mortales, sino que
consistiría en ¡¡¡llegar a ser una
gran santa...!!!
Este deseo podría parecer temerario, si se tiene
en cuenta lo débil e imperfecta que yo era, y que
aún soy después de siete años vividos
en religión. No obstante, sigo teniendo la misma
confianza audaz de llegar a ser una gran santa, pues no me
apoyo en mis méritos -que no tengo ninguno-,
sino en Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas.
Sólo él, contentándose con mis
débiles esfuerzos, me elevará hasta él
y, cubriéndome con sus méritos infinitos, me
hará santa.
Yo no pensaba entonces que para llegar a la santidad
había que sufrir mucho. Dios no tardó en
mostrármelo, enviándome las pruebas que he
contado antes...
Ahora he de reanudar mi relato en el punto en que lo
había dejado.
Tres meses después de mi curación,
papá nos llevó de viaje a Alençon. Era
la primera vez que volvía allí, y fue muy
grande mi alegría al volver a ver los parajes en los
que había transcurrido ni niñez,
[32vº] y sobre
todo al poder rezar sobre la tumba de mamá y pedirle
que me protegiera siempre...
Dios me concedió la gracia de no conocer el
mundo, a no ser justo para despreciarlo y alejarme de
él. Podría decir que durante mi estancia en
Alençon fue cuando hice mi presentación en
sociedad. Todo era alegría y felicidad en torno a
mí. Me veía festejada, mimada, admirada. En
una palabra, durante quince días mi vida sólo
se vio sembrada de flores... Y confieso que aquella vida
tenía sus encantos para mí. La
Sabiduría tiene mucha razón cuando dice: "El
hechizo de las bagatelas del mundo seduce hasta a las mentes
sin malicia". A los diez años, el corazón se
deja fácilmente deslumbrar. Por eso considero como
una gracia muy grande el no haberme quedado en
Alençon. Los amigos que teníamos allí
eran demasiado mundanos y compaginaban demasiado las
alegrías de la tierra con el servicio de Dios. No
pensaban lo bastante en la muerte, y sin embargo la
muerte ha venido a visitar a un gran número de
personas a las que yo conocí,
¡¡¡jóvenes, ricas y felices!!! Me
gusta volver con el pensamiento a los lugares
encantadores donde vivieron, preguntarme dónde
están, qué les queda hoy de los castillos y
los parques donde las vi disfrutar de las comodidades de la
vida... Y veo que todo es vanidad y aflicción de
espíritu bajo el sol..., y que el único bien
que vale la pena es amar a Dios con todo el corazón y
ser pobres de espíritu aquí en la
tierra...
Tal vez Jesús quiso mostrarme el mundo antes de
hacerme la primera visita, para que eligiera
más libremente el camino que iba a prometerle
seguir.
Primera
comunión
La época de mi primera comunión ha quedado
grabada en mi corazón como un recuerdo sin nubes.
Creo que no podía estar mejor preparada de lo que lo
estuve, y mis sufrimientos del alma desaparecieron durante
casi un año. Jesús quería darme a
gustar la alegría más plena posible en este
valle de lágrimas...
[33rº]
¿Recuerdas, Madre querida, el precioso librito que me
preparaste47
tres meses antes de mi primera comunión...? Aquel
librito me ayudó a preparar metódica y
rápidamente mi corazón; pues si bien es cierto
que ya lo venía preparando desde hacía mucho
tiempo, era necesario darle un nuevo impulso, llenarlo de
flores nuevas para que Jesús pudiese
descansar a gusto en él...
Todos los días hacía un gran número
de prácticas, que eran otras tantas flores.
Decía también un número todavía
mayor de jaculatorias, que tú me habías
escrito para cada día en el librito, y esos actos de
amor eran los capullos de las flores...
Todas las semanas tú me escribías una linda
cartita, que me llenaba el alma de pensamientos profundos y
me ayudaba a practicar la virtud. Aquella carta era un
consuelo para tu pobre hijita, que hacía un
sacrificio tan grande al aceptar que no fueras
tú quien la preparara cada tarde en tu regazo, como
lo habías hecho con Celina....
María reemplazó a Paulina. Me sentaba en su
regazo y allí escuchaba con avidez lo que me
decía. Creo que todo su corazón, tan
grande y tan generoso, se volcaba en el
mío. Como los grandes guerreros enseñan a sus
hijos el oficio de las armas, así me hablaba ella de
las luchas de la vida y de la palma que se
entregará a los vencedores... María me hablaba
también de las riquezas inmortales que podemos
atesorar fácilmente cada día, y de la
desgracia que sería pasar junto a ellas sin querer
tomarse la molestia de extender la mano para cogerlas. Luego
me enseñaba la forma de ser santa por la
fidelidad en las cosas más pequeñas. Me dio la
hojita "El renunciamiento", que yo meditaba con
auténtico placer...
¡Y qué elocuente que era mi querida madrina!
Me hubiera gustado no ser yo la única que escuchase
sus profundas enseñanzas. Me llegaban tan a
lo hondo, que, en mi ingenuidad, pensaba que hasta los
más grandes pecadores se habrían conmovido
como yo, y que, abandonando sus riquezas perecederas,
sólo querrían ganar ya
[33vº] las del
cielo...
Hasta entonces, nadie me había enseñado
todavía la forma de hacer oración, a pesar de
que tenía muchas ganas. Pero María pensaba que
era ya bastante piadosa, y no me dejaba hacer más que
mis oraciones.
Un día, una de las profesoras de la Abadía
me preguntó qué hacía los días
libres cuando estaba sola. Yo le contesté que me
metía en un espacio vacío que había
detrás de mi cama y que podía cerrar
fácilmente con la cortina, y que allí
"pensaba". -¿Y en qué piensas?, me dijo.
-Pienso, en Dios, en la vida..., en la ETERNIDAD, bueno,
pienso 48...
La religiosa se rió mucho de mí. Más
tarde, le gustaba recordarme aquel tiempo en que yo pensaba,
y me preguntaba si todavía seguía pensando...
Ahora comprendo que, sin saberlo, hacía
oración y que ya Dios me instruía en lo
secreto.
Los tres meses de preparación pasaron
rápidamente, y pronto tuve que entrar en ejercicios,
y para ello hacerme pensionista interna y dormir en la
Abadía.
Me resulta imposible expresar el dulce recuerdo que me
dejaron estos ejercicios. Verdaderamente, si había
sufrido mucho en el internado, la dicha inefable de aquellos
pocos días pasados a la espera de Jesús me
compensó abundantemente... No creo que se puedan
saborear estas alegrías en otra parte que en las
comunidades religiosas.
Como éramos pocas niñas, era fácil
ocuparse de cada una en particular, y nuestras profesoras
nos prodigaron en esos días unos cuidados
verdaderamente maternales. De mí se ocupaban
aún más que de las otras. Todas las noches, la
primera profesora venía con su linternita a darme un
beso en la cama y me demostraba un gran cariño. Una
noche, ganada por su bondad, le dije que iba a confiarle un
secreto; y sacando misteriosamente mi precioso librito de
debajo de la almohada, se lo enseñé con los
ojos resplandecientes de alegría...
Por la mañana, me resultaba muy divertido ver a
todas las alumnas levantarse apenas nos despertaban
[34rº], y hacer lo
que todas. Pero yo no estaba acostumbrada a arreglarme sola,
y María no estaba allí para rizarme el pelo.
Así que tenía ir tímidamente a
presentar mi peine a la profesora encargada del cuarto de
tocador, la cual se reía al ver a una jovencita de
once años que no sabía arreglarse por
sí sola; pero me peinaba, aunque no con la delicadeza
de María; sin embargo, no me atrevía a
chillar, como hacía todos los días bajo la
delicada mano de mi madrina...
Durante estos ejercicios pude comprobar que era una
niña mimada y rodeada de cariño como pocas en
el mundo, sobre todo entre las niñas huérfanas
de madre... Todos los días, María y Leonia
venían a verme con papá, que me colmaba de
caricias. Así que no sufrí por estar lejos de
la familia y no hubo nada que oscureciese el hermoso cielo
de mis ejercicios.
Escuchaba con mucha atención las pláticas
que nos daba el Sr. abate Domin 49,
y hasta escribía un resumen de las mismas. En cuanto
a mis propios pensamientos, no quise escribir ninguno,
segura de que me acordaría bien de ellos, como
así fue...
Me gustaba mucho ir con las religiosas a todos los
oficios. Llamaba la atención entre mis
compañeras por un gran crucifijo que me había
regalado Leonia y que llevaba puesto en el cinturón
como los misioneros. Aquel crucifijo despertaba la envidia
de las religiosas, que pensaban que, al llevarlo, yo
quería imitar a mi hermana la carmelita...
¡Y sí, hacia ella volaban mis pensamientos!
Yo sabía que mi Paulina estaba de ejercicios como yo
50,
no para que Jesús se entregase a ella, sino para
entregarse ella a Jesús 51,
y aquella soledad, pasada en la espera, me resultaba por eso
doblemente grata...
Recuerdo que una mañana me habían llevado a
la enfermería porque tosía mucho (desde mi
enfermedad, las profesoras se preocupaban mucho por mi
salud: por un ligero dolor de cabeza, o si me veían
más pálida que de
[34vº] costumbre,
me mandaban ya a tomar el aire o a descansar en la
enfermería). Vi entrar a mi Celina querida;
había conseguido permiso para verme, a pesar de estar
en ejercicios, para regalarme una estampa que me
gustó mucho; era "La florecita del Divino
Prisionero". ¡Cómo me gustó recibir este
recuerdo de manos de Celina...! ¡Cuántos
sentimientos de amor no me ha inspirado...!
La víspera del gran día recibí por
segunda vez la absolución. La confesión
general me dejó una gran paz en el alma, y Dios no
permitió que viniera a turbarla ni la más
ligera nube.
Por la tarde pedí perdón a toda la familia,
que fue a verme, pero sólo pude hablar el lenguaje de
las lágrimas, pues estaba demasiado emocionada...
Paulina no estaba allí, pero sabía que estaba
muy cerca de mí con el corazón. Me
había mandado con María un preciosa estampa,
que no me cansaba de admirar y de hacer admirar a todo el
mundo...
Había escrito al P. Pichon para encomendarme a sus
oraciones, y diciéndole también que pronto
sería carmelita y que entonces él sería
mi director espiritual. (Y así ocurrió
efectivamente cuatro años más tarde, pues en
el Carmelo pude abrirle mi alma...). María me
entregó una carta suya. ¡Realmente, era
feliz...! Todas las alegrías me llegaban juntas. Lo
que más me gustó de su carta fue esta frase:
"¡Mañana celebraré el santo sacrifico por
ti y por Paulina!" El 8 de mayo Paulina y Teresa quedaron
más unidas que nunca, pues Jesús
parecía fundirlas en una, inundándolas de sus
gracias...
Finamente llegó el más hermoso de los
días. ¡Qué inefables recuerdos han dejado
en mi alma hasta los más pequeños detalles de
esta jornada de cielo...! El gozoso despertar de la aurora,
los besos respetuosos y tiernos de las profesoras y de las
[35rº]
compañeras mayores... La gran sala repleta de copos
de nieve, con los que nos iban vistiendo a las niñas
una tras otra. Y sobre todo, la entrada en la capilla y el
precioso canto matinal "¡Oh altar sagrado, que rodean
los ángeles!"
Pero no quiero entrar en detalles. Hay cosas que si se
exponen al aire pierden su perfume, y hay sentimientos del
alma que no pueden traducirse al lenguaje de la tierra sin
que pierdan su sentido íntimo y celestial. Son como
aquella "piedra blanca que se dará al vencedor, en la
que hay escrito un nombre nuevo que sólo conoce el
que la recibe".
¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús
a mi alma...! Fue un beso de amor. Me sentía amada, y
decía a mi vez: "Te amo y me entrego a ti para
siempre".
No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde
hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita
se habían mirado y se habían comprendido...
Aquel día no fue ya una mirada, sino una
fusión. Ya no eran dos: Teresa había
desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del
océano. Sólo quedaba Jesús, él
era el dueño, el rey. ¿No le había pedido
Teresa que le quitara su libertad, pues su libertad le daba
miedo? ¡Se sentía tan débil, tan
frágil, que quería unirse para siempre a la
Fuerza divina...!
Su alegría era demasiado grande y demasiado
profunda para poder contenerla. Pronto la inundaron
lágrimas deliciosas, con gran asombro de sus
compañeras, que más tarde comentaban entre
ellas: "-¿Por qué lloraba? ¿Habría
algo que la atormentaba? -No, sería porque no
tenía a su madre a su lado, o a su hermana la
carmelita a la que tanto quiere". No comprendían que
cuando toda la alegría del cielo baja a un
corazón, este corazón desterrado no puede
soportarlo sin deshacerse en lágrimas...
No, el día de mi primera comunión, no me
entristecía la ausencia de mamá: ¿no
estaba el cielo
[35vº] dentro de
mi alma, y no ocupaba en él un lugar mi mamá
desde hacía mucho tiempo? Entonces, al recibir la
visita de Jesús, recibía también la de
mi madre querida, que me bendecía y se alegraba de mi
felicidad...
Y no lloraba tampoco la ausencia de Paulina. Qué
duda cabe que me habría encantado verla a mi lado,
pero hacía mucho tiempo que había aceptado ese
sacrificio. Aquel día, sólo la alegría
llenaba mi corazón; y yo me unía a mi Paulina,
que se estaba entregando de manera irrevocable a Quien tan
amorosamente se entregaba a mí...
Por la tarde, fui yo la encargada de pronunciar el acto
de consagración a la Santísima Virgen. Era
justo que yo, que había sido privada tan joven de la
madre de la tierra, hablase en nombre de mis
compañeras a mi Madre del cielo. Puse toda mi alma al
hablarle y al consagrarme a ella, como una niña que
se arroja en los brazos de su Madre y le pide que vele por
ella. Y creo que la Santísima Virgen debió de
mirar a su florecita y sonreírle. ¿No la
había curado ella con su sonrisa visible...? ¿No
había ella depositado en el cáliz de su
florecita a su Jesús, la Flor de los campos y el
Lirio de los valles...?
Al atardecer de aquel hermoso día, volví a
encontrarme con mi familia de la tierra. Ya por la
mañana, después de Misa, había abrazado
a papá y a todos mis queridos parientes. Pero ahora
fue la verdadera reunión. Papá, tomando de la
mano a su reinecita, se dirigió al Carmelo...
Allí vi a mi Paulina, convertida en esposa de Cristo.
La vi con su velo, blanco como el mío, y con su
corona de rosas... ¡Fue una alegría sin
amarguras! ¡Esperaba reunirme pronto con ella, y
esperar juntas el cielo!
No fui insensible a la fiesta de familia que tuvo lugar
en aquel atardecer de mi primera comunión. El
precioso reloj que me regaló mi rey me gustó
muchísimo. Pero mi alegría era serena, y nada
vino a turbar mi paz interior.
María me acostó con ella la noche que
siguió a aquel hermoso día, pues a los
días más radiantes les sigue la oscuridad, y
sólo el día de la primera, de la única,
[36rº] de la
eterna comunión del cielo será un día
sin ocaso...
El día siguiente a mi primera comunión fue
también un día hermoso, pero estuvo
teñido de melancolía. Ni el precioso vestido
que María me había comprado, ni todos los
regalos que había recibido me llenaban el
corazón. Sólo Jesús podía
saciarme. Ansiaba el momento de poder recibirle por segunda
vez.
Aproximadamente un mes después de mi primera
comunión, fui a confesarme para la fiesta de la
Ascensión, y me atreví a pedir permiso para
comulgar. Contra toda esperanza, el Sr. abate me lo
concedió, y tuve la dicha de arrodillarme a la
Sagrada Mesa entre papá y María.
¡Qué dulce recuerdo he conservado de esta
segunda visita de Jesús! De nuevo corrieron las
lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a
mí misma sin cesar estas palabras de san Pablo: "Ya
no vivo yo, ¡es Jesús quien vive en
mí...!"
A partir de esta comunión, se fue haciendo cada
vez mayor mi deseo de recibir al Señor. Obtuve
permiso para comulgar en todas las fiestas importantes. La
víspera de estos días dichosos, María
me ponía al atardecer en su regazo y me preparaba
como lo había hecho para mi primera comunión.
Recuerdo que una vez me habló del sufrimiento,
diciéndome que probablemente yo no transitaría
por ese camino, sino que Dios me llevaría siempre
como a una niña...
Al día siguiente, después de comulgar, me
volvieron a la memoria las palabras de María. Y
sentí nacer en mi corazón un gran deseo de
sufrir 52,
y, al mismo tiempo, la íntima convicción que
Jesús me tenía reservado un gran número
de cruces. Y me sentí inundada de tan grandes
consuelos, que los considero como una de las mayores gracias
de mi vida.
El sufrimiento se convirtió en mi sueño
dorado. Tenía un hechizo que me fascinaba, aun sin
acabar de conocerlo. Hasta entonces, había sufrido
sin amar el sufrimiento; a partir de ese día,
sentí por él
[36vº] un
verdadero amor.
Sentía también el deseo de no amar
más que a Dios y de no hallar alegría fuera de
él. Con frecuencia, durante las comuniones, le
repetía estas palabras de la Imitación:
"¡Oh, Jesús, dulzura infinita, cámbiame
en amargura todos los consuelos de la tierra
53...!"
Esta oración brotaba de mis labios sin esfuerzo y sin
dificultad alguna. Me parecía repetirla, no por
propia voluntad, sino como una niña que repite las
palabras que le inspira un amigo...
Más adelante te diré, Madre querida,
cómo tuvo a bien Jesús hacer realidad mi deseo
y cómo sólo él fue siempre mi dulzura
inefable. Si te hablase de ello ahora, tendría que
anticipar el relato de mis años de juventud, y
aún me quedan por contar muchos detalles de mi vida
de niña.
Confirmación
Poco después de mi primera comunión
entré de nuevo en ejercicios espirituales para la
confirmación 54.
Me preparé con gran esmero para recibir la visita del
Espíritu Santo. No entendía cómo no se
cuidaba mucho la recepción de este sacramento de
amor. Normalmente, para la confirmación sólo
se hacía un día de retiro. Pero como
Monseñor no pudo venir para el día fijado,
tuve el consuelo de pasar dos días de soledad. Para
distraernos, la profesora nos llevó al Monte Casino
55,
donde cogí a manos llenas margaritas gigantes para la
fiesta del Corpus.
¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual
que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del
Espíritu Santo... Me alegraba al pensar que pronto
sería una cristiana perfecta, y, sobre todo, que iba
a llevar eternamente marcada en la frente la cruz misteriosa
que traza el obispo al administrar este sacramento...
Por fin, llego el momento feliz. No sentí
ningún viento impetuoso al descender el
Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa
tenue cuyo susurro escuchó Elías en el monte
Horeb...
Aquel día recibí la fortaleza para sufrir,
ya que pronto iba a comenzar el martirio de mi alma...
[37rº] Mi
Leonia querida fue la madrina, y estaba tan emocionada, que
no dejó de llorar durante toda la ceremonia.
Recibió conmigo la sagrada comunión, pues
aquel día feliz tuve la dicha de volver a unirme a
Jesús.
Pasadas estas fiestas deliciosas e inolvidables, mi vida
volvió a la normalidad; es decir, tuve que reanudar
la vida de pensionista, que tan penosa me resultaba.
Aquellos días que rodearon mi primera
comunión, me gustaba convivir con las niñas de
mi edad, todas ellas llenas de buena voluntad y decididas,
como yo, a tomar en serio la práctica de la virtud.
Pero ahora tenía que volver a ponerme en contacto con
alumnas muy diferentes, disipadas, que no querían
guardar el reglamento, y eso me hacía muy
desgraciada.
Yo era de carácter alegre, pero no sabía
jugar a los juegos de las niñas de mi edad. Muchas
veces, en el recreo, me apoyaba en un árbol y desde
allí contemplaba el espectáculo sumida en
profundas reflexiones.
Había inventado un juego que me gustaba mucho.
Consistía en enterrar a los pobres pajaritos que
encontrábamos muertos bajo los árboles. Muchas
alumnas se animaron a ayudarme, de forma que nuestro
cementerio quedó muy bonito, todo plantado de
árboles y flores proporcionados al tamaño de
nuestros pajaritos.
También me gustaba contar historietas que yo misma
inventaba a medida que me iban viniendo a la
imaginación. Entonces mis compañeras me
rodeaban presurosas, y a veces algunas de las mayores se
unían al grupo de las oyentes. Una misma historia
solía durar varios días, pues me gustaba
hacerla cada vez más interesante a medida que iba
viendo en los rostros de mis compañeras la
impresión que producía. Pero la profesora no
tardó en prohibirme ese oficio de orador, pues
quería vernos jugar y correr, en lugar de
discurrir...
Retenía con facilidad el sentido de lo que
estudiaba, pero me costaba trabajo aprender de memoria. Por
eso, el año que precedió a mi primera
comunión, pedía
[37vº] permiso
casi todos los días para estudiar el catecismo
durante el recreo. Mi esfuerzos se vieron coronados por el
éxito, y fui siempre la primera. Si, por casualidad,
perdía ese puesto por una sola palabra que hubiera
olvidado, mi dolor se exteriorizaba en lágrimas
amargas que el Sr. abate Domin no sabía cómo
calmar... Estaba muy contento de mí (excepto cuando
lloraba) y me llamaba su doctorcito, debido a mi nombre de
Teresa.
Una vez, la alumna que me seguía no supo hacer a
su compañera la pregunta del catecismo
56.
El Sr. abate preguntó en vano a toda la fila de
alumnas, hasta llegar a mí, y entonces dijo que
quería ver si merecía el primer puesto. Yo, en
mi profunda humildad, no deseaba otra cosa, y,
levantándome, muy segura de mí misma,
contesté a lo que se me preguntaba sin cometer ni un
solo error, con gran asombro de toda la clase...
Mi interés por el catecismo continuó,
después de mi primera comunión, hasta que
salí del internado.
Me iba muy bien en los estudios y era casi siempre la
primera. En lo que más descollaba era en historia y
en redacción. Todas mis profesoras me tenían
por una alumna muy inteligente. Pero no sucedía lo
mismo en casa de mi tío, donde pasaba por ser una
pequeña ignorante, buena y dulce, sí, pero
poco capaz y torpe...
No me extraña esa opinión que mis
tíos tenían de mí, y que sin duda
aún siguen teniendo, pues apenas hablaba y era muy
tímida, y cuando escribía, mi letra de gato y
mi ortografía, que no es más que normalita, no
eran para entusiasmar a nadie...
Verdad es que las pequeñas labores de costura, de
bordado y otras por el estilo se me daban bien y a gusto de
mis profesoras. Pero la manera torpe y desmañada de
sujetar la labor justificaba la opinión poco
favorable que tenían de mí.
Todo esto lo considero como una gracia, pues Dios, que
quería mi corazón
[38rº] sólo
para él, escuchaba ya mi súplica,
"cambiándome en amargura todos los consuelos de la
tierra" 57.
Y, por cierto, que tenía una gran necesidad de ello,
pues no era precisamente insensible a los elogios. Con
bastante frecuencia alababan delante de mí la
inteligencia de las demás, pero nunca la mía,
por lo que llegué a la conclusión de que no
era inteligente, y me resigné a no serlo...
Mi corazón sensible y cariñoso se hubiera
entregado fácilmente si hubiera encontrado un
corazón capaz de comprenderlo.
Intenté trabar amistad con algunas niñas de
mi edad, sobre todo con dos de ellas. Yo las quería,
y también ellas me querían a mí en la
medida en que podían. Pero, ¡¡¡ay,
qué raquítico y voluble es el corazón
de las criaturas...!!! Pronto comprobé que mi amor no
era correspondido. Una de mis amigas tuvo que irse a su
casa, y regresó pocos meses después. Durante
su ausencia, yo la había recordado y había
guardado cuidadosamente un pequeña sortija que me
había regalado. Al ver de nuevo a mi
compañera, me alegré mucho, pero, ¡ay!,
sólo logré de ella una mirada indiferente...
Mi amor no era comprendido. Lo sentí mucho, y no
quise mendigar un cariño que me negaban. Pero Dios me
ha dado un corazón tan fiel, que cuando ama a alguien
limpiamente, lo ama para siempre; por eso, seguí
rezando por mi compañera y aún la sigo
queriendo...
Al ver que Celina se había encariñado de
una de nuestras profesoras, yo quise imitarla; pero como no
sabía ganarme la simpatía de las criaturas, no
pude conseguirlo.
¡Feliz ignorancia, que me ha librado de tantos
males...! ¡Cómo le agradezco a Jesús que
no me haya hecho encontrar más que "amargura en las
amistades de la tierra"! Con un corazón como el
mío, me habría dejado atrapar y cortar las
alas, y entonces ¿cómo hubiera podido "volar y
hallar reposo"? ¿Cómo va a poder unirse
íntimamente a Dios un corazón entregado al
afecto de las criaturas? 58...
Pienso que es imposible. Aunque no he llegado a beber de la
copa emponzoñada
[38vº] del amor
demasiado ardiente de las criaturas, sé que no me
equivoco. ¡He visto a tantas almas volar como pobres
mariposas y quemarse las alas, seducidas por esta luz
engañosa, y luego volver a la verdadera, a la dulce
luz del amor, que les daba nuevas alas, más
brillantes y más ligeras, para poder volar hacia
Jesús, ese Fuego divino "que arde sin
consumirse"!
¡Sí, lo sé! Jesús me
veía demasiado débil para exponerme a la
tentación. Tal vez me hubiera dejado quemar toda
entera por esa luz engañosa, si la hubiera visto
brillar ante mis ojos... Pero no fue así. Yo
sólo he encontrado amargura donde otras almas
más fuertes encuentran alegría y se desasen de
ella por fidelidad.
No tengo, pues, ningún mérito por no
haberme entregado al amor de las criaturas, ya que
sólo la misericordia de Dios me preservó de
hacerlo... Reconozco que, sin El, habría podido caer
tan bajo como santa María Magdalena, y las profundas
palabras de Nuestro Señor a Simón resuenan con
gran dulzura en mi alma... Lo sé muy bien: "Al que
poco se le perdona, poco ama" 59.
Pero sé también que a mí Jesús
me ha perdonado mucho más que a santa María
Magdalena, pues me ha perdonado por adelantado,
impidiéndome caer.
¡Cómo me gustaría saber explicar lo
que pienso...! Voy a poner un ejemplo.
Supongamos que el hijo de un doctor muy competente
encuentra en su camino una piedra que le hace caer, y que en
la caída se rompe un miembro. Su padre acude
enseguida, lo levanta con amor y cura sus heridas,
valiéndose para ello de todos los recursos de su
ciencia; y pronto su hijo, completamente curado, le
demuestra su gratitud. ¡Qué duda cabe de que a
ese hijo le sobran motivos para amar a su padre!
Pero voy a hacer otra suposición. El padre,
sabiendo que en el camino de su hijo hay una piedra, se
apresura a ir antes que él y la retira (sin que nadie
lo vea). Ciertamente que el hijo,
[39rº] objeto de
la ternura previsora de su padre, si DESCONOCE la desgracia
de que su padre lo ha librado, no le manifestará su
gratitud y le amará menos que si lo hubiese curado...
Pero si llega a saber el peligro del que acaba de librarse,
¿no lo amará todavía mucho
más?
Pues bien, yo soy esa hija, objeto del amor previsor de
un Padre que no ha enviado a su Verbo a rescatar a los
justos sino a los pecadores. El quiere que yo le ame porque
me ha perdonado, no mucho, sino todo. No ha esperado a que
yo le ame mucho, como santa María Magdalena, sino que
ha querido que YO SEPA hasta qué punto él me
ha amado a mí, con un amor de admirable
prevención, para que ahora yo le ame a él
¡con locura 60...!
He oído decir que no se ha encontrado
todavía un alma pura que haya amado más que un
alma arrepentida. ¡Cómo me gustaría
desmentir esas palabras...!
Enfermedad
de los escrúpulos
Veo que me he alejado mucho del tema, así que me
apresuro a volver a él.
El año que siguió a mi primera
comunión transcurrió, casi todo él, sin
pruebas interiores para mi alma. Pero durante el retiro para
la segunda comunión 61
me vi asaltada por la terrible enfermedad de los
escrúpulos... Hay que pasar por ese martirio para
saber lo que es. ¡Imposible decir lo que sufrí
durante un año y medio...! Todos mis pensamientos y
mis acciones, aun los más sencillos, se me
convertían en motivo de turbación. La
única forma de recobrar la paz era contárselo
a María 62,
lo cual me costaba mucho, pues me creía obligada a
decirle hasta los pensamientos extravagantes que
tenía acerca de ella misma. En cuanto soltaba mi
carga, disfrutaba por un momento de paz; pero esa paz pasaba
como un relámpago, y enseguida volvía a
comenzar mi martirio.
¡Cuánta paciencia tuvo que tener mi querida
María para escucharme
[39vº] sin dar
nunca muestras de cansancio...!
Apenas volvía de la Abadía, ya se
ponía a rizarme el pelo para el día siguiente
(pues, para dar gusto a papá, la reinecita llevaba
todos los días el pelo rizado, con gran
admiración de sus compañeras, y especialmente
de las profesoras, que no veían a niñas tan
bien atendidas por sus padres). Durante la sesión, yo
no dejaba de llorar, contando todos mis
escrúpulos.
Al terminar el año, Celina terminó sus
estudios y regresó a casa. Y la pobre Teresa, que
tuvo que volver sola al colegio, no tardó en caer
enferma. El único atractivo que la retenía en
el internado era vivir con su inseparable Celina; sin ella,
"su hijita" ya no podía seguir allí...
Señora
de Papinau
Salí, pues, de la Abadía a la edad de 13
años, y continué mi educación
recibiendo varias clases a la semana en casa de la "Sra. de
Papinau" 63.
Era una persona muy buena, y muy culta, pero con ciertos
aires de solterona. Vivía con su madre, y era una
maravilla ver las buenas migas que hacían las tres
(pues la gata era también de la familia, y yo
tenía que soportar que ronronease sobre mis
cuadernos, e incluso admirar su linda figura).
Tenía la ventaja de vivir en la intimidad de la
familia. Como los Buissonnets quedaban demasiado lejos para
las piernas ya un poco viejas de mi profesora, había
pedido que fuera yo a su casa para las clases.
Cuando llegaba, normalmente no encontraba más que
a la anciana señora de Cochain, que me miraba "con
sus grandes ojos claros" y luego llamaba con voz serena y
juiciosa: "¡Señora de Papinau..., la
se...ñorita Te...resa está aquí...!" Su
hija le contestaba inmediatamente, con voz infantil: "Ya
voy, mamá". Y luego empezaba la clase.
Estas clases tenían también la ventaja
(además de la instrucción que en ellas
recibía) de hacerme conocer el mundo...
¡Quién lo hubiera creído...! En aquella
sala, amueblada a la antigua, yo asistía con
frecuencia, rodeada de libros y de cuadernos,
[40rº] a visitas
de toda índole: sacerdotes, señoras,
señoritas, etc. La señora de Cochain llevaba
la batuta de la conversación todo lo que
podía, para que su hija pudiera darme la clase; pero
esos días no aprendía apenas nada: con la
nariz encima del libro, escuchaba todo lo que decían,
e incluso lo que más me valiera no haber escuchado,
pues la vanidad se desliza muy fácilmente en el
corazón... Una señora decía que yo
tenía un pelo precioso; otra, al despedirse, creyendo
que yo no la oía, preguntaba quién era aquella
muchacha tan bonita. Y esas palabras, tanto más
halagadoras cuanto que no se decían delante de
mí, dejaban en mi alma una sensación de placer
que me demostraba a las claras lo llena de amor propio que
yo estaba.
¡Qué lástima me dan las almas que se
pierden...! Es tan fácil extraviarse por los senderos
floridos del mundo... Ciertamente, para un alma un tanto
elevada, la dulzura que él ofrece va mezclada de
amargura, y el vacío inmenso de los deseos
64
nunca podrá llenarse con las alabanzas de un
instante... Pero si mi corazón no se hubiese elevado
hacia Dios desde su primer despertar, si el mundo me hubiese
sonreído desde mi entrada en la vida,
¿qué habría sido de mí...?
¡Madre querida, con cuánta gratitud canto las
misericordias del Señor...! ¿No me retiró
él del mundo, según las palabras de la
Sabiduría, "antes que la malicia pervirtiera mi
conciencia y que la perfidia sedujera mi alma..."?
También la Santísima Virgen velaba por su
florecita, y no queriendo que se marchitase al contacto con
las cosas de la tierra, se la llevó a su
montaña antes de que se abriese su corola... Mientras
esperaba la llegada de ese momento feliz, Teresita iba
creciendo en el amor a su Madre del cielo, y para
demostrarle ese amor hizo algo que le costó mucho y
que voy a contar en pocas palabras a pesar de su
extensión.
Hija
de María
[40vº] Casi
inmediatamente después de mi entrada en la
Abadía, ingresé en la Congregación de
los Santos Ángeles. Me gustaban mucho los ejercicios
de devoción que en ella se prescribían, pues
sentía una especial inclinación a invocar a
los bienaventurados espíritus celestiales, y en
particular al que Dios me dio para que fuera el
compañero de mi destierro .
Poco tiempo después de mi primera comunión,
la banda de aspirante a las Hijas de María
sustituyó a la de los Santos Ángeles, pero
abandoné la Abadía sin haber sido recibida en
esa congregación de la Santísima Virgen. Como
salí antes de terminar los estudios, no se me
permitía entrar en ella como antigua alumna. Confieso
que ese privilegio no me atraía demasiado; pero
pensando que todas mis hermanas habían sido "hijas de
María", no quería ser menos hija que ellas de
mi Madre del cielo, y fui muy humildemente (a pesar de lo
mucho que costaba) a pedir permiso para ingresar en la
congregación de la Santísima Virgen, en la
Abadía. La primera profesora no quiso
negármelo, pero me puso como condición que
tenía que venir al colegio dos días a la
semana , por la tarde, para demostrar que era digna de ser
admitida.
Este permiso, lejos de agradarme, me costó
enormemente. Yo no tenía, como las demás
alumnas, una profesora amiga con quien poder ir a pasar el
tiempo. Así es que me conformaba con ir a saludar a
la profesora, y luego trabajaba en silencio hasta que
terminaba la clase de labores. Nadie se fijaba en mí.
Así que subía a la tribuna de la capilla y me
estaba allí delante del Santísimo hasta que
papá venía a buscarme.
Este era mi único consuelo. ¿No era, acaso,
Jesús mi único amigo...? No sabía
hablar con nadie más que con él. Las
conversaciones con las criaturas, incluso las conversaciones
piadosas, me cansaban el alma... Sentía que vale
más hablar con Dios que
[41rº] hablar de
Dios, ¡pues se suele mezclar tanto amor propio en las
conversaciones espirituales...!
¡Sólo por la Santísima Virgen iba a la
Abadía...!
A veces me sentía sola, muy sola. Como en los
días de mi vida de internado, cuando me paseaba
triste y enferma por el enorme patio, yo repetía
siempre estas palabras, que hacían renacer siempre la
paz y la fuerza en mi corazón: "La vida es tu
navío, no tu morada 65".
Cuando era pequeñita, estas palabras me levantaban la
moral. Y todavía hoy, a pesar de los años, que
hacen que desaparezcan tantos sentimientos de piedad
infantil, la imagen del navío sigue cautivando mi
alma y la ayuda a soportar el destierro... ¿No dice la
Sabiduría que la vida es "como nave que surca las
aguas agitadas sin dejar rastro alguno de su
travesía...?"
Cuando pienso en estas cosas, mi alma se abisma en el
infinito y me parece estar tocando ya las riberas eternas...
Me parece estar ya recibiendo el abrazo de Jesús...
Creo ver a mi Madre del cielo salirme al encuentro con
papá..., con mamá... y con los cuatro
angelitos... Creo estar gozando, por fin, para siempre de la
verdadera, de la única vida de familia...
Nuevas
separaciones
Pero antes de ver a la familia reunida en el hogar
paterno del cielo, tenía que sufrir aún muchas
separaciones.
El mismo año en que fui recibida como hija de la
Santísima Virgen, ésta me arrebató a mi
querida María 66,
el único sostén de mi alma... María era
quien me guiaba, quien me consolaba, quien me ayudaba a
practicar la virtud, ella era mi único
oráculo. Es cierto que Paulina ocupaba un lugar
privilegiado en mi corazón, pero Paulina estaba
lejos, muy lejos de mí... Me había costado un
verdadero martirio acostumbrarme a vivir sin ella, a ver
interpuestos entre ella y yo unos muros
infran-[41vº]
queables, pero al fin había acabado por
aceptar la triste realidad: había perdido a Paulina,
casi como si se hubiera muerto. Ella me seguía
queriendo, sí, y rezaba por mí; pero a mis
ojos, mi Paulina querida se había convertido en una
santa que ya no sabía de las cosas de la tierra, y
las miserias de su pobre Teresa, si las conociera, le
extrañarían y la llevarían a no
quererla tanto... Además, aunque hubiera querido
confiarle mis secretos, como en los Buissonnets, no hubiera
podido hacerlo, pues las visitas en el locutorio eran
sólo para María. Celina y yo no
teníamos permiso para entrar más que al final,
y justo el tiempo para que se nos oprimiese el
corazón...
Por eso, no tenía en realidad más que a
María, que me era, por así decirlo,
indispensable. Sólo a ella le contaba mis
escrúpulos; y la obedecía tan ciegamente, que
mi confesor nunca llegó a conocer mi vergonzosa
enfermedad: yo sólo le decía el número
de pecados que María me permitía confesar, ni
uno mas. Así que podría haber pasado por el
alma menos escrupulosa del mundo, a pesar de serlo en sumo
grado.
María sabía, pues, todo lo que pasaba en mi
alma y conocía también mis deseos del Carmelo;
y yo la quería tanto, que no podía vivir sin
ella. Todos los años, nuestra tía nos invitaba
a ir, turnándonos, a su casa de Trouville. A
mí me gustaba mucho ir, pero con María; cuando
no la tenía a mi lado, me aburría mucho.
Una vez, sin embargo, me lo pasé bien en Trouville
67.
Fue el año en que papá realizó el viaje
a Constantinopla. Para distraernos un poco (pues
estábamos muy tristes porque papá estaba tan
lejos), María nos mandó a Celina y a mí
a pasar quince días en la playa. Yo me divertí
mucho, porque tenía conmigo a Celina. Nuestra
tía nos daba todos los gustos posibles: paseos en
burro, pesca de agujas, etc.
Yo era todavía muy niña
[42rº], a pesar de
mis doce años y medio. Me acuerdo de la
alegría que sentí cuando me puse las preciosas
cintas azules que mi tía me regaló para el
pelo; y también me acuerdo que me confesé en
Trouville de esa complacencia infantil, que me
parecía pecado...
Una noche, tuve una experiencia que me abrió mucho
los ojos. María (Guérin), que casi siempre
estaba enferma, lloriqueaba con frecuencia, y entonces mi
tía la mimaba y le prodigaba los nombres más
tiernos, sin que por eso mi querida primita dejase de
lloriquear y de quejarse de que le dolía la cabeza.
Yo, que tenía también casi todos los
días dolor de cabeza, y no me quejaba, quise una
noche imitar a María y me puse a lloriquear echada en
un sillón, en un rincón de la sala. Enseguida
Juana y mi tía vinieron solícitas a mi lado,
preguntándome qué tenía. Yo les
contesté, como María: "Me duele la cabeza".
Pero al parecer eso de quejarme no se me daba bien, pues no
puede convencerlas de que fuese el dolor de cabeza lo que me
hacía llorar. En lugar de mimarme, me hablaron como a
una persona mayor y Juana me reprochó el que no
tuviera confianza con mi tía, pues pensaba que lo que
yo tenía era un problema de conciencia... En fin,
salí sin más daño que el haber
trabajado en balde y muy decidida a no volver a imitar nunca
a los demás, y comprendí la fábula de
"El asno y el perrito 68".
Yo era como el asno, que, viendo las caricias que le
hacían al perrito, fue a poner su pesada pata sobre
la mesa para recibir también él su
ración de besos. Pero, ¡ay!, si no recibí
palos, como el pobre animal, recibí realmente el pago
que me merecía, y la lección me curó
para toda la vida del deseo de atraer sobre mí la
atención de los demás. ¡El único
intento que hice para ello me costó demasiado
caro...!
Al año siguiente, que fue el de la partida de mi
querida madrina, nuestra tía me volvió a
invitar, pero en esta ocasión a mí sola, y me
encontré tan perdida y tan fuera de lugar, que al
[42vº] cabo de dos
o tres días caí enferma y tuvieron que
llevarme de vuelta a Lisieux 69.
La enfermedad, que temían que fuese grave, no era
más que nostalgia de los Buissonnets, y apenas puse
los pies en ellos me curé ...
Bien, pues a esa niña iba Dios a arrebatarle el
único apoyo que la ataba a la vida...
En cuanto supe la decisión de María,
tomé la resolución de no volver a apegar mi
corazón a nada en la tierra...
Después de salir del internado, me había
instalado en el cuarto de pintura de Paulina y lo
había arreglado a mi gusto. Era una verdadera
leonera, una mezcla de objetos de piedad y curiosidades, un
jardín y una pajarera...
Así, por ejemplo, en el fondo destacaba sobre la
pared una gran cruz de madera negra, sin Cristo, y unos
dibujos que me gustaban. En otra pared, una cesta adornada
con muselina y con cintas de color rosa con hierbas finas y
flores. Finalmente, en la otra pared, campeaba el retrato de
Paulina a los diez años. Y bajo este retrato
tenía una mesa sobre la que estaba colocada una gran
jaula en la que había encerrados un gran
número de pájaros cuyo gorjeo melodioso
aturdía a los visitantes, pero no a su amita, que los
quería mucho...
Tenía también el "mueblecito blanco",
repleto de mis libros de texto, cuadernos, etc.; y sobre
este mueble tenía colocada una estatua de la
Santísima Virgen con floreros siempre llenos de
flores naturales y con candeleros; y, todo alrededor, una
gran cantidad de imagencitas de santos y santas, cestitas de
conchas, cajas de cartulina, etc. Por último, delante
de la ventana, mi jardín colgante, en el que cuidaba
macetas (con las flores más raras que lograba
encontrar). Tenía también, en el interior de
"mi museo", una jardinera, en la que ponía mi planta
favorita...
Frente a la [43rº]
ventana, estaba colocada la mesa, cubierta con un
tapete verde, y sobre el tapete, en el medio, tenía
puesto un reloj de arena, una imagencita de san José,
un portarrelojes, cestas de flores, un tintero, etc...
Algunas sillas rotas y la preciosa cuna de muñecas de
Paulina completaban mi ajuar.
Realmente, esta pobre buhardilla era un mundo para
mí, y, como el Sr. de Maistre, también yo
podría componer un libro titulado "Paseo alrededor de
mi cuarto". En esta habitación me gustaba pasarme
horas enteras, estudiando y meditando ante el hermoso
panorama que se abría ante mis ojos...
Al conocer la partida de María, mi cuarto
perdió para mí todo su encanto. No
quería separarme ni un solo instante de la hermana
querida que pronto iba a levantar el vuelo...
¡Cuántos actos de paciencia le hice practicar!
Cada vez que pasaba ante la puerta de su habitación,
llamaba hasta que me abría y la besaba con toda el
alma; quería hacer provisión de besos para
todo el tiempo que iba a verme privada de ellos.
Un mes antes de su entrada en el Carmelo, papá nos
llevó a Alençon, pero este viaje estuvo muy
lejos de parecerse al primero: todo fue para mí
tristeza y amargura. Imposible decir cuántas
lágrimas lloré sobre la tumba de mamá
porque me había olvidado de llevar un ramillete de
acianos que había cogido para ella.
Verdaderamente, en todo encontraba motivos para sufrir.
Todo lo contrario que ahora, pues Dios me concede la gracia
de no abatirme por nada pasajero. Cuando me acuerdo del
pasado, mi alma desborda de gratitud al ver los favores que
he recibido del cielo. Se ha operado en mí tal
cambio, que estoy desconocida... Verdad es que deseaba
alcanzar la gracia "de tener un dominio absoluto sobre mis
acciones, de ser su dueña y no su esclava
70".
[43vº] Estas
palabras de la Imitación me llegaban muy a lo hondo,
pero, por así decirlo, tenía que comprar con
mis deseos esta gracia inestimable. No era todavía
más que una niña que no parecía tener
otra voluntad que la de los demás, lo cual
hacía decir a la gente de Alençon que era
débil de carácter...
Fue durante este viaje cuando Leonia entró a
prueba en las clarisas 71.
A mí me dolió su extraña entrada, pues
la quería mucho y no pude darle un abrazo antes de
que se fuera.
Nunca olvidaré la bondad y la confusión de
nuestro pobre papaíto cuando vino a comunicarnos que
Leonia vestía ya el hábito de clarisa... A
él, igual que a nosotras, le parecía una cosa
muy rara, pero no quería decir nada al ver lo
disgustada que estaba María. Nos llevó al
convento y allí sentí una congoja como nunca
la había sentido a la vista de un monasterio. Me
produjo el efecto contrario al del Carmelo, donde todo me
dilataba el alma... Tampoco me entusiasmó más
la vista de las religiosas, y no sentí la menor
tentación de quedarme con ellas.
No obstante, nuestra pobre Leonia estaba muy guapa con su
nuevo traje. Nos dijo que la miráramos bien a los
ojos, pues ya no volveríamos a verlos (las clarisas
no se dejan ver más que con los ojos bajos). Pero
Dios se conformó con dos meses de sacrificio, y
Leonia volvió a enseñarnos sus ojos azules,
muy a menudo bañados en lágrimas...
Al dejar Alençon, yo pensé que Leonia se
quedaría con las clarisas, por lo que me alejé
de la triste calle de la Media Luna con el corazón
muy apenado. Ya no quedábamos más que tres, y
pronto nuestra querida María nos iba también a
dejar...
¡El 15 de octubre fue el día de la
separación! De la alegre y numerosa familia de los
Buissonnets ya sólo quedaban las dos últimas
hijas... Las palomas habían huido del nido paterno, y
las que aún quedaban hubiesen querido volar tras
ellas, pero sus alas
[44rº] eran
aún demasiado débiles para que pudieran
levantar el vuelo...
Dios, que quería llamar hacia sí a la
más pequeña y más débil de
todas, se apresuró a hacerle crecer las alas. El, que
se complace en mostrar su bondad y su poder
sirviéndose de los instrumentos menos dignos, quiso
llamarme a mí antes que a Celina, que sin duda
merecía más que yo este favor. Pero
Jesús conocía muy bien mi debilidad, y por eso
me escondió a mí primero en las cavernas de la
roca.
Cuando María entró en el Carmelo, yo era
todavía muy escrupulosa. Como ya no podía
confiarme a ella, me volví hacia el cielo. Me
dirigí a los cuatro angelitos
72
que me habían precedido allá arriba, pues
pensé que aquellas almas inocentes, que nunca
habían conocido ni las turbaciones ni los miedos,
deberían tener compasión de su pobre hermanita
que estaba sufriendo en la tierra.
Les hablé con la sencillez de un niño,
haciéndoles notar que, al ser la última de la
familia, siempre había sido la más querida y
la más colmada de ternuras por mis hermanas, y que si
ellos hubieran permanecido en la tierra me habrían
dado también sin duda alguna pruebas de
cariño... Su partida para el cielo no me
parecía una razón suficiente para que me
olvidasen; al contrario, ya que se hallaban en
situación de disponer de los tesoros divinos,
debían tomar de ellos la paz para mí y
mostrarme así que también en el cielo se sabe
amar...
La respuesta no se hizo esperar. Pronto la paz vino a
inundar mi alma con sus olas deliciosas, y comprendí
que si era amada en la tierra, también lo era en el
cielo...
A partir de aquel momento, fue creciendo mi
devoción hacia mis hermanitos y hermanitas, y me
gusta conversar a menudo con ellos y hablarles de las
tristezas del destierro... y de mi deseo de ir pronto
73
a reunirme con ellos en la patria...
NOTAS AL
CAPÍTULO IV
46
Esta afición a la lectura la conservará
siempre, pero se concentrará casi exclusivamente en
la Sagrada Escritura, san Juan de la Cruz, la
Imitación de Cristo (que aprenderá casi de
memoria) y algunos autores espirituales, como Arminjon; cf
Ms A 83vº; Ms B 1vº; Ms C 25rº. volver
47
Era un método que proponía para cada
día una serie de sacrificios y de breves oraciones,
simbolizados en flores y perfumes. volver
48
Cf PO pp. 548 y ss. Y un recuerdo más antiguo de
Celina: "Soñaba con la vida eremítica, y a
veces se aislaba (...) detrás de las cortinas de su
cama, para hablar con Dios. Tenía entonces siete u
ocho años" (PO p. 269). volver
49
Capellán de las benedictinas y confesor de Teresa en
la Abadía. Esas primeras pláticas están
sin duda en el origen de su terrible enfermedad de
escrúpulos (cf 39rº). volver
50
Para su profesión, que estaba prevista para el mismo
día (8 de mayo). volver
51
Hermoso paralelismo entre la eucaristía y la
profesión; pero después de su primera
comunión, Teresa se entregará para siempre
(35rº). volver
52
La reacción de Teresa es asombrosa: desea el
sufrimiento, pide que se le cambien en amargura todos los
consuelos de la tierra (36vº). En una palabra, a partir
de ese día, lo elige todo (cf Ms A 10rº,
30vº; CA 25.7.1; y UC p. 413). volver
53
Imitación, III, 26, 3. volver
54
El sábado, 14/6/1884, dirigidos por Mons. Hugonin.
Celina da fe del extraordinario entusiasmo de Teresa (PO p.
266-267). volver
55
Una pequeña colina en la parte posterior de la huerta
de las benedictinas; el Corpus era al día siguiente
de la confirmación. volver
56
Las preguntas y respuestas había que aprenderlas de
memoria, y tenían que decirlas de carrerilla,
preguntándose unas a otras. volver
57
De nuevo Imitación, III, 26, 3. volver
58
Cf SAN JUAN DE LA CRUZ: "Y por tanto, el alma que en
él [en el ser de la criaturas] pone su
afición (...) en ninguna manera podrá unirse
(...) con el infinito ser de Dios" (Subida al Monte Carmelo,
1,4,4). volver
59
La palabra ama, escrita en grandes caracteres, parece querer
salirse de la página. volver
60
Esa es la característica del amor de Teresa a
Jesús; cf Ms A 52vº, 82vº, 83vº; Ms B
3rº, 4rº/vº, 5vº; y siete veces en las
Cartas. - La letra y los subrayados de todo este
párrafo muestran a las claras que Teresa escribe bajo
una fuerte emoción, arrastrada por el tema que trata,
y en el que está legando algo fundamental para ella.
volver
61
17-20/5/1885. volver
62
Cuenta María: Los escrúpulos "se redoblaban,
sobre todo, la víspera de sus confesiones.
Venía a contarme todos sus supuestos pecados. Yo
trataba de curarla diciéndole que tomaba sobre
mí sus pecados, que ni siquiera eran imperfecciones,
y no le permitía acusarse más que de dos o
tres que yo misma le indicaba. (...) Pronto volvió a
inundar su alma la paz" (PO pp. 241-242). Ese martirio
duró por lo menos año y medio. volver
63
Una señora de cincuenta y un años. El ritmo de
las clases parece haber sido flexible y espaciado. volver
64
Una expresión análoga en Cta 93 (a
propósito de las tentaciones de María
Guérin): Las criaturas son demasiado pequeñas
para llenar el vacío inmenso que Jesús ha
abierto en ti. volver
65
Teresa cita, con un error, un verso de Réflexion,
poema de Lamartine que al señor Martin le gustaba
recitar: "El tiempo es tu navío, no tu morada".
volver
66
El 15/10/1886. volver
67
Finales de septiembre de 1885, durante el viaje del
señor Martin a Constantinopla (cf DR. CADÉOT,
Louis Martin, pp. 78ss). volver
68
Fábula de Lafontaine (libro IV, 5). volver
69
En julio de 1886. volver
70
Imitación, III, 38,1. volver
71
Leonia entró por una cabezonada en las clarisas de
Alençon, amigas de su madre, el 7/10/1886, y
salió el 1 de diciembre. volver
72
Sus hermanitos y hermanitas muertos en temprana edad.
volver
73
Una palabra favorita de Teresa (218 veces en los escritos).
Este pronto de la impaciencia por ir al cielo se encuentra
en todas las épocas en las cartas y en las
poesías. volver
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