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Santa Teresa de
Lisieux - Historia de un
alma
(�ndice)
Manuscrito
A
DEDICADO A LA
REVERENDA MADRE INÉS DE JESÚS
CAPÍTULO V
DESPUÉS DE LA
GRACIA DE NAVIDAD (1886 - 1887)
Si el cielo me colmaba de gracias, no era porque yo lo
mereciese, pues era aún muy imperfecta. Es cierto que
tenía un gran deseo de practicar
[44vº] la virtud,
pero lo hacía de una manera muy peregrina. He
aquí un ejemplo.
Como era la más pequeña, no estaba
acostumbrada a arreglármelas yo sola. Celina
arreglaba la habitación donde dormíamos las
dos juntas, y yo no hacía ni la menor labor de la
casa. Después de la entrada de María en el
Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la
cama, o bien, cuando Celina no estaba, le metía por
la noche sus macetas de flores. Como he dicho, hacía
esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no
tenía por qué esperar el agradecimiento de las
criaturas. Pero sucedía todo lo contrario: si Celina
tenía la desgracia de no parecer feliz y sorprendida
por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y
se lo hacía saber con mis lágrimas...
Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente
insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que
hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser
querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como
una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de
atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido,
lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran
inútiles, y no lograba corregirme de tan feo
defecto.
No sé cómo podía ilusionarme con la
idea de entrar en el Carmelo estando todavía, como
estaba, en los pañales de la infancia
74...
Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro
para hacerme crecer en un momento, y ese milagro lo hizo el
día inolvidable de Navidad 75.
En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la
Santísima Trinidad, Jesús, el dulce
niñito recién nacido, cambió la noche
de mi alma en torrentes de luz... En esta noche, en la que
él se hizo débil y doliente por mi amor, me
hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de
sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí
la derrota en ningún combate, sino que, al contrario,
fui de victoria en victoria y comencé, por así
decirlo, "una carrera de gigante ".
[45rº] Se
secó la fuente de mis lágrimas, y en adelante
ya no volvió a abrirse sino muy raras veces y con
gran dificultad, lo cual justificó estas palabras que
un día me habían dicho: "Lloras tanto en la
niñez, que más tarde no tendrás ya
lágrimas que derramar..."
Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la
gracia de salir de la niñez; en una palabra, la
gracia de mi total conversión.
Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo
había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y
poderoso.
Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba
ir a la chimenea a buscar mis zapatos. Esta antigua
costumbre nos había proporcionado tantas
alegrías durante la infancia, que Celina
quería seguir tratándome como a una
niña, por ser yo la pequeña de la familia...
Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis
gritos de júbilo a medida que iba sacando las
sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de
mi querido rey aumentaba mucho más mi propia
felicidad.
Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya
era hora de que me liberase de los defectos de la
niñez, me quitó también sus inocentes
alegrías: permitió que papá, que
venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese fastidio
a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas
palabras que me traspasaron el corazón: "¡Bueno,
menos mal que éste es el último
año...!"
Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el
sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y
veía brillar las lágrimas en mis ojos,
sintió también ganas de llorar, pues me
quería mucho y se hacía cargo de mi pena.
"¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías
demasiado al mirar así de golpe dentro de los
zapatos".
Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús
había cambiado su corazón! Reprimiendo las
lágrimas, bajé rápidamente la escalera,
y conteniendo los latidos del corazón, cogí
los zapatos y, poniéndolos delante de papá,
fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz
de una reina. Papá reía, recobrado ya su buen
humor, y Celina creía estar soñando ...
Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita
había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo
que había perdido a los cuatro años y medio, y
la conservaría ya para siempre...!
[45vº] Aquella
noche de luz comenzó el tercer período de mi
vida, el más hermoso de todos, el más lleno de
gracias del cielo...
La obra que yo no había podido realizar en diez
años Jesús la consumó en un instante,
conformándose con mi buena voluntad, que nunca me
había faltado.
Yo podía decirle, igual que los apóstoles:
"Señor, me he pasado la noche bregando, y no he
cogido nada". Y más misericordioso todavía
conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo
cogió la red, la echó y la sacó repleta
de peces... Hizo de mí un pescador de almas, y
sentí un gran deseo de trabajar por la
conversión de los pecadores, deseo que no
había sentido antes con tanta intensidad...
Sentí, en una palabra, que entraba en mi
corazón la caridad, sentí la necesidad de
olvidarme de mí misma para dar gusto
76
a los demás, ¡y desde entonces fui feliz...!
La
sangre de Jesús
Un domingo 77,
mirando una estampa de Nuestro Señor en la cruz, me
sentí profundamente impresionada por la sangre que
caía de sus divinas manos. Sentí un gran dolor
al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que
nadie se apresurase a recogerla. Tomé la
resolución de estar siempre con el espíritu al
pie de la cruz para recibir el rocío divino que
goteaba de ella, y comprendí que luego tendría
que derramarlo sobre las almas...
También resonaba continuamente en mi
corazón el grito de Jesús en la cruz:
"¡Tengo sed!". Estas palabras encendían en
mí un ardor desconocido y muy vivo... Quería
dar de beber a mi Amado, y yo misma me sentía
devorada por la sed de almas... No eran todavía las
almas de los sacerdotes las que me atraían, sino las
de los grandes pecadores; ardía en deseos de
arrancarles del fuego eterno... Y para avivar mi celo, Dios
me mostró que mis deseos eran de su agrado.
Pranzini,
mi primer hijo
Oí hablar de un gran criminal que acababa de ser
condenado a muerte por unos crímenes
horribles78.
Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo
quise evitar a toda costa que cayese en el
infierno79,
y para conseguirlo empleé todos los medios
imaginables.
Sabiendo que por mí misma no podía nada,
ofrecí
[46rº] a Dios
todos los méritos infinitos80
de Nuestro Señor y los tesoros de la santa Iglesia; y
por último, le pedí a Celina que encargase una
Misa por mis intenciones, no atreviéndome a
encargarla yo misma por miedo a verme obligada a confesar
que era por Pranzini, el gran criminal.
Tampoco quería decírselo a Celina, pero me
hizo tan tiernas y tan apremiantes preguntas, que
acabé por confiarle mi secreto. Lejos de burlarse de
mí, me pidió que la dejara ayudarme a
convertir a mi pecador. Yo acepté, agradecida, pues
hubiese querido que todas las criaturas se unieran a
mí para implorar gracia para el culpable.
En el fondo de mi corazón yo tenía la plena
seguridad de que nuestros deseos serían escuchados.
Pero para animarme a seguir rezando por los pecadores, le
dije a Dios que estaba completamente segura de que
perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y que lo
creería aunque no se confesase ni diese muestra
alguna de arrepentimiento, tanta confianza tenía en
la misericordia infinita de Jesús; pero que,
simplemente para mi consuelo, le pedía tan
sólo "una señal" de arrepentimiento...
Mi oración fue escuchada al pie de la letra. A
pesar de que papá nos había prohibido leer
periódicos, no creí desobedecerle leyendo los
pasajes que hablaban de Pranzini. Al día siguiente de
su ejecución, cayó en mis manos el
periódico "La Croix". Lo abrí apresuradamente,
¿y qué fue lo que vi...? Las lágrimas
traicionaron mi emoción y tuve que esconderme...
Pranzini no se había confesado, había subido
al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el
lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una
súbita inspiración, se volvió,
cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote
¡y besó por tres veces sus llagas sagradas...!
Después su alma voló a recibir la sentencia
misericordiosa81
de Aquel que dijo que habrá más alegría
en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los
noventa y nueve justos que no necesitan convertirse...
Había obtenido "la señal" pedida, y esta
señal era la fiel reproducción de las
[46vº] gracias que
Jesús me había concedido para inclinarme a
rezar por los pecadores. ¿No se había despertado
en mi corazón la sed de almas precisamente ante las
llagas de Jesús, al ver gotear su sangre divina? Yo
quería darles a beber esa sangre inmaculada que los
purificaría de sus manchas, ¡¡¡y los
labios de "mi primer hijo" fueron a posarse precisamente
sobre esas llagas sagradas...!!! ¡Qué respuesta
de inefable dulzura...!
A partir de esta gracia sin igual, mi deseo de salvar
almas fue creciendo de día en día. Me
parecía oír a Jesús decirme como a la
Samaritana: "¡Dame de beber!"
Era un verdadero intercambio de amor: yo daba a las almas
la sangre de Jesús, y a Jesús le
ofrecía esas mismas almas refrescadas por su
rocío divino. Así me parecía que
aplacaba su sed. Y cuanto más le deba de beber,
más crecía la sed de mi pobre alma, y esta sed
ardiente que él me daba era la bebida más
deliciosa de su amor...
En poco tiempo Dios supo sacarme del estrecho
círculo en el que yo daba vueltas y vueltas sin
acertar a salir. Al contemplar ahora el camino que él
me hizo recorrer, es grande mi gratitud.
Pero he de reconocer que, si el paso más
importante estaba dado, todavía eran muchas las cosas
que tenía que dejar.
Mi espíritu, liberado ya de los escrúpulos
y de su excesiva sensibilidad, comenzó a
desarrollarse. Yo siempre había amado lo grande, lo
bello, pero en esta época me entraron unos deseos
enormes de saber. No me conformaba con las clases y con los
deberes que me ponía mi profesora, y me
dediqué a hacer por mi cuenta estudios extras de
historia y de ciencias. Las otras materias me eran
indiferentes, pero estos dos campos del saber despertaban
todo mi interés. Y así, en pocos meses
adquirí más conocimientos que durante todos
mis años de estudio.
¡Pero eso no era más que vanidad y
aflicción de espíritu...! Me venía con
frecuencia a la memoria el capítulo de la
Imitación en que se habla de las ciencias. Pero, no
obstante, yo encontraba la forma de seguir,
diciéndome a mí misma que, estando en edad de
estudiar, ningún mal había
[47rº] en
hacerlo.
No creo haber ofendido a Dios (aunque reconozco que
perdí inútilmente el tiempo), pues sólo
le dedicaba un número limitado de horas, que no
quería rebasar, a fin de mortificar mi deseo
exacerbado de saber...
Estaba en la edad más peligrosa para las chicas.
Pero Dios hizo conmigo lo que cuenta
Ezequiel82
en sus profecías: "Al pasar junto a mí,
Jesús vio que yo estaba ya en la edad del amor. Hizo
alianza conmigo, y fui suya... Extendió su manto
sobre mí, me lavó con perfumes preciosos, me
vistió de bordados y me adornó con collares y
con joyas sin precio... Me alimentó con flor de
harina, miel y aceite en abundancia... Me hice cada vez
más hermosa a sus ojos y llegué a ser como una
reina..."
Sí, Jesús hizo todo eso conmigo.
Podría repetir esas palabras que acabo de escribir y
demostrar que todas ellas, una por una, se han realzado en
mí; pero las gracias que he referido más
arriba son ya prueba suficiente de ello. Sólo voy a
hablar del alimento que me dio "en abundancia".
La
Imitación y Arminjon
Desde hacía mucho tiempo yo me venía
alimentando con "la flor de harina" contenida en la
Imitación. Este era el único libro que me
ayudaba, pues no había descubierto todavía los
tesoros escondidos en el Evangelio. Me sabía de
memoria casi todos los capítulos de mi querida
Imitación, y ese librito no me abandonaba nunca; en
verano lo llevaba en el bolsillo, y en invierno en el
manguito, era ya una costumbre. En casa de mi tía se
divertían mucho a costa de eso, y abriéndolo
al azar, me hacían recitar el capítulo que
tenían ante los ojos.
A mis 14 años, con mis deseos de saber, Dios
pensó que era necesario añadir a "la flor de
harina miel y aceite en abundancia". Esa miel y ese aceite
me los hizo encontrar en las charlas del Sr. abate Arminjon
sobre el fin del mundo presente y los misterios de la vida
futura. Este libro se lo habían prestado a
papá mis queridas carmelitas; por eso, contra mi
[47vº] costumbre
(pues yo no leía los libros de papá), le
pedí permiso para leerlo.
Esa lectura fue también una de las mayores gracias
de mi vida. La hice asomada a la ventana de mi cuarto de
estudio, y la impresión que me produjo es demasiado
íntima y demasiado dulce para poder contarla...
Todas las grandes verdades de la religión y los
misterios de la eternidad sumergían mi alma en una
felicidad que no era de esta tierra... Vislumbraba ya lo que
Dios tiene reservado para los que le aman (pero no con los
ojos del cuerpo, sino con los del corazón). Y viendo
que las recompensas eternas no guardaban la menor
proporción con los insignificantes sacrificios de la
vida, quería amar, amar apasionadamente a
Jesús y darle mil muestras de amor mientras
pudiese...
Copié varios pasajes sobre el amor perfecto y
sobre la acogida que Dios dispensará a sus elegidos
cuando él mismo sea su grande y eterna recompensa. Y
repetía sin cesar las palabras de amor que
habían abrasado mi corazón...
Celina se había convertido en la confidente
íntima de mis pensamientos. Desde la noche de Navidad
ya podíamos comprendernos: la diferencia ya no
existía, pues yo había crecido en
estatura83,
y sobre todo en gracia.
Anteriormente a esta época, yo me quejaba con
frecuencia de no conocer los secretos de Celina; ella me
contestaba que yo era demasiado pequeña, y que
tendría que crecer la altura de un taburete para que
pudiese tener confianza en mí... A mí me
gustaba subirme a aquel precioso taburete cuando estaba
junto a ella, y le decía que me hablase
íntimamente; pero la treta no me daba resultado, la
distancia nos seguía separando...
Jesús, que quería hacernos progresar
juntas, formó en nuestros corazones unos lazos
más fuertes que los de la sangre. Nos hizo hermanas
del alma. Se hicieron realidad en nosotras las palabras del
Cántico Espiritual de san Juan de la
Cruz84
(cuando la esposa exclama, hablando al Esposo):
- "A zaga de tu huella,
- las jóvenes discurren al camino,
- al toque de
[48rº]
centella,
- al adobado vino,
- emisiones de bálsamo divino".
Sí, seguíamos muy ligeras las huellas de
Jesús. Las centellas de amor que él sembraba a
manos llenas en nuestras almas y el vino fuerte y delicioso
que nos daba a beber hacían desaparecer de nuestra
vista las cosas pasajeras, y de nuestros labios brotaban
emisiones de amor inspiradas por él.
¡Qué dulces eran las conversaciones que todas
las noches teníamos en el mirador! Con la mirada
hundida en la lejanía, contemplábamos la
blanca luna que se elevaba lentamente por detrás de
los altos árboles... y los reflejos plateados que
derramaba sobre la naturaleza dormida, las brillantes
estrellas que titilaban en el azul profundo..., el soplo
ligero de la brisa nocturna que hacía flotar las
nubes de nieve. Y todo elevaba nuestras almas hacia el
cielo, del que no contemplábamos todavía
más que "el límpido reverso"...
No sé si me equivoco, pero creo que la
expansión de nuestras almas se parecía a la de
santa Mónica y su hijo, cuando en el puerto de Ostia
caían los dos sumidos en éxtasis a la vista de
las maravillas del creador...
Me parece que recibíamos gracias de un orden tan
elevado como las concedidas a los grandes santos. Como dice
la Imitación, a veces Dios se comunica en medio de un
fuerte resplandor, a veces "tenuemente velado, bajo sombras
y figuras"85.
De esta manera se dignaba manifestarse a nuestras alma,
¡pero qué fino y transparente era el velo que
ocultaba a Jesús de nuestras miradas...! No
había lugar para la duda, ya no eran necesarias la fe
ni la esperanza: el amor nos hacía encontrar en la
tierra al que buscábamos. "Al encontrarlo solo en la
calle, nos besó, para que en adelante nadie pudiera
despreciarnos".
Gracias tan grandes no podían quedar sin frutos, y
éstos fueron abundantes. La práctica de la
virtud se nos hizo dulce y natural. Al principio, mi rostro
delataba muchas veces el combate, pero poco a poco esa
impresión fue desapareciendo y la renuncia se me hizo
fácil, incluso desde el primer momento. Ya lo dijo
Jesús: "Al [48vº]
que tiene se le dará, y tendrá de
sobra". Por una gracia acogida con fidelidad, me otorgaba
cantidad de gracias nuevas...
Se entregaba a mí en la sagrada comunión
con mucha más frecuencia de la que yo me hubiera
atrevido a esperar. Yo tenía como norma de conducta
comulgar todas las veces que el confesor me lo permitiera,
sin fallar una sola vez, pero dejando que fuese él
quien decidiese cuántas, sin pedírselo nunca
yo. En esa época no tenía la audacia que ahora
tengo; de haberla tenido, hubiera actuado de distinta
manera, pues estoy convencida de que un alma debe decir a su
confesor el deseo que siente de recibir a su Dios. El no
baja del cielo un día y otro día para quedarse
en un copón dorado86,
sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente
más querido que el primero: el cielo de nuestra alma,
creada a su imagen y templo vivo de la adorable
Trinidad...
Jesús, que veía mis deseos y la rectitud de
mi corazón, permitió que mi confesor me dijese
que durante el mes de mayo comulgase cuatro veces por
semana; y cuando pasó ese hermoso mes, todavía
añadió una quinta más cada vez que
cayese alguna fiesta. Al salir del confesionario, brotaron
de mi ojos lágrimas muy dulces. Me parecía
como si Jesús mismo quisiera entregarse a mí,
pues echaba muy poco tiempo para confesarme y nunca dije ni
una palabra acerca de mis sentimientos interiores.
El camino por el que iba eran tan recto y luminoso, que
no necesitaba más guía que a Jesús...
Comparaba a los directores a espejos fieles que reflejaban a
Jesús en las almas, y decía que en mi caso
Dios no se servía de intermediarios, sino que actuaba
directamente él...
Deseos
de entrar en el Carmelo
Cuando un jardinero rodea de cuidados a una fruta que
quiere que madure antes de tiempo, no es para dejarla
colgada en el árbol, sino para presentarla en una
mesa ricamente servida. Con parecida intención
[49rº] prodigaba
Jesús sus gracias a su florecita... El, que en los
días de su vida mortal exclamó en un
transporte de alegría: "Te doy gracias, Padre, porque
has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y
las has revelado a la gente sencilla", quería hacer
resplandecer en mí su misericordia. Porque yo era
débil y pequeña, se abajaba hasta mí y
me instruía en secreto en las cosas de su amor. Si
los sabios que se pasan la vida estudiando hubiesen venido a
preguntarme, se hubieran quedado asombrados al ver a una
niña de catorce años comprender los secretos
de la perfección, unos secretos que toda su ciencia
no puede descubrirles a ellos porque para poseerlos es
necesario ser pobres de espíritu...
Como dice san Juan de la Cruz en su Cántico:
- "Sin otra luz ni guía
- sino la que en el corazón
ardía.
- Aquesta me guiaba
- más cierto que la luz del
mediodía
- adonde me esperaba
- quien yo bien me
sabía87".
Ese lugar era el Carmelo. Pero antes de "sentarme a la
sombra de Aquel a quien deseaba", tenía que pasar por
muchas pruebas. Pero la llamada divina era tan apremiante,
que si hubiera tenido que pasar entre llamas, lo
habría hecho por ser fiel a Jesús...
Sólo encontré un alma que me animase en mi
vocación: la de mi Madre querida... Mi corazón
encontró en el suyo un eco fiel; y sin ella, yo no
habría llegado en modo alguno a la ribera bendita que
la había acogido a ella cinco años antes en su
suelo impregnado del rocío celestial...
Sí, hacía cinco años que yo estaba
separada de ti, Madre querida, y creía que te
había perdido. Pero en el momento de la prueba fue tu
mano la que me indicó el camino que debía
seguir... Necesitaba ese consuelo, pues las visitas al
locutorio del Carmelo me resultaban cada vez más
penosas; no podía hablar de mis deseos de entrar, sin
verme rechazada. María pensaba que era demasiado
joven y hacía todo lo posible por impedirme entrar; y
tú misma, Madre, a fin de probarme, tratabas a veces
de moderar mi entusiasmo
[49vº]. En fin,
que si no hubiese tenido verdadera vocación, me
hubiera vuelto atrás desde el primer momento, pues en
cuanto empecé a responder a la llamada de
Jesús me encontré con obstáculos.
No quise hablarle a Celina de mis deseos de entrar tan
joven en el Carmelo, y eso aumentó mi sufrimiento,
pues me resultaba muy difícil ocultarle nada... Pero
este sufrimiento no duró mucho, pues pronto mi
hermanita querida se enteró de mi
determinación, y, lejos de intentar disuadirme,
aceptó con un valor admirable el sacrificio que Dios
le pedía; para entender cuán grande era ese
sacrificio, habría que saber hasta qué punto
estábamos unidas...
Una misma alma, por así decirlo, nos hacía
vivir. Desde hacía algunos meses,
disfrutábamos juntas de la vida más dulce que
unas jóvenes puedan soñar. Todo alrededor de
nosotras respondía a nuestros gustos. Teníamos
una gran libertad. En una palabra, yo solía decir que
nuestra vida era en la tierra el ideal de la
felicidad...
Pero apenas habíamos comenzado a saborear este
ideal de la felicidad, tuvimos que renunciar libremente a
él, y mi querida Celina no se rebeló ni por un
instante.
Sin embargo, podría haberse quejado, ya que
Jesús no la llamaba a ella la primera... Tenía
la misma vocación que yo, por lo cual le tocaba a
ella partir antes... Pero así como, en tiempos de los
mártires, los que quedaban en la cárcel daban
gozosos el beso de paz a sus hermanos que partían
primero para combatir en la arena, y se consolaban pensando
que tal vez a ellos se les reservaba para combates
todavía mayores, igualmente Celina dejó
alejarse a su Teresa y se quedó sola para el glorioso
y sangriento combate al que Jesús la tenía
destinada como privilegiada de su amor...
Celina, pues, se convirtió en confidente de mis
luchas y de mis sufrimientos, y tomó en ellos tanta
parte como si se hubiera tratado de su propia
vocación. De parte de ella no temía yo ninguna
oposición.
Confidencia
a mi padre
Lo que no sabía era qué medio emplear para
decírselo a papá... ¿Cómo hablarle
de separarse de su reina, a él que acababa de
sacrificar a sus tres hijas
mayores88...?
¡Cuántas luchas interiores no tuve que sufrir
antes [50rº] de
sentirme con ánimos para hablar...! Sin embargo,
tenía que decidirme. Yo iba cumplir catorce
años y medio, y sólo seis meses nos separaban
de la hermosa noche de Navidad, en que había decidido
ingresar a la misma hora en que el año anterior
había recibido "mi gracia".
Escogí el día de Pentecostés para
hacerle a papá mi gran confidencia. Todo el
día estuve suplicando a los santos apóstoles
que intercedieran por mí y que me inspiraran ellos
las palabras que habría de decir... ¿No eran
ellos, en efecto, quienes tenían que ayudar a aquella
niña tímida que Dios tenía destinada a
ser apóstol de apóstoles por medio de la
oración y el sacrificio...?
Hasta por la tarde, al volver de Vísperas, no
encontré la ocasión de hablar a mi
papaíto querido. Había ido a sentarse al borde
del aljibe, y desde allí, con las manos juntas,
contemplaba las maravillas de la naturaleza. El sol, cuyos
rayos habían perdido ya su ardor, doraba las copas de
los altos árboles, en los que los pajarillos cantaban
alegres su oración de la tarde.
El hermoso rostro de papá tenía una
expresión celestial. Comprendí que la paz
inundaba su corazón. Sin decir una sola palabra, fui
a sentarme a su lado, con los ojos bañados ya en
lágrimas. Me miró con ternura, y cogiendo mi
cabeza la apoyó en su pecho, diciéndome:
"¿Qué te pasa, reinecita...
Cuéntamelo..." Luego, levantándose, como para
disimular su propia emoción, echó a andar
lentamente, manteniendo mi cabeza apoyada en su pecho.
A través de las lágrimas, le confié
mi deseo de entrar en el Carmelo, y entonces sus
lágrimas se mezclaron con las mías; pero no
dijo ni una palabra para hacerme desistir de mi
vocación. Simplemente se contentó con hacerme
notar que yo era todavía muy joven para tomar una
decisión tan grave.
Pero yo defendí tan bien mi causa, que
papá, con su modo de ser sencillo y recto,
quedó pronto convencido89
de que mi deseo era el de Dios; y con su fe profunda, me
dijo que Dios le hacía un gran honor al pedirle
así a sus hijas.
Seguimos paseando un largo rato. Mi corazón,
confortado por la bondad con que aquel padre incomparable
había acogido mis confidencias,
[50vº] se
volcó dulcemente en el suyo. Papá
parecía gozar de esa alegría serena que da el
sacrificio consumado. Me habló como un santo, y me
gustaría acordarme de sus palabras para
transcribirlas aquí, pero sólo conservo de
ellas un recuerdo demasiado perfumado para poderlo
expresar.
De lo que sí me acuerdo perfectamente es de la
acción simbólica que mi querido rey
realizó sin saberlo. Acercándose a un muro
poco elevado, me mostró unas florecillas blancas,
parecidas a lirios en miniatura ; y tomando una de aquellas
flores, me la dio, explicándome con cuánto
esmero Dios la había hecho nacer y la había
conservado hasta aquel día. Al oírle hablar,
me parecía estar escuchando mi propia historia, tanta
semejanza había entre lo que Jesús
había hecho con aquella florecilla y con Teresita
...
Recibí aquella flor como una reliquia, y
observé que, al querer cogerla, papá
había arrancado todas sus raíces sin
troncharlas, como si estuviera destinada a seguir viviendo
en otra tierra más fértil que el blando musgo
en el que habían transcurrido sus primeras
alboradas... Era exactamente lo mismo que papá
acababa de hacer conmigo poco antes al permitirme subir a la
montaña del Carmelo y abandonar el dulce valle
testigo de mis primeros pasos por la vida.
Puse mi florecita blanca en mi libro de la
Imitación, en el capítulo titulado: "Del amor
a Jesús sobre todas las cosas", y todavía
sigue allí. Sólo el tallo se ha roto muy cerca
de la raíz, y Dios parece decirme con eso que pronto
romperá los lazos de su florecita y que no la
dejará marchitarse en la tierra.
Una vez obtenido el consentimiento de papá,
pensé que podría volar ya sin temor alguno
hacia el Carmelo. Pero muchos y muy dolorosos contratiempos
debían aún someter a prueba mi
vocación.
Mi
tío cambia de opinión
Cuando fui a comunicarle a mi tío la
decisión que había tomado, lo hice
temblando90.
Me prodigó las mayores muestras de ternura, pero no
me dio permiso para irme; al contrario, me prohibió
[51rº] hablarle de
mi vocación antes de cumplir los 17 años. Era
un atentado a la prudencia humana, decía, dejar
entrar en el Carmelo a una niña de 15 años.
Siendo la vida de las carmelitas a los ojos del mundo una
vida propia de filósofos, sería hacer un grave
daño a la religión permitir que la abrazase
una niña sin experiencia... Todo el mundo
hablaría, etc... etc... Hasta llegó a decir
que para decidirle a dejarme partir haría falta un
milagro.
Vi claro que todos mis razonamientos serían
inútiles, así que me fui con el corazón
sumido en la más profunda amargura.
Mi único consuelo era la oración. Suplicaba
a Jesús que hiciese el milagro que exigía mi
tío, ya que sólo a ese precio podría yo
responder a su llamada.
Pasó bastante tiempo91
hasta que me atreví a volver a hablarle a mi
tío; me costaba horrores ir a su casa. El, por su
parte, no parecía pensar ya en mi vocación;
pero supe más tarde que mi enorme tristeza lo
predispuso mucho a mi favor.
Antes de hacer brillar en mi alma un rayo de esperanza,
Dios quiso enviarme un martirio sumamente doloroso, que
duró tres días92.
Nunca como en aquella prueba comprendí de bien el
dolor de la Santísima Virgen y de san José
mientras buscaban al divino Niño Jesús... Me
encontraba en un triste desierto, o, mejor, mi alma
parecía un frágil esquife, abandonado sin
piloto a merced de las olas tempestuosas...
Lo sé, Jesús estaba allí, dormido en
mi barquilla; pero la noche era tan negra, que me era
imposible verle. Ni una luz. Ni siquiera un relámpago
que viniese a surcar las sombrías nubes... Es cierto
que es muy triste el resplandor de los relámpagos;
pero, al menos, si la tormenta hubiese estallado
abiertamente, habría podido ver por un momento a
Jesús... Pero era la noche, la noche profunda del
alma... Y como Jesús en el huerto de la
agonía, me sentía sola, sin encontrar consuelo
alguno ni en la tierra ni en el cielo.
¡¡¡Como si el mismo Dios me hubiese
abandonado...!!!
La naturaleza parecía participar también de
mi amarga tristeza: durante esos tres días, el sol no
hizo brillar ni uno de
[51vº]sus rayos y la lluvia cayó
a torrentes. (He observado que en todas las ocasiones
importantes de mi vida la naturaleza ha sido como una imagen
de mi alma. En los días de lágrimas el cielo
lloraba conmigo; en los días de alegría el
cielo enviaba con profusión sus alegres rayos y ni
una sola nube oscurecía el cielo azul...)
Por fin, al cuarto día, que era sábado,
día dedicado a la dulce Reina del cielo, fui a ver a
mi tío. ¡Y cuál no sería mi
sorpresa al ver que me miraba y que me hacía entrar
en su despacho sin que yo le hubiese manifestado deseo
alguno de hacerlo...! Empezó dirigiéndome
tiernos reproches por portarme con él como si le
tuviera miedo, y luego me dijo que no hacía falta
pedir un milagro: que él sólo había
pedido a Dios que le diera "una simple inclinación
del corazón", y que había sido
escuchado...
Ya no sentí la tentación de pedir un
milagro, pues para mí el milagro ya estaba concedido:
mi tío no era el mismo.
Sin hacer la menor alusión a la "prudencia
humana", me dijo que yo era una florecita que Dios
quería cortar, y que él no seguiría
oponiéndose a ello...
Esta respuesta definitiva era realmente digna de
él. Por tercera vez, este cristiano de otros tiempos
permitía que una de las hijas adoptivas de su
corazón fuera a sepultarse lejos del mundo.
También mi tía fue admirable por su ternura
y su prudencia. No recuerdo que, durante el tiempo de mi
prueba, me haya dicho una sola palabra que pudiera
aumentarla. Yo veía que le daba mucha pena su pobre
Teresita. Por eso, cuando obtuve el consentimiento de mi
tío, también ella me dio el suyo, aunque no
sin hacerme ver de mil maneras que mi partida le iba a
costar mucho... ¡Ay, qué lejos estaban nuestros
queridos parientes de sospechar
[52rº] entonces
que tendrían que renovar otras dos veces ese mismo
sacrificio...! Pero Dios, al tender la mano para seguir
pidiendo, no la presentó vacía: sus amigos
más queridos pudieron beber en ella, y con
abundancia, la fuerza y el valor que tanto
necesitaban...
Pero mi corazón me ha llevado muy lejos del tema;
vuelvo a él casi a disgusto.
Después de la respuesta de mi tío, ya
comprenderás, Madre mía,
[51vº sigue] con qué
alegría emprendí el camino de regreso a los
Buissonnets bajo "un hermoso cielo en el que las nubes se
habían disipado por completo"...
También en mi alma había cesado la noche.
Jesús, despertándose, me había devuelto
la alegría, el ruido de la olas se había
calmado. En lugar del viento de la prueba, henchía mi
vela una brisa ligera, y yo creía que pronto
llegaría a la ribera bendita que ya divisaba muy
cerca de mí. Y esa ribera estaba, en efecto, muy
cerca de mi barquilla; pero aún debía
levantarse más de una tormenta, que ocultaría
a su vista el faro luminoso, haciéndole temer que se
había alejado para siempre de la playa tan
ardientemente deseada...
Oposición
del superior
Pocos días después de haber conseguido el
consentimiento de mi tío, fui a verte, Madre querida,
y te hablé de mi alegría por que todas mis
pruebas hubiesen ya pasado. Pero ¡cuáles no
fueron mi sorpresa y mi aflicción al oírte
decir que [52rº]
el Superior no permitía que entrara antes de los 21
años...!
Nadie había pensado en esta oposición, la
más invencible de todas. Sin embargo, sin
desanimarme, yo misma fui con papá y con Celina a ver
a nuestro Padre, para intentar conmoverle haciéndole
ver que tenía verdadera vocación de
carmelita.
Nos recibió con gran frialdad. Y por más
que mi incomparable papaíto unió sus
instancias a las mías, nada pudo hacerle cambiar de
parecer. Me dijo que no había ningún peligro
en esperar, que yo podía llevar vida de carmelita en
mi casa, que no estaría todo perdido porque no me
diera disciplina, etc... etc... Por último,
añadió que él no era más que el
delegado de Monseñor, y que si éste
quería permitirme entrar en el Carmelo, él no
tendría nada que decir...
Salí de la rectoral hecha un mar de
lágrimas; gracias a Dios, estaba escondida bajo el
paraguas, pues la lluvia caía torrencialmente.
Papá no sabía cómo consolarme... Me
prometió llevarme a Bayeux en cuanto se lo
pedí, pues estaba decidida a conseguir mi
propósito. Llegué incluso a decir que
iría hasta el Santo Padre, si Monseñor no
quería permitirme entrar en el Carmelo a los 15
años...
Muchas cosas pasaron antes del
viaje93
a Bayeux. Exteriormente, mi vida parecía la misma.
Seguía estudiando, Celina me daba clases de dibujo, y
mi experta profesora encontraba en mí muchas
cualidades para su arte.
Sobre todo, crecía en el amor de Dios.
Sentía en mi corazón unos ímpetus que
hasta entonces no conocía. A veces tenía
verdaderos trasportes de amor. Una noche, no sabiendo
cómo decirle a Jesús que le amaba y
cómo deseaba que fuese amado y glorificado en todas
partes, pensé con dolor que él nunca
podría recibir en el infierno un solo acto de amor; y
entonces le dije a Dios que, por agradarle, aceptaría
gustosa verme sumergida allí, a fin de que fuese
amado eternamente en ese lugar de blasfemias... Yo
sabía bien que eso no podía glorificarle,
porque él sólo desea nuestra felicidad. Pero
cuando se [52vº]
ama, una siente necesidad de decir mil locuras.
Si hablaba de esa manera, no era porque el cielo no
atrajera mis deseos, sino porque en aquel entonces mi
único cielo era el amor, y sentía, como san
Pablo, que nada podría apartarme del objeto divino
que me había hechizado...
Antes de abandonar el mundo, Dios me concedió el
consuelo de contemplar de cerca las almas de los
niños . Al ser la más pequeña de la
familia, nunca había tenido esta suerte. He
aquí las tristes circunstancias que me la
depararon.
Una buena mujer, pariente de nuestra sirvienta,
murió en la flor de la edad, dejando tres
niños muy pequeños. Durante su enfermedad,
trajimos a nuestra casa a las dos niñas
pequeñas, la mayor de la cuales no tenía
todavía seis años. Yo me encargaba de
cuidarlas durante todo el día, y era para mí
un auténtico placer ver con qué candor
creían todo lo que les decía. Tiene que dejar
el santo bautismo en las almas un germen muy profundo de las
virtudes teologales, ya que aparecen ya desde la infancia, y
basta la esperanza de los bienes futuros para hacerles
aceptar los sacrificios.
Cuando quería ver a mis dos niñas haciendo
buenas migas entre ellas, en vez de prometer juguetes o
bombones a la que cediese primero, les hablaba de las
recompensas eternas que el Niño Jesús
daría en el cielo a los niñitos buenos. La
mayor, cuya razón empezaba ya a despertarse, me
miraba con ojos resplandecientes de alegría, me
hacía mil preguntas encantadoras sobre el Niño
Jesús y su hermoso cielo, y me prometía
entusiasmada ceder siempre ante su hermana. Y me
decía que jamás en la vida olvidaría lo
que la "gran señorita", como ella me llamaba, le
había enseñado...
Viendo de cerca a estas almas inocentes, comprendí
la desgracia que supone el no formarlas bien desde su mismo
despertar, cuando se asemejan a la cera blanda sobre la que
se puede dejar grabada la huella de las virtudes, pero
también la huella del mal... Comprendí lo que
dice Jesús en el Evangelio: "Mejor sería ser
arrojado al mar que escandalizar a uno solo de estos
pequeños".
[53rº]
¡Cuántas almas llegarían a la santidad si
fuesen bien dirigidas...!
Sé muy bien que Dios no tiene necesidad de nadie
para realizar su obra. Pero así como permite a un
hábil jardinero cultivar plantas delicadas y le da
para ello los conocimientos necesarios, reservándose
para sí la misión de fecundarlas, de la misma
manera quiere Jesús ser ayudado en su divino cultivo
de las almas.
¿Qué ocurriría si un jardinero
desmañado no injertase bien los árboles?
¿Si no conociese bien la naturaleza de cada uno de
ellos y se empeñase en hacer brotar rosas de un
melocotonero...? Haría morir al árbol, que,
sin embargo, era bueno y capaz de producir frutos.
De la misma manera hay que saber reconocer desde la
infancia lo que Dios pide a las almas y secundar la
acción de su gracia, sin acelerarla ni frenarla
nunca.
Como los pajaritos aprender a cantar escuchando a sus
padres, así los niños aprenden la ciencia de
las virtudes, el canto sublime del amor de Dios, de las
almas encargadas de formarles para la vida.
Recuerdo que entre mis pájaros tenía un
canario que cantaba de maravilla. Tenía
también un pardillo al que le prodigaba cuidados
verdaderamente maternales porque lo había adoptado
antes que pudiese gozar la dicha de la libertad. Este pobre
prisionerito no tenía padres que le enseñasen
a cantar, pero como oía de la mañana a la
noche a su compañero el canario lanzar sus alegres
trinos, quiso imitarlo... Empresa difícil para un
pardillo, por lo que a su dulce voz le costó mucho
acordarse a la voz vibrante de su profesor de música.
Era asombroso ver los esfuerzos que hacía el
pobrecito, pero al fin se vieron coronados por el
éxito, pues su canto, aunque un poco más
apagado, era absolutamente idéntico al del
canario.
[53vº]
¡Madre mía querida! Tu fuiste quien me
enseñó a mí a cantar... Tu voz me
cautivó desde la infancia, y ahora
¡¡¡me encanta oír decir que me parezco
a ti!!! Sé cuánto me falta para ello, pero, a
pesar de mi debilidad, espero cantar eternamente el mismo
cántico que tú...
Antes de mi entrada en el Carmelo, tuve también
otras muchas experiencias sobre la vida y las miserias del
mundo. Pero esos detalles me llevarían demasiado
lejos. Voy a reanudar el relato de mi vocación.
Viaje
a Bayeux
El 31 de octubre fue el día fijado para mi viaje a
Bayeux. Partí sola con papá, con el
corazón henchido de esperanza, pero también
muy emocionada al pensar que iba a presentarme al obispo.
Por primera vez en mi vida iba a hacer un visita sin que me
acompañaran mis hermanas, ¡y esta visita era
nada menos que a un obispo94!
Yo, que nunca hablaba, a no ser para contestar a las
preguntas que me hacían, tenía que explicar
por mí misma el motivo de mi visita y exponer las
razones que me movían a solicitar la entrada en el
Carmelo. En una palabra, iba a tener que demostrar la
solidez de mi vocación.
¡Cuánto me costó hacer ese viaje! Tuvo
que concederme Dios una gracia muy especial para que pudiera
vencer mi gran timidez... Aunque también es verdad
que "para el amor nada hay imposible, porque todo lo cree
posible y permitido" 95.
Y realmente sólo el amor de Jesús podía
hacerme vencer aquellas dificultades y las que
vendrían más tarde, pues quiso hacerme comprar
mi vocación a costa de pruebas muy grandes...
Hoy, que gozo de la soledad del Carmelo (descansando a la
sombra de Aquel a quien tan ardientemente deseé),
creo que he comprado mi dicha a muy bajo precio y
estaría dispuesta a soportar sufrimientos mucho
mayores para alcanzarla si aún no la tuviese.
Cuando llegamos a Bayeux, llovía a
cántaros. Papá, que no quería ver a su
reinecita entrar en el obispado con su hermoso vestido hecho
una sopa, la hizo subir a un ómnibus que nos
llevó a la catedral. Allí comenzaron mis
desgracias.
Monseñor, con todo su presbiterio, estaba
asistiendo a un solemne funeral. La iglesia estaba llena de
señoras vestidas de luto, y todo el mundo me miraba a
mí con mi [54rº]
vestido claro y mi sombrero blanco. Hubiera querido
salir de la iglesia, pero no había ni que pensarlo a
causa de la lluvia. Y para humillarme más
todavía, Dios permitió que papá, con su
sencillez patriarcal, me hiciese pasar hasta el fondo de la
catedral; yo, por no disgustarlo, obedecí de buen
grado y ofrecí aquella distracción a los
habitantes de Bayeux, a los que deseaba no haber conocido en
mi vida...
Por fin pude respirar tranquila en una capilla que
había detrás del altar mayor, y allí me
quedé un largo rato rezando con fervor, en espera de
que la lluvia cesase y nos dejase salir.
Al salir, papá me hizo admirar la belleza del
edificio, que al estar vacío parecía mucho
mayor. Pero a mí sólo una idea me ocupaba el
pensamiento, y no podía encontrarle gusto a nada.
Fuimos directamente a ver al Sr. Révérony
96,
que estaba informado de nuestra llegada y que había
fijado él mismo la fecha del viaje; pero estaba
ausente. Así que tuvimos que andar errando por las
calles, que me parecieron muy tristes.
Por fin, volvimos cerca del obispado, y papá me
llevó a un hotel en el que no hice honor al buen
cocinero.
Mi pobre papaíto me demostraba una ternura casi
increíble. Me decía que no me preocupase, que
seguro que Monseñor me concedería lo que iba a
pedirle.
Después de descansar un poco, volvimos en busca
del Sr. Révérony. Llegó al mismo tiempo
que nosotros un señor, pero el Vicario general le
pidió cortésmente que esperara y nos hizo
entrar a nosotros primero en su despacho (el pobre
señor tuvo tiempo de aburrirse, pues nuestra visita
fue larga).
El Sr. Révérony se mostró muy
amable, pero creo que le sorprendió mucho el motivo
de nuestro viaje. Después de mirarme sonriente y de
hacerme algunas preguntas, nos dijo: "Voy a presentarles a
Monseñor, tengan la bondad de acompañarme". Y
al ver brillar lágrimas en mis ojos,
añadió: "¡Pero bueno!, estoy viendo
diamantes... ¡No podemos enseñárselos a
Monseñor...!"
Nos hizo atravesar varios aposentos muy amplios,
adornados [54vº]
con retratos de obispos. Viéndome en aquellos enormes
salones, me sentía como una pobre hormiguita y me
preguntaba qué me atrevería a decirle a
Monseñor.
El estaba paseando por una galería con dos
sacerdotes. Vi que el Sr. Révérony le
decía unas palabras y volvía con él.
Nosotros lo esperábamos en su despacho, donde
había tres enormes sillones colocados delante de la
chimenea en la que chisporroteaba un buen fuego.
Al ver entrar a Su Excelencia, papá se
arrodilló a mi lado para recibir su bendición.
Luego Monseñor hizo tomar asiento a papá en
uno de los sillones, se sentó frente a él, y
el Sr. Révérony quiso que yo ocupara el del
medio. Rehusé cortésmente, pero él
insistió, diciéndome que tenía que
demostrar si era capaz de obedecer. Me senté
enseguida, sin pensarlo dos veces, y tuve que pasar por la
vergüenza de verle a él tomar una silla mientras
yo me veía arrellanada en un sillón donde
habrían cabido cómodamente cuatro como yo (y
más cómodas que yo, ¡pues me hallaba muy
lejos de estarlo...!)
Yo esperaba que hablaría papá, pero me dijo
que explicara yo misma a Monseñor el motivo de
nuestra visita. Lo hice lo más elocuentemente que
pude. Pero Su Excelencia, acostumbrado a la elocuencia, no
pareció conmoverse mayormente por mis razones. Una
sola palabra del Superior me hubiera valido mucho más
que todas ellas, pero lamentablemente no la tenía y
su oposición no abogaba precisamente en mi
favor...
Monseñor me preguntó si hacía mucho
tiempo que deseaba entrar en el Carmelo. -"Sí,
Monseñor, muchísimo tiempo..." -"¡Vamos!,
replicó riendo el Sr. Révérony,
¿no dirás que hace quince años que lo
estás deseando?" -"Desde luego, respondí yo
riendo también. Pero no hay que quitar muchos
años, porque deseo ser religiosa desde que tengo uso
de razón, y deseé el Carmelo desde que lo
conocí, porque me parecía que en esta Orden se
verían satisfechas todas las aspiraciones de mi
alma".
[55rº] No
sé, Madre querida, si fueron éstas exactamente
mis palabras, creo que lo dije todavía peor; pero,
bueno, ese fue el sentido.
[54vº sigue]
Monseñor, creyendo agradar a papá,
intentó hacer que me quedara con él algunos
años más. Por eso, no fue poca su sorpresa y
su edificación al verlo ponerse de mi parte e
interceder para que me concediera permiso para volar a los
quince años.
Sin embargo, todo fue inútil. Dijo que antes de
tomar una decisión, era indispensable tener una
entrevista con el Superior del Carmelo.
Nada podía yo escuchar que me causase una pena
mayor, pues conocía la abierta oposición de
nuestro Padre. Así que, sin tener en cuenta ya la
recomendación del Sr. Révérony, hice
algo más que enseñar diamantes a
Monseñor: ¡se los regalé...!
Vi muy bien que estaba emocionado. Poniendo su mano en mi
cuello, apoyó mi cabeza sobre su hombro y me
acarició como creo que nunca
[55rº] había acariciado a nadie.
Me dijo que no todo estaba perdido, que estaba muy contento
de que hiciese el viaje a Roma para afianzar mi
vocación, y que, en vez de llorar, debería
alegrarme. Añadió que, a la semana siguiente,
tenía que ir a Lisieux y que le hablaría de
mí al párroco de Santiago, y que no dudase que
en Italia recibiría su respuesta.
Comprendí que era inútil seguir
insistiendo. Además, ya no tenía nada
más que decir, pues había agotado todos los
recursos de mi elocuencia.
Monseñor nos acompañó hasta el
jardín. Papá le hizo reír mucho
contándole que, para aparentar más edad, me
había hecho recoger el pelo. (Este detalle no lo
echó Monseñor en saco roto, pues cuando habla
de su "hijita" nunca deja de contar las historia de su
pelo...)
El Sr. Révérony quiso acompañarnos
hasta la puerta del jardín del obispado, y dijo a
papá que nunca se había visto una cosa
así: "¡Un padre tan deseoso de entregar a Dios
su hija como ésta de ofrecerse a él!"
Papá le pidió algunas explicaciones sobre
la peregrinación, entre otras cómo
había que ir vestidos para presentarse ante el Santo
Padre. Aún lo estoy viendo darse vuelta ante el Sr.
Révérony, diciéndole:
"¿Estaré bien así...?"
El le había dicho también a Monseñor
que si él no me daba permiso para entrar en el
Carmelo, yo pediría esta gracia al Sumo
Pontífice.
Era muy sencillo en sus palabras y en sus modales mi
querido rey, pero era tan guapo... Tenía una
distinción tan natural, que debió de agradarle
mucho a Monseñor, acostumbrado a verse rodeado de
personajes que conocían todas las reglas de la
etiqueta, pero no al Rey de Francia y de Navarra en persona
con su reinecita ...
Cuando llegué a la calle, volvieron a correr las
lágrimas, pero no tanto a causa de mi disgusto cuanto
por ver que mi papaíto querido acababa de hacer un
viaje inútil... El, que saboreaba ya por adelantado
la alegría de enviar un telegrama al Carmelo
anunciando la feliz respuesta de Monseñor, se
veía obligado a
[55vº] volver sin
respuesta de ninguna clase...
¡Qué disgusto tan grande tenía yo...!
Me parecía que mi futuro estaba roto para siempre.
Cuanto más me acercaba a la meta, más
veía embrollarse mis asuntos.
Mi alma estaba hundida en la amargura, pero
también en la paz, pues lo único que buscaba
era la voluntad de Dios.
En cuanto llegamos a Lisieux, fui a buscar consuelo en el
Carmelo, y lo encontré a tu lado, Madre querida.
¡No!, nunca olvidaré todo lo que tú
sufriste por mi causa. Si no temiera profanarlas
sirviéndome de ellas, podría repetir las
palabras que Jesús dirigió a los
apóstoles la noche de su Pasión: "Tú
has permanecido siempre conmigo en mis pruebas..."
También mis queridísimas hermanas me
ofrecieron muy dulces consuelos...
NOTAS AL
CAPÍTULO V
74
Expresión de san Juan de la Cruz en Noche oscura, I,
cap. 12. volver
75
En la noche del viernes 24 al sábado 25 de diciembre
de 1886, el día de la "conversión" de Paul
Claudel, y la "primera Navidad cristiana" de Carlos de
Foucauld. volver
76
Uno de los grandes temas teresianos. volver
77
En julio de 1887, según las Novissima Verba. Estampa
de Cristo en la cruz, de Müller. volver
78
Enrique Pranzini, de treinta y un años de edad,
había degollado a dos mujeres y a una niña
para robar, el 17/3/1887, en París. Su procesó
concluyó el 13/7/1887 con la condena a muerte y fue
guillotinado el 31/8. - Obsérvese que Teresa, en el
Ms A, no siempre es fiel a la cronología; su
iniciativa en favor de Pranzini tiene lugar dos meses
después de pedir permiso a su padre para entrar en el
Carmelo (50rº/vº). volver
79
Teresa habla muy raras veces del infierno. volver
80
Gesto extraordinario el de esta adolescente de catorce
años, al ofrecer los méritos infinitos de
Nuestro Señor (cf Cta 129 vº; Or 6,16). A Teresa
le gusta subrayar el carácter infinito de los
méritos de Jesús. Cf también Or 7, 10,
13; Ms A 32rº. volver
81
Teresa no olvidó a Pranzini, y más tarde, en
el Carmelo, cuando tenía algunos recursos, mandaba
decir una misa por su hijo (PO p. 283 y CR p. 98). volver
82
Teresa toma la cita de Ezequiel de san Juan de la Cruz
(Cántico Espiritual, canc. 23, 6). Nótese
cómo Teresa, a pesar de su pudor, nunca vacila en
expresar con toda su fuerza el sentimiento amoroso, sea
humano sea divino. volver
83
Medía 1'62 m., y era la más alta de las
hermanas Martin (cf CR p. 43). volver
84
Cántico Espiritual, canc. 25, texto citado
también en la Cta 137, 1rº. volver
85
Imitación, 43, 4. volver
86
Teresa insiste en su deseo de comulgar frecuentemente,
incluso a diario, gracia que alcanzará para sus
hermanas después de su muerte. volver
87
SAN JUAN DE LA CRUZ, Noche oscura, canc. 3 y 4. volver
88
María, Paulina y Leonia que acababa de comunicar su
deseo de entrar en la Visitación de Caen, cosa que
hará el 16/7/1887; Teresa habló con su padre
el 29 de mayo (Pentecostés). volver
89
El señor Martin ya se esperaba la partida de la
última de sus hijas (PO p. 515), pero el golpe fue
sin duda muy duro para un hombre que había tenido, el
1 de mayo, un primer ataque de parálisis con
hemiplejia parcial. volver
90
El 8/10/1887 (cf Cta 27), por tanto cuatro meses
después de haber hablado con su padre. Se necesitaba
la autorización del señor Guérin.
volver
91
En realidad, quince días. volver
92
Dura tuvo que ser esa prueba para que Teresa multiplique de
ese modo las imágenes: noche negra, sin tan siquiera
un relámpago, como si fuera un presentimiento de la
prueba de la fe de los últimos años. volver
93
Pocos días en realidad. Simple libertad literaria
para permitirle a Teresa incluir aquí cierto
número de detalles sobre su vida, que no quiere dejar
para después del relato de su viaje a Roma. volver
94
Mons Hugonin, obispo de Bayeux desde hacía veinte
años. volver
95
Imitación, III, 5, 4. volver
96
Vicario general. volver
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