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I
MAESTRA
DE NOVICIAS
1
El 20 de
febrero de 1893, la Reverenda Madre Inés de
Jesús, elegida Priora del Carmelo de Lisieux,
nombró Maestra de novicias a la Madre María de
Gonzaga, a quien ella sustituía en el gobierno de la
Comunidad. Poco después pidió a Sor Teresa del
Niño Jesús -de sólo veinte años
de edad, pero cuya inteligencia y virtudes conocía
mejor que nadie- que se ocupase discretamente de sus
compañeras, recibiendo sus confidencias y
formándolas en la vida religiosa. No había
entonces en el noviciado con la Santa más que dos
Hermanas (conversas): Sor Marta de Jesús y Sor
María Magdalena del Santísimo Sacramento.
Fueron entrando sucesivamente en el Carmelo de Lisieux y
juntándose a ellas: Sor María de la Trinidad,
el 16 de junio de 1894; Sor Genoveva de la Santa Faz, el 14
de septiembre de 1894; y su prima Sor María de la
Eucaristía, el 15 de agosto de 1895.
2
El 21 de
marzo de 1896, la Madre María de Gonzaga fue
reelegida Priora, y decidió juntar a esta carga la de
Maestra de novicias. La Reverenda Madre Inés de
Jesús le aconsejó que se hiciese ayudar lo
más posible por Sor Teresa del Niño,
Jesús, que tan perfectamente había
desempeñado desde hacia tres años la
misión que se le confiara. La Madre María de
Gonzaga se apropió fácilmente estos puntos de
vista y dejó, prácticamente, toda la
dirección del noviciado a Sor Teresa del Niño
Jesús, que fue, por lo tanto, Maestra sin llevar el
título, hasta su muerte, el 30 de septiembre de
1897.
3
Sólo
después de haber sustituido completamente en el
noviciado a la Madre María de Gonzaga -es decir, a
partir de marzo de 1896-, la Santa reunía diariamente
a las novicias, después de vísperas, de dos
horas y media a tres (Nota
1). No les
daba conferencia propiamente dicha. Su enseñanza no
tenía nada de sistemática. Les leía o
les hacía leer algunos pasajes de la Regla, de las
Constituciones o del Manual de las Costumbres Santas,
llamado «Papel de multas» (Nota
2), daba
algunas explicaciones o precisiones que juzgaba oportunas, o
respondía a las preguntas que le hacían las
jóvenes Hermanas; después. reprendía
sus faltas, si las había, y hablaba familiarmente con
ellas sobre lo que podía interesarles en aquel
momento, referente a la espiritualidad o a las labores en
curso.
*
4
En sus
conversaciones particulares con las novicias, la Santa daba
los consejos que mejor se, adaptaban a cada una.
Esclarecía los casos de conciencia y las dificultades
de sus novicias según las tendencias
personales de las mismas, según sus
necesidades propias, según sus pruebas o
alegrías actuales. Sucedía que ciertos
consejos dados a una, no hubieran convenido a otra. Esto
había sido puesto de, relieve por la misma Santa. (Se
observará en el pasaje que sigue un raro don
sobrenatural de psicología, que. se encuentra en toda
su actuación entre las novicias):
«.... He
comprobado que todas las almas sostienen poco más o
menos los mismos combates y, por otra parte, que existe
entre ellas una diferencia extrema; esta diferencia obliga a
no llevarlas de la misma manera... Llega una a comprender
que es absolutamente necesario olvidar los propios gustos,
los conceptos personales, y que se ha de guiar a las almas,
no por el propio camino, por la propia ruta, sino por el
camino particular que Jesús indica a cada
una...» (Nota
3)
«...¿Qué
sucedería si un hortelano poco diestro no injertase
bien sus árboles, si no supiese distinguir la
naturaleza de cada uno o quisiese hacer brotar, por ejemplo,
rosas de un albérchigo? Por eso, es necesario saber
reconocer desde la infancia lo que Dios pide a las almas y
secundar la acción de su gracia, sin
aceleraría ni retrasaría nunca...»
(Nota
4)
La Santa
hacía esta observación, tan juiciosa, a
propósito de la educación de los niños.
¡ Qué bien supo tenerla en cuenta en esta
educación de las almas, en la formación dada
al noviciado!
Inspirándose
también en estas observaciones, cada uno
escogerá de entre estos Consejos y Recuerdos
los que mejor respondan a sus necesidades personales, pues
todos no pueden convenir indistintamente a cada
lector.
5
Nuestra
santa Maestra era de una gran bondad, pero también de
una gran firmeza, y no nos pasaba absolutamente nada. Tan
pronto como se apercibía de alguna
imperfección, iba a buscar a la culpable y, aunque
esto le costaba mucho, nada la detenía en el
cumplimiento de su deber.
Un día, en un
dulce desahogo, Sor Teresa del Niño Jesús me
dijo: «El tiempo que he pasado ocupándome de las
novicias ha sido para mí una vida de guerra, de
lucha, Dios ha trabajado para mí..., yo trabajaba
para El, y nunca mi alma ha adelantado tanto... No buscaba
ser amada, no me preocupaba de lo que se pudiera decir o
pensar de mí, no buscaba sino complacer a Dios, sin
desear que mis esfuerzos diesen fruto. Sí, hay que
sembrar el bien a nuestro alrededor sin preocuparnos de su
cosecha. El trabajo para nosotros, el éxito para
Jesús. No temer la batalla cuando se trata del bien
del prójimo, reprender a despecho de la propia
tranquilidad personal, y mucho más con el fin de
servir a Dios que con el fin de lograr que las novicias
comprendan. Y para que una reprensión reporte fruto,
es necesario que cueste hacerla y no tener ni sombra
de pasión en el corazón».
Este testimonio es
exacto. Yo notaba su gran renunciamiento, su paciencia en
escucharnos, en instruirnos, sin buscar alegría ni
distracción alguna. Me daba cuenta también de
su desinterés y del celo con que se ocupaba de las
novicias menos dotadas, mostrándoles siempre el mayor
afecto. Respetaba a las almas, cualesquiera que
fuesen.
6
Para todo lo
que le decíamos tenía ella una respuesta y,
para hacerse comprender bien, citaba textos de la Sagrada
Escritura o contaba historias que grababan en nuestra
memoria las Verdades que quería
inculcarnos.
Yo admiraba su gran
sagacidad en descubrir las astucias de la naturaleza, los
diversos movimientos de nuestra alma. Tenía, en
efecto, una perspicacia del todo celestial, hasta el punto
de creer nosotras que a veces leía nuestro
pensamiento. Se la notaba verdaderamente inspirada. Yo la
consultaba en la creencia de que no podía equivocarse
y de que el Espíritu Santo hablaba por su boca, sin
que nada se saliese, sin embargo, de lo ordinario y sin que
pareciese darse cuenta de la gracia que obraba por
ella.
*
7
Acontecía
molestarla las novicias a tiempo y a destiempo, marearla,
hacerle preguntas indiscretas acerca de lo que
escribía (el manuscrito de su vida o alguna carta a
alguno de sus hermanos espirituales). Nunca la vi contestar
de una manera impaciente en lo más mínimo,
brusca, ni aun apresurada. Era siempre tranquila y
dulce.
*
8
Como ella
misma testimonia de sí, cuando se trataba de decir la
verdad, no se detenía ante nada ni tenía miedo
alguno a la guerra. Si era necesario reprendernos, no
calculaba sus fuerzas. Todavía la veo, temblando de
fiebre, quemada la garganta, en los últimos meses de
su vida, reunir todo su vigor para afear la
imperfección y corregir a una novicia. En una de
estas ocasiones me dijo: Es necesario que muera con las
armas en la mano, teniendo en la boca
la espada del Espíritu, que es la palabra de
Dios» (Nota
5)
-
- Su
prudencia
9
En los
comienzos de su cargo de Maestra de novicias, cuando le
contábamos nuestros combates interiores, nuestra
querida Hermanita procuraba sosegarnos, o por medio del
razonamiento, o demostrándonos con claridad que tal o
cual de nuestras compañeras no había obrado
mal. Esto llevaba a largas discusiones que no alcanzaban el
fin deseado y que no eran de provecho alguno para nuestras
almas. Se dio bien pronto cuenta de ello y cambió de
táctica. En lugar de intentar quitarnos nuestros
combates destruyendo su causa, nos los hacia mirar de
frente...
10
Así,
por ejemplo, si yo iba a decirle: «¡He aquí
que estamos a sábado y mi compañera de
oficina, encargada de llenar esta semana el arcón de
leña, no ha pensado aún hacerlo, mientras que
yo pongo en ello tanto cuidado cuando me toca a mi»,
ella trataba de familiarizarme con aquella misma cosa que me
sumía en la indignación. Sin que intentase
borrar el oscuro cuadro que yo trazaba ante sus ojos ni
esclarecerlo, me obligaba a contemplarlo de más cerca
y parecía ponerse de acuerdo conmigo:
- «¡ Bien!
Admitámoslo: convengo en que vuestra compañera
ha cometido las faltas que 1e
atribuís...».
Obraba así
para no irritarme y luego, sobre esta base, se ponía
al trabajo. Poco a poco llegaba a hacerme amable mi suerte;
hasta llegaba a hacerme desear que las Hermanas me ahorrasen
miramientos y agasajos, que mis compañeras cumpliesen
imperfectamente sus obligaciones, que fuese reprendida en su
lugar, acusada de haber hecho mal aquello de 1o que ni
siquiera estaba encargada. En fin, me situaba en los
sentimientos más perfectos. Luego, cuando esta
victoria estaba ganada, me citaba ejemplos ignorados de
virtud de la novicia acusada por mí. Muy pronto al
resentimiento sucedía la admiración, y yo
pensaba que las otras eran mejores que yo.
Pero aún
más: si ella sabía que el famoso arcón
de leña había sido llenado ya para entonces
por aquella Hermana después de la inspección
que yo había hecho en él, se guardaba de
decírmelo, aun cuando esta revelación
habría aniquilado de un golpe mi combate. Siguiendo,
pues, el plan que acabo de trazar, cuando había
logrado ponerme en disposiciones de perfección,
entonces me decía sencillamente: «Sé que
el arcón está lleno». Algunas veces nos
dejaba para lo último la sorpresa de semejante
descubrimiento y aprovechaba esta circunstancia para
demostramos que muy frecuentemente nos creamos combate a
nosotras mismas por razones que no existen y que son puras
imaginaciones.
*
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Sor Teresa
del Niño Jesús me hablaba a mi, su hermana y
novicia, porque tenía permiso para hacerlo, por estar
encargada de mi dirección; pero me di cuenta muchas
veces de que se privaba de desahogarse acerca de lo que le
concernía personalmente. No nos confiaba sus penas,
pues tenía por principio que una Superiora debe
olvidarse completamente de sí misma, y cuando se le
confía un sufrimiento íntimo o un malestar de
salud, no debe quejarse de esos mismos males. De este modo,
nos hacía el bien sin intentar hacérselo a si
misma, sin sacar consuelo alguno de corazón. Me
confidenció que al tomar sobre si la carga del
noviciado lo primero que había pedido a Dios era el
no ser nunca amada «humanamente», lo cual le fue
concedido (Nota
6) La
amábamos mucho, pero ninguna de nosotras sé
veía tentada de fomentar hacia ella ese afecto loco e
inconsiderado que es muchas veces patrimonio de la juventud.
Acudíamos a ella por la necesidad de hallar la
verdad.
Algunas Hermanas
ancianas, observando su celestial prudencia, fueron
también a consultarla en secreto. Su ascendiente
provenía, sobre todo, de su virtud, de su deseo de
llevar las almas a Dios y de los medios que empleaba para
lograrlo: la abnegación total y la oración.
Frecuentemente, durante nuestras conversaciones, elevaba su
corazón a Dios, y muchas veces sorprendía yo
este movimiento interior.