Santa
Teresa del Niño Jesús
- Consejos
y Recuerdos
- Recogidos
por Sor Genoveva de la Santa Faz
(Celina),
- hermana
y novicia de Santa Teresa del Niño
Jesús
II
- HUMILDAD
- POBREZA
ESPIRITUAL
- ESPÍRITU
DE INFANCIA
- CONFIANZA
HUMILDAD
- 1
Entre
todas las virtudes, la humildad, sobre todo,
alcanzó en santa Teresa del Niño
Jesús los últimos limites. Siguió el
«Camino de la infancia espiritual» precisamente
para ser más humilde y más pequeña,
o mejor, este Camino, seguido fielmente, la hizo humilde
y sencilla como un niñito.
*
- 2
Sor
Teresa del Niño Jesús miraba con
alegría el hecho de que, no obstante sus nueve
años de vida religiosa, había permanecido
siempre en el noviciado, sin formar
parte del Capitulo conventual, y había sido
considerada como una «pequeña»
(Nota
1)
«¡Señor,
sufrir y ser despreciado!»
3
Cuando
sufrió la tribulación, tan humillante, de la
enfermedad de nuestro venerado padre, demostró que
sus deseos de desprecio no eran letra muerta.
¡Cuántas veces, desde su adolescencia, no
había ella repetido con entusiasmo aquel dicho de S.
Juan de la Cruz: «Señor, sufrir y ser
despreciado por vos!». Este era el tema de nuestras
aspiraciones cuando en las ventanas del
«Belvedere» platicábamos
juntas sobre la vida eterna
(Nota
2)
Querer que
se os mande y se os reprenda.
4
«Sería
necesario, sobre todo, me decía ella, ser humilde de
corazón, y vos no lo sois mientras no queráis
que todo el mundo os mande. Estáis de buen humor
mientras las cosas os salen bien; pero tan pronto como no
van a vuestro gusto, vuestro rostro se ensombrece. No
está en esto la virtud. La virtud está en
«someterse humildemente bajo la mano de todos»
(Nota
3) , en
gozaros de todo aquello que supone: una reprensión
para vos. Al principio de vuestros esfuerzos, la
contrariedad aparecerá al exterior y las criaturas os
juzgarán muy imperfecta; pero ahí está
el mejor negocio, pues practicaréis la humildad, que
consiste, no en pensar o en decir que estáis llena de
defectos, sino en gozaros de que los otros lo piensen y aun
lo digan.
- 5
«Debiéramos
estar muy contentas de que el prójimo nos vitupere
alguna vez, pues si nadie se ocupase de hacerlo,
¿qué sería de nosotras? Va en ello
nuestra ganancia...».
- En
una fiesta de Comunidad en la que se habla representado
una «piadosa recreación» compuesta por
ella, fue censurada por su larga duración, y se la
mandó interrumpir (Nota
4) Yo la
sorprendí, entre bastidores, enjugándose
algunas lágrimas; luego, habiéndose
recobrado, permaneció tranquila y dulce bajo la
humillación.
-
Sor Teresa del Niño Jesús aceptaba con una
alegría celestial cualquier reproche:, no
sólo de las Superioras, sino también de las
inferiores. Así, se dejaba decir por parte de las
novicias cosas desagradables, sin reprenderías
nunca de momento.
*
6
«Estoy
dispuesta a aceptar las observaciones cuando son justas, le
decía yo; puesto que obro mal, me avengo a ello. Pero
no puedo soportar las reprensiones cuando no he
faltado.
- A mí,
replicó ella, me sucede todo lo contrario: prefiero
ser acusada injustamente, pues así no tengo nada que
reprocharme, y se lo ofrezco a Dios con alegría;
después me humillo al pensar que sería muy
capaz de hacer aquello de que se me acusa».
7
«Me
parece, confesaba ella con sencillez, que la humildad es la
verdad. No sé si soy humilde, pero sé que veo
la verdad en todas las cosas».
Era costumbre suya
clasificarse entre los débiles, de donde vino el
apelativo de «almas pequeñas».
En las instrucciones
particulares que daba a cada una de sus novicias siempre se
insistía en la humildad. El fondo de su doctrina era
enseñarnos a no afligimos al ver que éramos la
debilidad misma, sino antes bien a gloriarnos en
nuestras imperfecciones... (Nota
5)
«¡Es tan dulce sentirse débil y
pequeña!», decía ella
(Nota
6)
«Tenéis
una perrita...»
8
En una
ocasión en que Sor Teresa del Niño
Jesús me había hecho ver todos mis defectos,
me sentía triste y un poco desamparada. «Yo que
tanto deseo poseer la virtud, me decía a mí
misma, heme aquí muy lejos de ella: desearía
ardientemente: ser dulce, paciente, humilde, caritativa;
¡ah, nunca llegaré a serlo! . . . ». Sin
embargo, por la tarde, en la oración, leí que
al expresar santa Gertrudis este mismo deseo, Nuestro
Señor le había contestado: «En todas las
cosas y por encima de todo ten buena voluntad: esta.
sola disposición dará a tu alma el brillo y el
mérito especial de todas las virtudes. Quien tiene
buena voluntad, deseo sincero de procurar mi gloria,
de darme gracias, de compartir mis sufrimientos, de amarme y
de servirme tanto cuanto todas las criaturas juntas,
ése recibirá indudablemente recompensas dignas
de mi liberalidad, y su deseo le aprovechará a veces
más de lo que aprovechan a los otros sus buenas
obras».
9
Muy contenta
con este buen pensamiento, enteramente a mi favor, se lo
comuniqué a nuestra queridita Maestra, la cual
pujó la postura y añadió:
«¿Habéis leído lo que se cuenta en
la vida del Padre Surin? Estaba haciendo un exorcismo, y los
demonios le dijeron: «Salimos adelante con todo; lo
único que no logramos hacer es resistir a esa perra
de la buena voluntad» (Nota
7) Pues
bien: si no tenéis la virtud, tenéis en cambio
una «perrita» que os salvará de todos los
peligros; ¡consolaos, ella os llevará al
Paraíso!
- ¡Ah!
¿Qué alma no desea poseer la virtud? ¡ Este
es el camino común! ¡ Pero qué pocas son
las que aceptan caer, ser débiles, las que se gozan
de verse por tierra y de que los
demás las sorprendan caídas!
Motivos de
humillación
10
Un
día que yo estaba desanimada, y atribuía este
estado de depresión a mi fatiga, ella me dijo: .
«Cuando no practicáis la virtud, no
habéis de creer nunca que es debido a una causa
natural, como la enfermedad, el tiempo, o el mal humor.
Debéis buscar un gran motivo de humillación y
colocaros entre las almas pequeñas, puesto que
no podéis practicar la virtud sino de una manera tan
débil. Lo que ahora necesitáis no es practicar
las virtudes heroicas, sino adquirir la humildad. Para ello
será necesario que vuestras victorias vayan siempre
mezcladas con algunas derrotas, de suerte que no
podáis complaceros en ellas. Por el contrario, su
recuerdo os humillará, mostrándoos que no sois
un alma grande. Hay algunas que mientras están en
este mundo no tienen nunca la alegría de verse
apreciadas de las criaturas lo cual les impide creer que
tienen la virtud que ellas admiran en
otras.
«Un
pequeño sistema...»
- 11
«Últimamente,
me dijo, sentí un movimiento natural contra una
Hermana; creo que ella no se dio cuenta, pues el combate
era interior. Sin embargo, he fomentado en mí el
pensamiento de que aquella religiosa me había
hallado sin virtud, y me he sentido muy dichosa
pensándolo así».
- Otra
vez, en una ocasión semejante, me decía:
«Me colma de. alegría el haber sido
imperfecta, Dios me ha concedido hoy grandes gracias, es
un buen día...». Yo le pregunté
entonces cómo podía probar esos
sentimientos. «Mi pequeño sistema, me
contestó, consiste en estar siempre alegre, en
sonreír siempre, lo mismo cuando caigo que cuando
consigo una victoria».
*
12
Esta alma,
tan fuerte, dudaba tanto de si misma que se creía
capaz de los más grandes pecados,. Había
escrito al pie de una estampa de Jesús crucificado
éstas palabras, que traducían las
disposiciones habituales de su alma: «Señor,
vos sabéis que os amo... (Nota
8) , pero
tened piedad de mi, pues no soy más que un
pecador» (Nota
9)
*
- 13
Me recordaba
una pequeña anécdota en la que había
tocado como con el dedo la frivolidad humana, a la que
nadie puede sustraerse.
-
La noche de Navidad de 1887, noche en que esperaba entrar
en el Carmelo, fue para ella de extraordinaria
aflicción: viéndose todavía en el
mundo, a pesar de todas sus diligencias, su alma
agonizaba.
- «¡Pues
bien!, me dijo ella más tarde;
¿queréis creer que a pesar de este
océano de amargura en el que me veía
abismada, estaba contenta de estrenar mi bonito
sombrero azul, adornado con una
paloma blanca? ¡Qué extrañas son estas
sinuosidades de la naturaleza!».
La
verdadera alegría
- 14
Yo notaba
que cualquiera cosa de 1a que uno se alegra, un
pensamiento festivo, aun piadoso, acaba por cansar el
corazón cuando nos apegamos a ella, y que la
persistencia de una alegría se convierte en
tristeza. Ella me contestó:
-
- «Sólo en Dios se halla el reposo, y la
verdadera alegría que no cansa nunca es la que
nace del desprecio de sí mismo. Por eso, a
propósito de vuestra debilidad de ayer... (yo
había derramado algunas lágrimas, pues me
costaba ir a visitar a las enfermas después de
Maitines, por estar muy cansada, y una Hermana lo
había visto): si la Hermana que os ha sorprendido
os juzga sin virtud y vos misma convenís en ello
de todo corazón, he ahí la verdadera
alegría.
-
- ¡Oh! Tenéis razón. Comprendo muy
bien lo que debería hacer, lo veo claramente, y,
sin embargo, no puedo obrar. ¡No, yo no
llegaré nunca a ser buena!
-
- Sí, sí, llegaréis: Dios os
hará llegar.
-
- Sí, pero las criaturas no se darán nunca
cuenta de ello, y si caigo siempre, se me juzgará
siempre imperfecta, mientras que en vos ellas reconocen
la virtud.
-
- ¡Es porque nunca lo he deseado! Lo que hace falta
es que se os juzgue siempre imperfecta: ahí
está vuestra ganancia. La dicha consiste en
creerse a sí misma imperfecta y en hallar
perfectos a los demás. Con que se os juzgue sin
virtud no se os quita nada ni os vuelve más pobre;
las otras son las que pierden alegría interior,
pues nada hay más dulce que pensar bien de nuestro
prójimo. Tanto peor para los que os juzgan
desfavorablemente, y tanto mejor para vos, si os
humilláis por amor de Dios.
15
- Yo le
confesaba: «Me encuentro en una disposición de
espíritu en la que me parece que ya no
pienso.
- No importa, me contestó: Dios conoce vuestras
intenciones. Y empleando adrede para hacerme sonreír
un jerga especial bien conocida de nosotras dos,
añadió: «Tanto seréis dichosa,
cuanto seáis humilde». (Nota
10)
- *
- 16
- ¡Oh, cuando pienso, le decía yo, en todo lo
que tengo que adquirir!
- ¡Decid mejor: perder!... Jesús
llenará vuestra alma de esplendores a medida que vos
la desembaracéis de imperfecciones.
- *
- «No
llegaréis a practicar la virtud, me decía
ella con frecuencia: queréis escalar una
montaña, y Dios quiere haceros descender al
fondo de un valle fértil donde aprenderéis
el desprecio de vos
misma».
El Santo
que jugaba al columpio
- 17
Yo
soñaba siempre con dar buen ejemplo a mi
alrededor, quería que las novicias me tomasen por
modelo; por eso, cuando tenía la desgracia de
caer, lo creía todo perdido:
-
«Eso, me decía ella, es buscarse a si misma,
un celo falso y una ilusión. Se cuenta que un
Obispo, deseando conocer a un Santo que gozaba de alta
reputación, fue a buscarle, acompañado de
los grandes de su séquito. El Santo, viendo venir
de lejos al Prelado con su corte, tuvo un movimiento de
vanidad; por lo que, queriendo reaccionar y viendo a unos
niños que jugaban en un columpio sobre el tronco
de un árbol, hizo bajar prontamente a uno y
ocupó su lugar. El Obispo le tomó por loco
y se volvió sin más examen.
-
»Así, con frecuencia, el alma no se halla con
suficiente fuerza para soportar la alabanza; entonces
debe sacrificar, a veces, por su propia
santificación aun lo que en apariencia es un bien.
Habéis de alegraros de caer, porque, si cayendo no
hay ofensa de Dios, ha de hacerse expresamente a fin de
humillarse».
Como la
Santísima Virgen...
- 18
Era
indiferente a lo que se pensaba de ella, hasta cuando las
demás se desedificaban de alguna apariencia. Por
eso, al principio de su enfermedad, viéndose
obligada a ir a tomar medicinas algunos minutos antes de
la comida, una Hermana anciana se sorprendió de
ello, y se quejó, pareciéndole que faltaba
a la observancia regular. Sor Teresa del Niño
Jesús no habría necesitado más que
decir una palabra para excusarse y devolver la calma a
aquella Hermana. Sin embargo, se guardó bien de
hacerlo, tomando como ejemplo la conducta de la
Santísima Virgen, que prefería dejarse
difamar antes que excusarse ante san José. Ella me
hablaba muchas veces de esta conducta, tan sencilla y tan
heroica.
-
A imitación de María, su gran
táctica era el silencio. Gustaba de «guardar
todas las cosas en su
corazón»(Nota
11), anto
sus alegrías como sus penas. Esta reserva
constituyó su fuerza y el punto de arranque de su
perfección, algo así como su sello
exterior, pues era notable sobre toda
ponderación.
POBREZA
ESPIRITUAL
- 19
Como
recuerdo de mi Profesión, mi querida Hermanita me
pintó un escudo de armas que yo había
compuesto con la divisa: «Quien pierde
gana». Ella me explicaba que en la tierra era
necesario perderlo todo, dejarse despojar de todo para
llegar a la pobreza de espíritu.
- *
- 20
Prefería
que las otras recibiesen gracias interiores antes que
recibirlas ella misma; y yo vi cómo habiendo
encontrado un libro que le hacía mucho provecho,
se lo pasaba, sin acabarlo, a las Hermanas, y no lograba
nunca terminar la lectura.
-
Si Dios le concedía luces, nos las comunicaba en
cuanto le era posible... Pero hubo a veces luces de
éstas, vivas y penetrantes, que no hicieron sino
mostrársele, sin dejar en ella recuerdo alguno:
«Al punto quería recobrarlas, me dijo, pero
era imposible; entonces, en lugar de fatigarme en buscar
lo que había producido aquella alegría en
mi alma, me contentaba con gozar del bálsamo que
me había dejado, sin saber cómo
había venido, y me sentía dichosa con esta
pobreza. . . .»
-
Como los niñitos que no tienen nada propio y
dependen absolutamente de sus padres, ella deseaba que se
viviese al día, sin hacer provisiones
espirituales.
- *
- 21
«Si
Dios quiere pensamientos bellos y sentimientos sublimes,
tiene a sus ángeles... Hasta podría crear
almas tan perfectas que no tuviesen ninguna de las
debilidades de nuestra naturaleza. Mas no: él
cifra sus complacencias en las pobrecitas criaturas
débiles y miserables. ... ¡Sin
duda que esto le gusta
más!».
No apoyarse
en nada
22
Sor Teresa
traía a la memoria las palabras y los pasajes de los
Libros Santos para alimentar su piedad.
Yo le dije: «¡Eso es lo que yo querría
hacer, pero no tengo bastante memoria!».
- ¡Ah! ¿De modo que queréis poseer
riquezas, tener posesiones? Apoyarse en eso es apoyarse en
un hierro ardiente: queda siempre una pequeña marca.
Es necesario no apoyarse en nada, ni siquiera en lo que
puede ayudar a la piedad. La nada, en verdad, consiste en no
tener ni deseo ni esperanza de alegría.
¡Qué dichoso es uno entonces!
¿Dónde se hallará alguien que
esté perfectamente exento de la vergonzosa
búsqueda de sí mismo?, dice la
Imitación de Cristo: Habrá de
buscársele muy lejos y en los últimos confines
de la tierra (Nota
12) Muy
lejos, es decir, muy bajo... Muy bajo en
su propia estimación, muy bajo por
su humildad; muy bajo, es decir, alguien que sea
enteramente pequeño...».
«Todo
el mundo busca los pronósticos»
- 23
Ella me
decía:
-
«Os entregáis demasiado a lo que
hacéis, como si cada cosa fuese vuestro
último fin, y estáis constantemente
deseando haberlo logrado, os sorprendéis de caer.
¡Es necesario contar siempre con caer!
(Nota
13) Os
preocupáis del futuro como si fueseis vos quien
debe disponerlo; así, comprendo vuestra ansiedad.
Os estáis diciendo continuamente: ¡Oh Dios
mío!, ¿qué saldrá de mis manos?
Todo el mundo busca de esta manera los
pronósticos, es lo corriente;
quienes no los buscan son únicamente los pobres
de espíritu».
Vanidad de
la estimación de las criaturas
- 24
Yo
manifestaba el deseo de que las criaturas tomasen en
cuenta mis esfuerzos y notasen mis progresos.
-
«Obrar así, replicó vivamente Sor
Teresa, es imitar a la gallina, que tan pronto como ha
puesto, se lo advierte a todos los que pasan. Vos
queréis, como ella, que luego que habéis
obrado bien, o que vuestra intención ha sido
irreprochable, todo el mundo lo sepa y os
estime...
-
»Gran vanidad es querer ser apreciada de veinte
personas que viven con nosotras, y de las cuales cada una
se ocupa, en su pequeño centro, de sus respectivas
intenciones, de su salud, de su familia, de sus progresos
espirituales o de sus intereses personales, que dejan
escapar palabras más o menos felices! Pero al leer
las semblanzas de los santos, pienso que también
ellos estuvieron sujetos a muchas debilidades, que de su
boca salieron en algunos casos expresiones enteramente
humanas, a veces vulgares. Entonces pienso que no quiero
ser amada ni estimada más que en el cielo.. , pues
solamente allí será todo
perfecto».
- *
- 25
Al
contrario de mi querida hermanita, que no tenía
más que un deseo, el de que nadie se percatase de
sus sacrificios, yo, siempre seducida por la vanagloria,
me esforzaba en atraer la atención sobre lo que
hacía. Ella me decía entonces:
-
«¡Os empeñáis en hacer que
vuestras obras rindan! Hay muchos que se dedican a
eso. Yo, por mi parte, me guardo mucho de hacerlo;
tendría miedo de no ganar bastante. Por el
contrario, escondo cuanto me es posible lo que hago y lo
pongo en el banco de Dios, sin preocuparme de si rinde o
no».
Mantas
gastadas e interés personal
- 26
Un
día que apaleábamos unas mantas, se me
ocurrió decir de mal talante que tuvieran
más cuidado, pues estaban muy
deterioradas.
-
Sor Teresa del Niño Jesús me hizo entonces
esta observación: «¿Qué
haríais si no estuvieseis vos encargada de
remendar esas mantas? ¡Obraríais con
desinterés de espíritu! Si entonces
advirtieseis que fácilmente se pueden desgarrar,
obraríais sin apego. Por lo tanto, cuidad de que
en ninguna de vuestras acciones se
deslice ni la más ligera sombra de interés
personal».
«Hacer
el sacrificio de no recoger los frutos»
- 27
«Hasta
la edad de catorce años, me confidenció
ella, practiqué la virtud sin sentir su dulzura;
no recogía los frutos: era mi alma como un
árbol cuyas flores caen a medida que se abren.
Haced a Dios el sacrificio de no coger los frutos, es
decir, de sentir durante toda vuestra vida repugnancia en
sufrir, en ser humillada, en ver todas las flores de
vuestros deseos y de vuestra buena voluntad caer en
tierra sin producir nada. En un abrir y cerrar de. ojos,
al momento de morir, él hará madurar
hermosos frutos en el árbol de vuestra
alma».
-
Dios tuvo a bien demostrarme cuánta razón
tenía mi Teresa, pues leí en el
Eclesiástico este pasaje, que le comuniqué
y la encantó:
-
«Había un hombre falto de fuerza y muy
necesitado, y Dios le miró con ojos benignos, le
alzó de su abatimiento y le hizo levantar la
cabeza; muchos se maravillaron, y glorificaron a Dios.
Abandónate en Dios y sé fiel, pues le es
fácil al Señor enriquecer de un golpe al
pobre. Su bendición se
apresura a recompensar al justo y
hace fructificar sus: progresos en un breve
instante» (Nota
14)
ESPÍRITU
DE INFANCIA
- 28
Nuestra
querida Maestra nos enseñaba en todo momento su
«Caminito». Así llamaba a su
espiritualidad, es decir, a su sistema de ir a Dios.
«Para andar por el caminito, declaraba, hay
que ser humilde, pobre de espíritu y
sencillo».
-
¡Cómo habría ella gustado, de
haberla conocido, esta oración de Bossuet!
(Nota
15)
-
«¡Gran Dios! ..., no permitáis que
ciertos espíritus, de los que unos se clasifican
entre los sabios y otros entre los espirituales, puedan
jamás ser acusados ante vuestro inapelable
Tribunal de haber contribuido en algún modo a
cerraros la puerta de no sé cuántos
corazones, por el solo hecho de que vos queríais
entrar en ellos de una manera cuya sola sencillez les
extrañaba, y por una puerta que, aunque
está abierta de par en par por los santos desde
los primeros siglos de la Iglesia, ellos, tal vez, no
conocían aún suficientemente. Antes bien,
haced que, volviéndonos todos tan
pequeños como niños, a la manera que
Jesucristo lo ordenó, podamos entrar una vez por
esta puertecita, a fin de poder después
enseñársela a los demás más
segura y más eficazmente».
-
Así
sea.
-
- 29
Teresa
supo maravillosamente, con la luz revelada a los
pequeños, descubrir esta puerta de salud y
enseñársela a los otros. ¿No han
fijado, acaso, tanto la Sabiduría divina como la
sabiduría humana en este espíritu de
infancia «la verdadera grandeza del alma?». Por
ejemplo, dos grandes filósofos chinos, anteriores
a la era cristiana, así lo habían
establecido en estas poderosas definiciones:
-
«La virtud madura tiende al estado de
infancia». (Lao-Tsé, siglo VII antes de
Jesucristo).
-
«Es grande el hombre que no ha perdido su
corazón de niño».
(Meng-Tsé, siglo IV antes de Jesucristo)
(Nota
16)
-
Para nuestra Santa, este «caminito»
consistía prácticamente en la
humildad, como ya he dicho.
-
Pero se traducía también por un
espíritu de infancia muy
acusado.
-
Por eso, gustaba ella mucho de hablarme sobre estas
sentencias que sacaba del Evangelio:
-
«Dejad que se me acerquen los niñitos, pues
de ellos es el reino de los cielos... Sus Ángeles
contemplan continuamente el Rostro de mi Padre
Celestial... Quien se hiciere pequeño como un
niño, será
el más grande
en el reino de los cielos. Jesús abrazaba a los
niños después de haberles
bendecido». EVANGELIO.
-
Ella había copiado estas palabras, tal como
las reproducimos (Nota
17), en
el reverso de una estampa sobre la que estaban pegadas
las fotografías de nuestros cuatro hermanitos, que
habían volado al cielo en tierna edad. Me la
regaló, guardándose otra parecida en su
breviario. Las fotos están ahora borradas, en
parte, por el tiempo.
-
- 30
A estos
textos evangélicos había añadido
otros, sacados de la Sagrada Escritura, que la
encantaban, y siempre en relación con el
Espíritu de infancia:
-
«Dichosos aquellos a quienes Dios justifica sin las
obras, pues al que trabaja, el salario no se le cuenta
como una gracia, sino como una deuda... Reciben, pues,
un
don gratuito
los que sin hacer las obras son justificados por la
gracia en virtud de la redención, cuyo autor es
Jesucristo». (Epístola de San Pablo a los
Romanos 4, 4-6)
-
«El Señor conducirá a los pastos su
rebaño. Reunirá a los
corderitos
y les tomará en su
regazo».
Isaías, cap. XL, 11.
-
En el reverso de otra estampa grande, había
reunido otras citas escriturísticas, algunas de
las cuales repetían las precedentes. Pero es
interesante ver hasta qué punto esclarecían
su Camino.
-
«¡Si alguno es pequeñito, que venga a
mí!» (Proverbios) «Quien se
hiciere pequeño como un niño, será
el más grande en el reino de los cielos. . .
» (Evangelio)
-
El Señor reunirá a
los
corderitos
y les
tomará en su
regazo.
-
«Como una madre
acaricia a su
niño,
así os consolaré yo: os llevaré
sobre mi regazo y os acariciaré sobre mis
rodillas». (Isaías 46, 13).
-
«De la misma manera que
un
padre
siente ternura para con sus hijos, el Señor siente
compasión para con nosotros; tanto como dista el
levante del poniente, tanto ha alejado él de
nosotros los pecados de que somos culpables. El
Señor es compasivo y lleno de dulzura, parco en
castigar y abundante en misericordia» (Salmo
102, 12)
-
- 31
Amaba
también muy particularmente otra estampa que
representaba a un niño sentado sobre las rodillas
de Nuestro Señor y haciendo esfuerzos por alcanzar
su divino rostro y besarlo.
-
Le enseñé un recordatorio con la
fotografía de un niño, muerto en tierna
edad; ella señaló con su dedo el rostro del
niño, diciendo con ternura y orgullo:
-
«¡Están todos bajo mi
dominio!», como si previese ya su título de
«Reina de los Pequeñitos».
-
- 32
Sor
Teresa del Niño Jesús era alta,
medía un metro sesenta y dos, mientras que la
Madre Inés de Jesús era mucho más
baja. Yo 1e dije un día:
-
«Si se os hubiese dado a escoger,
¿qué hubierais preferido: ser alta o
baja?
-
Y me contestó sin vacilar:
-
«Hubiera escogido ser baja
para ser pequeña en todo».
Devoción
al misterio de la Encarnación y del
Pesebre
- 33
Festejaba
con la mayor piedad todos los años el 25 de marzo,
pues decía ella: «Este es el día en
que Jesús, en el seno de Maria, fue más
pequeño».
-
Pero amó muy particularmente el Misterio del
Pesebre. Allí le reveló el Niño
Jesús todos sus secretos sobre la sencillez y el
abandono.
-
Al contrario del heresiarca Marción, que
decía con desprecio: «Quitadme esos
pañales y ese pesebre indignos de un Dios»,
Teresa estaba prendada de la humillación de
Nuestro Señor al hacerse pequeñito por amor
nuestro.. Ella escribía con gusto sobre las
estampas de Navidad que pintaba este texto de San
Bernardo: «Jesús, ¿quién os
hizo tan pequeño? - ¡El
Amor!».
-
El nombre de Teresa del Niño
Jesús, que le había sido dado a los
nueve años, cuando manifestó su deseo de
hacerse carmelita, continuó siendo siempre para
ella una actualidad, y se esforzó constantemente
por merecerlo. Haría esta oración:
«Oh, Niñito Jesús, mi único
tesoro: yo me abandono a tus divinos caprichos; no quiero
otra alegría que la de hacerte sonreír.
Imprime en mí tu gracia y tus virtudes
infantiles, a fin de que el día de mi
nacimiento en el cielo, los Ángeles y los Santos
reconozcan en mí a tu pequeña esposa:
Teresa del Niño
Jesús».
-
Estas virtudes infantiles que deseaba, habían
causado antes que su admiración la del austero San
Jerónimo, que no fue por eso tachado de
puerilidad.
Ladrones
del cielo
34
«Mis
protectores del cielo y mis privilegiados son los que lo han
robado como los santos Inocentes y el buen
ladrón. Los grandes santos lo han ganado por
sus obras; pero yo quiero imitar a los ladrones, quiero
obtenerlo por astucia, una astucia de amor que me
abrirá la entrada, a mí y a los pobres
pecadores. El Espíritu Santo me anima a ello, puesto
que dice en los Proverbios: «¡Oh,
pequeñín! Ven, aprende de mí la
astucia!» (Proverbios 1,
4).
La morada
de los niñitos
- 35
Le
hablaba yo de las mortificaciones de los santos; ella me
contestó: «¡Qué bien ha hecho
Nuestro Señor con advertirnos de que en la casa
de su Padre hay muchas moradas! (Juan 14, 2) De lo
contrario nos lo hubiera dicho...
-
»Sí, si todas las almas llamadas a la
perfección hubieran debido, para entrar en el
cielo, practicar esas maceraciones, él nos lo
hubiera dicho, y nosotros, nos las hubiéramos
impuesto valientemente. Mas él nos anuncia que
en su casa hay muchas moradas. Si hay las de las
grandes almas, la de los Padres del desierto y la de los
mártires de la penitencia, debe haber
también la de los niñitos. Nuestro
lugar está reservado allí, si le amamos
mucho a El y a nuestro Padre celestial y al
Espíritu de Amor».
-
Sor Teresa del Niño Jesús era, ya se
ve, un alma muy sencilla, que se santificó por
medios ordinarios.
-
Se comprende que la frecuencia de dones
extraordinarios en su vida hubiera sido contraria a los
que decía ser los designios de Dios sobre ella.
Su vida había de ser sencilla
para servir de modelo a las almas
pequeñas.
Los
niñitos no se condenan
- 36
«¿Qué
haríais, le decía yo, si pudieseis volver a
empezar vuestra vida religiosa?
-
- Me parece, respondió, que haría lo
mismo que he hecho.
-
- Entonces, ¿no compartís el sentimiento
de aquel solitario que afirmaba: «Aunque hubiese
vivido largos años en la penitencia, mientras me
quedase un cuarto de hora, un soplo de vida,
temería condenarme?».
-
- No, no puedo compartir ese
temor; soy demasiado pequeña para
condenarme: los niñitos no se
condenan».
Pasar bajo
el caballo
- 37
Toda
desanimada, con el corazón todavía oprimido
por un combate que me parecía insuperable, fui a
decirle: «¡Esta vez es imposible, no puedo
sobreponerme!
-
- Eso no me maravilla, me respondió. Somos
demasiado pequeñas para sobreponernos a las
dificultades; es necesario que pasemos por debajo de
ellas».
-
Me recordó entonces este episodio de nuestra
infancia:
-
«Nos hallábamos en casa de unos vecinos
(Nota
18) , en
Alençon; un caballo nos impedía la entrada
al jardín. Mientras las personas mayores buscaban
un modo de pasar, nuestra amiguita (Nota
19) no
halló otro más fácil que el de pasar
por debajo del animal. Se deslizó la
primera, y me tendió la mano; yo la seguí
arrastrando a Teresa, y sin curvar mucho nuestra
pequeña estatura, logramos nuestro
objeto.
-
«Ved lo que se gana con ser pequeña,
concluyó ella. No hay obstáculos para los
pequeños; se cuelan por todas partes. Las almas
grandes pueden pasar sobre los negocios, examinar las
dificultades, llegar por el razonamiento o por la virtud
a colocarse por encima de todo; pero nosotras, que somos
pequeñitas, hemos de guardarnos mucho de
intentarlo. ¡Pasemos por debajo!
-
«Pasar por debajo de los
asuntos es no mirarlos de demasiado
cerca, no razonarlos» (Nota
20)
Dirigir la
intención
- 38
Durante
su enfermedad, aceptaba los remedios más
repugnantes y los tratamientos más penosos con una
paciencia inalterable, aun dándose cuenta de que
era cosa perdida; pero nunca manifestó la fatiga
que se le seguía de ello. Me confidenció
haber ofrecido a Dios todos aquellos cuidados
inútiles por un misionero que no tendría ni
tiempo ni medios para cuidarse, pidiendo que todo aquello
le fuese provechoso... Como yo le manifestase mi pena por
no tener tales pensamientos, me
contestó:
-
«Esta intención explícita no es
necesaria para un alma que se ha entregado enteramente a
Dios. El niñito, en el seno de su madre, toma la
leche maquinalmente, por decirlo así, sin
presentir la utilidad de su acción, y mientras
tanto vive y se desarrolla; sin embargo, no es ésa
su intención».
-
Y me decía además: «Un pintor que
trabaja para su maestro no necesita repetir a cada
pincelada: esto es para el señor tal, esto es
para el señor tal... Basta con que se ponga al
trabajo con la intención de trabajar para su
maestro. Bueno es recoger frecuentemente el pensamiento y
dirigir la intención pero sin apremio de
espíritu. Dios adivina los pensamientos bellos y
las intenciones ingeniosas que quisiéramos tener.
El es un Padre y nosotros sus
hijitos».
«Jesús
no puede estar triste a causa de nuestros
regateos»
- 39
Yo le
decía: «Tengo que trabajar, si no
Jesús estaría triste...».
-
- «¡Oh, no! Estaríais triste vos. El
no puede estar triste a causa de nuestros regateos
(Nota
21)
¡Pero, qué pena para nosotros no darle todo
lo que podemos!».
Ser santa
sin crecer...
40
Porque era
profundamente humilde, Sor Teresa del Niño
Jesús se sentía incapaz de subir la
«áspera escalera de la perfección»;
por eso se dedicó a volverse cada vez más
pequeña, a fin de que Dios se hiciese completamente
cargo de sus cosas y la llevase en sus brazos, como
acaece en las familias con los niñitos. Quería
ser santa, pero sin crecer, porque así como las
pequeñas travesuras de los niños no contristan
a sus padres, así las imperfecciones de las almas
humildes no pueden ofender gravemente a Dios, y sus faltas
no les son tenidas en cuenta, según el dicho de los
Libros Santos: «A los niños se les perdona
por compasión» (Sabiduría 6, 6) . En
consecuencia, se guardaba mucho de desear ser perfecta y de
que las demás la creyesen tal, pues con eso
habría crecido, y Dios la dejaría andar
sola.
- *
- 41
«Los
niños no trabajan para ganarse una
posición, decía ella; si son buenos, es
para complacer a sus padres. Por eso, no se ha de
trabajar para llegar a ser santas,
sino para agradar a Dios».
Cómo
besar el crucifijo
- 42
Durante
su enfermedad, habiéndome portado imperfectamente,
y arrepintiéndome mucho de ello, me dijo:
«Besad el crucifijo ahora mismo.»
-
Yo le besé en los pies.
-
- «¿Es ahí donde una hija besa a su
padre? ¡Pronto, pronto; se besa el
rostro!».
-
Yo lo besé.
-
- «Y ahora se deja una besar».
-
Hube de arrimar el Crucifijo a mi mejilla, y entonces
me dijo:
-
- «¡Esta vez
está bien, todo queda
olvidado!».
El
patrimonio de los niñitos
- 43
«Nuestro
Señor respondía en otro tiempo a la madre
de los hijos de Zebedeo:
-
«Estar a mi derecha y a mi izquierda pertenece a
aquéllos a quienes mi Padre se lo ha
destinado» (Mateo 20, 23; Marcos 10, 40) . Me figuro
que estos puestos de elección, rehusados a los
grandes santos, a los mártires, serán el
patrimonio de los niñitos...
-
«¿No hacía ya David esta
predicción cuando dijo que el pequeño
Benjamín presidirá las asambleas (de los
santos)?» (Salmo 67, 28)
-
Le preguntaban una vez bajo qué nombre
deberíamos invocaría cuando estuviese en el
cielo.
-
«Me llamaréis Teresita
respondió
humildemente».
CONFIANZA
- 44
Sus
conversaciones sobre el amor y la misericordia de Dios no
se agotaban nunca. Su confianza era invencible, y si
deseaba desde su adolescencia «llegar a ser una
Santa y una gran Santa», como lo declara en el
capítulo IV de su Vida, su ambición
iba a perderse en la infinita riqueza de los
méritos de Jesús, «que eran propiedad
suya», decía ella. Por eso, aun las
más altas esperanzas no le parecían
temerarias.
-
Aseguraba que no se había de temer el desear
demasiado, el pedir demasiado a Dios: «En la tierra
hay gentes que saben hacerse invitar, que se cuelan por
todas partes... Si pedimos a Dios algo que no entraba en
sus cálculos darnos, es tan poderoso y tan rico,
que se le hace ya puntillo de honor decirnos que no, y lo
da...».
-
- 45
Pero no
empleaba nunca esta santa audacia para solicitar
consuelos, ni aun aligeramiento de penas. En cuanto a las
gracias temporales, era muy circunspecta. Creía
que Dios no le rehusaría nada, y usaba de una gran
reserva «por miedo, confidenciaba ella, de que Dios
se creyese obligado a escucharla». Por consiguiente,
cuando pedía un favor o un alivio, era por
complacer a los demás, y aun entonces hacía
«pasar sus oraciones por manos de la
Santísima Virgen» y daba esta razón:
«Pedir a la Santísima Virgen no es lo mismo
que pedir a Dios. Ella sabe muy bien lo que tiene que
hacer con mis pequeños deseos, si los ha de
trasmitir o no...; en fin, a ella le toca juzgar, para no
forzar la voluntad de Dios a que me escuche, para dejarle
hacer en todo su voluntad».
-
Cuando expresaba su deseo de «hacer el bien en
la tierra después de su muerte», ponía
como condición que «miraría los ojos
de Dios para saber si aquello era su
voluntad». Nos hacía notar que este
abandono imitaba la oración de la Santísima
Virgen, la cual en Caná se contenta con decir:
«No tienen vino» (Juan 2, 3) Del mismo modo,
Marta y María dicen solamente: «Aquél
a quien vos amáis está enfermo» (Juan
11, 3) Ellas exponen sencillamente
sus deseos sin formular una petición, dejando a
Jesús en libertad de hacer lo que
quiera.
Quietismo,
no
- 46
Aunque
caminó por esta vía de confianza ciega y
total, que ella llama «su caminito» o
«Camino de infancia espiritual», nunca
descuidó la cooperación personal, antes
bien dio a ésta una importancia que llenó
toda su vida de actos generosos y
continuados,
-
Así lo entendía ella y así nos
lo enseñó constantemente en el
noviciado.
-
Un día que yo había leído estas
palabras en el Eclesiástico: «La
misericordia prepara a cada uno su lugar según el
mérito de sus obras y según la prudente
conducta de su peregrinación en esta vida»
(Eclesiástico 16, 15), le hice observar que ella
tendría un hermoso lugar, pues había
dirigido su barca con una sublime prudencia; pero
¿por qué se decía: según el
mérito de sus obras?
-
Me explicó entonces con energía que el
abandono y la confianza en Dios se alimentaban del
sacrificio. «Hay que hacer, me dijo, todo
cuanto está en nosotros, dar sin medida,
renunciarse continuamente, en una palabra, probar nuestro
amor por medio de todas las buenas obras que están
en nuestro poder... Pero como, al fin de cuentas, todo
esto es bien poca cosa..., es necesario, cuando hayamos
hecho todo lo que creemos deber hacer, confesarnos
«siervos inútiles» (Lucas 17, 10),
esperando, no obstante, que Dios nos dé por
gracia todo lo que deseamos.
-
«He aquí lo que esperan las almas
pequeñas que
«corren» por el camino de infancia: Digo
«corren» y no
«descansan».
-
- «No
ir al Purgatorio»
- 47
Mi
querida Hermanita me inculcaba a cada momento este deseo
humildemente confiado, del cual vivía
intensamente. Esta era la atmósfera que respiraba
como el aire.
-
Era yo todavía postulante cuando la noche de
Navidad de 1894 hallé en mí zapato una
poesía que Teresa me había compuesto a
nombre de la Santísima Virgen. Allí
leí esto:
- Tu
corona trenzará
- Jesús,
si buscas su Amor.
- Un
día te hará reinar,
- si le
das tu corazón.
-
- Tras la
noche de la vida
- verás
su dulce mansión,
- y a
aquella cumbre divina
- volará
tu alma veloz.
|
-
En su Acto de ofrenda al Amor Misericordioso de Dios,
hablando de su propio amor, ella termina
así:
-
«...¡ Que este martirio, después de
haberme preparado para comparecer delante de Vos, me haga
por fin morir, y que mi alma se lance sin demora
al eterno abrazo de Vuestro Misericordioso Amor! . .
.»
-
Estaba, pues, siempre bajo la impresión de
esta idea, cuya realización no ponía en
duda, según el dicho de nuestro Padre San Juan de
la Cruz, que ella se apropiaba: «Cuanto más
quiere darnos Dios, tanto más nos hace
desear» (Nota
22)
-
- 48
Basaba su
esperanza relativa al Purgatorio sobre el abandono y el
Amor, sin olvidar su tan amada humildad, virtud
característica de la infancia. El niño ama
a sus padres, y no tiene otra pretensión que la de
abandonarse totalmente en ellos, pues se siente
débil e impotente.
-
Me decía: «¿Riñe un padre a.
su hijo cuando él mismo se acusa? ¿Le impone
un castigo? No, seguramente, sino que le estrecha contra
su corazón.
-
En apoyo de este pensamiento me recordó una
historia que habíamos leído en nuestra
infancia: Habiendo salido un rey de caza,
perseguía a un conejo blanco, que sus perros
estaban a punto de alcanzar; en esto, el conejito,
viéndose perdido, retrocedió
rápidamente y saltó a los brazos del
cazador. Este, conmovido ante tanta confianza, no quiso
separarse más del conejo blanco ni permitió
que nadie le tocara, reservándose el cuidado de
alimentarle.
-
«Así obrará Dios con nosotras,, me
dijo, si perseguidas por la justicia, figurada en los
perros, buscamos refugio en los brazos mismos de nuestro
Juez...».
-
- 49
Si es
verdad que al decir esto pensaba en las almas
pequeñas que siguen el Camino de la Infancia
espiritual, no por eso excluía de esta esperanza
atrevida aun a los grandes pecadores.
-
Por eso Sor Teresa del Niño Jesús pudo
escribir en su manuscrito: «¡Ah, lo sé!
Aún cuando yo tuviese sobre la conciencia todos
los crímenes que se pueden cometer, no
perdería nada de mi confianza; iría, con el
corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme
en los brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo
pródigo, he oído las palabras que dirige a
santa Magdalena, a la mujer adúltera, a la
Samaritana. ¡No! Nadie podría asustarme, pues
sé a qué atenerme respecto de su amor y de
su misericordia. Sé que toda esa multitud de
ofensas se abismaría en un abrir y cerrar de ojos,
como una gota de agua arrojada en un brasero
ardiendo» (Nota
23)
-
- 50
Inmediatamente
después de mi entrada en el Carmelo, había
pedido permiso para leer la historia de los Padres del
desierto. Había sacado de ella algunas notas,
entre las cuales ésta, que impresionó a mi
querida Hermanita hasta tal punto que sintió no
haberla introducido en su autobiografía, y
recomendó con instancia que se le
añadiese:
-
«Una pecadora, llamada Paesia, asolaba la
comarca con sus escándalos. Un Padre del desierto,
Juan el Nain, fue a buscarla, y como la exhortase a la
penitencia de sus pecados, ella le dijo: Padre
mío: ¿hay todavía posibilidad de
penitencia para mí?
-
- Sí, dijo el Santo; os lo
aseguro.
-
- Llevadme a donde creáis conveniente para
hacerla, le respondió ella.
-
»Se levantó en seguida, y le
siguió sin decir nada en su casa, sin siquiera
decir una palabra a nadie.
-
»Como hubiesen entrado en el desierto y se
acercase la noche, Juan hizo un montón de arena en
forma de almohada, lo señaló con el signo
de la cruz, y dijo a Paesia que se acostase. Luego,
él se colocó más lejos para dormir
también, después de haber orado. Pero,
habiéndose despertado a media noche. vio un rayo
de luz que descendía del cielo sobre Paesia y que
servía como de camino a muchos ángeles que
llevaban su alma al cielo. Sorprendido de esta
visión, fue hacia Paesia, a quien empujó
con el pie para ver si estaba muerta, y vio que
había entregado su alma a Dios. Al mismo tiempo,
oyó una voz milagrosa que le decía: Su
penitencia de una hora ha sido más agradable a
Dios que la que otros hacen durante largo tiempo, pues
éstos no la hacen con tanto fervor como
aquélla» (Nota
24)
-
- 51
Muchas
veces, Sor Teresa me había hecho notar que la
justicia de Dios se contentaba de bien poca cosa cuando
el motivo de obrar era el amor, y que entonces moderaba
hasta el exceso la pena temporal debida al pecado,
pues Dios es todo dulzura.
-
«He comprobado por experiencia, me
confidenció, que después de una
infidelidad, aun ligera, el alma debe sufrir durante
algún tiempo cierto malestar. Entonces me digo a
mí misma: «Hija mía, es el precio de
tu falta», y soporto pacientemente el pago de la
pequeña deuda».
-
Mas a eso se limitaba, así lo esperaba ella,
la satisfacción reclamada por la justicia, en los
que son humildes y se abandonan en Dios con amor. No
veía abrirse para ellos la puerta del Purgatorio;
antes bien, pensaba que el Padre de los cielos,
respondiendo a su confianza con una gracia de luz a la
hora de la muerte, haría nacer en sus almas, a la
vista de su miseria, un sentimiento de contrición
perfecta que borrase toda deuda.
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