Santa
Teresa del Niño Jesús
- Consejos
y Recuerdos
- Recogidos
por Sor Genoveva de la Santa Faz
(Celina),
- hermana
y novicia de Santa Teresa del Niño
Jesús
III
- AMOR
DE DIOS
- GRATITUD
- UNION
CON DIOS
- PIEDAD
-
AMOR DE
DIOS
- 1
Al contrario de otros místicos que se ejercitan en
la perfección para alcanzar el amor, Sor Teresa
del Niño Jesús tomaba como camino de la
perfección el amor mismo.
-
El amor fue el objetivo de toda su vida, el
móvil de todas sus
acciones.
-
Agradar a
Dios
- 2
«Los grandes santos han trabajado por la gloria de
Dios, pero yo, que no soy más que un alma
pequeñita, trabajo por agradarle, por satisfacer
sus «fantasías», y me sentiría
dichosa de soportar los más grandes sufrimientos,
aun sin que él lo supiera, si fuese posible, no
para procurarle una gloria pasajera - ¡ aun esto
seria ya demasiado hermoso!- sino sólo para hacer
florecer una sonrisa en sus labios... ¡Hay ya
bastantes que quieren ser útiles! Mi sueño
es el de ser un juguetito inútil en las
manos del Niño Jesús...; soy un
«capricho» de Jesusín. .
.».
-
- *
-
- 3
Durante su enfermedad, me hizo esta
confidencia:
-
«No he deseado otra cosa que agradar a
Dios. Si hubiese procurado amontonar méritos,
en este momento estaría
desesperada».
-
Si, porque sabiendo que «todas nuestras
justicias tienen mancha a los ojos de Dios»,
(Isaías 64, 5), ella, en su humildad, tenía
en nada las obras que había realizado, y
sólo estimaba el amor que las había
inspirado.
-
- *
-
- 4
«A Dios, decía ella, que tanto nos ama,
bastante le cuesta ya verse obligado a dejarnos en la
tierra para cumplir nuestro tiempo de prueba, sin que
tengamos que ir constantemente a decirle que aquí
estamos mal; ¡es necesario hacer como que no nos
damos cuenta!».
-
Si sudaba en los grandes calores, o si sentía
demasiado frío en invierno, tenía la
exquisita delicadeza de no enjugarse el rostro y de no
frotarse las manos «sino a hurtadillas, como para no
dar a Dios tiempo de verlo...».
-
Igualmente, cuando se entregaba a un ejercicio de
penitencia prescrito por la Regla: «Me esforzaba por
sonreír, confidenciaba, a fin de que Dios,
como engañado por la expresión de mi
rostro, no supiese que yo
sufría».
-
En su ingenuo lenguaje, decía: «¡Si
al llegar al cielo no tengo todo lo que he deseado, me
guardaré mucho de demostrarlo, y Dios no se
dará cuenta de mi desilusión!
...»
-
Alegrarse
de no tener un solo sentimiento delicado...
- 5
«Vos sois delicada con Dios y yo no lo soy, pero
¡cuánto desearía serlo! ...
¿Suple, acaso, mi deseo?
-
- Precisamente, sobre todo si aceptáis esa
humillación. Y si llegáis a alegraros, eso
agradará más a Jesús que si nunca
hubieseis cometido falta de delicadeza; decid: «Dios
mío, os doy gracias por no tener nunca un
sentimiento delicado, y me alegro de que las otras los
tengan... Me llenáis de alegría,
¡oh, Señor!, con todo lo que
hacéis» (Salmo
91)
-
Sentirse
pesarosa de haber leído
- 6
Si la llama de su amor era siempre pura y devoradora es
porque tenía cuidado de aislarla de todas las
cosas creadas, alimentándola solamente de
sacrificio. Un día que nos encontrábamos
delante de una biblioteca, me dijo con su habitual
jovialidad: «¡Oh, qué pesarosa
estaría si hubiese leído todos esos libros!
-¿Pues, por qué?, repliqué yo:
después de haberlos leído se
trataría de un bien adquirido; yo
comprendería lo de: estar pesarosa de tener que
leerlos, pero no de haberlos leído. -
Si los hubiese leído, me hubiera roto la cabeza,
habría perdido un tiempo precioso que he empleado
sencillamente en amar a
Dios».
-
Generosidad
- 7
Una vez,
le hacía observar que Dios me pedía a
mí más que á las otras, que tal o
cual Hermana se permitía algo de lo que yo me
privaba. Tuve esta respuesta: «Yo, por mi parte,
estoy siempre contenta de lo que Dios me pide; no me
preocupo de lo que pide a las otras, y no creo tener
más mérito porque él me pida
más. Lo que me gusta, lo que yo escogería
-si fuese posible- es precisamente lo que Dios quiere de
mí. Hallo siempre bella mi suerte... Aun en el
caso de que las otras tuviesen más mérito
dando menos, yo preferiría tener menos
mérito dando más, porque así
cumpliría la voluntad de Dios.
-
Y al decirle que era gran dicha la suya al poder irse
con Dios: «No es, en absoluto, por gozar por lo que
deseo ir con El. El sufrimiento me atrae demasiado para
que yo prefiera el cielo. Sólo la certeza de
cumplir la voluntad divina me hace desear la muerte;
preferiría vivir, y sufrir el
martirio.
- *
- 8
Aunque
afligida por la persecución de que eran objeto las
Comunidades religiosas, su mirada se animaba con una viva
llama al pensamiento de que pudiéramos, tal vez,
derramar nuestra sangre. Tenía entonces palabras
vehementísimas, que traducían el fuego de
amor en que se abrasaba su corazón.
-
Durante su última enfermedad la oí
exclamar: «¡Cuando pienso que muero en una
cama! ¡Hubiera querido morir en la
palestra!».
-
El altar
ofrecido por el Sr. Martin
- 9
Mientras
varias personas de la familia criticaban a mi padre por
haber costeado el Altar Mayor de la iglesia de San Pedro
de Lisieux (Nota
1),
regalo demasiado importante, decían, para sus
medios, y que perjudicaba a sus hijas, Teresa se
alegraba, diciendo: «Después que nos ha dado
todas a Dios, es muy natural que le ofrezca un altar para
inmolarnos y para inmolarse a sí
mismo»
-
Coger las
flores de 1os árboles frutales
- 10
Confidenciaba
yo a mi Hermanita querida que durante el Oficio divino me
imaginaba estar echando flores en honor de Dios. En la
recitación alternada de los versículos
veía yo una batalla de flores. A cada salmo las
flores variaban. A veces eran lirios, a veces rosas.
Todas las flores que espontáneamente se me
representaban, pasaban por allí. Por fin, el
jardín del que yo cortaba mis flores quedó
despojado. No quedaban más que los árboles
frutales. Vacilé un instante; luego
amontoné flores de albérchigos, de cerezos,
de albaricoques... Al final del Oficio no quedaba ya una
flor.
-
La idea de coger las flores de los árboles
frutales agradó a mi santa. Teresita. Me hizo
notar que era propio del amor sacrificarlo todo,
dar a troche y moche, despilfarrar, aniquilar hasta la
esperanza de los frutos, obrar locamente, ser
pródigo hasta lo sumo, no calcular nunca.
«¡Oh, feliz indiferencia, dichosa borrachera de
amor, dijo! ¡El amor lo da todo y se entrega! Pero,
muchas veces, no damos sino después de deliberar:
vacilamos en sacrificar nuestros intereses temporales y
espirituales. ¡Esto no es amor! ¡El amor es
ciego, es un torrente que no deja nada a su
paso!».
-
Dedicarse
únicamente al Amor
- 11
Le
decía una vez: «Lo que os envidio son
vuestras obras. Yo también quisiera hacer el bien,
componer bellas cosas que hiciesen amar a
Dios!
-
- «No hay que apegar el corazón a esto,
me contestó. No se debe desear hacer el bien por
medio de libros, de poesías, de obras de arte...
¡Oh, no! Ante nuestra impotencia,. debemos ofrecer
las obras de los otros; en eso consiste la ventaja de la
comunión de los Santos. Y no hemos de estar
pesarosos de esta impotencia, sino dedicarnos
únicamente al .amor.
-
»Taulero dijo: «Si amo el bien que hay en
mi prójimo más que el que hay en mí,
ese bien es más mío que suyo. Si amo en San
Pablo todos los favores que Dios le concedió, todo
eso me pertenece por el mismo derecho que a él.
Mediante esta comunión puedo enriquecerme con todo
el bien que hay en el cielo y en la tierra, en los
Ángeles, en los Santos y en todos los que aman a
Dios».
-
»Los Doctores nos enseñan que en el cielo
el amor que une a los elegidos es tan grande que cada uno
goza de la felicidad de los otros como si él mismo
la hubiese merecido y la gozase (Nota
2)
-
»Haréis tanto bien como yo, y aun
más, con el deseo de hacer ese bien y con
la obra más oculta cumplida por amor: por ejemplo,
haciendo un pequeño favor que cuesta
mucho.
-
»Sabéis que yo soy pobre, pero Dios me da
exactamente lo que me hace
falta».
-
Sólo
cuenta el amor y la obediencia...
- 12
Durante
el invierno 1896-1897, no queriendo que Sor Teresa del
Niño Jesús pasase frío en los pies,
nuestra Reverenda Madre Priora (Madre María de
Gonzaga) exigía que se sirviese de un brasero, de
modo que tuviera siempre un par de alpargatas calientes;
pero ella no usaba de él sino por obediencia y
gran necesidad, dejándolo extinguirse
inexorablemente, con gran disgusto mío, cuando
juzgaba que no hacía demasiado frío.
«Las demás se presentarán en el cielo
con sus instrumentos de penitencia, y yo con un brasero,
me decía: pero sólo cuenta el amor y la
obediencia...»
-
La que
había edificado la iglesia...
- 13
«He
leído, nos contaba Sor Teresa, que un gran
señor, queriendo levantar una iglesia,
publicó un edicto por el que prohibía a sus
vasallos hacer la más pequeña limosna a tal
intención, pues quería tener él solo
esta gloría. La iglesia se edificó. Sin
embargo, un día, una pobre viejecilla, viendo que
los caballos que transportaban las piedras subían
con gran trabajo la colina, se dijo para sí:
«Está prohibido dar dinero para construir a
Dios este templo; sin embargo, me hubiera sentido dichosa
de contribuir a su edificación. Pero,. ¡tal
vez le agrade a Dios que yo ayude a los pobres animales,
que inconscientemente cooperan a esta gran obra!».
Con su dinero, el ultimo que tenía, compró
un manojo de heno y se lo dio a los caballos.
-
»Cuando la iglesia estuvo terminada, el
señor quiso celebrar la consagración; y al
efecto, hizo grabar sobre una lápida su nombre y
el de su familia, como testimonio perenne de su
liberalidad. Pero he aquí que al día
siguiente el nombre se halló borrado, y en su
lugar se leía el de una pobre mujer desconocida.
El señor, furioso, mandó varias veces
volver a poner la inscripción; siempre se
reproducía el milagro. Por fin, ordenó que
se hiciesen averiguaciones, y habiendo hallado a la
humilde mujer, le preguntó si había dado
ella algo para construir la iglesia. Toda temblorosa,
ella se disculpó. Al fin, acosada a preguntas, se
acordó del manojo de heno, y dijo que, fiel a la
prohibición, no había dado dinero, sino
sólo ayudado a los caballos, dándoles a
comer un poco de heno. Se comprendió entonces por
qué su nombre estaba allí grabado, y nadie
se atrevió en adelante a borrarlo.
-
»Así, concluyó Teresa, ya veis
cómo la más pequeña obra, la
más escondida, hecha por amor, tiene muchas veces
mayor precio que las grandes obras... No es el valor ni
aun la santidad aparente de las acciones lo que cuenta,
sino solamente el amor que se pone en ellas, y nadie
puede decir que no es capaz de dar estas cositas a Dios,
pues están al a1cance de
todos».
-
Un simple
golpe de ala
- 14
«Acordaos
de aquella bella estrofa del Cántico
espiritual de nuestro Padre San Juan de la
Cruz:
- Vuélvete,
paloma,
- que el
ciervo vulnerado
- por el
otero asoma
- al aire de
tu vuelo, y fresco toma (Estrofa 13)
-
»Ya lo veis: el Esposo, el ciervo herido,
no es atraído por la altura, es decir, por
las acciones brillantes, sino solamente por el
aire del vuelo, y un simple golpe de ala -un acto
de verdadera caridad- basta para producir esta brisa de
amor».
-
La ofrenda
al Amor misericordioso
- 15
Durante
la hora de adoración delante del Santísimo
expuesto en el ejercicio de las «Cuarenta
Horas» -el martes, 26 de febrero de 1895- Teresa
había compuesto de un tirón su
cántico «Vivir de amor».
-
El domingo, 9 de junio de 1895 -en la fiesta de la
Santísima Trinidad- durante la misa, sintió
la inspiración de ofrecerse como victima de
holocausto al Amor misericordioso de Dios.
-
En seguida, después de la misa, toda
emocionada, me llevó consigo, sin saber yo para
qué. Pero pronto se nos reunió nuestra
Madre Priora (Madre Inés de Jesús), que se
dirigía al torno. Teresa parecía un poco
apurada al exponer su petición. Balbució
algunas palabras, solicitando el permiso para ofrecerse,
conmigo, al Amor misericordioso. No sé si
pronunció la palabra «víctima».
La cosa no parecía tener importancia; nuestra
Madre dijo que si.
-
Una vez sola conmigo, me explicó brevemente lo
que quería hacer; su mirada estaba inflamada. Me
dijo que iba a poner por escrito sus pensamientos y a
componer un acto de entrega.
-
Dos días después, arrodilladas ambas
delante de la Virgen milagrosa de la Sonrisa, que se
hallaba entonces en la oficina que estaba junto a su
celda, ella pronunció el Acto en nombre de las dos
.Era el martes 11 de junio.
-
- 16
Sor
Teresa comunicó más tarde su Acto de
Ofrenda a Sor María del Sagrado Corazón y a
Sor Maria de la Trinidad . Ya habló de esto en su
manuscrito. Invitó a su Acto a todas las almas
pequeñas. En su intención, en efecto, no se
trataba de ofrecerse con todo un lujo de sufrimientos
supererogatorios, sino de entregarse, de abandonarse sin
restricción a la Misericordia de Dios. Sor
María del Sagrado Corazón, nuestra hermana
mayor, rehusó desde el principio hacer este Acto
de Ofrenda, no queriendo echarse encima un aumento de
dificultades. He aquí, a este propósito, la
relación consignada por su enfermera en unas notas
intimas inéditas:
-
«Hoy, 6 de junio de 1934, hablaba con Sor
María del Sagrado Corazón acerca del Acto
de Ofrenda al Amor misericordioso.. Me dijo que Sor
Teresa del Niño Jesús, que estaba junto a
ella removiendo el heno del prado, le había
preguntado si quería ofrecerse como víctima
al Amor misericordioso de. Dios, y que ella había
respondido: «No, ciertamente, no quiero ofrecerme
como víctima; Dios me tomaría la palabra y
el sufrimiento me asusta demasiado. Desde luego, esa
palabra víctima me disgusta
mucho».
-
»Entonces Teresita le dijo que la
comprendía muy bien, pero que ofrecerse como
víctima al Amor misericordioso de Dios no era en
modo alguno lo mismo que ofrecerse a su Justicia, que no
sufriría más, que era para poder amar mejor
a Dios por los que no quieren amarle.
-
»En fin, estuvo tan elocuente, añade Sor
Maria del Sagrado Corazón, que me dejé
ganar, y tampoco yo me arrepiento
ahora».
-
Nótese que Sor Maria del Sagrado
Corazón se dedicó desde entonces a propagar
el Acto entre todas sus amistades y personas con quienes
trataba. Que yo sepa, sólo una se resistió
a sus insinuaciones.
-
Finalmente, renovando esta Ofrenda en voz baja y
recalcando claramente las palabras, murió el 19 de
enero de 1940, a las dos y veinte de la
mañana.
-
- 17
Añado
ahora la confidencia que me hizo mi compañera de
noviciado, Sor María de la Trinidad:
-
«Sor Teresa del Niño Jesús no me
dio a conocer su entrega como víctima de
holocausto al Amor misericordioso hasta el 30 de
noviembre de 1895. Yo le manifesté en seguida el
deseo de imitarla, y se decidió que haría
mi consagración al día siguiente. Al
quedarme sola y reflexionar sobre mi indignidad,
llegué a la conclusión de que necesitaba
una preparación más larga para un acto de
tal importancia. Volví, pues, a ver a Sor Teresa,
explicándole las razones por las cuales deseaba
diferir mi ofrenda.
-
«Su rostro tomó una expresión de
gran alegría: «Sí, me dijo, este acto
es importante, más importante de lo que, podemos
imaginar; pero ¿sabéis la sola
preparación que Dios nos pide? Pues bien: es la de
reconocer humildemente nuestra indignidad, y puesto que
ya os concede esta gracia, entregaos a él sin
miedo. Mañana, después de la acción
de gracias, yo me quedaré junto a vos en el
Oratorio, donde estará expuesto el
Santísimo Sacramento: y mientras
pronunciáis vuestro Acto, os ofreceré a
Jesús como una pequeña víctima que
yo le he preparado».
-
- 18
Si
nuestra Maestra hubiera creído atraer sobre
nosotras un aumento de sufrimientos, no habría
apresurado de este modo nuestra entrega al Amor. Pero por
el contrario, ella nos precisaba que este acto era
enteramente distinto de la ofrenda como víctima a
la Justicia divina: «No hay nada que temer de la
Ofrenda al Amor misericordioso, decía con calor,
pues de este Amor no se puede esperar otra cosa que
misericordia».
-
No dejaba, sin embargo, de añadir que esta
ofrenda requería buena voluntad y
generosidad.
-
El
calidoscopio
- 19
Me
hablaba una vez refiriéndose a un juego muy
conocido con el que nos divertíamos en nuestra
infancia. Era un calidoscopio, especie de catalejo, a
cuyo extremo se perciben bonitos dibujos de diversos
colores; sí se da vueltas al instrumento, esos
dibujos varían hasta el infinito. «Este
objeto, me decía, cansaba mi admiración. Me
preguntaba qué era lo que podía producir un
fenómeno tan encantador, cuando un día,
tras un examen serio, vi que se trataba simplemente de
algunos pedacitos de papel y lana, echados acá y
allá, y cortados de cualquier manera.
Continué mis indagaciones y descubrí tres
cristales en el interior del tubo. Ya tenía la
clave del problema.
-
«Esto fue para mí la imagen de un gran
misterio. Mientras nuestras acciones, aun las más
pequeñas, no se salgan del foco del amor, la
Santísima Trinidad, figurada por los cristales
convergentes, les da un reflejo y una belleza admirables.
Sí, mientras el amor esté en nuestro
corazón, mientras no nos alejemos de su centro,
todo va bien (Isaías 3, 10) y, como dice
san Juan de la Cruz: «El amor sabe sacar provecho
de todo, del bien y del mal que hay en mí y tras
forma todas las cosas en sí»
(Nota
3) Dios,
mirándonos por el pequeño anteojo, es
decir, a través de si mismo, encuentra siempre
bella nuestras miserables pajas y nuestras más
insignificantes acciones; ¡pero, para eso, es
necesario no alejarse del pequeño centro!
¡Porque entonces, El no vería más que
unos pedacitos de lana y unos minúsculos
papelitos!
-
«¡Yo
juego a la banca del Amor!»
- 20
Me
decía frecuentemente que no quería ser
«comerciante al por menor> (Nota
4), pues
en este oficio no se gana de golpe, sino perra a perra.
Sin embargo, hay muchas almas que se ganan la vida en
esta pequeña escala; hay quienes cobran al
contado. Pero yo, decía ella, juego a la banca del
Amor...; lo hago a juego alto. Si pierdo, lo veré.
No me preocupo de las especulaciones de la bolsa; es
Jesús quien lo hace por mi. No sé si soy
rica o pobre, más tarde lo
veré».
-
«Dios
es un fuego consumidor»
- 21
Una vez
que tenía en las manos las epístolas de San
Pablo, me llamó y me dijo entusiasmada:
«Escuchad lo que dice el Apóstol: «No os
habéis acercado (por medio del amor) a un monte
que se pueda tocar con la mano, ni a un fuego que arde,
ni a un torbellino..., sino al monte de Sión, a la
ciudad del Dios vivo, que es la Jerusalén
celestial, al coro de millares de ángeles, a la
Iglesia de los primogénitos..., pues nuestro
Dios es un fuego consumidor» (Hebreos, 12, 18,
22, 23, 29) Y volviendo a estas últimas palabras,
me las comentó con
emoción.
-
GRATITUD
- 22
Mi
querida Hermanita me decía:
-
«Lo que alcanza más gracias de Dios es la
gratitud, pues si le agradecemos un beneficio, se
conmueve y se apresura a hacernos otros diez; y si se los
agradecemos aún con la misma efusión,
¡qué multiplicación incalculable de
gracias! Yo lo he comprobado por experiencia; probadlo
vos y veréis. Mí gratitud no tiene
límites por todo lo que me da, y se lo demuestro
de mil maneras».
-
Era agradecida aun al menor favor recibido, pero
particularmente al bien que le habían hecho los
ministros de Dios con los que había tenido
ocasión de tratar.
-
No dudar de
Dios
- 23
Me
lamentaba de que Dios parecía abandonarme... Sor
Teresa replicó vivamente: «¡Oh, no
digáis eso! Mirad: aunque no comprenda nada de lo
que acontece, yo sonrío y digo: ¡gracias!
Aparezco siempre contenta delante de Dios. No hay que
dudar de él: eso es falta de delicadeza. No:
«imprecaciones» contra la Providencia
nunca, sino siempre
gratitud».
-
«Acuérdate»
- 24
Entraba
yo en el Carmelo con la impresión de haber dado
mucho a Jesús. Por eso, pedí a mi Teresita
que me compusiese, sobre el estribillo
«Acuérdate», un poema, destinado a
«recordar» a Jesús todo lo que yo
creía haberle sacrificado y todo lo que nuestra
familia había sufrido. Ella acogió el
encargo con gusto, viendo en él la oportunidad de
darme una lección. En numerosas estrofas, ella
evocó, no lo que yo había hecho por
Jesús, sino lo que Jesús había hecho
por mi.
-
Pensé entonces en la parábola del
Fariseo y del Publicano: ¿No había yo imitado
un poco al primero, que se vanagloriaba de pagar las
décimas de todos sus bienes?...
-
Teresa había querido enseñarme el
completo olvido de mí misma para vivir en el amor
y en la acción de
gracias.
-
UNIÓN
CON DIOS
«Lo
que nos importa es unirnos con Dios»
- 25
Un
día, me inflamé de indignación
contra las Comunidades que cumplían las leyes
injustas que se habían dado contra ellas:
«¡Qué desgraciada sería yo si
perteneciese a una de esas Comunidades! ¡Ah!
¡Cuando pienso en esto se me revuelve toda la sangre
del corazón! ¡Preferiría hacerme
acuchillar antes que dar ni una sola
zanahoria!».
-
Ella me respondió: «Esto no os
atañe. Pienso como vos, obraría como vos si
tuviese responsabilidad en el asunto, pero no estoy
encargada de él. Lo que nos importa es unirnos a
Dios. Aunque perteneciésemos a una de esas
Comunidades citadas en los periódicos como ejemplo
de cobardía, eso no debería
inquietarnos».
-
Ni
demasiado celo, ni indolencia
- 26
Trataba
ella de combatir en mí el demasiado celo en los
asuntos, el deseo de hacer demasiado bien las cosas, la
viva pena que sentía cuando no las había
logrado hacer a mi gusto; en una palabra, el
tráfago que me imponía en el obrar.
«No habéis venido aquí, me
decía, para trabajar a destajo. No se ha de
trabajar tampoco para lograr éxitos. ¿Os
preocupáis, en este momento, de lo que pasa en los
otros Carmelos, de si las religiosas están
apremiadas o no? ¿Os impiden sus trabajos rogar,
hacer oración? Pues bien: debéis
desentenderos del mismo modo de vuestra faena personal,
emplear en ella a conciencia el tiempo prescrito, pero
con holgura de corazón.
-
»Leí una vez que los Israelitas
levantaron los muros de Jerusalén trabajando con
una mano y sosteniendo la espada con la otra (II Esdras
4, 17). Esa es la imagen de lo que nosotras debemos
hacer: no trabajar más que con una mano, en
efecto, y con la otra defender nuestra alma de la
disipación que le impide unirse con
Dios».
-
Sabía que ella no usaba el mismo lenguaje con
las almas que tenían la propensión
contraria, pues no podía soportar que se trabajase
con indolencia diciendo: «Sí está
bien, si he terminado, tanto mejor; si está mal,
si no he terminado, tanto peor!». Quería que
pusiésemos entusiasmo en nuestro trabajo; ni
demasiado, como para impedirnos guardar la presencia de
Dios, ni demasiado poco, lo cual pone obstáculos a
esa misma presencia. «El corazón que ama,
añadía, trabaja con amor, es decir, con
fervor: corre, vuela, nada halla imposible, nada le
detiene» (Nota
5)
-
Oficio
divino
- 27
Su
continente en el coro, tan modesto y tan recogido, me
edificaba de tal manera que le pregunté qué
es lo que pensaba durante la recitación del Oficio
divino (Nota
6). Ella
me contestó «que no tenía
método fijo, pero que muchas veces se imaginaba
estar en un peñasco desierto, frente a la
inmensidad; y allí, sola con Jesús,
teniendo la tierra a sus pies, olvidaba todas las
criaturas, y le repetía su amor en términos
que ella no comprendía, es verdad, pero le bastaba
con saber que aquello le agradaba».
-
Gustaba de ser hebdomadaria (Nota
7) para
decir en alta voz la oración, como los sacerdotes
en la Misa.
-
En su lecho de muerte dio de sí misma este
testimonio: «No creo que sea posible un deseo mayor
del que yo he tenido de recitar bien el Oficio y de no
cometer faltas en él».
-
Me decía que desde que había pedido a
los «bienaventurados habitantes de la Ciudad celeste
que la adoptasen por hija» (Nota
8),
escuchaba cada mañana con reverencia y piedad la
lectura del Martirologio, feliz de oír el nombre
de «padres tan queridos».
-
Me recomendaba que no dijese nada chistoso o
preocupante a una Hermana justamente antes del Oficio
divino, sino que aguardase a después, para evitar
causarle distracciones Ella misma practicaba este consejo
fidelísimamente.
-
La
Oración: tiempo de Dios
- 28
Su vida
entera se deslizó en la fe desnuda. No
había alma menos consolada en la oración;
me confidenció que había pasado siete
años en una oración de las más
áridas: sus retiros anuales y mensuales eran para
ella un suplicio. Y sin embargo, se la hubiera
creído inundada de consuelos espirituales, tal era
la unción de sus palabras y de sus obras, y tan
unida estaba con Dios.
-
No obstante este estado de sequedad, era cada vez
más asidua en la oración, «feliz, por
lo mismo, de dar más a Dios». No
sufría que se robase ni un solo instante a este
santo ejercicio, y formaba a sus novicias en este
sentido. Un día que la Comunidad estaba ocupada en
el lavado cuando tocaron a la oración y era
necesario continuar la tarea, Sor Teresa, que observaba
el ardor con que yo trabajaba, me
preguntó:
-
- «¿Qué hacéis?
-
- Lavo, le respondí.
-
- «Está bien, replicó ella, pero
debéis hacer oración interiormente, pues
este tiempo es de Dios y no hay que
robárselo».
-
- *
-
- 29
La
unión con Dios de Sor Teresa era sencilla y
natural, lo mismo que su manera de hablar de
él.
-
Como yo le preguntase si perdía alguna vez la
presencia de Dios, me contestó sencillamente:
«¡Oh, no, creo que no he estado nunca tres
minutos sin pensar en Dios». Le manifesté mi
sorpresa de que tal aplicación de la mente fuese
posible. Ella replicó: «Se piensa
naturalmente en quien se ama».
-
Era el Evangelio y lo poco que se nos permitía
entonces leer del Antiguo Testamento lo que la ocupaba
durante su oración; sobre todo al final de su
vida, cuando ningún libro, ni siquiera los que
mayor bien le habían hecho, le decían nada
al corazón.
-
Al principio de su vida religiosa, cuando yo estaba
todavía en el mundo, me aconsejó comprar la
obra de Mons. de Ségur sobre nuestras
«Grandezas en Jesús». Pero si ella.
meditaba sus «grandezas» en Jesús, lo
que más gustaba de profundizar era el conocimiento
de su «pequeñez», hasta el punto de
confesar que «prefería las luces que
recibía sobre su nada a las que recibía
sobre la fe».
-
- 30
En aquel
tiempo, y aun más tarde, ella gustaba
particularmente de las obras de. San Juan de la Cruz. Al
llegar al Monasterio, fui testigo de su entusiasmo cuando
se paraba delante del gráfico de «La Subida
del Monte Carmelo» de nuestro Bienaventurado Padre,
y me hacía notar la línea en la que
él había escrito: «Aquí no
hay ya camino, porque para el justo no hay ley».
Y a causa de su emoción, le faltaba el aliento
para traducir su felicidad. Esta sentencia la
ayudó mucho a hacerse independiente en sus
exploraciones del amor puro, que muchos tachaban de
presunción. Llevó su atrevimiento hasta
buscar y hallar un camino completamente nuevo, el
de la Infancia espiritual; el cual, tan derecho y corto
es, que deja de ser camino, pues va a parar de un solo
golpe al Corazón mismo de Dios.
-
Creo que toda su oración se encaminaba a la
búsqueda de «la ciencia del
amor».
-
PIEDAD
Predilección
por la Sagrada Escritura
- 31
Poseía
en alto grado la ciencia de las cosas de Dios y de la
espiritualidad. Dotada de una excelente memoria,
retenía fácilmente lo que leía u
oía, y sabía emplear en el momento oportuno
observaciones juiciosas e insignificantes
anécdotas. Pero lo que sobre todo asimiló
con prontitud y con segura apreciación fueron los
pasajes de la Sagrada Escritura, la cual
constituyó, en el Carmelo, su mayor tesoro.
Descubría el sentido oculto y hacia aplicaciones
sorprendentes.
-
Había yo copiado varios extractos del Antiguo
Testamento (Nota
9); se
los comuniqué, y aquellas pocas páginas
fueron para ella un alimento delicioso en la
oración.
-
Procuraba conocer a Dios, descubrir, por decirlo
así, «su carácter», y
¿cómo podía hacerlo mejor que
estudiando los libros inspirados, especialmente el Santo
Evangelio? Por eso, lamentaba la diferencia de las
traducciones (Nota
10)
«Si yo hubiese sido sacerdote, me decía,
habría estudiado el hebreo y el griego, a fin de
poder leer la palabra de Dios tal como él se
dignó expresarla en el lenguaje
humano».
-
Llevaba noche y día el Santo Evangelio sobre
su corazón, y se Interesaba mucho por buscar los
textos editados por separado, a fin de hacerlos
encuadernar y procurarnos a nosotras la misma
dicha.
-
Su amor a
la Santísima Trinidad
- 32
Santa
Teresa del Niño Jesús tenía una.
gran devoción a la Santísima Trinidad.
Hubiera deseado que su fiesta fuese elevada a un rito
superior.
-
Cuando yo estaba todavía en el mundo, ella
había pensado en un principio llamarme
María de la Trinidad, antes de escogerme el nombre
de María de la Santa Faz, que llevé, de
hecho, algunos meses en el Carmelo. Pero se
consoló mucho cuando el primer apellido le fue
dado a otra novicia.
-
Fue él día de la fiesta de la
Santísima Trinidad, el 9 de junio de 1895, cuando,
durante la Misa, se sintió inspirada a ofrecerse
como víctima de holocausto al Amor misericordioso
de Dios.
-
Llamar a
Dios «Padre Nuestro»
- 33
Un día, entré en la celda de nuestra
querida Hermanita y quedé sobrecogida ante su
expresión de gran recogimiento. Cosía con
gran actividad y, sin embargo, parecía perdida en
una contemplación profunda:
-
- «¿En qué pensáis?, le
pregunté.
-
- Medito el Pater, me respondió.
¡Es tan dulce llamar a Dios: Padre nuestro!
...».
-
Y las lágrimas brillaron en sus
ojos.
-
- *
-
-
Amó a Dios como un niño querido ama a
su padre, con demostraciones de ternura
increíbles. Durante su enfermedad llegó a
no hablar más que de él, tomó una
palabra por otra y le llamó:
«Papá». Nos echamos a reir, pero ella
replicó toda emocionada: «¡Oh,
sí, él es en verdad mi
«Papá»! Y qué dulce es para
mí darle este
nombre!».
-
La
familiaridad con Jesús
- 34
Jesús
lo era todo para su corazón. Cuando
escribía y trataba de Nuestro Señor
Jesucristo, ponía siempre con mayúscula
«El», por respeto hacia su persona
adorable.
-
Me preguntó: «Cuando oráis,
¿cómo preferís tratar a Jesús,
de tú o de vos?». Yo le contesté que
prefería tratarle de tú. Toda complacida,
replicó: «Yo también, prefiero mucho
más trabar a Jesús de tú. Esto
expresa mejor mi amor, y no dejo nunca de hacerlo cuando
hablo con El a solas; pero en mis poesías y en las
oraciones que han de ser leídas por otros no me
atrevo».
-
Devoción
a la Santa Faz
- 35
Esta
devoción fue para Sor Teresa del Niño
Jesús el coronamiento y el completo desarrollo de
su amor hacia la santa Humanidad de Jesús. La
Santa Faz era el espejo donde ella veía el Alma y
el Corazón de su Amado,. donde ella le contemplaba
todo entero. Del mismo modo que la
fotografía del solo rostro de un ser amado nos
basta para hacérnosle presente.
-
Se puede decir que la devoción a la Santa Faz
orientó la vida espiritual de Sor Teresa. Si se
quiere marcar la nota justa de sus piadosas
inclinaciones, hay que reconocer que ésta las
sobrepasa a todas, sin duda porque las resume
todas.
-
Contemplando la Faz entristecida de Jesús,
meditando sus humillaciones, ella hacía crecer su
humildad, el amor a los sufrimientos, la generosidad en
el sacrificio, el celo de las almas, el despego de las
criaturas, en fin, todas las virtudes activas, fuertes,
viriles que la hemos visto practicar. Seguía, sin
conocerlo, el consejo de perfección que Nuestro
Señor dio a Santa Gertrudis cuando le dijo:
«Que el alma que desea adelantar en el bien vuele a
mi seno. Pero si quiere volar más lejos y subir
aún más alto, en alas de sus deseos,
que se eleve con la rapidez de un águila, que:
vuele en torno a mi Faz, sosteniéndose como
un Serafín sobre las alas de una caridad
generosa».
-
Eso fue lo que hizo Sor Teresa del Niño
Jesús, y la consecuencia de su vuelo fue un amor
verdaderamente seráfico, que produjo frutos de
generosidad heroica.
-
Señaló a sus novicias la Faz de
Jesús como un libro de donde sacaba la ciencia del
amor, el arte de las virtudes...
-
Cerca de la Santa Faz escribió en su
blasón místico, esta divisa: «¡El
amor no se paga más que con amor! » Sus
cartas, su Historia de un alma, sus poesías
están impregnadas de amor hacia esta Faz
bendita.
-
Estoy persuadida de que fue mi Hermanita querida la
que inspiró mi proyecto de reproducir la Santa Faz
según el Santo Sudario de Turín y de que a
ella le debo el éxito de esta copia, ejecutada en
1904, siete años después de su
muerte.
-
Piedad
eucarística
- 36
La santa
Misa y el Banquete eucarístico constituían
sus delicias. No emprendía nada importante sin
pedir que se ofreciese el santo Sacrificio por aquella
intención. Cuando nuestra tía le daba
dinero con ocasión de sus fiestas
onomásticas y cumpleaños, en el Carmelo,
solicitaba siempre el permiso de hacer celebrar algunas
Misas, y me decía a veces muy bajito:
«¡Es por mi hijo (Pranzini) (Nota
11);.
tengo que ayudarle ahora!».
-
- 37
Antes de
su Profesión dispuso de sus ahorros de jovencita,
que constituían un centenar de francos, para hacer
decir Misas por nuestro venerado padre, entonces tan
enfermo. Estimaba que nada podía ser mejor para
merecerle abundantes gracias que la efusión de la
Sangre de Jesús.
-
- *
-
- 38
Deseó
ardientemente comulgar todos los días, pero no
permitiéndolo la costumbre, fué éste
uno de los mayores sufrimientos que tuvo en el Carmelo.
Pedía a San José que obtuviese un cambio en
esta costumbre. El decreto de León XIII dando una
mayor libertad a este respecto (Nota
12), le
pareció una respuesta a sus ardientes
súplicas. Le estuvo siempre agradecida a San
José por ello, tanto que cuando en el
jardín pasaba por delante de su estatua le
arrojaba flores con amor.
-
Nos predijo que después de su muerte no nos
faltaría nuestro «pan cotidiano», lo que
se realizó plenamente (Nota
13)
-
- *
-
- 39
Su afecto
a la santa Eucaristía la llevó a
desempeñar con amor su oficio de sacristana. Su
felicidad llegaba al colmo cuando en la patena o en el
corporal quedaba alguna partícula de la Santa
Hostia. Un día que el copón estaba
insuficientemente purificado, llamó a varias
novicias para que la acompañasen al oratorio,
donde ella lo depositó con una alegría y un
respeto indecibles. Me contó su dicha cuando, una
vez, en el momento de la Comunión, habiendo
caído la Santa Hostia de las manos del sacerdote,
ella tendió el escapulario para recibirla;
estimaba haber tenido con esto el mismo privilegio que la
Santísima Virgen, pues había llevado en sus
brazos al Niño Jesús.
-
Al preparar los Vasos sagrados para la santa Misa,
gustaba, dijo, de mirarse en el cáliz y en
la patena: le parecía que habiéndose
reflejado su rostro en ellos, las divinas Especies
reposaban sobre ella.
-
- *
-
- 40
¡Con qué devoción compuso y
pintó un fresco en torno al tabernáculo del
Oratorio! Es un verdadero monumento a la obediencia, pues
no conocía a fondo el dibujo (Nota
14), y en
manera alguna la pintura, y tenía que realizar el
trabajo subida a una escalera y con un alumbrado tan
insuficiente, que un artista experimentado se hubiera
visto mal para conseguirlo. Sin embargo, lo
realizó felizmente, y los angelitos que nos ha
dejado tienen una expresión a la vez infantil y
celeste.
-
Flores para
la estatua del Niño Jesús
- 41
Mi
Teresita se sintió dichosa al ser encargada de
adornar la estatua del Niño Jesús colocada
en el claustro, y lo hizo con él mayor cuidado. La
pintó de rosa y la rodeó siempre de alegres
flores y de pajarillos disecados, de plumaje tornasolado.
En lugar de descansar, como estaba permitido durante la
hora de silencio, de media a una hora en el verano,
pasaba en parte este tiempo adornando a su
Jesusín. Pero las flores en el Carmelo eran raras
en aquel tiempo. ¡Prisionera a los quince
años, no pudiendo pasearse por los campos ni coger
un solo capullo de oro, aquello era penoso para una
naturaleza como la suya! Sin embargo, Jesús se
encargó de proveer de flores a su pequeña
prometida. Ella misma me contó la siguiente
anécdota:
-
«El primer verano que pasó en el Carmelo,
llegó a decirse a sí misma: ¡Ya no
volveré, pues, a ver nunca acianos, margaritas,
amapolas, ni avena, ni trigo! ..., lo cual le causaba una
verdadera pena. En esto, la portera fue a llevar a
nuestra Madre una soberbia gavilla campestre, compuesta
de todas las flores y espigas que Teresa había
deseado. La tornera externa la había hallado
colocada en el reborde de su ventana, sin ninguna
explicación. Ignorando la pena de Teresa, nuestra
Madre le mandó el ramillete para la estatua del
Niño Jesús. A partir de aquel momento nunca
le faltaron las flores del
campo».
-
Rosas para
el Crucifijo
- 42
Sentía
mucha devoción en echar flores al gran Cristo del
patio y, más tarde, durante su enfermedad,
cubría su crucifijo (Nota
15) de
rosas, separando con cuidado los pétalos
marchitos. Un día que la vi tocando dulcemente la
corona de espinas y los clavos de su Jesús con la
punta de los dedos, le dije: «¿Qué
hacéis?». Entonces, con un suave gesto de
admiración ante mi sorpresa, me confesó:
«Le estoy desclavando y quitándole la corona
de espinas».
-
No quería dar a las criaturas el testimonio de
amor de echarles flores. Un día, le había
yo puesto en la mano unas rosas pidiéndole que se
las arrojase a alguna Hermana en señal de afecto;
ella rehusó.
-
Piedad
mariana
- 43
La
estatua de la Santísima Virgen que se había
animado para sonreírle en su milagrosa
curación era su consuelo. Cuando a mi entrada en
el Carmelo se llevó allí dicha estatua, Sor
Teresa del Niño Jesús se llegó a la
puerta conventual para recibirla, y tomándola con
un movimiento rápido, y estrechándola con
amor, la llevó con la misma facilidad con que se
levanta una pluma, aunque era muy pesada (Nota
16). Las
Hermanas que estaban presentes quedaron sorprendidas y
.edificadas.
-
Muchas veces, desde entonces, la vi arrodillarse a
sus pies y rezarle con gran fervor. Durante su
última enfermedad la colocaron delante de su
lecho. Sus miradas estaban vueltas constantemente hacia
ella.
-
- *
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- 44
Teresa
gustaba de distribuir medallas de la Santísima
Virgen, no dudando de su eficacia. En el mundo las
había prendido sobre el pecho de dos
niñitas pobres que ella instruía, y
había persuadido a una asistenta, mujer
incrédula, a llevar la que ella le
ofrecía.
-
En su primera Comunión prometió rezar
todos los días un «Memorare», y lo
cumplió fielmente durante toda su vida. Más
tarde, rezaba todos los días el rosario; en el
mundo no dejaba nunca de hacerlo. Pero estas
prácticas exteriores no eran más que un
pálido reflejo de su intimidad con su Madre
querida, a quien ella llamaba:
Mamá.
-
Juzgaba que todas las conversiones debían ser
obtenidas por la invocación de María, y
encomendaba a la Santísima Virgen todas sus
intenciones. Una tarde, a las tres, noté que
estaba rezando, y le pregunté qué
decía: «Rezo un Avemaría para
ofrecer mi trabajo a la Santísima Virgen. He
cogido la costumbre de hacerlo así cada vez que me
pongo a trabajar». Nos hacía poner el rosario
alrededor del cuello durante la noche.
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- 45
Nuestra
queridita Maestra estaba ya muy enferma cuando compuso su
cántico: «Por qué te amo, ¡oh
María!». Puso en él todo su
corazón. Todavía me parece oírle
decir «que quería antes de morir expresar en
una poesía, todo lo que ella pensaba sobre la
santísima Virgen».
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