Santa
Teresa del Niño Jesús
- Consejos
y Recuerdos
- Recogidos
por Sor Genoveva de la Santa Faz
(Celina),
- hermana
y novicia de Santa Teresa del Niño
Jesús
IV
- CARIDAD
FRATERNA
- CELO
OR LAS ALMAS
-
CARIDAD
FRATERNA
1
Hablando de
la caridad nuestra santa Hermanita no se agotaba nunca. Elia
me comunicó las luces que había recibido
leyendo este pasaje de Isaías (Isaías 58):
«El ayuno que yo pido ¿consiste, acaso, en que
un hombre mortifique por un día su alma, o en que se
cubra de saco y de ceniza? ¿Por ventura llamaremos a
esto ayuno y día aceptable al Señor?
¿Acaso el ayuno que yo apruebo no es, más bien,
que rompáis las cadenas de la impiedad, que
aligeréis de sus pesadas cargas a los que
están abrumados, que dejéis libres a los que
están oprimidos y que destruyáis todo lo que
pesa sobre los otros? ¿Que partáis vuestro pan
con el que tiene hambre y hagáis entrar en vuestra
casa a los pobres y a los que no saben dónde ir?
¿Que cuando veáis a un hombre desnudo le
vistáis y no despreciéis a vuestro
prójimo?».
- 2
Al volver
sobre cada una de estas expresiones, me las explicaba
diciendo que se había de practicar mucha
más caridad para con las almas que para con los
cuerpos: «Hay pobres por todas partes, almas
débiles, enfermos, oprimidos... ¡Pues bien!
Tomad sus cargas... Dejadles libres, es decir:
cuando se habla delante de vos de algún defecto de
vuestras Hermanas, no añadáis nunca nada...
Diestramente, pues a veces no es prudente contradecir,
poned sus virtudes en la balanza, dejad libres a
los que están oprimidos, y destruid todo lo que
pesa sobre los demás. Partid vuestro pan, es
decir, dad de vos misma, haced que entren en
vuestra casa, prodigaos, dad de vuestros bienes:
vuestra tranquilidad, vuestro descanso, a los que no
saben dónde ir, porque son
pobres».
-
Y, prosiguiendo la cita: «Entonces»,
escuchad la continuación:
-
«Entonces, si hacéis esto; vuestra luz
brillará como la aurora, recobraréis en
seguida vuestra salud, vuestra justicia irá
delante de vos y la gloria del Señor os
protegerá. Entonces, invocaréis al
Señor y él os escuchará.
Clamaréis y él os dirá: heme
aquí. Si destruís las cadenas, si
dejáis de extender maliciosamente la mano y de
decir palabras ultrajantes, si atendéis al pobre
con efusión, si consoláis al alma afligida,
entonces una luz se elevará para vosotros de las
tinieblas, y vuestras tinieblas se os harán como
el mediodía, EL SEÑOR OS CONCEDERÁ
PARA SIEMPRE EL DESCANSO, LLENARÁ VUESTRA ALMA DE
RESPLANDOR; REANIMARÁ VUESTROS HUESOS; OS
CONVERTIREIS EN UN JARDÍN SIEMPRE REGADO Y EN UNA
FUENTE CUYAS AGUAS NO SE AGOTAN NUNCA
(Nota
1)
Los lugares desiertos desde hace siglos serán
edificados: levantaréis los fundamentos
abandonados durante una larga serie de años, y se
dirá de vosotros que reparáis las murallas
y hacéis seguros las
caminos».
-
- 3
Ella
proseguía: «¡Acabáis de
oír la recompensa! Si dejáis de decir
palabras poco caritativas, si rompéis las
cadenas de las almas cautivas con vuestra dulzura y
con vuestra afabilidad; si atendéis a los pobres y
abandonados con efusión, es decir, de
corazón, con amor, con desinterés; si
consoláis a los que sufren, recibiréis
vuestra salud interior, vuestra alma no estará
ya enferma. Vuestra justicia irá delante de vos.
Pero como estas obras, para que sean provechosas, han de
quedar ocultas, como es propio de la virtud, a
imitación de, la humilde violeta, que derrama su
aroma sin que las criaturas sepan de dónde viene
el perfume, la gloria del Señor os
protegerá; no vuestra propia gloria, sino la
gloria del Señor».
-
«El Señor os escuchará. Os dará
el descanso; una luz se elevará para vos de las
tinieblas, y vuestras tinieblas se harán para vos
como el mediodía; no que las tinieblas
desaparezcan, pues las pruebas no pueden faltarle al
alma, sino que vuestras tinieblas se harán
luminosas... y tendréis la paz, la
alegría; una claridad brillará siempre para
vos en medio de la noche interior. Os
convertiréis en un jardín siempre regado,
en una fuente cuyas aguas no se agotan nunca, de la
cual todas las almas, todas las criaturas beben sin
perjudicarla.
-
»Pero, eso no es todo: prestad atención a
la última recompensa: Los lugares desiertos
desde hace siglos serán edificados; vos
levantaréis los fundamentos. ¿Qué
quiere decir? ¿Cómo practicando la caridad,
el amor del prójimo, puedo yo levantar los
edificios?... ¡Estas cosas no se parecen en nada, no
guardan entre si relación alguna!
Y, sin
embargo, los Ángeles en el cielo dirán de
vos que reparáis las murallas y hacéis
seguros los caminos...».
-
Diciendo esto, ella me miraba con entusiasmo...
«¡Qué misterio! Con nuestras
pequeñas virtudes, con nuestra caridad practicada
en la sombra, nosotras convertimos de lejos a las
almas..., ayudamos a los misioneros, y aun, tal vez, se
dirá en el último día que hemos
edificado moradas materiales a Jesús y que
hemos preparado sus
caminos...»
Abnegación
fraterna
- 4
Los actos de caridad que yo vi practicar a nuestra
querida Hermanita son innumerables y variados. No dejaba
escapar ninguna ocasión.
-
Por ejemplo, los domingos y fiestas de guardar, el
poco tiempo que tenía libre lo empleaba en
complacer a las demás.
-
Componía poesías a petición de
las Hermanas; nunca se negó a ninguna de estas
demandas, de suerte que casi no hallaba vagar para hacer
poesías de propio impulso. Por eso mismo, no
copió nunca un solo cántico para su propia
devoción, a pesar de que deseaba tener algunos a
su disposición. Igualmente, se privaba de
entresacar los pasajes bellos de sus lecturas, si bien
una de sus novicias, a quien ella había confiado
sus preferencias a este respecto hubo de tomarse el
cuidado de hacerlo, sin que ella lo
supiese.
Dejar a las
demás el mejor lugar
5
«Al salir de la recreación de la noche para ir a
Completas, me decía, había cogido la costumbre
de dejar nuestra canastilla de labor sobre uno de los bancos
próximos al antecoro. Me resultaba cómodo, y
además había menos peligro de. que las
arañas fuesen a alojarse en ella que dejándola
en el suelo. Pero pronto me di cuenta de que el sitio era
ocupado muchas veces por la canastilla de otra Hermana que
pasaba antes que yo. «¿Luego otras -pensaba yo-
hallan también que esto es más cómodo?
Pues bien: les dejaré el sitio; les agradará
mucho que el sitio esté libre, pues así no
hace falta
agacharse».
Sacrificio
de un pequeño triunfo
- 6
Una vez que quería ella inducirme a practicar la
caridad, me contó que, siendo joven novicia y
cifrando toda su dicha en adornar la estatua del
Niño Jesús del claustro, se privaba siempre
de poner flores olorosas, excepto una pequeña
violeta, porque los perfumes molestaban a una de nuestras
Hermanas ancianas.
-
Esta, viéndola una vez colocar una hermosa
rosa al pie de la estatua, la llamó, con la
evidente intención de hacérsela quitar.
«En aquel momento, me dijo Teresa, adivinando su
equivocación, probé un vivo deseo de
dejarla comprobar su error, pues la rosa era artificial.
Pero Jesús me había pedido el sacrificio de
este pequeño triunfo. Adelantándome a toda
reflexión, cogí la flor y le dije:
«Mire, Madre, mía, qué bien se imita
hoy a la naturaleza; ¿no se diría que esta
flor acaba de ser cortada del
jardín?».
-
«¡Oh!, añadió: no
podéis imaginaros cuán dulce me fue este
acto de caridad y cuánta fuerza me
dio».
Tratar a
las almas con delicadeza
- 7
Durante
su enfermedad me hizo notar cómo Sor San
Estanislao (Nota
2)
usaba siempre ropas blancas muy suaves, escogidas con la
más delicada atención, a fin de aliviarla
un poco:
-
«¿Véis? Hay que usar los mismos
cuidados con las almas; muchas veces no se piensa en ello
y se las lastima. ¿Por qué? ¿Por
qué no aliviarías con la misma, caridad,
con la misma delicadeza que a los cuerpos? Algunas
están enfermas, muchas son débiles, todas
sufren. ¡Qué ternura deberíamos usar
con ellas!».
Pequeños
guisantes y gruesas habas
- 8
Cuando una Hermana se mantenía desagradablemente
en su sinrazón, ella se mostraba aún
más amable, obsequiosa y dulce, a fin de calmar el
corazón irritado al que veía sufrir. La
bondad del suyo se manifestaba a través de una
gran ternura cuando volvían a ella después
de haberla disgustado. Un día me explicó la
razón de este proceder:
-
«¡Oh, qué misericordioso es Dios
para con las almas imperfectas! Encuentro de ello una
prueba en la naturaleza. Mirad los pequeños
guisantes que se derriten en la boca, que son todo
azúcar; su vaina es muy ligera. Sin embargo,
pueden recibir los ardores del sol y la frescura de la
noche, que no se les escatima. Son el símbolo de
las almas perfectas. Las gruesas habas, por el contrario,
que representan a las almas imperfectas, tienen una vaina
bien forrada, que las preserva perfectamente, Hemos de
obrar como Dios; desplegar todas nuestras delicadezas y
nuestros agasajos para con las almas
imperfectas».
Visitar a
Jesús y a Maria
9
Cuando le
parecía que me replegaba sobre mí misma, me
decía: «¡Replegarse sobre sí misma
esteriliza al alma! Hay que darse prisa en correr a las
obras de caridad».
«A veces, precisaba, se está tan mal dentro
de sí, en el interior, que hay que salir prontamente.
Dios no nos obliga a permanecer en compañía de
nosotras mismas; al contrario, a veces permite que. esa
compañía nos sea desagradable para que la
abandonemos. No veo otro medio en ese caso que salir de
nosotras mismas e ir a visitar a Jesús y a
María, corriendo a las obras de
caridad».
Preparar la
lamparilla para el Niño
Jesús
(Nota
3)
- 10
Yo le había confiado una pena.
-
Para animarme, demostrándome que no era
insensible, me contó que siendo segunda tornera le
aconteció una noche, durante el
«silencio» (Nota
4),
temer que preparar una lamparilla para afuera
(Nota
5)
Había que buscar aceite, mechas; no había
nada preparado, todas se habían retirado a sus
celdas, las puertas estaban trancadas.
-
«Tuve un gran combate, me confidenció
ella. Murmuraba interiormente contra las personas y las
circunstancias, reprochaba a las torneras externas el
hacerme trabajar así durante un tiempo de
descanso, cuando ellas. mismas podían haberse muy
bien bastado. Pero de repente la luz se hizo en mi alma.
Me figuré que estaba sirviendo a la Sagrada
Familia en Nazaret, que preparaba aquella lamparilla para
el Niño Jesús, y entonces puse en ello
tanto, tanto amor, que andaba con paso muy ligero
y con el corazón desbordando de ternura. Desde
entonces, añadió, he empleado siempre este
método, que me sigue resultando a las mil
maravillas».
Cuidado de
las enfermas.- Paciencia y gratitud
- 11
En la
enfermería, donde yo estaba empleada desde mi
entrada en el Carmelo, no había ninguna enferma
grave, sino religiosas de salud deficiente. Entre ellas
se hallaba una afectada de anemia cerebral crónica
y atacada de manías que hacían el oficio de
enfermera un perpetuo ejercicio de paciencia. Esta
enferma tenía por principio «que se
había de probar adrede a las novicias».
Por consiguiente, sucedía que, hallándome
en el otro extremo del monasterio, era llamada para
oírme decir: «Hermanita mía, distingo
vuestro paso del de vuestra
compañera».
-
Un día, no pudiendo más, me fui a Sor
Teresa, toda desecha en lágrimas; ella me
recibió con ternura, me consoló, me
animó. La veo aún, sentada junto a
mí, sobre un baúl, estrechándome
entre sus brazos.
-
Entretanto, me era necesario volver constantemente
sobre mi campo de batalla, y muchas veces daba un gran
rodeo para no pasar bajo las ventanas de la
enfermería, pues la Madre, viendo que me
aproximaba, me hacía una seña para que le
prestase algún servicio superfluo. Algunas veces
pasaba rápidamente, agachando la cabeza para no
ser vista por ella sintiendo en el corazón una
cierta amargura.
-
Sor Teresa, que conocía la situación y
en el fondo me disculpaba de todo corazón, me dijo
en una de estas circunstancias:
-
«Sería necesario pasar expresamente por
delante de la enfermería, a fin de que se os
moleste, y cuando vayáis cargada y no os
podáis detener, responder con amabilidad,
prometiendo volver, mostrando un semblante contento, como
si se os hiciese un favor.
-
- 12
»La
campana de la enfermería debería ser para
vos una melodía celestial. Lo mejor para vos es
que os llamen; deberíais desearlo. ¡Oh!,
mirad: pensar bellas y santas cosas, escribir libros,
escribir biografías de santos no vale tanto como
un acto de amor de Dios ni como la acción de
contestar cuando la campana de la enfermería toca
y eso os molesta. Cuando se os pide un favor, o que
dispenséis un servicio a las enfermas que no son
agradables, tenéis que consideraros como una
pequeña esclava a la que todo el mundo tiene
derecho a mandar y que ni piensa en quejarse, pues es
esclava.
-
- Sí, pero a veces, ya lo sabéis, se me
molesta por nada; entonces me hierve la
sangre.
-
- Comprendo muy bien que eso os cueste; pero ¡si
vierais cómo los Ángeles, que os miran en
la palestra, esperan el final del combate para arrojaros
coronas y flores,. como en otro tiempo se las arrojaban a
los caballeros! ¡Puesto que queremos ser
pequeñas mártires, en nosotras está
el ganarnos las palmas! Y no creáis que estos
combates carezcan de valor: «El hombre paciente
vale más que el hombre fuerte, y el que doma su
alma, más que el que conquista ciudades»
(Proverbios 16, 32)
-
- 13
«En
cuanto a mí, si hubiese de vivir todavía,
el oficio de enfermera sería el que más me
gustaría. No quisiera solicitarlo, temiendo que
eso fuera presunción, pero si me lo diesen, me
creería muy privilegiada. ¡Oh, sí, me
sentiría muy feliz, si me hubiesen pedido esto!
Tal vez la naturaleza lo hubiera hallado costoso; pero me
parece que habría obrado con mucho amor, pensando
en las palabras de Nuestro Señor: «Estaba
enfermo y me aliviasteis» (Mateo, 25,
36)
-
Me recomendaba mucho que cuidase a las enfermas con
amor, que no hiciese este trabajo como uno de tantos,
sino con tanto cuidado y delicadeza como si prestase este
servicio al mismo Dios.
-
No obstante, después de una jornada de labor
se me hacía muy duro tener que ir por la noche,
durante la hora del descanso o después de
Maitines, a llevar algún alivio a las Hermanas
fatigadas. Me quejaba, .y ella me dijo:
-
«Ahora sois vos quien lleva tacitas a diestro y
siniestro; pero un día, en el cielo, será
Jesús «quien irá y vendrá
para serviros a vos» (Lucas, 12,
37),
Prudencia
humana
14
«Vos
decís: quiero ser buena con las que son buenas, dulce
con las que son dulces; y cuando alguna os contradice,
salís fuera de vos. Obráis en esto como los
paganos de los que habla el Evangelio. Por el contrario:
Haced bien a los que os odian, orad por los que os
persiguen (Mateo 5, 44; Lucas 6, 27), Ser buenos con los
que nos favorecen es prudencia humana: no queda. nada para
Dios».
«Cuando
os halléis en el momento de morir...
»
15
Yo deseaba
que los detalles de mi vida se engranasen como en el
mecanismo de un juego de paciencia! ¡Ay de quien los
alterase! Si una circunstancia imprevista rompía esta
combinación y trastornaba el mecanismo, me mostraba
descontenta. Un día, durante la última
enfermedad de mi querida Hermanita, había contado con
disponer de toda una tarde para concluir una labor, y fui
llamada inopinadamente al locutorio. Yo le dije:
«¡Oh, cuánto me ha contrariado verme
interrumpida! ¡Sin eso, hubiera terminado mí
labor! ... Ella me miró: «Cuando os
halléis en el momento de morir, ¡cuánto
desearéis haber sido
interrumpida!».
Dedicar
tiempo a ser interrumpida
- 16
Yo
tenía verdadero interés en hacer
tranquilamente mi retiro mensual, y era difícil
problema hallar un domingo en que no se me tendiese
alguna trampa a causa de mi oficio o por cualquiera otra
razón. Sor Teresa del Niño Jesús me
dijo:
-
«Luego, ¿vos entráis en retiro para
disponer de más tiempo libre, para buscar vuestra
propia satisfacción? Yo voy por fidelidad, para
dar más a Dios... Si tengo mucho que escribir ese
día, para despegar mi corazón me pongo en
la disposición de espíritu de querer yerme
interrumpida, y me digo: «Dedico tal o cual hora
libre a ser interrumpida; y si no me interrumpen, doy
gracias a Dios, como Si me concediese un favor con el que
no contaba». De esta forma, nada me coge
desprevenida, estoy dispuesta a ser interrumpida, lo
quiero, cuento con ello. Por eso, estoy siempre
contenta».
-
En efecto, observé que siendo sacristana, y
habiendo acabado su tarea personal, pasaba expresamente,
los días de fiesta, por delante de la
sacristía a fin de que se la llamase. Se
hacía la encontradiza con su primera de oficio a
fin de que ésta pudiese reclamarla para
algún servicio, lo cual no fallaba nunca. Sabiendo
que, en el fondo, esto le costaba mucho, yo le
hacía señas de que no pasase por
allí y le proporcionaba los medios para que no lo
hiciese, pero era
inútil.
Sacrificio,
alegría y amor puro
- 17
En los
últimos meses de destierro de mi angelical
Hermanita me acontecía llegar tarde a la
recreación, y no poner el mismo celo en servir a
las otras enfermas, mucho menos graves, por emplear
más tiempo en cuidarla a4ella. Y me
dijo:
-
«En vuestro lugar, aunque no estéis
estrictamente obligada a ello, haría todos los
posibles para ir a las recreaciones y servir a las otras
enfermas. Me daría maña en hacer mil
sacrificios, me privaría de todo para obteneros
gracias. No hay que buscarse a sí misma en nada,
sea lo que sea, pues desde el momento en que una empieza
a buscarse a sí misma, se deja de amar»
(Imitación, lib. III, cap. y, 7), Al final de mi
vida religiosa he llevado la existencia más feliz
que se puede imaginar, porque no me buscaba nunca a
mí misma. Cuando una se renuncia a sí
misma, se alcanza la recompensa en la tierra. Me
preguntáis muchas veces el medio para llegar al
puro amor; ese medio es: olvidaros de vos misma y no
buscaros en nada».
Ángel
de paz
- 18
Había yo derramado algunas lagrimillas para hacer
creer a una Hermana que estaba muy contrariada. Sin
embargo, no había en mí ningún apego
a lo que lamentaba. El mismo día había
mantenido también mis derechos frente a otra
Hermana, defendiendo la justicia; quería,
además, convencerla de que no tenía
razón. Mi Hermana Teresa del Niño
Jesús me dijo:
-
«Cierto que, en el fondo, el alma no se ha
turbado; la paz no se ha menoscabado, pero la pelusilla
del melocotón ha sido restregada... Mantener
vuestros derechos, querer la justicia no es un perjuicio
para vuestro prójimo, pero ¡qué
pérdida es para vos!
-
- ¡Oh! ¿Qué se va a hacer si han
golpeado al melocotón?
-
- Una mirada de amor a Jesús y el
reconocimiento de su propia miseria lo arregla todo.
Buscar sus derechos es obrar en perjuicio de la propia
alma, y querer juzgar a los otros, aun teniendo
razón, es desollaros inútilmente.
Además, no es una guerra leal, pues no
estáis vos encargada de su conducta. ¡No
tenéis que ser Juez de paz
&endash;sólo Dios tiene ese derecho-; vuestra
misión es ser un Ángel de
paz!»
Juzgar
favorablemente
- 19
Me,
decía con frecuencia que se debe juzgar siempre a
los otros con caridad, pues muchas veces lo que a
nuestros ojos parece negligencia es heroísmo a los
ojos de Dios. Una persona fatigada, que tiene jaqueca o
sufre interiormente, hace más cumpliendo la mitad
de su obligación, que otra sana de cuerpo y de
espíritu que la cumple entera. Nuestro juicio debe
ser, pues, en toda ocasión favorable al
prójimo. Se ha de pensar siempre bien, se le ha de
disculpar siempre. Y si no hay un motivo valedero, queda
aún el recurso de pensar: «Tal o cual persona
aparentemente obra mal, pero no se da cuenta de, ello, y
si yo gozo de un razonamiento mejor, mayor motivo tengo
para sentir compasión de ella y para humillarme
por ser severa».
-
Me hacía también observar que
ordinariamente Dios permite que pasemos por las mismas
debilidades que nos han disgustado en los otros: olvidos,
negligencias involuntarias, fatigas...; entonces, es muy
natural que excusemos las faltas en las que hemos
caído.
-
Instruida por un guía tan perspicaz yo misma
vi por experiencia que las Hermanas a quienes
había creído imperfectas no habían
cometido falta. Una obra cumplida por obediencia, una
acción más útil les había
impedido, a los ojos de las demás, cumplir con su
obligación, y llevaban en silencio esta
humillación.
Enseñanza
sacada de unas peritas sin apariencia
20
Paseándose
por el jardín durante la recreación, me dijo,
señalándome un árbol frutal:
«Mirad esas peras tan feas en apariencia: son la imagen
de las Hermanas que os disgustan. En otoño, cuando os
den esos frutos despojados de todos los cuerpos
extraños que los desfiguran ahora, los
comeréis con gusto, sin sospechar siquiera que los
habíais despreciado. De igual modo, en el
último día quedaréis admirada al ver a
vuestras Hermanas libres de todas sus imperfecciones, y os
parecerán grandes
santas».
Culto por
el Sacerdocio
21
Lo que la
atraía en el Carmelo era el sacrificio hecho en favor
de la Iglesia, en favor de los sacerdotes...; quería
que su vida estuviese consagrada a la santificación
de los ministros del Señor. Decía que
«rogar por los sacerdotes era hacer un negocio en gran
escala, pues a través de la cabeza se llegaba a los
miembros». Este deseo de la santificación de los
sacerdotes y, por su medio, de la conversión de los
pecadores fue verdaderamente el móvil de su vida. Nos
enseñó en el noviciado una oración por
ellos, bastante larga, cuyo autor ignoraba (Nota
6)
Casi todas las cartas que me escribió cuando yo
estaba en el mundo testimonian este rasgo, que nos era
común.
*
- 22
Su
espíritu de fe le inspiraba un gran respeto hacia
los sacerdotes, a causa del sacerdocio de que
están revestidos y del que es imposible tener una
estima mayor de la que ella tenía. Expresó
en diversas circunstancias, a lo largo de su vida, la
pena que sentía de no poder ser sacerdote.
Sintiéndose muy enferma, en junio de 1897, me
dijo: «Dios me va a llevar consigo a una edad en la
que no hubiera tenido tiempo de ser sacerdote si lo
hubiera podido ser».
-
El pensamiento de que Santa Bárbara
había llevado la comunión a San Estanislao
de Kotska la encantaba: «¿Por qué no un
ángel, me decía, por qué no un
sacerdote, sino una virgen? ¡Oh, qué
maravillas veremos en el cielo! Estoy en la idea de que
los que lo hayan deseado en la tierra gozarán
allá arriba de los privilegios del
sacerdocio» (Nota
7)
CELO POR
LAS ALMAS
23
En junio de
1897 la fotografié (Nota
8)
para dar su retrato a nuestra Madre Priora (Madre
María de Gonzaga), cuya fiesta celebrábamos el
21 de junio. Quiso ser sacada teniendo en la mano un rollo
sobre el que ella había escrito estas palabras de
nuestra Madre santa Teresa: «Daría mil vidas
por salvar una sola alma» (Nota
9)
- *
24
Cuando
nuestro viaje a Roma -no tenia más que catorce
años-, habiendo leído algunas páginas
de los Anales de las Religiosas Misioneras,
interrumpió en seguida su lectura y me dijo: «No
quiero seguir leyendo; ¡tengo ya un deseo tan vehemente
de ser misionera! ¿Qué sería si lo
avivase contemplando el cuadro de este apostolado? Quiero
ser Carmelita». -Me explicó luego el
porqué de esta determinación: «Era para
sufrir más y con eso salvar más
almas».
- *
- 25
Ha
narrado en la historia de su vida la tenacidad de sus
oraciones por el desgraciado asesino Pranzini, su
emoción cuando se vio escuchada por el
súbito retorno a Dios del condenado al pie del
cadalso.
-
Fue a mí a quien ella dio,
sonrojándose, el dinero destinado a hacer celebrar
una misa por esta conversión. Su timidez le
impedía pedir ella misma este favor a su
confesor.
-
No me había comunicado la intención de
esta misa y quedó muy aliviada cuando le dije que
yo la había adivinado. Después
compartió conmigo sus temores y
esperanzas.
-
El celo por las almas había comenzado .a
devorar su corazón cuando, en su adolescencia, la
imagen sangrante de Jesús crucificado le
reveló su vocación de corredentora al lado
del Salvador.
- *
- 26
En el Carmelo este celo no cesó de crecer y se
manifestaba en toda ocasión. Yo la vi,
después de la salida de un obrero alejado de Dios,
que había de volver el mismo día a trabajar
en el monasterio, esconder furtivamente una medalla de
San Benito en el forro de su ropa de trabajo.
- *
- 27
En un
momento de crueles dolores, cuando la tuberculosis iba
ganando todo su organismo y nosotras implorábamos
con lágrimas el socorro del cielo, ella me
decía: «Pido a Dios que todas esas oraciones
que se hacen por mí no sirvan para aligerarme los
sufrimientos, sino para salvar a los
pecadores».
-
Me parece que aún la estoy oyendo decir:
«No me explico tanto sufrir sino por el extremo
deseo que he tenido de salvar almas». Estas
fueron algunas de sus últimas
palabras.
Después
de su muerte
- 28
Muchas
veces, y en formas muy variadas, prometió
«hacer caer una lluvia de rosas», y
expresó su deseo y su seguridad de hacer el
bien después de su muerte, rogando por la
Iglesia, continuando su misión de
predilección hacia los sacerdotes. La oí,
sobre todo, explicar, describir, en qué
consistiría este bien, por qué medios
llevaría las almas a Dios:
enseñándoles su camino de confianza y
de abandono total.
-
Respondiendo a una de sus reflexiones, le dije:
«Entonces, ¿creéis que salvaréis
más almas en el cielo?
-
- Sí, lo creo, me contestó: la prueba
de ello es que Dios me deja morir precisamente cuando
tanto deseo salvarle almas...».
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