Santa
Teresa del Niño Jesús
- Consejos
y Recuerdos
- Recogidos
por Sor Genoveva de la Santa Faz
(Celina),
- hermana
y novicia de Santa Teresa del Niño
Jesús
-
V
- FIDELIDAD
A LA REGLA
- OBEDIENCIA
- POBREZA
- ESPÍRITU
DE MORTIFICACIÓN EN LAS
COMIDAS,
- EN
LAS RECREACIONES Y EN LAS
VISITAS
- DESAPEGO
- RENUNCIAMIENTO
- INSTRUMENTOS
DE PENITENCIA
-
- FIDELIDAD
A LA REGLA
- 1
La fidelidad de mi querida Hermanita en la observancia
corrió parejas con su estima por nuestras santas
Reglas y Constituciones: «Somos demasiado
afortunadas con no tener que hacer otra cosa sino
practicar lo que nuestros santos Reformadores con tanto
trabajo instituyeron». Por eso, no podía
sufrir que desaprobásemos nada de lo que estaba
prescrito.
- *
- 2
Nos aseguraba «que en Comunidad, cada una
debería intentar bastarse a sí misma y
arreglárselas de manera que no tuviese que pedir
favores sin gran necesidad».
-
Para guardar un justo medio cuando una cree poder
dispensarse de algún trabajo común o
solicitar alguna excepción de la Regla, ella le
aconsejaba que se dijese interiormente -¿Si todas
hiciesen lo mismo? -«La respuesta,
añadía, rara vez será a nuestro
favor, pues todas tendrían buenas razones siempre
y ocupaciones de propia elección o de oficio para
sustraerse a las obligaciones comunes. ¡Qué
desorden resultaría de: ello!».
-
Faltar lo menos posible a los actos de Comunidad:
Oficio divino, oración, recreación; tal era
su consigna. «Hay, decía, quienes, bajo el
pretexto de entregarse al trabajo, abrevian las horas de
oficio determinadas por la Regla; ¡eso es robar el
tiempo a Dios!».
-
Ella misma nos daba ejemplo abandonando su trabajo al
primer tañido de la campana, sin entretenerse a
terminar una palabra comenzada o a poner un punto mas.
Cuando era tañedora, la veía desocuparse,
al final de la recreación, medio cuarto de hora
antes del tiempo reglamentario, como estaba prescrito
entonces en nuestros «Usos». Se iba aun a la
mitad de la más interesante conversación. A
la larga, tal conducta se hace muy
mortificante.
- *
- 3
A fin de no faltar a Maitines o a otras horas en que la
Comunidad está reunida, practicaba actos de virtud
muy meritorios.
-
Siendo todavía postulante o novicia, si se
sentía enferma, no lo decía, a menos que no
hubiese recibido orden expresa de manifestarlo, pues no
tomaba en ninguna ocasión ayudas o alivios si no
se le proponían, sin adelantarse ella para nada.
Por el contrario, cuando sufría, mostraba mayor
ánimo, para disimular su malestar. Muchas veces
iba al coro, al rezo del Oficio divino, con tal dolor de
estómago, que creía no poder observar el
horario de sus comidas sin desfallecer; pero
reunía toda su energía, diciéndose:
«¡Si caigo, lo van a ver!»
(Nota
1)
Esta frasecita, que se repetía a sí misma
muchas veces, la ayudó mucho, según me
confidenció, sobre todo en los principios de su
vida religiosa.
- *
- 4
Una vez
que habían tocado a fin de un ejercicio, como yo
no me desocupase con bastante rapidez, me: dijo: «id
a vuestro deber, no a vuestro
gusto...».
-
- OBEDIENCIA
- 5
La
obediencia de Sor Teresa del Niño Jesús se
extendía a todo. Ella me decía: «No
nos debemos procurar una vida cómoda. Puesto que
quisiéramos ser mártires, es necesario que
nos sirvamos de los instrumentos que tenemos y hacer de
nuestra vida religiosa un martirio».
-
Este consejo lo practicaba ella rigurosamente, al pie
de la letra. Las Superioras habían de tener un
gran cuidado con lo que decían en su presencia,
pues un consejo era para ella una orden, y no lo
seguía un día sólo, ni quince, sino
continuamente.
- *
- 6
Así
es como la vi observar algunas pequeñas cosas,
como cerrar tal puerta, no pasar por tal corredor, no
cruzar el coro, y otras mil recomendaciones de este
género, de las cuales nuestra Madre Priora -la
Reverenda Madre María de Gonzaga-, pasados algunos
días, ya no se acordaba. No sospechaba ella que
tenía a sus órdenes un alma que tomaba sus
palabras como oráculos y las cumplía como
si fuesen la voluntad expresa de Dios.
- *
- 7
Obedecía
de igual manera a cada una de las Hermanas, sin que se la
viese ni por asomo buscar su propia voluntad, sacrificada
en todo momento. Un día que la Comunidad se
había reunido en una ermita para entonar unos
cánticos, agotada por la enfermedad, se
sentó; una Hermana le hizo señas de que se
levantara, y ella obedeció enseguida con rostro
amable.
-
Después de la reunión, yo le
pregunté el porqué de aquella obediencia,
que yo reputaba demasiado ciega. Me contestó
sencillamente «que, en las cosas de poca
importancia, había cogido la costumbre de obedecer
a todas y a cada una por espíritu de fe, como si
fuese Dios mismo quien le manifestase su
voluntad».
-
- 8
Había
yo contestado vivamente a una Hermana que me había
hecho un reproche a mi ver inmerecido. «¡No
tiene razón, eso no le concierne a ella!,
decía yo. -Es verdad, me contestó nuestra
Maestra; pero Nuestro Señor no dijo:
obedeced solamente a vuestros Superiores,
sino: «Dad a quienquiera que os pida»
(Lucas 6, 30) y «dad mil pasos con quien os obligue
a dar cien» (Mateo 5, 41)
-
- 9
Algo
antes de morir, Sor Teresa dijo delante de mí a la
Madre Inés de Jesús: «Tengo que daros
un pequeño consejo: convendría que las
Prioras recomendasen a las enfermeras que éstas
obligasen a sus enfermas a pedir todo lo que les haga
falta. Esto es muy necesario, Madre mía...»
(Nota
2)
-
Me lo dijo también a mi, que estaba empleada
en este oficio. De este hecho dedujimos que hablaba por
experiencia, pero era demasiado tarde para poner remedio
eficaz. ¡De cuántas cosas no se
privaría! Estos sacrificios son secreto de Dios,
pues aun pensando aliviarla la hacíamos
sufrir.
-
Así, por ejemplo, la enfermera, una buena
anciana, un poco sorda, creyendo que tenía
frío, cuando estaba ardiendo de fiebre, la
cubría hasta la cabeza y, viendo que su enferma
recibía todo lo que ella le daba, le llevaba
aún más mantas. Sor Teresa se dejaba hacer.
Cuando yo volví, la encontré empapada en
sudor. Toda sonriente, me contó este episodio, sin
que ni una sola palabra de descontento, saliese de sus
labios. Por el contrario, me dijo «que lo
había aceptado todo por espíritu de
obediencia a su primera
enfermera».
-
- No
hacer nada sin permiso
- 10
Sor
Teresa del Niño Jesús nos recomendaba con
mucha frecuencia que fuésemos muy fieles en pedir
nuestros permisos.
-
«En cuanto a mí, me dijo, cuando me
había olvidado de hacerlo el sábado y no
pensaba en ello en el momento en que hubiera podido
pedirlos, me privaba de cualquier cosa indispensable
antes que obrar por mí misma.(Nota
3)
-
»Yo era muy escrupulosa en esto, y me
veía muy atormentada cuando tenía que hacer
alguna cosa sin la autorización de nuestra Madre.
Así, Dios permitió que ella no me mandase
escribir mis poesías a medida que las
componía, y no quise pedírselo por miedo de
faltar a la pobreza Esperaba, pues, la hora de tiempo
libre, y a duras penas me acordaba a las ocho de la tarde
de lo que había compuesto por la mañana.
Estas pequeñas nadas constituyen un martirio, es
verdad; pero hay que guardarse mucho de
disminuirías permitiéndonos, o procurando
que se nos permitan, mil cosas que harían la vida
religiosa agradable y cómoda. No hay que
concederse a sí misma ninguna holgura»
(Nota
4)
-
Cuando entró en el Carmelo, a los quince
años, su caligrafía, mal formada,
disgustó a la Madre Inés de
Jesús.
-
Teresa le propuso entonces escribir en redondilla, lo
cual le era mucho más cómodo; pero no se lo
permitieron, y se sometió, poniendo interés
en corregirse. Sólo al final de su vida le fue
dado el permiso.
-
- Conformarse
a los usos
- 11
Aunque
nos recomendó obrar lo más perfectamente
posible, juzgaba que no era necesario tratar de obrar
mejor que las otras, sino conformarse en todo a los usos,
pues un celo indiscreto puede perjudicar a sí
misma y a las demás. «Por ejemplo, me
decía, si estáis en retiro riguroso,
descargada de las labores de la Comunidad, y hay ropa que
tender en el granero, no os mezcléis con las
Hermanas que hacen ese trabajo. Aunque se trate de un
acto de caridad, es mejor abstenerse, como es costumbre,
porque, una vez pasado vuestro fervor, la
obligación que os habéis impuesto
podría convertirse en cansancio para vuestra alma
y cansar a las demás, las cuales se
creerían obligadas a imitar vuestro ejemplo y
tendrían miedo de rehusar algo a Dios no
haciéndolo.
-
»O bien: si accidentalmente se pide a una
Hermana ayuda para un oficio que no es el suyo, ha de
conformarse en todo a lo que se le ha indicado, aun en el
caso de que ella conciba el trabajo de una manera
más perfecta, pues de lo contrario se corre el
riesgo de disgustar a las oficialas habituales, que
pueden tener sus razones para obrar como obran y que las
demás ignoran.
-
»Puesto que en la vida acontece que la
continuidad de una cosa cansa, es mejor no emprender, en
plan de costumbre, sino lo que se cree poder cumplir con
perseverancia.
-
- POBREZA
- 12
Habiéndome pedido una Hermana que le prestara
algunas poesías que yo había copiado en
hojas volantes, no me mostré de buen humor. Me
decía a mí misma: «Hubiera hecho mejor
con copiarlas en un cuaderno como lo hacen las
demás; ¡así, al menos, no me
expondría a perderlas!».
-
Sor Teresa del Niño Jesús me
miró fijamente, y me dijo: «Deberíais
estar gozosa de desprenderos; deberíais, no
sólo prestarlas con alegría, sino obrar de
suerte que os las volvieran a pedir. Puesto que
deseáis hacer tanto bien a las almas
componiéndolas, deberíais gozaros en
prestarlas, pero en prestarlas en plan de apostolado. Se
cuenta de san Luis Gonzaga que nunca reclamaba un objeto
prestado, por espíritu de
pobreza».
- *
- 13
Otra vez
me dijo: «Hace un instante os quejabais de que
habían revuelto vuestra canastilla de labor, de
que os faltaba esto o aquello. Deberíais estar
contenta de ello y deciros: soy pobre, es, pues, natural
que me falte alguna cosa; han hecho bien con servirse de
ella, pues no es mía».
- *
- 14
Me
habían pedido un alfiler que me era muy
útil, y lo lamentaba. Sor Teresa del Niño
Jesús me dijo: «¡Oh, qué rica
sois! No podéis sentiros dichosa...
».
- *
- 15
«He
observado que siempre se da más aún
de lo que se pide, pero hay pocas almas que se dejan
coger lo que les pertenece. Eso es lo difícil.
Y sin embargo, ahí están las palabras del
Evangelio: «Si se os pide lo que os pertenece, no lo
reclaméis» (Lucas 6, 30)
- *
- 16
«Quisiera
quedarme, como recuerdo,, con esta estampa que os
pertenece, le decía yo durante su
enfermedad.
-
- ¡ Ah, todavía tenéis deseos!...
Cuando esté con Dios, no pidáis nada de lo
que he tenido a mi uso; recibid sencillamente lo que se
os quiera dar. Obrar de otra manera sería no estar
desprendida de todo; en lugar, de haceros dichosa, eso os
haría desgraciada. Sólo en el cielo
tendremos el derecho de poseer».
- *
- 17
Poco
tiempo después de su muerte, habiéndome
propuesto una de nuestras Hermanas que hiciese las
diligencias necesarias para obtener algún objeto
que hubiese pertenecido a mi hermana querida, yo se lo
consulté a ella, preguntándole:
«¿Cómo he de obrar?», y abrí
los Santos Evangelios para hallar allí la
respuesta. Leí: «Como un hombre que,
partiendo de viaje, abandona su casa y lo deja
todo en manos de sus servidores» (Mateo 25,
14)
- *
- 18
Sor
Teresa del Niño Jesús, por amor de Dios,
gustaba servirse de los objetos más feos y
más usados. Digo por amor de Dios, pues
naturalmente, con su temperamento de artista, hubiera
preferido las cosas de buen gusto y no deterioradas. Me
di cuenta de ello un día que había echado
yo una mancha irreparable en su reloj de arena
(Nota
5).
-
Noté la violencia que se tuvo que hacer para
seguir conservándolo de esta manera y para no
dejarme traslucir el sacrificio que le había
impuesto sin querer.
- *
- 19
No se
cuidaba en absoluto de que sus ropas le cayeran bien o le
viniesen demasiado largas. En apariencia, era del todo
indiferente en cuanto a su exterior, sin negligencia
alguna de su parte; pero en todas las cosas, cuanto
más se acercaba a la verdadera pobreza, tanto
más contenta estaba. Ella misma se remendaba sus
alpargatas y sus vestidos hasta el extremo límite
de lo posible.
- *
- 20
Siempre
dentro del mismo espíritu, si tenía un
libro o una, estampa con canto dorado, los raspaba
cuidadosamente. Como su canastilla de labor se empezase a
destejer, una Hermana la ribeteó con una cinta de
terciopelo viejo, pues esta tela no se gasta, dura mucho.
Aunque muy ocupada, Teresa deshizo el trabajo y
volvió a colocar el terciopelo al revés, es
decir, la trama al exterior, para que pareciese
más pobre y menos bonito.
-
Habiendo dado una novicia aceite de linaza a su
escritorio de celda, el cual ordinariamente está
pobremente teñido de nogalina, se lo hizo lavar
inmediatamente con un cepillo. Y no permitió que
los muebles de su celda estuviesen barnizados de esta
manera sino porque los había encontrado así
a su llegada; pero le disgustaban mucho, y si sólo
ella los hubiera tenido, los hubiera lavado sin
piedad.
- *
- 21
A mi
entrada en el Carmelo, se deshizo, para dármelos a
mí, de su escritorio y de su pila de agua bendita,
y de los graneros tomó para sí objetos
fuera ya de uso.
-
Modelo nuestro en todas las cosas, Sor Teresa no
tenía nada más que lo que rigurosamente
necesitaba, y desechando cuidadosamente todo lo que
sabía a comodidad.
- *
- 22
No tuvo en el Carmelo más que un par de tijeras de
niña, que había traído del mundo y
que eran muy insuficientes para sus labores.
-
Durante toda su vida religiosa se sirvió de
una lámpara cuyo mecanismo no funcionaba ya, sino
que era necesaria la ayuda de un alfiler para subir la
mecha. Pero lo hacía con tanta gracia, que
parecía natural tomarse aquel trabajo, y
cualquiera se engañaba, creyendo que
prefería esta lámpara a otra
mejor.
- *
- 23
Cuando
necesitaba un cortaplumas, si no tenía tiempo de
volverlo al taller de pintura, lo dejaba tirado en el
suelo, fuera, junto a la puerta de su celda, para dar
bien a entender que no formaba parte de los objetos que
tenía a su uso.
- *
- 24
Para
escribir su manuscrito se procuró, por medio de
nuestra hermana Leonia, un cuaderno muy barato y de muy
mal papel. Al empezar, creyó que sólo
emplearía uno, por eso, su sorpresa fue grande
cuando se vio obligada a pedir otro.
-
En cuanto a la parte que dirigió a la Madre
Maria de Gonzaga, parte que ella redactó cuando
estaba ya muy enferma, fue necesario obligarla a que
escribiese menos cerrado, dejando una distancia
conveniente entre las líneas, y en un papel
cuadriculado.
-
Cuando componía sus poesías las anotaba
en trocitos de papel, que todo el mundo desechaba, de
todos los colores y tamaños; por eso, sus
borradores son casi ilegibles.
-
Se servía de las plumas hasta el límite
extremo. Al final de su vida, sujeta a .un régimen
lácteo, las mojaba en un poco de leche puesta a su
disposición. Hacía esto, según
decía, «para suavizarlas».
- *
- 25
Temiendo
la Madre Inés de Jesús, en la
Profesión de su Hermanita, que el crucifijo de
Teresa fuese demasiado pesado y pudiese lastimarla, le
dio el suyo, que era más pequeño. Sor
Teresa no me ocultó, más tarde, el
sacrificio que esto le costó, pues había
soñado con tener un gran crucifijo; pero no hizo
reclamación alguna, y conservó el
pequeño durante toda su vida. Fue el que tuvo
entre sus manos al morir, y el que se conserva
todavía hoy en su
urna.
-
- ESPÍRITU
DE MORTIFICACION EN LAS COMIDAS, EN LAS RECREACIONES Y EN
LAS VISITAS
- 26
Aprovechaba
todas las pequeñas ocasiones de
mortificación que no pueden dañar a la
salud, y se las imponía siempre y en todo tiempo.
Se trata de prácticas bien pequeñas, sin
duda, pero Dios muestra lo mismo su potencia en la
creación de las cosas infinitamente
pequeñas, y parece que Teresa ha manifestado su
fuerza precisamente en la multiplicidad de actos
microscópicos, si es lícito expresarse
así.
- *
- 27
Mi
querida Hermanita me confió haber sentido, desde
su más tierna infancia, una repugnancia instintiva
por las comidas. No podía comprender que las
gentes se invitasen para eso, que éste fuese el
fin de algunas reuniones. «Tan pronto como se desea
gozar de la presencia de alguno, decía ella, se le
invita a comer. ¡Qué extraño!
Debería sentirse vergüenza en comer, y
esconderse. ¡Ah! Si Nuestro Señor y la
Santísima Virgen no hubieran comido, no me hubiera
podido nunca consolar de tener que
hacerlo!».
-
Al final de su vida, cuando estaba tan enferma, tuvo
caprichos en cuanto al alimento. Por eso, me dijo con un
poco de tristeza: «¡Esto me humilla mucho! Pero
lo deseo, pues es voluntad de Dios que pase por esta
debilidad».
-
- Pureza
de intención en el refectorio
- 28
Interrogada sobre su manera de santificar sus comidas, me
contestó: «Hay que realizar esta
acción, de suyo tan baja, en unión de
Nuestro Señor.
-
»Con mucha frecuencia me vienen en el refectorio
las más dulces aspiraciones de amor. A veces me
veo obligada a detenerme... ¡Qh, me encanta el
pensar que si Nuestro Señor hubiera estado en mi
lugar, delante de mi ración, él hubiera
comido ciertamente! Tomaría lo que le fuese
ofrecido... Además, es muy probable que durante su
vida mortal haya gustado los mismos manjares que yo. La
Santísima Virgen le hacia sopa. Se alimentaba de
pan, de frutos, de legumbres, de
pescado...».
-
En estos y parecidos pensamientos se
entretenía, y su alma se exhalaba en perfume de
amor.
- *
- 29
He
aquí las penitencias que se permitía en el
refectorio, pues las otras le estaban
prohibidas:
-
Cuando el mango de su cuchillo o de su cuchara no
estaba suficientemente enjuagado y, ligeramente pegajoso,
se adhería a su mano, se guardaba muy bien de
poner fin a esta mortificación, que le costaba
mucho, y la sufría hasta el final de la
comida.
-
Un año en que, durante las últimas
semanas de Cuaresma, se leía un libro sobre la
Pasión de Nuestro Señor, me dijo que
«le repugnaba tanto tomar el alimento escuchando
aquella lectura, que se veía obligada a realizar
casi furtivamente, aquel acto que le parecía tan
bajo, y a privarse de beber hasta que la lectora se
paraba un instante o la lectura era menos
emocionante». Entonces, bebía
rápidamente y como a hurtadillas, «porque,
decía, a pesar de todo, el comer es una necesidad,
pero en cuanto al beber, puede uno privarse, es un
alivio».
-
Me contó este hecho, no para animarme a seguir
su ejemplo, sino para manifestarme lo conmovida que
estaba por el relato de los sufrimientos de Nuestro
Señor.
- *
- 30
En el
refectorio, Sor Teresa. del Niño Jesús
observaba pequeñas rúbricas infantiles que
nos confiaba con sencillez:
-
«Me figuro estar en Nazaret, en la casa de la
Sagrada Familia. Si me sirven, por ejemplo, ensalada,
pescado frío, vino, o cualquiera otra cosa de
sabor fuerte, se lo ofrezco al buen san José. A la
Santísima Virgen le doy las raciones calientes,
los frutos muy maduros, etc.; y los alimentos de los
días de fiesta, particularmente la papilla, el
arroz, las confituras, se los ofrezco al Niño
Jesús. Por fin, cuando me traen una comida mala,
me digo alegremente: ¡Hoy, hijita mía, todo
esto es para ti!».
-
Nos ocultaba su mortificación bajo apariencias
graciosas. Sin embargo, un día de ayuno en que
nuestra Rda. Madre le había impuesto un alivio,
una de las novicias la sorprendió condimentando
con ajenjo aquella dulzura demasiado a su
gusto.
-
Otra vez, la vi beber lentamente una medicina
execrable.
-
«¡Pero, daos prisa, le dije yo: bebedlo de
un trago!
-
- ¡Oh, no! ¿No he de aprovecharme de las
pequeñas ocasiones que se me ofrecen para
mortificarme un poco, puesto que me están
prohibidas las mortificaciones
grandes?».
-
- Cómo
santificar las recreaciones
- 31
«En la recreación, más que en parte
alguna, decía Sor Teresa, hallaréis
ocasión de ejercitar vuestra virtud. Si
queréis sacar de ella un gran provecho, no
vayáis con la intención de recrearos, sino
con la de recrear a las demás; practicad en ella
un gran desapego de vos misma.
-
»Por ejemplo, si estáis contando a una de
vuestras Hermanas una historia que os parece interesante,
y ella os interrumpe para contaros otra cosa, escuchadla
con interés, aunque no os interese en absoluto, y
no procuréis reanudar vuestra conversación
primera. Obrando así, saldréis de la
recreación con una gran paz interior y revestida
de una fuerza nueva para practicar la virtud, pues no
habréis buscado satisfaceros, sino complacer a las
demás. ¡Si se supiera cuánto se
gana en renunciarse a sí mismo en todas las
cosas!
-
- ¡Vos sí que lo sabéis bien!
¿Habéis obrado siempre
así?
-
- Sí, me he olvidado de mi misma, he procurado
no buscarme en nada».
-
¡Qué verdadero es este testimonio! Ella
practicaba, en efecto, la perfecta abnegación con
tanta soltura, que se la hubiera podido creer natural en
ella. Y sin embargo, esta abnegación era debida a
su generosa correspondencia a la gracia de Dios. Testigo,
esta confidencia:
-
Como yo le hiciese notar que en recreación se
siente a veces una verdadera picazón de decir
algún dicho ingenioso, me confesó que
había probado esta tentación. ¡Nada
extraño que, con su espíritu vivo,
réplicas finas y picantes le hayan quemado los
labios! Pero siempre salió victoriosa en el arte
de, abstenerse de
brillar.
-
- Abnegación
en las visitas
- 32
En el
locutorio escuchaba en silencio, no tomando la palabra
más que cuando se le preguntaba. Su reserva era
tal, que aun dentro de nuestra propia familia se la
juzgaba insignificante, y se decía «que
habiendo entrado demasiado joven en el convento, su
instrucción había sido truncada, y que de
ello se resentiría toda su vida».
- *
-
«Cuando yo no sea ya de este mundo, nos dijo a
nosotras, sus tres hermanas, cuidad de no vivir vida de
familia, de no contaros nada de las visitas sin permiso,
y ni aun de preguntar, a no ser que se trate de cosas
útiles y no sólo
divertidas».
- *
-
En cuanto al locutorio, buscaba siempre el modo de
esquivarse de él cuando preveía que iba a
encontrar gusto, mientras que, por el contrario, se
quedaba sin hacerse de rogar cuando se trataba de
sacrificarse.
-
- DESAPEGO
- 33
Cuando
Sor Teresa estaba enferma se lo decía por
obediencia a nuestra Madre, sin ocuparse de ser atendida
o no, y si alguna cosa le faltaba, pensaba que Dios
estaba seguro de su paciencia, de lo cual se
enorgullecía y se gozaba.
- *
-
«Cuando emprendáis un trabajo, me
decía, es necesario que lo hagáis con
desprendimiento, que permitáis que vuestras
Hermanas os den consejos y aún que lo retoquen en
vuestra ausencia, y que os hagan perder, en consecuencia,
varias horas de esfuerzo si por ventura no tienen el
mismo gusto que vos. Aun más: si vuestra labor, de
esta suerte retocada, pierde valor, os debéis
alegrar de ello, pues se ha de trabajar no tanto con el
fin de realizar una obra perfecta cuanto con el de hacer
la voluntad de Dios» (Nota
6)
-
- Amor
propio
- 34
Durante
su enfermedad imaginé, para aliviarla, toda una
táctica, que llevé a la práctica tan
rápidamente y le parecía tan ingeniosa que
me miraba toda sorprendida. Me agradeció entonces
mi caritativa prontitud, mi destreza, y
añadió:
-
«Si os hubiesen mandado esto, si hubiese sido
idea de vuestra primera de oficio, ¿lo
habríais ejecutado con tanta
alegría?». Y, desarrollando su pensamiento,
me demostró lo muy inclinada que está la
naturaleza a encontrar fácil lo que nace de la
propia inspiración personal, mientras que por el
contrario siempre hay peros y condiciones
cuando se trata de adoptar las ideas de los otros.
Así, vemos con buenos ojos los alivios que se dan
.a las demás cuando los hemos obtenido por nuestra
mediación. Si no intervenimos en su
concesión, ¡mil tentaciones se levantan en
nuestro corazón, y hallamos modos de desaprobar
todo aquello en lo que no hemos puesto las
manos!».
-
- Sacrificio
de los afectos familiares
- 35
Un nuevo
ejemplo de su desapego resalta de su conducta cuando
sacaban alguna fotografía de un grupo de
Comunidad.
-
Estando encargada yo de preparar el aparato, cuando
era llegado el momento de colocarme no hallaba lugar
disponible entre las novicias, por haberse ya
éstas reunido en torno de nuestra Maestra de
manera que pudiesen estar lo más cerca posible de
ella. Mi querida Hermanita las dejaba hacer, no sin
lamentar, sin embargo, alguna vez, el que no tuviesen la
delicadeza de proporcionarnos la dicha de estar la una
cerca de la otra. Me confesó que esto le
había hecho sufrir.
-
Una vez, no obstante, alteró este modo
habitual de comportarse: fue en el grupo del
lavado»: en aquella ocasión ella rogó
a Sor Marta de Jesús que se alejase un poco para
dejarme sitio.
-
En verdad, no hubiera sido posible encontrar un
corazón más afectuoso que el suyo, pero
sólo en la intimidad nos testimoniaba a nosotras,
sus hermanas, toda su ternura.
-
Habiendo leído que ciertos Santos se alejaban
de sus parientes por deseo de perfección o
modificaban sus relaciones para con ellos, ella nos
decía «que estaba muy gozosa de que
hubiera muchas moradas (Juan 14, 2) en la casa de
Dios», añadiendo que «la suya no
sería la de los grandes santos, sino la de los
pequeños, los cuales aman mucho a su
familia».
-
- RENUNCIAMIENTO
- «No
pactar con el mundo»
- 36
Cuando,
desterrada en el mundo, me veía obligada a seguir
la corriente del ambiente en que vivía, mi querida
Teresita probaba una pena profunda; sobre todo un
día en que había de asistir a una velada de
baile.
-
Lloró, me dijo, como nunca había
llorado, y me rogó que la visitase para hacerme
sus recomendaciones. Como me pareciese que exageraba un
poco y que era demasiado severa, pues no hay que ponerse
en ridículo, ella se mostró indignada y me
dijo con energía: «¡Oh, Celina!
Considera la conducta de los tres jóvenes Hebreos,
que prefirieron ser arrojados en un horno ardiente antes
que doblar la rodilla delante de la estatua de oro; y
tú, la esposa de Jesús, ¿quieres
pactar con el mundo, adorar su ídolo
entregándote a placeres peligrosos?
Acuérdate de lo que te digo de parte de Dios; mira
cómo recompensó la fidelidad de sus
servidores y trata de imitarles».
-
Después de tomar la firme resolución de
no bailar, y no sabiendo cómo arreglármelas
para poner en práctica mis designios, me
metí en el bolsillo un gran crucifijo y
recé una fervorosa plegaria.
-
Estaba la velada casi terminada y había
resistido todo el tiempo a las apremiantes.
solicitaciones que se me habían hecho, hasta el
punto de disgustar a ciertas personas, cuando, yo no
sé cómo, me vi arrastrada por un joven.
Pero me fue imposible ejecutar un sólo paso
de baile. Era verdaderamente extraño. Cada vez que
la música se reanudaba, el pobre señor
trataba de lanzarse, y yo hacía verdaderamente lo
posible; ¡trabajo inútil! Por fin,
después de pasearse conmigo muy
religiosamente, se esquivó, rojo de
confusión.
-
En cuanto a mí, no me hallaba en manera alguna
turbada, y me volví muy contentas entre las
señoras que estaban de mironas y a quienes
divertí mucho contándoles mi
aventura.
-
- «Hacer
su propia voluntad no
haciéndola»
- 37
Algunos
meses después de mi entrada en el Carmelo,
hallando la vida religiosa un poco dura para la
naturaleza, fui animada por Sor Teresa del Niño
Jesús:
-
«Os quejáis de no hacer vuestra propia
voluntad, me dijo: esto no es justo. Admito que no la
hacéis en los detalles de cada jornada, pero
¿la vida en sí, no es la que habéis
escogido? Luego hacéis vuestra voluntad no
haciéndola, pues sabíais muy bien lo que
abrazabais viniendo al Carmelo.
-
»Os confieso que yo no me quedaría
aquí ni un minuto a la fuerza. Si se me forzase a
vivir esta vida, no podría vivirla; pero soy yo
quien la quiere... Quiero todo aquello que me
contraría. Sí, soy yo quien quiere todo lo
que es contra mi voluntad, pues dije muy alto el
día de mi Profesión: «que
quería ser carmelita de grado y de libre
voluntad» (Nota
7)
- *
- 38
En el mes
de marzo de 1895, estando en el jardín con las
novicias, descubrí una campanilla blanca. Me
eché a cogerla, pero Sor Teresa del Niño
Jesús me retuvo diciéndome: «Eso no
está permitido». El pensar que ya no
podría ni coger una flor me pareció tan
duro que las lágrimas brillaron en mis ojos. Era
un domingo. Al volver a nuestra celda, quise consolarme
componiendo un cántico que expresase todo lo que
había yo abandonado por hallar a Jesús,
pero sólo me salió este final:
- «La
flor que cojo, ¡oh, Rey
mío!,
- Eres
«Tú»
-
Teresa, a quien fui a confiar mi pena, no dijo nada,
pero algunos días después me trajo una
poesía titulada: «El cántico de
Celina», que fue publicado más tarde con el
titulo de «Lo que yo amaba».
-
En cada línea brilla, junto con su esperanza,
su desprendimiento de las cosas de este
mundo.
-
- Ejemplos
de renunciamiento
- 39
Los
escribo, o porque yo misma fui testigo de ellos, o porque
ella me los confidenció para exhortarme al
sacrificio.
-
Nuestra Madre había leído en
recreación un día que ella estaba ausente
una carta en que se hacía referencia a Sor Teresa
del Niño Jesús. Me pidió que se la
enseñase. Yo se la pasé con
permiso.
-
Algunos días después tuve necesidad de
la carta. Me la devolvió; y como yo le preguntase
si le había interesado, se vió obligada a
confesarme que no la había leído. Se la
remití de nuevo para que la leyese, pero fue
inútil, no la abrió. Así mortificaba
ella en todas las cosas sus más inocentes deseos,
y en esta ocasión quiso castigarse particularmente
por habérmela pedido.
-
No se informaba nunca de las noticias. Si veía
un grupo de Hermanas a las que la Madre Priora
parecía contar alguna nueva, se guardaba mucho de
ir a su lado.
- *
- 40
A mi
entrada en el Carmelo, el 14 de septiembre de 1894, Sor
Teresa del Niño Jesús se alegró
viendo realizado su más entrañable deseo,
pues iba a poder ella misma instruirme y guiarme en su
«Caminito». Sin embargo, cuando franqueé
la puerta de la clausura, su primer acto fue un
renunciamiento. Después de haberme abrazado como
las demás religiosas, se marchaba ya, cuando
nuestra Madre Inés de Jesús le hizo
señas para que fuese a esperarme a la celda que se
me había destinado. Ella tenía derecho como
«ángel» y ayudante de la Maestra de
novicias, pero no hubiera ido sin aquella
indicación.
- *
- 41
Del mismo
modo, a la entrada en el Carmelo de Sor María de
la Eucaristía (Nota
8),
en el momento de ir la Comunidad a buscarla .a la puerta
conventual, Sor Teresa del Niño Jesús,
formando grupo con las más jóvenes se
mantuvo en lugar separado. Una Hermana le dijo:
«Adelantaos: veréis a vuestra familia
mientras la puerta está abierta»
(Nota
9)
pero ella no se movió.
-
Se ha de advertir que por estar los locutorios en
construcción, no habíamos visto a nuestros
parientes desde hacía un año. Como yo le
hiciese más tarde el reproche de haber sido la
única en faltar a la cita, me dijo que se
había privado para mortificarse, añadiendo
que este sacrificio le había costado
mucho.
- *
- 42
Algunas
veces sentía ella verdadero deseo de echar una
mirada al reloj del coro, durante la oración o en
otras circunstancias. Se privaba siempre, y esperaba
pacientemente a que sonase la hora: «Tengo prisa, es
verdad, pero no adelanto nada con saber si faltan
todavía cinco o diez minutos».
- *
- 43
Soportaba
con una paciencia de ángel y por espíritu
de mortificación los excesivos cuidados que le
prodigaba su primera de oficio en el Torno. Era una buena
anciana, muy lenta y muy maniática, que le cuidaba
sus manos llenas de sabañones y de grietas durante
el invierno. Esta Hermana le envolvía los dedos
uno por uno en una multitud de pequeñas vendas. Un
día ya no quedaba libre más que la
última falange del dedo meñique, ¡pero
no tardó en ser amortajada como las otras!
¡Y, ante mi estupefacción, Sor Teresa
reía!
- *
- 44
Durante
su enfermedad, nos trajeron una caja de almendras de
bautismo (Nota
10)
muy lindamente pintada. La ponderaron delante de ella,
pusieron la caja sobre la mesa, no lejos de su lecho,
olvidando enseñársela: ella se abstuvo de
pedirla.
-
- Sacrificios
- 45
Mi
querida Hermanita me confió que a fin de excitar a
la virtud a su compañera de noviciado, una Hermana
conversa, a quien trataba de dirigir, fingió tener
ella misma necesidad de toda una dirección
cotidiana de los actos para adelantar en la
perfección.
- Cada día
le ofrecían al Niño Jesús un don
especial: a veces flores o frutos, a veces vestidos, o
bien le hacían oír conciertos melodiosos
con instrumentos de música que variaban sin cesar.
Método que iba muy en contra de sus gustos de gran
sencillez, pero al que se dedicaba con tanta gracia, que
su compañera podía quedar persuadida de que
esos estimulantes le eran necesarios a Sor
Teresa.
- *
- 46
Al
principio mismo de mi vida religiosa, pasando en el
jardín junto a una parra, le ofrecí algunos
pequeños «pámpanos», que tanto
gustábamos de chupar cuando éramos
pequeñas. Pero los rehusó, diciendo que en
el Carmelo estaba prohibida esta satisfacción que
tantos recuerdos infantiles despertaba en ella.
Insistí aquella vez -era un día de fiesta-,
esperando que aceptaría en aquella ocasión
lo que se le ofrecía. Todo fue inútil:
«He prometido al Niño Jesús, me dijo,
no gustar de los «pámpanos» de la parra
sino en su Reino»
-
- Amplitud
de miras en la mortificación
- 47
Por el
contrario, tuve ocasión de experimentar su
amplitud de miras para no impedir a una postulante una
distracción que podía causarle provecho.
Cuando yo entré, me hizo observar que desde la
ventana de nuestra celda se divisaba, a lo lejos, entre
dos casas, la vía del ferrocarril, y me dijo:
«Estaréis contenta de ver pasar el tren...
».
-
No me hizo ninguna alusión a la
mortificación que habría consistido en
privarme de este inocente placer. ¡Pero Dios tuvo a
bien imponérmela, pues la construcción de
un nuevo edificio me ocultó, casi en seguida, la
vía del ferrocarril!
-
Sor Teresa no buscaba para mortificarse cosas
extraordinarias, ni era de un rigorismo absoluto respecto
a las satisfacciones permitidas. En esto, como en todo lo
demás, procedía con sencillez y no rehusaba
bendecir a Dios en sus obras. Así, gustaba de
tocar los frutos, el melocotón en particular
admirando su piel velluda; igualmente, de distinguir,
unos de otros, los perfumes de las flores. Pero si
hubiese sentido un placer natural, aun en estas cosas
inocentes, ella se hubiera privado en seguida, lo cual
hacía fielmente, puesto que en el momento de morir
no tenía que reprocharse en su vida sino el
haberse permitido, una vez y por un instante, el placer
de respirar un frasco de agua de Colonia que le
habían dado en un
viaje.
-
- INSTRUMENTOS
DE PENITENCIA
- 48
Antes de
su entrada en el Carmelo, Teresa se desvió
deliberadamente de esta forma de mortificación. Ya
religiosa, fue muy fiel a las ordenaciones de la Regla,
y, en cuanto se le permitió, llevó los
instrumentos de penitencia supererogatoria usados en el
monasterio. Por mi parte, habiendo experimentado que
cuando se lleva esta clase de objetos se evitan
instintivamente muchos movimientos dolorosos, y que para
la disciplina se atiesa una de suerte que se sufra menos,
le revelé a mi virtuosa Hermanita mi experiencia,
y ella exclamó:
-
«¡Ah! ¡A mí no me pasa eso!
Juzgo que no vale la pena hacer las cosas a medias. Yo
tomo la disciplina para hacerme daño, y deseo
hacerme lo más posible». Me confesó
que, a veces, le venían las lágrimas a los
ojos, pero que se esforzaba por sonreír, a fin de
no manifestar en su rostro la huella de los sentimientos
de su corazón, gozosa de sufrir en unión
con su Amado, para salvarle almas.
-
Sin embargo, había ella notado que las
religiosas más inclinadas a las austeridades
sangrientas no eran las más perfectas, y que aun
el amor propio parecía encontrar un alimento en
las penitencias corporales excesivas. Esto
contribuyó no poco a mostrarle el peligro que en
ellas había (Nota
11).
-
Nos decía que todas las penitencias corporales
no eran nada comparadas con la caridad.
- *
- 49
Durante
su noviciado -lo supe en los últimos meses de su
vida- una de nuestras Hermanas, habiendo querido hacerle
el favor de sujetarle el escapulario por la espalda, le
atravesó por descuido la epidermis con su gran
alfiler, sufrimiento que ella soportó durante
varias horas con alegría.
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