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P. Liagre - Retiro con Santa Teresa del Ni�o Jes�s
(�ndice)
Santa Teresa
del Niño Jesús y la
paciencia
La paciencia perfecciona las obras (St. 1, 4).
¡Qué bien se cumple en Santa Teresa del
Niño Jesús esta palabra de Santiago! La
paciencia fue un factor importantísimo en su
perfección. Su humildad, su confianza y su amor se
perfeccionaron en la paciencia.
En este punto, Teresa se amoldó perfectamente al
plan de Dios. Es evidente que en el mundo actual, degenerado
por el pecado, los castigos que son secuela del mismo tienen
la misión no sólo de regenerar y salvar al
hombre, sino de contribuir a su máximo
perfeccionamiento.
Esto es indudable. Dios ha escogido este mundo, en el
orden providencial actual, para que el hombre se santifique
a pesar de su miseria, y para ello la paciencia es un medio
esencial.
Siendo el sufrimiento consecuencia del pecado
(inevitable, por lo tanto, en la vida humana), la clave, el
secreto de la perfección consistirá en
convertir el tal sufrimiento en medio de unión con
Dios; es decir, en motivación de amor. Esta es la
misión de la paciencia en el trabajo de la
perfección y de la santidad.
Teresa del Niño Jesús lo comprendió
y lo vivió maravillosamente. La paciencia es, a sus
ojos, el mejor acto de amor; el amor en su forma más
frecuente y más auténtica.
Veamos qué piensa Teresa de esta virtud.
Fácil nos será después comprender las
características de su paciencia.
1
Ante todo -y esto es esencial para comprender la
paciencia de Teresa-, veamos cómo en cada sufrimiento
se acrecienta su fe en el Amor Paternal de Dios. Su fe en
ese Amor es tan firme y tan sencilla que aun las pruebas
más duras y penosas a la naturaleza las considera
como una forma, como una expresión del Amor. Todo
sufrimiento es, según la concepción que de
él tiene Teresa, un mensajero del Amor de Dios,
porque es manifestación de la voluntad divina, es
decir, del Amor. Consecuente con esta idea, Teresa descubre,
bajo la áspera corteza de la cruz, la realidad divina
del Amor, y a El dirige su primera mirada, penetrante,
profunda y clarividente.
Teóloga por intuición, la Santa no razona;
cree. Su mirada es la fe, iluminada por la caridad.
Iluminando los ojos de vuestro corazón (Ef. 1, 18).
¡Y qué certera es esa mirada!
Escuchémosla: «¿Cómo es posible que
Dios, amándonos infinitamente, se goce en hacernos
sufrir?» Y añade sin vacilar: «No; Dios no
puede gozarse en nuestro dolor, pero éste nos es
necesario. Lo permite, pues, como a pesar suyo.» En
esta frase sencilla y sublime nos da a entender con
precisión el sentido providencial del sufrimiento en
la mente divina.
Teresa ha comprendido, como San Juan, que Dios es Amor,
sólo Amor. Dios es caridad (1 Jn. 4, 8, 16).
No quiere Dios el sufrimiento por sí mismo. De hecho
lo permite, muy a pesar suyo. Los teólogos, con una
frialdad que contrasta con el lenguaje intuitivo de Teresa,
decimos que lo quiere con voluntad consecuente e
hipotética. El pecado ha creado la necesidad del
dolor. Dios lo quiere, pues, pero sólo por amor, como
medio necesario para que el hombre recupere la caridad y,
con ella, la felicidad perdida. ¡ Qué bien lo ha
comprendido nuestra Santa! El sufrimiento es un remedio,
amargo, sí, pero insustituible, dado el
egoísmo humano, para recuperar la salud y la
felicidad del alma.
Sigamos escuchando a nuestra pequeña
teóloga: «A El le cuesta abrevamos de tristezas,
pero sabe que es el único medio de prepararnos a
'conocerle' como El se conoce, a convertirnos en dioses
nosotras mismas». Explicación perfecta del
porqué del mundo actual, solución del problema
del mal; Dios ha previsto el pecado; lo ha permitido para
que más claramente se manifieste su amor. El dolor,
consecuencia del pecado, se abatió primero sobre el
Hijo de Dios; después, sobre nosotros, y de esta
forma El nos demostró su misericordioso amor, y el
hombre le glorifica más perfectamente. El
sufrimiento, pues, está como impregnado, sumergido en
el Amor.
Una palabra más de Teresa que resume las
precedentes: «La vida, el tiempo, no es más que
un sueño. Dios nos ve ya en la eternidad.
¡Cuánto bien me hace esta idea! A su luz
comprendo el porqué del dolor». Teresa piensa
como Dios, piensa a lo divino. Y ¿acaso se nos ha dado
la fe para otra cosa? Pensando a lo divino, Teresa acepta el
sufrimiento a lo divino, como verdadera hija de Dios. Su
delicadeza lilial, que tan bien comprende el corazón
de Dios, le sugiere fórmulas exquisitas. Vaya una
como muestra: «A Dios, que tanto nos ama, le cuesta
mucho dejarnos en la tierra durante este tiempo de prueba;
lejos, pues, de nosotras el repetirle constantemente que no
estamos a gusto; aparentemos no darnos cuenta de
ello».
Estas perspectivas que la luz de la fe proyecta sobre el
dolor conducen suave y eficazmente a la paciencia, tal como
la entendía y practicaba nuestra Santa. La paciencia
por amor es el ejercicio del amor filial.
2
En efecto, su deseo de agradar en todo a Dios, y su
resolución de no desperdiciar la más
pequeña ocasión de sacrificarse, provocaban en
esta alma recta una reacción sencilla y sobrenatural
al encuentro de la cruz. La respuesta de su alma no
podía ser otra que la aceptación
espontánea, sumisa y amorosamente alegre.
¡Sumisión! ¡Alegría! Dos aspectos
de la paciencia de la Santa que piden algún
comentario. Fijémonos ante todo en una
comparación de nuestra Carmelita:
a) Durante su última enfermedad habían
dejado a su alcance un vaso que contenía un
medicamento de color rojo, transparente y agradable a la
vista: «¿Ven este vaso? -dijo-; cualquiera
diría que contiene un licor delicioso. En realidad,
nada más amargo. Es la imagen de mi vida. A los ojos
de los demás ha revestido siempre los más
rientes colores; les ha parecido que yo bebía un
licor exquisito, mas era amargura».
¿Cómo explicar este enigma? Trataremos de
hacerlo; nada más interesante.
En realidad, la paciencia de Teresa se ejercitó de
ordinario en mil pequeñeces, semejantes a las que
cada día encontramos en nuestro camino. Sufrimientos
pequeños, ocultos, penosos, para su naturaleza
sensible, dificultades de esas que también a nosotros
nos hieren y molestan, pero que por falta de fe, de esa fe
despierta y amorosa, nos abaten, nos llenan de
melancolía, y quizás, a pesar nuestro, nos
hacen sombríos, mustios, fastidiosos a nosotros
mismos y a los demás.
Constantemente se nos ofrecen, como a Teresa, ocasiones
de ejercitar la paciencia, pero las dejamos escapar.
¿Por qué? Por falta de fe en el Amor, y por
falta de vigilancia sobre nuestra conducta. En los momentos
de dolor, en lugar de levantar los ojos y el corazón
a Dios, que lo permite en su amorosa Providencia, en lugar
de unirnos a El por el sacrificio inmediato y
espontáneo de nuestra voluntad en aras de la voluntad
divina, nos replegamos egoístamente sobre nosotros
mismos. ¡Qué pérdida tan
incalculable!
En frase de San Gregorio, la paciencia es
«raíz y custodia de todas las virtudes». La
vida de Teresa, su santidad, sus virtudes, son la
confirmación de esta máxima.
Digamos, para terminar, unas palabras sobre los
sufrimientos que fueron materia de la paciencia de nuestra
Santa. Las inclemencias del tiempo. El frío. «Lo
he sufrido hasta morir», dirá al final de su
vida. Nadie lo hubiera sospechado, pues lo disimuló
también hasta el fin.
En el trato con su Priora, con sus Hermanas, hubo de
sufrir no pocos roces e incomprensiones. Su caridad, siempre
amable, se perfeccionó por la paciencia:
«Raíz y custodia.»
Nuestras imperfecciones, faltas y defectos, esas mil
cosas que no pocas veces nos abaten y aun nos irritan, son
fuente perenne de pequeños sufrimientos.
¿Remedio? Ante todo y sobre todo, paciencia. «
¡Qué feliz soy -decía Teresa- de yerme
imperfecta y tan necesitada de la misericordia de Dios!
». La paciencia es también en esta
ocasión raíz y custodia de la humildad.
La Santa Carmelita conoció asimismo las
dificultades y penas interiores, sequedades, oscuridades,
tentaciones. La aridez fue desde el Noviciado hasta sus
últimos días la atmósfera habitual de
su alma. Su fe en el Amor la ayudó a sufrirlo y
aceptarlo todo. Igualmente, Teresa acogió siempre con
sumisión y aun con la sonrisa en los labios todas las
pruebas grandes y pequeñas de su vida; penas de
familia, enfermedad de su padre, su propia enfermedad.
b) Aceptación gozosa del sufrimiento. La
alegría en el dolor fue el sello distintivo de la
paciencia de Teresa.
Confieso que aun en este aspecto (gozo en el sufrimiento)
Santa Teresa de Lisieux me ha descubierto algo nuevo. Ella
misma ha querido disipar los equívocos que pudieron
impedir la perfecta comprensión de ese matiz. Al
principio me desconcertaron unas palabras suyas:
«Suframos, si es preciso, sin valor. Jesús
sufrió con tristeza. ¿Acaso es posible sufrir
cuando desaparece la tristeza? Quisiéramos sufrir
generosamente, valientemente. ¡Qué
ilusión!». En general, cuando se nos habla de
paciencia, se nos exhorta a sufrir con ánimo
generoso. «¡Qué ilusión!»,
exclama la Santa; sepamos sufrir sin ánimo,
débilmente, con tristeza.
Aquí está el equívoco que nos impide
la perfecta comprensión del gozo en el dolor. No
comprendemos de qué alegría se trata;
imaginamos una alegría sentida, sabrosa, que,
evidentemente, es incompatible con la tristeza. Por instinto
soñamos con un modo de sufrir que nos halague,
ensalzándonos a nuestros propios ojos. Queremos
sufrir con gran fortaleza, ánimo y generosidad. Esa
es la idea que nos hacemos de la alegría en el
sufrimiento. Nada más equivocado. Para sufrir es
preciso sentir la tristeza y la amargura, el desaliento y la
propia impotencia. En la aceptación de todos esos
sentimientos se ejercita la virtud de la paciencia.
Lo que importa es superar la amargura y todas las
consecuencias naturales del sufrimiento, y una vez
conseguida esta superación, buscar el descanso y la
alegría. ¿En qué? En el deseo de agradar
a Dios solo, sin mezcla de contento humano y personal. Tal
fue la alegría de Teresa. Escuchemos una vez
más sus palabras luminosas: «Si deseáis
sentir el atractivo del sufrimiento, la alegría en el
dolor, no busquéis sino vuestro propio consuelo, pues
cuando se ama una cosa la pena desaparece». Y en otra
parte: «Sólo una cosa me alegra: sufrir por
Jesús, y esta alegría no sentida supera todo
gozo». «Alegría no sentida». No se
trata, pues, de sentir la alegría en si misma
considerada, sino de apoyarnos firmemente en la
convicción de que, aceptando el sufrimiento,
agradamos a Dios nuestro Padre; ése ha de ser nuestro
descanso y nuestro gozo. ¡Gozo no sentido, gozo
espiritual, divino!
No creo equivocarme al pensar que la Santa ha querido
animar a las almas pequeñas, hablándoles de
esta alegría accesible a todas. ¿Cómo
alcanzarla? Viendo, al igual que ella, en el dolor, una
expresión del Amor de Dios. Haciendo de la paciencia
un ejercicio de amor filial. Entonces, el Espíritu
Santo que mora en nuestra alma hará en ella su obra,
como la hizo en el alma de Teresa, y junto a la tristeza,
compañera inseparable del dolor, florecerá el
gozo, ese gozo de que nos habla San Pablo y que es, como la
caridad, fruto del Espíritu Santo: «Los frutos
del espíritu son caridad, gozo... » (Gal. 5,
22). Entonces la sonrisa aflorará fácilmente a
nuestros labios, reflejando la alegría de nuestra
alma.
«Me esforzaba -dice Teresa- en sonreír ante
el sufrimiento, para que el Señor, al ver la
expresión de mi rostro, no sospechara mi
sufrimiento». Expresión llena de ingenuidad, si
se quiere, pero reveladora de una altísima
sabiduría. ¡Es un alma que ha sabido comprender
a Dios! Ahí está todo.
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