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P. Liagre - Retiro con Santa Teresa del Ni�o Jes�s
(�ndice)
Santa Teresa
del Niño Jesús
y su caridad con el
prójimo Si me amáis, guardaréis mis mandamientos
(Jn. 14, 95). Esto os mando: que os améis unos
a otros (Ib. 15, 17). Mis mandamientos se reducen a uno:
amaos los unos a los otros. Estos dos amores, amor de Dios y
amor del prójimo, son inseparables.
Así lo comprendió Teresa. Oigamos sus
confidencias:
Procuraba ante todo amar a Dios, y amándole a El
comprendí el deber de la caridad en toda su
extensión». «Cuando más unida estoy
a Jesús, más amo a todas mis Hermanas».
Había comprendido a su Maestro. Jesús ama a
Dios su Padre, y en virtud de ese amor ama también a
los hombres, porque el Padre los ama, y se entrega por
ellos. Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es
un mentiroso (1 Jn. 4, 20). La razón es muy
sencilla: ¿Pues quien no ama al prójimo a
quien ve, cómo amará a Dios, a quien no
ve?
Amar a Dios, que nos ama; amar a los hombres porque Dios
los ama; es la esencia del Evangelio. Teresa lo
comprendió y lo vivió.
Aquí palpamos la identidad de la ley de la
renuncia y de la ley del amor en el espíritu del
Evangelio y en el alma de Teresa. Observar la ley de la
caridad es renunciarse a sí mismo, a fin de vivir
para los demás.
La Sabiduría evangélica, que tan bien
entendió Teresa, se reduce a una palabra: ¡Amor!
Amor a Dios y, en El, a todos los hombres. La caridad es
la plenitud de la ley (Rom. 13, 10). Pero,
notémoslo, la práctica de esta
Sabiduría es humilde y modesta. Condición
esencial para que nuestra caridad sea real y no imaginaria,
para que exista no en fórmulas y palabras, sino de
hecho y en verdad. No amemos de palabra ni de lengua,
sino de obra y de verdad (1 Jn. 3, 18).
En nuestra vida real, nuestras relaciones con el
prójimo, con nuestros hermanos, se reducen a una
serie de circunstancias vulgares, insignificantes, de
pequeños detalles; en ellos hemos de practicar la
caridad, el olvido propio. Desperdiciar esas ocasiones es
exponerse a vivir de ilusión, reduciendo nuestra
caridad al terreno de la teoría. Al contrario, la
verdadera práctica de la caridad consiste en estar
alerta para descubrir y aprovechar esas pequeñeces.
Así lo hizo Teresa, entregándose a sí
misma y sobrellevando a los demás.
Veamos su caridad bajo este doble aspecto: entrega de si;
paciencia con el prójimo.
1
Don de sí.
Con verdadero gusto os presento este botón de
muestra: «Una palabra, una sonrisa amable, basta muchas
veces para que un alma triste se desahogue». Nada
más a nuestro alcance que esta forma de vivir el don
total.
Otro detalle: «Mis mortificaciones consistían
en romper mi voluntad, siempre dispuesta a imponerse; en no
replicar; en hacer pequeños servicios sin darlo
importancia». O bien: «Si me cogen una cosa de mi
uso, no debo dar a entender que lo siento, sino, al
contrario, mostrarme feliz de que me hayan desembarazado de
ella». Estos rasgos tan insignificantes nos revelan la
delicadeza de su caridad. Y nos enseñan que esta
virtud implica el olvido propio. Y eso es lo que de
ordinario nos falta. Aun en el deseo de practicar la caridad
nos mueve a veces el secreto afán de parecer
caritativos.
Nada de eso se advierte en nuestra Santa: «No debo
ser complaciente para parecerlo o para ser
correspondida». Y recuerda las palabras de nuestro
Señor: Y si hacéis bien a los que bien os
hacen, ¿ qué mérito es el vuestro? Puesto
que aun los pecadores hacen lo mismo (Lc. 6, 33).
Qué sugerente es su interpretación de estas
otras palabras del Maestro: Al que te pida, dale..., y al
que quisiera quitarte la túnica, alárgale
también la capa (Mt. 5, 40). ¿Qué
entendemos por «alargar la capa»? Dice Teresa:
«Renunciar a los más elementales derechos;
considerarse esclavo de los demás». Esto es puro
Evangelio. Y, notémoslo, Teresa se da cuenta de que,
«lejos de agradecer sus servicios, abusarán
quizá de su amabilidad. Fácilmente
cargarán de trabajo a las que siempre están
dispuestas a ayudar».
¿Cuál será su conclusión
práctica? Merece la pena subrayarlo: «No debo
alejarme de las Hermanas que fácilmente me piden
favores». Conoce los subterfugios del egoísmo y
recuerda las palabras del Maestro: No tuerzas tu rostro
al que pretende de ti algún préstamo (Mt.
5, 42). Nada tiene, pues, de extraño que se imponga
como regla de conducta: «No basta dar al que me pida;
es menester adelantarme y mostrarme muy honrada de que me
pidan un favor».
Citemos un rasgo de cómo vivió nuestra
Santa este principio. Había en el Carmelo una Hermana
anciana y enferma que apenas podía andar. Era
difícil contentaría; había que
sostenerla por detrás, por delante; andar ni
demasiado de prisa ni demasiado despacio; en llegando al
refectorio había que instalarla de cierta manera,
recogerle las mangas a su modo, disponer los cubiertos,
cortar el pan también a su modo. La pobre enferma se
quejaba constantemente. Teresa se ofreció a ayudarla
y se hizo su esclavita. Y con paciencia llegó a hacer
sonreír a la pobre Hermana. Qué ejemplo tan
sugestivo! Para conquistar las almas no bastan los ademanes
correctos, pero fríos; es preciso amarlas, es preciso
entregarse. En eso consiste la caridad, en el don de
sí, en el olvido propio. Es la enseñanza de
Jesús en el Evangelio. ¡Y qué bien la
comprendió Teresa!
2
Soportar a los demás.
El olvido propio, es decir, la caridad, exige con el don
total de sí mismo la benevolencia con el
prójimo. La práctica de la caridad no
será perfecta si no soportamos pacientemente al
prójimo. «Pacientemente». No olvidemos que
la paciencia es la raíz de toda virtud. San Pablo
comienza el elogio de la caridad con estas palabras: La
caridad es paciente (1 Cor. 13, 4).
La primera condición necesaria para practicar la
caridad es resolverse a ser paciente cueste lo que cueste.
Paciencia con todos y en todo; es preciso sufrir las
flaquezas del prójimo, carácter, defectos,
faltas, imperfecciones. Vemos cómo supo Teresa
ejercitar esta virtud. Dejémosle la palabra.
Santa Teresa del Niño Jesús sentía
una antipatía natural muy acentuada hacia una Hermana
que tenía el don de desagradarle en todo. Para no
dejarse llevar de sus sentimientos se valió de un
medio ingenioso durante muchos meses, hasta conseguir una
victoria completa. «Procuraba -dice la Santa- hacer por
esta Hermana lo que haría por la persona más
querida. Cada vez que la encontraba pedía a Dios por
ella; no contenta con esto, procuraba prestarle cuantos
servicios pudiera, y cuando se sentía tentada de
contestarle bruscamente, le dirigía su más
amable sonrisa. Con frecuencia, al yerme tentada con mayor
violencia, para que ella no se apercibiera de mi lucha
interna, huía como un soldado desertor». Y
confiesa alegremente «que este medio, poco honroso
quizá, le dio un gran resultado».
El ejemplo es típico. La Hermana en
cuestión tenía el don de desagradar a Teresa
«en todo». Este «todo» es
categórico. La táctica de la Santa en este
caso es aleccionadora: toma la ofensiva. No se contenta con
evitar las manifestaciones exteriores de su antipatía
natural, es decir, de sus impresiones egoístas. Para
vencerse totalmente extrema las demostraciones de
simpatía y de afecto. De hecho, esta táctica
es la más eficaz y la más fácil;
sólo ella proporciona al alma entusiasmo y
alegría; la alegría del amor plenamente
satisfecho. La victoria fue completa, tanto que su hermana
mayor, María, le reprochó que amase a la
religiosa en cuestión más que a sus propias
hermanas, y aun la misma interesada, que naturalmente le era
tan antipática, llegó a creer que era su mejor
amiga. ¡Así combaten los santos!
Fácilmente comprenderemos, pues, las siguientes
palabras de Teresa: «He comprendido que la verdadera
caridad consiste en soportar los defectos del
prójimo, en no extrañarse de sus
debilidades». Pero Teresa no se contenta con esto. Su
mirada, iluminada por el amor, ve en esas flaquezas del
prójimo otros tantos instrumentos que Dios le depara
para liberarla de si misma, de su amor propio, de su
egoísmo. Consecuente con esta idea, pidió y
obtuvo que la pusieran en la ropería, bajo la
dependencia de una Hermana que, por su carácter
difícil, inevitablemente -Teresa lo sabía-
había de hacerla sufrir mucho. El resultado fue el
mismo: la victoria o, mejor, una serie de victorias.
Conocía el valor de este consejo que daba a las
Novicias: «Cuando sintáis una violenta
aversión hacia una persona, pedid a Dios la
recompense, porque os ocasiona sufrimiento. Este es el mejor
medio de recuperar la paz». Si comprendiésemos
el poder santificador de la paciencia, reconoceríamos
que las personas que nos hacen sufrir tienen derecho a
nuestra gratitud.
Es defecto bastante común que cuando vemos una
culpa o equivocación en el prójimo nos
empeñamos en hacérselo ver. Veamos qué
piensa la Carmelita de Lisieux de estas impaciencias
disfrazadas: «Querer persuadir a nuestras Hermanas de
que son culpables, aun cuando esto sea cierto, no es buena
táctica. No hemos de ser jueces de paz, sino
ángeles de paz». Esta palabra,
«ángel de paz», es muy evangélica,
aun cuando no figure en el Evangelio.
La joven Maestra de Novicias sabia, por otra parte, que
quienes desempeñan ciertos cargos tienen el deber de
reprender, de corregir, de orientar a las almas. Ella lo
hacía. Pero ¡con qué delicadeza! A
impulsos de su caridad, curaba y fortalecía a las
almas enfermizas. «Siento -escribía- que debo
compadecerme de las enfermedades espirituales de mis
Hermanas, como usted, Madre, se compadece de mi enfermedad
física». La Santa estaba por entonces enferma, y
los cuidados que le prodigaba su Madre Priora le
sugerían esta reflexión.
¡Cuánta psicología sobrenatural y
evangélica encierra esta su regla de
dirección! « ¡Con cuántas
precauciones hay que tratar a las almas que sufren! A veces,
inconscientemente, se las hiere por falta de miramientos,
por desatenciones o procederes poco delicados, cuando
sería necesario prodigarles toda clase de
alivios».
¡Qué aroma de Evangelio respiran estas
reflexiones! Práctica del Evangelio en el contacto
con las mínimas circunstancias de la vida real, de la
vida cotidiana; práctica del Evangelio continua,
ininterrumpida. Paciencia, comprensión con el
prójimo; he ahí la caridad de Cristo.
Un último rasgo, que 'pone de relieve las
delicadezas de la Santa, muestra al mismo tiempo
cuánto le costaban las victorias de la caridad, lo
cual no deja de ser alentador. Se trata de una Hermana que
en la oración no cesa de menear el rosario, con el
ruidito consiguiente. «Hubiera querido -dice- volver la
cabeza (quién no lo hubiera hecho) para mirar a la
interesada a fin de que cesara el ruidito. Pero
comprendí que era mejor sufrirlo pacientemente para
evitar a la Hermana una pena.» Y añade:
«Procuraba, pues, quedarme quieta, pero a veces me
inundaba el sudor y mi oración era de sufrimiento y
de lucha.» Teresa hubiera sucumbido en ella si su
caridad no le hubiera sugerido una estratagema eficaz,
infantil quizá, pero que puede ser un recurso en
casos análogos. «Procuraba aficionarme a ese
ruidito desagradable. En lugar de esforzarme en no
oírlo cosa imposible-, lo escuchaba atentamente como
si se tratara de un maravilloso concierto. Y mi
oración, que ciertamente no era de quietud, se
reducía a ofrecer ese concierto a
Jesús».
¿Ingenuidad? ¿Puerilidad? Quizá; pero no
hemos de olvidar que de los niños es el reino de los
cielos.
De creer es que la ofrenda de este concierto fue grata a
Jesús. Nada es pequeño si tiene por
móvil la caridad. Esa es la infancia
evangélica. Y Teresa lo ha comprendido.
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