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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
A ti, que
buscas a Dios
Hermano: pon en descanso tu
propio corazón.
Tú, que buscas a Dios;
tú, que sientes en tu alma el deseo de orar;
tú, que percibes la voz del Señor que te
invita a un encuentro profundo con Él, no desoigas su
voz. Ten la serenidad y la disponibilidad necesarias para
"perder tu tiempo" con Dios. Renuncia por un momento
a tu actividad. Deja este ritmo de vida marcado,
inexorablemente, por las agujas del reloj.
Vive tu tiempo para Dios como
"un tiempo fuera del tiempo".
Está atento. No
duermas, pero tampoco tengas prisa.
Piensa en ti. Busca recrear tu
propio interior. No creas que esta actitud es
egoísta.
Las personas que comparten tu
vida no sólo necesitan de ti, o de tu servicio, o de
tu disponibilidad. Esperan que tú les puedas decir
con tu vida una palabra que nazca de dentro, una palabra del
alma, una palabra que suene a silencio.
No vivas en actitud
prescindente o alienada. Piensa que es necesario que
renueves tu interioridad.
Para ello, dile al
Señor un sí muy grande, muy sincero.
Estás dispuesto a encontrarte con Él.
Después, en la vida, tendrás que ser su
testigo.
Ten en cuenta que en estos
días te asediará la tentación de la
actividad o de las prisas. Te molestará el recuerdo
de las cosas que aún tienes por hacer. No te dejes
vencer por estas preocupaciones. Ahora tienes un tiempo para
renovarte a fondo, haciendo nuevo tu corazón,
más disponible para amar y para darse.
Llora, sí, llora por
ti. Reconoce tus pecados y, con ellos, el gran pecado de la
superficialidad. Llora por tus egoísmos.
Deja a un lado el
planteamiento activista de tu vida, la eficiencia, el
"hacer por hacer" a cualquier precio, olvidando,
incluso, lo más necesario, olvidando que eres
tú y el Señor quienes hacen el
camino.
Valora tu tiempo como un
tiempo de Dios y para El. Busca hacer de tu vida una ofrenda
de alabanza y de adoración al Padre por
amor.
Pero, para ello, no puedes
ignorar y desconocer la realidad del Señor vivo y
presente en tu propio corazón, que llama sin cesar a
la puerta de tu alma: "Estoy a la puerta y llamo
-dice el Señor-. Si alguien me abre, cenaré
con él y él conmigo".
Vive siempre en Dios,
plenamente arraigado en la vida y, desde ella, aprende a
orar la Palabra. Aprende a orar la Palabra, es la Palabra
del Señor, tu Dios, tu Señor, tu Amor, tu
Vida. Y para ello, busca sin cesar caminos de oración
en tu vida. Buscar es amar y amar es buscar, el
Espíritu Santo guía tu ruta.
Escúchalo.
Mete a Dios en tu vida.
Libérate para conseguirlo de todas aquellas ataduras
que te dificultan el camino para descender a tu propio
corazón.
No dudes en guardar en tu vida
espacios reservados a la soledad y al silencio. Este es un
tiempo privilegiado para ello.
En la soledad y en el silencio
comprenderás la verdad de las palabras de Guillermo
de Saint-Thierry: "El que vive en Dios nunca se siente
menos solo que cuando está solo". Y Esto es
así porque saborea su felicidad. Entonces es
dueño de sí mismo, porque disfruta de Dios en
él y de él en Dios.
Ama la soledad, donde el
Señor te hablará al corazón para
recordar su amor primero. Allí te capacitarás
para acoger la Palabra, para orarla en tu vida.
"Una palabra habló
el Padre -dice San Juan de la Cruz-, que fue su
Hijo". Y esta Palabra siempre habla en el eterno
silencio. Y en silencio ha de ser oída del
alma.
Reconoce que caminar por la
ruta del corazón te exigirá subir a la
montaña y al desierto con el Señor para orar y
para ser tentado, para ser probado.
El Espíritu te
conducirá hacia el Monte Sinaí para reconocer
la trascendencia de Dios y la inmensidad inabarcable de su
misterio.
Pero también
tendrás que subir a la montaña, donde
podrás contemplar el rostro transfigurado y luminoso
del Señor. Recuerda, sin embargo, que para los
discípulos predilectos de Jesús, fue una
visión fugaz, como para darles a entender que
"más estima Dios en ti el inclinarte a la sequedad
y al padecer por su amor &endash;dice, de nuevo, San
Juan de la Cruz-, que todas las consolaciones y visiones
espirituales y meditaciones que puedas
tener".
No dudes en mantener tu
fidelidad al camino que has emprendido cuando la oscuridad o
el desconcierto se adueñen de tu alma. Ten fe.
Él te ha llamado. Vive con amor tu andar, pues no
consiste el amor en sentir mucho, sino en experimentar gran
desnudez y sufrimiento por alcanzar a contemplar el rostro
del Señor a quien amas. Él te ha hecho caminar
en el deseo de contemplar su rostro.
Que puedas decir, en verdad,
con el apóstol Pablo: "Para mí, vivir es
Cristo", ya que, en encontrar esta vida has puesto tu
empeño y tu vocación consagrada.
Conduce también tu
corazón al Monte de los Olivos, que es el lugar donde
aprenderás a vivir amorosamente y en cruz la voluntad
del Padre. Desde este Monte verás ya el Calvario, el
lugar de la Cruz.
No temas la Cruz, no la
rehuyas. Para que tu alma pueda encontrarse cara a cara con
el rostro del Señor, tendrás que poder decir,
como Pablo, el apóstol a los Gálatas:
"Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, más no soy
yo, es Cristo quien vive en mí".
También subirás
al Monte de las Bienaventuranzas. Escucharás en tu
alma las palabras de Jesús. Te encontrarás,
cara a cara, con la Palabra, el Verbo. El Señor
Jesús, que te dice con fuerza: "Ten la
alegría que yo tengo, la alegría plena.
Sé feliz. Bienaventurados los pobres de alma.
Bienaventurados los limpios de corazón.
Bienaventurados los que sufren persecución por causa
de la justicia. Bienaventurados
bienaventurados
".
Abandónate, para ello,
al querer de Dios, aunque sea muchas veces un querer de
Cruz.
"No te canses, que no
entrarás en el sabor y la suavidad del
Espíritu -dice Juan de la Cruz-, si no te
dieres a la mortificación de todo esto que
quieres".
Que tu alimento sea el
evangelio, y tu apoyo el libro de los Salmos, oración
de la vida y de la fe.
Canta a la vida con gozo, pues
el Señor está en ti, Salvador y Rey.
Sí, Él se hará más cercano
cuando más atrás dejes tu propio camino y
vayas realizando lo que Él quiere para ti.
Conviértete en hombre
nuevo creado a imagen y semejanza de Dios. Para ello
reconoce tu pecado y canta su misericordia que no tiene
fin.
Ábrete a la
misericordia y déjate salvar por el amor.
Confía tu
oración al viento del Espíritu. Reconoce para
ello tu pobreza. Que la humildad, la pequeñez de alma
te haga libre. Acéptate con tus pobrezas y con tus
limitaciones. Haz como el niño que se deja llevar por
la mano amorosa del Padre.
Busca la comunión
interior en la paz contigo mismo, en la serenidad y
docilidad con la que aceptas las manifestaciones de Dios, y
en la caridad, el amor fraterno que es tu norma de vida
entre los hermanos. Sé para todos ellos, sacramento
del encuentro de todos con el Señor. Ámalos y
acéptalos en tu vida.
No hagas tu camino en
solitario. Vive en comunión con los que comparten tu
vida. La soledad en la que haces tu camino hacia el
corazón, hacia el encuentro con Dios, ha de ser una
soledad en comunión.
Mira, desde la perspectiva que
te ofrece el camino esencial de tu búsqueda de Dios,
el rostro nuevo que adquieren los hermanos. Reconoce en los
más pequeños y pobres, en los que más
sufren, el rostro de Cristo herido.
No dudes en pasar del amor a
la soledad contemplativa, al encuentro de comunión
con los hermanos. Hazte presente en ellos y hazlos presente
en este tiempo de silencio. Son siempre parte esencial de tu
camino de encuentro con Dios.
Descubre las manos que se
tienden ante ti pidiendo tu ayuda, tu pan, tu consuelo. No
llegarás al templo de Dios si pasas de largo ante el
hermano herido en el camino. Recuerda la parábola del
Buen Samaritano.
Vive el amor con libertad. No
te ates, no condiciones tu vida con una manera de amar que
te aparte del camino. Aprende a amar y a escuchar, pero ama
si ilusiones, ama a tus hermanos tal y como son. Que no te
limite el amor si los encuentras manchados por el polvo de
la vida o el sudor y las lágrimas del
dolor.
Ten un corazón bueno y
se testigo de la ternura de Dios.
Siéntate en la mesa de
comunión que es la Trinidad Santa que habita en tu
alma. Ella está en ti, hace camino contigo. Es una
fiesta de comunión.
Encuéntrate con el
rostro de Cristo grabado en la cruz. Vive con intensidad su
presencia sacramental en el Sagrario. El Maestro está
aquí y te espera.
Reconocerás, a lo largo
de tu ruta, que lo que más buscas y deseas ya
está en ti.
Vive la comunión con la
presencia divina de la gracia que está en lo
más profundo de tu ser y haz como María:
sé dócil a la obra de Dios en ti. Magnifica la
grandeza de su amor con la misma verdad con la que reconoces
tus límites.
Acoge al Espíritu
Santo. Guarda en ti la Palabra, vive en Cristo y, como
María, canta su misericordia sin fin.
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