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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
He o�do su
voz
Dice el Profeta Oseas: "La
llevaré al desierto, le hablaré al
corazón... recordaremos nuestro amor
primero".
Es bueno recordar la "voz" del
Señor que nos movió a iniciar este
camino.
Era una llamada
invitándome a tener una historia especial con
Él. A buscarlo, consagrando todo mi ser al
Señor, al Evangelio y al Reino.
Era la invitación a
seguir de cerca de Jesús, de una forma radical; era
la invitación a vivir el evangelio hasta las
últimas consecuencias.
Y por esto me pregunto:
"¿porqué, Señor, por qué me
llamaste a mí, precisamente a
mí? ¿Qué
viste en mí, Señor, que te movió a
llamarme, a escogerme? ¿Qué
plan de amor pensaste para mi vida? Y hoy, ¿te hace feliz
mi respuesta?".
Son preguntas necesarias para
revivir el don de Dios que es la vocación.
Nuestra oración
consistirá fundamentalmente en dialogar con el
Señor sobre la llamada para recordar "nuestro amor
primero".
La historia de cada una de
nuestras vidas, la historia de nuestra vocación es,
desde la fe, una historia de amor, del amor gratuito y
generoso del Padre.
Son diversos los caminos que
el Señor ha empleado para hacernos oír su
voz: "En cuanto
descubrí que existía Dios, comprendí
que sólo podía vivir
buscándolo".
Entre nosotros, en nuestras
comunidades, habrá quienes se han sentido
atraídos por lo absoluto de Dios y por la necesidad
irresistible de vivir la plena y total comunión con
Él, de consagrar todas las energías de la vida
a buscarlo y a anunciarlo.
Otros han encontrado de modo
concreto la persona de Jesús en su vida. Literalmente
Jesús se ha apoderado de su corazón
después de cruzarse en su vida...
Empiezan a percibir el
presentimiento de que un día deberán
abandonarlo todo para seguirle sin reservas. Y así lo
hicieron, o así lo he hecho.
Otros han descubierto la
necesidad, la miseria, la enfermedad, la soledad, la
marginación, la incultura o la pobreza en los
hombres, en los niños ... y a partir de este
descubrimiento Dios hace nacer en su corazón el deseo
de dedicar la vida a remediar, desde una
consagración, estas carencias de los hombres,
mujeres, hermanos.
Hay también quienes ya
caminaban con Cristo pero de forma más bien solitaria
o, quizá, marginada, desconocida, de
incógnito. Y han sentido la necesidad de apoyarse en
unos hermanos concretos y entrar en una "escuela espiritual"
que alimente, apoye, proteja y favorezca este
camino.
Otros, finalmente, han
descubierto al Señor y al evangelio y han visto en
ellos el único sentido de su vida. Y con una gran
disponibilidad de corazón se han entregado al
Señor para vivir con Él, hablar con Él,
gozar de Él y ser testigos y profetas vivos del
Señor que vive...
Cada una de nuestras
vocaciones tiene una historia concreta: Dios se ha servido
de personas, de acontecimientos, de circunstancias
intranscendentes, aparentemente.
Todo ello constituye el hilo
conductor con el que el Señor va tejiendo nuestra
pobre y pequeña historia.
Mirando hacia atrás, es
hermoso ver la mano de Dios, el Amor de Dios guiando con
amor los pasos de nuestra vida.
Por esto, ahora, en este
tiempo de Dios, en el diálogo orante con el
Señor, yo te invito a preguntarte ante Él y en
diálogo con Él: "Señor ,
¿qué fue lo que me movió a decirte que
sí?".
Pregúntale
también, pregúntate a ti mismo,
"¿Qué fuerza tiene hoy en mí mi
"sí" del primer día?".
Es necesario dedicar un largo
rato a recordar ante el Señor nuestro "amor
primero" que siempre es nuevo cuando es un amor fiel.
Como el olivo, que podrá tener un tronco centenario
mientras que sus hojas siempre son nuevas.
No es una vuelta narcisista al
pasado. Es importante recordar el comienzo como un punto de
referencia ineludible. Y más aún cuando, con
frecuencia, se da en nosotros una desviación del
objetivo central de nuestra vida. Por esto, encierra una
gran sabiduría el apotegma de San Antonio: "Cada
día me digo: hoy comienzo".
BUSCAR Y
ENCONTRAR
Cada uno de nosotros
podría decir: "He oído su voz y me he
decidido a buscarle".
Nuestra vida es un camino de
oración y servicio, de trabajo y entrega, de
tensión y distensión, de lucha y
descanso.
Pero detrás de todo
ello, como alma que da vida a todo, está el deseo de
buscar y encontrar a Dios, de vivir a Dios, de vivir para
Él, de Él y con Él.
Por ello quiero proponerte una
serie de pequeños pensamientos para orar serenamente
a los pies de Jesús:
-
Buscar a Dios consiste en
dejarse amar por Él, permitir que Él posea
tu vida, que Él sea el dueño de tu
historia.
-
Buscar a Dios consiste en
penetrar plenamente y sin miedo en su misterio y dejar
que Él penetre todo nuestro ser sin ponerle, por
nuestra parte, ninguna clase de
condición.
-
Quien busca a Dios de
verdad comienza por olvidarse de sí
mismo.
-
Vive dejándose
llevar por Dios, en una actitud de disponibilidad total y
de servicio a los hermanos.
-
El que desea encontrar a
Dios lo busca por el camino del silencio, necesita
tiempos, espacios de silencio.
-
No se hace notar, no
quiere hacerse ver en nada. Camina, trabaja, lucha. Vive
sin ostentaciones. Sin embargo, siempre tiene una palabra
humilde de aliento para el hermano.
-
El tener en tu vida
espacios de silencio y de oración para buscar a
Dios explícitamente se convertirá en una
necesidad para ti. Pero no olvides que no podrás
callar ni hacer silencio para buscar a Dios si no has
aprendido en la escuela del silencio a escuchar a tus
hermanos.
-
Buscar a Dios es estar
dispuesto a dejarte encontrar por Él, a permitir
que su luz invada todos los rincones de oscuridad que
haya en tu vida y que su amor siembre de
comprensión, misericordia, bondad tu vida de
relación y de servicio a los hermanos.
-
Buscar a Dios consiste en
recordar que la Iglesia necesita de tu servicio, de tu
trabajo apostólico, pero que también
necesita de tu vida consagrada y centrada en
Dios.
-
Si tu vida es una
búsqueda de Dios, cuando hables de Él en tu
servicio apostólico, no lo harás "de
memoria". Hablarás, en cambio, de alguien a quien
conoces, con quien hablas, convives... y a quien amas de
verdad.
-
Buscar a Dios consiste en
mantener vivo el deseo de Él. Di con toda tu
fuerza:
- "Oh Dios,
Tú eres mi Dios, por ti
madrugo,
- mi alma tiene
ansia de ti,
- mi carne tiene
sed de ti,
- como tierra
reseca, agostada, sin agua".
- "Como suspira
la cierva por los arroyos de
agua,
- así mi
alma te busca a Ti, Dios
mío".
-
"Es necesario que yo
disminuya para que El crezca en
mí".
-
Si buscas a Dios en
verdad, descubrirás que necesitas ser pobre y
sencillo en tu oración: irás a Él
con la convicción de que está, de que te
espera... y te limitarás a decirle:
"Aquí estoy, Señor, a tu
disposición". En tu tiempo de oración
de hoy, díselo, repítelo con amor:
"Aquí estoy, Señor, a tu
disposición".
-
Para buscar a Dios es
necesario que seas pobre, pobre de alma; has de dejar el
equipaje que sobra y estorba, has de huir de todo lo que
sea cobijo de tu egoísmo; deja también tus
miedos, tus mediocridades, tu indolencia... pero sobre
todo, deja a un lado tu temor al "¿qué me
puede pedir el Señor?". Esta pregunta que
tantas veces nos hacemos y que muchas veces condiciona,
inconscientemente, nuestra entrega.
-
Buscar a Dios, buscarle,
es amarle. Y para amar de verdad es necesario darse,
abrir todas las puertas, estar dispuesto a todo con tal
de complacer a quien amas. Es necesario que dejes libre
tu corazón. Es una pena que una mezquindad limite
el alcance de tu amor.
-
Buscar a Dios consiste en
mantener viva la ilusión por conocerlo cada
día más y estar dispuesto a dar tu vida por
Él... a dar cada día algo nuevo de ti mismo
para poderlo conocer, para poderte identificar con
Él.
-
Buscar a Dios es vivir en
su presencia. Reconocer sus pasos en la vida de cada
día, su rostro en el de tus hermanos. Y al mismo
tiempo consistirá en dejarte llevar, de verdad,
por los criterios de Cristo hasta poder decir que tus
palabras son las que el Señor espera de ti; que
tus pasos son los que daría Cristo, que tu manera
de mirar, amar y relacionarte con los hermanos equivalen
a los que tendría Cristo.
-
La búsqueda del
rostro del Señor la iniciamos cuando tomamos
conciencia de la mirada de amor de Dios sobre nosotros.
Es nuestra respuesta. La conciencia de sentirte y saberte
mirado con amor por Dios es la base toda vida de
entrega.
-
Pero no olvides que Dios
te hizo libre y quiere "mendigar" tu
consentimiento a su amor creador. Quiere buscarte
dejándose buscar por ti.
-
Buscar a Dios es aceptar y
desear ser conocido por Él. Abrir las puertas de
la vida para dejar que la luz de su amor te inunde. Es
ofrecer al Señor todo lo que tienes y todo lo que
eres, en un movimiento interior de alabanza y
acción de gracias tan fuerte que, después,
pueda quedar plasmado en la vida.
Para acabar este tiempo de
meditación, quiero recordar unas palabras de San
Gregorio de Nisa: "Encontrar a Dios consiste en buscarlo
sin cesar". En efecto, no son dos cosas distintas el
buscar y el encontrar. Sino que el premio de la
búsqueda está en la misma búsqueda.
Así se ve satisfecho el deseo del alma aunque
permanezca insaciable ... pues "ver a Dios" es no estar
nunca satisfecho de desearlo.
A causa de la trascendencia de
los bienes que descubre el alma, a medida que progresa,
tiene la impresión de sentirse en el inicio de la
ascensión. Y es porque el Señor repite:
"Levántate" a aquella persona que ya
está levantada; y "ven" a quien ya sale al
encuentro; y aquel que corre hacia el Señor nunca
tendrá espacio suficiente para correr.
Así, aquel que busca no
se detiene nunca, y va de comienzo en comienzo, a
través de comienzos que nunca tienen fin.
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