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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
El don de un amor
absoluto
"Me sedujiste,
Señor, y me dejé seducir. Peleamos y fuiste
más fuerte", dice el profeta
Jeremías.
Tu quieres hacer de tu vida un
don de amor absoluto. Has oído su voz. Decidiste
convertir tu vida en una búsqueda, y llegas a
comprender que tu oblación sólo tiene sentido
cuando la vives en toda su radicalidad, cuando es, en
verdad, el don de un amor absoluto, de tu amor
total.
Un día le dijiste al
Señor con el profeta: "Me sedujiste y me
dejé seducir; peleamos y fuiste más
fuerte". Pero la historia no termina con estas palabras.
Simplemente, empieza. Su realización es consecuencia
de una fidelidad constante y creciente en amor.
Por el contrario, en la medida
en que vayas admitiendo en tu vida, consciente o
inconscientemente, las pequeñas infidelidades,
irás sintiendo, o no sentirás nada, lo que es
aún peor, que tu vida va perdiendo el sentido. El
misterio de nuestra vida en Dios está en el TODO.
Sólo en el TODO.
Teresa del Niño
Jesús lo comprendió con claridad y lo
expresó con la sencillez que les
característica: "Oh, Jesús, amor
mío. Por fin he encontrado mi vocación. Mi
vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio
lugar en la Iglesia. Y este lugar es el que tú me has
señalado, Dios mío: en el corazón de la
Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor. De este
modo lo seré todo y mi deseo se verá
colmado".
Teresa de Lisieux, es
consciente de su pequeñez y de sus limitaciones, pero
desde el principio de su vida busca convertirla en un don de
su amor absoluto al Señor. Recordemos sus palabras:
"Yo me considero como un pajarillo débil cubierto
sólo de un ligero plumón. No soy
águila. Sólo tengo de ella los ojos y el
corazón. Pero, a pesar de mi extrema pequeñez,
me atrevo a mirar al sol divino, sol de amor, y mi
corazón siente en sí todas las aspiraciones
del águila. El pajarillo quisiera volar hacia este
brillante sol que fascina sus ojos. ¿Qué
será de él?, ¿morirá de pena
viéndose tan impotente?. ¡Oh, no! El pajarillo
ni siquiera llega a afligirse. Con un abandono audaz quiere
seguir mirando fijamente al divino Sol. Nada sería
capaz de asustarle, ni el viento, ni la lluvia. Y si oscuras
nubes vienen a ocultarle el Astro de Amor, el pajarillo no
cambia de sitio. Sabe que, más allá de las
nubes, su Sol sigue brillando y que su esplendor no
podría eclipsarse ni un solo momento".
Yo te invito hoy a mirar junto
al Señor, con una gran pobreza de alma y serenidad
confiada, tu vida de cada día, tus ilusiones, tu
realidad. Hazlo con sinceridad. Dile al Señor que te
ayude a mirar tu vida. No revises, pero mira con paz la
realidad de tu vida.
Y te propongo una pregunta
para acompañar tu oración: Mi vida de cada
día, ¿es expresión de que la quiero vivir
como donación de mi amor absoluto?, o también,
estas otras pequeñas preguntas: en todo lo que hago
¿me dejo llevar por el amor?. El tono de mi entrega
diaria, de mi modo concreto de vivir, ¿permite pensar
que sólo me mueve el amor?.
Más aún: te
sugiero que ahora hagas tu oración así: haz
silencio. Después de un largo tiempo de silencio,
después de tomar conciencia de que Él
está, hazle esta pregunta: "Señor,
tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Pero
quiero preguntarte, ¿ves en vida el don absoluto de mi
amor a ti y a los hermanos?".
Después de esta viva
oración, haz silencio y déjale hablar a
Él.
Pienso, sinceramente, que te
bastará con lo que te pueda decir el Señor. Si
haces silencio, escucharás en verdad su
voz.
Pero considero que es mi deber
fraterno, sugerirte algunos caminos de reflexión y de
oración.
Mira: en la vida importan
siempre dos cosas: el amor que la mueve y los gestos
concretos que lo expresas. Importa el momento de las grandes
opciones y la pequeña vida de cada día en la
que estas opciones se plasman. La oración,
expresión de amor, y el servicio y entrega a los
demás como compromiso de amor. La búsqueda
sincera del Señor y la capacidad de olvido de ti
mismo que esta búsqueda provoca. La globalidad de una
vida y los pequeños momentos y pasos que la
configuran.
Todo tiene su valor. Creo que
no se puede decir que una cosa de estas que te acabo de
señalar es más importante que otra. Mutuamente
se complementan y se enriquecen, mutuamente se
necesitan.
Por ello quiero decirte:
tú, que buscas a Dios, deja que el amor mueva tu
vida. Recuerda que te entregaste a Él. No olvides
hacer de tu oración de cada día una
expresión de tu amor. Haz de tu vida un don de tu
amor absoluto. Que esto sea la raíz de lo que eres y
de lo que haces.
Te has consagrado a Dios en
virginidad, en el celibato. Eres de Él. Que tu
donación sea signo de tu deseo de entrega sincera,
constante, sin fin. Pero nunca olvides el camino necesario
de todas las pequeñas cosas de cada día, y que
el don de tu amor absoluto se pueda expresar en los hechos
más habituales y corrientes de la vida diaria, esto
es, tu trabajo, tu vida de relación fraterna, tu
manera de hablar, de servir a los demás, toda tu
manera de comportarte.
Como dice San Agustín:
"Lo que es pequeño, es pequeño, pero la
fidelidad a las cosas pequeñas por amor, es algo muy
grande". Porque la fidelidad es un camino.
Piensa, por otra parte, que
bastará que tú pongas el uno por cien de buena
voluntad. El noventa y nueve restante ya lo pondrá el
Señor con su gracia.
En mi vida sacerdotal me he
encontrado con personas que viven con preocupación su
fidelidad. Viven inquietas, no tienen confianza en su propia
capacidad. Desconfían de sus posibilidades, hasta que
descubren que el Señor les dice: "Sé pobra
de alma, vive el presente como un don de mi amor,
compártelo con tus hermanos con amor, y
confía. Nada más".
En todo caso, siempre te basta
su gracia.
Subsiste, sin embargo, una
pregunta básica: Es hermoso decir "don de tu amor
absoluto", pero, ¿es posible realizarlo en la
vida?, ¿acaso esto no será pretender demasiado,
mirar demasiado alto?.
Hace un tiempo escuché
como una parábola que creo nos puede ayudar a
comprender el sentido que ha de tener la respuesta a estas
preguntas.
En la vida del espíritu
ocurre como en el viaje que un navegante hace por el mar.
Cuando va solo en su barca puede escoger dos medios para
avanzar: puede usar los remos, con su esfuerzo, su ritmo de
marcha. De este modo, aunque camine a base de esfuerzo, va
navegando a su aire. En una segunda opción, puede
desplegar plenamente las velas de su barca y dejarse llevar
por el viento. Nunca olvida los remos, tanto en la primera
como en la segunda opción necesita poner algo de
sí mismo. Sin embargo, es clara la diferencia: en la
primera opción lo más importante son los
remos. En la segunda el viento, el viento del
Espíritu, sí.
Podrás encontrar un
gran paralelismo, salvadas siempre las diferencias de toda
comparación, entre esta pequeña
parábola del navegante y tu vida de oración y
entrega a Dios.
El que ora, el que busca a
Dios, el que se ha consagrado a Él puede optar por
dos caminos: el ir por sus pasos, a su ritmo, a su aire, con
sus precauciones, sus miedos, sus reservas, y con las
limitaciones del propio esfuerzo y de la propia capacidad. O
puede, por otra parte, lanzar el corazón y
abandonarse de lleno al viento de Dios, a su
Gracia.
Si miramos atentamente la
diferencia entre estos dos caminos, podremos decir que es
fácil escoger. Parece más fácil dejarse
llevar por el aire que navegar a base del esfuerzo que
hacemos remando. Pero, ¿no has pensado que, de hecho,
nos gusta más, nos resulta más cómodo
caminar a nuestro aire, caminar a tu aire?, ¿no te
parece que pesa mucho en tu vida el miedo a la hora de
dejarte llevar por el viento del
Espíritu?.
Mira: hay muchas pregunta que
reflejan este miedo: ¿Qué me puede pedir el
Señor?, ¿acaso yo no estoy respondiendo ya a lo
que el Señor espera de mí?,
¿porqué tengo que preocuparme de buscar
más, de dar más?. ¡Ya basta con caminar
así!
Cuando, en mi servicio
sacerdotal y fraterno he tenido la ocasión de
acercarme al camino interior de las almas, he podido
comprobar que el Señor va llevando a cada una de
ellas por un camino diferente. El viento y la fuerza del
Espíritu son de una riqueza y variedad inimaginables.
Pero siempre se da una realidad común: el que busca a
Dios, el orante, el que ha consagrado su vida a Él,
no estorba. Se abandona plenamente a la acción del
Espíritu. A unos el Señor los llama por un
camino de sufrimiento, de Cruz, de purificación
constante. A otros, les señala el camino del amor y
la ternura vividos y expresados en las pequeñas
cosas. Para unos, el viento del Espíritu Santo es
fuerte e impetuoso, como de tormenta. Para otros es una
brisa suave.
Pero, en todo caso, piensa que
si tú quieres pedir al Señor la gracia de
poder hacer en tu vida el don absoluto de tu amor,
tendrás que cuidar por tu parte la preparación
para recibir esta gracia. Y esta preparación consiste
en cuidad la pobreza de alma, el olvido de ti mismo. No
permitas, hermano, que el egoísmo eche raíces
en ti.
Vive, también, con
delicadeza, tu vida espiritual. No se te pide que seas
escrupuloso, pero sí delicado. Valora como un momento
fuerte de esta delicadeza espiritual el sacramento de la
reconciliación o de la penitencia.
Proponte hacerlo todo por
amor, con amor desde el amor. Que este amor se concrete en
su servicio y en tu entrega diaria a los hermanos. Pero
piensa que si es una amor total, si es un amor
evangélico, ha de ser un amor alegre, desinteresado,
gratuito.
Vive despierto, atento. Que tu
deseo de ser fiel al Señor pueda más que mil
motivos de distracción que encuentres en tu
vida.
Y, sobre todo, confía.
Ten confianza, abandónate en las manos del
Padre.
Tú quieres hacer de tu
vida el don absoluto de tu amor. Convierte tu oración
de hoy en súplica y en atención serena a la
voz del Señor. Que Él te inunde con la
iluminación del Espíritu Santo. Así
podrás adquirir el conocimiento que ninguna palabra
humana te puede dar.
Aprende de María el
sí: Que se haga en mí según tu palabra.
Él, el Señor, te ayudará siempre con su
gracia.
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