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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
Jesús es mi
perdón
Sí, hermano,
Jesús es tu perdón.
Estas palabras con las que
comienzo esta meditación tienen un profundo y hermoso
significado que me es difícil de expresar, pero en el
contexto en el que fueron dichas se puede encontrar su
profundo significado.
Un monje contemplativo amigo,
después de una larga y dolorosa enfermedad, agonizaba
plenamente consciente del momento. El Abad, con la comunidad
monástica, estaba en su celda para celebrar el
sacramento de la unción de los enfermos. El Padre
invitó al monje enfermo, según el ritual, a
pedir perdón a Dios y a los hermanos. El enfermo
contestó, con una gran serenidad:
"Sí,
pido perdón al Señor y a todos. Yo mismo
perdono a todos, pero tengo una gran confianza: Jesús
es mi perdón."
Es reconfortante pensarlo:
Jesús, más que perdonar, Él mismo es
perdón, es comprensión, es cercanía, es
bondad. Y en este camino de la búsqueda de Dios en el
que estás orando estos días es bueno que
recuerdes que Jesús es perdón. Más
aún, necesitas pensar que Jesús es el rostro
de perdón que tiene Dios cuando mira tu vida con tus
pobrezas, tus limitaciones, tus pecados.
Tengo que decir,
además, que he creído oportuno recordar esta
gran verdad antes de invitarte a hacer esta
pregunta:
¿buscas
a Dios o huyes de Él?
Sí. Cuando en la
anterior meditación te decía:
"Yo soy
el amor y me doy a ti, y me daré siempre. Aunque
tú me rehuyas, me rechaces y me desprecies, aunque no
quieras, te llenaré de mi
amor" cuando
escuchabas esto habrás podido pensar "¿Es
posible, es posible que Dios me diga esto a
mí?".
Cuando vayas haciendo la ruta
de la búsqueda de Dios, a medida que vayas
descubriendo que Dios es amor, te darás cuenta del
alcance y la importancia que tienen tus infidelidades, tus
huidas, tus desconfianzas.
Te has consagrado a Dios en
pobreza, castidad y obediencia. Eres todo de él. Por
esto quiero proponerte unos breves pensamientos para orar y
contemplar pausadamente, en tus diálogos serenos con
el Señor.
-
Has hecho de tu vida una
donación a Dios y a los hermanos. ¿No crees
que consciente o inconscientemente has ido retirando
pequeñas o grandes partes de esta ofrenda que un
día pusiste sobre el altar?.
-
Como cristiano consagrado
en la Iglesia buscas la santidad, la perfección
del amor. ¿No piensas acaso que, en muchas
oportunidades, tu vida ha consistido en un "ir tirando"
monótono y falto de entusiasmo?.
-
Por tu virginidad
estás especialmente capacitado para la acogida,
para un amor absoluto, para vivir atento, entregado,
libre, disponible para el servicio de los hermanos.
¿No te ha ocurrido en cambio el convertir tu vida en
un amor cerrado y egoísta que se manifiesta de una
manera especial cuando piensas demasiado en ti o en tus
tristezas, o en lo que te dicen, o en lo que te
hacen?.
-
El abandono en las manos
del Padre te exige lanzar el corazón, dejarte
llevar, ser blando y dócil como la arcilla, vivir
atento al amor. ¿Tú crees que esto se puede
ver en tu vida cuando, de hecho, vives distraído o
disperso, cuando te dejas llevar por un conformismo
paralizante o cuando rehuyes la cruz?.
Si siguiéramos en este
camino de preguntas, podrías ver cómo no
siempre tu respuesta es de amor al Señor que,
según expresión de Francisco de
Asís,
"murió
por amor de tu amor ",
dio su vida buscando tu amor, porque quería tu amor.
Por ello yo te invito a
decirle al Señor con todo el amor de tu alma:
"Tú
eres mi perdón, mi fuerza, mi vida. Tú eres la
oración que yo quiero decirle al Padre. Tú
eres mi hermano, el amigo cercano, el compañero de
camino, Tú eres mi perdón. Tú eres mi
oración, Señor Jesús".
El Señor sabe, sin
embargo y mejor que nadie, que no quieres huir de Él,
que quieres o deseas que Él lo sea todo en tu vida.
Por esto quiero sugerirte que hagas tu oración a
partir de unas palabras del Evangelio. Dicen así:
"Cuando
Jesús llegó a la región de Cesarea de
Filipo, preguntaba a sus discípulos:
"¿Quién dice la gente que es el Hijo del
Hombre?" Ellos contestaron: "Unos dicen que Juan el
Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías
o uno de los profetas". Entonces Jesús les
preguntó: "Y vosotros, quién decís que
soy Yo?".
Esta pregunta también
es para ti: tú, ¿quién dices que es
Jesús con tus palabras y con tu vida?.
Da una respuesta. Que sea la
de tu vida o la de tu deseo, la de tu realidad o la de tu
esperanza., pero que sea sincera. Y que sea oración.
Ten presente, como trasfondo de todo, lo que hemos pensado y
rezado sobre el abandono.
Quisiera ofrecerte,
además, una serie de pensamientos para
acompañar tu oración de hoy. Debes tener en
cuenta que tu oración es imprescindible en la
búsqueda de Dios por el camino del abandono. Y por
esto te digo con sencillez:
* Que tu oración sea
siempre silencio para escuchar al Señor que te habla,
que te pregunta, que quiere llegar a ti.
* Que tus palabras sean pocas,
sinceras, de respuesta y de amor.
* Lo esencial de la
oración para ti ha de ser siempre la presencia del
Señor. Él es amor, Él está,
Él es fiel. Él es el primero que espera tu
oración. Lo que importa es su presencia y tu
presencia en Él.
* La presencia del
Señor en tu vida y en tu oración a veces
será elocuente, te será fácil orar. En
otras ocasiones el Señor estará, pero su
presencia será callada, silenciosa. Limítate
entonces a estar, mirar y dejarte mirar por
Él.
* Es bueno que aprendas a no
querer hacer tu oración, la que a ti te
gusta, sino busca más bien la oración que
Él espera de ti.
* Vive, en todo caso, la
oración con una dimensión de
abandono.
* Tus súplicas han de
ir acompañadas de una disponibilidad y servicio en
relación con tus hermanos.
* Cuando te sea difícil
orar o te cueste concentrarte, o te sea difícil hacer
silencio, antes de analizar tu oración
pregúntale al Señor y pregúntate a ti
mismo por el amor a los hermanos. Hoy, antes de preguntarte
quién es el Señor para ti.,
reconcíliate desde tu corazón con tus
hermanos. Así tu respuesta será la verdad de
tu vida.
* En tu oración, en tu
deseo de buscar a Dios y de abandonarte en sus manos de
Padre, procura preparar tu corazón para recibir al
Señor, para hospedarlo, para que Él pueda
habitar en ti.
* Deja entrar el amor del
Padre en ti. Deja que Él transforme tu vida.
Déjate llevar.
* Cuida que las actitudes de
tu vida sean las de la arcilla blanda y dócil que el
Padre va moldeando con sus manos amorosas. Que pueda
reproducir en ti la imagen de su Hijo, que pueda cristificar
tu vida, que, con pobreza de alma, te sientas invitado a
abandonarte en sus manos, a dejarte llevar por Él,
transformar por Él.
* En tu oración piensa
que Él te puede dar vida con su amor, y puede dar
vida a tu trabajo, a todo lo de cada día, a tu
relación fraterna, a tus idas y venidas, a tus
preocupaciones e inquietudes, a tus ilusiones y tus
esperanzas.
* No te dejes llevar nunca por
la tentación de pensar que lo que haces ya es
oración. Si no buscas momentos explícitos para
orar, como estás haciendo ahora, si no te preguntas
qué es el Señor para ti, si no lo expresas con
una respuesta sincera, no solamente no orarás con lo
que haces, sino que hasta podrás perder el sentido y
la vida que pueden tener en Dios todas tus obras, todas tus
actividades.
* Vive tu oración como
quien vive de la fe. Que tu oración sea hacer acto de
presencia en la fe esperando el don de Dios.
* Cree en el amor que Dios te
tiene. Cree que Él vive en ti y se ocupa de ti. Y,
después, que tu oración te lleve a obrar, a
responder con vida.
* Conviene que
comprendas la importancia de "dejar de hacer"
para "dejarle hacer", "dejar de
hablar" para "dejarle
hablar".
* Tu oración te
llevará a reconocer el lenguaje con el que Dios te
habla a través de los acontecimientos de tu vida. Que
te ayude también a encontrar el hilo conductor con el
que la providencia amorosa del Padre lo va llevando todo en
tu vida.
* Aprenderás a orar
cuando aprendas a llamar a Dios PADRE, cuando descubras en
verdad que Él es el Padre, cuando veas que si no le
dices Padre
nuestro, pierdes buena
parte de tus derechos de llamarle Padre.
* Aprenderás a orar
cuando te sepas en las manos amorosas del Padre y cuando
vivas el abandono en una disponibilidad sin
límites.
* Hoy, que te invito a
preguntarte quién es Cristo para ti, piensa que no es
bueno que conviertas tu plegaria en una mera
reflexión, por muy teológica o espiritual que
sea. Tampoco sería válido que la convirtieras
en un fervor meramente sensible.
* Los cristianos ortodoxos
gustan decir que para orar es necesario que el pensamiento
descienda al corazón. Podríamos decir que tu
oración de hoy, y la de siempre, ha de consistir en
poner la vida en tus manos, toda tu vida y, desde ella,
hablar a Dios. No puedes hablar a Dios alejado de tu
vida.
* En tu oración piensa
siempre con intensidad que Él está.
* Déjate llevar por el
Espíritu y dile con fuerza al Señor:
"Señor,
yo no tengo ya palabras. Sé tu mismo mi propia
oración".
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