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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
Sólo tengo el
día y la noche
Dice María:
"Porque
ha mirado mi alma pobre de esclava". Y Jesús, en el
Evangelio: "Felices los que tienen el alma
pobre".
Ramón era un mendigo
amigo que pedía limosna a la puerta de nuestra
iglesia. La comunidad le ayudaba como sabía y
podía. Frecuentemente se podía conversar con
él, que tenía una filosofía de la vida
muy especial. Era un mendigo con vocación de
mendigo.
Un día me dijo las
palabras que encabezan esta meditación de hoy:
"Sólo
tengo el día y la noche".
Me hicieron pensar mucho y me
ayudaron a descubrir la auténtica dimensión de
la pobreza de alma.
Yo no sabría decirte si
la pobreza de alma es consecuencia o es raíz del
abandono. Me inclinaría a decir que es el primer
fruto del abandono. En todo caso, es una actitud esencial en
el camino de la búsqueda de Dios.
Jesús, en el
Sermón del Monte, síntesis y programa de su
Buena Noticia, quiere empezar sus palabras con las que hacen
referencia a la pobreza de alma:
"Bienaventurados
los pobres de alma".
María tuvo un alma
pobre de esclava, el Señor la miró en su
pequeñez, y fue escogida para realizar en ella
«cosas grandes».
«Sólo
tengo el día y la noche...
» Y yo me
decía a mí mismo:
«Escogí
ser pobre como Jesús y, sinceramente, yo, seguidor de
Jesús, no puedo decir que sólo tengo el
día y la noche. Y no es problema de
«cosas», de tener más o menos, es
cuestión de actitudes interiores, consecuencia de mi
abandono en las manos del Padre y condición
imprescindible para buscar a Dios en
verdad.»
¿No lo crees tú
así, hermano? ¿Tú puedes decir que
sólo tienes el día y la noche?
Yo te invito a recorrer, en
actitud orante, los rasgos que configuran la pobreza de
alma.
Al pobre de alma se le conoce
por su paz. Su paz de alma, su paz de dentro. Y tiene paz
porque no tiene nada que perder:
- No se tiene a sí
mismo y ni siquiera desea
«tenerse».
- No se aferra a la voluntad
de querer tener la razón, y menos cuando para ello
debe faltar al amor.
- No da ni un paso por
«poseer»
y aún menos por
«poseerse».
- Vive con sencillez, sin
decirlo, el mandato de Jesús:
«Si
quieres seguirme, niégate, olvídate de ti
mismo.»
- Renuncia al comparativo, a
comparar y a compararse. Descubrirás que comparar te
quita la paz.
- Acepta con sencillez las
limitaciones propias. El pobre sabe reconocer que son suyas.
No cae en la fácil excusa de echar la culpa a los
demás por ellas. Será capaz hasta de sonre�r
cuando los demás se las descubren o hablan de ellas,
y será capaz de sonre�r porque las asume con
paz.
Por todo ello la pobreza de
alma da una gran paz interior. ¡Es tan grande, tan
necesaria esta libertad para poder buscar a Dios sin nada
que se interponga!.
A partir de estas actitudes ya
podrías empezar a decir que sólo tienes el
día y la noche.
Pero es bueno que
profundicemos en esta descripción.
El pobre vive intensamente el
presente como un regalo de Dios. Y lo vive con paz de alma,
pues sabe que el futuro es cuestión de
confianza.
El pobre de alma es generoso
al dar y amplio al recibir.
Porque la paz de la pobreza de
alma le da un corazón nuevo se puede decir que el
pobre tiene un corazón simple como de niño, un
corazón grande y fuerte como de madre. Tiene un
corazón bondadoso como el cielo que a todos acoge, y
un corazón cálido como el sol del
invierno.
Una de las consecuencias
más palpables de la pobreza de alma es la
sensibilidad espiritual que lleva al pobre que vive su
búsqueda de Dios a dar valor a las pequeñas
cosas como una sonrisa, una mirada amable, un pequeño
gesto de servicio, una palabra sincera y oportuna. Esta
sensibilidad le lleva también a descubrir y reconocer
con gratitud todos los gestos de generosidad de Dios y de
los hermanos.
El pobre de alma tiene una
especial capacidad para la alabanza y la acción de
gracias.
Te decía que el pobre
de alma no se tiene a sí mismo, y es cierto. Esto le
lleva a entregar la propia voluntad y a vivir en una
disponibilidad de servicio y de amor, sin límite
alguno, sin cálculos egoístas, en una actitud
sencilla de gratuidad. Lo da y lo recibe todo con la
libertad y amplitud de quien está convencido de que
nadie le debe nada.
El pobre de alma tiene la
alegría de poder decir al Señor con toda la
sinceridad de su corazón:
"Tú
eres Señor, mi único
bien". Y vive la paz
interior de quien se apoya en Dios de verdad, y sabe que sin
Él no es nada. Y esto, en lugar de inquietarle, le
alegra, pues le permite depender de aquel a quien
ama.
Quien vive la pobreza de alma
siente la necesidad de ser de todos y de multiplicarse para
llegar a todos sin mirar, por supuesto, lo que queda para
él. No se contenta con dar un pedazo de pan a quien
lo pide: si pudiera, hasta se haría él mismo
pan. Sabe ser corazón cuando el hermano precisa amor;
sabe ser sonrisa cuando hay tristeza en el hermano, y sabe
ser oído cuando el hermano precisa hablar, decir o
decirse, desahogarse. En este caso se olvida, incluso, del
tiempo.
La oración es una
semilla que encuentra la tierra más apropiada en el
pobre de alma, pues la pobreza le lleva a confiar en la
bondad de Dios y en su providencia. Y esta confianza, es tan
grande y tan arraigada en su vida, que confía
también en la bondad de los hermanos, sí, en
la bondad escondida, en el corazón de todo hermano,
incluso del hermano a quien conoce tanto que le es
difícil descubrir su rostro de bondad.
El pobre de alma sabe ser
abierto. Busca y ama la sencillez, la simplicidad y la
transparencia. El pobre no se permite el lujo de tener, ni
siquiera, dobles intenciones. Tiene la mirada limpia, no
oculta nada. Por ello mira siempre a los ojos.
El pobre de alma es buen
oyente de la Palabra; como María, sabe que todo canto
de alabanza y acción de gracias nace de la
contemplación silenciosa. El Magnificat nació
en el alma pobre de esclava de María.
La pobreza de alma da a quien
la vive la "lengua
de discípulo".
La humildad en el hablar no tiene necesidad de levantar la
voz; no quiere imponer, porque prefiere escuchar.
Sí, el pobre es
interiormente libre, no se ata a respetos humanos porque no
tiene nada que temer.
Te he hablado mucho, hermano,
de la paz de alma que tiene el pobre. La razón
última de esta paz está en que la única
riqueza que tiene es Cristo y, ¿quién
será capaz de arrebatarle el amor de
Cristo?.
Por otra parte, la paz es
consecuencia del amor que siempre ahuyenta al miedo y al
temor.
El pobre de alma siente la
necesidad ineludible de orar, porque descubre a Dios como
sentido de todo lo que dice y hace. Y algo muy importante:
está convencido de que la eficacia de todo lo que
hace no viene de sus manos de alfarero, sino de la bondad de
Dios, que quiere dar vida al barro. Por ello, remite toda
muestra de gratitud al Señor, dador de todo bien. Y
no lo hace por compromiso, sino por convicción
sincera.
Se da una profunda
relación entre pobreza y súplica, entre alma
pobre y contemplación: cuanto más pobre,
más orante; cuanto más orante, más
pobre.
El pobre vive feliz en su
pobreza, vive su vida en alegría y serenidad de alma,
porque tiene como única seguridad el saberse en las
manos del Padre, el recordar que su rostro está
grabado en ellas y es mirado constantemente con
amor.
El pobre de alma suplica y
reza con una gran confianza. Sabe esperar. Sólo los
pobres, sólo los que se sienten inseguros de
sí mismos, sólo quienes se saben ante Dios sin
derecho a nada, saben esperar cuando suplican, pues
recuerdan que Dios es siempre gratuito, y tan gratuito como
generoso en sus dones.
Quien está en camino de
vivir la pobreza de alma aprende a borrarse y a desaparecer
para valorar a los demás porque, es cierto, no
valoramos a los demás, incluso se llega a prescindir
de Dios porque nos creemos más y cuando nos creemos
más.
El pobre de alma es feliz
tanto cuando ha de asumir papeles protagónicos, como
cuando está en un papel secundario, es tan feliz
cuando puede ser rama con flores y frutos, como cuando ha de
ser raíz. Entonces descubre que no pierde el tiempo:
en su vida oculta, da vida a la planta.
El pobre de alma se apoya en
Dios en todo momento, en toda circunstancia y en todo lugar
y lo expresa espontáneamente, invocándolo con
amor y esperanza, con la sencillez y la naturalidad
más claras.
María es el testigo
fundamental del pobre de alma. Ella vivió su pobreza
como disponibilidad y como docilidad. El ser dócil a
los deseos o a las sugerencias de los demás,
manifestados o no, es una manera de ser pobres.
El pobre entiende que
"pobreza
de alma" equivale a
sentido de servicio, como María, la de la
visitación. María - Camino. Es de pobres ir a
servir y no esperar a que el servicio nos sea
exigido.
El pobre vive todo con
alegría y paz de alma. Aprendió a dar y a
recibir sonriendo. Comprendió que detrás de
todo lo bueno y lo malo que vive hay una sola y gran verdad:
se sabe amado por Dios con ternura.
Enrique, "el caminante", es un
pequeño hermano de Jesús, amigo. Desde el
año 1950, al acabar su noviciado, fue enviado por sus
superiores a integrarse en el mundo de los mendigos. Vivir
como uno de ellos, vestir como ellos y dormir donde duermen
los mendigos. Tiene una mirada limpia, se le ve feliz. Un
día le dije: «Hermano Enrique, con este aspecto,
aunque seas religioso, en algunos lugares te
recibirán bien y en otros te cerrarán la
puerta". Su respuesta fue muy de pobre de alma:
«Si
me reciben bien, está bien; si me reciben mal,
está bien. Solo soy un
pobre».
Hermano, que en tu camino de
búsqueda de Dios, que en tu deseo de ser fiel al
Señor, puedas decir también que tú eres
pobre.
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