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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
Un corazón para
la acogida
"Queridos: amaos
mutuamente, porque el amor viene de Dios y todo aquel que
ama ha nacido de Dios y conoce a Dios", dice San Juan en
su primera Carta.
Tú, que buscas a Dios,
piensa que la sinceridad de tu búsqueda estará
contrastada por la verdad del amor a tus
hermanos.
En realidad, sólo
existe una verdad: la del Amor.
En tu camino hacia el
encuentro con Dios, en tu ruta del silencio, has hecho el
don de tu amor absoluto, has comprendido la necesidad de
abandonarte en las manos del Padre. Descubriste que Dios
tiene un Plan de Amor para ti y vives en Dios, que te da un
corazón para la acogida capaz de descubrir y recibir
el rostro del hermano en tu vida.
Precisamente tú, que
has podido experimentar la bondad, la comprensión y
la acogida de Dios que te lleva en sus manos de Padre,
quieres corresponder con un amor sin medida, como el que
tú recibes, en tu relación con los
hermanos.
Hoy debes sentirte invitado a
dialogar con el Señor y a contemplar, serenamente,
junto a Él, el amor al hermano.
Lo primero que deberás
pedirle al Señor es que te ayude a ver a cada hermano
con el amor acogedor y la paz confiada de su mirada y de su
amor.
Quiero compartir contigo una
hermosa experiencia personal que podrá ayudarte a
comprender el alcance de estas últimas palabras. Mis
hermanos, los dominicos de Chile, me ofrecieron la
oportunidad de tener una breve e intensa experiencia
contemplativa en un monasterio trapense de Chile. Recuerdo
aquellos días, al pie del Manqueue y con la nieve de
los Andes como telón de fondo, con un gran
cariño.
Me impresionó mucho la
vida de los monjes, su sencillez, la austeridad y, al mismo
tiempo, la extraordinaria ternura de su celebración
litúrgica. Recuerdo, de un modo especial, el canto de
la Salve por la noche.
Me impresionó su
silencio. El silencio, que daba a todas sus cosas, a todos
los momentos de su vida, un aire especial, muy de
Dios.
Tenía una curiosidad:
unos hombres tan amantes y tan rigurosos en el silencio, que
muchas veces -todos los sabemos-, usan de signos con las
manos para comunicarse, ¿cómo se darán la
paz en la Eucaristía?. Es una pregunta que me hice
con interés.
El primer día, en la
primera Eucaristía, lo pude comprobar, valía
la pena verlo: en el momento de la paz estábamos
todos los concelebrantes y los monjes no sacerdotes,
rodeando el altar. Con la invitación del celebrante
principal, los monjes se ponían uno frente al otro,
se miraban durante un pequeño tiempo a los ojos,
decían simplemente el nombre del hermano y,
después, se daban el abrazo de paz. Cuando
había concluido este gesto ritual entre los monjes,
el presidente de la concelebración, juntaba sus manos
y miraba con una sonrisa en los labios y con una gran calma
a todos los que estábamos alrededor del altar, uno a
uno. Cada uno de nosotros recibía su mirada.
Ahí concluía el rito de la paz. Después
de esto ya estábamos en condiciones de acoger al
Señor en la Eucaristía.
Piensa que si quieres acoger
al hermano en tu corazón, si quieres amar a tu
hermano, has de empezar por poder mirarle a los ojos con
calma y con paz, con mirada limpia y acogedora que llega al
fondo del corazón. Porque sólo vemos bien con
el corazón.
Tu manera de ver y de mirar al
hermano dará a entender, mejor que muchas palabras,
la hospitalidad de tu corazón. Difícilmente
podrás decir que amas a quien no has sido capaz de
acoger y de recibir con tu mirada.
Pero hay algo más: es
necesario que tengas ojos para ver. Sí, para ver
detrás de cada rostro humano a tu hermano; para ver
dentro del rostro de quien vive contigo, al compañero
de camino querido y aceptado; y para reconocer, en el rostro
del compañero de camino, a Aquel que es parte
esencial en tu vida.
Pero en tu vida hay una
dimensión esencial: tú buscas a Dios, quieres
abandonarte en su manos de Padre, te sientes invitado a
fiarte de su amor. Y desde esta tu perspectiva de fe, has de
tener también ojos para ver, detrás del rostro
de cada hermano, el rostro de Cristo. Y para ver
detrás del rostro de tu hermano en Cristo, al
compañero de camino que comparte tu búsqueda
de Dios, que anima tu decisión de abandonarte en sus
manos de Padre y de fiarte de su amor.
Yo creo que entenderás
que te diga que no puedes saltar este proceso de
hospitalidad de corazón que acabo de describir,
porque será imposible que puedas ver en alguien y
reconocer en él el rostro de Cristo, si antes no has
sido capaz de descubrirlo como hermano, compañero de
camino querido y aceptado en tu vida.
Quiero, además,
añadirte, que la hospitalidad de corazón no es
cuestión de ascesis, de mortificación o de
capacidad de tolerar, de aguantar o de soportar. La
hospitalidad de corazón requiere pobreza de alma.
Sólo la tierra sin las piedras, grandes o
pequeñas, del egoísmo o del orgullo, es capaz
de acoger la semilla del amor al hermano, es capaz de
acogerla para que pueda germinar.
La hospitalidad de
corazón también te exige olvido de ti mismo,
espíritu abierto, posibilidad de suprimir los filtros
y los estrechos cedazos analíticos con los que,
muchas veces, miras y juzgas a los hermanos.
Tu corazón acogedor te
pedirá una mínima sensibilidad humana, una
delicadeza de espíritu, un respeto, una
generosidad.
La hospitalidad también
requiere buena voluntad y comprensión, al menos, la
que tú mismo pides a los demás para
ti.
Has de pensar que,
necesariamente, un corazón abandonado, un
corazón que responde al Plan de Amor del Padre con
esta paz, que nada ni nadie puede arrebatar, de saberse
amado por el Amor, sólo puede tener una consecuencia
inmediata en la hospitalidad de corazón.
En todo caso, es necesario que
le pidas al Señor que despierte en ti la
disponibilidad interior para la acogida, que te conceda este
don, que conceda este don a todos los hermanos de tu
comunidad.
Porque es necesaria la
ascesis, es necesario que te exijas tolerar e intentar
llevar con más o menos amor a tu hermano. Pero,
amarlo de verdad en Dios, para acogerlo plenamente en tu
vida, sólo lo conseguirás a partir de una
sinceridad en tu abandono y después de haber recibido
el don del Señor de la disponibilidad de tu
corazón para la acogida.
La disponibilidad del
corazón, en todo caso, ha de "nacer" en tu
vida. No la podrás "hacer", y resulta del todo
inútil intentar aparentarla.
Será necesario que
intente concretar la manifestación del corazón
acogedor. Lo haré a través de una larga
enumeración que visualice, al máximo las
posibilidades concretas de vivir el amor
fraterno.
La hospitalidad, la acogida,
pide, ante todo, recibir. Y recibir es abrir las puertas de
par en par, invitar a pasar, invitar a entrar y a
quedarse.
Hay mucha maneras de recibir:
recibimos en el recibidor, y recibimos también en
casa, en el corazón de la casa. Recibimos a una
persona de pie, con prisas, diciéndole con gestos
nerviosos que esperamos que la visita sea breve; o recibimos
con calma, con paz, con gusto, haciendo ver que acogemos de
verdad.
Hay palabras amables que
reciben, pero la verdad de la acogida se dice con gestos y ,
fundamentalmente, con la mirada, la mirada cálida,
espontánea, natural.
Para recibir al hermano en
verdad, es necesario que se pueda sentir esperado, que pueda
percibir que era, incluso, esperada su visita, su encuentro;
que él no sólo no me molesta, sino que deseo,
en verdad, que se quede.
La hospitalidad en el recibir
requiere, imperiosamente, la gratuidad, porque quien recibe
en verdad no juzga, no analiza, no hace pasar, al que llama
a la puerta, por el tamiz de un análisis meticuloso
ni por un recuerdo de cuentas pendientes.
Recibes, sencillamente, porque
tienes la gracia de ser hermano de quien llama a tu puerta.
Y recibes porque vives esta gracia como un don.
Recibir es algo más que
esperar y abrir la puerta. Es salir al encuentro, tener
también la sencillez de llamar a la puerta y dar al
hermano la posibilidad de recibirte.
Como verás, seguimos en
la dinámica del amar y dejarse amar, recibir y
permitir al hermano la posibilidad de recibirte. Eres
hermano cuando recibes, cuando sales al encuentro. Pero la
acogida de tu corazón no es completa hasta que
tú, con sencillez y simplicidad, no sientas
también la necesidad de llamar a su puerta y de ser
recibido.
La acogida y el amor fraterno,
también los vives en tu oración. Es una
oración muy sencilla, la oración de los
nombres. Me la enseñó un sacerdote dominico,
hermano mío enfermo, que no tenía
posibilidades para pensar mucho. Cuando rezaba por los
demás decía, simplemente, sus nombres. El
Señor ya sabía qué tenía que dar
a cada uno de ellos.
Tú puedes hacer esto:
recuerda profundamente que Él está en tu vida,
en ti, hoy, ahora. Dile pausadamente los nombres de tus
hermanos. De todos y de cada uno de ellos. No pidas nada. El
Señor ya sabe. Limítate a pensar en ellos
junto al Señor. Él te ayudará a
recibirlos a todos con hospitalidad de corazón y a no
poner límites a tu amor.
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