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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Por el camino del
silencio
(�ndice)
Un corazón
orante
Vive intensamente la
comunión con Dios desde tu corazón orante. Que
cuando tus manos estén ocupadas en el trabajo, que tu
pensamiento y tu corazón estén en
Dios.
Cuando tus manos y tus
pensamientos estén al servicio de tus hermanos, que
en tu corazón puedas vivir en Dios.
Porque has convertido tu
interioridad en un espacio de silencio y de encuentro, de
intimidad y de amistad, de hospitalidad y cercanía,
en un lugar donde la oración es constante.
Recuerda que necesitas orar.
Necesitas convertir toda tu vida en una
oración.
Has de aprender caminos nuevos
para hacer realidad en tu vida el mandato del
Apóstol: "orad sin cesar", y el deseo de una
oración continua en cuyo silencio tú te
identificas con Cristo y vas adquiriendo un corazón
que sabe escuchar.
Busca mantener vivo en ti el
recuerdo de Dios. Haz en tu quehacer diario frecuentes
referencias a su presencia y, en todo momento, piensa que
puedes mirarle y sentirte mirado por Él con
amor.
Procura invocar su nombre.
Cuando puedas con los labios, con el pensamiento y con el
corazón. Las tres cosas juntas. Pero cuando tus
labios estén ocupados en el diálogo con tus
hermanos o en tu trabajo, que tu corazón permanezca
unido a Dios, porque lo amas, porque quieres hacerlo
presente en tu vida y porque Él es, al fin y al cabo,
el PORQUÉ radical, de lo que tú eres, de lo
que tú vives y de lo que tú haces.
Busca la paz, síguela e
intenta crear espacios de silencio en tu interior que
posibiliten tu intimidad con Cristo. Valora, para ello, los
momentos de silencio.
Cuando tengas la
ocasión llénate del silencio y de la paz de la
naturaleza, en un día de retiro o en tu semana anual
de ejercicios espirituales. Pero procura también
tiempos gratuitos en la casa de oración, ante la
presencia sacramental del Señor en el sagrario o en
tu propia habitación.
En la liturgia procura
llenarte de la palabra de Dios. Es una buena oportunidad
para hablar con Él por medio de los Salmos y para
escuchar lo que Él quiere decirte a través de
las lecturas. Con estas expresiones resume San
Agustín el sentido de la liturgia: "Que la palabra
de Dios, acogida, contemplada y celebrada en la liturgia, te
acompañe durante todo el día".
Cuida vivir la liturgia con
atención y deseo de encuentro con Dios y con la
comunidad que celebra. Es una pena que de la lluvia de
palabra de Dios que cae sobre ti, que cae sobre tus
hermanos, que vosotros mismo pronunciáis con vuestros
labios, a veces no haya ni una sola gota que llegue a
vuestro corazón.
En la liturgia busca siempre
una palabra de vida para tu camino, o una palabra de amor
para dar gracias al Padre por el día que
acaba.
Haz siempre ofrenda de todo en
la Eucaristía, y que tu encuentro con Cristo
Jesús, el Señor, y con tus hermanos en la
comunión y en la escucha atenta de la palabra,
mantenga viva en vuestra vida la oración.
Valora tu encuentro diario de
oración silenciosa como un momento fuerte en tu
día.
Procura no dejar tu
oración por nada. Y cuando te ocurra que, por servir
a tus hermanos, no hayas encontrado el momento de orar, no
dejes de estar un largo rato consciente y
explícitamente en la presencia del Señor.
Pero, a lo mejor, te vence el cansancio y el sueño.
Piensa entonces que tu gesto y tu volunta de presencia, tu
deseo de orar, vale más que la mejor
oración.
Procura que sea un encuentro
cara a cara en la fe. No es el momento de tener un libro en
tus manos. Es la gran ocasión que tienes para pensar
con amor en quien sabes que te ama. Es la oportunidad del
día para mirarle con paz y calma y para dejarte mirar
por Él con amor, o para vivir la gratuidad de estar
sentado a los pies del Señor ofreciendo el don de tu
atención silenciosa.
No pretendas
"aprovechar" el tiempo de tu oración. Acepta
con paz, con amor, desde luego, que sea un tiempo
"inútil".
Seguramente, cuando vayas a
orar, te vendrá a la memoria lo que has hecho o lo
que has de hacer después. Aparta con calma estos
pensamientos distorsionadores y vuelve a vivir
conscientemente la comunión con el
Señor.
Vive con gratuidad tu
oración. No pretendas hacer nada. Deja hacer a Dios.
Deja de lado esquemas, fórmulas, resultados,
eficacia, utilidades
En tu tiempo de ración
busca sólo lo que Dios quiere de ti.
Abandónate en sus manos, piensa que Él te
lleva en sus brazos de Padre. Y llena tu vida de estos
pensamientos. Así tu corazón seguirá
rezando durante todo el día cuando tú debes
estar ocupado en otras cosas. Todo lo que te diga para
invitarte a cuidar este encuentro diario de intimidad y de
diálogo con el Señor será
poco.
No te olvides de que es
Él y tu deseo de servir humildemente a los hermanos
los que mantienen vivo el sentido de tu vida.
Intenta no abusar de palabras
en tu oración. Te darás cuenta de que, a
medida que crece tu intimidad con el Señor,
serán menos necesarias las palabras, hasta que el
Señor te conceda el don de contemplarlo y mantener
durante el día la fe alegre y comunicativa que ha
sido iluminada en la oración.
Busca en tu oración
sólo lo que Él quiera, sólo lo que
Él desee, sólo lo que Él espera de ti.
El Señor te concederá el don interior de un
corazón que no saborea los propios gozos ni se
detiene en sus propias tristezas, sino que busca a Dios en
todas las cosas en un movimiento de alabanza.
Experimentarás, al
mismo tiempo, que un corazón lleno de vida orante
sólo puede ser bueno, y que tu vida se irá
decantando en una ofrenda cordial y alegre, gratuita y
delicada en servicio y atención a tus
hermanos.
Reconoce la presencia amorosa
de Dios en ti. Recuerda al espíritu que habita en ti
y responde afirmativamente a la pregunta que te hace el
Señor por medio de su Apóstol Pablo:
"¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo recibido de Dios que habita en
vosotros?".
Responde a la presencia de
Dios en tu vida explicitada en tu encuentro diario de
oración con la súplica, la alabanza, la
acción de gracias y, sobre todo y siempre, el
amor.
En tu oración intercede
por la Iglesia, por las necesidades de todos los hombres, de
los pobres, de los enfermos, de los parados, de los
drogadictos, de los presos, de todos aquellos que sufren en
su cuerpo o en su alma. Es verdad: puedes llegar a todos
desde el corazón de Dios.
Intercede intensamente por tus
hermanos concretos, los de tu comunidad. En tu
oración estás contribuyendo a construir la
comunión fraterna. Ora por tus hermanos con amor.
Orando por ellos aprenderás a amarlos y a asumir sus
limitaciones.
La oración
también te hará a ti más pobre y
más capaz de asumir tus límites.
Piensa que tu deseo de orar ya
es oración. Pero orando aprenderás a orar.
Solo la perseverancia y la paciencia en buscar la
comunicación con Dios te abrirá la puerta para
alcanzarla.
Y si Dios quiere manifestarse
con silencio, o con la aridez, o con la oscuridad, si Dios
quiere probar tu fidelidad callando, mantén tu
presencia constante y fiel. Dile al Señor que llamas
a su puerta porque quieres orar, y espera, no abandones tu
fidelidad. Que tu oración sea hacer acto de presencia
en la fe esperando el don de Dios. Que, en todo caso, el
Señor te encuentre a su puerta, llamando.
Es bueno también que
aprendas a orar a María, con María y como
María. Ella es maestra de oración en la
escuela del silencio. Ella te enseñará a
mirar, observar, acoger la obra de Dios y dejarla realizar
en tu vida.
Por el camino del silencio,
como María, vivirás siempre presente en Dios y
Él estará siempre presente en ti. Y a
través de ti, presente entre tus hermanos y en todo
el mundo.
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