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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Constantes en la oraci�n
(�ndice)
¡Constantes en la
oración!
Al iniciar una experiencia de
oración, conviene revivir el sentido que ha de marcar
el encuentro con el Señor. La oración indica
la medida del seguimiento fiel de Cristo.
Crees en Jesús y entras
en el misterio de Dios, porque Él es el camino. Dios
se hace presente en Jesús como un torrente de agua
viva. Así, seguir a Jesús, rezar, es sumergir
la vida en esta fuente inagotable de amor que es
Él.
La oración
convertirá tu vida en un camino de seguimiento de
Cristo en la intimidad y en constante comunión con la
Palabra.
Cristo-Camino te conduce al
mundo interior de Dios; ante su rostro conocerás, de
una manera que sobrepasa tus propias fuerzas, el don de
Dios.
Caminas sobre las mismas
pisadas de Cristo, pero no podrás reconocerlas, si no
rezas. La oración pondrá su nombre, como un
sello, en tu corazón y en tus labios; hará que
encarnes la palabra y que engendres la luz.
Úngete de Cristo por el
Espíritu, experimenta la íntima presencia de
aquel que te amó y se entregó por ti. La
fuerza de tu seguimiento será engendrada por la
energía de tu oración. El Señor
Jesús no está fuera sino en el interior, y en
íntima fusión con Él, podrás
vivir en comunión con los hermanos.
Cristo tendrá que ser
para ti el que te conduzca por el camino del Padre.
Él es el que te muestra su rostro y te revela sus
entrañas de misericordia.
Vive el impulso hacia el
Absoluto y serás libre, fecundo y creador... Porque
Cristo Jesús te ha llamado para hacerte
libre.
Y toma tu cruz, la cruz que
eres tú mismo ante todo lo que vives. El amor y el
dolor marcan el ritmo de tu vida y, no lo dudes, no hay
herida alguna que el amor no pueda curar.
En todo, afiánzate
más en la fuerza que te anima que en tu propia
debilidad. Permanece siempre en el camino, y tu mismo camino
será oración.
Permanece en la oración
y vive para conseguir la plenitud del don de Dios en el
Espíritu Santo. Entra, con tu cruz, en aquella
relación con el Padre que Jesús vivió,
y podrás llegar a compartir con Él la gloria
de la Pascua.
«He aquí que todo
lo renuevo», dice el Señor. Esta
transformación de todo comenzará en ti mismo
sanando todo lo que tienes enfermo, arreglando cuanto
esté roto, unificando tu ser disgregado, completando
las deficiencias, yendo hasta el fondo, hasta tus mismas
raíces para curarte de la superficialidad,
llenándolo todo con la plenitud de su Amor. Como
sentido último de todo, en tu realidad individual
resplandecerá el Ser que todo lo alcanza y todo lo
penetra, Dios que vive en ti y en todos los
hermanos.
Permanece en Él,
permanece en la oración que dará a tu alma
aliento y fuerza para el camino.
Sé totalmente feliz
desde la paz. En tu encuentro sereno con el Señor, en
la soledad, en el silencio, en el desierto, vivirás
plenamente centrado en Él.
Acógele con amor.
Él te da la mano y te guía como un Padre, a lo
largo del camino recorrido hasta llegar a aquí (Dt
1,31).
Busca y desciende al lugar de
tu propio corazón. Reconoce la mirada de amor del
Señor que vive dentro de ti. Descubre que en tu
corazón está el primer lugar de encuentro y
comunión contigo mismo, con los hermanos, con la
vida... y con el Señor. Vive en la paz de saberte
amado, y en el don de poder amar sin
límites.
En la ruta del seguimiento de
Jesús, desde el encuentro con Él en tu propio
corazón, «pido a Dios Padre que ilumine la
mirada interior de vuestro corazón" (Ef 1,18).
«Que el Señor consolide aquello que ya sois en
vuestro interior» (id. 3,16)
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