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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Constantes en la oraci�n
(�ndice)
Un
tiempo de desierto para entrar en el camino del
corazón
Este tiempo de desierto va a
ser muy especial. Buscaremos la soledad de la
comunión. Pero quizás el sentido lo
encontraremos en el auténtico objetivo que te has de
proponer. Entrar en el silencio para hacer el camino hacia
el propio corazón. No olvides la auténtica
perspectiva de todo: buscar un seguimiento interior de
Jesús que nazca dentro de ti.
Convertir la raíz de
todo lo que haces y lo que vives, desde el convencimiento de
que esta raíz está siempre en tu
corazón.
Por esto te pido sigas estas
indicaciones que te sugiero con especial
interés
-
Busca establecerte en tu
propia casa. No es un tiempo de desierto para vivir en
plena naturaleza, aunque quizás ella te
ayudó, en más de una ocasión, a
entrar dentro de ti. No te dediques a circular. Acepta la
desnudez del silencio y de la quietud. Aunque, en
algún momento, se convierta para ti en una
experiencia dura. Imagina que recorres los vericuetos de
tu alma. No lo haces solo. El Espíritu te ilumina
en tu camino.
-
Intercala los tiempos
necesarios de contacto con la naturaleza. El campo, la
montaña, el mar pueden ser lugares especiales para
ello. Camina lentamente... como queriendo reproducir en
tu andar, la ruta que estás haciendo hacia el
interior de tu corazón.
-
Pasa largos ratos ante la
presencia eucarística del Señor. Contempla
un icono; que el Libro de la Palabra sea también
"sacramento" del Señor que te habla. Pero intenta
encontrar el icono de Cristo que el Espíritu
grabó a fuego en tu corazón el día
de tu bautismo. Sin pretender buscar un efecto sensible
intenta reconocer la presencia de Jesús en ti.
¿Cómo queda reflejado el rostro del
Señor en tu corazón?.
-
Vive en el silencio y
respeta el silencio de los hermanos que hacen el camino
contigo. Supera las impaciencias que surjan a base de
amor sereno y calmo. No tengas ninguna prisa. Todo tiene
su tiempo. Tú mismo te mueves en el corazón
eterno de Dios.
-
Las pautas que siguen te
orientarán muy concretamente en tu camino hacia el
corazón. Pero recuerda que importa más la
actitud espiritual con la que planteas tu día que
el seguir unas pautas que se te proponen simplemente como
una ayuda.
La
pequeña parábola del silencio
"¿Qué
aprendes en tu vida de silencio?".
Preguntó el caminante a un monje. El monje, que en
aquel momento estaba sacando agua de un pozo, le
respondió: "Mira al fondo del pozo.
¿Qué ves?". El caminante
obedeció la propuesta del solitario, y se
asomó curioso al brocal del pozo. Después de
observar bien respondió: "Sólo veo
un poco de agua revuelta".
"Detente
un instante en tu camino, hermano, -le dijo el
monje- contempla silencioso y sereno el cielo y
las montañas que rodean nuestro monasterio, y
espera... ".
Tanto el monje como el
caminante se entretuvieron contemplando en silencio durante
un tiempo, que no se hizo largo, la belleza deslumbrante del
entorno. El sol levante destacaba el perfil de las
montañas en el fondo azul intenso del cielo.
"Hermano...
vuelve ahora a mirar el pozo y dime: Qué ves?".
"Ahora veo mi rostro reflejado en el espejo que me ofrece la
serenidad del agua", contestó el caminante. "Esto es,
hermano, lo que yo aprendo en mi vida de silencio.
Comencé reconociendo mi rostro reflejado en las aguas
remansadas del pozo cada vez que me acercaba para llenar mi
cántaro de agua. Después, poco a poco, fui
descubriendo lo que hay más abajo de la superficie,
hasta llegaba a entrever las pequeñas hierbas que
crecen junto a las paredes excavadas al construir el pozo. Y
en los días en los que la orientación de la
luz del sol me lo permitía, y el agua estaba
especialmente cristalina, llegué a ver las piedras
del fondo y hasta los restos de un cántaro roto y
olvidado que había caído hace años y
quedó allí.
Me
preguntabas qué aprendía en el silencio. Esta
es mi respuesta: quiero descubrir la profundidad de mi alma,
el rincón más hondo de mi corazón, y de
mi propia vida. Vine al monasterio buscando a Dios, porque
sabía que Él me envolvía con su
presencia. Y cada vez voy comprobando con más
claridad que Dios también está en lo
más profundo del pozo, como alma que da sentido y
color, luz y vida a todo aquel que se asoma al interior del
propio pozo con el deseo de buscarlo".
Quizás esta sencilla
parábola puede ayudarnos a descubrir el sentido que
tienen nuestros primeros pasos en estos días de
oración y silencio que vamos a compartir y más
concretamente el día de desierto con el que lo
estamos iniciando: descansar un poco en este lugar
tranquilo, a la espera de que se serenen las aguas revueltas
y cansadas del pozo del corazón. Y después
mirar de encontrar el propio rostro reflejado en ellas.
Reconoceremos nuestro rostro y nos encontraremos con el
rostro de las hermanas y hermanos que comparten, en el amor,
nuestro camino.
En este momento bastará
con que seamos capaces de conseguir que las aguas del pozo
de nuestra alma se serenen. Llegamos con el rostro iluminado
por el gozo de la pascua, todavía resuenan los ecos
de Pentecostés, y será reconfortante para ti
el descubrimiento de la luz pascual proyectada en tu propia
vida. Nos proponemos vivir en la paz y en la fuerza de
Cristo Resucitado. Él iluminará nuestro
camino. Él nos dará su paz. Será una
experiencia oracional y fraterna. Todos viviremos en este
camino de desierto con el deseo de que todo nazca de la
claridad sincera de una decidida opción por
Jesús.
Tu encuentro con el
corazón, centro de tu vida, ha de ser alma de tu
misión en el mundo y en la Iglesia... El hecho de
reconocer que los demás podrán beneficiarse de
tu opción de vida, será un acicate para este
camino, que ahora haces en la soledad y en el silencio de
unos pies descalzos, en la ardua ruta del desierto. Comienza
tu camino orando serenamente este mensaje
inicial:
"Tú
me hablas en el interior de mi
corazón:
Buscad
mi presencia.
¡Señor!,
lo que quiero es buscarla" (Sal 27,
8)
Te invito a recorrer un camino
hacia dentro. Entra en tu propio corazón... calla,
escucha, adora y ama. Deja que el viento del Espíritu
te vaya guiando. Abandónate a la serenidad de una
vida en descanso.
Al comenzar la ruta del
desierto, te has de proponer caminar en plena gratuidad, con
el ritmo que el don de Dios te vaya marcando, mientras
buscas revivir y renovar la comunión fraterna con tus
propios hermanos y con los que comparten este camino de
silencio.
Vive desde la comunión
interior total y plena con el Señor y con los
hermanos. Desde la humildad
y sencillez silenciosa
de quien se ha abandonado en las manos del Padre. No te
propongas otro objetivo que el de dejarte llevar. Tú
limítate a colaborar activamente en la obra que el
Señor irá haciendo en ti.
Vive en la confianza y en la
paz. Busca la armonía interior. Y la serenidad
irá envolviendo tu alma. Después ya la
podrás ofrecer a tus propios hermanos, como el mejor
don de ti mismo.
Las palabras que te
acompañarán han nacido en el silencio y en la
escucha, en el "a solas con Dios" y en la comunión
con todos.
Vive en silencio adorante.
Déjate mecer por el oleaje de la Vida. Si escuchas su
voz en tu corazón, oirás que te invita a
buscar su rostro. Él está en ti, y está
en la vida. Deja libre al Espíritu en ti. Acoge la
presencia del Resucitado en tu camino. Búscalo entre
tus propios hermanos. Porque Él se aparece primero a
María de Magdala, la que lo amaba
entrañablemente con un amor único.
Pero después, Él
siempre sale al encuentro de los pequeños grupos de
hermanos, o hermanas, que se reúnen para vivirlo.
Hasta que ocurre el episodio sorprendente del camino de
Jerusalén a Emaús. En su misteriosa y oculta
presencia resucitada, acompaña en los doce
kilómetros del recorrido a dos discípulos
decepcionados. Sólo cuando parten el pan, y rememoran
el ardor de la Palabra compartida, sin saber con quien,
descubren que es Él.
Búscalo tú en la
soledad de tu silencio, mientras te asomas al pozo de tu
corazón. Pero búscalo también en el pan
compartido y en la Palabra escuchada, orada y proclamada en
comunión fraterna.
Si buscas de verdad a Dios, lo
encontrarás dentro de ti. Escucha su voz: abre los
ojos de tu alma y calla, mira, admira, y contempla. Ama y
déjate amar.
Aprende a guardar la Palabra
en el corazón. Allí, en el hondón de su
ser, acógela en silencio. Escucha el clamor de la
vida: es el grito de los pobres. Es siempre un grito tan
fuerte que cruza la altura de las montañas que te
rodean para llegar a tu misma alma.
Convierte tu alma a Cristo y
al Evangelio. Vive en comunión con la Iglesia.
Siéntete parte viva de la vida de tus hermanos.
¡Comprométete! Y recuerda siempre que no
buscarías el rostro del Señor en la
oración si no hubieras sentido ya su mirada posarse
en ti.
Una
tarea oracional
-
Toma conciencia del
entorno en el que estás. Piensa en cada uno de los
hermanos que hacen este camino contigo. Pronuncia sus
nombres ante el Señor, o recuerda sus rostros.
Piensa que en la comunión fraterna podrás
experimentar una
palabra
que viene a abrazarte y recordarte que Dios te ama. No te
aisles, porque la oración cristiana no es nunca
rescindente. Vive en la comunión plena con el
entorno habitual que envuelve tu vida. Para alcanzar el
silencio del desierto es necesario este primer paso. Te
ayudará a entrar en el camino del corazón,
en el descanso sereno al que te invita el Señor,
en este día de desierto.
-
Recuerda a los hermanos
que constituyen tu entorno habitual. Vive consciente de
que este camino de desierto no lo haces solo.
Estás con tus hermanos. Algunos compartirán
plenamente este camino que estás haciendo en el
amor y en el silencio. Construye la comunión desde
la profundidad del pozo de tu alma. Y con la mirada
escrutadora de tu oración. Recuerda que la
comunión se construye siempre desde dentro, desde
lo más profundo del propio
corazón.
-
Sé consciente de
cómo estás. Sabes que lo que vives en tu
alma se refleja siempre en el rostro. Asómate al
brocal del pozo y reconoce con paz lo que puedes dejar
entrever a tus hermanos. Lo quieras o no, tu rostro
siempre refleja lo que se vive en el corazón. Ya
analizaste el nivel de tu silencio interior a partir de
los diez criterios que te señalé.
Pregúntate ahora cuál es la imagen que
tú puedes dar de ti mismo, y qué es lo que
sientes de ti. Piensa que no has de pretender ser
brillante,
y menos deslumbrar, sino vivir en la iluminación
interior que sólo te viene de la paz serena del
corazón.
-
Toma conciencia de que
Él, con la fuerza de su Resurrección, te
habita y te comunica el vigor de la Vida y el remanso
seguro de la paz que te da la garantía fiel de su
presencia. Recuerda que has de tener un corazón
lleno de nombres. Pronúncialos en tu misma
oración. Te ayudará a centrarte en ti y en
el corazón de la Vida, ahora que, en este
día de desierto, buscas recrearla en ti. Te
ayudará a ello el que intentes dar una respuesta
serena a la pregunta:
¿Cómo
me vivo por dentro? ¿Cómo lo vivo a Él
en el alma de mi vida?.
-
Deja resonar en tu
corazón el eco de su presencia y el sonido de la
Palabra que te habita. Hoy, más que proponerte un
texto de la Palabra para orar, te invito a que, desde tu
silencio, dejes que vayan manando de lo más hondo
de tu alma aquellas palabras que tantas veces te han dado
vida. Ya verás cómo surgirán
espontáneamente. Aunque para ayudar a crear un
sentido de unidad entre todos los que compartimos este
día de desierto, quiero sugerir que oremos los
Capítulos 14 y 15 del Evangelio de San
Juan.
Quizás te
preguntarás: ¿No son demasiadas cosas para un
primer encuentro con el desierto?...
No, hermano, no. En realidad
no son cosas que te dispersan sino que te llevan a encontrar
la unificación interior que necesitas para encontrar
el propio corazón en el silencio.
El silencio no se consigue
callando y menos acallando la realidad como quien quiere
esconderla. El silencio se espera, y, en todo caso, se
recibe como un don. El silencio no te lleva a huir de los
recuerdos sino a acogerlos; no te lleva a atar la
imaginación, es imposible hacerlo, sino a pactar con
ella.
Serénate. Descansa.
Relájate. Escucha los latidos del propio
corazón, mientras contemplas la presencia silenciosa
de María. Será a lo largo de esta jornada de
desierto el silencio-hermano que te acompaña a
encontrar tu corazón.
Asiente a la vida, y
reconocerás que Dios siempre te espera en ella. Abre
tu vida al Amor. Y reconocerás que es fuerte como la
muerte..., porque el amor es la Vida.
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