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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Constantes en la oraci�n
(�ndice)
Disponibilidad
para entrar en el camino del
corazón
«Hermanos,
por la misericordia que Dios nos
tiene
os
exhorto a ofreceros a vosotros mismos
como
una víctima viva, santa y
agradable
a
Dios: éste es vuestro culto espiritual".
(Rm
12,1)
La
caña de bambú
Había un precioso
jardín que, nada más verlo, hacía
soñar. Estaba allí, junto a la casa del
Señor. La puerta, siempre abierta, era
invitación silenciosa para todo aquel que deseara
encontrar un momento de paz y de sosiego. El mismo
Señor acudía todas las tardes a pasear por su
jardín.
Siempre se fijaba, era
inevitable, en un cañaveral en el que destacaba una
preciosa caña de bambú plantada, con sus
hermanas, en el centro de un rico conjunto de flores y
plantas. Ella y sus compañeras ofrecían, en
grupo, un espectáculo peculiar: daban sombra, eran la
imagen de la fortaleza y de la grandiosidad de la
creación. Ciertamente, entre todas las cañas
hermanas, ella la hermosa caña, llamaba la
atención por su esbeltez, altura y elegancia. Toda la
gente pensaba que era la preferida del Señor. Le
encantaba verla así: más alta, robusta y bella
que las demás plantas. Era la más fuerte y
recia ante los vientos invernales, e imperturbable ante los
calores del verano. Pronto se dio cuenta de que, ella, la
más destacada caña de bambú, era
"especial" para el Señor.
Un día se acercó
el Señor al jardín y, como siempre, fue a
contemplar el hermoso conjunto que formaban las cañas
hermanas. Con mucho amor, serenidad y firmeza le dijo a la
más esbelta:
"Mi
querida caña de bambú, te
necesito". Ella no
entendía que el Señor se hubiera dignado a
dirigirse personalmente a ella. Tampoco comprendía
por qué el Señor le había concedido el
privilegio de decirle:
"Te
necesito". Veía
claramente que el Señor le hablaba con un amor
especial. Por ello no le costó nada responder:
"Estoy
en tu jardín, Señor, soy toda tuya..., cuenta
conmigo para lo que quieras".
El Señor escuchaba
atentamente la respuesta disponible de la vigorosa
caña de bambú. No esperaba otra cosa de su
planta predilecta. Pero no quería precipitarse en su
propuesta, no quería herirla, ni lastimarla. Deseaba
proponerle su proyecto de amor, de tal manera, que ella lo
pudiera aceptar con la misma ternura que él
ponía en sus palabras. Lentamente, como si comunicara
un misterio prosiguió:
"Es
que, mi querida caña de bambú, para contar
contigo tengo que arrancarte".
"¿Arrancarme?
¿Hablas en serio? ¿Por qué me hiciste
entonces la planta más bella de tu jardín?
¿Por qué me hiciste crecer junto a unas
cañas hermanas?. Por favor, Señor, cualquier
cosa menos esto ".
El Señor, poniendo
más ternura aún en sus palabras, con la
serenidad que sólo viene del amor, no retiró
la propuesta: "Mi
querida caña de bambú, si no te arranco no me
servirás".
Quedaron un largo rato los dos
en silencio. Parecía que no sabían qué
decir. Hasta el viento detuvo su ímpetu respetando el
misterio. Los pajarillos del jardín olvidaron su
vuelo y su canto. Lentamente..., muy lentamente..., la
caña de bambú inclinó sus preciosas
ramas y hojas, y dijo con voz muy queda:
"Señor,
si no puedes servirte de mí sin arrancarme,
arráncame".
"Mi querida
caña de bambú
-añadió el Señor-,
aún
no te lo he dicho todo. Es necesario que te corte las hojas
y las ramas". -
"Señor,
no me hagas eso. ¿Qué haré yo entonces en
el jardín? Seré un ser
ridículo". Y
otra vez le dijo el Señor:
"Si
no te corto las hojas y las ramas no me
servirás".
Entonces el sol, estremecido,
se ocultó. Los pájaros huyeron del
jardín pues temían el desenlace. Temblando...,
temblando..., la caña de bambú decidida y
abandonada sólo pudo decir estas palabras:
"Pues...,
córtamelas".
Continuó el
Señor: "Mi
querida caña de bambú, todavía me queda
algo que me cuesta mucho pedirte: tendré que partirte
en dos y extraerte toda la savia. Sin eso no me
servirás".
La caña de bambú
ya no pudo articular palabra. Silenciosa y amorosamente
abandonada, se echó en tierra, ofreciéndose
totalmente a su Señor.
Así el Señor del
jardín arrancó la caña de bambú,
le cortó las hojas y las ramas, la partió en
dos y le extrajo la savia.
Después la llevó
junto a una fuente de agua fresca y cristalina, muy cercana
a sus campos. Las plantas de aquellas tierras del
Señor hacía tiempo se morían de sed,
estando tan cerca del agua. Un pequeño roquedal
impedía que el agua llegara a los campos. Con mucho
cariño el Señor ató una punta de la
caña de bambú a la fuente, y la otra la
colocó en el campo. El agua que manaba de la fuente
comenzó, poco a poco, a desplazarse hacia las tierras
cercanas, también propiedad del Señor, a
través de la caña de bambú.
El campo comenzó a
humedecerse y reverdecer. Cuando llegó la primavera
el Señor sembró arroz. Fueron pasando los
días hasta que la semilla creció, y
llegó el tiempo de la cosecha.
Y fue tan abundante que, con
ella el Señor pudo alimentar a su pueblo.
Cuando la caña de
bambú era alta y esbelta, la más bella de sus
hermanas, vivía y crecía sólo para
sí misma..., hasta se autocomplacía en su
elegancia y esbeltez.
Ahora, humilde y echada en el
duro suelo del roquedal, se había convertido en
prolongación de la fuente de vida que el Señor
utilizaba para alimentar su casa y hacer fecundo su
Reino.
¿Qué
quieres que haga por ti?...
Y
tú, ¿qué estás dispuesto a hacer
por mí?
Súplica
personal para personalizar
Señor
Jesús, concédeme el don espiritual de
comprender bien quién eres para mí. La
iluminación interior que necesito para ver
cómo actúas en mí. Necesito comprender
que estás en mí. Sólo Tú me
puedes transformar. Me dejo en tus manos, sí, para
que me modeles a imagen de tu amor.
Señor
te abro la puerta de mi alma y de mi vida para que puedas
"hacer de mí" una obra de tu amor. Que yo pueda
experimentar que tu amor es fuerte como la muerte y como la
vida.
Haz que sea
capaz de ver, de mirar, de escuchar, de atender y oír
tu voz y tu Palabra. Deseo sentir tu corazón junto al
mío, tu mirada en mis ojos, tu presencia en mi
vida..., siempre en mi vida.
Te suplico
que hagas por mí y en mí lo que te plazca.
Sólo quiero responder a tu amor.
Y
tú, dice el
Señor, ¿qué
estás dispuesto a hacer por mi?
Señor,
Dios mío, todo..., quiero vivir en ti, estoy
dispuesto a dejarme en tus manos amorosas. Sólo deseo
ser en ti y vivir siempre en tu amor. Nada más.
Sólo deseo amar y dejarme amar por ti. Abandonarme en
tu amor.
Estoy
dispuesto a ser cada vez más pobre de alma, y
más pobre en la vida. Para ello te suplico que
tú me hagas pobre, y me concedas la humildad de
María que, desde el silencio oculto de Nazareth,
donde pronuncia su "fiat", y a lo largo de toda su vida,
acepta tu voluntad amorosamente, sencillamente,
generosamente, gozosamente..., con una alegría que no
tiene fin.
Estoy
dispuesto a compartir el misterio de entrega de Cristo; a
sumergirme en Él, esconderme en Él, perderme
en Él, fundirme en Él, desaparecer en
Él... para después poder ser su testigo entre
mis hermanos. Y llevar su paz a los que me necesiten y a los
hermanos que constituyen mi entorno fraterno o familiar, de
quienes deseo sentirme humilde servidor.
Quiero
estar disponible para vivir entre mis hermanos de modo que
el perdón sea el centro de todo, junto con la
paciencia, la pobreza, la presencia, la oración.
Quiero vivir mi entrega de una manera cada vez más
sencilla, y a la vez más clara, cada vez más
callada, y al mismo tiempo más elocuente, más
real, más viva, más concreta, más
palpablemente significativa. Y sin
pretensiones...
Quiero
pasar siempre desapercibido, que sólo tú seas
el protagonista de todo en mí, sólo tu Palabra
la que resuene en mis labios, sólo tu amor el que
vibre en mi corazón, sólo tus gestos de
ternura los que nazcan de mis manos.
Deseo ser
disponible y ser digno de llevar contigo la cruz y hacer
míos los sufrimientos de la Iglesia. Quiero vivir en
la actitud interior de quien desea ser una ofrenda de amor a
tu gloria y para la salvación de todos, especialmente
de los excluidos de la sociedad. Quiero estar plenamente
disponible a la obra y a la acción del
Espíritu Santo en mí. Que Él me selle
con el sello de fuego del amor, que Él me purifique y
me sane, que Él fortalezca lo que hay en mí de
pobreza y de debilidad.
Estoy
dispuesto a unirme al abandono y a la entrega incondicional
de Cristo en las manos del Padre, viviendo siempre no
sólo con el deseo de ofrecer lo que tengo y lo que
soy, sino de hacer la donación total de mi propia
vida con Él, por Él, en Él y como
Él.
Quiero
estar en condiciones de realizar el proyecto de Amor que
Él tiene para mí y en mi vida. Quiero que
Él encuentre en mí un lugar para su descanso,
y que pueda convertir mi alma y mi vida en un ámbito
de intimidad donde se ora sin interrupción. Estoy
dispuesto a ser consciente de que el Padre vive y mora en
mí, que el Señor Jesús, el Hijo,
está en mí..., y poder percibir la fuerza de
la acción del Espíritu en mi alma y en mi
vida. Ser templo de la Trinidad, morada de Dios donde todos,
especialmente los más pobres y sencillos, los
más débiles y pequeños &emdash;los
enfermos, y los excluidos, los marginados y los olvidados de
la sociedad&emdash; se puedan sentir acogidos como en su
casa.
Estoy
dispuesto a ser tu testigo y a comunicar tu luz y tu paz, tu
alegría y tu gozo, tu esperanza y la gracia de tu
amor. Estoy dispuesto a vivir siempre en tu voluntad. A
querer solo lo que Tú quieres; a no querer lo que
Tú no quieres y a quererlo todo tal y como Tú
lo quieres.
Y...
finalmente, estoy dispuesto a reconocer mi pobreza y mi
incapacidad de conseguir nada de todo esto, si Tú,
Señor, no me concedes el don de tu
gracia.
Confío
de manera total en la presencia cercana de María,
ternura y misericordia del Padre, a quien, de una manera
especial en esta oración de hoy por la tarde, quiero
confiarme.
Hermana, hermano: ¿no os
parece que nuestra vida, toda ella, cambiaría
completamente si entráramos a vivir en estos
criterios de amor? Invito ahora a que cada uno dé sus
respuestas personales a estas dos preguntas desde el
diálogo interior:
- ¿Qué
quieres que haga por ti?
- ¿Qué
estás dispuesto a hacer por
mí?
Y que esta respuesta oracional
que acabo de escribir para ti sea sólo una pauta y
una invitación a dar tu propia respuesta. Para
ambientar tu oración te ofrezco este sencillo
poema:
- ¡DESIERTO, MORADA
DE AMOR!
- ¡Desierto, dulce
desierto!
- dorado vergel de
silencio
- donde descansa mi
espíritu
- abrasado de
Amor.
-
- ¡Oh soledad
acompañada!
- paraíso de
encuentro;
- envuelve mi
corazón
- que suspira por
Amor.
-
- Serás morada
escondida,
- donde habita mi
sueño.
- Serás sendero
abierto,
- donde se encuentra el
Amor.
- ¡Llenas, Amado, por
amor mi alma!,
- inundas, dentro, muy
dentro, con amor..
-
tu santa
Morada.
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