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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Constantes en la oraci�n
(�ndice)
Entra
en tu casa y, desde dentro, sumérgete en el mar de
Dios
Vive desde
tu corazón sensible y vulnerable
Vas haciendo la ruta del
silencio para encontrar el lugar de tu propio
corazón. Cuando llegues entrarás en él
como en tu propia casa. Has de vivir con la
convicción de que tú has de ser el primero en
habitarla.
Has de aprender a
"estar"
en ti. Vivirte intensamente. Conocerte. Sentir
conscientemente. No temas sufrir: vale más el
sufrimiento de un corazón sensible, que la frialdad
distante de un corazón de piedra.
Sorbe con auténtica sed
el agua del manantial de Vida que Cristo hace nacer en ti.
Acostúmbrate a escucharle. Sé sensible a su
voz y a su presencia.
Vive con un corazón de
"puertas abiertas"..., donde todos tienen su lugar. Porque
también eres vulnerable a la presencia y a la
necesidad del hermano.
No te arrepientas nunca de ser
vulnerable. Desde tu opción por Cristo Jesús
descubrirás que has de preferir ser vulnerable a ser
insensible. Has de preferir llorar porque amas, a
"estar
solo en paz".
Reconoce el verdadero rostro
de tu corazón en el conjunto del bosque de tus
sentimientos, sensaciones, reacciones e imaginaciones. Es tu
vida, es tu interior: es tu corazón. Si tu
corazón está
despierto
es inevitable que sienta.
Y si siente
de verdad, llegará a reconocer y encontrar los
horizontes de un amor incondicional. Sí, un amor sin
límites, el de la autoterapia que te cura del
egoísmo y sacude la insensibilidad de quien vive
ausente
o siempre instalado en la pura superficialidad.
Aprende a interiorizar.
Descubre dentro de ti la realidad más profunda de lo
que eres. Y que el estar dentro de ti mismo te lleve a la
armonía interior y a la unificación de toda tu
vida.
Has intuido ya que lo
más importante siempre estará en saber que en
ti todo ha de nacer de dentro. La fuente de tu vida
está siempre dentro. Las raíces de tu paz
están profundamente fijadas en la tierra de tu
corazón. Ni los vientos, ni las tempestades de fuera
podrán apartarte de la seguridad del amor de Cristo
Jesús que te habita, y te ama.
Vale la pena que te decidas a
bajar al lugar del corazón. Tú no tengas miedo
a entrar. Entra: es tu casa, reconócela como tal. Que
te guste vivir
dentro de ti mismo. No
para encerrarte ni aislarte, sino para descubrir que en este
"vivir
dentro" está el
manantial del amor. Y da a tu seguimiento de Cristo un
sentido de mayor radicalidad desde la ternura. Descubre que
esta casa tuya "de
dentro" es el tesoro
escondido en el campo del que habla Jesús.
Ama tu casa. Cuídala,
mantenla en la transparencia imprescindible para poder ver a
Dios, sin olvidar el amor a los hermanos. Llena tu casa del
aire siempre nuevo del amor. No permitas que sea una cueva
oscura donde anida el desamor, la frustración, la
decepción o el desencanto.
La puerta abierta, la claridad
de la luz de la mirada del Padre que reconoce lo más
escondido de tu alma y de tu historia será para ti
una invitación a no guardar nada que oscurezca tu
casa. Tu casa interior ha de ser la mansión de la luz
y de la transparencia, de la paz y de la confianza, de la
alegría y el gozo del amar sin límites y del
dejarte amar sin condiciones.
El perdón y el olvido
de ti mismo te llevará a reencontrar en tu interior
una fuente de paz y de amor. Ama..., ama..., crece en
amor..., busca vivir sólo en el amor.
Que la convicción de
que el Señor vive en tu propia casa te lleve a
moverte siempre en la serenidad y la confianza, la ternura y
la bondad, la misericordia y la cordialidad, la
alegría y la comunión. Vete haciendo el camino
hacia dentro de ti..., calla a todo lo exterior, lo
superficial...
Serénate..., respira
lentamente... Que tu pensamiento descienda al lugar del
corazón. Allí estás tú,
allí está Él, allí están
los hermanos de "otra manera"... En este lugar íntimo
vives y amas intensamente al Señor. Es Jesús
el que dentro pronuncia las palabras siempre esperadas y
siempre reconfortantes. Descubres que cuando sientes que El
las proclama en ti suenan de otra manera:
- "Sígueme.
- Vende
todo lo que tienes.
- Niégate
a ti mismo.
- He
puesto mi mirada en ti y te amo.
- Sólo
hay un amor grande: dar la vida por aquellos a los que se
ama.
- Quien
me ve a mi ve al Padre..., el Padre y yo somos
uno.
- Tú
sí que me verás, porque yo vivo y tú
también vivirás.
- Pase lo
que pase yo nunca te dejaré: siempre estaré
contigo.
- Hagas
lo que hagas nunca dejaré de pensar en
ti.
- Tú
siempre estás conmigo y todo lo mío es
tuyo.
- Si
alguien me ama y guarda mis Palabras vendré a
él y me manifestaré.
- Yo te
mostraré el rostro del Padre".
Acepta
que Jesús te muestre el rostro del
Padre
La experiencia interior de
Jesús y el deseo de seguirlo te conducirá a
experimentar en el hondón de tu alma como un nuevo
Pentecostés. Un don personal del Espíritu que
te hace Jesús.
Jesús te habla del amor
del Padre. Te invita a contemplarlo. Es el sello de su amor,
la marca que te consagra y que te mueve a entrar de verdad
en el corazón del Padre, como quien se sumerge en un
mar de amor. Sólo puedes reconocer el verdadero
rostro del Padre que te muestra Jesús cuando vives en
esta experiencia desde el interior de tu propio
corazón. Y, desde dentro, te lanzas a ese mar de amor
que es Dios.
Muchas veces te he hablado del
abandono en las manos del Padre. Éste es el
corazón del abandono: Entrar a sumergirte en el mar
del amor del corazón del Padre.
La Trinidad Santa está
en tu corazón..., tú estás en el
corazón de la Trinidad. Todo se hace nuevo desde esta
hermosa perspectiva del amor.
Te lo expresaré por
medio de un sencillo poema que nació en un
corazón de mujer contemplativa. Muy llena de Dios.
Sabiendo mucho de su ternura. Óralo, y verás
que no es cuestión de vivir de sentimientos, sino
vivir desde un corazón que se ha sumergido y
abandonado en Dios. Todo cambia..., todo es nuevo..., todo
es de dentro. Es una nueva transformación de tu
vida.
- MI
MAR
- Sumergida
en el abismo silencioso de tu inmensidad,
- envuelta
en la infinita calma de tu Misterio,
- sorbiendo
la fascinante Noticia de tu Belleza.,
- mecida
por la suave ternura de tu mano...: ¡Tú, MI
MAR!
- Yo
sólo soy una gota perdida en tu
grandeza.
- Soy
barca solitaria, sin remos, sin
timón...
- Soy la
hoja llevada a merced de tus olas...
- Soy la
brisa despierta al soplo de tu Viento,
- mecida
por canciones,
- palpando
soledades de abismos insondables...: ¡MI
MAR!
- La nave
ya está rota de tantos oleajes,
- de
anhelos y de amores,
- vuela
ansiosa hacia el Puerto,
- y en
playas ignoradas va dejando los restos que
impiden
- la
arribada...: ¡MI MAR!
- Llegar
hasta Ti descalza y desnuda, pobre de
verdad.
- Despojo
padecido,
- que
cada hora hería un poco...
- dejar
todo el equipaje, soltar amarras...
- sin
más peso que el amor de mi Mar.
- Tu
abismal seno infinito
- recogerá
mi vida,
- y tu
aliento cercano
- será
como caricia.
- Amor
que enamoraste mi pobreza...
- beso
que quema mis labios e impacienta mi espera...: ¡MI
MAR!
- ¡Ahógame!
- Deja en
mí sólo ojos para mirarte.
- Deja
sólo un aliento para quererte...
- Eterniza
mi tiempo para admirarte...
- Rompe
mis moldes y dame alas para alcanzarte...: ¡MI
MAR!
- Infinita
calma que desborda los límites del tiempo...:
¡MI MAR!
- Tómame...,
Abrázame..., Ya..., para
siempre...
- Eternidad...:
¡MI MAR!
Escucha
su voz que resuena en el silencio de tu
corazón
Deja al Espíritu actuar
libremente en tu alma. Permite que su viento te lleve a las
altas cumbres de la entrega y a la humilde y
entrañable casa interior de tu corazón. No te
detengas en pequeñeces, camina, carga con tu cruz de
cada día y vete avanzando en el camino de la mayor
entrega y con el mayor amor. Vive en la humildad tu
opción de vida por Cristo Jesús. Que el
Espíritu te enseñe a vivirla desde dentro.
Acostúmbrate a "escuchar" su voz y a dejarte llevar
por la fuerza de su viento.
No pongas límite a tu
amor, y para ello atiende y secunda siempre las
inspiraciones del Espíritu en tu alma. Vive siempre
en la presencia de amor, haciendo de cada paso un gesto de
amor, de cada instante un tiempo para el amor, de cada
latido de tu corazón un gesto de amor a Él...,
y por Él, un gesto de amor a los hermanos, y una
ofrenda por y para la Iglesia.
Vivirás siempre con la
imprescindible paz del alma, la paz que tienes al saber que
sólo te mueve el amor, que todo lo haces sólo
por Amor, que en todo te dejas amar por el Amor. Renuncia a
cualquier otra motivación en tu vida que no sea el
amor. El amor te da la paz Y desde esta paz vivirás
en la delicadeza de la ternura expresada en los más
pequeños detalles con tus hermanos. Nunca
caerás en el escrúpulo sino en la delicadeza
de un amor hecho detalle o de un amor hecho ternura. Esta
paz de alma tendrá que convertirse para ti en una
invitación al silencio, como camino de
interioridad.
Desde tu "casa de dentro" vive
en una fidelidad especial a la oración, como camino
de encuentro con la raíz de la paz del alma: el amor
de Dios, la presencia de la Trinidad en ti, la necesidad de
acoger el eco de su presencia y de escuchar su voz y su
Palabra. Es la oración en la que renuevas tu ofrenda
de amor.
Camina decidido hacia una
mayor entrega. Que tu único deseo sea ser de
Él y desde este "ser de Él ", entregarte
amorosamente a los hermanos, y a todos aquellos necesitados
de amor que llamen a tu puerta. Ora por los elegidos del
Señor. Que el horizonte de tu ofrenda no tenga
límites. No cuentes sólo con tus fuerzas,
tienes siempre la fuerza del Señor. Levanta tus manos
orantes hacia el cielo, pero que sepas que sólo
serán "manos que se levantan con amor" cuando sepan
descender al servicio más humilde, más oscuro,
más abnegado a tus hermanos. Para ello aprende a
descubrir el valor de una vida siempre escondida en Cristo,
una vida anónima, fiel a la sombra y al silencio de
la noche.
Serás siempre el
hermano que aprendió el arte de no hacerse notar.
Eres el hermano que no busca destacar. Cuanto más
escondido más feliz. Es el camino humilde que has
elegido. En la vida y en el trabajo silencioso, como
elemento esencial de tu entrega al Señor.
Vive siempre en la
presencia... El Espíritu Santo te conducirá a
"ver" al Señor siempre presente en ti. A la Trinidad
morando en tu templo. Déjate conducir por los caminos
de la confianza. Fíate de Él, confía en
su amor. Después el Espíritu te
conducirá a desear hacer la pequeña ofrenda de
tus cosas con un gran amor, hasta que el Espíritu,
poniendo ante tu mirada interior el mismo rostro de
Jesús, te lleve al abandono amoroso en las manos del
Padre.
Por ello, con una gran
insistencia no puedo menos que decirte:
¡Abandónate!, ¡abandónate!,
¡abandónate! ¡Sumérgete en el
Mar...! ¡Sí, el mar del corazón de
Dios!
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