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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Constantes en la oraci�n
(�ndice)
Buscar
humildemente... el lugar del coraz�n
El
corazón, manantial de vida
Hablar de la experiencia
interior de Jesús y del seguimiento desde el
corazón, después de haber descubierto "ese
lugar entrañable en el que nacen todas las cosas
importantes de tu vida"..., se siente la necesidad de
preguntarse, cómo encontrar el lugar del
corazón. ¿Es posible? ¿Cabe intentar un
aprendizaje?...
Mi respuesta es un fuerte
"SÍ" a estas tres preguntas, desde la
convicción de que "lo decisivo no es morir: lo
definitivo es vivir conscientemente en el camino".
Porque, en realidad, proponerte buscar humildemente el lugar
del corazón es entrar en un camino sin fin.
Todavía resonarán en tus oídos aquellas
palabras tantas veces pronunciadas: Has de vivir desde la
convicción de que Jesús es siempre para ti un
"sacramento de esperanza" y, desde tu experiencia interior
de Jesús, has de sembrar semillas de ilusión
de vivir, has de contagiar el amor que te da la vida en
Él.
Pero ahora has de vivir una
tarea humilde y escondida. Será también la que
menos brilla, pero la más necesaria: buscar el lugar
del propio corazón, hasta poder encontrar en
él estas semillas de vida. Te propongo una ruta
sencilla a seguir.
-
Humildemente te invito a
entrar en un camino interior, espiritual, de silencio y
de paz serena. Ya verás cómo, poco a poco,
todo te irá ayudando a entrar dentro de ti mismo.
Y en este camino interior encontrarás el sentido
profundo de tu vida y de tu opción por
Jesús y por el Reino.
-
Te pido confíes en
mi palabra y en mi acompañamiento. Déjate
llevar. Porque este camino interior te ha de llevar al
corazón de Dios que será para ti fuente de
gracia y de vida. En él aprenderás a amar,
y a dejarte amar. Es la comunión de amor con la
Trinidad que te habita.
-
El camino hacia tu propio
corazón te guiará también hacia el
corazón de la vida. Allí escucharás
el clamor profundo de tus propios hermanos. El camino del
corazón nunca te aísla, te conduce, por el
contrario, a ser más sensible y vulnerable a la
constante invitación de amar.
-
Escucharás resonar
dentro de ti el grito de la mirada de quien, desde su
experiencia de limitación y quizás de
desconcierto, llama a tu puerta para que tú acojas
su misterio, escuches la palabra de su vida, y le
ofrezcas tu mano amiga para compartir su lucha y su
camino.
-
Reconocerás
también que tú no buscarías el
rostro de Cristo en la oración, si no hubieras
sentido ya su mirada posarse en ti, y no lo hubieras
descubierto a Él mismo presente y vivo en tu
propia casa. Te sabrás habitado por Él. Y
verás que con Él han entrado en tu casa
todos aquellos que están hambrientos de
amor.
-
El secreto está en
no pretender ser selectivo: abre de par en par las
puertas de tu corazón a Cristo, y a los que
Él acerque a las puertas de tu casa. Sé
sensible y vulnerable al amor. Vive con las puertas
abiertas..., y si hace falta olvídate de las
puertas. Vale más que aceptes sufrir por el amor
que te lleva a hacer tuyos los sufrimientos de los
hermanos, a permanecer cómodamente instalado en tu
vida. Él viene a ti con la mano tendida de quien
espera tu amor. Éste es el primer paso para
encontrar el lugar del corazón: abrir sus puertas
sin límites.
-
Hazlo en silencio y desde
el amor sincero de tu vida. Él estará
siempre presente en ti. Y en la medida en la que
tú seas vulnerable a esta presencia de amor
irás descubriendo que tienes corazón..., y
que has de habitar en él
-
Desde esta presencia en tu
interior podrás reconocer su presencia en la vida,
en el camino de los hermanos a los que sirves, con los
que te sentirás especialmente solidario, en una
solidaridad fraterna que nace del amor.
* * * * * * * * * * * * *
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El camino interior te ha de
llevar a encontrar en tu misma alma "esa
habitación más íntima " de la que
habla Jesús en Mateo 6,6. Hacia esta ermita del
corazón te guiará su luz y su verdad. Porque
es el lugar de su monte santo. Es su morada (Sal 42). Has de
buscarla, y cuando la halles reconocerás que, para
ti, es la tienda del encuentro. En esta carpa del encuentro
de reencontrarás con la vida.
Es el ámbito donde
tú puedes ser siempre tú, porque Él te
acoge en tu "ser" y tú vives en la humilde
hospitalidad de tu corazón abierto al "otro". Es el
"arca" de tu misterio. Es el refugio inviolable a las
miradas superficiales o curiosas.
Es aquí donde oyes su
voz, y escuchas el eco de su Presencia. Es aquí donde
te vivirás disponible a asumir tu misión de
servicio para tus hermanos.
Cuando Dios Padre Creador te
pregunte: ¿Dónde estás? (Gn 3,9),
podrá encontrarte en "tu lugar": porque
verá que llegaste a Él recorriendo este camino
de dentro. Es la tierra en la que escuchas que ahora "es
el tiempo del amor".
Es el final del camino de todo
lo que haces cuando te propones vivir "hacia dentro".
Es el comienzo de la ruta por la que tú te abres al
hermano y te comunicas con él con una mirada, una
palabra y un gesto que nacen de dentro.
¿Cómo
encontrar esta "habitación" más íntima?
Te podrás hacer este
pregunta porque normalmente te es difícil entrar en
el silencio. Y más en el silencio interior del
pensamiento, del corazón, del alma. Vive callando a
ti mismo y a los recuerdos que te perturban, en este momento
de nuestro proceso espiritual ya podrás decir que vas
consiguiendo entrar en el silencio.
Ésta es la primera
manera de entrar en el silencio: Aprende a callar.
Renuncia a las prisas precipitadas. Asume dentro de ti todo
lo que sientes, todo lo que sufres y lo que te alegra: todo
lo que te ofrece la vida. Descubre la necesidad de dejarte
mecer por su oleaje, comprende que para vivir sólo
necesitas amar, dar, darte, ofrecer a Dios y al hermano lo
mejor de ti mismo.
Y esto sólo lo puedes
encontrar en las "paredes" luminosas de esta
"habitación más íntima". Busca
espacios de silencio..., aprende a "guardar la
Palabra" en tu corazón, como María. Ella
te enseñará también a "guardar"
palabras, miradas, gestos y hechos que vienen de la vida y
que te lastiman o te re-crean, te llenan de gozo y de paz, o
te oprimen. Verás que, si todo lo vives sinceramente
desde dentro, encontrarás en esa habitación
más íntima del corazón un lugar para la
libertad, para ser tú mismo, para "salir" siempre
hacia la vida, desde la paz y la seguridad que te da el
saber que ofreces y das lo mejor de ti mismo. Mientras
siembras semillas de confianza entre tus hermanos y en tu
entorno. Pronto descubrirás que la armonía, la
unificación interior y la paz que vives en tu alma se
contagian en tu entorno.
Aquí en esta
habitación interior vives siempre en la escuela del
silencio. En ella te preparas intensamente para vivir el
proceso sosegado del aprendizaje de la oración
interior que te lleva a mirar, admirar, escuchar,
contemplar, adorar. Encontrarás ésta, tu casa,
cuando sigas el consejo de Clara de Asís:
- "Mírate
cada día en el espejo de la
pobreza,
- la
humildad y la caridad de
Cristo,
- y
observa en él tu rostro
".
Piensa, sin embargo, que no
has de buscar en este "lugar del corazón" ni
una manera de huir, ni un refugio donde esconderte. Que
cuando Dios Creador y Padre te pregunte:
¿Dónde está tu hermano? (Gn. 4,9),
nunca tengas que responderle que no lo sabes, porque lo
olvidaste. O te acostumbraste a vivir en una prescindencia
de los que te rodean. Piensa que tu casa de dentro, esta
casa en la que Él quiere habitar, ha de ser un
espacio para el amor y la comunión entre todos tus
hermanos.
Y una tierra de paso,
también de "punto de encuentro". Es una tierra
donde se cruzan y se encuentran los caminos. Es aquel lugar
a "mitad de camino" en el que sabes que está
Aquel a quien amas. Es un lugar para la comunión,
donde se crea y re-crea el amor.
Es una fuente de amor, porque
es ahí, dentro de ti, donde vive el Amor. Allí
se perdona todo, se comprende todo, se espera todo y se
supera todo (1 Cor 13). Es la casa en la que la confianza lo
ilumina todo.
Es el "corazón"
de tu alma, allí nace el manantial que te da vida.
Allí vive Él, tu luz, tu verdad, tu vida. Lo
encontraste ya en la lucha y en el camino de la
tierra.
Incluso lo llegaste a "ver" en
uno de estos días duros en los que escuchas la
"noche". Porque la tienes como única compañera
de camino. Él salió a tu encuentro en la
Palabra. Lo reconoces presente en los hermanos,
especialmente en los más pequeños y pobres, en
los excluidos y, quizás, olvidados. En los del
"montón", donde Él también
está.
Lo has adorado presente en la
liturgia y en la eucaristía: vivificando la Iglesia.
Lo "ves" también en la asamblea de los hermanos en la
que "dos o tres reunidos en su nombre" (Mt 18,20), lo
invocan después de haberlo escuchado en su Palabra.
Lo has reconocido al final del camino de Emaús,
cuando sentados a la mesa le has visto partir el pan con sus
manos marcadas aún con la herida luminosa de los
clavos que lo ataron a la cruz. Lo has visto dando fuerza a
quienes entregan el amor y la vida comprometidos en la lucha
y en la ayuda por los que más sufren.
Y ahora lo reconoces vivo y
presente en ti, haciéndote escuchar el susurro suave
de su voz, como Elías (1Re 19,12), en este lugar
íntimo de tu alma y de tu vida. Y en ti, es amor y
entrega, lucha y paz. Porque Él es tu paz. Esa paz
que te hace fuerte, no agresiva, para la lucha.
Lo ves en ti como la fuente de
tu serenidad y de tu amor. Es tu seguridad y tu confianza.
Él sosiega tu alma. Y sabes que Él siempre
está, nunca se ausenta, nunca te deja: es el siempre
fiel.
Cuando experimentas su
fidelidad, y la vives en este rincón de tu alma en el
que tú eres más tú, y Él puede
ser más Él en ti. Cuando te apoyas en esa
fidelidad verás que ya nada ni nadie te podrá
perturbar. Si lo encuentras aquí, dentro de ti, ya no
lo podrás perder, ni te podrás
perder.
Él es en ti como el
paisaje interior sereno, de bosque denso, o de prado
interminable lleno de verdor que te invita a respirar. Te
recrea y renueva tu fe en la vida. Él es en ti como
la sima que acoge el oleaje estruendoso del mar para
abrazarlo y remansarlo en la gruta del silencio.
Él es en ti como el
atardecer de tonos enrojecidos de fuego en el cielo, que
purifica el día que acaba, a la espera del amanecer
suave en luz de la vida que comienza.
Él es en ti el aire
fresco que reconforta tu fe en la vida y tu ánimo
disponible para volver caminar, para amar con un vigor
renovado.
Él es para ti
invitación a entrar y a salir, sin dejar de ser
"tú", sin alejarte olvidadizo o prescindente de
"tu casa". Él es susurro suave en palabras
nacidas del silencio que te animan a entrar para
"encontrarte" y a salir para "ser
encuentro".
Entra dentro de ti. Sí,
entra en tu "habitación más
íntima". Vive en Él, renueva tu capacidad
de amar. Verás que es posible "dejarte amar",
porque el arte de "dejarte amar" es tan bueno como el
pan de cada día. Porque en este lugar íntimo
de tu corazón todo se da y se vive en una gratuidad
total.
Es todo tan sencillo como el
sonreir, tan exigente como el llorar, tan plenificante como
el reconocer que eres capaz de amar, tan comprometedor como
la exigencia de amar en verdad, desde dentro.
Ten la paciencia y la
constancia de mantenerte en el paso transformante y decidido
del silencio. Te conducirá al corazón de tu
alma. Allí donde siempre es posible el
amor.
Pequeñas
palabras
- "¿Por
qué gastar la vida en broncas
tempestades,
- si
está la Brisa pasando siempre ante la
entrada de mi tienda?" (I. Guerra)
Sigue, hermano, en el
aprendizaje del silencio. Serenamente, a los pies de
Jesús, como María en Betania, con la calma que
te da el largo tiempo de oración, y la posibilidad de
culminarlo todo en la adoración compartida con tus
hermanos, vete buscando humildemente el camino del
corazón.
Pero te sugiero que te
dispongas a vivir en actitud de escucha. No pretendas crear
ilusiones fabricadas por tu imaginación. Sabes que
Él nunca viene a ti con palabras a tu medida. En todo
caso, siempre sale a tu encuentro para decirte que en
Él todo, y siempre, es un don.
Me limitaré a decirte,
en mi misión de compañero de ruta, las
palabras que siento que Él pronuncia en mí.
Sé que quiere que las comparta porque, probablemente,
también quiere decírtelas a ti. Escucha,
escucha..., ésta es mi palabra para el camino de esta
meditación: ¡escucha!
-
Hijo mío, mis
palabras nunca aprisionan, ni limitan. Siempre liberan.
Certeramente señalan el camino del corazón
del Padre. Acoge mi mensaje con humilde silencio, y
paciente espera. ¡Abandonándote!... Mi mano
te abraza y no te suelta, pero no la interpretes
coactiva. La mantengo con firmeza sobre ti, porque
necesito que tú entiendas y aceptes el alma de mi
mensaje.
-
Ábreme tu
puerta. Ofréceme el don de tu confianza, acoge el
don de la mía. Ofréceme sencillamente lo
que eres y lo que tienes, no puedes renunciar a ser
tú, ni a tus condiciones de ser humano, por mucho
que te esfuerces en mantenerte en tu deseo de ser "de
Dios". ¡Tu fragilidad aparecerá
siempre!
-
Descarga en mí
el peso de tu vida, desde las "huellas" de tu infancia.
Vente conmigo con "lo puesto", nada más.
Acompáñame a peregrinar hacia el
cumplimiento pleno de la voluntad del Padre.
Ofrécete con tu pobreza, muéstrame tus
heridas, quiero tener yo tu pecado.
-
No tengas miedo, y no
caigas en la tentación de creer que mi Evangelio
es un objetivo lejano o inalcanzable. Atrévete a
nacer de nuevo, a nacer de lo alto. Nace de dentro.
Abandónate y vive dispuesto a nacer del
Espíritu (Jn 3,8).
-
Emprende el camino del
seguimiento total, dentro de tu carisma, consciente de
tus límites. Reconoce que, en mí, todo es
un don. Deja en mis manos tu debilidad.
-
Abre tu corazón
a la luminosidad de mi rostro que siempre te
acompañará. Yo siempre estaré
contigo: incluso cuando tú me olvides y creas que
tienes suficientes fuerzas para caminar.
-
Recuerda las esperanzas
que yo puse en ti al llamarte. Tu infidelidad nunca
supone para mí una decepción, si tú,
sincero, abres tu vida a mi misericordia. Vive en la
alegría de saberte siempre amado. Pase lo que
pase, yo nunca te dejaré, ni dejaré de
creer en ti. Hagas lo que hagas, nunca dejaré de
esperar tu retorno al camino fiel.
-
Ven conmigo a la patria
del silencio. Te hablaré al corazón. Te
recordaré el amor primero. Yo mismo te haré
el don del amor que necesitas para seguirme hasta el
final. Yo caminaré contigo aunque tú no me
veas.
El camino en el
Espíritu, que te invito a recorrer, supone que
tú vivas en una apertura plena al Espíritu y
en el silencio fecundo que te conduce a convertir a Cristo
en el corazón de tu existencia, esto es, en el
sentido que da unidad y armonía a todo lo que vives y
a todo lo que haces, a todo lo que das y a todo lo que
recibes, a todo lo que buscas y a cuanto esperas. Para ello
buscas vivir en el corazón del silencio, porque
esperas alcanzar el silencio del corazón: es el
silencio lleno del Amor ante quien callas.
Y siempre quedan aquellas
preguntas en el aire. Más que responderlas ya, te
invito a escucharlas:
-
¿Estoy dispuesto a
entregarme por algo y por Alguien, hasta el final, en el
lugar en que Dios me ha puesto en la
vida?...
-
¿Estoy decidido a
convertir este momento de mi vida en una respuesta
fundante al Amor?...
-
¿Quiero vivir a
fondo?..
-
¿Deseo que en mi
todo nazca de dentro?...
Lee, finalmente, el relato de
la vocación de Samuel, en el Primer Libro de Samuel,
capítulo 3. Verás que por tres veces llama el
Señor al joven discípulo de Elías. Y lo
llama haciéndole oír la voz interior del
corazón... Hasta que Yavéh se hace
presente..., y entonces escucha la llamada con todo su
ser.
Será para ti el texto
de la Palabra que iluminará tu camino. Y no te
olvides de dejarte envolver por la paz y el silencio. Siento
sinceramente que son como el abrazo de Dios que rodea
nuestra oración.
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